Sí lo haría, por supuesto que lo haría. Ya había soportado sus insinuaciones muchas veces atrás, me había obligado a contenerme, pues los celos son dañinos. Sin embargo, mi paciencia se había agotado. Cada centímetro de mi cuerpo temblaba subyugado por la ira siempre que su asqueroso rostro aparecía frente a mí.

Hoy le pondría fin a esta pesadilla.

Aguardé a que bajara del autobús y comenzara la trayectoria hacia su casa. Como un lobo hambriento, lo observé con atención mientras ingresaba al edificio. Mis manos sudaban, el corazón me latía frenéticamente y encontré cierta excitación en mi respiración.

Sin darse cuenta de mi presencia, el ingrato abrió la puerta de su departamento, el lugar más seguro del mundo. Pero yo le arrebataría eso. De inmediato me abalancé sobre él y le clavé el cuchillo en la garganta para impedir que un grito escapara.

Con rapidez cerré la puerta, y aprovechando su nuevo estado de confusión y dolor, volví a arremeter contra él. No le daría la oportunidad de escapar. Él lo merecía, él se lo había buscado.

—¿Pensaste que te saldrías con la tuya, estúpido de mierda?

Al hallarse más débil por la continua pérdida de sangre, logré tirarlo al suelo y fue ahí donde comencé a apuñalarlo de una forma desquiciada. Había perdido el control de mis acciones, no obstante, disfrutaba mucho del color carmín que ensuciaba la alfombra.

Todavía después de haberlo matado, proseguí enterrando el cuchillo en él, recordando todas las veces que lo vi sonreírle.

Etiquetas: asesinato celos venganza

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