Analogía del escarabajo pelotudo
Recuerdo aquellas tardes de sábado, reunidos en la casa de mis abuelos, después de una frijolada de receta única, cocinada por mi abuela. Sentado en el sofá del cuarto de mis abuelos, reposaba mientras observaba, junto a mi abuelo, un programa de televisión que solo daban en un canal llamado Animal Planet. Aquel programa nos conectaba. Nos sacaba risas cómplices y despertaba historias únicas donde, en el fondo, mi abuelo buscaba relatar sus propias experiencias con animales, como si él mismo fuera Jeff Corwin, ese biólogo aventurero que tanto nos fascinaba.
Todavía recuerdo, con asombro, una aventura en África. Jeff hablaba del animal más fuerte del mundo. Si pensaba en fuerza, me imaginaba al Elefante por su tamaño, o tal vez al Rinoceronte por su cuerpo compacto. Pero para mi sorpresa, se trataba del Escarabajo Pelotero: un insecto capaz de levantar más de mil veces su propio peso… en pura mierda.
¿Imaginas pasar toda tu vida empujando una bola de popó? Cada día se hace más grande, y simplemente sigues, sin preguntarte ¿para qué? Sin cuestionarte ¿qué haré cuando ya no pueda hacerme más fuerte? ¿Qué haré cuando la mierda me supere… o incluso me aplaste? Esa imagen quedó grabada en mí, y hoy resurge con fuerza como una gran analogía contrapuesta a mi deseo más profundo en esta etapa de mi vida: soltar para avanzar.
Con mi matrimonio cumplí tres grandes sueños que me tracé desde niño: ser esposo, ser papá y formar una familia. Crecí en un hogar hermoso, lleno de amor hacia los hijos, pero carente de amor entre pareja. Eso me dejó muchas inseguridades que, solo hasta que estuve en terapia, logré entender.
Cuando creces, la vida te ofrece dos caminos: repetir lo aprendido o usarlo para transformar. Yo elegí transformar. Conocí a una mujer con todas las cualidades que siempre soñé. Una guerrera, con una sonrisa luminosa, energía contagiosa y un pasado complejo que la impulsaba a sanar desde el amor. Eso encontré. Al poco tiempo, fui papá. Desde ese momento, mi vida se partió en dos. Decidí no perderme ni un segundo de esa experiencia, y fue esa la razón por la que salí de casa, con la frente en alto, a construir una nueva familia donde yo, esta vez, era el protagonista.
Todo fue como un sueño. Me comprometí, me casé. Ver de blanco a la que sería mi esposa, y a mi hija también vestida de blanco llevando las argollas, fue y será uno de los recuerdos más estremecedores de mi vida. Sentí que mi vida ya era perfecta y que la curva de crecimiento sería exponencial.
Nuestros proyectos fluían con fuerza, y lo que alguna vez fue un simple «¿y si nos vamos del país para vivir la vida que soñamos?» se convirtió en realidad, con fecha y tiquetes en mano. Como dice Calle 13, “mi vida entera la empacamos en una maleta” y nos fuimos a darle la vuelta al mundo. Nunca había salido del país, ni enfrentado otro idioma con mis limitaciones. Nunca había estado tan solo, a 36 horas de casa y con más de tres vuelos encima. Pero lo hice, motivado por la promesa de un futuro mejor para mi familia. Viví días agotadores, física, mental y emocionalmente. Estuve más de tres meses sin verlas. Nunca nos habíamos separado, y cuando por fin el universo lo permitió, nos reencontramos llorando de felicidad, abrazados en el suelo de un aeropuerto, con las piernas de gelatina y el corazón vibrando.
Australia nos marcó para siempre. Su cultura, sus paisajes, su paz, su café, su gente, su multiculturalidad. Lo que pensamos serían unas largas vacaciones de aprendizaje se transformó en una experiencia que nos hizo ver cuánto amábamos nuestro país, y al mismo tiempo, nos reveló un nuevo deseo: construir vida en otro lugar.
Pero, como en este escrito —y como en la vida misma—, pasé por alto hablar de cómo me sentía. De cómo mi matrimonio se vio afectado. De cómo viví en piloto automático, dilatando mi vida entre lo que debía ser y lo que tenía que lograr. Me olvidé de fortalecerme como hombre, como ser humano. El declive ocurrió de noche, cuando todo parecía estar bien. Y cada mañana, al ver que todo seguía “normal”, mantenía la esperanza de que el tiempo lo solucionaría.
Como el escarabajo del inicio, todo se fue a la mierda. Y yo, poco a poco, hice lo mismo: acumulé una bola de cosas negativas —prejuicios, baja autoestima, enojo, incredulidad, tristeza, ansiedad y hábitos destructivos— que fueron robándome mi esencia. Esa bola se volvió parte de mí. La cargaba a todas partes. Pero no solo contenía mis cargas, también las de quienes me importaban. Las hice mías.
Llegando a la cima, la mierda me sobrepasó. Me derrumbé. Y, nuevamente, pedí ayuda. Pero esta vez la ayuda no fue para seguir empujando esa bola… fue para entender que esa bola había que soltarla. Que la mierda se va a la mierda. Que yo no necesito cargar nada que me detenga en mi camino a ser la mejor versión de mí.
Mi matrimonio fracasó. Sí, dolió. Me atormentó. Y mientras más fuerza hacía por salvarlo, más me perdía a mí mismo. Por un tiempo creí todo lo que se decía de mí. Pero eso… no soy yo. ¡A la mierda!
Mi carrera casi fracasa por pensamientos oscuros, por compararme con otros. Pero cada uno tiene su propio proceso. Yo he avanzado enormemente, aunque la bola de inseguridad me impedía verlo. Así que… a la mierda.
Descuidé mi autoestima, mi ego, mi cuerpo. Y creí lo que alguien más decía de mí. Pero hoy me veo con mis propios ojos, con orgullo. Me amo tal como soy. La opinión de un extraño ya me vale… mierda.
El escarabajo construyó su vida alrededor de la mierda porque eso fue lo que siempre le hicieron creer. En la mierda cría a sus hijos, en la mierda enamora, y solo avanza si el clima es favorable. Es el más fuerte del mundo, sí, pero porque todo su mundo es una bola de estiércol.
Yo no quiero ser el más fuerte. Yo quiero ser feliz. Feliz desde mi libertad de amar. Y no hablo de pareja: hablo de amarme a mí mismo, amar la vida, las dificultades, el proceso, la naturaleza… y si llueve, amar las gotas que mojan mi piel. Quiero acumular solo amor. Y el amor no se carga: el amor camina y acompaña.
06/04/2025
OPINIONES Y COMENTARIOS