Estoy comenzando a creer que la llegada del enjambre a mi casa no es una coincidencia. En alguna parte leí que las abejas también son mensajeras. Que llegan de visita para hablarte, si les das la oportunidad de escucharlas.
Parecen ser una analogía, creo que vienen a representar algo a lo que yo le temo. Las abejas me dan pánico, pero nunca me he cuestionado la razón. Siempre he tenido hacia ellas ese sentimiento, aún no sé el por qué. Pero hoy en el intento de “conocerlas” el miedo empieza a esfumarse. No se puede conocer algo huyendo o a la distancia, únicamente tomando el riesgo y acercándote.
Me siento aquí frente a la puerta de mi balcón, a verlas más de cerca. Una parte de mí siente ansiedad, pero el vidrio delgado que nos separa comienza a darme seguridad y calmarme de a poco.
Me siento con la espalda contra el vidrio, cierro los ojos, y respiro. Mi corazón latiendo a mil por hora, con el sonido y la vibración de las abejas me agito, pero conforme pasan los segundos mi cuerpo se relaja.
Ha sido una experiencia que no sé cómo explicar.
Y entonces les hablé y les pregunté, “Gracias por estar de paso, bienvenidas a lo que las trajo hasta aquí hoy. ¿Qué es lo que me quieren decir?”. Y escuché a través de mi cuerpo, que quieren reflejarme algo de mí.
¿A qué le temo tanto como le temo a las abejas? Y comienzo a observarlas, ya no con una mirada de miedo, si no de curiosidad.
Algunas se encuentran descansando, parecen dormidas, otras entran a hacer relevo para otorgar su lugar.
Las abejas transmiten un sonido incómodo, probablemente para protegerse, para confundir y distraer a cualquiera que pueda sobrepasar el límite y hacerles daño. Me suena familiar.
Tienen un patrón peculiar, rayas horizontales alternadas en color, y mientras las observo me percato de la planta en donde se encuentran. La planta serpiente, de no muy buena fama porque puede llegar a ser tóxica, pero a la vez es una de las más purificadoras. Y curiosamente su patrón es similar al de las abejas, comparten las mismas lineas. Entre las dos plantas del balcón, la escogieron a ella, a pesar que la otra podría ser la que tiende a gustar más.
¿Por qué? Otra vez, ¿por qué esta maceta, por qué mi casa, por qué yo?
La naturaleza tiene patrones que se repiten en distintas especies, pero con un mismo mensaje siempre. Apariencias que pueden verse más dañinas de lo que en realidad son. Para protegerse, para cuidarse, para sobrevivir en la vida y para sobrevivir en este mundo. Lo hacen los demás, lo hacemos nosotros, se lo hacemos a los demás y nos lo hacen a nosotros mismos.
Por algo a las abejas les atribuyen la supervivencia del planeta, y hasta hoy lo comprendí. Respetan sus ciclos, toman riesgos, dejan atrás y sueltan lo que un día fue suyo, y siguen su vuelo a nuevos comienzos. Son inteligentes e intuitivas, trabajan siempre juntas y se organizan de manera que saben que cada una es igual de indispensable entre las mil. No son egoístas, su vida y su trabajo son lo mismo, hacen el bien al mundo de flor en flor, no por dinero, no por un “gracias”, simplemente por aportar y servir.
Al igual que nosotros también creen en un ser más elevado, en tamaño y significado. La siguen y la defienden sin dudar. Por instinto de supervivencia necesitamos creer en algo o en alguien. Nos mueve esa fuerza interna capaz de sacrificar. Algunos le llaman religión, yo le llamo amor.
Así que hoy me doy cuenta que una parte de mí siempre se hace esas preguntas, que en ocasiones no se siente lo suficiente merecedora, dudando si las cosas que le suceden en realidad pueden ser buenas aún con su caos y con su imperfección en la superficie.
En experiencias como estas la veo a ella, a mi abuela. Siento que siempre logra comunicarse conmigo de las maneras más únicas, haciéndome saber que solamente pudo ser ella. “No recuerdo que existiera algo a lo que ella le tuviera miedo” dijo mi mamá. “Talvez sí, pero talvez nunca vivió movida por el miedo” le respondí.
Y creo que ese es el mensaje que tienen para mí. Siento que he vivido con miedo, miedo a cosas que desconozco, porque mi miedo me dice cosas que ni sé si son ciertas.
¿Fue una coincidencia? ¿Fue solo el lugar y el momento adecuado? ¿O fue el destino? Simplemente pasó, llevaban horas volando alrededor, y en ese preciso momento decidieron aterrizar aquí.
Mi primer pensamiento, ¿Por qué me pasan estas cosas solo a mí?. Desde antes ya me sentía mal, con la herida abierta y lagrimas en mis ojos, solo pensé “y ahora esto”. Mientras otros intentaban calmarme, ellos lograban ver con fascinación aquello que con mi ojos yo no era capaz. ¿Cómo es que dos personas viviendo exactamente lo mismo, pueden ver y experimentar algo completamente distinto?.
Pero ahora empiezo a ser consciente que suelo ver lo negativo para justificar mi miedo, privándome la oportunidad de ver lo verdaderamente bueno de las cosas, de las personas, de las abejas, y del amor.
He descubierto que he vivido por mucho tiempo en una resistencia al amor, porque el miedo me ha nublado la vista. Donde creyendo que sí, talvez en realidad nunca he estado del todo abierta. Donde no he podido permanecer tanto tiempo apoyada en alguien confiando a ciegas. Huyéndole a lo incómodo y a la incertidumbre. Donde la ansiedad me ha consumido y no me permite estar presente. Donde no le he dado la bienvenida para que llegue y realmente se quede.
Así que hoy aprendí que no se trata de dejar de sentir miedo, si no que de poder ver a través de él. Y si esta es la señal que he pedido, entonces talvez ya me encuentro en el camino correcto.
Me he perdido en el tiempo escribiendo estas palabras, ya se hizo de noche y ahora la luna nos acompaña. Las abejas ya descansan, se siente el silencio del viento y lo sereno de la obscuridad. Ahora habita la calma entre ellas y yo, habita la calma dentro de mí. Y es así como cambio la palabra coincidencia por destino, gracias al enjambre que hoy me encontró y que pronto se irá con algunos de mis miedos.
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