LA BOCA DEL PADRE
No fue el grito lo primero.
Fue el ruido húmedo.
Un sonido pequeño, íntimo, casi doméstico. Como cuando alguien muerde una fruta demasiado madura y la pulpa cede. Ese ruido salía de la habitación del fondo, la que mi padre mandó tapiar con la excusa de la humedad, aunque en aquella casa nunca olió a moho. Lo que venía de allí era otra cosa. Un olor agrio, animal, viejo. El olor de la sangre cuando ya ha dejado de pertenecer del todo a los vivos.
Yo tenía nueve años cuando empecé a oírlo.
En aquella casa se aprendía pronto a no preguntar. Las preguntas eran una insolencia, y la insolencia, en mi padre, despertaba una quietud peor que la ira. Nunca levantaba la voz. No le hacía falta. Bastaba verle los ojos cuando algo lo contrariaba: se le abrían apenas, lo justo para que uno sintiera que detrás de la cara había otra cosa mirando. Mi madre bajaba la cabeza. Mi hermana se quedaba inmóvil. Yo fingía no haber dicho nada.
Pero por las noches el ruido volvía.
A veces era un chapoteo espeso. Otras, un roce de uñas contra pared. Otras, algo parecido al llanto de un animal al que tapan la boca. Venía siempre después de que mi padre cruzara el pasillo descalzo, despacio, con la seguridad de quien conoce de memoria el camino hacia una costumbre. Abría la puerta. Entraba. Y luego empezaba aquello.
Una noche me levanté.
Recuerdo el frío de las baldosas. La luz de la luna pegada a las ventanas. El corazón golpeándome tan fuerte que pensé que iba a delatarme él solo. La puerta del fondo estaba entornada. Por la rendija no salía luz, pero sí una respiración. Profunda. Trabajosa. De bestia cansada después de comer.
Me acerqué.
No sé qué esperaba encontrar. Los niños todavía creen que toda sombra se deja vencer si uno le pone nombre.
Miré.
Primero vi la espalda. Después el pelo, largo y gris, pegado al sudor. Después los brazos. Tardé un momento en entender que todo aquello era una sola cosa. El cerebro tiene una manera cobarde de recibir ciertas imágenes: las recibe en piezas, retrasando el momento en que encajan. Como si supiera que, una vez ensamblada la imagen completa, no habría forma de desensamblarla.
Mi padre estaba inclinado sobre algo pequeño que se movía cada vez menos. Tenía la espalda arqueada, los hombros duros, las manos cerradas con una fuerza tranquila. No vi un cuerpo. Vi carne.
Y vi la boca.
La tenía abierta de una manera imposible. No como abre la boca un hombre. Como se abre una herida. Desde la barbilla le corría un hilo oscuro. Masticaba despacio, con una concentración casi amorosa, y sus ojos —desmesurados, blancos, encendidos— no miraban lo que sostenía sino algo más allá. No había furia en aquella cara. Había necesidad. Una necesidad desnuda, despojada de vergüenza, de razón y de Dios.
Entonces aquello emitió un gemido.
Humano.
Retrocedí sin querer y el suelo crujió. Mi padre levantó la cabeza. Nos miramos a través de la rendija. Yo esperaba que dijera mi nombre. Que fingiera. Que volviera a ser mi padre.
Sonrió.
No era una sonrisa de reconocimiento. Era la expresión de quien descubre que el hambre tendrá continuación.
Corrí.
No recuerdo haber llegado a mi cuarto. Solo recuerdo a mi madre sentada al borde de la cama cuando abrí los ojos al amanecer. Tenía la cara blanca, gastada. Una mano sobre la mía, fría como una sábana de invierno. Le conté lo que había visto atropellando las palabras. Ella no me mandó callar. No dijo que había sido un sueño. Cerró los ojos un momento y murmuró:
—Ya te ha visto.
Aquella frase partió mi infancia en dos.
Mi madre tardó días en hablar. Lo hizo una tarde de lluvia, mientras mi padre dormía en la butaca del comedor con el periódico abierto sobre el pecho, como un hombre cansado después del trabajo. Mi hermana jugaba en el suelo. Mi madre cosía un botón que no necesitaba ser cosido. Las manos moviéndose con un ritmo fijo, sin un solo temblor.
—En tu familia los hombres comen a sus hijos.
Pensé que enloquecía.
Ella siguió cosiendo.
Me contó que el abuelo de mi padre tuvo siete hijos. Que tres desaparecieron antes de cumplir los cinco años. En el pueblo se habló de fiebre, de accidentes, de mala suerte. Siempre hay explicaciones para quien no quiere mirar demasiado. Después vino otro abuelo y luego otro. A veces no era literal, dijo. A veces los devoraban de otra manera: arruinándolos, humillándolos, rompiéndoles algo por dentro hasta dejarlos pequeños. Pero de vez en cuando la metáfora no alcanzaba.
—¿Y tú lo sabías? —le pregunté.
Tardó mucho en responder.
—Lo empecé a entender cuando nació tu hermano mayor.
Yo no tenía hermano mayor.
O no lo había tenido, según lo que la casa decía de sí misma. Nunca se habló de otro hijo. Nunca hubo fotos. Ni ropa guardada. Ni nombre.
Mi madre se pinchó el dedo con la aguja y no hizo gesto alguno.
—Lo llamamos Daniel.
El nombre cayó en la cocina y se quedó allí.
Aquella misma noche me dio una llave. Era pequeña, negra, antigua. La sacó del dobladillo de un vestido, como si la hubiera llevado años rozándole la piel.
—Abre el arcón del granero —me dijo—. Si pasa algo, haces lo que pone en el cuaderno.
Esperé a que todos durmieran. Subí con una vela. El arcón estaba bajo una lona llena de polvo. Dentro encontré ropa de bebé doblada con un cuidado que daba miedo. Un zapatito sin par. Un chupete amarillento. Y debajo, atado con hilo rojo alrededor de una piedra pequeña, un mechón de pelo oscuro con una etiqueta de cartón.
La etiqueta decía Daniel.
Debajo había una fecha.
La fecha tenía nueve años.
La misma edad que yo.
Bajo el mechón estaba el cuaderno.
Después de eso todo empezó a encajar. Las noches de fiebre de mi madre. Las veces que encontraba a mi padre en el patio, quieto, mirándose las manos. Los silencios en las comidas. La costumbre de contarnos al sentarnos a la mesa. Uno, dos, tres. Mi madre, mi hermana y yo. Nunca cuatro.
—¿Por qué sigues aquí? —le pregunté a mi madre al día siguiente.
Entonces sí me miró. Y comprendí que el miedo también envejece. Que puede volverse mueble, costumbre, resignación.
—Porque pensé que podría parar —dijo—. Porque me juró que no volvería a pasar. Porque una mujer se cuenta mentiras mejores cuando tiene hijos. Porque no sabía dónde ir. Porque ya era tarde.
Desde esa tarde empecé a mirar a mi padre de otro modo.
De día seguía siendo el mismo hombre preciso, correcto, incluso afectuoso a su manera seca. Me llevaba al colegio. Me preguntaba por las notas. Cortaba el pan con pulcritud. Pero en cada gesto había algo más antiguo. Sus manos demorándose un segundo de más en mi nuca. Sus ojos detenidos en mi hermana cuando reía. La forma en que aspiraba el aire al entrar en nuestros cuartos, apenas, como quien comprueba un olor sin querer que lo vean.
A veces, mientras cenábamos, se quedaba quieto con el tenedor suspendido. Entonces mi madre hablaba de cualquier cosa. Del tiempo. De la vecina. Del precio de la carne. Como quien distrae a un perro cerca de un niño.
Mi hermana era la única que no entendía nada. Tenía cinco años y una confianza obscena en el mundo. Se subía a las rodillas de mi padre. Le peinaba el pelo. Le decía que por las noches olía raro. Él se reía. Yo veía cómo se le tensaba la mandíbula. Había momentos en que el amor y el apetito se le mezclaban en la cara de una forma insoportable.
Empecé a dormir con una silla trabando la puerta.
Luego con un cuchillo debajo de la almohada.
Luego sin dormir.
Las semanas se fueron tensando. Mi madre adelgazó. Mi padre hablaba menos. Mi hermana cantaba sola en el patio mientras yo la vigilaba desde la ventana. Y una tarde, al volver del colegio, lo encontré en la habitación del fondo, sentado en el suelo, rodeado de manchas viejas que alguien había intentado borrar mal. No me oyó entrar. Hablaba con la pared.
—No todavía —decía—. No todavía.
No supe si se lo pedía a alguien o si alguien se lo pedía a él.
Aquella noche oí el grito de mi hermana.
No fue largo.
Fue un corte.
Bajé a trompicones. La puerta de su cuarto estaba abierta. Mi madre estaba en el suelo, sangrando de la frente. Mi padre, encorvado sobre la cama vacía, olfateaba el colchón. Mi hermana se había escondido debajo.
La vio antes que yo.
Metió la mano y ella gritó. Me lancé contra él sin pensar. Era como golpearse contra una pared caliente. Me apartó de un manotazo y me estampó contra la cómoda. Mi madre se levantó tambaleando y le clavó unas tijeras en el hombro. Mi padre rugió. No como un hombre herido. Como algo muy viejo al que interrumpen en mitad de un rito.
Sacó a mi hermana de debajo de la cama por los tobillos.
Todavía la veo.
Las manos arañando el suelo. El camisón subido. La cara deshecha por un espanto que ninguna criatura debería aprender tan pronto. Mi madre se agarró a su cintura. Yo a sus brazos. Nos arrastró a los tres como si no pesáramos.
Entonces levantó la cabeza.
Sus ojos ya no tenían nada humano. No era rabia. No era locura. Era alivio. Como si al fin hubiera dejado de fingir. Abrió la boca —esa boca imposible, negra en el fondo, roja en los bordes— y por un instante tuve la certeza de que no quería solo a mi hermana. Nos quería a todos. Quería vaciarnos. Quería seguir siendo él a costa de lo que fuera.
Mi madre me gritó algo. No la entendí. Luego miró hacia la puerta y comprendí.
Corrí a la cocina. Agarré la escopeta vieja del abuelo. Temblaba tanto que casi se me cayó. Volví. Mi padre tenía a mi hermana apretada contra el pecho, la cara hundida en su cuello. Mi madre tiraba de él desde atrás, sin fuerza ya.
Apunté.
No sabía usarla.
No pensé en nada.
Disparé.
El estampido llenó la casa y luego vino un silencio tan hondo que oí una gota caer en algún sitio.
Mi padre se quedó quieto. Miró hacia abajo, sorprendido, como si el agujero en el pecho fuera una incorrección menor. Soltó a mi hermana. Dio un paso. Luego otro. La sangre le resbaló oscura por el vientre. Sus ojos seguían fijos en mí, abiertos de más, con una mezcla insoportable de odio y reconocimiento.
Sonrió otra vez.
Y cayó.
Lo enterraron rápido. Sin autopsia. Sin escándalo. En los pueblos y en las familias viejas todavía hay maneras eficaces de esconder lo imposible debajo de la tierra y llamarlo desgracia. Mi madre no volvió a nombrarlo. Mi hermana tardó años en dormir con la luz apagada. Yo crecí.
Crecí con cuidado.
Durante mucho tiempo me juré que no tendría hijos. Luego uno se hace adulto y empieza a negociar con sus viejas promesas. El horror también envejece. Se disfraza de recuerdo, de superstición, de episodio extremo ya cerrado. Aprendes un oficio. Pagas facturas. Amas a alguien. Y por momentos casi consigues creer que todo aquello quedó al otro lado de una frontera que no volverás a cruzar.
Hasta que una noche, muchos años después, tu hijo se queda dormido en el sofá con la cabeza sobre tu brazo.
Y pesa poco.
Y huele a leche, a sueño, a vida nueva.
Y tú lo miras.
Lo miras demasiado.
Entonces lo notas.
Algo mínimo. Una punzada detrás de los dientes. Una tirantez en la mandíbula. Un pensamiento que no parece un pensamiento, sino un reflejo viejo, ajeno y familiar al mismo tiempo:
si él crece, tú te acabas.
Te lo sacudes.
Claro que te lo sacudes. Dura un segundo. Menos que eso. Apartas la vista. Respiras. Te dices que estás cansado, que es tarde, que esas cosas no existen.
Pero ya estuvo ahí.
Y lo peor no es haberlo pensado.
Lo peor es haberlo reconocido.
Llevas a tu hijo a la cama. Lo arropa. Le besas la frente. Haces todo lo que hace un padre que quiere a su hijo, y lo haces bien, y lo sientes de verdad.
Luego vas al baño. Abres el grifo. Te mojas la cara.
Y cuando levantas los ojos hacia el espejo tardas tres segundos en entender qué no encaja.
La boca.
La tienes abierta más de la cuenta.
No mucho.
Lo suficiente.
La cierras despacio. Apagas la luz. Vuelves a la cama. Te tumbas junto a tu mujer y escuchas su respiración hasta que se vuelve regular.
Entonces escuchas la tuya.
Y no te gusta lo que oyes.
Xavier Pardell Peña
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