— Chingo, vamos a meternos por esta pica.
— ¿Tú eres loco? Por ahí vamos a llegar a la finca de los Meneses y esa gente tiene un ejército armado ahí.
— No vale, de ahí salimos a la Vega. Me dijeron que el Caballo montó un gallinero de engorde. Ese no está a esta hora y el hijo tampoco. De repente hasta consigamos algo más que agarrar.
— ¡Vamos a estrompar pa’ allá entonces!
Lo que no sabían este par es que José Luis y Miguel, padre e hijo, se habían agarrado el día libre de sus trabajos. Ambos estaban emocionados por cómo estaba funcionando la cría de animales en su pequeña finca. Tenían trece hectáreas de árboles frutales donde antes también sembraron maíz y caraotas negras, pero poco a poco la estaban convirtiendo en tierra para la cría de ovejos, cochinos y ahora gallinas.
El Chingo y Cara Sucia venían por la pica que une los cien metros que hay entre la casa de la Vega y el río. Iban confiados porque creían que el terreno por el que estaban entrando estaba solo, sin nadie que lo cuidara. El Chingo cargaba una bácula recortada en la mano.
—Papá, vienen dos tipos armados por el río—dijo en voz queda Miguel, que estaba dándoles comida a las gallinas desde un sitio donde no era visto por los que se acercaban.
José Luis salió. Escopeta en mano. Se cubrió con la puerta. Les gritó a los caminantes: «¡Alto! ¿Para dónde van?»
El chingo no respondió con palabras. Alzó su bácula y disparó. Caballo respondió con un par de fogonazos. Nelly, la esposa de José Luis y madre de Miguel, comenzó a gritar histéricamente. El Chingo y Cara Sucia salieron corriendo. Los gritos y los tiros los ahuyentaron. No tenían cómo responder. El arma que tenían era de un solo tiro, mientras que sus rivales tenían una escopeta de cinco cartuchos. Padre e hijo salieron tras ellos tres minutos después del intercambio de plomo. Escudriñaron el monte. Vieron manchas de sangre hasta el río y ahí se perdió el rastro.
Cuando regresaron a la casa, Nelly estaba pálida y temblaba de miedo.
—¡Vámonos de aquí! —gritó fuera de sí —. Van a regresar.
— Quédate tranquila, esos no vuelven más. Se fueron «cagados de miedo». Le di a uno de ellos. Ya saben qué les espera si regresan.
—No, no, vámonos de aquí. Busquemos a la policía o a quien nos ayude.
— Mamá, tranquila, papá tiene razón. Ellos no van a venir más. Vamos a avisarles a las fincas vecinas para que estén pendientes. Entre todos nos cuidamos.
—Nelly, esto nunca había pasado y no va a pasar más. Esos eran unos rateros, roba gallinas. Se llevaron su susto y no van a regresar.
—Están equivocados. Estos caseríos están llenos de malandros que salen de la cárcel. Mucha gente me ha comentado eso. Decídete José Luis, vamos a vender como están haciendo todos.
— ¿Cómo voy a vender este terreno? La Vega está en mi familia desde mi abuelo. Además, quienes están vendiendo ahorita lo hacen a precios muy bajos. Están regalando sus fincas.
—Por miedo. Entiende que los pranes de la cárcel están controlando todo.
—Cálmate, ningún malandrito nos va a hacer correr. Voy a decirle al compadre Vera que me ayude mandando una patrulla de la policía para acá y así nos da vuelta
—Está bien, te agradezco que hables con él lo antes posible.
— Mañana temprano ese viene para acá y conversamos.
Esa noche la única que no durmió bien fue Nelly. En su cabeza rondaba la idea de que un «pran» de la cárcel estaba detrás de la incursión. Ese pensamiento la atormentó toda la noche, pero lo que más le preocupaba era que su esposo y su hijo estaban muy confiados de que La Vega ya era segura. Quería que amaneciera rápido, que llegaran las 10 para que apareciera el compadre Vera. Con él, ella podía razonar y hacer que la familia entendiera el peligro en el que se encontraban. Vera era oficial de policía y muy cercano a ellos. Todos los sábados los visitaba, pero lo más importante era que José Luis lo respetaba y escuchaba sus consejos.
II
Arepa con todo estaba recién llegado a la zona, pero se estaba posicionando en el mundo del malandraje. A él acudieron el Chingo y Cara Sucia. El primero recibió un perdigonazo en el brazo izquierdo, aunque prácticamente fue un rasguño. Los dos querían su ayuda ante los recientes acontecimientos.
—¿Quién los mandó para allá? —preguntó Arepa con todo.
— Estábamos haciendo lo que nos dijiste. Explorábamos la zona— respondió El Chingo.
— Estaban tras las gallinas de ese pobre diablo y él los sorprendió. Me provoca joderlos yo mismo por pajúos.
—Ayúdanos a darle un buen susto para que vea quién manda aquí.
—¿Qué hay de bueno en ese sitio?
— Tiene algunos animales —dijo Cara Sucia.
— Esa mierda no vale la pena.
— También tienen una escopeta larga, creo que tienen muchos cartuchos y dicen que portan un revólver 38 con suficiente munición.
— Eso sí es bueno. Vamos temprano entonces. A las cinco nos encontramos en el rancho de Cara Sucia que está más cerca. Búsquense a Rumildo y al Tigre, que vayan armados. Las armas que consigamos son mías. Se las llevaremos de ofrenda al Manco en la Cárcel.
— Vamos a agarrar las armas para nosotros. Con eso podemos hacer algunos trabajos.
— ¡Tú estás loco! Si en la cárcel saben que nos quedamos con armas, nos van a picar en pedacitos. Me van a hacer caso a mí en todo. Yo soy el que sabe qué vamos a hacer. Yo doy la orden de disparar y de parar. Tenemos que hacerlo todo rápido y caerles de sorpresa. Todos deben llevar un arma. Díganle también al Tigre y a Rumildo.
— ¿Vamos a matarlos? — preguntó El Chingo.
— No, eso no es necesario. Vamos a darles un buen susto para que siempre nos paguen la vacuna.
III
A las cinco de la mañana estaban todos reunidos en el rancho de Cara Sucia. Este quedaba al otro lado del río, muy cerca de La Vega. Arepa con todo: un hombre blanco, alto y fornido, llevó una botella de Cacique, que estuvieron bebiendo para entrar en calor. Rumildo sacó unos envoltorios de papel de aluminio y fumaron un poco de crack para darse valor.
A las cinco y media cruzaron el río. En esta época de verano, apenas llegaba a las rodillas. Arepa con todo iba por la pica. Rumildo y Tigre avanzaban a la derecha de este, mientras que el Chingo y Cara Sucia iban por la izquierda. Estos cuatro sujetos avanzaban tratando de confundirse con la vegetación. Apenas iniciaba la aurora y la poca claridad permitía que las siluetas de los cinco atacantes no se observarán desde la casa.
Arepa con todo quería consolidarse como jefe. Tenía que demostrar que era un hombre sin miedo, valiente, arrojado y de sangre fría, pero realmente estaba muy asustado. El corazón se le aceleró cuando divisó a José Luis echándole maíz a las gallinas. No pudo ver a Miguel y eso lo preocupó. Levantó su arma y se la puso al hombro apuntando al frente. Caballo estaba a veinticinco metros de distancia. Se encontraba de espaldas. Con la poca luz del alba, creyó verlo con la escopeta; sin embargo, lo que tenía era el rastrillo apoyado en su hombro. Se asustó. Como pudo apuntó y disparó sin dar aviso o mediar palabra. José Luis trastabilló, cayó al suelo, pero no estaba herido. Miguel corrió a la casa. En ese momento, Arepa con todo lo vio, le disparó y salió tras él.
Nelly se escondió debajo de la cama. Su instinto de supervivencia la llevó a mantenerse en silencio. Comenzó a rezar. Miguel entró por la sala, buscó su revólver y se volteó para disparar al delincuente que lo perseguía. En cuanto este entró a la casa, disparó la pistola en falso; el arma no estaba cargada. Después del susto de verse muerto, Arepa, con todo apuntó y disparó; pero era tanto el miedo que tenía que solo le dio en el pie a Miguel. Cuando se preparaba para volver a dispararle, escuchó que detrás de él entraba José Luis por la puerta de la cocina y le pegaba un tremendo grito. El miedo lo hizo voltear y dispararle a Caballo en el pecho. Este cayó de espaldas. Su expresión era de felicidad, porque mientras caía pudo ver cómo Miguel salió raudo y veloz por la entrada y se escapó de la muerte.
El asesino salió corriendo. Los otros hombres no intervinieron en nada. Todo pasó tan rápido que se quedaron petrificados y ahora estaban seguros de que tenían que huir montaña arriba, porque los perseguirían. Todos querían a Jo
sé Luis y su muerte no quedaría impune.
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