He sospechado desde siempre que el tiempo no es la línea dócil que los relojes nos enseñan, sino un edificio con habitaciones aún selladas. Los físicos lo llaman “flecha”, como si se tratara de un proyectil destinado a clavarse en el futuro. Pero ¿y si esa flecha fuese apenas una ilusión de perspectiva, una proyección de algo más vasto, como la sombra de un cubo proyectada en una hoja plana?

En cierta biblioteca olvidada —que quizá no existió más que en mi fiebre— encontré la cita de un filósofo persa del siglo IX, Al-Yaziri, quien escribió: “El tiempo es un dado de tres caras, lanzado por una mano invisible; lo que vemos es solo una de sus aristas”. Desde entonces no he podido dejar de imaginar un tiempo tridimensional.

En su primera dimensión vivimos todos: el transcurso, la sucesión, ese ayer que nos persigue y ese mañana que nos huye. La segunda es la del retorno: allí se doblan las esquinas de lo vivido y cada instante puede repetirse, no como copia sino como variación. En esa dimensión, uno podría volver al mismo abrazo, pero sentirlo distinto; retornar al mismo error, pero cometerlo de otra manera. La tercera, más enigmática, no se mide en minutos ni en siglos, sino en posibilidades: contiene los caminos que no seguimos, las bifurcaciones del destino, los mundos que se disolvieron por el simple gesto de una duda.

Si todo esto es cierto, entonces cada ser humano no sería una biografía lineal, sino un volumen temporal: un poliedro de experiencias, repeticiones y futuros alternos. Y nuestra memoria, esa pobre linterna que apenas ilumina un pasillo, nos impide advertir que caminamos en un palacio.

Me atrevo a pensar que el déjà vu no es otra cosa que el roce entre estas dimensiones: la conciencia tropezando por un instante con su reflejo en otro corredor temporal. Y que la nostalgia, con su dulzura inexplicable, proviene de recordar no lo que fue, sino lo que pudo ser.

Así, el tiempo cúbico se nos escapa porque insistimos en mirarlo como un hilo. Somos como hormigas que recorren una cara de un dado, ignorando que hay otras cinco superficies rozando la suya.

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