¿Qué diferencia a un inmigrante de un ‘expat’?
El inmigrante tiene que ser despersonalizado. No hablo aquí de los expatriados o expats, como les gusta referirse a ellos mismos. Ellos jamás se denominarían inmigrantes. Un inmigrante siempre es un expatriado, un expat nunca es un inmigrante. Es un estudiante o un trabajador cualificado cool que suele llegar de otros países occidentales. Muchas veces, la excusa del expat, claro, es ‘cambiar de aires’, ‘conocer culturas nuevas’, aunque la mayoría de las veces el motivo real es escapar, lo mismo que el inmigrante, pero con la diferencia de que lo hace de un país ‘prestigioso’ que lo ahoga en un vórtice de rendimiento infernal (véanse expats americanos, sobre todo).
Pero aquí yo hablo de otro tipo de inmigrantes. El inmigrante esclavo, por ejemplo, el que recoge fresas o hace suelos sin papeles por un salario miserable, directamente se invisibiliza. Se dice que ‘solo se relacionan entre ellos, no se integran’, y como mucho, se les dedica una noticia breve o un comentario de lástima en redes sociales. El inmigrante que ha crecido y se ha formado en el país, el ‘legal e integrado’, si es que algo así tiene sentido, pasa de ser una persona a un personaje. Así, su marginación se vuelve más llevadera y ‘sin culpa’.
Se recurre a la burla amable, a no tomarle en serio, a prescindir de él, o se sobrevalora su figura, idealizándolo de manera absurda, diciendo cosas como ‘habla mejor que tú, debería darte vergüenza, y es extranjero’, lo cual no es más que otra forma de discriminación. No hay un término medio en el trato hacia el inmigrante: siempre tiene que acabar en una posición desencajada, ya sea por exceso o por defecto.
Es un excéntrico, no porque realmente lo sea, sino porque se le obliga a serlo: una etiqueta que le asignan para que nunca deje de ser consciente de su otredad, para que acabe aceptando y encajando en el rol del otro. No se le llama por su nombre, sino por el de su país de origen, o con un mote desdeñoso que haga ver la diferencia (ruso, chino, panchito, moro, y un largo etcétera), incluso aunque haya nacido aquí, incluso aunque no sea inmigrante en absoluto.
Pero sus padres sí lo fueron, y lo fueron por necesidad, ya sea por cuestiones políticas: persecución, guerra, represión, o por falta de oportunidades. Y la necesidad no se olvida. Deja una marca que es un recordatorio, de que por muy formado, por muy integrado que esté, no es de aquí. No del todo.
Y mientras que con el expat se sale, se comparte y se hermana, al inmigrante, al hijo del inmigrante, se le empuja de manera amable, se le ‘invita’ a salir para que se quede observando, para que nunca olvide de que si está aquí, es como mucho por lástima; como poco, porque hay que seguir jugando la baza de país occidental progresista y acogedor.
Me pregunto hasta qué punto es un tema de racialización y no de clase. El americano o el francés, aunque vengan aquí sin un chavo, siguen teniendo la ventaja del pasaporte fuerte; siguen escapando de la etiqueta de inmigrante. Aún son expats, o al menos ‘aventureros’. El rumano, el búlgaro, el ucraniano, son inmigrantes, aunque vengan con una sólida formación académica y trabajen en su especialización.
La peor parte viene cuando el inmigrante naturaliza ese papel, y hasta lo defiende, reforzando la justificación de los locales, e incluso culpando a otros inmigrantes de la situación del país, y de la suya propia.
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