Tres días después de la batalla, encerrada en el cuarto de cuidados de su esposo, Eulalia notó como el bullicio de la celebración empezó a mermar. Se escuchaban movimientos en la calle, gente caminando a pasos rápidos, madres llamando desesperadas a sus hijos. Mientras tanto, en la Casa Fuerte los soldados comenzaron a mover trastos de un lado a otro, las órdenes iban y venían y todo se le figuraba a caos. Salió del cuarto y notó rostros de preocupación por doquier. Hasta que vio al General Pedro María Freites:
—General, ¿Qué está pasando? Siento el ambiente pesado.
—No quería preocuparla, usted tiene muchos problemas; pero bueno, le tengo que decir que nuestros vigías observaron a las tropas del realistas Aldama a 3 leguas de aquí. Calculamos que sean unos tres mil hombres que vengan con él y de tres a cinco cañones.
—¡Dios mío! Pero el Libertador salió por refuerzos anoche. ¿Será que están a tiempo de auxiliarnos?
—Quisiera decirle que sí; pero la realidad es que es muy difícil que Bolívar llegue con refuerzos. Vamos a tener que defendernos solos. Lo más seguro es que los tengamos mañana temprano frente a nosotros.
Como pudo buscó como proteger el cuarto donde estaba con su esposo. Bloqueó la puerta con varios trastos, tapó la ventana, tomo la pistola y el sable de su esposo. Como Freites ordenó armar a todo hombre, mujer y niño, aprovechó y se hizo de plomo y de pólvora para su defensa.
Mientras apilaba muebeles contra la puerta, Eulalia no pudo evitar recordar como habían cambiado las cosas desde que llegó a Barcelona. De la jovencita alegre y vivaz ya no quedaba nada. Sus paseos temprano en la mañana para ir al río a conversar con pescadores y verduleros parecían de otra vida. Sus caminatas por las calles del centro, saludando a las mujeres sentadas en sus grandes ventanales, estaban casi en el olvido. Las invitaciones que recibía para desayunar arepa de maíz pilado con queso de cabra y guarapo de papelón, ahora eran un sueño lejano.
No quedaba vestigios de la escuela que ella formó en el Cabildo de la ciudad. Las principales señoras que ella incentivó para que ayudaran con la instrucción de niños y jóvenes, estaban huyendo por los montes o escondidas en ese improvisado fortín que muchos llamaban, en tono de burla, la Casa Fuerte.
Su esposo estaba herido gravemente. Se debatía entre la vida y la muerte tras la primera escaramuza. Ese día del asalto, ella se transformó en verdad en una mujer. Puso todo su esfuerzo en salvarlo. No se limitó a consultar con el médico militar de la guarnición. Buscó al curandero del puerto de pescadores de pozuelos y, contra la recomendación del Capellán, hasta trajo al chamán de la comunidad indígena de el Rincón. Ninguno dio buen pronóstico; pero ella insistió en ubicarlo en el cuarto más cómodo posible y se encerró las veinticuatro horas del día para dedicarle su atención
Se sintió defraudada porque mientras ella sufría al ver a su esposo en tan mal estado, el resto de la población, ajena a su dolor, celebraba lo que pensaban que era una victoria definitiva. El propio Bolívar en una de sus visitas le dijo que tendría que salir de la ciudad para buscar refuerzos; pero también le prometió que conseguiría un buque para sacarla a ella y a su esposo a las Antillas en busca de atención médica más adecuada.
Eulalia siempre tenía un consuelo para todos; sin embargo no encontraba con quien compartir su dolor en este momento. Se había hecho muy amiga del General Pedro María Freites, Comandante de la Guarnición y barcelonés. Él la ayudó a insertarse en la sociedad. Visitaba con frecuencia a la familia de Freites. Fue por intercesión de ella que el Libertador aceptó que la población se resguardara en la Casa Fuerte en caso de ataque.
Chamberlain deliraba de fiebre y a ratos despertaba. Desde la escaramuza estaba así. Su esposa siempre recordaba una de las últimas conversaciones que habían tenido. En esa ocasión su inocencia no la dejaba entender el peligro en el que estaban.
Eulalia se sentía tranquila y segura en lo que consideraba sería su nuevo y definitivo hogar. Ella quería niños y esta paz la ilusionaba. La guerra parecía lejana. La inquietud de la población, temerosa de que Bolívar trajera muerte y destrucción, parecía ser infundada. Los tres años de paz habían hecho reverdecer a Barcelona y parecía que eso no lo perturbaría nadie. Pero su esposo la previno:
—Eulalia, mantente en el fortín, las tropas realistas pueden asaltar en cualquier momento la villa.
—No exageres mi amor, los realistas están a muchas leguas de aquí y con todo lo que le han hecho al convento esto ya parece una casa fuerte,como la llaman todos. Además no quiero quedarme encerrada en un cuarto asustada
—No quiero encerrarte. Me gusta verte feliz y encerrada no lo eres; pero toma precauciones por lo menos. No te alejes mucho. Estamos en guerra, aquí está Bolívar y el enemigo va a querer capturarlo. Tampoco hay que confiarse en estos parapetos y obstáculos. No son nada seguros, un cañonazo y se caen las paredes.
—Te haré caso, pero te aseguro que lo mejor es que el pueblo esté tranquilo. Si la gente me ve en la calle, van a estar tranquilos y se van a sentir seguros.
Al día siguiente de su conversación con Freites, desde su ventana, tal como este se lo dijo, observó con pánico el dispositivo realista: habían seis formaciones en cuadrícula un poco mas allá de tiro de cañón. Los realistas parecían no estar apurados. Se sabían dueño de la situación. El miedo de los patriotas se sentía en el ambiente.
Tras una tensa calma que pareció eterna, Eulalia vio una bala de cañón acercarse a los parapetos que servían de obstáculos en la entrada del fortín. Inmediatamente escuchó el estruendo que la sacudió. No se asomó más por la ventana. Ella cubrió a su esposo como pudo porque al primer impacto le siguieron al menos diez más. Era una ráfaga imparable. La Casa Fuerte se estremecía desde sus cimientos. Parecía que todo iba a acabar muy rápido.
Mientras trataba de proteger a Chamberlain de posibles esquirlas, escuchó disparos y gritos en la planta baja.El olor a sangre y a pólvora envolvió todo el ambiente. Los realistas habían entrado. La pelea era ahora cuerpo a cuerpo, cuarto a cuarto. Se preparó para lo peor. Para recibir el asalto en su propia habitación. Tomó la pistola con la mano derecha, la cargo. Con la izquierda sostenía el sable. Si entraban solo tenía un disparo. Se puso entre la puerta y su esposo.
Cuando menos lo pensaba un golpe de culata derribó la puerta. Ella instintivamente disparó. El proyectil le dio en la cara y tumbó al soldado realista. Con la puerta abierta pudo escuchar los gritos de horror de hombres y mujeres. Detrás del primer soldado venían tres más. Eulalia se armó de valor, no tenía nada que perder. Se arrojó sobre el primero de ellos y le clavó su sable en el estómago. Los otros dos la agarraron y la sometieron. Pudo observar, en la habitación de enfrente como la madre superiora caía de un lanzazo abrazando la imagen del Divino Maestro.
Mientras la sometían otro soldado entró y ultimó a su esposo con la bayoneta. Esto la enfureció. Gritó, pero no de dolor o de miedo, fue un rugido de rabia. Los dos que la tenían agarrada intentaron violarla. Desgarraron su vestido; pero en un descuido de uno de ellos, Eulalia logró quitarle la bayoneta y se la clavó en la cara. Estaba como poseída, toda la rabía que acumuló desde que hirieron a Chamberlain, toda la frustración por ver truncado su sueño de formar una familia, de tener hijos, todo se le acumuló en ese momento.
Se abalanzó sobre el único soldado que quedaba en pie. Este temblaba de miedo. La mujer que frente a él estaba dispuesta a todo. Sujeto un cuchillo en su mano y espero presa del miedo a que Eulalia se le tirara encima. Eulalia fue con todo y le clavó la bayoneta al soldado en el cuello; pero al mismo tiempo ella recibía una cuchillada en el pecho.
Cayó en el piso y sus ojos quedaron fijos en la escena del pasillo: Soldados ultimando a hombres y niños y en el cuarto de enfrente, donde murió la Madre Superiora, mujeres siendo salvajemente violadas por oficiales realistas.
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