EL SENDERO INFINITO

EL SENDERO INFINITO

Tito

21/03/2026

El Sendero Infinito

Todo comenzó como una idea absurda de Lucas, el que siempre organizaba los planes de último momento. —Un picnic, chicos. El campo, la sombra de un árbol, una buena sangría. ¿Qué podría salir mal? —dijo en el grupo de WhatsApp. Ocho amigos, todos rondando los treinta, con la energía de un domingo perezoso. Elena, la sensata; Marcos, el deportista; Clara, la risueña; Pablo, el callado; Valeria, la intrépida; Diego, el ansioso; Sofía, la observadora; y Lucas, el de las ideas descabelladas.

El lugar lo encontraron en una página web de «senderos rurales olvidados». Un solo comentario decía: «Bonito, pero muy monótono». No le dieron importancia.

Dejaron el coche en una explanada de hierba amarillenta. Ante ellos, el sendero se abría como una cicatriz perfecta en la tierra: dos metros de ancho, flanqueado por hayas y robles idénticos que se alzaban a ambos lados como muros. El suelo era de una tierra rojiza, uniforme, sin una sola piedra fuera de lugar.

—Parece un pasillo —dijo Sofía, frunciendo el ceño.

—Es un camino de tierra, no un centro comercial —bromeó Lucas, cargando la nevera portátil.

Caminaron durante veinte minutos, luego cuarenta. La conversación fluía, pero algo empezó a inquietar a Elena. Se detuvo y miró hacia atrás. El sendero se perdía en una línea recta perfecta, sin curvas, sin desniveles. Los mismos árboles, la misma luz tamizada.

—Chicos, creo que deberíamos dar la vuelta.

—¿Ya? —protestó Marcos—. Ni siquiera hemos encontrado un buen sitio para la manta.

Dieron la vuelta. Caminaron otros cuarenta minutos. El sol no se había movido un ápice en el cielo. La nevera seguía pesando lo mismo. Y el coche no aparecía.

—Esto no tiene sentido —murmuró Diego, con la voz quebrada—. Hemos caminado el doble de lo que caminamos para entrar.

Pablo, que apenas había hablado, se arrodilló y trazó una flecha en la tierra con una rama. —Marquemos este punto —dijo—. Avancemos diez minutos más en esta dirección.

Avanzaron. Diez minutos. Luego otros diez de regreso. La flecha había desaparecido. O tal vez nunca la hicieron. La tierra estaba inmaculada, como si nadie hubiera pasado jamás por allí.

La primera noche la pasaron en vela, abrazados alrededor de la nevera vacía. El cielo estrellado era el mismo que habrían visto en cualquier lugar, pero las constelaciones no se movían. El tiempo se había detenido o se había vuelto perezoso.

Al amanecer (un amanecer que llegó con una luz idéntica a la del día anterior), Lucas hizo un mapa en su libreta. —Nos dividimos —propuso con una calma forzada—. De dos en dos. Cada pareja toma una dirección: norte, sur, este, oeste desde este punto. Nos encontramos aquí en… bueno, cuando puedan. Alguien tiene que encontrar el borde.

Nadie quería separarse, pero la lógica era cruel. Si el sendero era infinito, la única posibilidad era abrirse como una estrella.

Pareja 1: Elena y Marcos

Caminaron hacia el norte. Marcos, acostumbrado a las rutas de montaña, intentaba guiarse por la inclinación del sol, pero el sol se negaba a moverse. A las pocas horas, empezaron a escuchar risas. No eran ecos ni animales. Eran risas humanas, macabras, como las de un disco rayado. Entre los árboles, vieron formas que se movían de reojo, pero al girarse, solo había troncos. Luego, vieron a las personas. Eran tres, vestidas con ropa de excursión de los años ochenta, con riñoneras y pantalones de poliéster. Las tres los miraban fijamente, con una sonrisa desencajada, y reían. No hablaban. Solo reían, señalándolos con dedos esqueléticos. Elena sintió un escalofrío cuando notó que, entre los árboles, más atrás, había otros. Y otros. Todos reían. Dieron media vuelta y corrieron.

Pareja 2: Clara y Pablo

Fueron hacia el sur. Encontraron un claro que no recordaban haber visto antes. En el centro, un esqueleto humano, aún con restos de una camisa a cuadros, estaba recostado contra un árbol. Junto a la mano ósea, un teléfono móvil de los primeros modelos, oxidado. Pablo, sin decir nada, abrió la mochila del muerto. Encontró una cartera con un carnet de identidad de 1996. Fecha de nacimiento: 1975. La última foto era de un grupo de jóvenes sonriendo. Ocho amigos.

Pareja 3: Valeria y Diego

Ellos fueron hacia el este. Fue Diego quien comenzó a leer las fechas. Al principio, pensó que eran marcas de pastores. Pero estaban grabadas con precisión en la corteza de los árboles, una tras otra, en un orden que parecía un censo. 1879. Diez árboles después: 1914. Luego: 1965. 1980. 1996. 2008. 2017. Cada número más cercano al presente. Valeria tocó el árbol de 2017 y sintió la madera caliente, como si el año aún estuviera ardiendo en ella.

Pareja 4: Sofía y Lucas

Ellos fueron hacia el oeste, el camino más ancho. No encontraron risas ni esqueletos, solo una paz enfermiza. Sofía, que iba en silencio, notó que Lucas respiraba con dificultad. No era cansancio. Era un jadeo extraño, como si sus pulmones se estuvieran encogiendo. De repente, Lucas se detuvo, se miró las manos y soltó un grito ahogado. Sus dedos estaban arrugados, cubiertos de manchas. Su cabello, que era negro, había encanecido en las sienes. Sofía retrocedió, horrorizada. Al hacerlo, tropezó con una raíz y al levantarse, sintió que la ropa le quedaba grande. Sus zapatos se le salían de los pies. Se miró en una pequeña poza de agua estancada. Su rostro era el de una niña de siete años.

No sabían cuánto tiempo pasó. Días. Años. Segundos. Pero llegó un momento en que los ocho, por pura casualidad o por un cruel diseño, confluyeron en el punto de partida. El lugar donde habían trazado la flecha, o donde habían dejado la nevera vacía.

Pero ya no eran los mismos.

Elena y Marcos llegaron primero. Su pelo era canoso, sus rostros surcados por arrugas profundas. Caminaban con bastones improvisados, con la lentitud de quienes han vivido décadas en un solo lugar. Sus ojos tenían la mirada apagada de quienes han visto demasiadas risas macabras entre los árboles.

Clara y Pablo aparecieron después. Pablo seguía siendo el mismo: barba de tres días, la misma chaqueta de pana, la misma expresión de pocas palabras. Pero Clara… Clara había encogido. Su ropa le quedaba enorme. Su cara era la de una adolescente de quince años, llena de acné y de miedo. No hablaba. Solo se aferraba a Pablo como si fuera su padre.

Valeria y Diego fueron los siguientes. Diego estaba irreconocible: su ansiedad juvenil se había convertido en una parálisis senil. Tenía al menos ochenta años, con la mirada perdida en un punto fijo del horizonte. Valeria, en cambio, estaba igual. El mismo cuerpo atlético, la misma determinación en los ojos. El tiempo, por alguna razón, la había respetado.

Por último, Sofía y Lucas llegaron arrastrándose. Sofía era una niña pequeña, con el vestido que le llegaba a los tobillos, caminando con la torpeza de quien acaba de aprender a usar sus piernas. Y Lucas… Lucas era un anciano de más de setenta años, encorvado, con la piel transparente, que empujaba a Sofía con ternura, llamándola “abuela” por la confusión de su mente.

Se miraron los ocho. Un grupo de ancianos, un grupo de adultos intactos, un grupo de niños. Un arcoíris de edades bajo la misma luz inmutable.

—¿Qué… nos pasó? —preguntó Elena con voz cascada.

—El sendero —dijo Valeria, con la misma firmeza de siempre—. El sendero no tiene fin. Pero nosotros sí. Nos descompone. Nos repite.

Sofía, con su vocecilla de niña, señaló un árbol que estaba frente a ellos. Todos lo miraron. En la corteza, recién grabada, fresca como una herida abierta, había una fecha:

2024.

Y debajo, alguien (ellos mismos, tal vez) había añadido con un objeto punzante: «El picnic de Lucas. Octavo intento.»

Diego, el anciano de ochenta años, levantó una mano temblorosa. —He visto ese árbol antes —susurró—. Lo he visto un millón de veces.

Entonces, entre los árboles, comenzaron las risas. No eran las risas macabras de los extraños que habían visto antes. Eran sus propias risas. Las risas de cuando eran jóvenes, de aquel primer día, cuando todo era una broma. Las risas salían de sus propias gargantas, pero también de los árboles, de la tierra, del aire.

El sendero se extendía en las cuatro direcciones, idéntico, infinito.

No había salida.

No la había habido nunca.

Se miraron unos a otros, comprendiendo. No eran ocho amigos perdidos. Eran ocho condenados a caminar eternamente por un pasillo de árboles que los devolvía una y otra vez a sí mismos, pero nunca iguales. El sendero no los dejaba salir, pero tampoco los dejaba morir del todo. Los reconfiguraba. Los esparcía en el tiempo. Los convertía en sus propios antepasados y descendientes.

Lucas, el anciano, tomó de la mano a Sofía, la niña. Elena, la anciana, se apoyó en Valeria, la inmutable. Diego, el nonagenario, sonrió por primera vez con la placidez de quien ya no espera nada.

—¿Y ahora qué? —preguntó Clara, la adolescente, con una mezcla de rabia y pavor.

Pablo, el único que seguía igual, el único que parecía habitar un presente perpetuo, señaló el sendero con la cabeza.

—Seguir caminando —dijo con su voz calmada—. Es lo único que podemos hacer.

Y caminaron. Ocho siluetas que se alejaban por el sendero, unas encorvadas, otras pequeñas, otras firmes, fundiéndose con la luz horizontal e inmutable de aquel domingo que nunca terminaba.

A sus espaldas, el árbol de 2024 brilló un instante, como si la fecha estuviera viva, esperando el próximo ciclo.

En el cielo, el sol seguía quieto.

Y en algún lugar de la explanada de hierba amarillenta, un coche moderno seguía aparcado con las puertas abiertas, esperando a unos dueños que nunca regresarían. Sobre el asiento del conductor, un teléfono móvil con una conversación abierta:

«Un picnic, chicos. ¿Qué podría salir mal?»

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