Cirque du Freak

La gente me ha encontrado repulsivo desde que tengo memoria. Cuando salía a la calle acostumbraba a recibir insultos y golpes, me escupían en el rostro mientras me gritaban que regresara al infierno, incluso llegué a ser objeto de burla y sus risas maliciosas terminaban por pisotear mi espíritu.

Los primeros días de mi vida fueron aciagos. Mi madre falleció en el parto, así que mi padre se encargó de cuidar de mí. Aunque nadie podía amar a un humano tan horripilante como yo. Por alguna razón había nacido con el rostro desfigurado. Las facciones asimétricas y grotescas que caracterizaban mi cara me convertían en un monstruo.

¿Era un castigo por haber matado a mi madre?

En una ocasión, mi padre atravesó una crisis financiera bastante amarga. Lo habían despedido del trabajo y no lograba encontrar otro, pues siempre le ponían de pretexto que vivía bajo el techo del mismísimo diablo. Lo único de valor que poseía era su propio hijo, así que me vendió al circo por una cantidad que hasta la fecha desconozco, pero estoy seguro de que le hizo feliz el deshacerse de mí.

El Señor Norman era dueño del circo, siempre caminaba con elegancia vistiendo ropas lujosas y extravagantes. Su mirada cálida como el atardecer y su sonrisa tan simpática como los girasoles. Pronto me di cuenta de que su circo no era como los demás, las personas tenían singularidades, no como la mía, pero sí igual de sorprendentes.

Estaba Jo-Jo, el hombre con el rostro de perro. A él le gustaba cantar en tardes de lluvia y los pelos en su cara me daban cosquillas cuando me estrechaba entre sus brazos. Koo Koo era la niña pájaro, estaba un poco loca, pero me hacía reír con sus elocuencias. Jack era muy amable con todos; gracias a su estatura de más de dos metros, era capaz de alcanzarme el frasco de galletas que se encontraba en la última repisa. También estaban Grady, el niño langosta, y Myrtle, la niña de cuatro piernas; con ellos me divertía hasta que las tripas me dolían de tanto reír.

El circo de extrañezas del Señor Norman se convirtió en la familia que nunca tuve. A pesar de que cada uno era diferente, todos comprendíamos el innegable hecho de que nunca seríamos gente común; que ante ojos sedientos por lo inquietante, no éramos más que un simple entretenimiento escalofriante.

Al principio, mi acto en el circo consistía únicamente en exponer mi malformación. La gente se quedaba sin aliento y un tanto asombrada cuando me veía. Conforme fui creciendo, el Señor Norman me obsequió un par de varillas hechas de madera, forradas con goma y un mechero en cada extremo.

Día y noche practicaba el manejo de las varillas de fuego, girándolas entre mis manos mientras ejecutaba un baile suave y algunos trucos acrobáticos. Finalmente fui capaz de dominar cada movimiento, así como el temor a que el fuego me alcanzara, y pasé de ser “El hijo del diablo” a “El hombre en llamas”.

Las funciones de El circo de extrañezas se volvieron muy populares y esta noche no era la excepción. El público comenzaba a atiborrar nuestras filas mientras los demás aguardábamos detrás del telón, ansiosos por mostrarles lo que un grupo de fenómenos podía hacer.

—¡Bienvenidos, damas y caballeros! —el Señor Norman exclamó con una sonrisa de oreja a oreja.

Todo el público guardó silencio mientras se dejaba empapar por el brillo que refulgía de sus ojos azules. El traje rojo con pantalones negros y detalles dorados lo hacía lucir llamativo, era imposible apartar la vista de él. Extendiendo los brazos, continuó:

—Esta noche serán testigos de un espectáculo que los dejará con la boca abierta. En este escenario observarán acrobacias sumamente peligrosas, hazañas que les pondrán los pelos de punta y trucos de magia sorprendentes. Con ustedes, ¡el Circo de Extrañezas!

La audiencia estalló en una algarabía sobrecogedora que pronto transmutó a jadeos de sorpresa y miradas desconcertadas. Todos los circenses habíamos salido al escenario a guisa de prefacio para darles una probada de lo que verían esa noche.

Una melodía alegre de trompetas y tambores nos acompañaba al caminar. Cada uno mostrando una pizca de su acto; los trapecistas que volaban por encima de nuestras cabezas, Jo-Jo entonando las notas más agudas que haya escuchado jamás; Ella, la niña camello que se contorsionaba de formas inimaginables, Jack era el que más impresionaba debido a su gran altura.

Seguidamente de Koo Koo y su acto de tragasables, venía yo realizando malabares con tres pelotas que centelleaban en fuego vivo. A pesar de tantos años ya en el circo, la idea de ser el centro de atención no era muy confortable, pero al menos era una forma de vivir honorable y quizás el fuego mermaba mi horrorosa apariencia.

Le dimos una vuelta a la pista circular para luego regresar a nuestras posiciones detrás del telón. Isaac, el hombre de dos cabezas, tenía la reputación de ser el acto de apertura gracias a sus maravillosas acrobacias en la barra de trapecio. Y de esta manera, entre vítores y rostros perplejos, la función inició.

Después de un tiempo, finalmente llegó mi turno. Robé una gran bocanada de aire y salté hacia la oscuridad de la pista, dando una doble voltereta mientras sostenía dos varillas de fuego, una en cada mano. Mi cuerpo estaba al descubierto del torso para arriba, unas marcas de espirales y líneas hechas con pintura reflejante me abrazaban la espalda así como los costados y los brazos.

Proseguí ejecutando una danza acrobática bajo el suave murmullo de tambores. Las varillas de fuego se desplazaban con facilidad, como si fuéramos uno solo; cuando las lanzaba en el aire y daba remontes hacia atrás el público guardaba el aliento para luego exhalar con alivio al momento de atraparlas sin error alguno.

Culminé mi presentación con un acto de malabarismo a ojos vendados, las luces se encendieron y me quedé en una posición de reverencia, esperando el aplauso del público. Sin embargo, no fue más que un grito de terror el que me inyectó escalofríos perturbadores por toda la piel.

—¡Fuego! ¡Fuego! ¡El circo se incendia!

Con un temor abrumador giré detrás de mí para encontrarme con la carpa del circo tiznada en llamas fatuas. Podía sentir su luz calcinándome el rostro sin piedad y la velocidad con la que crecía me recordaba a la lluvia empapándome de sus miserias cuando mi padre me impedía la entrada a casa.

La galería de gente no tardó en atiborrarse de pánico y corrieron de forma desenfrenada hacia la salida que era muy estrecha para aguantarlos a todos. Los gritos y los llantos me zumbaban en los oídos, el fuego a mí alrededor no esperaba por nadie, tenía ya bastante hambre.

Mis piernas lograron moverse con rapidez mientras jalaba del brazo a Jo-Jo, quién se había quedado pasmado ante tal espectáculo. Ambos habíamos conseguido salir ilesos, aunque podía percibir el espeso humo en mi garganta y un ardor inquietante en los ojos.

—¡¿Todos están afuera?! —gritaba el Señor Norman—. ¡¿Todos están afuera?!

—¡Mi hijo! ¡Mi hijo, no lo encuentro! —sollozaba en dolor una señora junto a su marido.

—¡Debe de seguir adentro! ¡Llamen a los bomberos! —continuó su esposo en un lamento afligido.

Pero yo sabía que los bomberos no llegarían justo a tiempo. Miré el circo en llamas, las flamas se alargaban y retozaban con fulgor, destruyendo todo a su paso. Antes de que moviera un solo músculo, Jo-Jo me detuvo del brazo.

—Kysen…no lo hagas —suplicó.

—No lo dejaré morir —respondí adusto, zafándome de su agarre.

Entonces cerré la distancia que había entre la boca del infierno y mi alma. No podía ver con claridad, el humo y el calor me carcomía a cada segundo. Todo estaba mutilado debido al fuego: las vigas de madera crujiendo sobre el suelo, pedazos de la carpa cayendo desde arriba, el escenario se derretía como la cera. Era una horrible pesadilla y aún no encontraba al muchacho hasta que…

Una voz se abrió paso entre la densidad del humo negro, traté de ubicarla con rapidez hasta que mis ojos hallaron el cuerpo de un muchacho atrapado entre los asientos. Mis piernas se movieron antes de siquiera pensarlo y echaron a correr entre los escombros de aquel inhóspito circo, o lo que quedaba de él. Con mi antebrazo cubriéndome la boca y la nariz, ignoré la aterradora sensación del fuego queriéndome ahogar con sus azarosas lenguas incendiadas.

—¿Te lastimaste? ¿Puedes caminar? —le pregunté al muchacho tan pronto como llegué a él.

Di una ojeada rápida a su cuerpo, parecía que nada físico le impedía el movimiento, pero cuando traté de ayudarle a levantarse, una mueca de dolor apareció en su rostro y volvió a caer sobre el suelo. Entonces comprendí que debía de soportar todo su peso para que los dos saliéramos vivos de ese infierno.

—Tranquilo, voy a sacarte de aquí —le aseguré—. ¿Puedes subir a mi espalda?

Las llamas seguían rugiendo como una feroz manada de lobos en espera de abalanzarse contra su presa, la carpa estaba próxima a extinguirse y vigas de madera ardientes habían decidido colocarse a todo lo largo del pasillo que conducía hacia la salida para obstaculizarnos el paso y ahora todo parecía más complicado.

Cuando el muchacho subió a mi espalda, no puede evitar quejarme al sentir su peso encima de mí, y con mis pulmones llenos de humo tóxico fue aún más difícil respirar. Sin embargo, no iba permitir que la muerte nos abrazara ese día, no éramos sus marionetas ni mucho menos un simple hilo que cortar. Éramos agua que fluía con fuerza a contracorriente de todo pronóstico.

Sujeté las piernas del muchacho y caminé lo más de prisa que pude, esquivando a mí paso toda clase de objetos a punto de desaparecer. El circo nos expulsó segundos antes de que este se desplomara por completo, habíamos logrado escapar por apenas un pelo. Nuestros cuerpos se habían vuelto negros y era engorroso respirar con claridad, pero estábamos vivos, eso era lo que importaba.

Un par de bomberos llegaron para auxiliarnos. Los padres del muchacho corrieron a su encuentro entre gimoteos y suspiros de alivio y los tres se fusionaron en un fuerte abrazo. Luego de terminar el examen médico general, los paramédicos comenzaron a explicarme que necesitaba acudir al hospital con urgencia debido a la intoxicación que había adquirido gracias al humo. Pero sus indicaciones se fueron desvaneciendo de a poco, como una voz apagada, hasta que ya no logré escucharlas más. Mi atención se había ido hacia mi familia reunida, sin esperanzas, frente a un montón de cenizas apiladas sobre el suelo carbonizado.

Me acerqué a ellos dando traspiés. Jo-Jo se giró para mirarme, sus ojos apremiaban al llanto y su espíritu se fraguaba hacia una serie de desgracias sin fin. Y era lo mismo con todos los demás. Esa noche, el fuego no solo había quemado un circo, sino que también nos había arrebatado nuestro hogar, nuestra seguridad, nuestro bienestar. Contemplaba un lugar vacío, carente de luz; donde antes se alzaría de forma prodigiosa la carpa del circo, ahora no era más que un vestigio de sonrisas y momentos de gloria, reemplazados por cenizas infaustas.

—Me salvaste la vida —el muchacho de antes se aproximó apoyándose en unos bastones de madera. Su semblante lucía mejor y parecía ser que no había sufrido daños irreparables—. Ofrecerte mi más sincero agradecimiento no bastaría para colmar tu vida de dichas, estoy en deuda contigo.

Me quedé perplejo ante sus palabras y la forma en la que se dirigía a mí. Era la primera vez que alguien de una clase social alta se acercaba sin intenciones de mofarse o de saciar su perversa curiosidad con mi rostro. Y también era la primera vez que me miraban como una persona normal y no con repulsión ni asombro o lástima. Los ojos de aquel chico eran bondadosos, eran dos perlas de mar muy difíciles de encontrar y por lo mismo resultaban divinamente hermosas.

—No…no me tiene que agradecer —musité, desconcertado—. A la vida no se le puede poner un precio.

El muchacho sonrió.

—Si ese es el caso, al menos concédeme obsequiarte un presente. ¿Qué te parece si todos los gastos para reconstruir el circo corren por mi cuenta?

En ese instante todos se voltearon a verlo, incluido el Señor Norman. Mi corazón latió con fuerza de la emoción, quitándome el habla por unos segundos.

—Ha…¿habla en serio?

—Sí, muy enserio.

Mi rostro se iluminó como por arte de magia. Segundos atrás, el mundo me había dado una probada de su crueldad e injusticia, pero ahora me golpeaba el pecho con la fuerza de mil truenos eléctricos, devolviéndome aquella esperanza en mi semblante. La esperanza de que siempre lograría converger con un destello inesperado y extraordinario, sin importar cuánto tiempo habría sido prisionero de la oscuridad.

—¡Gracias! —exclamé enfebrecido—. ¡Muchas gracias, Joven!

Con una sonrisa en la cara me giré para abrazar fuertemente a mi familia. Las cosas no estaban del todo perdidas, pues la felicidad que me embriagaba en ese preciso momento me hacía sentir como en las nubes. Al fin y al cabo, existían personas que llegaban para salvarte.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS