La humildad exagerada.

La humildad exagerada no es una virtud: es una forma más refinada del orgullo.

Quien se declara indigno con insistencia no busca disminuirse sino fijar su imagen en el espejo ajeno. Hay una soberbia que se yergue y otra que se arrodilla; ambas desean ser contempladas. El humilde excesivo no tolera el olvido: necesita que le nieguen su pequeñez, que lo rescaten de su autodenigración ceremonial. En esa escena —que podría haber sido imaginada por en alguno de sus laberintos morales— el personaje se inclina hasta tocar el suelo, pero vigila con un ojo entreabierto la reacción del público.

La humildad verdadera ignora su nombre. No se proclama. No se exhibe. Como ciertas bibliotecas infinitas, existe sin conciencia de su vastedad. En cambio, la humildad exagerada se contabiliza, se enumera, se subraya en notas al pie que repiten: “no soy digno”, “no merezco”, “soy apenas”. Esa liturgia del menoscabo termina siendo una forma de posesión: el sujeto se apropia de su propia insignificancia y la administra con meticulosa devoción.

Hay algo teatral en esa conducta. El hombre que se llama polvo espera, secretamente, que lo nombren estatua. La mujer que se proclama nada ambiciona ser contradicha por el coro. Así, la negación constante se convierte en una estrategia de permanencia. La exageración del descenso es otra manera de escalar.

Tal vez la humildad, como el tiempo, deba ejercerse sin testigos. El que verdaderamente se sabe transitorio no necesita recordarlo en voz alta. Acepta su condición como quien acepta la noche: sin dramatismos, sin aspavientos, sin el deseo secreto de que alguien encienda la luz para verlo mejor.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS