
Un Sueño Breve al Alba
Me había quedado dormido casi una hora desde que desperté. Fue un sueño breve, al alba.
Volví a la época en la ciudad donde ví viajar mi niñez y al lugar de mi primera escuela. Pero esta vez había algo diferente. Todos mis compañeros eran los de mi pueblo, los que me acompañaron en la adolescencia; el uniforme era el mismo: saco de lana azul cerúleo y pantalón de tela del color de la noche. Seguimos la misma rutina de siempre: clases y recreo. Recuerdo que a última hora jugamos en ése patio inmenso de figuras pintadas en adoquín.Todos estaban a mi alrededor.
Saltaban dando vueltas, mí mirada los observaba en cámara lenta, junto a ellos danzaban las niñas.
Entonces sucedió algo que lo cambió todo. Me di cuenta de que volví a verla, después de tanto. ¿Cuántos años habían pasado desde que nos hicimos novios en este mundo que solo existe en mí cuando llega la noche y duermo? Estaba ahí.
Solo nos mirábamos de lejos, con cierta timidez, pero los dos sabíamos que nos queríamos ver.
Llegó la hora y todos tuvieron que entrar a recoger sus mochilas. Fue en ese momento cuando cruzamos una breve mirada. Entre atajos que se movían ella aparecía y desaparecía; mi búsqueda desesperada buscaba su rostro. Hasta qué todos desaparecieron. Unos metros nos separaban y, lo que deseaba se congeló en su tierno rostro. Caminé lento, avanzando poco a poco hacia ella.
Compartimos las primeras palabras para acordar vernos después, cuando ella también recogiera sus cosas. Sentí tan ligero el tiempo, que ya estaba ahí, esperándome en la entrada de mi curso.
Una imagen de fondo de todas las aulas se veía borrosa, una pared verde y apoyada en esta, su silueta nítida. Nunca la mire con una mochila rosa, pero, está vez colgaba de su hombro el peso de los cuadernos en ésa misteriosa maleta rosa.
Estaba tan hermosa como solo ella puede serlo, con su piel de cisne y pequeña como una codorniz.
—Necesito hablar contigo de algo —me dijo.
Me pidió que me acercara un poco más, como si de un secreto se tratara.
—Necesito que me digas algo.
Sentí como si fuera a interrogarme sobre algo que ella sabía de mí, pero yo no sabía qué. Fue entonces cuando la interrumpí. Me acerqué y le dije:
—Pregúntame. Siempre te diré la verdad.
No hubo palabras de regreso. Solo un silencio que terminó por respuesta en nuestros labios. Nos dimos un beso. Sentí su boca como una pluma, como si ese mundo de los sueños se hubiera hecho realidad por unos segundos en lo blando de sus labios. A pesar de que cerré mis párpados, aquella imagen volaba por mi inconsciente.
Un recuerdo vago, que solo el sueño puede interponer en una historia así, me hizo despertar de ésa ocasión onírica.
—Algo se me olvidó en mi salón— le dije.
Y le pedí que me esperara.
Después de eso, no volví a verla, ni ella me preguntó lo que quería…
En el instante en que regresé a mi salón, mis compañeros entraron con esa costumbre que tienen cuando salen en horario de clases y el profesor se acerca: entraron corriendo, haciendo ruido, empujando las sillas entre ellos.
Fue lo último que vi.
Desperté…
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