BARSABÁS: EL RESUCITADO DEL TIEMPO

I. La Noche del Ejido Oriental

La luna, pálida y exhausta, iluminaba el arrabal con una luz que parecía doler. Tres siluetas se proyectaban sobre el polvo que circundaba la ciudad, y en medio de ellas colgaba Barsabás, amarrado de los pies a un roble antiguo que se erguía como un verdugo inmóvil.

Dos perros famélicos rondaban su condena, aplacando los últimos latidos de dignidad que quedaban en el viejo.
El delito: profanación de tumbas.
El castigo: colgamiento y olvido.

La luna, encadenada al cielo, se ocultaba lentamente, como negándose a presenciar aquel despojo. En lo alto del árbol, una bandada de cuervos esperaba, paciente, la náusea tibia de la muerte. Las horas pasaban como si permanecieran atrapadas en el campanario etéreo de la iglesia.

Barsabás, temblando, intentaba besar un crucifijo oxidado que pendía de su cuello. Ese gesto fue su último intento de permanecer humano.

II. El Visitante del Silencio

El día volcó la noche con violencia, y entre las nubes apareció una figura raquítica, envuelta en harapos que se deshacían como humo. Su cabello ocultaba su rostro. Su presencia, sin embargo, traía un orden extraño.

Barsabás abrió los ojos.
—¿Quién eres? ¿Por qué me ayudas? —balbuceó.

El ser no respondió.
Se arrodilló junto al roble y comenzó a raspar la tierra con uñas largas, ennegrecidas por lodo y sangre antigua. Al cabo de un rato extrajo un puñado de huesos.

—Toma —dijo, tendiéndolos—. Estos son los restos del pasado. Dales sepultura en un camposanto.
Y escucha: este hoyo sería tu tumba si no hubiera venido.
Aún estás en carrera de salvación.
Pórtate bien… tal vez alcancemos el Paraíso.

Luego desapareció sin dejar huella.

A la luz moribunda de una lámpara, Barsabás construyó un pequeño ataúd usando los restos de una mesa apolillada. Encerró dentro los huesos y rezó las antiguas oraciones maternas:

—Santa María… Madre de Dios… ruega por nosotros…

El viento consumía las velas; el frío llenaba la habitación como un presagio.
Barsabás se durmió esperando la aurora.

III. El Milagro de San Filomeno

Al amanecer, Barsabás corrió al ataúd.
Los huesos habían desaparecido.

En su lugar brillaba una imagen nueva, radiante y viva.
El pueblo entero gritó:

—¡Milagro! ¡Milagro!

La Casa Episcopal, espantada por lo ocurrido, indultó a Barsabás y convocó al Concilio Viperino Segundo. Durante horas discutieron la identidad del icono. Entre gritos, citas truncas y golpes sobre la mesa, la voz ronca del Arzobispo impuso silencio:

—¡Es San Filomeno! ¡Patrono de los moribundos! Canonizado hace tres siglos por el papa Nieto III bajo la encíclica Novus Magistra. ¡No hay duda!

Ordenó retirar el cuadro del virrey y colocar en su lugar a San Filomeno en el altar mayor del templo de San Juan Bautista.

La villa estalló en fervor.
Un caudillo agitó a la turba; con palos y machetes lograron retroceder al ejército independentista que avanzaba desde el sur. Los curas bramaban desde los púlpitos:

—¡Arrepiéntanse! ¡Los jinetes del Apocalipsis se aproximan!

Y así, en una noche decembrina, entre villancicos y tamales, un mariscal de campo irrumpió con sus tropas.

San Filomeno fue robado.
La pintura del virrey, destrozada y profanada.
Varios hijos de la comarca fueron asesinados “por la libertad”.

La villa quedó envuelta en luto.

IV. La Campana Invisible

Desolado, Barsabás corrió por las calles del Colorado. Parecía perseguido por un tiempo que no le pertenecía. Subió a la torre y tomó el badajo de la campana mayor. Tiró con fuerza.
Nada.

El bronce estaba mudo.
Hasta las campanas temían pronunciarse.

Barsabás cayó al suelo “como dormido”.
En ese instante, una melodía descendió sobre la villa. Era una música que no nacía de metal ni de viento. Era imposible.

Los soldados cayeron de rodillas.
Las mujeres se santiguaron.
Los más viejos lloraron sin lágrimas.

Barsabás abrió los ojos en otra realidad.

V. El Río que Fluía al Revés

Se encontró rodeado de jardines hermosos, flores de colores que parecían cantar, aves que emitían un sonido imposible de comparar con ningún canto terrenal. Caminó por senderos interminables hasta llegar a un río cuyo caudal fluía en dirección contraria al mundo.

En la orilla, un ser refulgente lavaba ropajes blancos que despedían resplandores.

—Barsabás —dijo la figura, con voz angelical—, no temas.

—¿Quién eres?

—Soy tu alma.

El viejo tembló.
—¿Qué haces?

—Lavo nuestras malas obras. Tu cuerpo material murió cuando cayó la noche del cilento. Tus carnes existen ahora en los vientres de los cuervos.
Pero este cuerpo que ves… es eterno.
Aún no hemos llegado a nuestro día.
Aún hay trabajo que hacer en la tierra.

VI. El Hombre Fuera del Tiempo

Barsabás despertó. Seguía sosteniendo el badajo.
Corrió al Ejido Oriental: buscó su tumba.
Nada.
Ni hoyo.
Ni huesos.
Ni roble.

Volvió a la villa.
Las calles ya no eran empedradas, sino nuevas y modernas.
La villa que conoció había desaparecido sin desaparecer.

Comprendió que el tiempo lo había dejado atrás… o adelante.

Desde ese día vive en la iglesia, enclaustrado entre sombras y silencio.
A veces —solo a veces— toca las campanas.
Y cuando suenan, aunque nadie las vea moverse, todos sabemos que no las toca él.

Es la otra orilla.
La que él cruzó.
La que espera.

Si algún día escuchas el tañido secreto,
muy dentro del viento…
muy dentro de ti…

sabrás que Barsabás,
el eterno resucitado,
te está llamando.

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