El noviazgo no figura en los códigos, pero insiste. Es una superstición moderna que adopta la forma de un rito antiguo. Según un tratado inexistente de Adolfo Bioy Casares (edición corregida y perdida), el noviazgo es “la más frágil de las ficciones compartidas”.

El error inicial consiste en creer que se trata de una relación entre dos personas. En rigor, intervienen al menos cuatro: cada uno, la imagen que ofrece, la imagen que el otro acepta y la imagen que ambos perderán. El noviazgo es el arte de administrar esas pérdidas futuras.

Se ha dicho —con razón excesiva— que el amor busca la eternidad. El noviazgo, en cambio, se conforma con la reiteración. Repetir un saludo, un mensaje, una caminata. Repetir hasta que el gesto se vuelva hábito o se desgaste. El hábito es la primera forma del tiempo.

Toda pareja de novios cree inaugurar algo. Ignora que repite una escena ya ensayada por otros, en otros cuerpos, con las mismas palabras y las mismas omisiones. Cambian los nombres; persiste la trama. En ese sentido, el noviazgo es una variante menor del eterno retorno.

Los celos, que en el matrimonio serán una estadística y en la soledad una conjetura, en el noviazgo alcanzan categoría metafísica. No se teme perder al otro: se teme que el otro tenga una vida secreta, más verdadera, fuera del relato común.

Hay un momento —casi imperceptible— en que el noviazgo empieza a concluir. No coincide con la ruptura ni con la promesa. Coincide con el primer silencio que no exige explicación. Ese silencio es una revelación.

Al final, el noviazgo se extingue sin estrépito y pasa a integrar la biblioteca personal de lo que fue y no insistió. Algunos lo llaman fracaso; otros, aprendizaje. Ambos términos son imprecisos. Tal vez baste decir que ocurrió.

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