Ver pasar la vida por la ventanilla del tren.

Ver pasar la vida por la ventanilla del tren.

Hay ciudades que se reconocen mejor desde la fugacidad de un tren. La ventanilla transforma lo cotidiano en una biblioteca secreta: un patio de escuela es un atlas de reglas, una iglesia una gramática de sombras, un portón cerrado la puntuación de una historia que no nos pertenece. Yo he pasado la vida así, creyendo que mirar equivale a poseer, que la sucesión de fachadas es una suma de recuerdos que, al ser observados, se archivan en un gabinete interior donde nada muere.

Pero el viaje enseña otra lección: lo que vemos no es la cosa misma sino su versión desplazada por el movimiento. El campo se vuelve un tapiz de nombres ajenos; los perros que cruzan la vía son dobles de perros que no conoceré jamás; las estaciones, fragmentos de un libro mal encuadernado. Cada rostro en la plataforma es una hipótesis, cada gesto un posible argumento. He intentado una vez abrir la puerta para detener el tren, descender y comprobar la validez de esas hipótesis; la idea me pareció, en su desmesura, una herejía contra la continuidad que mantiene el mundo entero.

Hace años comprendí que ver pasar la vida por la ventanilla equivale a leer un texto cuya última página ha sido arrancada. Se me ofrecen miles de finales y ninguno me pertenece. Si cierro los ojos, conservo la certeza de que, en alguna de las estaciones futuras, alguien contempla también mi figura a través de su ventana. Somos, entonces, autores y lectores a la vez: escribimos sin tocar lo escrito, leemos sin poder cortar la hoja. Quizá esa imposibilidad sea la única forma legítima de la eternidad: la convicción de que, aunque no podamos detener el tren, cada mirada lo perpetúa.

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