LA SAGA DEL JUEZ HABLAPALABRAS Y DON PROSPERO SIMPLÓN
1. El juez de las sílabas cortantes
Era el caso de un juez que no hablaba: profería. Y no firmaba: estampaba rúbricas con pretensión de decreto imperial. Había decidido perfeccionar su lenguaje hasta convertirlo en un arsenal: sus sílabas eran puñales, sus comas trampas, y sus adverbios de modo parecían formularios para el despido de la cordura.
Decía adiada y calendada como quien recita conjuros. Cuando pergeñaba una demanda, sus funcionarios temblaban. Su pronunciación de verbigratia era casi un hechizo.
2. El surgimiento del rival
En el despacho contiguo trabajaba su némesis: don Próspero Simplón, enemigo declarado de las palabras largas. Simplón defendía el lenguaje sencillo, directo, terrenal, mientras el juez lucía vocablos de museo.
3. El caso del Habeas Cactus
Un día llegó el expediente más absurdo: una Acción de Habeas Cactus. El dueño exigía la liberación de su cactus Elvis, detenido por “flora agresiva”. El juez defendió el caso con solemnidad ritual; Simplón lo redujo a “devuélvanle la mata al señor”. La audiencia terminó con hilaridad, un cactus recuperado y cero acuerdos lingüísticos.
4. La carga de la prueba vs la carga de conciencia
Ambos protagonizaron un debate épico sobre qué pesaba más: la carga de la prueba o la carga de conciencia. Usaron una báscula real. La carga probatoria, un legajo de 842 folios, sí pesó. La carga de conciencia no movió la aguja. Simplón declaró victoria; el juez argumentó metafísica. Hubo llanto, discusión, un fallo improvisado y una flatulencia celebratoria.
5. La batalla de las notificaciones
Una discusión sobre si la notificación personal valía más que la electrónica terminó en empujones. El sillón ergonómico —deformado por años del trasero jurídico del juez— finalmente se recuperó tras el impacto. Los funcionarios anotaron el caos en el libro de novedades.
6. El día de “viejo jeyeyes”
En plena discusión, Simplón llamó al juez “viejo jeyeyes”. El juez se congeló: así le decía su abuelita. Se quebró en llanto. Simplón, avergonzado, lo abrazó. Hubo perdón, humanidad y una reconciliación inesperada. Desde entonces, “no se me ponga jeyeyes” se volvió su contraseña de paz.
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