Durante mucho tiempo he vivido creyendo que el tiempo es una línea:
un pasado que pesa o abraza, un presente que se escapa y un futuro al que hay que llegar y conquistar.
Así nos enseñaron a vivir: avanzando, acumulando, asegurándonos, esperando.
La vida como una flecha que va de atrás hacia adelante.
Pero hay momentos —breves, casi invisibles— en los que esa idea se resquebraja.
Momentos en los que el tiempo pierde fuerza,
en los que una hora puede sentirse interminable
y un día puede desaparecer sin dejar rastro.
Ahí comienza la pregunta.
Tal vez el tiempo no sea la vida,
tal vez solo sea una forma de medirla.
He llegado a ver el tiempo como dos movimientos distintos, cruzándose sin oponerse.
Uno es horizontal.
Es el tiempo que conocemos bien:
la historia personal, los recuerdos, los planes, las causas y consecuencias.
Es el tiempo que sirve para organizarnos, para trabajar, para narrarnos quiénes somos.
Ese tiempo sucede, avanza, no se detiene.
Es necesario, práctico, funcional.
Pero hay otro movimiento, más difícil de nombrar.
Un tiempo vertical.
La vertical no avanza.
No va a ningún lado.
Está siempre aquí.
En la vertical no hay pasado ni futuro,
!!!solo todo lo que está ocurriendo al mismo tiempo!!!
Millones de eventos sucediendo en un solo instante:
un latido, una hoja cayendo en otro continente, un pensamiento naciendo, una estrella muriendo.
Desde ahí, el presente no es un punto pequeño entre dos ausencias.
Es un campo amplio, profundo, completo.
Cuando la percepción se desplaza hacia esa profundidad,
el tiempo horizontal no desaparece,
pero deja de gobernar.
Sigue funcionando, pero ya no empuja ni aprieta.
Por eso la experiencia del tiempo es tan relativa.
No depende del reloj,
depende de cómo estamos mirando.
Cuando hay resistencia, el tiempo se vuelve pesado.
Cuando hay prisa, el tiempo se estrecha.
Cuando hay sufrimiento, el tiempo se densifica.
Y cuando hay presencia, el tiempo se vuelve ligero o simplemente desaparece.
No es el tiempo el que cambia,
es la relación que tenemos con lo que está ocurriendo.
Esto revela algo importante:
acceder a la vertical no es salir del tiempo, sino cambiar el ángulo de percepción.
Es como observar el mismo objeto desde otro lado:
la realidad sigue siendo la misma,
pero deja de imponerse de la misma manera.
No se trata de eliminar la mente ni la vida cotidiana.
Se trata de no vivir únicamente atrapados en la horizontal,
olvidando la profundidad que la sostiene.
Algunos han dicho que el tiempo es circular.
No porque los hechos se repitan,
sino porque no hay un inicio ni un final reales.
La vida se despliega alrededor de un centro que no se mueve.
Ese centro no es un lugar ni una idea.
Es presencia.
El punto desde donde todo ocurre sin necesidad de explicación.
Curiosamente, la ciencia —desde otro lenguaje— ha empezado a decir algo parecido.
La física moderna mostró que el tiempo no es absoluto:
depende del movimiento, de la gravedad, del observador.
Pasado, presente y futuro no están separados como creemos,
sino que forman un solo continuo.
Algunas teorías actuales incluso sugieren que el tiempo no es fundamental,
que emerge cuando hay cambio y percepción.
Y la neurociencia confirma que nuestra experiencia del tiempo
es una construcción del cerebro,
que se modifica o se diluye cuando hay atención plena, creación o presencia.
Nada de esto elimina el reloj ni la vida diaria.
Solo coloca al tiempo en su lugar real:
una herramienta, no el centro.
Tal vez el sufrimiento no venga del tiempo en sí,
sino de vivir exclusivamente desde la horizontal,
olvidando la dimensión vertical que siempre está disponible.
Y tal vez vivir de otra manera
no sea controlar el tiempo,
ni escapar de él,
sino recordar —una y otra vez—
que mientras la vida avanza…
también está ocurriendo por completo, aquí mismo.
Cuando eso se ve, aunque sea por instantes,
la prisa se afloja,
la urgencia se suaviza,
y algo en nosotros descansa.
No porque hayamos entendido todo,
sino porque dejamos de correr detrás del tiempo
y aprendemos a habitarlo desde dentro.
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