Ser poeta
no es escribir bonito.
Es escuchar cuando el mundo hace ruido
y traducir cuando el alma se queda muda.
Es hurgar en el almacenamiento del propio CPU emocional,
rescatar archivos rotos,
y convertir símbolos, signos y palabras
en un lenguaje que otros sienten
aunque no sepan nombrarlo.
Ser poeta
es sostener la nada con las manos desnudas
y volverla historia.
De esas simples.
De esas mínimas.
De las que, sin pedir permiso,
te tocan el alma.
¿Y sabés qué es lo más rebelde de todo?
Que alguien lea eso…
y se reconozca.
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