Solo en su oficina, Alejandro esperaba llamada que iba a cambiar su vida. Él, que venía de una familia de clase media. Su papá graduado de economista, empleado del gobierno y su madre ama de casa. Formado en una universidad pública como ingeniero civil. Militante de un partido político desde sus tiempos de universitario, casado, divorciado, vuelto a casar, con dos hijos de su primer matrimonio y una del segundo. Un hombre que desde pequeño fue cercano a la gente, empático, de muy buen trato, conversador, jovial, de probada moralidad, conocido en su círculo político y en el trabajo como un hombre de conducta recta, intachable, incorruptible; por lo que, cuando fue nombrado presidente de la siderúrgica estatal, todos aplaudieron esa designación y proclamaron que él era la persona destinada a levantar la empresa y a poner en alto a los trabajadores
Y desde hacía dos años eso era lo que estaba haciendo. Desde su primer año de gestión, decidió que debía mejorar las condiciones laborales y marcar una huella; en ese sentido, instaló un comedor para todos los empleados, aumentó los salarios, mejoró el sistema de bonificaciones vacacionales y de fin de año. El excedente de las ganancias anuales de la empresa fue distribuido entre todos los trabajadores, sin importar su estatus en la organización. Implementó planes vacacionales para los hijos de estos y creó un organismo para otorgar créditos hipotecarios, vehiculares y préstamos personales para todos. Estas medidas lo hicieron ganarse la buena voluntad de los trabajadores que, antes de su llegada, tenían muy pocos beneficios porque los presidentes de turno siempre manifestaron que la empresa estaba quebrada.
Ahora en su despacho, Alejandro se emocionaba pensando en el futuro. Campaneando un Buchanan 18 años planificaba el giro que iba a dar su vida luego de la llamada que estaba esperando. Ya había tenido un ascenso en su estatus social. Al recibir la empresa pasó de vivir en el centro de la ciudad a mudarse en la exclusiva zona verde de la capital; de manejar un Volkswagen pasó a conducir un Audi; de jugar softbol o chapitas comenzó a practicar pádel y en algunas ocasiones golf. Para él todo era producto de su esfuerzo, de su buena administración y de su tino para los negocios. En medio de sus pensamientos futuristas llamó a su jovencísima esposa:
—Hola mi amor, ¿Tienes lista la maleta?
—Tú sabes que todo está preparado para ir mañana a Los Roques
—Bueno, ve desempacando los trajes de baño que nos vamos es para la nieve. Vamos a aprender a esquiar
—¡Ay mi amor! Tu eres maravilloso. ¿Cuándo nos vamos y para dónde?
—Mira, primero vamos a prepararnos bien. Walter, el amigo que es presidente de la aseguradora Nuevos Horizontes, me explicó para donde ir y que debemos llevar. Necesito que compres la ropa mínima adecuada, allá compramos el resto. Debemos estar saliendo en tres días mas o menos y nuestro destino es Suiza. Vamos a codearnos con el jet set internacional en Sankt Moritz.
—Sí mi amor, mañana mismo empiezo a preparar todo. Yo sé quién es Walter, su esposa también va para el Club de Terrazas. Yo voy a hablar con ella para que me aconseje. ¡Eres el mejor! Te amo muchísimo.
—Prepárate que nuestra vida será ahora así.
Reflexionaba Alejandro sobre lo que había avanzado. Sabía que muchos lo criticaban. Sus amigos de la infancia y de la universidad resentían que el los hubiera dejado atrás para convivir con empresarios e industriales. Pero él lo veía como algo natural. Su nuevo estatus requería que se rodeara de personas que le permitieran seguir subiendo y, lamentablemente, con sus viejos amigos no conseguiría eso. Ellos lo único que hacían era pedirle trabajo o dinero prestado porque todos estaban en precaria situación económica. Por eso los resquemores que ellos sentían, los atribuía a la envidia de estos porque él logró superarse.
Y es que con sus nuevos amigos, además de levantar la empresa, había logrado abrirse paso en el mundo financiero. De hecho, la llamada que esperaba era el cierre de un negocio que sus nuevos amigos le habían propuesto. Esta consistía en invertir parte de las pensiones en criptomonedas, que en ese momento estaban en alza; una vez alcanzada cierta ganancia, retirar lo invertido inicialmente para regresarlo al fondo, y con los dividendos obtenidos hacer una reinversión. Realmente, la intención era mejorar el fondo y a su vez ganar algo de dinero.
Según lo previsto, con esta acción se ganaría mucho dinero, tanto que Alejandro veía factible lograr el sueño de practicar esquí en los Alpes o comprarse una propiedad a orillas del Lago Leman en suiza; pero, además, si todo salía bien no habría víctimas con este acto de corrupción, todos serían ganadores; por lo que, no existían ningún crimen, sino muchos beneficiados: Los Inversionistas, los trabajadores y él mismo.
Pero la avaricia se adueñó de la negociación. Nunca se reinsertó en el fondo lo sacado de este para la primera inversión; al momento de hacerlo, privó el criterio de que a mayor dinero mayor ganancia y, en ese sentido, era ilógico sacar la mayor parte del dinero, porque lo que se estaba ganando era muchísimo. La conclusión era que, si la estrategia estaba dando resultados, había que mantenerla.
La llamada no llegaba; sin embargo, Alejandro Carrasco estaba tranquilo ya que esto había pasado en otras ocasiones. Dos horas después del momento previsto comenzó a impacientarse. Llamó a Diego y a Máximo, ambos le recomendaron este negocio, ninguno apareció. Les dejó mensaje y media hora después llegó una respuesta lacónica de Diego: “Los inversores desaparecieron, perdimos las criptomonedas. Estoy saliendo del país”.
Con este mensaje el mundo se le vino abajo. Decayó física, emocional y moralmente. No pasó mucho tiempo para que todo estallara, los jubilados dejaron de cobrar; a los trabajadores que solicitaron sus adelantos de prestaciones les fueron negadas las mismas; los nuevos jubilados no recibieron ningún pago, entre otras cosas. Solo bastó que el sindicato laboral, cumpliendo con sus funciones, hicieran llegar esas quejas a la fiscalía general, para que la policía política se apersonara a la oficina del presidente de la siderúrgica, lo detuvieran en el acto y así este comenzara a vivir el calvario que no creía merecer.
Su vida volvió a cambiar de forma drástica; pero ahora para mal. Ahora está preso. No tiene fecha fijada para el juicio. Ha sido golpeado. No tiene amigos que lo ayuden, ni nadie que lo visite; todos le han dado la espalda; no hay persona que crea en su inocencia, aunque él se cree libre de culpas; porque siempre ha sostenido que las inversiones las hizo para mejorar las prestaciones de los trabajadores, siempre ha dicho que todo lo hizo por la empresa.
El hecho de que se creyese inocente no lo exculpa; pero eso tampoco lo hace culpable de todo. El entorno en el que se involucró lo fue llevando a ser ambicioso, los amigos que consiguió cuando iba en franco ascenso le brindaron tanta confianza que, ante ellos, él se volvió ingenuo. Su cambio de co
nducta fue su perdición.
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