El día que mi abuela quemó su brasier, no lo hizo por rebeldía, sino porque el alambre le había abierto la piel.
Tenía setenta y cuatro años, las piernas hinchadas de silencio, y una silla de plástico junto al horno de leña donde cocinaba desde antes de que yo naciera. Cuando lo arrojó al fuego —negro, gastado, sin forma— no lo miró desaparecer: simplemente se sirvió un poco de café y me dijo que las mujeres no nacen sabiendo odiarse, pero que se aprende muy bien si se escucha en silencio durante demasiado tiempo.
Yo tenía quince años y todo por aprender. Me creía libre porque usaba jeans rotos y leía a Simone de Beauvoir a escondidas, pero no entendía entonces que mi abuela, analfabeta y sin dientes, estaba más despierta que muchas de las autoras que yo citaba con furia adolescente.
A ella nunca le interesaron los discursos. Me enseñó a pelar papas con un cuchillo ciego, a curar la fiebre con hojas de eucalipto, a decir «no» sin necesidad de levantar la voz. Y cuando murió el abuelo —el hombre que se dormía con una botella en la mano y los insultos cargados en la lengua— no lloró ni se desmayó: respiró hondo, estiró el mantel de la mesa, y se sentó a comer como si fuera lunes.
—Ahora sí —dijo—. Se puede respirar sin miedo a estornudar fuerte.
Vivíamos en una casa de adobe que nunca terminaba de secar. En el patio, las gallinas corrían como si huyeran de algo que no se veía, y el pozo tenía una voz propia que, según ella, decía lo que las mujeres callaban por años. Crecí entre esas supersticiones, entre el ruido de los domingos lavando la ropa y las manos siempre ocupadas de mi madre, que parecía llevar el mundo entero en los hombros y aun así encontraba tiempo para preguntarme si ya había comido, si ya había leído, si me gustaba ese chico que me miraba en la escuela.
—Lo importante —me repetían las dos— es que nadie te toque sin que tú lo quieras. Y que tú quieras por gusto, no por miedo.
No supe cuánto valor tenía esa frase hasta que conocí a Germán. Ojos claros, sonrisa fácil, palabras dulces. Me llevó a un mirador una tarde cualquiera y me dijo que me amaba, que era perfecta, que no tenía por qué maquillarme tanto ni hablar de cosas raras como «patriarcado» o «autonomía». Quise creerle, porque me temblaban las piernas de ilusión, pero cuando sus manos bajaron a donde no pedí, recordé a mi abuela arrojando el brasier al fuego. Me aparté. Él se molestó. Dijo que estaba exagerando.
Esa noche regresé a casa con los puños cerrados y el corazón latiendo como un tambor ajeno. Mi madre me miró, no preguntó nada, y me preparó una infusión de manzanilla.
—Te entiendo —me dijo, y fue la frase más poderosa que alguien me ha dicho jamás.
Años después, cuando ya estudiaba en la universidad, cuando las marchas llenaban las plazas y los nombres de mujeres asesinadas dejaban de ser anónimos, volví a casa por unos días. Mi madre seguía allí, fuerte, entera, con la mirada cansada, pero sin rendirse. Me mostró una caja vieja con cartas que nunca había enviado, pequeños dibujos, recetas, apuntes de talleres de defensa personal.
—Yo también tuve miedo —confesó—. Pero tú ya no tienes por qué tenerlo.
Hoy tengo treinta y dos. Enseño literatura en un colegio público y cada vez que una alumna me pregunta si puede hablar conmigo «a solas», sé que viene con una pregunta que pesa. Me siento como mi abuela entonces, con las piernas hinchadas de haber caminado sin un mapa, pero firme. Y respondo, sin dar consejos, sin imponer, solo estando.
Este año quemé mi primer brasier. No porque me doliera —aunque sí dolía—, sino porque ya no me representaba. Y no lo hice en una plaza ni lo grabé para las redes. Lo hice sola, en la cocina, con una taza de café como testigo. Y mientras lo veía consumirse, me dije en voz baja:
—Algunas cosas arden. Lo que no debe, se queda.
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