La gente siempre me pregunta cómo pude salir vivo de esa situación. Yo no sé cómo lo hice. Pero ahora creo que esa fue la parte fácil; lo difícil es volver al mismo sitio y tener la certeza de que va a ocurrir de nuevo un hecho similar. Ese es el verdadero miedo
Yo dormía profundamente. A lo lejos escuché unas bombas. Mis hijos se despertaron y corrieron desesperadamente a mi cuarto con gritos espantosos. Desperté exaltado. En ese momento, mi esposa estaba parada en la ventana, observando un misil que caía en un cerro. No lo podía creer. Todas las noches se escuchan tiros en el barrio cercano, pero lo que estaba viendo me dejó pasmado: helicópteros escupiendo fuego contra la ciudad.
Me sentí indefenso. Estaba siendo presa del pánico. Mi esposa en shock y mis hijos gritando. Los encerré en un clóset, mientras ella y yo nos movíamos por los cuartos, buscando ropa para todos y linternas, y tratando de comunicarnos con alguien por teléfono para saber qué estaba pasando.
En medio de la oscuridad por el apagón y sin comunicaciones, seguía el estruendo de los ataques. Ante cada detonación nos tirábamos al piso. Ante cada explosión nos salía un grito del alma a todos. Las sentíamos al lado de nuestra casa. En cierto punto mis hijos salieron del clóset. Estaban pálidos, temblando; nos abrazamos los cinco, arrodillados, esperando…
Hubo una calma extraña. Decidí salir. Abrí la puerta y observé sombras que caminaban al otro lado de la calle. No pude identificarlas, pero el miedo me hizo creer que eran soldados que combatían. Mi esposa pensó que podían ser vecinos huyendo a pie y eso me dio ánimo para intentar huir también.
Volvimos a salir. Nos montamos todos en el carro, cada uno con una pequeña muda de ropa. Salimos aprovechando que no se veían helicópteros. Apenas salíamos de la urbanización cuando escuchamos un zumbido atípico y, enseguida, un estruendo que a estas alturas nos era familiar. Aterrado, observé por el retrovisor cómo una casa vecina se incendiaba. Todos gritamos. Aceleré como pude. Vi personas corriendo. Soldados disparando al aire. Conduje ciego de miedo durante lo que pareció una eternidad. Creo que golpeé a alguien con el carro, pero tuve que seguir; tenía que proteger a mi familia…
Todo duró una hora, pero para nosotros fue eterno. Me sentí tranquilo al llegar a casa de mi cuñada. Ahí estábamos lejos de la zona del bombardeo; sin embargo, en algún momento tendríamos que regresar. El día escogido fue una semana después.
Cuando mi esposa y yo llegamos a la urbanización, observamos una gran cantidad de oficiales de la policía científica. Contamos unas diez camionetas de ese organismo en nuestra calle y más de treinta funcionarios. Nos fuimos acercando poco a poco a la casa y quedamos petrificados ante el espectáculo: la casa bombardeada fue la nuestra.
Había quedado destruida. Al parecer, un soldado, justo cuando íbamos saliendo, se colocó detrás y comenzó a disparar contra los helicópteros. La respuesta de estos casi acaba con mi familia. Miré el clóset donde había escondido a mis hijos; ahora solo era un amasijo de madera quemada y escombros. Si hubiésemos tardado un minuto más en salir, yo no estaría contando esto
OPINIONES Y COMENTARIOS