Edad, ¿Qué se puede hacer en ochenta años?
Aun en el velorio de su padre, Barzola no podía quitarse de la cabeza los recuerdos de aquella noche de placer. Si viviéramos solo unos años, creo yo, no podríamos definir ni quiénes somos. Presiento que nuestros progenitores resuelven nuestro primer tardío enigma acerca de la identidad: el nombre.
1
Caminan los viejos amigos, todos abordaron para Acraquia al cabo de minutos para despedir el cuerpo, el tumulto de vecinos chismosos y los que no eran tan chismosos, la familia arruinada. Para una larga vida, al cabo que solo se ha adelantado Barzola unos siglos.
Se les había ido Barzola, el viejito, el motor de toda la familia; detalle que no estuvieron ni enterados pero que estaban a punto vivir. Nada calzaba en marzo, nada calzaba en ningún mes del año. Estaba tumbado sobre un viejo cajón inútil y ni un solo perro se acercaba a merodear lo que pasaba, ninguno a invadirlo con sus viejos lomos. Era aquella individualidad la que le carcomía, no tenía a nadie y solo se había muerto su padre.
El fino arreglo qué hicieron llegar los amigos no era tan bien recibido por los familiares. Altas ramas, margaritas olorosas, campanas frescas junto a claveles tan alegres que se les pedía muy poco para marchitar. Emanaba esa noche un olor jovial, pero también un profundo olor a muerto. Pensaba infinitamente en la realidad, aquel cajón que veía, el cual no estaba destinado a ser de Barzola, ahí debería de estar Barzola. Habían probado uno antes y era pequeñísimo, como si de una broma se tratase al momento de cargar el cuerpo. Bordes de color blanco, finamente ebanizado pero aún con sus detalles, no era el ideal para poder llevar el cuerpo. Luego trajeron el que el seguro empezaba a negar la financiación, era mucho más grande, más acorde al cuerpo y espacio requerido. La disputa era interminable, pero aquella discusión acalorada era tan sinsentido como el día, salimos triunfantes. Vaya que un primer triunfo en Acraquia.
Es jodido pensar: «era un cajón perfecto» pero francamente lo era y eso ahora incluso ya no importa. Barzola rechazó la taza de café que le ofreció una vecina. El solo vapor negro subiéndole por la nariz le revolvía el estómago. Se hizo de madrugada y los vecinos ya cansados se empezaron a marchar, solo iban quedando los familiares directos y, sobre todo, la madre, que vio en sus años de mujer la partida de los hombres que trajo al mundo. Barzola se encontraba en su pieza mirando al suelo.
2
Viernes, 3 de febrero
Ayer he visto nuevamente a esa muchacha, esperaba a veces me diga que no quiere verme pero sé que no es capaz. Así como tampoco sería capaz de decirme que quiere verme, si yo algún día me fuese para siempre, creo que no preguntaría por mi ni a mi peor enemigo. Eso siento hoy. Espero equivocarme.
Me han hablado bien de ella, quizás un poco más de lo que hubiese querido conocer. El notar cómo la ven en ojos de otros hombres es curioso, un poco atormentador y no me deja de dar tirria. Sin embargo, ese chico sentía que debía decírmelo y creo, solo por esta vez, que no lo hacía con el afán de incomodar. ¿Cómo me podrían ver otras personas? ¿Dará asco cruzarse conmigo en la calle? ¿Soy alguien conformista?
La luna está borrascosa, el viento es el más frío en Fiori. Se antoja de vez en cuando algo caliente, pero jamás un café, nunca más. Ahora pienso, ¿Cómo se sentirá dejar de sentir mi presencia? ¿Por qué me preocupa tanto esto el día de hoy?
3
Íbamos cruzando Galería La Once, aquella galería me recordaba a gloria, siempre tan distante como cercana. Como si fuera poco haber pasado el día juntos, atinamos en comprar unos tragos para amenizar el ambiente chirriante. Por más que lo negaba, dentro de mi mismo buscaba la calentura de Stela.
— ¿No te lo vas a sacar de la cabeza aunque nos alejemos por un largo tiempo, verdad?—fue visible su tristeza— ¿Cómo te puedo demostrar que solo he estado contigo y nadie más?
Tomé de dos sorbos aquel trago barato antes de saciar mi temprana ingesta de alcohol. Stela se deslizó por mi pecho y aterrizó en el abdomen. Ya la había hecho dar parada en un motel viejo. Mi mano ya cubría sus cabellos, siempre tan intensos como enredados. Llegaron las imágenes y voces, solía pensar en sus cabellos como hilos cobrizos tanto como mencionaba ese gusto ahora no tan raro. Estábamos seguros que alguien más nos veía, que Dios existía, que no solo estuvimos desnudos sino entregados a algo que nos superaba.
Terminamos embriagados, por el sexo más que por el licor. Su calidez era tan dulce como acogedora, pero como todo buen pecado, termina por cambiar muy poco nuestras realidades. Ella no recibió ningún mensaje de su novio. Decidimos marcharnos. Recibió las insistentes llamadas de su padre camino al paradero. No respondió ninguna de ellas. Su mano golpeaba catres y rejas de fierro de todas las casas que se le cruzaban en Gambetta. Tropezó un par de muchas veces, yo traté inútilmente de retenerla en sus estragos. Lloró como solo lloran los niños en precariedad y yo la veía como un incrédulo. Me miraba y, ocasionalmente, me daba un beso. Sentí que: la calle, el mundo entero era nuestro, todo nos pertenecía, pero no éramos dueños de nada.
La santa cura de la embriaguez fue una botella de agua combinada con sal de mares y nos aferramos como a un delicioso placebo. En el bus fue otra historia, para mi la más graciosa como traumática.
— Hoy vengo a traerles la palabra—repetía el anciano con poca fuerza pero firme—gracias al señor cobrador que me permite subir a hablarles. Alabado Dios.
El evangelista se puso cómodo mientras el bus se comía el paisaje.
No encontramos asiento y el piso nos parecía tentador, ambos nos agarramos de la baranda amarilla a media altura del cuerpo. La voz del evangelista caía como dagas en su pecho; veía los árboles correr por Gambetta.
— No entiendo por qué no puedo ser feliz.
Empezó el llanto con mayor intensidad y la ansiedad se me escapó sin esfuerzo, parecía un exorcismo.
4
Esa noche, Barzola acabó con su dolor. Regresó al velorio en silencio, tocó el rostro frío del cajón y recordó el veneno en ese café matutino. El deseo por ver a Stela secando sus lágrimas había sido más fuerte que cualquier lazo. En ochenta años, uno puede nacer, amar, matar y fingir un duelo. Pero ese nombre que nos dieron al principio es el que nos entierra al final. Efectivamente, ahora todos tenían que abordar hacia Acraquia.
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