Té de romero (apariciones en Berriozabal)

Té de romero (apariciones en Berriozabal)

«Cuando los fantasmas hablan

no hacen otra cosa

que quejarse.»

— Yasunari Kawabata



Mi intención es escribir esta historia en una sola sentada y dejar que ustedes la lean sin corrección alguna. Es más, dejaré incluso que ustedes escriban al margen, o que hagan tachaduras al texto si lo creen necesario.

Ocurrió en Chiapas, más concretamente en un pueblo —ahora ya ciudad— al que se le conoce como Berriozábal. Bueno, en el tiempo de la historia que quiero contar, era solo un pueblo; uno de esos pueblos olvidados de la mano de Dios. Un pueblo de una llovizna diaria y una niebla impenetrable y persistente. Un pueblo de calles empedradas y casas de adobe.

Allí me aparecí una tarde del mes de noviembre, llevado por algún asunto de trabajo en el que mi cometido era visitar de casa en casa, indagando las condiciones sociales. Un censo de aquellos ordenados por el gobierno.

Y visité una casa. No importa conocer dónde estaba ubicada; aunque siempre he tenido la vaga idea de que se hallaba a dos o tres calles paralelas a la plaza. Lo que si tengo bien grabado es que mi primera impresión al pararme en la puerta fue el intenso aroma que invadió mis sentidos hasta la embriaguez. Aún sin reponerme de la primera impresión, llegó la segunda: del fondo de la casa, desde una pequeña estancia, y por una puerta aledaña, la presencia de la joven. Una mujer de diecisiete años —lo supe porque esa fue la respuesta anotada en la encuesta—.

Era un contraste de bordes borrosos: la palidez de su piel contra un cabello tan negro que parecía absorber la luz de la sala. No recuerdo la forma de su nariz o el arco de sus cejas; recuerdo el peso de sus ojos, dos abismos negros que me fijaban al suelo mientras aquella vaharada húmeda y desconocida desdibujaba el resto de sus facciones. No solo sonreía; parecía que su rostro entero era una invitación a no despertar.

Antes de cualquier presentación, mis primeras palabras fueron estas:

—¿A qué huele? —dije.

—Té de romero —respondió ella.

—¡Romero! —exclamé.

—Debería usted probarlo —insinuó ella.

Y lo probé, desde luego. La humeante infusión me fue servida a una temperatura perfecta y, mientras la llevaba a mi boca, los vapores entraron por mis narices, obnubilando mi mente. El peso del censo se desvaneció. Ya no veía casillas ni números ni estadísticas. Mi mano se movió sola sobre el papel oficial, con una urgencia que no me pertenecía. En la hoja del censo escribí:

Ojos negros, té de romero

Vago cielo, locura, añoranza

Té de romero,

Camino al infierno…

Es un verso que jamás cumplió como tanka, esa variante en la poesía japonesa de la que, años después, me haría aficionado. Pero en ese momento, el papel ya no era un documento; era un contrato que acababa de firmar con el sueño.

—Té de romero —respondí a mi madre en casa, al volver a Tuxtla, mientras me aplicaba unas compresas frías en la frente.

—Has estado repitiendo toda la tarde lo de: ojos negros, labios delgados, pechos pequeños, té de romero —me dijo mi madre.

Dejé pasar algunas semanas para reponerme; dejé también el trabajo aquel de los censos. Volví a Berriozábal. En silencio recorrí las calles por las que estaba seguro de que había caminado. Fui seguido por miradas indiscretas, ocultas tras las puertas. Me atreví en una de esas y pregunté. Jamás hubo una respuesta que me llevara tantito así a conocer la verdad.

—Uhm hay un rumor, una vieja historia que de niño me contó mi padre, me dijo una vez un hombre ya muy viejo, el tío no sé quién… —violentaron a la madre, murió la hija, pero quién sabe.

Después de aquellos breves escarceos, permanecí callado hasta esta noche, cuarenta o cincuenta años después.

Berriozábal duerme. Ya no se parece a aquel de mi primera visita. Calles pavimentadas, luces de neón que lo iluminan todo. Ruido de motocicletas, carros y autobuses. Camino en solitario a las once de la noche. Pero, con cada paso, el ruido se vuelve sordo, como si me sumergiera en aceite. Las luces modernas parpadean y se apagan, dejando que la niebla impenetrable de mi juventud reclame su sitio.

El pavimento bajo mis pies se ablanda, se vuelve tierra húmeda y piedra tosca, el mismo lodo que, según los rumores, hace cien años pisaron los caciques que violentaron este suelo. De pronto llega hasta mí el olor intenso y, con él, llega también el recuerdo. Ya no soy un viejo; soy el rastro de un hombre que nunca terminó de anotar una encuesta.

—Té de romero —pienso dentro de mí. Y dejo que aquel aroma guíe mi sendero.

Me detengo. Frente a mí, la puerta en la casa de adobe. No hay cerraduras modernas, solo el crujido de la madera que me reconoce. La puerta de la casa se abre de pronto y allí está ella. Ni un día más vieja, ni un rastro de sombra en su piel blanca. Sonríe y dice:

—Te estaba esperando.

Al cruzar el umbral, el calor de la infusión se tornó un frío sepulcral que me caló los huesos. Comprendí entonces que mi censo nunca fue para los vivos, sino para registrar una presencia que la violencia y el olvido habían borrado a la fuerza. Su sonrisa no era de bienvenida, sino de alivio; el alivio de quien encuentra, por fin, a otro que cargue con el peso de su silencio.

Afuera, la niebla de Berriozábal se cerró como una mortaja. Sentí cómo mis pasos dejaban de pesar, cómo mi aliento se fundía con el vapor de la taza. Me evaporé en el aire frío de la noche, dejando que el aroma a romero se disipara por fin de las calles empedradas, convertido ahora en un silencio absoluto.

Esa noche la llovizna de antaño recobró su sitio, escoltada por un viento que silbaba con una insistencia animal que buscaba colarse por las rendijas de puertas y ventanas. Al alba, los vecinos hallaron regadas por acá y por allá, antiguas hojas de censo marcadas en márgenes por una caligrafía febril:

Ojos de abismo,

aroma de romero,

vago cielo azul;

locura y añoranza,

camino hacia el infierno.

Hubo incredulidad en las miradas, pero nadie se atrevió a contradecir al destino. El domingo, en la misa de las siete de la mañana, el pueblo entero guardó un silencio sepulcral cuando el cura pidió por el descanso de «los que caminan sin sombra».

@2026 By Oscar Mtz Molina

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