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Lo primero que hizo fue abrirle el abdomen. Nunca antes había experimentado tantos nervios ni agitación al mismo tiempo. Era una vorágine abrumadora que le erizaba los más finos vellos de su propio cuerpo.

Los nudillos de los dedos se le habían puesto blanquecinos debido a la fuerza con la que sostenía el bisturí; sin embargo, no disminuyó la presión que ejercía sobre éste, pues temía ocasionar alguna irregularidad en su corte, y el Maestro Raniere había sido muy puntual en enfatizar el gusto que exigía por la perfección. Echar a perder el elemento primordial del ritual quedaba descartado.

Capa tras capa fue despojando al cadáver hasta llegar a sus vísceras aún tibias. El cuerpo inerte del que fuera aquel extraño inocente yacía sobre uno de los escritorios del salón. Mientras tanto, los demás miembros de Verdad Suprema aguardaban en la sala principal del templo. Todos los preparativos para llevar a cabo el ritual estaban listos, solo faltaba él.

Introdujo, entonces, una mano por arriba del estómago, justo por el borde que rozaba con el hígado. El brillo que ambos órganos irradiaban era bastante atrayente, casi hipnotizante. Se perdió entre sus texturas y el color de la sangre que permanecía cerca.

Sin darse cuenta, fue inclinando el rostro hacia adelante. Estando tan cerca, la tentación le resultaba insoportable.

—¡Oye! —golpearon a la puerta—. ¿Ya lo tienes?

Se incorporó en un santiamén y rápidamente cortó un pedazo del hígado.

—¡Lo tengo! —respondió, mientras sostenía la masa encarnada entre sus manos.

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