Caminando por las calles, todo es distante. No siento nada, no escucho ni siquiera mis pasos. ¿Acaso mi sombra ha desaparecido? Estaré muerto, o simplemente no existo.

¿A dónde me han llevado? A las puertas de un gran teatro. Solo se escucha el sonar de algunos pájaros y animales salvajes. Aún quedan piezas de lo que un día fue lleno de risas, gritos, sonrisas, tristezas: es el arte de actuar.

Todo se encuentra oscuro. El techo roto por la luna deja ver su luz interna. Veo danzas, artistas conectando con el universo, creando melodías grandiosas.

En el escenario, un viejo piano se encontraba en silencio. Su mástil ya estaba dañado por el tiempo, polvo entrelazado de tristeza desmantelada. Al final de sus notas se encontraba una máscara en forma de ángel antiguo caído, con toques de arte demoníaca. Su mirada me observaba sin importar hacia dónde la volteo: profundos y llenos de los rostros de sus portadores, que ya no se encuentran en este mundo.

Al tocarla, partes suaves como porcelana. En otras, el relieve perfecto, minuciosamente hecho, simétrico, universal. En el ojo izquierdo, grabado con caligrafía antigua y perfecta: «Tempus intra me vivit». En el derecho, como respuesta: «et moritur». Debajo, apenas visible: 1930.

Al leer la inscripción, sentí como si alguien me observara desde uno de los asientos. Quizás algún actor que no sobrevivió al gran incendio que se llevó los sueños del teatro.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS