Hay una frase de quien no  puedo recordar por la trampa de los años, que parece escrita contra la vanidad de los sistemas: todas las teorías son legítimas y ninguna tiene importancia; lo que importa es lo que se hace con ellas. No es una negación del pensamiento —sería absurdo en alguien que habitó bibliotecas— sino una sospecha más profunda: la de que los hombres, fascinados por los laberintos de la inteligencia, suelen olvidar que esos laberintos no son el mundo sino apenas su mapa.

Las teorías se parecen a los espejos. Multiplican las imágenes, ofrecen perspectivas infinitas y a veces devuelven un orden que el universo real no se digna a tener. Sin embargo, el espejo no vive la vida que refleja. Así también las doctrinas, los sistemas filosóficos o las construcciones morales: pueden ser impecables en su arquitectura y, al mismo tiempo, inútiles en la práctica cotidiana de los hombres.

La historia —ese paciente archivo de errores— está llena de teorías perfectas que produjeron desastres muy concretos. No porque fueran falsas en su lógica interna, sino porque olvidaron que el hombre no es un axioma sino una criatura contradictoria, hecha de memoria, miedo y esperanza. La teoría busca el orden; la vida, en cambio, insiste en el desorden.

Quizá por eso las teorías sean todas legítimas: cada una intenta descifrar el mismo enigma desde un ángulo distinto. Pero ninguna tiene verdadera importancia hasta que un hombre decide encarnarla en sus actos. Allí, en ese instante trivial y definitivo —cuando una idea abandona el papel y se vuelve conducta— comienza su verdadero juicio.

Un libro puede defender la justicia con admirable elocuencia. Pero la justicia, como las antiguas divinidades, solo existe cuando alguien la practica. Todo lo demás es literatura, incluso cuando se escribe con la gravedad de un tratado.

Tal vez la frase encierre una modesta advertencia. El mundo no necesita más teorías —las bibliotecas ya están llenas de ellas— sino hombres capaces de vivirlas sin convertirlas en dogma. Porque al final, cuando la memoria reduzca nuestra vida a unos pocos gestos, nadie recordará qué teoría defendimos, sino qué hicimos con ella.

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