Estoy en problemas.
Hay escasez en la distribución de botes de polietileno y el lote de ácido que había adquirido se agotó al fin. No pensé que esto sucedería, pues tenía un control riguroso en todas mis víctimas, aunque la última fue más un arrebato espontáneo. Pero había valido la pena cada maldito segundo. Aún recuerdo el sabor de su sangre, la belleza de sus órganos internos.
Pero, en verdad, estoy en problemas. Tengo que deshacerme de sus restos antes de que el olor a carne podrida comience a levantar sospechas. ¿Quizá podría tirarlo al río? No, era demasiado público. ¿Enterrarlo? Dejaría evidencias. ¿Prenderle fuego? Sería una gran contaminación.
En ese momento escucho los ladridos de una jauría de perros que de vez en cuando pasan por el vecindario. ¡Y ahí se me ocurre una grandísima idea!
Al día siguiente pongo a cocer la carne junto con los huesos y cuando escucho que los perros se acercan, rápidamente salgo con la cacerola y les ofrezco de comer. Sin dudar, ellos se acercan y devoran hambrientos los restos de… no recuerdo su nombre.
—Me alegra ver que alguien de este vecindario tenga un corazón tan bondadoso —comenta una señora que va pasando. Luce bastante conmovida.
—Gracias — respondo—. Me parte el alma verlos tan desnutridos.
—Los animales son la creación más pura —ella dice antes de continuar su camino.
—Lo son —sonrío, viendo cómo se terminan hasta la última pieza—. Son buenos chicos.
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