Mauricio Alejandro Salazar Cárdenas pensaba tener una noche santiaguina normal. Nada especial, solo otra jornada en las calles que conocía de memoria, pues era un hombre que vivía en la calle, aunque por entonces ocupaba una habitación alquilada en el barrio de la avenida 10 de Julio, donde ganaba algunos pesos colaborando en los talleres mecánicos que proliferaban en la zona. Allí nunca faltaba la posibilidad de ofrecer trabajos ocasionales y mal pagados o vender algún espejo retrovisor robado al pasar por el aparcamiento de un supermercado, a propietarios que, conociendo el origen del repuesto, preferían no hacer preguntas. Quizá con algunas de esas monedas podría entrar en alguno de los bares de striptease de fachadas oscuras que estratégicamente se intercalaban entre las tiendas de recambios y los talleres de chapa y pintura, locales a los que Mauricio acudía junto a mecánicos y transeúntes sin empleo en busca de los cuerpos jóvenes que se insinuaban tras mamparas entreabiertas. Sin embargo, muchas veces, al hacer cuentas con el escaso dinero obtenido durante el día, se veía obligado a desistir, por mucho que la aventura lo atrajera. Por otro lado, las prostitutas trasvestidas que ocupaban cada esquina le provocaban rechazo y, por grande que fuera su necesidad, jamás se acercaría a una de ellas.
Pero aquella noche todo sería distinto. Al menos eso pensó después, ya de madrugada, cuando en una celda del cuartel de la Policía de Investigaciones, en General Mackenna, se preguntaba por qué había metido un cuchillo en su mochila, y en concreto ese, el mismo que utilizaba para cocinar o simplemente cortar pan. Fue un gesto instintivo de autoprotección. La noche podía ser peligrosa para alguien como él, pensaba, o quizá se trataba solo de estar preparado por si surgía la ocasión con algún borracho recién cobrado. Si no lo hubiera hecho, o mejor aún, si lo hubiese ocultado en la parte trasera de su chaqueta vaquera, los agentes no lo habrían detenido para comprobar sus antecedentes.
Solo unas horas antes, muy lejos de aquella celda, Héctor Ramírez Quiñones había cerrado su negocio, como él lo llamaba, instalado sobre un carro de supermercado desde el que ofrecía fruta variada y que, a la hora en que se llenaba la parada de Mac Iver, le proporcionaba sus mejores ingresos. Después de beber vino con algunos compañeros de oficio, se había tendido a dormir ocupando parte de la acera del pasaje Juan Antonio Ríos, justo al otro lado de la avenida Bernardo O’Higgins, como hacía cada tarde desde que llegó de Cali a los treinta y cinco años, en busca de algo que se pareciera a un futuro. Y allí mismo lo encontraron, atravesado por las puñaladas. Se dijo que días después su madre viajó desde Colombia para repatriar el cuerpo. No se supo si lo consiguió, porque nadie imaginaba que Héctor tuviera familiares dispuestos a ocuparse de él, y menos aún recursos para recuperar su cadáver a miles de kilómetros de distancia.
Mauricio Alejandro también era de Cali. Y allí, con cinco años menos que Héctor, ya había alcanzado todo lo que sería y tendría hasta aquella noche, una vida mala y violenta, una violencia que estallaba en el momento menos esperado y contra quien él considerara merecedor de ella, como bien lo sabían su madre, su hermana y su padrastro. Fue en un momento de lucidez cuando decidió marcharse a Perú o a Chile, pues cualquiera de los dos países le parecía un destino mejor que la cárcel de Villahermosa, donde habría terminado si su madre, pese a los golpes y las heridas, no lo hubiera perdonado una vez más. La había visto llorar más veces de las que podía contar, y aun así nada lo detuvo. En el fondo, sabía que debía alejar sus estallidos de violencia de lo poco que aún consideraba su familia.
Para Rosa Tapia Morales, aquello no era un negocio. Era alcohólica y padecía esquizofrenia. Hablaba sola, reía con personas que no estaban allí. Cuando estaba sobria, o al menos más consciente, ofrecía servicios sexuales a quien pasara, a cambio de un cigarrillo o cualquier cosa, siempre de noche, en algún rincón de la calle Sazié. Aquella noche, en cambio, recibió veintiocho puñaladas. No dormía en la misma acera que Héctor ni lo conocía. De haber sido así, seguramente le habría pedido una fruta. Prefería las inmediaciones de la estación de tren, donde la comida era más fácil de conseguir. A veces recibía pollo asado y patatas de los camareros de un restaurante cercano que la conocían desde hacía años. Otras veces, nada.
Mauricio Alejandro atravesó Perú sin mayores incidentes, cruzó a Chile con rapidez y casi por azar terminó estableciéndose en Antofagasta. Las tardes junto al paseo marítimo pidiendo dinero o vigilando coches fueron motivo suficiente para quedarse. También lo fue gastar sus ingresos improvisados en bares de striptease baratos y en cualquier droga disponible, pasta base, ketamina o tusi. Aún podría seguir allí, trabajando o robando, pero lo asustó la idea de acabar muerto en alguna de las peleas en las que, bajo los efectos de las drogas, se involucraba casi a diario. Uno de sus amigos había caído por una puñalada en la ingle. Lo pensó dos días. Aquello le pareció peor que morir, así que tomó un autobús hacia el sur.
Con una ironía amarga, Víctor Gallardo Rojas murió apuñalado a medio camino entre las calles Libertad y Esperanza, donde el sueño lo venció tras consumir grandes cantidades de alcohol de mala calidad. Aunque normalmente dormía en un refugio improvisado de plásticos y cartones apoyado contra la pared de una iglesia de nombre grandilocuente, la Iglesia Pentecostal Unida del Nombre de Jesús, a la que acudía a veces, sobre todo los sábados, cuando los fieles repartían bocadillos de jamón y queso y café caliente. Nadie sabía nada de su vida personal. No tenía hijos reconocidos ni familiares identificables, aunque figuraba en el censo electoral. Alguna vez, al parecer, había llevado una vida ordenada. Se decía que había trabajado en un almacén de repuestos. Su cuerpo fue identificado por un tatuaje antiguo en el antebrazo con el nombre Celia.
Así, el viaje desde Cali terminó en Santiago, donde Mauricio encontró algo parecido a una vida nueva y, de manera inesperada, la paternidad. Fue con una mujer ecuatoriana con la que dormía a veces, por deseo de ella o por algunas monedas de él, según la suerte. Ella vendía perritos calientes cerca de la Alameda y lo dejaba entrar cuando llovía. El hijo era suyo, lo decía ella y lo creía él, aunque nunca hubo pruebas. Tampoco las pidió.
Raúl Montero también decía ser padre, pero pocos le creían. Fuera verdad o solo una historia, el hecho es que nadie avisó a ningún familiar de su muerte. Se ganaba algunas monedas como vigilante improvisado en la entrada de un pasaje de viviendas llamado El Progreso, a la altura del 3489 de la Alameda. Allí las heridas fueron profundas, causadas por un cuchillo de cocina de gran tamaño, según señalaron los investigadores. Fueron varias, pero una alcanzó directamente el corazón y puso fin a todo. Era un hombre correcto, aunque cuando inhalaba pegamento asustaba a algunos vecinos y se volvía una molestia para el encargado de repartir tarjetas del cabaret Gala, situado a escasos metros de su puesto. Otros lo saludaban como a un viejo conocido. Le gustaba contar que había trabajado en la feria de Peñalolén y de los negocios que hacía con frutas y verduras recogidas tras el cierre. Murió con su desgastado y sucio chaleco reflectante puesto.
Sin embargo, Mauricio no tenía mal aspecto ni iba especialmente descuidado. Eso le permitió conseguir trabajos en la construcción, en la reparación de pantallas de teléfonos móviles o en el mercado de Lo Valledor, donde descargaba camiones por una cantidad mínima la hora. A veces se le veía en el hipódromo, apostando lo poco que ganaba. También seguía, como en Colombia, visitando alguna iglesia evangélica, aunque su fe duraba poco. Un domingo se bautizó. El miércoles ya estaba de nuevo en la calle.
La puñalada en el tórax fue mortal para Efraín Paredes Soto. No ocurrió en la calle Esperanza, sino en Exposición, donde tenía su tienda de campaña muy cerca de la estación de tren, la misma zona que recorría Rosa a diario. No se sabe si alguna vez se encontraron, ni si él solicitó sus servicios. De haber sido así, ella le habría hablado de sus dos hijos, a los que no veía desde hacía mucho tiempo. Se había criado desde los ocho años en un centro de protección de menores a cargo de la policía y, por ello, con seguridad, alguna vez vistió el uniforme de carabinero. Lo expulsaron por consumo de drogas, se decía. La suerte nunca lo acompañó. Su hermana y uno de sus tres hijos lo buscaron durante un mes, sin saber que ya se encontraba en el Instituto Médico Legal.
Esa noche, Mauricio dijo no estar especialmente enfadado. Estaba agotado de vagar durante horas por las mismas calles, viendo las mismas caras y escuchando las mismas conversaciones. No pensaba en su hijo. Para verlo debía llevar algo, y no tenía dinero. Lo que sí le irritaba eran aquellos hombres que, según él, vivían gratis en la calle. Él nunca caería en eso. Aunque debía meses de alquiler, aún conservaba su habitación en la Villa Portales, donde sería detenido a finales de 2020. Tenía un colchón inflable, un televisor que apenas funcionaba y unas figuras religiosas que en algún momento había tomado de una iglesia.
Tomás Manfredi era argentino y había llegado desde Mendoza para dormir en un refugio improvisado en el bandejón central que a modo de un extenso parque separa las pistas de la Alameda, lugar desde el cual tenía una vista privilegiada del Palacio Elguín y del cruce de calles con avenida Brasil. Se sentía cómodo allí, aunque al atardecer prefería caminar hasta la Plaza Brasil, donde pedía monedas a los transeúntes y a las parejas que alargaban la tarde acariciándose en las bancas. El Che, como lo llamaban, afirmaba tener cuatro nacionalidades, ya que su padre era italiano y su madre española, y ahora él, además de argentino, decía ser brasileño, a modo de broma. Fue apuñalado en el tórax y la espalda, minutos después de Efraín. Nadie sabía si era cierto lo de las nacionalidades, salvo una de ellas. Tampoco importaba. Dormía con una bandera argentina enrollada a modo de manta, la misma que llevaba consigo durante el día.
Quizá la ira que le provocaba el apodo de “el asesino de la calle Meiggs”, que le había impuesto la prensa, era la misma que lo llevó a apuñalar a toda aquella gente. La idea le daba vueltas en la cabeza, más aún después de escuchar al perito policial que lo describió como psicopático, impulsivo y manipulador, incapaz de contenerse cuando se enfadaba. Le molestó especialmente cuando afirmó, mirándolo, que decía no recordar, pero que eso era habitual en sujetos como él. Lo dijo como si fuera evidente, como si se tratara de una ecuación simple. Mauricio no lo creía. Estaba confundido, sí. Rabioso, como cualquiera abandonado a los nueve años, aunque alguna vez fue un buen niño y, según sus profesores del Colegio Carlos Holmes Trujillo, un líder de su clase. Conservaba diplomas de participación guardados en una caja. Le gustaba leer. Su madre decía que era brillante, hasta que dejó de serlo. No podía ser tan malvado.
Por eso, o quizá solo por azar, Nelson Bustos fue el único que sobrevivió, ya que con él Mauricio se limitó a golpearlo. Resistió algunos cortes ese mismo mes de noviembre y luego desapareció. No denunció a nadie. No se le volvió a ver por aquellas aceras. Algunos decían que se había marchado al sur, otros que permanecía oculto por miedo. En cualquier caso, nadie lo buscó demasiado.
Tal vez el investigador tenía razón. Mauricio era así, al menos cuando se enfadaba. Pero aquella noche no lo estaba. Tampoco lo estuvo en el Cuarto Tribunal Oral en lo Penal, cuando lo condenaron por seis homicidios calificados, cometidos de madrugada y con alevosía, y un intento de homicidio. Tenía treinta y tres años y saldría de prisión, como mínimo, a los setenta y tres. Víctimas en situación de calle, ataques brutales, dijo el juez. El fiscal habló de planificación. Mauricio no lo recordaba. Insistía en que nunca había planeado nada. Las cosas, según él, simplemente ocurrían en el momento. Como aquel viaje que había comenzado tan lejos y hacía tanto tiempo, sin pensar demasiado en dónde terminaría.
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