ALTER EGO
Los días de éxito y fama pasan y solo queda una imagen quebrantada en el espejo. Se le ocurrían frases como esa que después formaban parte de alguna canción. Muchas personas habían oído sus canciones y algunas de las cuales le transmitían cuánto se identificaban con las letras, con su mensaje, cuánto les conmovía su música. No quiso prestar atención a que esos mensajes de apoyo y de admiración iban disminuyendo con el tiempo y su música y sus letras ya no llegaban a tanta gente, ni tanta gente entendía el mensaje que él les trasladaba y les reiteraba. Moritz se estaba convirtiendo en un cantautor sin público y debía comenzar el difícil trabajo de entender esa verdad y aceptarla. Viajaba mucho menos. Sus giras no le llevaban a otros continentes. Volvía a cantar en locales pequeños como en sus comienzos. El público que acudía tenía su misma edad.
Era lo primero en que pensaba al despertarse y lo último que se le venía a la cabeza al intentar conciliar el sueño por las noches. ¿Qué quedaba de él si ya no cantaba sus canciones? Podía componer para otros cantantes, pero siempre se había mantenido libre y fiel a sus convicciones, y esa apuesta arriesgada le había salido bien. En estos tiempos, ¿alguien haría caso a sus mensajes? En algún momento alguien le acusó de repetirse. Lo mandó a hacer puñetas. En todo eso pensaba también esa mañana, ya despierto, al lado de la cristalera, mientras contemplaba el suave azul del cielo. A su espalda estaba el loft que había comprado con los beneficios de su larga carrera que se había extendido a lo largo de casi tres décadas. Arrastró los pies enfundados en unos calcetines grises hasta la cocina abierta al salón. Abrió la puerta de la despensa para coger el pan del desayuno. No había pan. El día anterior no había salido a comprar. Estuvo trabajando en sus textos durante el día y había tirado y borrado más que otras veces, frustrado, sin conseguir ni una frase que le gustara, ni una sola frase que fuera el germen de algo, de una idea, que le arrastrara a otras frases con las que construir un poema. Apretó las manos contra la cara y se restregó los ojos. Debía bajar a comprar. Se acercó al armario del dormitorio y cogió unos pantalones, una camiseta y una cazadora. Se miró en el espejo de cuerpo entero del recibidor. La mirada corriente y habitual al salir de casa, cuando se adentraba en el mundo exterior, en el de los demás. Ese día observó su rostro con más detenimiento. Nunca se consideró guapo y por eso daba gracias, por librarse de la tiranía del aspecto. No era vanidoso y, si atraía a algunas mujeres, era porque aprendió a esforzarse por ser ingenioso y divertido, aunque luego no hiciera falta, porque la fama bastaba. Y si tenía ropa aceptable, sobre todo, para los conciertos y para las apariciones públicas, era porque Marga, su representante, se empeñaba en comprársela. Y ahí estaba él, Moritz, con su ojeras, su pelo lacio recogido en una cola baja, sus patillas largas y rojizas, y su mentón puntiagudo. Cerró los ojos y se recordó que él, la persona, era más que su carrera: era un hombre inteligente, compasivo, que no aguantaba la prepotencia ni el abuso. Había cantado mucho sobre eso. De pronto se encontró de perfil ante el espejo, y se alejó del cristal como si algo lo empujara y, al mismo tiempo por el rabillo del ojo, vio otra forma a su lado que parecía repetir el movimiento que acababa de hacer, no por propia voluntad sino impelido por algo ajeno a él.
Volvió a girarse hacia el espejo, pero ya no podía ver el cristal porque ante él estaba una figura en pie. Retrocedió un paso, asustado, y la figura se adelantó un paso. Parecía tan asustado como él, porque vio el miedo en sus ojos oscuros. Y entonces se dio cuenta que el tipo de enfrente se parecía a él. Joder, qué susto, he soñado que me he levantado y que voy a comprar al supermercado de la esquina y que mi reflejo ha salido del espejo. Solo tengo que despertarme. Y se quedó mirando a su duplicado que hacía lo mismo, mirar a Moritz con interés y a la espera de que hiciera algo. Pero no pasaba nada, y empezaba a impacientarse, porque no parecía un sueño normal, en el sentido en que son normales los sueños. Todo era nítido. Miró hacia el interior del loft y al gran ventanal acristalado que mostraba azoteas y cielo, todo con los detalles acostumbrados, los mismos detalles de cuando estaba despierto y observaba, porque le gustaba contemplar esa panorámica, y lo hacía a menudo. Se empezó a poner nervioso. No parecía un sueño. Juntó las manos y entrelazó los dedos y el de enfrente lo imitó. Se miraron a los ojos en silencio. Los ojos le devolvían una mirada ansiosa. Se volvió de espaldas para no mirar al duplicado de sí mismo. No sabía si el otro había hecho lo mismo y se aguantó las ganas de volver la cabeza y comprobarlo. De cara a la pared recapacitó. Era absurdo lo que estaba sucediendo y solo podía ser un sueño. ¿Qué podría hacer para despertarse?
Sin volverse anduvo hasta el fregadero, abrió el grifo y metió la cabeza debajo. Sentía el frescor del agua y cómo se le mojaba el pelo y la frente. Levantó la cabeza y las gotas le resbalaron por el cuello y mojaron la camiseta. Esa sensación no era de sueño. Los ojos los mantenía firmemente cerrados. Ábrelos, ordenó. Intentó dominar la respiración. Más despacio, más profundo. Cuando abriera los ojos solo vería el sofá orientado a la cristalera y la terraza y el cielo sin nubes de la ciudad. No se cumplió su deseo. Enfrente de él entre la isla de la cocina y el sofá con el pelo y la cara húmedas estaba su duplicado mirándole alucinado. No lo podía creer. Le fallaron las piernas y se apoyó en la encimera y luego sin soltarse, agarrándose a la piedra y, luego a la pared, fue hasta el sillón a sentarse. El otro siempre delante repitiendo lo que él hacía. Vete, vuelve a tu espejo. Escuchó su propia voz, pero solo su voz, aunque el otro gesticulaba y movía los labios a la vez que él y repetía su propia frase. Se agarró la cabeza entre las manos y tuvo ganas de sollozar, pero se las aguantó. ¿Y si llamaba alguien? A Marga. Ella le ayudaría como siempre. No. No podía contar aquello, a nadie, era demasiado increíble, le tomarían por loco, demasiado irreal. ¿A un loquero? Cincuenta años sin acudir a uno y ahora tendría que ir a consulta para contarle aquella estupidez. Estaba claro. La ansiedad de los últimos tiempos al tener que asumir que su carrera estaba acabada: pronto se le terminarían los ahorros; el dilema de elegir venderse y escribir lo que le gustaba a otros y no a él mismo; todo, sumado, le pasaba factura. Le afectaba más de lo que creía. Las pocas horas de sueño, el estrés, la falta de trabajo, la falta de ideas y la incapacidad de escribir nada que mereciera la pena y que pasara su listón de perfección, le habían vuelto loco. ¿Qué clase de locura sería esta? ¿Esquizofrenia?
El tipo de enfrente parecía pensar lo mismo que él y no dejaba de mirarle. Apartó la vista. No tenía sentido mirarle todo el tiempo. Ya sabía que estaba ahí. Lo que no sabía es por cuánto tiempo. Por no saber ya no sabía si él, Moritz, estaba en el anverso o en el reverso del espejo. Siempre pensó que el reverso reflejaba el mundo que existía en el anverso. Solo era un reflejo, una apariencia sin existencia, ni consistencia. Y ahora ¿qué tenía que creer?, con un duplicado de él mismo conviviendo en el mismo espacio que consideraba real con el ser original y verdadero. Y no le daba la gana de dudar de la realidad de sí mismo. Cojones. El tipo de enfrente era su duplicado y Moritz mismo era el original. Y no había más que hablar. Aunque estuviera loco, no iba a pasar por ahí. Era demencial no saber en qué lado del espejo se está. Compartir espacio con uno mismo, o con la imagen duplicada de uno mismo, frente a frente. No era natural cambiar de lado y que el duplicado ocupara el espacio que hasta entonces había sido siempre el territorio único de Moritz. No era normal compartir tu loft con alguien que es como uno, pero no es uno mismo, porque Moritz seguía teniendo conciencia de su propio yo. ¿Debía creer que detrás del espejo, en el reverso, existía un espacio distinto, el espacio propio del otro tipo, no imaginario, también real para la imagen que habitaba en él?, ¿podía afirmar que era uno mismo? Aunque Moritz no tenía conciencia de existir fuera de sí mismo, ni de tener otro yo como aquel ser descarado que invadía su casa y se le quedaba mirando fijamente. No sabía si el duplicado tenía alguna intención artera y quería ser Moritz, quitarle lo que él tenía y reemplazarlo. Y una vez los dos juntos, sentados frente a frente, ¿quién hace el primer movimiento?, ¿soy yo, Moritz, quien me muevo primero o es el de enfrente y yo le imito? ¿Quién sigue a quién? Porque, cuando me he apartado del espejo de la entrada y ha salido el otro, parecía que yo obedeciera a una fuerza situada fuera de mí mismo. ¿Qué sentiría si estirara el brazo o la pierna? ¿Qué yo soy quien la estiro o es el otro? Estaba claro que quien realizara el primer movimiento sería el verdadero yo, el que dominaba la voluntad de sí mismo y del otro. Ese que decidía no sería la imagen proyectada que se movía simultáneamente, sino el yo real que tenía voluntad y decisión y libertad. No se atrevía a hacer ningún gesto para no ver al otro copiándole enfrente. Temía comprobar que podría ser al revés y Moritz que tenía conciencia de sí imitaba al tipo duplicado que había salido del espejo. Imaginaba con precisión en su cabeza el ademan que iba a hacer a continuación para ser consciente de que era él mismo el que tomaba la iniciativa.
Bueno. Eso tenía que acabar. Metería al tipo de vuelta en el espejo. Se levantó y fue muy incómodo andar con el tipo de enfrente que andaba de espaldas. Se colocó delante del espejo y otra vez el duplicado frente a el, pero no dentro del espejo. Se acercó por completo a la superficie del cristal hasta el punto que tocó con la nariz y la frente la fría superficie y no veía absolutamente nada, tan cerca la tenía de los ojos. Cuando se separó, el tipo seguía fuera. Pensó rápidamente. Estaba de lado cuando el otro salió. Se colocó de lado y empujó con el hombro el espejo atornillado a la pared. No consiguió nada. Recapacitó. El tipo, una vez que había salido del otro espacio, quizá ya no quisiera volver, porque al fin y al cabo el espacio dentro del espejo era muy limitado. Y este nuevo mundo era mucho más amplio. Si por lo menos conseguiría separarse de él. No tenerlo siempre frente a él como una sombra, como su yo proyectado. Intentaría encerrarlo en la habitación. Miró a su alrededor. Toda la estancia estaba abierta. Solo había una puerta al dormitorio y dentro del dormitorio había otra puerta que llevaba al baño. Si lo encerraba en el dormitorio no podría acceder a los armarios ni al baño. Tampoco podría dormir en su cama. Daba igual. Intentaría dejarlo detrás de la puerta. Casi corrió hasta el vano de la puerta; se colocó desde el salón, mirando hacia el interior del dormitorio, justo en el umbral. El otro estaba dentro y lo miraba con ojos agrandados y delirantes. Cerró la puerta de manera que quedara justo delante de sus narices, tanto que casi rozaba. Volvía a no ver nada con la puerta tan cerca de los ojos. Se volvió despacio hacia el salón y allí estaba su duplicado, con la misma ropa que llevaba él, los goterones de agua en la camiseta, el mismo cabello humedecido, incluso con la misma vieja cicatriz de la ceja. No servía. Se volvió a sentar en el sillón y cerró los ojos.
No supo cuanto tiempo estuvo así. Cuando volvió a abrir los ojos, el sol había recorrido un trecho amplio. Debía ser casi mediodía. Tenía calor y se quitó la cazadora, sin fijarse en lo que hacía el tipo de enfrente y la dejó sobre el sofá. Tenía hambre. Apenas había cenado anoche y esa mañana no había desayunado. Necesitaba tomar algo. Con el tipo siempre pendiente de Moritz, mientras repetía sus gestos, se hizo un café y cogió un paquete de galletas. Esperó a que el café se enfriara unos minutos. No hacía caso al duplicado y giraba la cabeza hacia el ventanal para contemplar el frío cielo y no la cara del otro. Cogió una galleta y se la llevó a la boca para darle un bocado. El otro copiaba sus gestos, pero en la mano no tenía nada y era ridículo verlo con la boca abierta. Dejó la galleta sin morderla y se hundió de nuevo en el sillón.
En su mente Moritz imaginaba situaciones que podían ocurrir: si iba al baño…, si salía a la calle y caminaba con el tipo que caminaba siempre de espaldas frente a él… ¿Los confundirían con dos gemelos que querían llamar la atención? ¿Qué pasaría si aparecía con su reflejo en un concierto? ¿Y si solo él lo veía y los demás no veían nada? Sería incómodo, pero sería una solución, si los otros no vieran al duplicado de sí mismo. No tendría que dar explicaciones. Mejor quedarse en casa. Y no hacer experimentos angustiosos. Aunque quedarse en casa significaba permanecer encerrado sin hacer nada en compañía de un invitado indeseado e inesperado. Además era extremadamente consciente de cada movimiento que emprendía porque el otro lo resaltaba al repetirlo. El malestar le invadía y crecía dentro de él. No encontraba solución por más vueltas que le daba a esa situación absurda y pensó en tirarse por la terraza y acabar con los dos. El original y el duplicado. ¿Cómo podía deshacerse de aquel tipo? No era él mismo, aunque tuviera su aspecto. Era una compañía impuesta que Moritz no había conjurado. Había perdido la cordura y el tipo de enfrente la había encontrado. Debía divertirse viéndole cómo perdía la razón y se enfrascaba en sus pensamientos locos. ¿Qué pensaría el duplicado? ¿Se estaba burlando de Moritz? ¿Qué pretendía? Si los pensamientos también se reflejan, como los ojos, como la cara, como el cuerpo, ¿estarían al revés, lo mismo que enfrente de su mano derecha estaba la mano izquierda del otro tipo?, ¿los hemisferios de su cerebro estarían del revés, cambiados de lado? Y eso ¿qué consecuencias tendría? ¿Cómo influye en lo que pensamos los dos o en lo que queremos ambos? ¿O en lo que piensa o en lo que quiere el otro? Si tenemos cuerpos distintos, aunque con el mismo aspecto, ¿podríamos existir con dos conciencias distintas? Dos conciencias divididas como dos cuerpos que ocupan distinto espacio.
Si no quería volver dentro del espejo, ¿qué intenciones tendría el duplicado? ¿Querría independizarse de Moritz y emprender una vida propia, una vida paralela a la suya? ¿Cómo iba a seguir con su vida Moritz sabiendo que por ahí había un tipo con su aspecto que no era él y qué podría buscar a la gente que él conocía, a sus personas queridas, a su madre…? ¿Qué pensaría su madre si se le apareciera ese tipo y dijera que era su hijo? ¿Ella lo encontraría raro, sabría distinguir quién era su hijo, sabría distinguir entre el original y el duplicado? Al contrario, y ¿si la única forma de dejar de ver enfrente su reflejo, era que Moritz se introdujera en el espejo y emprendiera otra vida en aquel allá?, que traspasara el espejo para ocupar el lugar que había dejado el otro, en otro mundo desconocido, que tendría otras reglas que él desconocía.
Suspiró y se pasó una mano por la cara. Tenía que dejar de pensar. Es un ser que siempre me está mirando, se decía. Y es muy extraño mirar a alguien igual que yo y no reconocerse. Ojalá pudiera dormir. Y cuando despertase, el tipo aquel hubiera desaparecido.
Por el momento, Moritz no tenía que ver a nadie. No estaba obligado a salir, ni a dar explicaciones de lo que le sucedía. Solo dejaría pasar el tiempo. Se dirigió a la habitación. En el cajón superior de la cómoda tenía algunos medicamentos, también pastillas para dormir. Se tragó dos. Se desnudó, sin mirar a aquel tipo, y se metió en la cama y enseguida cerró los ojos.
Cuando volvió a ser consciente, cuando despertó, era de noche. No sabía cuánto tiempo había pasado. Necesitaba ir al baño. ¿Estaría todavía su duplicado enfrente de él? La habitación estaba a oscuras. Con los ojos abiertos no podía ver nada. Quería levantarse y encender la luz. Los ojos acabaron acostumbrándose a esa oscuridad que no era completa porque llegaba la luz de las altas farolas de la calle que se colaban por las ventanas sin cortinas y con la persiana recogida en lo alto. Delante de él empezó a percibir la presencia del otro. Respiró más fuerte y el corazón se le encogió. No tenía sentido demorar más el momento de levantarse. Fue al baño intentando no fijarse demasiado en el tipo y volviendo la cabeza para no mirar al frente, a su reflejo animado e independiente. Evitó asimismo mirarse en el espejo del baño, al lavarse las manos, en el otro espejo que había en el apartamento. Miró la hora en el móvil. Eran las seis de la madrugada. A oscuras fue al salón. Se comió las galletas que dejara horas antes en la encimera. Se preparó una sopa instantánea en el microondas para meter en el estómago algo caliente. Se tragó otras dos pastillas y volvió a meterse en la cama.
Tanta pastilla no le hacía bien. Volvió a despertar con un malestar físico pronunciado. Con dolor de cabeza y con una pesadez como si la cabeza y el cuerpo pertenecieran a seres distintos y como si el cuerpo se hubiera vuelto de plomo. Tenía dolores y espasmos ilocalizables en alguna parte del pecho. El cerebro debía haberse convertido en algo moldeable, pues se le movía dentro del cráneo. Seguía siendo de noche. Miró el reloj del móvil. Eran las ocho de la tarde. Se vistió con una camiseta y un pantalón de chándal. Como pudo, apoyándose en paredes y muebles, fue hasta el sillón. Enfrente el tipo reflejado debía estar pasándoselo de lo lindo. Observaba el comportamiento de un humano que había perdido la razón y que se sentía desesperado y confundido. Puso la televisión y empezó a ver series para que pasara el tiempo.
El sol volvía a salir y se podía ver con claridad el interior del salón. El tipo de enfrente tenía un aspecto lamentable. Moritz recordó que el mismo aspecto infame y desaliñado debía tener él mismo. Pero se alegró de que el otro también pareciera sufrir y tuviese aspecto enfermizo. Era imposible desprenderse del otro. Algo inquietó a Moritz y no sabía qué era. Contempló al tipo de enfrente por si empezaba a hacer movimientos por su cuenta, lo que le resultaría aterrador. Pero no era eso. No cayó en la cuenta enseguida, solo un poco después, y excitado volvió a comprobar si era cierto lo que creía. El otro no solo parecía tan cansado y agotado como él con su barba crecida, además transparentaba un poco, un poco por lo que le parecía ver, el mobiliario y la pared que estaba detrás de él, que debería ocultar con su opacidad. No parecía ya tan sólido como un cuerpo real, de verdad, de carne y hueso. Parecía más plano y desvaído. No quiso hacerse ilusiones. Había pasado una noche entera con la vista fija en la televisión. Seguramente tenía los ojos cansados. Por no hablar de los efectos secundarios de las pastillas. Maldita esperanza, ¿si pensaba que iba a desaparecer, que iba a librarse de él, y después no se cumplía?, volvería la angustia renovada, con más brío. Si se equivocaba, si era transitorio, si era una ilusión óptica, un defecto de la vista, la desilusión y la frustración serían demoledoras.
Se tomó otras dos pastillas para dormir. Cuando despertó estuvo pendiente del tipo. Y pudo comprobar que el proceso que había empezado por la mañana se iba haciendo más evidente. El otro iba desvaneciéndose gradualmente. Se diluía en el espacio, adelgazaba como una hoja de papel. Hasta que comprobó Moritz, esta vez con certeza, que sí, que en algunas zonas se transparentaba y que se estaba volviendo invisible.
Sin embargo, eso no lo tranquilizó. Empezó a pensar que el tipo podría volverse invisible, no tener un cuerpo en el que habitar, pero su duplicado, incorpóreo, estaría presente jugándole malas pasadas. No podía bajar la guardia. Cuando por fin desapareció del todo, al día siguiente, aún tardó un par de horas en atreverse a volver al recibidor y asomarse al espejo de cuerpo entero. Enfrente no había nada. Reflejaba la pared y el cuadro y nada más.
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