Vivimos persuadidos de que el amor que damos —o el que creemos recibir— es el verdadero. Lo certificamos con el aval del corazón, como si este nunca se equivocara. Nos entregamos a un desfile de emociones que, lejos de habilitarnos para amar, nos incapacitan. Confundimos el amor con una respuesta externa, con algo que debe venir de fuera, olvidando que el amor auténtico nace dentro y pertenece, irremediablemente, solo a quien lo siente.
Casi exigimos ser amados de la misma manera en que amamos, convencidos de que nuestra forma de amar es la más correcta, la más justa. Idealizamos nuestro propio reflejo y, sin notarlo, dejamos de ser morada para convertirnos en jueces. Juzgamos el amor más de lo que lo albergamos.
¿Y qué podría decir yo de un concepto tan sublime? Creo en Dios como amor absoluto, como energía que se manifiesta en lo humano y que, por su inmensidad, nos vuelve frágiles. Y sí, hablo del amor romántico: ese que enceguece, como un destello directo a los ojos, una luz LED que no se apaga, que invade sin pedir permiso.
Ese amor que a ratos nos hace felices y, al mismo tiempo, nos deja expuestos al más cruel de los desahucios. Pero que funcione es lo único que importa. Que se mantenga, a cualquier costo. Que no se aleje, que no se rompa, que no me deje.
Quien ya no corresponde a ese amor, en cambio, busca huir. Corre sin mirar atrás, tan lejos como puede. El corazón que deja de amar siempre lleva ventaja: se protege con un escudo invisible que le permite escapar ileso, mientras el otro queda anclado al lugar donde aún arde el fuego.
Y así se aprende a convivir con la ausencia del amado, con el eco de sus pasos alejándose. ¿Cómo culpar a quien pudo amar y no quiso quedarse? ¿Cómo se forman las heridas mientras aún se ama? Paradojas de la vida, mi querido lector.
Si hoy tienes un amor que ilumina tus días, cúbrelo con tu luz. No lo humilles, no practiques el ritual del orgullo, no lo condenes al odio. Tal vez algún día aprendamos a amar de verdad y a reconocer lo que es el amor correcto, justo y bueno.
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