
«No es que yo sea la muerte;
es que estoy desatada de mi cuerpo.»
— Rosario Castellanos
Jamás habría tenido indicios de este caserío de no haber sido por las lluvias que azotaron la región. Mi ruta me había llevado inicialmente a Palenque y Salto de Agua; ahora me hallaba rumbo a Yajalón y Tumbalá. La mula, al olfatear el pueblo, se echó sobre el lodo y ya no hubo poder humano que la hiciera ponerse en pie.
El arriero me acompañó a la primera casa que vimos. Me ofrecieron un pote de peltre y un camastro. El hombre se sentó en una pequeña silla, mirando hacia afuera. Desperté en oscuridad absoluta; él seguía sentado exactamente igual. Serían las once de la noche cuando escuchamos el sonido: un tronido de choque de huesos, como quien los metiera en un saco y los sacudiera.
—Lilim baket —susurró él.
Entonces empezó el relato. Ella era hermosa, pero su bäktal era un engaño. Cada noche, cuando el silencio se volvía espeso, preparaba el paj, un té que dormía la sangre del marido. Una vez sola, se despojaba de su pisil de piel y salía como un bäk blanco y libre.
No eran solo historias. Los hombres de la ciudad, los que llegaban con sus mulas cargadas de promesas, empezaron a caer uno a uno. Ella los acechaba en las orillas del pueblo, vistiendo formas que no eran suyas. Los seducía con una belleza que brillaba con una luz febril. El rumor creció: decían que su abrazo era más frío que la lluvia y que, en el clímax del deseo, se escuchaba un leve k’ojk’on, el sonido de un hueso viejo acomodándose bajo la seda. Aquellos hombres regresaban a sus casas con el espíritu vacío, como si algo les hubiera succionado la vida a través de los poros; volvían con la mirada perdida y el pánico metido hasta el tuétano del alma. Irreconocibles para propios y extraños, destinados a desaparecer en las penumbras.
Los rumores de que aquella mujer que se esfumaba tornaba siempre por los mismos rumbos —por aquella misma casa—, con el follaje o la niebla cubriendo sus pasos. El cansancio que el esposo notaba al día siguiente, las evasivas en algunas preguntas, ese brillo en la mirada cuando se hablaba de los seducidos. Esa extraña resaca que él mismo sentía. Cierta noche, el esposo no tomó el brebaje, aquel té que dormía su sangre. Vio cómo ella escondía su propio rostro entre las manos y que, en un rincón de la casa y en un rito innombrable, se despojaba de piel y músculos. La visión más espantosa que pudo haberse imaginado.
Una vez repuesto, con las manos temblando, preparó una salmuera de vinagre y limón y la vertió sobre la carne amontonada. Esa madrugada, al volver, ella intentó vestirse, pero la sal había mordido los poros. Hubo un siseo, un humo rancio a cítrico quemado, y luego el grito: no era una voz de mujer, sino el silbido del viento pasando por una flauta de hueso roto. Entre blasfemias, huyó hacia la selva. La descarnada no corría, rebotaba. Cada zancada contra las raíces era un k’ojk’on violento, un estrépito de fémures y costillas chocando entre sí que hacía vibrar el follaje. El sonido no se alejaba como pasos humanos, sino que se fragmentaba, multiplicándose entre los árboles hasta que la oscuridad misma pareció empezar a castañear.
—La maldición cayó en la familia —me confesó el hombre—. Toda su descendencia muere en cuanto procuran la continuidad con un hijo. Poco antes del final, escuchan ese espantoso crujido de huesos.
La noche se volvió madrugada. Otra vez el sonido del choque de huesos, pero esta vez aquí, muy cerca, raspando las tablas de la casa. El hombre se puso de pie con una calma que me hiela la sangre.
—Es mi tatarabuela —exclamó—, y conmigo ya no hay más descendencia.
Salió al encuentro de la oscuridad. Afuera no hubo gritos, solo el violento estrépito de huesos contra el suelo y, enseguida, el silencio.
Al amanecer, el arriero me esperaba. Mientras nos alejábamos, noté un rastro de sal amarga en la manga de mi chaqueta, con un aroma a cítrico podrido. Sentí un frío que no venía de la lluvia. ¿Había sido testigo de un final, o me habían marcado como el siguiente narrador? Durante el resto del camino, un eco seco —un k’ojk’on persistente— parecía marcar el paso exacto de mi propio corazón.
@2026 By Oscar Mtz Molina
Glosario Ch’ol:
* Bäktal: Carne.
* Bäk: Hueso.
* Pisil: Piel / Ropaje.
* K’ojk’on: Sonido seco de choque de huesos.
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