Tres tristes tigres

Tres tristes tigres

Juan Gomez

16/02/2026

I

Posibilidad

Podríamos encontrarnos. De una forma inopinada, incluso incómoda. Pasado el primer choque y ante la inevitabilidad del frente a frente – qué vas a hacer, no podés bajar la vista ni mirar para otro lado – intentar un hola piano. Pianissimo, lontano. Si querés empiezo yo – ya se me va a ocurrir algo – Tangencial, anodino, nada directo al blanco. Ya sabés, por decir algo. Si te reís – pero solo si te reís – estoy dispuesto continuar. Incluso a hacer el pavo. La música, el lugar, los pondrías vos. El día, nublado. Hasta podríamos ensayarlo. Para que todo salga bien, digo, y no haya sorpresas. Sin saber, por supuesto, que vos y yo iríamos a encontrarnos. Sin buscarlo ni desearlo.

II

Proveniencia

Del aire. Del agitar de un vientre en pleno sueño. Del balanceo pueril que goza un cuerpo. De un sorpasso. Del febril tamborileo de unos dedos en la mesa. De la vacilación de un vuelo, la errancia de una mosca, del instante en que la espuma se retrae y deja huella. De otra huella que vendrá, después, a borrarla – ¿te fijaste?, todo es huella – De un error – sobre todo de un error – De lo ínfimo, lo vulgar. De lo que falla. De un soplo, un estallido, un estertor. Del aire. De una mota de polvo, – ahora la ves, ahora no la ves – De la nada más abyecta que se pueda imaginar. De los deshechos. De aquel tono de verde que no se va de la memoria. De un limón. Del aire. A qué seguir, las cosas vienen – y van – de todas partes. A trabarse en la maciza superficie de las cosas. Al aire.

III

Abandono

De las deudas que dejó, es viernes trece y sin noticias.

Travestido de azul, huyó de noche. Para disimular se volvió hermético. Subrepticio, oracular, matiz de sí, decolorado.

Según registros fácticos, nos quedó debiendo el canto, una lección y un loro.

Poca fe. Antes de que llegue a cancelarnos, en el cielo impactarán dos barcos.

Algo a favor – nuestro -: ocupado como estaba en apropiarse de lo ajeno, no le importó dejar lo suyo expuesto. Hasta donde se pudo lo saqueamos. Nos resarcimos con sus fábulas. Con su novela – inconclusa – que acomete la vertiginosa peripecia del crecimiento de una uña. Con un Tratado de legislación comparada sobre los derechos de la lombriz de tierra. La alegría nos la dejó, como si no le importara, abandonada, intacta.

Pero aún nos debe el canto – desde su ida, oír el habla humana se nos redujo a un hecho físico, como inspirar, toser o parpadear – Nos debe el loro que – según él – no habla, pero vive pensando. Y todavía no aprendimos a tropezar con gracia.

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