Ayer en la noche cometí dos errores, —les cuento—. Dos horas antes de dormir me harté de noticias, y como si eso fuera poco, empecé a leer un libro de Kafka, “En la colonia penitenciaria”, y Kafka no escribió para acompañar el descanso: escribió para sabotearlo. Al quedarme dormido, soñé lo que ahora les narro:
La noticia no llegó: se infiltró.
No fue un anuncio ni un grito, sino una sustancia agria, como
vinagre barato derramado en el suelo caliente. Avanzó gota a gota, sin prisa, con la paciencia de lo irreversible. Nadie supo quién la había derramado; sin embargo, todos la pisaron. Y al hacerlo, comprendieron —demasiado tarde— que aquello que creían soportar no era el fondo, sino apenas el umbral.
Cuando la isla pensaba que se había agotado su cuota de calamidades, descubrió que el verdadero infortunio aún aguardaba turno.
Un grupo reducido de hombres —que se llamaban a sí mismos patriotas para no tener que explicarse— decidió que el destino no debía confundirse con cambio. Cambiar era una forma vulgar de traición; avanzar, una herejía; evolucionar, una sospecha. El verdadero designio, proclamaron con solemnidad burocrática, era desaparecer sin moverse, extinguirse permaneciendo fieles a la quietud.
Alzaron la voz, no para ser escuchados, sino para confirmar su propia existencia. Gritaron hacia el enemigo eterno, ese que a veces estaba afuera y otras veces era fabricado a puerta cerrada, en oficinas donde se imprimían consignas como
si fueran certificados de defunción.
—¡Muerte! —clamaron.
Y la palabra no cayó: se quedó flotando, obediente, esperando instrucciones.
Más abajo —siempre hay un más abajo— estaban los otros. No personas, sino piezas. No ciudadanos, sino fichas. Ni siquiera peones: algo anterior al juego, algo que podía perderse sin que nadie anotara la jugada. No tenían voz ni voto; tenían costumbre. Habitaban cuevas morales donde la luz llegaba ya usada, gastada por demasiadas bocas. Se agrupaban como
cazadores de lagartijas invisibles, porque incluso el hambre empezaba a escasear.
Murieron lentamente, que es la forma más eficaz de morir.
Murieron de miedo, que no deja marcas.
De hambre, que se vuelve paisaje.
De enfermedades ideológicas, que no necesitan diagnóstico porque se confunden con la ley.
Y entonces ocurrió lo inevitable, eso que el miedo teme pero al mismo tiempo convoca.
La muerte —una muerte gobernante, saciada y aburrida—, tras beber hasta el último sorbo de poder, abandonó la isla. Se fue sin despedirse, como hacen los funcionarios cuando ya no queda nada que firmar. Dejó atrás cenizas, pero también algo peor: esqueletos vivos.
Eran seres de anatomía correcta: cabeza, tronco, extremidades. Todo estaba en su lugar, salvo lo esencial. No podían desprenderse de la ideología que los envolvía como una placenta eterna. No caminaban: obedecían. No pensaban: repetían. No vivían: funcionaban.
Habían sobrevivido para defender un estado que ya no existía, un orden que solo persistía dentro de ellos, como una larva que habla, que argumenta, que justifica.
Murieron —si es que eso puede llamarse morir— defendiendo su condición final:
Larvas parlantes, orgullosas de no haber llegado nunca a ser humanas.
Mientras el resto, flacos, desnutridos, alzaron las manos al cielo y comenzaron a construir un país.
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