El Tribunal del Tiempo abre sesión.
La sala permanece en penumbra.
Una luz tenue cae sobre la mujer que entra despacio, como quien sigue pidiendo permiso incluso en un juicio donde ella es la protagonista.
Su caminar no es cansado: es pospuesto.
Como si cada paso esperara la aprobación de alguien más.
El Juez Tiempo la mira en silencio.
Conoce ese tipo de agotamiento: el que no hace ruido pero rompe huesos.
I. Recepción de Testigos
El primer testigo no es una persona, sino una taza de café frío.
Una taza usada, marcada de huellas, que declara con un hilo de voz:
—Ella me preparó a las 6:00… pero nunca me tomó. Siempre había alguien primero: sus hijos, su madre, su jefe, su pareja. Yo era el recordatorio de que ella no se elegía.
El segundo testigo es una agenda médica sin citas para ella.
Habla con tono áspero:
—Anotó consultas para todos. Pediatría. Odontología. Control de su madre. Incluso llevó a su perro a revisión. Pero cuando le tocaba reservar para sí misma… escribía “después”. Ese “después” duró años.
El tercero en declarar es el espejo del baño, un espejo fatigado de verla pasar sin detenerse.
—La vi llorar sin hacer ruido, maquillarse sin ganas, sonreír por obligación. La vi pedir perdón por tener sueño. La vi esconderse en la ducha para respirar un minuto sin que la llamaran.
Finalmente entra el cuarto testigo:
una cama donde siempre se acostó de última.
—Yo sé la verdad —dice la cama, con voz firme—. Ella no dormía: se rendía. Había dado todo, menos a sí misma.
La mujer escucha en silencio.
No se defiende.
Nunca aprendió cómo.
II. Examen de los Hechos
El Tiempo despliega la cinta de su vida.
No hay grandes tragedias.
Hay micro-sacrificios diarios:
• la comida que preparó para todos, mientras ella comía de pie
• la ropa que lavó a medianoche
• el ascenso que rechazó “porque en casa me necesitan”
• los sueños que dobló y guardó bajo el colchón
• el cansancio que nunca confesó
La mujer intenta hablar:
—No quería fallarles.
El Tiempo la interrumpe con suavidad:
—No fallaste a nadie… excepto a ti.
La cinta muestra un detalle que duele:
Cada vez que decía “estoy cansada”, alguien respondía: “vos podés”.
Y ella podía.
Podía siempre.
Podía tanto, que todos olvidaron que era humana.
El Juez Tiempo la observa:
—¿Quién te enseñó que ocuparte de ti era egoísmo?
Ella baja la mirada.
No lo sabe.
Tal vez todas, tal vez nadie.
III. Sentencia
La sala queda en un silencio que descansa.
El Tiempo dicta:
—No te culpo por amar demasiado.
Te culpo por creer que no merecías el mismo amor.
La mujer llora sin vergüenza por primera vez.
El Tiempo continúa:
—Tu condena será esta: deberás ponerte de primera en tu propia fila.
No siempre.
No todos los días.
Pero al menos una vez.
Una sola vez que valga por todas las que te dejaste de última.
La sentencia final llega en un susurro que la envuelve como una manta tibia:
—El mundo no se va a caer si descansás. Pero vos sí.
Y ya es hora de que te sostengas a vos misma.
El caso queda cerrado.
El reloj marca 03:17.
La hora en que el amor propio, por fin, abre los ojos.
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