Encerrado entre las paredes de su camarote recordó el tiempo en las costas de Saeea Meridional. Tomando con cautela las bisagras del portillo intentó observar más allá de su incierta habitación, contempló los límites del mar y el horizonte de su creatividad.

Primero pensó en cuatro monstruos: Azeare, Biusac, Coamsel y Diama. Sus nombres eran arbitrarios, pero cada uno cumplía un rol fundamental en la creación del Mar. Azeare, el mayor, recibió un objeto espiralado para uno de sus primeros cumpleaños, simbolizando el comienzo de su viaje hacia el interior de sí mismo, y se ofendió al ver que Coamsel lo quiso para jugar. Por otra parte, Biusac tuvo una granja de ramitas coloridas que debía proteger de las plagas y los malos tiempos, era el más sereno de los cuatro y asumió la tarea con gusto. Coamsel y Diama eran casi idénticos en aspecto, compartían escamas y funciones, pero Diama eligió, por privilegio, el brillo de la Luna sobre los acantilados y el desierto. Sin embargo, Coamsel se enfureció ante su falta de don, renegó hasta el hartazgo de los monstruos y logró que el Ser Celestial resolviera su carencia en una disputa. Cada don debía ser lanzado hasta perecer en el sitio que Coamsel eligiera. Él pensó que el espiral se perdiese hacia adentro en alguna cueva recóndita, donde la Luna tampoco llegase con su luz y las ramitas no obtuviesen alimento suficiente para crecer en la granja. El portillo anudaba la calidez del atardecer en el océano y cada rayo de claridad acunaba su pena en historias. Coamsel despistó al Ser Celestial con su propuesta. Aprovechando el súbito calor de la jóven Tierra, preparó una receta e hirvió los paisajes en agua y sal. Los monstruos atónitos se aunaron y planificaron su parte en el capricho del hermano y el Ser Celestial. Diama otorgó su brillo al movimiento del caldo para que este se enfríe y con la Luna controlaron su temperamento. Azeare contó las vueltas de su caracol por los años que fueron necesarios hasta que Biusac pudiese desplazar su granja de corales hacia todas las costas donde la sopa ya no hervía. Con paciencia y coordinación lograron combinar sus elementos en el nuevo don de Coamsel: el Mar.

La luz del portillo se atenuaba y bajo el abrazo de Diama asumió que ya era tiempo de volver a casa y contar sus aventuras en el mercado de peces.

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