El poder de la veneración

El poder de la veneración

salazarcuicar

14/02/2026

Salió en su pequeña lancha. Su familia estaba pasando necesidad y él tenía que hacer algo. La

pesca estaba parada. Los costos de navegación se elevaron tanto, que los dueños de barcos decidieron

parar los zarpes hasta que el Instituto de Pesca cambiara sus políticas. Los propietarios de barcos exigen

que les den combustible subsidiado, por lo menos en un 50%; exoneración del impuesto que obliga la

entrega del 25% de la pesca al Instituto; disminución de las tasas que debían pagar a los supervisores de

embarcaciones, entre otras cosas.

Los dueños podían aguantar fácilmente los dos meses que sus embarcaciones estaban paradas; de

todas maneras, su negocio principal era la distribución de pescado y para ello ya tenían sus cavas llenas de

las pescas anteriores a la huelga. Sin embargo, los pescadores no contaban con esas ventajas. Ellos vivían

prácticamente del día a día o, mejor dicho, de pesca en pesca; por lo que dos meses parados en tierra no le

proporcionaban lo necesario para mantener a sus familias.

José Manuel se fue solo de noche. Su embarcación asemejaba un cayuquito de lo pequeña que era.

Tiene que aprovechar la oscuridad para evadir a los guardacostas. Estos tienen instrucciones de no dejar

salir a peñeros de un solo motor o con un solo tripulante. Además de esto, la Bahía está siendo azotada por

una fuerte ventisca que restringía los zarpes de embarcaciones pequeñas.

El pescador colocó las cestas de nasa que pudo extraer del barco del que era tripulante. Conocía

muy bien cómo hacer la faena y tenía un ojo clínico para determinar por donde podían pasar los bancos de

peces. También lanzó tres anzuelos que siempre traía encima.

La pesca es abundante. Crustáceos, pulpos e incluso varios peces león constituyen el botín de ese

día. Con sus anzuelos logra capturar tres picuas y dos pargos rosados. La inmensa cava, que también sacó

del barco y que abarca casi toda la lancha, está totalmente llena. Su felicidad es plena; pero tiene que

esperar que caiga la madrugada para poder entrar con sigilo a tierra firme.

En medio de esa oscuridad, con el cielo totalmente cerrado, está la pequeña embarcación rodeada

de agua. El pescador espera y en la espera el cansancio se apodera de él. Por lo que cuando la Fragata, que

hacía su patrullaje rutinario, se acerca a su posición, no se da cuenta que el mundo se le viene encima. El

capitán del barco de las Fuerzas Navales tampoco se entera de lo que está ocurriendo:

—¡Ay Vallita! —fue lo único que pudo decir el pescador cuando se precipitó al agua.

El impacto fue tremendo. El peñerito se hizo pedazos, José Manuel se hundió en el mar; Sin

embargo, la fragata no sufrió daños mayores y la pesca, que quedó flotando en la cava, fue recogida

inmediatamente por los marineros de cubierta.

El Capitán hizo lo humanamente posible por encontrar al tripulante de la lancha. La densa

oscuridad, lo agitado del mar y lo fuerte del impacto lo convenció que nadie podría quedar vivo después

de semejante colisión. Luego de una hora de búsqueda, cuando ya eran las 12 de la noche, emergió, quien

sabe de dónde, una figura de la que solo se veía la cabeza. Con una mano se aferraba a una tabla, mientras

que agitaba la otra pidiendo auxilio.

Cuarenta años después, el pescador se prepara con su peñero para acompañar la procesión de la

Virgen del Valle. Su nieto, comerciante y pastor evangélico, le increpa la adoración a esa falsa imagen de

la virgen; pero también le pide que le diga si él realmente sintió alguna intervención divina. José Manuel,

el antiguo pescador, el superviviente a una colisión en alta mar solo pudo decirle

—Hijo, yo era como tú, un no creyente. Ese 8 de septiembre, del cual se cumplen hoy mismo 40 años

exactamente, inconscientemente la invoqué a Vallita en lo que caí al agua, pidiéndole que me permitiera

vivir. Nunca he dudado que me salvó la vida, también hizo que los militares se apiadaran de mí, no me

metieron preso y me permitieron llevarme lo que había pescado para que tu padre, tus tíos y tu abuela no

murieran de hambre; pero también iluminó mi corazón, que a partir de ese momento es agradecido de

todo, porque ese día volví a nacer y entendí que esta nueva vida se la debo a ella.

Ese mismo día en el palco de autoridades, el Almirante Bencomo recordaba como hace cuarenta

años atrás, exactamente, la virgen le hizo un milagro. Zarpó sin permiso del puerto, tenía la intención de

meter pescado de contrabando, aprovechando la huelga de los barcos y que por ello el precio de los

productos marinos se había inflado; pero calculó mal y sus superiores notaron su ausencia cuando fueron

al muelle a pasar revista.

Cuando chocó al peñero fue contactado por radio para que regresara a explicar su conducta. Por

ese medio informó que zarpó porque le habían comunicado de un náufrago que estaba en alta mar.

Cuando regresó con José Manuel, el entonces Capitán de Corbeta Bencomo, pasó de contrabandista a

héroe. Su carrera se encumbró. Él, en acción de gracia por la Virgen, tal como lo hizo José Manuel,

prometió participación activa en la procesión de la Virgen del Valle, por todo el tiempo que le quedara de

vida; además se obligó a cambiar su conducta para ser, a partir de ese momento, un hombre de bien.

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