Era una de esas mañanas en las que la lluvia era la protagonista. Apenas había sido las 05:00 am, lo super porque Pablo era quien nos despertaba a un nuevo día, nunca fallaba era su actividad favorita.
Uno y luego el segundo ojo lo empezaba abrir poco a poco hasta que mis pestañas eran capaces de tocar mis cejas. Siempre me gusto lucirlas largas y rizadas.
Note que tenía un color diferente en mis mejillas, pero que bien me combinaba con la cabellera que traía, Carlos estaba igual y sabíamos que de algún modo nuestro ciclo está por terminar. Había sido un viaje lleno de aventuras al tratar de no caernos, nos tambaleábamos con el viento, la lluvia y disfrutábamos siempre que podíamos del sol por las mañanas y la tarde.
Uno a uno nuestros amigos se alejaban por voluntad propia o ajena. Margarita siempre estaba al pendiente de nosotros y parecía que mientras nosotros estuviésemos en las alturas no podría llegar hasta nosotros. Era un juego que de algún modo nos hacía sentir vivos a Carlos y a mí.
Cierto día llego alguien que perdió su miedo a las alturas y decidió subir a lo más alto de nuestro hogar con tal de hacer feliz a un niño que tenía una energía diferente a todos quienes habíamos conocido. Saludaba a todos, desde la planta que estaba junto a la roca, como a la misma rama que había caído del árbol.
– Hola plantita, hola, señora piedra, como esta señorita ramita, eran expresiones que jamás escuchamos, pero que de algún modo me llamaba la atención.
Luego vimos cómo sus ojos se plantaron en nosotros y con mucho amor menciono:
– Hermanito, el abuelo Rodrigo me regala moras silvestres cuando vamos de paseo, ¿esas son moras?
Y su hermano no tardo en decir, no, son capulíes. Pero si gustas los bajo para ti.
Yo me llamaba Felipe y mi amigo Carlos, no sabía que éramos capulíes. Era la primera vez que lo escuchaba así que me reía con Carlos, sabíamos que nuestro momento había llegado, de pronto dejaríamos nuestro hogar, ese árbol frondoso que por varios días nos brindó los mejores amaneceres, puestas de sol y sonidos claros de las aves más hermosas.
Aquel muchacho de agallas firmes pronto se apresuró a subir por el tronco del árbol, pero parecía que no lograría su objetivo porque las zapatillas que traía le dificultaban subir. Aquel pequeñín empezó una especie de apoyo coordinado y con sonido: Hermanito tu eres el mejor, un héroe sin capa y fuerza de tiburón. Lo gritaba mientras hacia una especia de baile extraño en el que tenía que aplaudir y mover su cadera de una forma graciosa, nunca vi esa forma de alentar a alguien, así que más nos entusiasmábamos con Carlos para que aquel muchacho de cabello rizado subiera el árbol.
Pasaron uno y 2, 3… hasta 10 minutos en los que escuchamos cantar sin descanso aquella canción, rima, aliento y finamente el muchacho de cabello rizado llego hasta nosotros. Nos sacó desde la copa del árbol, y nos guardó en el bolsillo de su camiseta, pero alentado por el pequeñín se le ocurrió lanzarnos desde la copa del árbol hasta su boca.
Era una completa locura, nadie nos aseguraba que caeríamos en el objetivo. Pero el muchacho rizado tras un grito de: atrápalos ahí van, nos lanzó y caímos sin previo aviso y sin paraguas, nos sujetamos de la mano con Carlos seguros de caer sobre la boca de aquel pequeño, pero no, no fue así, yo caí sobre su ojo y Carlos sobre su nariz.
Fue una caída sin destino fijo, pero la caída que más alegría pude experimentar, aquel pequeño al sentir nuestro golpe contra su rostro solo empezó a reírse a carcajadas por el desatino de su hermano, y luego de vernos en el suelo se apresuró a recogernos.
Mia amigos fueron llevados por la lluvia, el viento, incluso un rayo termino con ellos, creía que yo me caería por las ramas cuando estuviese maduro, pero no fie así, al parecer la vida me tenía otros planes, ver reír a un niño, y luego en forma de semilla llegar hasta tierra fértil que fue capaz de hacer de mi un árbol frondoso esperando a la época perfecta para tener frutos y ver algún día niños que amen la naturaleza y disfruten de ella.
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