CASO 10 – “El empresario que compró todos los relojes menos el suyo”

CASO 10 – “El empresario que compró todos los relojes menos el suyo”

LuFer

24/01/2026

El Tribunal del Tiempo abre sesión.

Entra un hombre elegante.

Traje impecable.

Reloj brillante en la muñeca.

Otro reloj en el bolsillo.

Otro en la maleta.

Y otro más en la mente.

Pero ninguno marca su vida.

Todos marcan su obsesión.

El Tiempo lo observa como se observa a quien corre tanto

que no se da cuenta de que siempre estuvo en el mismo lugar.

I. Recepción de Testigos

El primer testigo es una agenda llena, gruesa, saturada.

—Lo vi anotar reuniones como si fueran respiraciones —declara—. Nunca dejó un espacio en blanco. Le tenía miedo al silencio.

El segundo testigo es un reloj de lujo, un objeto frío, casi arrogante.

—Me compró pensando que así tendría control —dice—. Pero yo solo marcaba lo que él perdía.

El tercer testigo es un boleto de avión sin usar, arrugado en un cajón.

—Era para visitar a su madre —susurra—. Lo pospuso tres veces. Ella lo esperó en la ventana… hasta que dejó de esperar.

El cuarto testigo es la mesa del comedor familiar, triste, vacía.

—Cené sola con su esposa muchas veces —confiesa—. Ella ponía su plato… por costumbre. Él nunca llegaba antes de que la comida se enfriara.

El último testigo es su hijo, pero no el niño real:

es la sombra del niño, la ausencia que quedó.

—Él decía que trabajaba por mí —dice la sombra—. Pero yo solo quería que me escuchara decir “papá”.

El empresario parpadea.

Por primera vez, uno de sus relojes parece detenerse.

II. Examen de los Hechos

El Tiempo extiende la cinta.

Se ven:

• juntas interminables

• llamadas urgentes que nunca lo eran

• noches sin dormir por proyectos que solo alimentaban su ego

• cumpleaños olvidados

• aniversarios recordados por asistentes, no por amor

• excusas repetidas: “mañana”, “cuando termine esto”, “solo un proyecto más”

La cinta revela algo peor:

Él compraba relojes caros

para evitar mirar el invisible:

el que lleva en el pecho.

El empresario intenta defenderse:

—Todo lo hacía por mi familia.

El Tiempo pregunta:

—¿Y cuándo estuviste con tu familia?

Silencio.

Pero no el silencio vacío.

El silencio que cae cuando la verdad finalmente pesa.

Aparecen escenas dolorosas:

Su padre muriendo mientras él estaba en una reunión.

Un recital escolar donde su silla quedó vacía.

Una esposa mirando la puerta… sin esperanza.

Una vida llena de éxito que jamás lo sostuvo por dentro.

El Tiempo sentencia, sin leer aún el veredicto:

—Confundiste productividad con propósito.

Y ganaste dinero… mientras perdías todo lo que no tiene precio.

III. Sentencia

La sala parece un reloj detenido.

El Tiempo dicta:

—No te culpo por trabajar.

Te culpo por permitir que el trabajo ocupara tu vida entera.

El empresario baja los hombros.

—Te condeno —continúa el juez— no por tu ambición,

sino por tu ceguera:

buscaste controlar el tiempo afuera

porque tenías miedo de enfrentarte al tiempo adentro.

La sentencia final cae con precisión:

—Tu condena será aprender a llegar temprano…

pero no a las reuniones,

sino a los abrazos.

El Tiempo le devuelve uno de sus relojes,

pero las manecillas no están.

—El único tiempo que importa —dice el juez—

no se puede comprar.

El reloj marca 03:17.

La hora en que los relojes caros dejan de servir…

y empieza la verdad.

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