LA MELODÍA DEL TIEMPO

LA MELODÍA DEL TIEMPO

fran

13/01/2026

El universo parecía respirar con lentitud, como si una fatiga invisible recorriera sus arterias estelares (¿o era tal vez la entropía?). Aunque, en ese futuro distante, la humanidad ya no se hallaba confinada a la Tierra: había colonizado mundos en constelaciones lejanas, levantado ciudades en órbitas imposibles y convivido con especies que, siglos atrás, solo eran imaginadas en relatos de ciencia ficción que usted, estimado lector, está leyendo en este momento. Sin embargo, en medio de tanta expansión y gloria tecnológica, algo imprevisto había surgido.

Se llamaba “La Sombra Temporal”.

Nadie sabía exactamente cuándo surgió. Algunos decían que era un eco de los primeros experimentos fallidos de viaje en el tiempo; otros, que se trataba de una herida abierta en la membrana del cosmos, una cicatriz que crecía a medida que civilizaciones enteras manipulaban las eras a su conveniencia. Lo cierto es que avanzaba como un cáncer invisible, devorando planetas, disolviendo ciudades, borrando generaciones enteras como si nunca hubieran existido.

La galaxia entró en un estado de caos. Tecnócratas, profetas y guerreros intentaron combatirla, pero nada parecía detener aquel extraño fenómeno. Hasta que surgió un grupo improbable: una banda de músicos, conocidos simplemente como “La Cura”. El líder era Robert Echo, un hombre de aspecto frágil y voz grave, cuyos ojos parecían reflejar el movimiento lento de relojes invisibles. Poseía un don singular: cuando tocaba su guitarra, las vibraciones no solo viajaban por el aire, sino que penetraban en la trama misma del tiempo. Era capaz de alterar la dirección de un instante, de recomponer segundos fragmentados como quien restaura un cristal roto con pegamento epóxico. Robert había descubierto su don en la infancia, en un asteroide-colonia donde el tiempo se deformaba por anomalías gravitacionales. Allí, al rasgar una cuerda, vio cómo los relojes de los mineros se sincronizaban de golpe, cómo la maquinaria detenida volvía a girar. Desde entonces, comprendió que la música no solo era arte.

A su lado estaban sus compañeros, cada uno con talentos igualmente inusuales.

Charlotte «Caro» Harmony era la vocalista. Su canto tenía algo más que belleza: era intuición pura. Podía sentir las grietas de la Sombra Temporal como si fueran heridas abiertas en su propio cuerpo. Al entonar notas, lograba cerrar fisuras invisibles o revelar anomalías ocultas en la luz de un amanecer. Simón Pulse, virtuoso del sintetizador, era el guardián de las frecuencias. Su instrumento, conectado a sistemas cuánticos, podía generar tonos imposibles, capaces de resonar en dimensiones que los humanos apenas comprendían. Simón había dedicado su vida a estudiar los ritmos ocultos del universo, convencido de que todo, desde un átomo hasta una galaxia, seguía una pauta sonora. Por último estaba Boris Blur, la baterista alienígena. Su especie no percibía el tiempo como una línea, sino como un pulso infinito. Cada golpe de su batería era un diálogo con ese latido cósmico. Cuando tocaba, incluso las ondas gravitacionales parecían ajustarse a su compás.

Juntos, formaban un cuarteto improbable, más parecido a chamanes que a artistas. La Confederación Galáctica los veía con recelo, pero los desesperados habitantes de los mundos afectados acudían a ellos como a los únicos capaces de detener la disolución de la realidad. La Cura viajó primero a Heliara 4, un planeta donde habían aparecieron Los Desvanecidos: seres atrapados por la Sombra, humanos y alienígenas que vagaban entre dimensiones, transparentes y dolientes. Con cada estrofa, sus cuerpos recuperaban consistencia, sus recuerdos regresaban y volvían a ser. Mientras la banda recorría sistemas lejanos, encontraron en antiguos registros referencias a una Entidad Cósmica aprisionada en el tejido del espacio-tiempo. Era descrita como una conciencia tan vasta que los primeros viajeros temporales habían intentado contenerla, temiendo su poder. El encarcelamiento, sin embargo, había generado una reacción: la Entidad se revolvía en su prisión, distorsionando el tiempo mismo.

¿Podían cuatro músicos enfrentarse a una mente que existía fuera de la causalidad?

El viaje culminó en los bordes de la galaxia, en un sistema muerto, sin tiempo. Allí, la banda sintió por primera vez la presencia directa de la Entidad. No era una figura, ni una voz, sino una vibración omnipresente, un zumbido que se colaba en cada pensamiento, como un coro disonante. Robert conectó su guitarra y dejó que las cuerdas hablaran. Caro alzó su canto, pero esta vez no era melodía: era súplica. Simón generó frecuencias tan bajas que el espacio temblaba, y Boris marcó un compás que intentaba dar forma.

La Entidad respondió.

En la mente de todos aparecieron imágenes: estrellas naciendo y muriendo, mundos devorados por sí mismos, civilizaciones extinguiéndose en un suspiro. La Sombra no era maldad, sino dolor. Era la agonía de un ser atrapado, incapaz de moverse sin desgarrar el universo. Durante días permanecieron allí, componiendo una sinfonía que pudiera actuar como llave. La música debía ser al mismo tiempo consuelo y liberación, un tejido de sonidos capaz de abrir un cauce en la prisión de la Entidad sin destruir el cosmos.

La obra se llamó “La Melodía del Tiempo”.

Cuando comenzó el concierto final, no había público, pero por la naturaleza del lugar, millones de conciencias conectadas escuchaban, sabiendo que su destino dependía de aquellas notas. Robert rasgó las primeras cuerdas, cada una proyectando destellos que curvaban el espacio. Caro cantó con una gran dulzura; su voz atravesaba dimensiones. Simón generó un torbellino de frecuencias que vibraba en cada átomo, y Boris golpeó con la solemnidad de un dios marcando el compás del universo. La Entidad respondió con un grito que se expandió por todos los mundos: un eco de sufrimiento y liberación. Las estrellas temblaron, pero no colapsaron. El tiempo se estremeció, pero no se rompió.

Y entonces, con un último acorde, la prisión se abrió.

La Entidad no desapareció: se disolvió en el flujo del espacio-tiempo, convertida en un murmullo apenas perceptible, como una brisa que nunca cesa. La Sombra Temporal comenzó a desvanecerse. Los miembros de la Cura regresaron a su nave exhaustos, sabiendo que habían enfrentado algo más grande que cualquier imperio o guerra. No hubo medallas, ni monumentos, pero el universo entero respiró aliviado. Caro, Simón y Boris permanecieron unidos por un vínculo imposible de romper. Sus nombres tal vez se perderían en la historia, pero la melodía que habían compuesto resonaría en cada rincón.

Era la Melodía del Tiempo que seguía sonando.

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