Cuando miro al horizonte, las nubes están más cerca de mí de lo que estoy acostumbrada. Aunque todos compartimos el mismo cielo, ninguna nube es igual aquí, ni más allá en mil kilómetros. Todo es gracias a la magia de nuestra bóveda celeste.
En este verdoso prado, especialmente, diviso nubes dispares, arriba y abajo. Las hay solitarias que surcan el extenso océano vegetal. Después, encuentro grandes grupos de nubes poco definidas y que más bien parecen una cortina de humo esmerilado. También las hay salpicadas, bajitas y cortas, alargadas y planas, amorfas e imperfectas.
A mi curioso escrutinio, salta a la vista un grupo muy peculiar, pues están alineadas de tal manera que parecen construir un puente muy largo y vasto; y al final de este, se edifica una pequeña ciudad pulcramente ordenada, de igual forma hecha por nubes.
—Ahí viven los Ilmestys, los habitantes del cielo.
Una voz rasposa y grave, como si la persona estuviera enferma de la garganta, susurra a mi oído. Yo volteo en su dirección para descubrir que se trata de un hombre lobo. Exitosamente logro guardar un traspié que amenazaba con manifestarse, ya que me he sorprendido ante su no anunciada llegada, reconozco que ha sido bastante sigiloso.
—¿En verdad?
Puedo ver que su melena es sedosa, reluciente; los rayos del sol juegan sobre las puntas, como si fueran su escondite preferido. A pesar de ser un hombre lobo, me rebasa apenas por unos centímetros, lo que me lleva a suponer que aún no ha completado todas las fases de la transformación.
—No, solo son nubes —su risa brota como un silbido ronco—. ¿Es su primera vez en Alkrayre?
Asiento con la cabeza.
—Bien, pues bienvenida sea, Su Majestad Estrella de la Mañana.
El hombre lobo realiza una ligera venia, a lo que yo apresurada y tontamente respondo cruzando las manos y negando repetidas veces.
—Oh, no. No es necesario, yo ya no soy…espere, ¿cómo lo supo?
—Tu tragedia fue una noticia muy popular en su momento, no todos los días destierran a la hija pródiga del Rey de los demonios.
—No, me imagino que no…
El hecho de que todas las criaturas aquí conozcan mi historia, me genera un nudo aciago en el estómago. Por mi cabeza desfilan un sinfín de escenarios donde soy el centro de atención, los habitantes me señalan y ríen a mis espaldas.
—¡Vamos, tranquila! —el hombre lobo me da un par de palmadas en la espalda, seguramente transpiré ansiedad por cada poro de mi rostro—. Eso fue hace mucho tiempo, ya nadie lo recuerda. La noticia que anda de boca en boca, de hocico en hocico, de fauce en fauce, es sobre el clan de los elfos. Algo sobre una princesa, una guerrera…
Su voz se aleja conforme él se acerca al arco principal de la entrada a Alkrayre. Lo último que escucho es el distinguido ronquido de su risa.
—Bien, es nuestro turno —murmuro.
Agarro la pequeña maleta con una mano, y con ayuda de la otra, me acomodo sobre la espalda la mochila especial para gatos, en donde Berry viaja. Luego camino hacia el arco y me detengo frente al guardia, quién de inmediato me saluda.
—Hola, buenas tardes. Me permite su boleto, por favor.
Joder, es un vampiro. ¡Es un maldito vampiro! Trato de contener mi emoción y le extiendo el boleto que había adquirido horas atrás.
—Señorita Morningstar. ¿Adquirió un permiso para ingresar un elemento mortal, correcto?
—¿Eh? Oh, sí —me volteo de lado para mostrarle a Berry.
El vampiro asiente con la cabeza y sonríe amablemente, mostrando sus colmillos.
—Todo en orden. Adelante, y bienvenida a Alkrayre, ciudad de todas las criaturas mágicas.
Mientras recojo el boleto, me pregunto si el latido de mis siete corazones es algo sorprendente para él. Probablemente no soy la primer demonio con la que se cruza.
El terreno de Alkrayre es una zona exclusiva para todos los seres sobrenaturales que existen. La mayoría de ellos vive aquí y otros tantos solo vienen de paso. Sus alrededores son ciertamente diversos y la mezcla de estilos es muy notoria. Puedes ver edificios urbanos y en la siguiente cuadra un bosque denso. Un gran lago en la esquina y grandes montañas pasando enseguida. Es como un pequeño mundo aquí dentro.
—¡Cuidado! —una bruja pasa volando sin control y apenas me roza la cabeza cuando me agacho—. ¡Lo siento! —grita antes de atravesar una pared.
—Será mejor que busquemos un lugar donde nos podamos quedar.
Berry maulla.
Encontramos una pequeña cabaña administrada por semidioses. Y gracias a que están más acostumbrados a la vida humana, acceden a que Berry se hospede también. Todos son muy amables, aunque tienen la extraña costumbre de gritar en vez de hablar, como si estuvieran subiendo los ánimos a sus tropas antes de una batalla.
Después de un fugaz, pero necesario descanso, me dispongo a salir para conocer las calles. El primer lugar que visito, por supuesto, es un bar muy al estilo gótico. El club se distingue por un castillo renegrido e inmenso, pareciera que sus ápices tocaran las faldas de la noche. Vislumbro gárgolas en cada pilar y ventanales protegidos por barrotes. Cuando ingreso, un humo inodoro y espeso me cubre los pies. La música electrónica me estalla en los oídos y la algarabía de los ahí presentes me abruma con sutileza.
—Bienvenida al infierno.
Un vampiro alto y de tez pálida surge desde las sombras. Lleva puesto un atuendo monocromático que lo hace parecer más delgado e intimidante; sin embargo, el sello de “I love blood” con pintura rosa que tiene en la mejilla, le opaca todo lo tenebroso.
—¿Disculpa? —pregunto, algo confundida.
—El infierno de Elijah, así se llama el bar —saca la lengua de lado mientras se rasca la cabeza—. ¿Es su primera vez aquí? ¿Cuál es su nombre?
—Sí, yo… —Me veo incapaz de terminar la oración. No quiero decirle mi nombre, no si eso aumenta mis probabilidades de llamar la atención.
—¡Gilbert!
En ese instante, una hermosa vampiresa desciende flotando desde lo alto de las escaleras. Sus cabellos largos y platinados se balancean al ritmo de sus movimientos mientras que el vestido rojo de seda se ciñe a su bien contorneado cuerpo. Cuando se coloca junto al otro vampiro, me percato del intenso color rubí de sus ojos. Luce tan diferente en comparación a los demás de su especie; el doble de refinada, atractiva y letal.
—Gilbert, no seas descortés con nuestra invitada de honor —ella sonríe. Su piel es todavía más preciosa que el mismo marfil—. Bienvenida al Infierno de Elijah, Su Majestad Estrella de la Mañana. Mi nombre es Emilia y es todo un honor tenerla con nosotros. Por favor, acompáñeme, le daré el mejor servicio que podemos ofrecer.
Aún abrumada por su excepcional belleza, comienzo a seguirla por un pasillo oscuro, el cual nos conduce a un nivel subterráneo. Las luces se van difuminando conforme avanzamos hasta que nos topamos con un salón repleto de matices rojos. Emilia me indica sentarme en un sofá circular en cuyo centro se encuentra una pequeña mesa.
—Esta es la zona VIP, Su Majestad. Venga a verme si necesita algo más, estaré encantada de ayudarle.
Emilia me acaricia el brazo con suavidad y firmeza en tanto me dirige una mirada seductora.
—Muchas gracias por su atención, estoy bien por el momento —respondo. Yo vine a beber.
Cuando Emilia desaparece flotando, lo único que permanece por un par de segundos son sus ojos rojos, henchidos de maldad.
A decir verdad, el salón es bastante cómodo, no se parece en nada al ambiente del piso superior. La música de fondo me resulta relajante, sin embargo, es una melodía que nunca antes había escuchado. Las voces de las demás criaturas se aprecian en un débil zumbar, como si todas estuvieran susurrando; aunque por las expresiones jocosas que alcanzo a divisar, sé que no es así.
El mesero que me atiende también es un vampiro. Pero me descubro sumamente intrigada al notar que su piel posee una tonalidad ámbar y marrón, tal como si hubiera sido bañada bajo los privilegiados rayos del sol. Su voz es aún más cálida, placentera, el hechizo de su dicción me compele en aceptar la primera bebida que me ofrece.
Al primer trago que le doy, un penetrante ardor baja por toda mi garganta. De inmediato, me cosquillea la lengua, mis dedos se entumecen, los objetos pierden nitidez.
—Ten cuidado, no te termines toda la copa.
A un lado mío aparece una joven de cabellos rubios. Todavía no respondo a su consejo cuando otra voz irrumpe.
—Hazle caso, yo me tomé una completa y acabé en la cima de un árbol con rasguños por todo el cuerpo —es un muchacho, pero tiene orejas de gato negro en la cabeza—. Soy Ryuu, un zorro de 9 colas. Bueno, aún en proceso de serlo.
Sonríe con dulzura. Un espontáneo atisbo de las luces rojas me permite observar el pequeño puente de pecas que tiene de mejilla a mejilla.
—Y yo soy Sytal —continúa la joven. Alcanzo a distinguir la terminación puntiaguda de sus orejas—. Pertenezco al clan de los elfos. ¿Y tú eres…?
—Yo… —las palabras escapan de mi boca y todas deciden hacinarse en mi cabeza, adquiriendo la forma de pensamientos. ¿En realidad no saben quién soy o solo están jugando conmigo?—. Me llamo Atreyu.
Los dos me dedican una cálida sonrisa. Quizá conozcan a Mallory Morningstar, la hija desterrada del infierno; pero a ellos les interesa conocer mi auténtico yo. No la demonio ni la humana, el ser que soy detrás de todo ese disfraz.
Antes de que podamos seguir con las presentaciones, un estruendoso golpe nos pone en alerta. Parece ser que viene desde arriba. En seguida se comienza a escuchar golpe tras golpe, el último con más fuerza que el anterior.
—Me encontraron —murmura Sytal.
—¿Quién…?
De repente, una parte del techo colapsa. El polvo me hace toser, por lo que trato de ahuyentarlo con las manos. Pero todos mis músculos se tensan cuando advierto la presencia de un elfo que emerge entre los escombros. Ipso facto, seis elfos armados le prosiguen, cada uno portando una armadura dorada y lanzas filosas.
—¡Sytal! —grita el líder.
—A la cuenta de tres, salimos corriendo por la puerta del bar —la elfa anuncia en voz baja—. ¿Listos? Una, dos…
—¿Qué? ¿Pero, qué…? —balbuceo.
—¡Tres!
No me da tiempo de procesar todo lo ocurrido, sin embargo, mis piernas echan a correr a toda velocidad. Ryuu y Sytal me toman de las manos y los tres serpenteamos en medio de las mesas y de la gente. No nos detenemos a verificar si nos siguen detrás, pues los bramidos coléricos de nuestros perseguidores sobresalen a través del tremendo caos que ha recaído sobre el Infierno de Elijah.
—¡No se detengan! —grita Ryuu.
Subimos por unas escaleras, empujamos algunas mesas, originamos más desorden que un desfavorable huracán hasta que finalmente salimos al exterior. Desconozco en dónde nos encontramos; pero mis piernas siguen corriendo, siguen generando esa descarga de adrenalina que me eleva a los cielos. Me creo invencible.
—¡Sytal! ¿por qué te persiguen? —le pregunto, gritando.
—¡Me escapé de casa!
—¿Y tú? —me dirijo a Ryuu.
—¡A mí no me persiguen, me abandonaron! —sus orejas desaparecen—. ¿Qué hay de ti?
—¡Yo estoy maldita! —grito con todo el aire concentrado en mis pulmones. El flujo de sangre por cada una de mis venas es excitante. Más que nada me siento libre, extrañamente me siento libre—. ¡Me rompieron el corazón!
Los tres continuamos corriendo, ignorando si aún estábamos en peligro o no. Gritamos al viento, aullamos al atardecer, reímos hasta reventar. Habíamos dejado de ser aquellos desdichados sin remedio. Ahora, éramos tres vidas que salían por la ventana para comenzar a volar.
El zorro abandonado, la elfa fugitiva, la demonio maldita.
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