La Redención del Rabipelado y el Tesoro de La Toma
Había una vez, en los pliegues más hondos de la comarca de El Corozo, donde la neblina se queda a dormir pa’ recoger agua del río, una finca pequeña llamada La Toma, herencia bendita de la señora Eda Ruiz. Allí vivía Don Eleazar Araujo, un hombre de manos curtidas por el cuero y gorra de tela, que cuidaba sus tierras con un cariño que las plantas sentían en la savia.
Eleazar ya era un viejo «chocho», de esos que olvidan lo que almorzaron pero guardan lo pasado a flor de piel, clarito como el primer beso que nunca se olvida. Pero entre todos sus matas de café , había una que era el secreto de la montaña. No daba granos rojos ni verdes; de sus ramas brotaban granos de oro macizo que brillaban como trozos de sol atrapados en el follaje. Una noche de luna llena, la finca cobró una vida distinta.
Los rabipelados, con sus colas de cabuya y ojos de metras curiosas, se reunieron en conciliábulo alrededor de la mata prodigiosa.
—¡Miren esa riqueza! —chilló uno, colgándose de una rama—. Con un solo grano de estos, nos compramos todas las gallinas de la granja de Rafa.
—No es para nosotros —sentenció el Faro más viejo, atusándose los bigotes con gravedad de abuelo—. Don Eleazar nos deja los cambures maduros y ya no nos pone trampas. El oro es de la tierra, y la tierra solo se lo da a quien la respeta. De pronto, un estruendo de raíces rompiendo el suelo interrumpió la charla.
Eran las matas de aguacate .
En La Toma, las matas de aguacate no se quedaban quietas; les encantaba jugar y mudarse de puesto.
—¡Te gané, Taita! —gritó una mata joven a otra más vieja, mientras de un salto se «mudaba» diez metros buscando la frescura de la Naciente de la Virgen.
El conflicto se armó cuando un rabipelado, más codicioso que un político en campaña, estiró la pata para arrancar un grano de oro. Apenas lo rozó, la mata de café pegó un temblor y soltó un vaho a chocolate con tierra mojada tan potente, que el animal quedó «privado», pelando los dientes como si hubiera visto al mismísimo Mandinga.
En un abrir y cerrar de ojos, la mata de aguacate pegó un brinco y le dejó caer una raíz encima, atrapándolo como un lazo. Pero el bicho, que de tonto no tenía ni un pelo, le pegó un mordisco tan feroz a la raíz que el árbol soltó un quejido de madera vieja. El rabipelado salió disparado con la cola entre las patas, buscando el gallinero de Morela para pasar el susto con una gallina chonga.
Mientras el tunante huía, la mata le gritó desde la loma:—¡Epa, sinvergüenza! ¡En La Toma nada se quita, todo se comparte! ¡Vaya con cuidado, no sea que por andar de mano larga termine en una jaula de alambre!
«Con los primeros clarores del día, Don Eleazar —hombre enérgico y de mucho apuro— se ajustaba la pretina a los pantalones para que no se le cayeran los respetos. Al asomarse por la ventana, se topó con el toche animalito, que ahí estaba, sentado con una seriedad de sacristán en medio de la trampa.
Resulta que el bicho, que es más largo que un arrepentimiento, no solo andaba con la mala intención de expropiarle el café de oro, sino también de echarle un viaje a la gallina chonga de la señora Morela. Pero como la ambición rompe el saco, el muy atolondrado confundió la trampa con un nido y, por querer bajarse unos huevitos antes del plato fuerte, terminó preso y con cara de «yo no fui», esperando que alguien le brindara, aunque fuera, un traguito de guarapo para pasar el susto».
Don Eleazar caminó despacio, se puso en cuclillas frente a la jaula y soltó una carcajada:
«—¿Qué pasó, compañero? —preguntó Don Eleazar con una cortesía que cortaba el aire—. ¿Fue que el café le dio un yeyo o es que las bípederas de la señora Morela tienen más motor que sus patas?
El faro, que todavía cargaba un tufo a chocolate y la mirada descoyuntada, se atusó un bigote con dignidad de prócer en el exilio y soltó con voz de cuatro:—Mire, Don Eleazar, no me venga con chifladuras. Ese cafetal suyo no es cosecha, ¡es un incienso que tumba hasta al más pintado! Y esos aguacates… ¡qué falta de urbanidad! Uno no puede ejercer el oficio de lo ajeno sin que un palo le meta una zancadilla.
Don Eleazar, conteniendo la carcajada ante aquel toche tan lenguaraz, le franqueó la salida:
—Vaya pues, camine. Lo suelto con la venia del Señor, pero sepa que aquí en La Toma la tierra es noble pero no alcahueta de manos largas.
El bicho pegó un brinco como Nelson el de Elda, se sacudió las pulgas y, antes de hundirse en el camino real , sentenció:
—Trato hecho, Don Eleazar. Pero póngale orden a esos aguacates, que uno ya no sabe si pisa suelo firme o la joroba de un vecino. De hoy en adelante yo le hago el aseo a las hojas de la Toma, y le corro a todos los bichos raros dañinos, pero usted me deja los cambures por la medida pequeña… y ni me miente a la doña Morela, que el otro día por querer cenarme cinco pollas casi me deja sin rabo de un chanclazo soberano.
Don Eleazar se quedó viendo cómo el rabo de cabuya se perdía en el monte, sabiendo que en los Andes, entre un cambur y un buen trato, hasta los pícaros encuentran su religión».
«En la casona de corredor ancho y pretiles de cal, Doña María Rosario mantiene el fogón encendido como un sol doméstico. Pero lo que más admira el caminante es la disciplina de su escoba: ella tiene todo el patio y hasta el mismísimo Camino Real tan barriditos y tan limpios como bolsillo de maestro a fin de mes. Ella y Eleazar han hecho de su hogar un refugio de puertas abiertas, donde al forastero nunca le falta un plato de cariolas nuevas, de esas que siembra Ramón en la hacienda de con tanto esmero, ni al rabipelado su ración de cambur maduro.
«Cuentan los vecinos, entre sorbo y sorbo de café de ese que despierta hasta a las piedras. Dice Rodrigo Viloria a su hija Yuli, con una risita de medio lado que le arruga los ojos:—Mire, mija, ahora los chacos faros de por aquí se han vuelto más finos que un seminarista en domingo. Ya no andan con la mala maña de asaltar gallineros; ahora, a cambio de un puñadito de granos, se han puesto el uniforme de vigilantes y nos cuidan la finca de otros bichos raros que andan por ahí de malos—¡Se la pasan es de equilibristas! —añade Rodrigo soltando la carcajada—. Uno los ve por la noche caminando por las mangueras como si fueran por el Camino Real, muy orondos ellos. Pero eso sí, mija, ni por equivocación se acercan a la casa de Leandro; saben que allá el que entra no sale, o sale con el rabo entre las patas, porque allá sí es verdad que les puede pasar algo bien feo por andar de curiosos. ¡Esos bichos son pícaros, pero no son tontos!».
La historia de La Toma nos dicta, con su voz de monte, que la naturaleza no es un baúl para el saqueo, sino un jardín para el cuido. Porque en estas tierras, la verdadera riqueza no es el metal que brilla en la rama, sino el respeto que pone a bailar a los aguacates y permite que Don Eleazar y María Rosario compartan un pocillo de café mientras ven cómo la montaña, agradecida y sin modorra, se queda a dormir en su ventana».
Glosario pa’ entender mejor.
- Atildado: Se dice de alguien que es muy pulcro, elegante o que cuida mucho sus modales. En el cuento, hasta los bichos se pusieron «de punta en blanco».
- Cabuya: Cuerda delgada y resistente hecha de fibra natural (generalmente de fique o sisal). Se usa para amarrar de todo en el campo.
- Cariolas: En el contexto regional, se refiere caraotas tiernas, recién cohechadas como las que cocinaba la Señora Melania de Hilarión Araujo . Son el orgullo de la cosecha de Ramón el de Magali.
- Chanclazo: Golpe contundente dado con una chancla o sandalia, herramienta pedagógica infalible de las abuelas y de la señora Morela cuidando sus gallinas.
- Chifladuras: Tonterías, locuras o ideas sin sentido. Lo que Don Eleazar no le aguanta al rabipelado.
- Chonga: Palabra coloquial para describir a una gallina que está gorda, pesada y con buena carne.
- Chocho: Estado de ternura y debilidad mental propia de la vejez, donde se mezclan los recuerdos lejanos con los olvidos presentes.
- Conciliábulo: Reunión secreta de personas (o animales) para tratar un asunto, generalmente con intenciones de picardía o conspiración.
- Lenguaraz: Alguien que habla demasiado, que es deslenguado o que tiene mucha facilidad para decir atrevimientos.
- Mandinga: Uno de los tantos nombres que se le dan al Diablo en la cultura popular venezolana.
- Metras: Bolitas de vidrio o cerámica (canicas) con las que juegan los niños. Los ojos del rabipelado brillan igualito.
- Petrina: Correa o cinturón de cuero que se usa para sujetar los pantalones (y para mantener los «respetos» en su sitio).
- Pretiles: Muros pequeños o barandas de piedra y cal que bordean los corredores de las casas coloniales.
- Privado: Estar sin conocimiento o desmayado. Al bicho le dio un «patatús» por el olor del café de oro.
- Rabipelado: Marsupial común en Venezuela (zarigüeya, Faro). Famoso por su cola pelada y su habilidad para asaltar gallineros.
- Taita: Término de respeto y afecto para referirse al padre, al abuelo o a un hombre mayor con autoridad en el campo.
- Toche: Palabra típica de los Andes (especialmente en Táchira y Trujillo) que significa tonto, torpe o descuidado. Se usa tanto de insulto como de cariño.
- Tunante: Pícaro, pillo o maleante que vive de la astucia y el engaño.
- Yeyo: Malestar repentino, mareo o desmayo. Es lo que le dio al animalito cuando olió el «perfume» del cafetal.
OPINIONES Y COMENTARIOS