Capítulo 1: La Sombra del Silencio

La lluvia golpeaba con rabia los cristales rotos de la vieja casa en la colina. Los árboles se mecían con violencia bajo el viento agudo, y la bruma se arrastraba como un susurro entre las piedras del camino. Era una noche sin estrellas, una de esas que parecen llorar con los vivos y gritar con los muertos.

Ana tenía catorce años cuando desapareció por primera vez.

Vivía con su madre, Elena, en un pequeño pueblo rodeado de bosques espesos y caminos que el sol apenas acariciaba. Era una niña callada, de ojos oscuros y piel pálida, tan frágil como las muñecas de porcelana que coleccionaba en su habitación. Nunca hablaba de su padre, y su madre jamás lo mencionaba. Nadie sabía exactamente qué había pasado con él, solo que un día dejó de existir para ambas.

Cada mañana, Ana se levantaba temprano para ayudar a su madre con los quehaceres. A pesar de su corta edad, cargaba con una tristeza antigua, como si su alma hubiera vivido muchas vidas antes. Había algo en ella que inquietaba a los vecinos: su forma de mirar, tan profunda, tan vacía, como si siempre estuviera viendo algo que los demás no podían ver.

Una tarde, mientras caminaba por la vereda de regreso del colegio, escuchó un murmullo proveniente del bosque. Nadie más lo oyó. Era un lamento, un llamado débil y persistente. Se detuvo, dudó, y luego dio un paso hacia la espesura. No volvió esa noche. Ni la siguiente.

La búsqueda fue intensa. Los lugareños rastrearon cada rincón del bosque, cada cueva, cada pozo olvidado. Su madre gritó su nombre hasta que la voz se le quebró. Los policías encontraron solo su mochila, colgada de una rama baja, con una nota adentro escrita con tinta roja:

«Estoy con él.»

Nadie supo explicar qué significaba. La policía asumió que se trataba de una fuga voluntaria, aunque no había pruebas de abuso, ni amigos, ni redes sociales activas, nada. Simplemente… se esfumó.

Pero Ana regresó.
Tres días después.

Apareció en la puerta de su casa a las tres de la madrugada. Descalza, empapada, con los labios morados y la mirada perdida. Su madre la abrazó entre lágrimas, pero Ana no reaccionó. No dijo ni una sola palabra. Solo se quedó de pie, mirando al vacío. Tenía marcas extrañas en las muñecas, moretones en las piernas, y su ropa estaba rasgada como si hubiera sido arrastrada por ramas, piedras… o manos.

Un médico la revisó, pero ella no hablaba. Los días pasaron. No comía, no dormía. Solo se sentaba frente a la ventana, mirando hacia el bosque. En las noches, se oía a veces un sollozo ahogado en su habitación. Elena intentaba consolarla, pero Ana parecía haber dejado parte de sí misma allá afuera.

Y entonces, comenzaron las desapariciones.

Primero fue Daniela, una compañera de escuela que había sido cruel con Ana. Luego el director del colegio, que la había humillado una vez por sus dibujos. Después, una enfermera del hospital que la miró con desdén. Todos desaparecieron sin dejar rastro.

Ana seguía muda. Pero en su habitación, los dibujos comenzaron a cambiar. Ya no eran casas y muñecas. Eran cuerpos. Sombras sin rostro. Puertas abiertas en medio del bosque. Y siempre, en alguna esquina, la misma figura: un hombre alto, vestido de negro, con una sonrisa hecha de cuchillas.

Elena empezó a temer a su hija. No por odio, sino por impotencia. Porque algo en su mirada ya no era humano. Porque en las noches, a veces, Ana hablaba en sueños en un idioma que nadie conocía. Porque los espejos se quebraban solos cuando ella pasaba frente a ellos.

Un día, Ana volvió a desaparecer.

Esta vez, sin dejar nota, sin mochila, sin advertencia. Solo un último dibujo quedó en su cama: su madre, atada, con una venda en los ojos, rodeada de sombras que se acercaban.

El pueblo cayó en un silencio sepulcral. Nadie hablaba de Ana. Nadie salía después del anochecer. Las desapariciones continuaron.

Y en lo alto de la colina, la vieja casa que había estado vacía durante décadas, ahora tenía luz en sus ventanas. Una niña se asomaba por ellas a veces, y quienes la veían, aseguran que lloraba… pero su llanto no era humano.

Capítulo 2: Donde Nadie Pregunta

Desde que Ana regresó, nadie volvió a preguntarle qué le había pasado.
No porque no quisieran saberlo, sino porque el silencio con el que ella respondía era más fuerte que cualquier grito.
Había una barrera invisible que rodeaba su cuerpo, como si cada palabra que no decía pesara toneladas, y nadie se atreviera a cargar con ella.

Elena intentaba volver a la normalidad, si es que eso aún existía. Volvía a preparar el desayuno para dos, doblaba la ropa como antes, dejaba el plato preferido de Ana sobre la mesa… aunque nunca se vaciara. Ana apenas probaba bocado. Caminaba lentamente por la casa, como una sombra, sin tocar nada. Dormía sentada junto a la ventana, abrazada a una manta vieja, con la mirada perdida en el horizonte, donde el bosque se desdibujaba en el amanecer.

El colegio envió una carta preguntando si regresaría. Elena la rompió sin leerla completa. ¿Cómo iba a responder eso si ni siquiera sabía si su hija estaba realmente ahí?

Una tarde, Ana escribió por primera vez. No habló, pero dejó una hoja sobre la mesa, con una caligrafía temblorosa:

“No me pregunten. Solo abrácenme como si pudiera quedarme.”

Elena lloró. Lloró por las palabras. Lloró por los días en que su hija ya no era una niña. Lloró por todo lo que no podía arreglar.
Se acercó a ella esa noche, se sentó a su lado y la abrazó. Ana no se movió, pero sus ojos se llenaron lentamente de lágrimas. No dijo nada. No tenía que hacerlo.

Los días pasaban y el pueblo fingía. Fingía que todo estaba bien. Que Ana nunca había desaparecido. Que no se murmuraba sobre ella cada vez que pasaba por la plaza. Que los niños no se cambiaban de acera al verla. Fingían que no era incómodo el vacío que arrastraba detrás, como una sombra que nadie quiere mirar.

Una tarde, Ana caminó sola hasta el puente viejo, donde solía jugar de niña. Se sentó allí durante horas, viendo cómo el agua pasaba sin detenerse.
Una mujer mayor se acercó y, sin decir palabra, se sentó a su lado. La conocía de lejos, era la señora Clara, que había perdido a su hijo en un accidente hacía diez años.

Después de un largo rato, la mujer le susurró:

—No estás sola. Aunque parezca que sí.

Ana bajó la cabeza. Por un instante, pareció a punto de llorar, pero no lo hizo. Le tomó la mano y ambas se quedaron allí, escuchando el río. En silencio. En duelo. En presencia.

La noche siguiente, Elena entró al cuarto de Ana mientras dormía. La vio encogida en la cama, abrazada a un peluche viejo, con los ojos entreabiertos, como si ni siquiera en sus sueños pudiera descansar. La arropó con cuidado, le acarició el cabello y le dijo al oído:

—Te amo. Aunque no entiendas cómo. Aunque no digas nada. Aunque estés rota.

Ana no se movió. Pero una lágrima rodó por su mejilla.
No era de miedo.
Era de alivio.

Por primera vez en semanas, cerró los ojos por completo.

Capítulo 3: Lo que No se Dice También Duele

Ana se despertó a las cuatro de la madrugada, como casi todos los días. Ya no necesitaba un reloj; su cuerpo había aprendido a contar el tiempo por los suspiros de la casa, por los crujidos de la madera, por los silencios cada vez más largos entre ella y su madre.

Esa mañana no se levantó. Se quedó en la cama, mirando el techo. Sintió cómo los recuerdos le pesaban en el pecho como si una losa invisible le aplastara el alma.
Había algo que no podía olvidar, por más que quisiera. Una imagen. Una voz. Una habitación con olor a metal y desinfectante. Un reloj sin manecillas.

Sus dedos se cerraron con fuerza. Tenía las uñas cortadas, pero aún así su palma sangró.

Diez meses antes.
Una habitación blanca. Una puerta cerrada.

Ana tenía trece años. Había salido tarde del colegio porque la profesora de arte la retuvo para hablarle de sus dibujos. Le dijo que eran muy oscuros, que dibujaba demasiadas figuras solas, con los ojos vacíos.

Ana salió sin responder. Caminó por una calle que no solía tomar. Se distrajo mirando el suelo, las hojas, los zapatos ajenos.

No vio al hombre.

Solo sintió una mano. Una tela húmeda sobre la nariz.
Y después, oscuridad.

Elena recordaba ese día como si fuera una pesadilla que no terminaba. Cuando la policía tocó su puerta y le preguntó si Ana tenía conflictos con alguien, si había tenido problemas en casa, si había intentado escapar antes… sintió que el mundo se deshacía en pedazos.
Las preguntas dolían más que las respuestas que no tenía.

—¿Está diciendo que fue su culpa? —preguntó una vecina días después.

—No. Estoy diciendo que los niños no se van sin razón —respondió la mujer, encogiéndose de hombros.

Esa noche, Elena se encerró en el cuarto de Ana. Abrazó su almohada y lloró.
No dormía. No comía. Solo esperaba.

Ana volvió, sí. Pero también trajo consigo una parte del infierno.

Lo que vivió en esa habitación blanca no era fácil de poner en palabras.
Las voces.
Las manos.
Las órdenes.
El sonido del pestillo cerrándose cada vez que terminaban con ella.
Las luces encendidas todo el tiempo.
La cámara que parpadeaba en la esquina.
Las otras niñas que lloraban en otras habitaciones.

Y, sobre todo, la ausencia total de su nombre.
Porque allí, no era Ana.
Era «ella».
Era «la siguiente».
Era “la que no llora”.

Volver a casa no fue un alivio. Fue un nuevo tipo de dolor.
Porque nadie le preguntaba lo que pasó.
Porque nadie podía entenderlo.
Porque el mundo esperaba que se sentara a cenar como si nada, que regresara al colegio, que jugara con otras niñas, que “volviera a ser ella”.

Pero Ana ya no era esa niña.
La secuestraron no solo del cuerpo, sino también del alma.

Esa tarde, mientras Elena preparaba una sopa que sabía que Ana no comería, se cortó el dedo con el cuchillo. Miró la sangre, roja, espesa, y se quebró. Se sentó en el piso, con las manos temblando. No por el corte, sino por el vacío.
Se sintió inútil.
Se sintió rota.

Porque no sabía cómo ayudarla.
Porque cada vez que la abrazaba, Ana se endurecía.
Porque cada palabra que intentaba decir se convertía en un muro entre ambas.

Días después, Ana dejó otra nota en la mesa:

«Mamá, no me mires como si esperaras que te hable.
Mírame como si supieras que sobreviví.»

Esa noche, Elena entró al cuarto de su hija. La encontró despierta, con los ojos abiertos, brillantes por el llanto contenido.

—¿Puedo sentarme?

Ana asintió apenas.

—Te fallé —dijo Elena, con la voz rota—. Y no sé cómo reparar eso. Pero si quieres, si me dejas… voy a estar aquí, todos los días, aunque no me hables. Aunque no me mires. Aunque me odies. No me iré.

Ana giró lentamente el rostro hacia ella. No dijo nada. Pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

Por primera vez desde su regreso, se inclinó hacia su madre. Apoyó su cabeza en su hombro. Solo por un instante.
Y ese instante fue suficiente para Elena.

Al día siguiente, Ana hizo algo inesperado.
Salió al jardín.
No dijo nada. No saludó.
Solo se sentó bajo el árbol grande y empezó a dibujar.

Elena la observó desde la ventana.
Lloró en silencio.
No porque todo estuviera bien, sino porque por fin… algo se estaba moviendo.

No era esperanza.

Era vida.

Capítulo 4: Conexiones

Los días no sanan.
Lo que sana —a veces— son los vínculos. Las palabras suaves en medio del ruido. Las presencias que no exigen, que no fuerzan. Los silencios compartidos, sin presión, sin juicio.

Eso fue lo que Ana comenzó a descubrir.

Después de semanas sin hablar, comenzó a escribir en un cuaderno. No eran relatos ni pensamientos, solo frases sueltas, sentimientos que no cabían en voz alta:

«Hoy me miré al espejo y no me asusté tanto.»
«No sé si soy fuerte. Solo sé que sigo viva.»
«¿Qué pasa si no quiero recordar, pero tampoco puedo olvidar?»

Elena encontró ese cuaderno por accidente. No lo leyó todo. No quería invadir. Pero supo que su hija estaba empezando a conectar con ella misma, a reconstruirse letra por letra.

Un nuevo personaje apareció en la historia de Ana: Camilo, el nuevo trabajador social del colegio.
Tenía poco más de treinta años, una expresión serena y una forma de hablar que no incomodaba. Lo que lo diferenciaba era que no hacía preguntas directas, ni pretendía tener respuestas.

Se acercó a Ana con un cuaderno, idéntico al suyo, y le dijo:

—Podemos escribir juntos. No para entender lo que pasó, sino para nombrar lo que sientes hoy. Sin retroceder, sin empujarte. Solo estar.

Ana lo observó por varios segundos. No respondió. Pero al día siguiente, cuando él volvió a sentarse en la banca junto a ella, le extendió una hoja con cuatro palabras escritas en tinta azul:

«A veces tengo miedo.»

Camilo asintió con suavidad.

—Yo también, Ana. A veces todos lo tenemos.

La relación entre ellos no era rápida, ni mágica. Pero era real. Y eso bastaba.

Con el tiempo, Ana comenzó a asistir a pequeños encuentros grupales con otras adolescentes en situación de trauma. Al principio, solo escuchaba. Luego, empezó a escribir cartas que nunca enviaría:

“A quien me hizo esto:

No voy a perdonarte, pero tampoco dejaré que me robes cada segundo.

No soy la misma. Pero aún respiro.

Y eso, hoy, me basta.”

Sus compañeras no le respondían con frases bonitas. Le respondían con comprensión, con sus propias heridas abiertas. Algunas lloraban juntas. Otras solo se tomaban de las manos.

En esos encuentros, Ana entendió que el dolor no era una excepción. Que muchas cargaban con historias silenciadas. Que había otras como ella.
Y que estaba bien no estar bien.

A nivel social, sin embargo, todo era más complejo.

El colegio la trataba con lástima.
Algunos profesores bajaban la mirada al verla.
Otros le hablaban en voz baja, como si fuera frágil, como si no supiera ya cuánto había resistido.

Los estudiantes murmuraban.
Se rumoraba que Ana «se había escapado con alguien», que «estaba loca», que «seguro se inventó todo».
El estigma era real. Y pesaba.

Una tarde, Ana se cruzó con una excompañera en la biblioteca. Le susurró al oído con desprecio:

—Igual, te lo buscaste. Siempre fuiste rara.

Ana no reaccionó. Solo se alejó.
Pero esa noche, lloró.
Porque incluso cuando se sobrevive, el mundo no siempre está dispuesto a comprenderte.
Porque los sobrevivientes tienen que seguir justificando su dolor, explicando por qué no sonríen igual, por qué se asustan con ruidos, por qué no confían en nadie.

Fue entonces cuando Camilo le habló de algo llamado resiliencia.

—Resiliencia no es “superar” el dolor.
Es aprender a caminar con él sin que te rompa en cada paso.
Es abrazar las grietas y saber que aún así… estás viva.

Ana escribió una palabra en su cuaderno ese día:
«Recomenzar.»

Y debajo de ella, escribió otra:

«Junto a alguien.»

En casa, Elena también empezaba su propio proceso.
Asistía a sesiones con una terapeuta.
Allí pudo nombrar la culpa, la impotencia, la rabia, el dolor de haber sentido que no fue suficiente como madre.

Una tarde, cuando ambas estaban en la sala, Ana se levantó sin avisar, se acercó al sillón donde su madre leía, y se sentó a su lado.

—¿Podemos… estar así un rato? —susurró.

Elena no respondió. Solo la abrazó, despacio, como si temiera romperla.
Ana apoyó la cabeza en su hombro. Y se quedaron así.
No como antes.
Sino como ahora.
Distintas, pero unidas.

Conectadas.

Porque a veces, las conexiones más fuertes no nacen del amor perfecto.
Sino del dolor compartido.
Del silencio que no exige, pero acompaña.
Del abrazo que no lo cura todo… pero lo vuelve un poco más llevadero.

Y Ana, por primera vez, sintió que quizás, algún día, podría volver a pertenecer.

Capítulo 5: Donde la Confianza se Rompe

El sol de la tarde caía tibio sobre la sala.
Ana apoyó su cabeza en el hombro de Elena, como si en ese gesto pudiera reconstruirse todo lo que había estado roto.
No hablaban.
No era necesario.

Por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía respirar con calma.

Elena cerró los ojos y acarició suavemente el cabello de su hija. No le dijo nada. Solo la sostuvo. Por dentro, sentía una mezcla de fragilidad y esperanza. Como si aquella cercanía pudiera ser el inicio de una nueva etapa. Una donde ambas pudieran caminar juntas, sin miedo.

Cuando Ana se levantó, fue lento, sereno. No con miedo. Con algo más cercano a paz.
Fue al baño, se lavó la cara, y por primera vez en semanas, se miró al espejo sin desviar la mirada.

Al día siguiente, volvió a escribir.

«No todo está bien. Pero ya no todo está mal.»

Camilo la saludó desde la entrada del colegio con una sonrisa suave, como siempre.

—¿Cómo va todo, Ana?

Ella levantó los hombros con timidez.
—Mejor, creo.

Él le extendió una hoja.

—Estoy organizando un pequeño encuentro fuera del colegio. Solo unas pocas chicas con las que he trabajado. Lectura, escritura, algo de arte. No será terapia. Solo un espacio seguro. Si quieres venir…

Ana dudó.
—¿Mi mamá sabe?

—Hablé con ella esta mañana. Está de acuerdo, si tú lo estás.

Ana bajó la vista. Le sorprendía que Elena no le hubiera comentado nada, pero confió.
Camilo siempre había sido paciente.
Camilo la había ayudado cuando nadie más podía hacerlo.

El sábado siguiente, Ana llegó al lugar: una casa sencilla, con paredes claras y olor a incienso.
Camilo la recibió con un té caliente y una libreta nueva.
—Pensé que podrías necesitar una limpia.

Ana sonrió apenas.
—Gracias.

Había otras dos chicas en el salón.
Una de ellas se llamaba Julieta. Tenía dieciséis años, cabello rizado y un aire ausente, parecido al que Ana había tenido hace unos meses.
La otra no habló mucho. Solo escribía.

Camilo les propuso una actividad: escribirle una carta a “su yo del futuro”.

Ana escribió:

“Espero que cuando leas esto, puedas dormir sin miedo.
Que la piel ya no te arda por dentro.
Que el cuerpo vuelva a sentirse tuyo.”

Las semanas siguientes, Ana volvió varias veces. No eran sesiones obligadas. Iba porque quería. Porque en ese espacio, lejos de la escuela, de las miradas, se sentía menos sola.
Camilo a veces le hablaba más de la vida que del trauma. Le hablaba de libros, de arte, de su infancia en el campo.
A veces bromeaba.
A veces le regalaba frases como:

—No tienes que sanar rápido. Sanar lento también es valiente.

Ana se reía.
Le creía.

Una tarde, después del taller, las otras dos chicas se despidieron temprano.
Camilo y Ana se quedaron solos.

Él cerró la puerta del salón con calma.
Se sentó cerca.
Muy cerca.

Ana lo miró, incómoda.

—¿Todo bien? —preguntó.

Camilo asintió.
—Solo quería decirte algo que no puedo decir frente a las demás.

Ella sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué cosa?

—Me importas más de lo que debería. No como profesional. Como persona.

Ana frunció el ceño.

—No entiendo…

—No tienes que entenderlo ahora —dijo él, acariciándole el hombro—. Solo… no estás sola. Nunca lo estuviste.

La mano de Camilo no se apartó. Ana se tensó.
No era un gesto de apoyo.
Era algo más.

El silencio se hizo pesado.
Ana bajó la vista.
Quiso levantarse, pero Camilo la sujetó suavemente del brazo.

—¿No confías en mí?

El corazón de Ana empezó a latir fuerte.
Era el mismo tono que una vez escuchó… en otro lugar.
La misma sensación de no saber cómo escapar sin hacer ruido.

—Quiero irme —susurró.

Pero Camilo no se movió.

—Tranquila. No tienes que tener miedo.

La frase la paralizó.

Era exactamente lo que le habían dicho antes.
En la habitación blanca.
Con las luces encendidas todo el tiempo.
Con las manos que no pedían permiso.

En ese instante, el cuerpo de Ana se congeló.
No gritó.
No lloró.
Solo dejó de existir, por dentro.

Como si todo lo que había construido se derrumbara en segundos.

Porque en ese momento entendió:
había vuelto a suceder.
Pero esta vez, en nombre de la confianza.
De la ayuda.
Del cuidado.

Capítulo 6: El Eco del Silencio

Ana llegó a casa con las manos frías, vacías.
Entró sin hacer ruido. Elena estaba en la cocina, preparando arroz con lentejas, como todos los viernes.
La saludó con dulzura.

—¿Cómo te fue, mi vida?

Ana apenas levantó la cabeza.
—Bien. Estoy cansada. Me voy a acostar.

Elena no insistió.
Era un día más. Otro de tantos en que Ana regresaba con las palabras justas para evitar ser tocada, para no romper el silencio en el que se sentía segura.

Pero esa noche, Ana no durmió.
Se sentó frente al espejo —aquel que días atrás había colgado otra vez— y se miró durante minutos largos, eternos.

Ya no lloraba.
Pero el rostro que veía no era suyo.

Las semanas pasaron.
Ana dejó de asistir a los encuentros de escritura.
Camilo le escribió una vez: “¿Todo bien?”
Ella no respondió.

No por miedo.
Sino porque no tenía palabras.

Camilo no volvió a insistir.

En el colegio, volvió a aislarse.
No hablaba con nadie.
Los libros en su mochila estaban sin abrir.
Sus manos temblaban al tocar hojas en blanco.

Una profesora notó algo. La misma que meses atrás la había defendido frente a otros docentes.

—Ana, ¿todo va bien contigo?

Ella asintió.
Sonrió.
Dijo “sí”.

Pero sus ojos hablaban un idioma que solo se entiende cuando se ha roto dos veces por dentro.

En casa, Elena comenzaba a sentir esa presencia invisible otra vez:
las duchas largas, los ojos apagados, las uñas cortadas al ras, el rechazo físico sin explicación.

Una noche intentó hablar.

—Ana… ¿pasa algo que no me estás contando?

Ana la miró fijo.
Durante segundos completos.
Y con una voz vacía, respondió:

—No me preguntes nada, mamá. Solo… abrázame.

Y Elena la abrazó.
Pero esta vez sintió que su hija no estaba allí.
Que el cuerpo tembloroso entre sus brazos era solo una parte de algo que ya se había ido.

En su cuaderno, Ana escribió por primera vez en días.
No eran frases.
Era una lista:

  • No volver a confiar.
  • No hablar con nadie.
  • No permitir que se acerquen.
  • No mirar atrás.
  • No llorar.
  • No existir.

Rasgó la hoja.
Pero no la rompió.

La escondió dentro de una novela.
Como si temiera que alguien, algún día, pudiera leerla.

Una tarde, Ana caminó hasta la banca del parque donde conoció a Julieta, una de las chicas del taller.

La vio de lejos. Estaba sola, con los audífonos puestos, y las rodillas raspadas.

Ana se acercó.
Se sentó sin decir palabra.

Julieta se quitó un auricular y le sonrió.

—Volviste.

Ana tragó saliva.
No respondió.

Julieta bajó la mirada y murmuró algo que Ana no entendió bien al principio.

—Yo tampoco dije nada cuando me pasó.

Ana la miró, congelada.

Julieta la miró también. Sin lágrimas. Solo con esa expresión de quien ya no necesita explicar su dolor para validarlo.

—Crees que es culpa tuya. Que por haber confiado… lo merecías. Pero no. Ellos saben cómo acercarse. Cómo parecer seguros. Cómo tocarte sin que parezca que lo hacen con violencia.

Ana bajó la vista.
Sintió que se le deshacía el estómago.

—¿Camilo? —susurró.

Julieta no respondió. Solo asintió.
Muy, muy despacio.

Esa noche, Ana lloró.

Lloró con rabia.
Lloró con miedo.
Lloró porque por fin entendía que no estaba sola.

Y aún así… no sabía qué hacer con esa verdad.

Capítulo 7: Las Palabras que Duelen

La noche olía a tierra húmeda.
Ana regresó a casa con los ojos hinchados, las piernas pesadas y una culpa que empezaba a moverse dentro de ella como un animal moribundo.

No cenó.
No habló.
No durmió.

Se acostó boca arriba, mirando el techo como si esperara que se abriera y la tragara.

En su cabeza, el rostro de Julieta.
Su voz.
Sus ojos que ya no contenían lágrimas, pero sí rabia.
Y una herida idéntica a la suya.

Camilo.
No era solo ella.

No era un mal momento.
Era un depredador con sonrisa suave.
Y ahora, esa verdad comenzaba a pudrirlo todo.

A la mañana siguiente, Ana volvió al parque.

Julieta ya estaba allí, sentada con un cigarrillo sin encender en la mano.
No hablaron de inmediato.

Ana se sentó a su lado.
Y por un largo rato, solo respiraron.

Hasta que Julieta rompió el aire:

—Lucía también.

Ana la miró.
Su estómago dio un vuelco.

—¿Quién…?

—Una del grupo de los jueves. Se fue hace un mes. Dijo que no podía más. Nadie entendió por qué. Pero me lo contó una semana antes.

Ana tragó saliva.

—¿Le pasó lo mismo?

Julieta asintió.
—No fue igual. Pero fue con él. Le insistía, la perseguía. Le escribía de noche. Una vez la encerró en la sala del fondo. No quiso decir más.

El aire dolía.

Ana sintió cómo el frío del parque se colaba por sus huesos.

—¿Y tú? —preguntó, con voz baja—. ¿Tú se lo contaste a alguien?

Julieta soltó una risa rota.
—¿A quién? A mi mamá, que apenas me mira. A los profes, que solo quieren que saquemos buenas notas. A la policía, que me va a preguntar si tenía la falda muy corta… —Hizo una pausa, se mordió el labio

—. No. Nunca lo dije.

Ana bajó la mirada.

—Yo tampoco.

Se miraron.
Y en ese cruce de ojos cansados, no hubo consuelo.
Solo verdad.
Y eso era suficiente.

Durante la tarde, Ana no pudo quedarse quieta.

Había una tensión en el cuerpo. Una especie de corriente que le recorría las venas, que le apretaba el pecho.

Tomó su cuaderno y escribió.
No poesía.
No cuentos.

Solo escribió:

“No me besó. Me rompió por dentro. Usó mis miedos para acercarse. Me abrazó con palabras. Y me robó la inocencia con las manos. Camilo no me amó. Me cazó.”

Rasgó la hoja.
Pero no la escondió esta vez.
La dejó sobre la mesa.
Visible.
Como si algo dentro de ella empezara a cansarse del silencio.

Esa noche, Elena la escuchó llorar en su cuarto.

No entró.
No quería invadir.
Pero al día siguiente, mientras Ana desayunaba en silencio, le sirvió un café y se sentó a su lado.

—Estuve pensando en lo que me dijiste el otro día… que te abrace, pero que no pregunte nada.

Ana siguió mirando su taza.

—No voy a insistir. Pero si alguna vez quieres decir algo… lo que sea… estoy aquí. Y voy a creerte, pase lo que pase.

Ana la miró.
Solo un segundo.

Y por dentro, se rompió.

Volvió a ver a Julieta.

—Quiero hablar con Lucía.

Julieta la miró, sorprendida.
—¿Estás segura?

Ana dudó.
Luego asintió.
—Necesito saber si está bien. Si sigue viva.

Dos días después, en una cafetería pequeña del centro, Lucía apareció.

Tenía el cabello corto, como recién cortado en un impulso de rabia.
Cicatrices viejas en los brazos.
Y una mirada que dolía.

Cuando vio a Ana, no preguntó nada.
Solo dijo:

—¿También te tocó?

Ana asintió.
—Sí.

Lucía se quebró en la silla.

Julieta la sostuvo.

Ana, por primera vez en semanas, tomó la mano de alguien.
Y no tembló.

A la salida, Lucía se detuvo.

—Yo lo denuncié. Pero no pasó nada. Dijeron que sin pruebas era palabra contra palabra. Me miraron como si estuviera exagerando.

Ana apretó los dientes.

Lucía se volteó.

—Pero si somos más… si nos juntamos… si decimos lo mismo, tal vez, por una vez… alguien escuche.

Ana sintió que su cuerpo, por dentro, gritaba.

Esa noche, volvió al parque.

Sacó su celular.

Buscó el número de Camilo.

Leyó los últimos mensajes.
Uno de ellos, semanas atrás, decía:

“No le digas a nadie. Lo nuestro es especial. Los demás no lo entenderían.”

Ana respiró hondo.

Y por primera vez, escribió:

“Lo que hiciste no se va a quedar en silencio.”

No lo envió.
Aún no.

Pero lo escribió.

Y eso era el principio.

Capítulo 8: La primera grieta

El silencio que se había instalado entre Ana y el mundo parecía haberse convertido en su única compañía. Camilo, aunque aún vivía bajo el mismo techo, era ahora una presencia vacía, un eco que resonaba con cada paso que daba por el pasillo, con cada mirada esquiva, con cada palabra que no se atrevía a decir.

Ana no hablaba mucho. Pero escuchaba. Y en esos días, había comenzado a escuchar algo más. Voces. No externas, sino internas. Algunas eran suyas, otras no. Murmullos, gritos apagados, pensamientos entrecortados que surgían como grietas en una presa que ya no podía contener el dolor.

La primera voz se llamó recuerdo.

Era la imagen persistente del momento en que todo cambió. Cuando Ana intentó mirar a Camilo a los ojos y no encontró a la persona que una vez creyó amar. No era el hecho físico lo que más la atormentaba, sino la traición emocional, la pérdida de su identidad, la humillación encapsulada en el abuso. Se preguntaba si había señales, si alguna vez hubo advertencias que no quiso ver.

La segunda voz se llamó rabia.

No gritaba, quemaba. Aparecía cuando se miraba al espejo y no reconocía a la mujer frente a ella. Aparecía cuando alguien le decía que se veía cansada, pero nadie preguntaba por qué. Cuando Camilo intentaba seguir su rutina, como si nada hubiese pasado, como si el crimen que había cometido se pudiera barrer bajo la alfombra de la costumbre.

Y la tercera voz, la más fuerte, se llamó decisión.

Apareció una tarde. Ana estaba sentada en el sofá, sin mover un solo músculo, con la mente suspendida entre el ayer y el nunca más. Camilo entró en casa, tiró las llaves sobre la mesa como siempre, y comenzó a hablar de trivialidades, como si el abismo entre ellos no existiera. Ella no respondió. Lo miró fijamente por primera vez en días.

—¿Qué quieres de mí, Camilo?

La pregunta cayó como un cuchillo entre los dos. Él no supo qué decir. Titubeó. Murmuró algo sobre “volver a cómo eran antes”.

Ana se rió. Una risa quebrada, vacía, cargada de un dolor tan profundo que estremecería al más fuerte. Pero Camilo no era fuerte. Era cobarde. La evitó, se encerró en el baño. Y Ana supo, en ese instante, que jamás encontraría justicia en él. La única justicia vendría de ella misma. O de las voces.

Esa noche, las voces se reunieron.

No era locura. Era resistencia.

Se alzaron dentro de Ana con más fuerza que nunca. Era una asamblea íntima de memorias, emociones y conclusiones. Algunas decían que debía huir. Otras, que debía hablar. Pero hubo una, tenue al principio, que planteó algo más peligroso.

—Si nadie la protegerá, si nadie dirá la verdad… ¿por qué seguir callando?

Y esa voz no era sólo suya.

Días antes, Ana había comenzado a recibir cartas anónimas. Al principio pensó que era una broma. Luego, el contenido se volvió inquietantemente personal. Había otras mujeres. No sólo víctimas de Camilo, sino de hombres como él. Vecinas, antiguas compañeras, incluso una mujer mayor del barrio. Las cartas hablaban de una “red de silencios” tejida con culpa, vergüenza y complicidad.

Ana no entendía por qué la buscaban a ella. Hasta que una carta fue clara:
“Eres la única que ya no teme mirar a los ojos. Por eso podemos empezar contigo.”

La tensión comenzó a hacerse insoportable. Camilo notaba los cambios. El tono más firme de Ana, las noches que pasaba despierta, escribiendo, leyendo, llorando. Una noche, intentó abrazarla.

—No me toques —le dijo Ana, firme como nunca—. Tú ya no tienes derecho a mi cuerpo, ni a mi pena.

Camilo retrocedió. Algo en él comenzó a quebrarse. Y la grieta, por primera vez, estaba en él también.

La primera grieta estaba abierta. Y no se cerraría.

Ana lo sabía: el tiempo de la verdad se acercaba. Y no vendría sola.

Había una red tejiéndose detrás. Una red de dolor compartido, de mujeres rotas que comenzaban a hablar, a reunirse, a sanar. Y Ana, sin haberlo pedido, estaba siendo el punto de inicio. La voz que encendería a otras.

Pero el riesgo era real.

La amenaza no era sólo Camilo, sino todos los que como él, se sentían impunes, protegidos por el silencio de una sociedad que prefería mirar hacia otro lado.

Y mientras el día terminaba, Ana encendió una vela en su habitación. No por fe, sino por memoria. Por cada mujer cuyo nombre olvidaron. Por cada verdad que enterraron. Por cada voz que no fue escuchada.

Porque esta vez, sí se escucharía.

Capítulo 9: “Verdades que sangran”

La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio pacífico. Era uno espeso, lleno de secretos, como si las paredes temblaran con la tensión que había quedado flotando después de la confrontación. Ana no había dormido. No podía. Sentía que su cuerpo estaba presente, pero su alma estaba atrapada en un rincón del pasado, ahí donde el dolor aún no tenía nombre, pero ya quemaba.

Camilo, en cambio, fingía normalidad. Preparaba café, hablaba como si el día anterior no hubiera sucedido. Como si no la hubiera forzado. Como si no hubiese desgarrado todo lo que Ana alguna vez confió en él. Ella lo miraba en silencio, pero su mente procesaba cada gesto con una mezcla de asco y desconcierto. ¿Cómo alguien podía actuar con tanta frialdad? ¿Cómo se permitía existir tan tranquilo luego de haber destruido a quien decía amar?

—¿Quieres azúcar? —preguntó él, sosteniendo la cuchara con despreocupación.

Ana no respondió. Lo observó, sintió náuseas. Se levantó sin mirar la taza, sin mirar el sol de la mañana, sin mirar siquiera su reflejo en el ventanal.

Esa mañana tomó una decisión. Iba a hablar.

La psicóloga del centro comunitario se llamaba Clara. Su voz era suave, como el eco de una canción lejana. Ana la conocía desde hacía meses, pero nunca había cruzado el umbral de lo profundo. Hasta hoy.

—¿Camilo te hizo daño? —preguntó Clara, con el cuaderno cerrado sobre su regazo, sin prisas.

Ana no respondió de inmediato. Miró el suelo, apretó los dedos. Quería decir que sí. Que dolía. Que se sentía sucia. Que cada noche revivía el momento como si fuese una película sin final. Que se sentía pequeña. Rota. Silenciosa.

Pero algo le impedía hablar.

—Si no quieres decirlo con palabras, está bien. Pero recuerda que este lugar no tiene juicios, solo escucha —añadió Clara.

Ana asintió. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero aún no podían caer. Aún no.

—Fue mi culpa —murmuró.

—¿Por qué lo sería?

—Porque yo lo amaba. Porque yo lo dejé entrar en mi vida. Porque no supe decirle que no a tiempo…

Clara la miró, profundamente. No necesitaba decir mucho más para entender lo que no se decía. El silencio también tenía voz.

—Nada de eso justifica lo que te hizo —dijo, con firmeza y ternura—. Ana, fuiste víctima. No la culpable.

Camilo, mientras tanto, comenzaba a sentir una grieta. No en su conciencia —esa parecía estar anestesiada—, sino en su entorno. Ana ya no lo miraba igual. Su madre evitaba hablarle cuando iba de visita. Su hermana lo confrontó con palabras duras una tarde en el parque:

—¿Qué hiciste, Camilo? Ana ya no es la misma. Tú tampoco.

Camilo se encogió de hombros.

—La gente cambia.

—No. La gente se rompe.

La voz de Ana comenzó a alzarse, no con gritos, sino con actos. Dejó de responder a los mensajes. Comenzó a escribir en su diario. Dibujaba fragmentos de lo que no podía decir: una puerta cerrada, una sombra, un rostro distorsionado, una cama con grietas. La terapeuta la animó a no detenerse. A volcar todo. A transformar el dolor en algo visible. A quitarle poder.

Una tarde, mientras escribía, su pluma se detuvo. El pensamiento fue tan claro que casi le dolió:

«No fui solo yo. Él lo ha hecho antes. Lo hará de nuevo.»

Y fue entonces cuando se planteó una nueva forma de sanar: decir la verdad, pero también buscarla. Porque detrás de la herida de Ana, quizá se ocultaban otras cicatrices. Otras voces. Otras mujeres.

El capítulo no termina aquí. Las grietas comienzan a mostrar lo que hay detrás del barniz. El próximo capítulo nos llevará al comienzo de esta búsqueda: no de justicia institucional, sino de conexión emocional con otras víctimas, con otras heridas que sangran como la suya.

Capítulo 10: “Las otras”

Ana comenzó a ver los días como hojas delgadas, frágiles, listas para romperse al menor soplo. Nada en su entorno era igual. Ya no miraba con los mismos ojos, ni caminaba con los mismos pasos. Sentía que dentro de ella había algo latiendo distinto, como si cada palabra no dicha se hubiera convertido en una necesidad urgente de actuar.

La terapia le había abierto una grieta en el pecho, sí… pero también le había mostrado un sendero. Clara, la psicóloga, le había dejado una frase que no podía olvidar:

—Hablar no solo libera, también encuentra ecos.

Esos ecos comenzaron a llegar.

Una tarde, mientras revisaba viejas fotografías en su celular, Ana se topó con una imagen de Camilo abrazando a una amiga en común: Juliana. Recordó cómo solía evitar hablar de ella, cómo una vez le dijo que se había alejado porque “Juliana exageraba demasiado las cosas”.

Entonces, algo hizo clic.

La buscó en redes sociales, dudó varias veces antes de escribirle, pero al final, con las manos temblorosas, lo hizo:

“Hola, Juli. No sé si te parece extraño este mensaje, pero necesito preguntarte algo. Es sobre Camilo. Si no quieres responder, lo entiendo. Solo… necesito saber si alguna vez te hizo daño.”

Tardó casi un día en recibir respuesta. Pero cuando llegó, no fue una frase, ni una negación.

Fue un audio.

Juliana lloraba. Con cada palabra, parecía que algo que llevaba enterrados años salía como un grito ahogado.

—No puedo creer que me estés escribiendo esto… Pensé que era la única. Pensé que estaba loca… Nadie me creyó cuando lo conté. Nadie. Ni mis amigas, ni su familia… Yo… Yo también fui suya sin querer serlo… y después me culpó. Me dijo que yo lo había provocado. Que había sido mi culpa.

Ana se derrumbó al escucharlo. No estaba sola. No había sido su imaginación. No era una exageración. Era una realidad que se repetía como una maldición.

Juliana y Ana comenzaron a hablar casi todos los días. Se sostenían con palabras, compartían recuerdos, dolor, miedo. Y poco a poco, el círculo creció.

Primero fue Natalia. Luego Daniela. Después, una chica llamada Paola que apenas conocía a Camilo, pero cuya historia era una copia carbonizada de las anteriores.

El patrón se repetía: encanto, cercanía, manipulación, control, silencio. Todas ellas habían vivido algo con él. Algo oscuro. Algo que no debía ser nombrado. Hasta ahora.

—No quiero denunciarlo —dijo Juliana una tarde—. No quiero volver a explicar mi cuerpo frente a extraños, ni sentir que debo probar mi dolor.

—Yo tampoco —respondió Ana—. Pero quiero que sepamos que no estamos solas. Que no estamos locas.

Decidieron hacer algo. No contra él. Sino a favor de ellas.

Abrieron una cuenta anónima, un espacio seguro. Un nombre sencillo: Las que callan. Allí comenzaron a escribir, sin dar nombres, sin fechas, pero con verdad. Testimonios anónimos. Fragmentos de dolor. Gritos invisibles.

A los pocos días, comenzaron a llegar mensajes. No solo de víctimas de Camilo, sino de mujeres que habían vivido situaciones similares con otros rostros, otras manos, otras voces.

El dolor era colectivo.

La memoria, también.

Camilo, desde su rincón cómodo, comenzó a sospechar algo. No eran acusaciones directas, pero las publicaciones comenzaban a sonar familiares. Algunas amigas dejaron de hablarle. Recibió miradas raras. Silencios incómodos. El eco de la culpa empezaba a rozarle la piel, aunque aún no supiera que el suelo bajo sus pies comenzaba a resquebrajarse.

Ana, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía débil. Dolida, sí. Herida, claro. Pero no sola.

—Tal vez nunca nos crean —dijo Juliana.

—Pero ya no nos callamos —respondió Ana.

El poder no estaba en denunciar, no todavía. El poder estaba en decirlo. En reconstruirse con otras. En mirar el horror a los ojos y decir: “yo estuve ahí, y sobreviví”.

Ese capítulo, el de sus vidas, seguía escribiéndose. Juntas. Con voz.

Capítulo 11: “La visita”

El reloj marcaba las 6:04 p.m. cuando Ana escuchó los golpes en la puerta. No eran golpes amables. No eran dudas. Eran golpes que sabían a urgencia y a rabia contenida.

Ella ya lo presentía. Camilo.

No le había dicho a nadie que vivía allí, pero él siempre encontraba la manera. Ella, al ver por la mirilla su silueta conocida y arrogante, sintió que su garganta se cerraba por un segundo. Pero no retrocedió.

Abrió la puerta.

Camilo estaba allí, con una expresión de furia mal disimulada y una sonrisa falsa que le cubría el rostro como una máscara mal hecha.

—Tenemos que hablar —dijo, empujando apenas con su cuerpo la entrada, como si aún tuviera derecho a invadir.

Ana se mantuvo firme.

—Habla desde ahí.

Él rio.

—¿Qué estás haciendo, Ana? ¿Qué mierda es eso que están publicando? ¿Tú crees que puedes arruinarme así?

—¿Ruinarte? —respondió ella—. Solo estamos contando lo que pasó. Lo que hiciste.

Camilo se acercó un paso más, su rostro desfigurado por el enojo.

—¿Tú crees que alguien te va a creer a ti? ¿Después de tantos años? ¿Después de todo lo que compartimos?

—Compartimos una mentira. Y te estoy devolviendo la voz que me robaste.

Camilo calló por un instante. Parecía medir sus palabras, pero su violencia hervía en los ojos. Por un momento, pareció dudar, como si no supiera qué decir ante una mujer que ya no se doblaba ante su sombra.

—No tienes pruebas.

—Pero tengo testigos. No soy la única. No estás frente a la Ana de antes.

Un silencio largo. Tenso. Él sabía que estaba perdiendo el control. Ya no tenía poder sobre ella. Ya no podía manipularla. Finalmente, se dio media vuelta.

—Esto no se va a quedar así —fue lo último que dijo antes de alejarse.

Ana cerró la puerta. Sus manos temblaban. Su respiración era inestable. Pero no lloró.

Ya no lloraba por miedo. Ahora lloraba por rabia, por memoria, por justicia.

Horas después, en el grupo que compartía con Juliana, Natalia, Paola y Daniela, el ambiente era de alerta. Todas estaban en shock por la visita de Camilo. Se organizaron para apoyarse entre ellas. Ana recibió múltiples mensajes de apoyo. Compartieron protocolos de seguridad, contactos de emergencia, todo.

Pero algo no estaba bien. Juliana no había respondido.

Ana escribió varias veces.

“Juli, ¿estás bien?”
“Háblame, por favor.”
“¿Dónde estás?”

Nada.

Natalia llamó a su celular. No hubo respuesta.

Una hora después, cuando Ana pensaba salir a buscarla, recibió un mensaje inesperado.

Era de un número desconocido.

“Hola. Soy la hermana de Juliana. Encontré tu número en el grupo de mensajes recientes. Quiero decirte que… lo siento mucho. Juliana se quitó la vida esta noche. Dejó una carta. Mencionó tu nombre. Mencionó a todas ustedes. Gracias por haber estado con ella.”

Ana cayó de rodillas al leerlo.

El dolor la atravesó como un puñal sin filo, rompiendo todo por dentro. El aire se volvió espeso. Las lágrimas vinieron sin aviso ni freno. Gritó. Gritó como si con eso pudiera evitarlo, como si pudiera reescribir el destino con un alarido.

Juliana. La primera en hablar. La primera en abrirle la puerta a la verdad. Juliana, la que les devolvió la voz… ya no estaba.

Esa noche fue un abismo.

Las demás también lo sintieron. El chat se llenó de silencios. Nadie sabía qué decir. Todas lloraban. Todas maldecían. El sistema. La impunidad. El miedo. El trauma que sigue devorando incluso cuando creemos haber sanado.

—Le fallamos —escribió Paola.

—No. El mundo le falló —respondió Ana.

Capítulo 12: Cicatrices que no Sangran

La noticia de la muerte de Valeria cayó como un alud. Ana no gritó. No lloró. Solo cayó de rodillas sobre el suelo frío del baño donde había estado mirándose en el espejo por más de una hora, sintiendo que su reflejo ya no le pertenecía.
Nada la había preparado para ese mensaje, para ese adiós cobarde, silencioso, desesperado. Valeria, su amiga más cercana, la única que entendía sin preguntar, se había quitado la vida… o eso decían.

Pero Ana sentía otra cosa. Algo no cuadraba. Valeria había estado rara, sí, incluso distante… pero en sus últimos mensajes había algo que parecía más miedo que tristeza. La voz rota en sus audios, las palabras veladas, como si alguien más estuviera escuchando desde el otro lado.

En los días posteriores, Ana no durmió. No comió. Volvieron las pesadillas, pero ahora con otro rostro entre sombras: el de Valeria, colgando, susurrándole que todo está conectado, que nada es lo que parece, que ella sería la siguiente.

El funeral fue breve y frío. La familia, deshecha, evitaba responder preguntas. El cuerpo no fue mostrado. Cierre de caso: “Suicidio inducido por episodios depresivos graves”.
Pero Ana sabía. Sabía demasiado como para creer en esas explicaciones empaquetadas.

Las siguientes semanas fueron una espiral. Ana empezó a investigar por su cuenta, a conectar las desapariciones, los nombres en los periódicos que se repetían en distintas ciudades, siempre chicas, siempre con un pasado de denuncias silenciadas, siempre con conexiones invisibles a Camilo.

El nombre de Camilo volvió a su mente como un veneno. No lo veía desde aquella noche. Desde aquella violación. Desde la traición que la dejó rota por dentro. Él seguía libre. Intacto. Y, ahora, parecía moverse en las sombras de muchas otras vidas destruidas.

Ana encontró un cuaderno viejo de Valeria. Uno que le había mostrado años antes, cuando ambas escribían para desahogarse. En él, Valeria detallaba conversaciones, miedos, rostros.
Uno de esos nombres coincidía con una mujer desaparecida en Santa Lucía.
Y otro más… era el de una psicóloga que las atendió a ambas durante su adolescencia.

Ana se vio rodeada de pistas. Y de peligro.

Un día, al regresar a su habitación, encontró su diario abierto sobre la cama. Ella nunca lo dejaba así. Nadie más tenía la llave. Las hojas donde hablaba de Camilo habían sido arrancadas.

No había duda: alguien la estaba vigilando. Y alguien quería callarla.

Pero esta vez, Ana no pensaba callar.

Esa noche escribió una carta. No de despedida, sino de resistencia. Una carta a sus amigas, a las que aún quedaban, a las que ya no estaban, a las que estaban atrapadas como ella.
Y la firmó con una sola palabra: “Seguimos”.

Pero justo antes de dormir, su celular vibró. Un número desconocido.
Un mensaje sin texto, solo una imagen:
La entrada de su antiguo colegio.
Y una nota escrita con tinta roja sobre el portón:
“Regresa. Aquí comenzó todo.”

Capítulo 13: El Regreso

La imagen de la entrada del colegio no se borraba de su mente.
La fotografía, con ese portón oxidado, las rejas que alguna vez la contuvieron, y aquella frase en tinta roja —“Regresa. Aquí comenzó todo.”— era como un grito desde el pasado, una orden desde las sombras.
Ana no respondió el mensaje. Ni una palabra. Pero su silencio no era sumisión. Era preparación.

Los días siguientes fueron lentos, pesados. El aire parecía más denso, como si el tiempo mismo la presionara a tomar una decisión. A veces creía escuchar el timbre de ese colegio resonar en su mente, ver sombras cruzar su habitación, sentir pasos detrás de ella. Sabía que no era paranoia. Sabía que alguien la observaba.
Ya no se trataba solo de ella. No desde que Valeria había muerto. O desaparecido. O había sido silenciada.
No desde que su diario había sido manipulado.
No desde que Camilo caminaba libre, como si nada.

Y así, un martes por la tarde, empacó una mochila con lo mínimo: su libreta, una linterna, grabadora de voz, el celular con batería extra y una navaja pequeña. Su padre dormía en el cuarto de al lado. No dijo nada. No se despidió. Nadie debía saber.

El trayecto hasta el colegio fue una mezcla de ansiedad y nostalgia envenenada.
Todo estaba igual… y sin embargo, distinto. El tiempo no lo había borrado. Solo lo había corroído.
El portón seguía allí, igual de macabro, con aquella nota en tinta roja aún visible. La tinta parecía reciente. No era un mensaje viejo. La esperaban.

Ana tragó saliva, respiró hondo y empujó las rejas.
El sonido chirriante fue como una advertencia.
Cada paso que daba la acercaba a sí misma… a la niña que alguna vez fue.
A la niña rota.

El colegio abandonado olía a humedad, a libros muertos y recuerdos podridos.
Los salones estaban vacíos, las pizarras aún tenían trozos de palabras escritas con tiza.
Pero lo que más la perturbó fue el silencio: no era un silencio de abandono. Era un silencio expectante, como si alguien más estuviera dentro, conteniendo la respiración.

Ana recorrió los pasillos, reconociendo lugares:
—El aula donde por primera vez escribió en su diario.
—El baño donde se encerraba a llorar para que nadie la viera.
—El rincón donde una vez Valeria le confesó que también sentía miedo todo el tiempo.

Y, entonces, llegó a la biblioteca.
Un sitio olvidado, cubierto de polvo, pero aún con sus estanterías en pie.
En la mesa central, había un sobre cerrado.
Tenía su nombre.
Solo su nombre.
Ana.

Lo abrió con manos temblorosas.
Dentro, había fotografías.
Una tras otra.
Rostros conocidos.
Amigas.
Compañeras.
Todas en situaciones que jamás habían contado a nadie.
Algunas golpeadas.
Otras amordazadas.
Otras… desnudas.

Ana sintió el vómito subirle a la garganta.
—¿Cómo habían conseguido esas fotos?
—¿Quién estaba detrás?
—¿Cuánto tiempo llevaban observándolas?

Debajo de todo eso, había una hoja mecanografiada.
Sin firma.
Con instrucciones:

«Esto nunca fue solo contigo. Fue contigo, con Valeria, con ellas.

Hay alguien más que debe pagar. Y sabes quién es.

No lo denuncies. No hables.

Regresa mañana. Sola. Medianoche.

Solo así conocerás la verdad completa.»

Ana salió del colegio con los ojos vacíos. El cuerpo tembloroso. Pero con el corazón endurecido.
No podía ir a la policía.
No sin pruebas.
No cuando ya alguien había manipulado todo antes.

Y, mientras caminaba de vuelta, sintió que algo dentro de ella se estaba activando.
Una parte que había dormido demasiado tiempo.
Una furia profunda.
Una fuerza que no venía de la venganza, sino del dolor acumulado.

Esa noche, Ana no durmió.
Revisó las fotos una por una.
Reconoció más rostros.
Descubrió detalles que antes no habría visto.
Y entendió: Camilo no actuaba solo.
Él era parte de algo más grande.
Una red.
Un sistema.
Una enfermedad enquistada en instituciones, en hombres, en silencios.

Antes de que amaneciera, escribió en su libreta con trazo firme:

“Si mañana no regreso, quemen este cuaderno.”
“Pero si regreso… no se detengan jamás.”

Y subrayó una frase:

“El dolor no me define. Pero la verdad me pertenece.”

Capítulo 14 – La Trampa del Silencio

El día amaneció con un aire diferente, cargado de un silencio artificial, como si algo más allá de la realidad se estuviera conteniendo. Ana lo supo al despertar. Ya no tenía miedo, pero la ansiedad aún se aferraba a su espalda como una sombra persistente. No era una mujer ingenua. Después de todo lo que había vivido, su instinto se había agudizado hasta el extremo. Por eso, cuando recibió aquel mensaje anónimo, no lo ignoró. Lo guardó. Lo analizó. Lo preparó.

Decía solo: “Ven sola. Ya es hora de terminar esto.”
Y una dirección.

La ubicación era precisa: una bodega abandonada a las afueras del barrio industrial, un lugar donde el eco podía tragarse los gritos y las paredes no tenían memoria. Ana fue. Pero no sin antes dejar huellas. Envió ubicaciones a contactos desconocidos, habilitó una cámara oculta en su mochila, y lo más importante: no estaba realmente sola. Alguien la seguiría. Alguien que Ana no conocía del todo, pero que había cruzado su camino semanas atrás: una mujer que también había sobrevivido a lo innombrable.

Cuando Ana entró a la bodega, todo ocurrió muy rápido. Era una emboscada. Una trampa. Una jauría de sombras se abalanzó sobre ella sin tiempo para correr, gritar o suplicar. No lo haría, de todos modos. En su rostro no había terror, solo rabia contenida y una oscura resignación que dolía más que los golpes.

Pero lo que aquellos hombres no sabían es que Ana había esperado esto. Ella no confiaba en la justicia, pero confiaba en la verdad cuando se captura sin filtros. En una azotea cercana, oculta tras unas cortinas raídas, una cámara grababa cada segundo. La desconocida seguía las instrucciones al pie de la letra: registrar sin intervenir. Era la única condición de Ana.

Esa noche fue eterna. Una repetición del infierno que ya conocía, pero con una diferencia: esta vez, la prueba no se borraría. Esta vez, el dolor sería el arma.

Cuando por fin la abandonaron, tirada, ensangrentada, rota pero viva, Ana no lloró. Solo cerró los ojos y pensó en lo siguiente: ¿cuánto cuesta la verdad? ¿Cuántos cuerpos deben caer para que el mundo escuche?

La mujer que grabó todo bajó en silencio. Se acercó. Le extendió la mano.

—Lo tengo todo. Nadie los va a proteger esta vez.

Ana no podía hablar. Pero en su rostro destruido apareció una curva imperceptible. Una sonrisa de guerra.

Ese fue el día en que la venganza dejó de ser una idea y comenzó a tomar forma.

Capítulo 15 – El principio del fin

Ana despertó en la habitación de Elena. Llevaba días allí, sin saber exactamente cuántos. Desde aquella noche —esa noche— todo era una secuencia de sueños rotos, visitas médicas, miradas al vacío y un constante temblor en las manos. El dolor físico era apenas un susurro frente al caos emocional que se había despertado dentro de ella.

Elena, su madre, estaba sentada junto a la cama. La observaba como cuando era niña y tenía fiebre. Pero ahora, su mirada tenía otra profundidad. No solo tristeza. Culpa. Rabia. Miedo.

—Estás despierta —susurró.

Ana giró apenas el rostro. No dijo nada.

—Sé lo que me vas a decir —continuó Elena—. Pero no te pido perdón. No ahora. No lo merezco todavía.

Ana cerró los ojos. Le dolía mirarla. Le dolía la voz. Le dolía saber que su madre, esa mujer distante, dura, que parecía hecha de concreto, también había sido parte del silencio que la consumió.

—Sabías todo, ¿verdad? —fue lo único que dijo Ana, apenas audible.

Elena bajó la cabeza. Respiró hondo, como si sus pulmones estuvieran llenos de lodo.

—Desde que entraste al colegio… Camilo era diferente. Te miraba como… como nadie debería mirar a una niña. Quise creer que solo era una impresión. Que tú podías con todo. Pero me equivoqué. Me equivoqué como madre. Me equivoqué como mujer.

Ana apretó la sábana con fuerza. Le costaba digerir esa confesión.
La verdad tenía bordes cortantes.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué te callaste cuando más te necesitaba?

Elena se levantó. Caminó hasta la ventana. Afuera, el mundo seguía, como si no supiera que una vida se deshacía en esa habitación.

—Porque yo también lo conocía, Ana. Mucho antes de ti. Camilo no es solo un monstruo en tu historia. También fue parte de la mía. Un error del pasado que se disfrazó de amistad, de simpatía, de redención. Pero siempre fue eso: un depredador. Yo lo sabía. Pero no supe cómo detenerlo. No supe cómo salvarte sin mostrarte que también me rompió a mí.

Ana sintió que el aire le faltaba. Todo se entrelazaba ahora. Todo.

—¿Te tocó?

Elena la miró. Por primera vez, sus ojos no eran los de una madre. Eran los de una niña que había sido violentada también.

—No como a ti. Pero lo permitió. Lo encubrió. Participó. Calló. Como muchos. Como todas esas caras amables que jamás pensarías que están detrás de lo impensable.

La habitación se llenó de un silencio amargo. Ana lloró. Pero no como antes. Esta vez, no eran lágrimas de dolor. Eran de furia.

—No me importa quién más haya sido cómplice —dijo Ana, con la voz quebrada—. Lo voy a destruir. A él. A todos.

Elena caminó hacia ella. Se arrodilló frente a la cama y le tomó la mano.

—Esta vez, no estás sola.

Ana no respondió. Pero tampoco retiró la mano. Era el primer puente.

Esa noche, mientras Elena dormía, Ana tomó su libreta. Escribió por primera vez desde la emboscada. Palabras torpes, frases inconexas, pero verdaderas. En una de las páginas escribió:

“Mi madre no me salvó. Pero no me perdió. Aún puede encontrarme. Y juntas, tal vez podamos quemar todo lo que nos quemó.”

Debajo, un nombre: Camilo.

Lo encerró en un círculo.
Y lo tachó con fuerza.

El principio del fin había comenzado.

Capítulo 16 – Entre el dolor y la cacería

Elena despertó antes que el sol. No recordaba la última vez que había madrugado sin sentirse obligada por el trabajo o la rutina. Esta vez, no era por necesidad. Era por instinto. Se levantó en silencio, caminando hasta la cocina. Preparó café y se quedó mirando la puerta cerrada de la habitación de Ana.

Durante horas, había repasado la conversación de la noche anterior. Ana no la había perdonado. Tal vez nunca lo haría. Pero había algo que se había movido entre ellas: un pacto invisible, hecho de rabia y miedo, pero también de determinación.

Ya no iban a esperar.

Ana salió más tarde, con ojeras profundas, pero vestida y con la mochila en la espalda. No había avisado a dónde iba.
—Te acompaño —dijo Elena, poniéndose el abrigo.
—No hace falta.
—No es una opción.

Se miraron fijamente. Ana bajó la vista, aceptando sin palabras. Salieron juntas, caminando por calles que se sentían más hostiles de lo normal. No había prisa. Cada paso era un cálculo.

El destino era una dirección escrita a mano en una hoja arrugada que Ana había guardado desde la emboscada. Un nombre la acompañaba: Rosa Herrera, una mujer que, según rumores, había trabajado para Camilo en sus años más ocultos. Una mujer que desapareció del mapa cuando se negó a seguir obedeciendo.

El edificio donde vivía Rosa era viejo, con un olor a humedad y cigarro impregnado en las paredes. Golpearon la puerta dos veces. Al tercer golpe, una voz ronca respondió:
—¿Quién?

—Ana… y Elena —dijo la joven.

Hubo un silencio. Luego, un clic. La puerta se entreabrió. Una mujer mayor, de rostro marcado por arrugas y cicatrices apenas visibles, las observó con desconfianza.
—¿Qué quieren?
—Saber quién más estaba con él —dijo Ana—. Y cómo detenerlo.

Rosa suspiró, dejó pasar un segundo largo y las hizo entrar. Cerró la puerta con llave y puso dos cerrojos adicionales.

El interior era un caos de papeles, fotografías, y recortes de periódico. En la mesa central había carpetas con nombres y fechas. Rosa sirvió té sin preguntar, y comenzó a hablar.

—Camilo no trabaja solo. Nunca lo hizo. No es un hombre, es una red. Y ustedes no son las primeras en buscarlo… pero pueden ser las últimas.

Rosa les mostró fotos en blanco y negro: fiestas privadas, reuniones en hoteles, rostros sonrientes que ocultaban secretos horribles. Elena sintió que se le helaba la sangre: varios eran conocidos de su pasado. Compañeros de trabajo. Vecinos. Incluso un político local.

—Él tiene miedo de algo —dijo Rosa—. Hay rumores de que una grabación salió a la luz. Que alguien lo filmó.

Ana y Elena intercambiaron miradas. No dijeron nada, pero ambas pensaron en la desconocida que grabó la emboscada.

—Si esa grabación existe —continuó Rosa—, no durará mucho en las manos equivocadas. Camilo sabe cómo desaparecer pruebas. Y personas.

Esa noche, mientras volvían a casa, Ana sintió que las luces de la calle parpadeaban más de lo normal. Elena también lo notó. Un auto negro dobló la esquina lentamente, siguiéndolas con la paciencia de un cazador.

—No corras —susurró Elena—. Solo sigue caminando.

Pero Ana ya sabía lo que eso significaba. El juego había cambiado. Ahora ellas no solo buscaban. También las estaban cazando.

Camilo, en algún lugar, sonrió frente a un vaso de whisky. Había visto el auto seguirlas. Sabía dónde vivían. Sabía que se habían unido.
Y en su mente, ya estaba planeando el final de ambas.

Un final que él creía controlar.

Pero lo que aún no entendía era que, por primera vez, ellas también estaban preparadas para cazar.

Capítulo 17 – El principio de la caída

La lluvia había empezado antes del amanecer, fina y persistente, como una cortina gris que distorsionaba la ciudad. Desde la ventana, Ana observaba cómo las gotas resbalaban por el vidrio. Tenía la sensación de que cada una de ellas marcaba un segundo menos en la cuenta regresiva hacia algo inevitable.

Elena, detrás, preparaba café sin decir palabra. Desde que salieron de la casa de Rosa, ambas sabían que Camilo estaba cerca. Demasiado cerca. No hacía falta decirlo: lo sentían en cada ruido extraño, en cada sombra que se alargaba más de lo normal.

—Hoy no salgas sola —dijo Elena, rompiendo el silencio.
—No iba a hacerlo.

Ana apartó la mirada de la ventana. Tenía un cuaderno abierto sobre la mesa, lleno de nombres y conexiones que Rosa había confirmado. Entre ellos, algunos le resultaban especialmente dolorosos: viejos amigos que nunca sospechó que estuvieran vinculados. Sabía que no era momento de pensar en traiciones personales, pero cada nombre era una espina más.

Camilo, en otro punto de la ciudad, estaba sentado en la penumbra de su oficina. La habitación olía a tabaco y madera vieja. Sobre su escritorio, una botella de whisky abierta y una carpeta con fotografías recientes de Ana y Elena. En todas, había algo en común: las dos juntas, siempre vigilantes.

Estaba perdiendo el control.
Y lo sabía.

La grabación lo obsesionaba. Había hecho que dos de sus hombres buscaran sin descanso a la mujer que la tenía. No podían encontrarla. No podían ni confirmar si aún estaba en la ciudad. Y mientras más pasaban los días, más escuchaba rumores, susurros de que ciertas personas comenzaban a hacer preguntas incómodas.

Encendió un cigarro, inhaló profundamente y se recostó en la silla. Por primera vez en años, sintió un miedo que no podía disfrazar de rabia.

Esa tarde, Ana y Elena recibieron la visita inesperada de Claudia, una de las amigas más cercanas de Ana. No había estado presente en los últimos meses, y su repentina aparición levantó dudas.

—Vine porque escuché que alguien las sigue —dijo Claudia, nerviosa—. No sé si sea cierto, pero… en el bar donde trabajo han visto a un tipo describiendo a Ana. Y no estaba solo.

Elena la observó con atención.
—¿Quién te lo dijo?

—Un cliente habitual. No sabe mi nombre. Pero parecía asustado. Dijo que los hombres preguntaban con demasiados detalles.

Ana y Elena intercambiaron una mirada rápida. Era una confirmación más de lo que ya sabían. Camilo estaba moviendo piezas a plena luz del día.

Mientras tanto, en una bodega olvidada, Camilo estaba con tres de sus hombres más cercanos. Sobre la mesa había mapas, direcciones y horarios. No hablaba de venganza. No hablaba de amenazas. Hablaba de control, de limpiar su nombre, de eliminar toda prueba antes de que llegara a las manos equivocadas.

Pero algo en su voz había cambiado. Ya no era el hombre arrogante que dictaba órdenes como si el mundo le perteneciera. Ahora era un animal acorralado, calculando cómo morder antes de que lo derriben.

Al finalizar la reunión, uno de sus hombres se atrevió a preguntar:
—¿Y si la grabación ya está en circulación?

Camilo lo miró con una frialdad que helaba la sangre.
—Entonces… todos los que sepan algo, todos, dejarán de respirar.

Esa noche, Ana recibió un mensaje anónimo en su teléfono:

«No confíes en nadie. Ni siquiera en las que dicen ser tus amigas. El círculo se cierra.»

Ana lo leyó dos veces. No respondió. Guardó el teléfono en el bolsillo y miró a su madre.
—Él sabe que vamos por él.

Elena no pestañeó.
—Y eso lo va a destruir más rápido.

Mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas, Camilo miraba por la suya. Por primera vez, comenzó a imaginar su final. Y no era rápido. No era limpio.

Era lento.
Doloroso.
Y quizás… ya había empezado.

Capítulo 18 – El rey sin corona

El whisky ya no le servía para dormir. Ni el cigarro, ni las pastillas que tomaba en silencio para no mostrar debilidad. Camilo llevaba tres noches sin pegar un ojo. Se movía de un lado a otro en su oficina, como un animal que presiente que la jaula se cierra.

Los hombres en los que confiaba habían empezado a desaparecer. No porque estuvieran muertos —todavía—, sino porque lo estaban abandonando. Algunos habían huido del país, otros habían borrado todo rastro de comunicación. Y lo peor: había rumores de que dos de ellos ya hablaban con la policía.

En su escritorio, la carpeta con las fotos de Ana y Elena seguía abierta. Las miraba una y otra vez, como si en esas imágenes estuviera la clave para recuperar el control. Pero lo único que veía era algo que nunca había sentido: perder.

Esa mañana, recibió una llamada de Esteban, uno de sus socios más antiguos.
—Camilo… es mejor que pares —dijo la voz al otro lado—. Esto se está saliendo de las manos. Esa grabación existe y…
—No me interesa —lo interrumpió Camilo—. Voy a encontrarla y voy a borrarla. Y a quien la tenga.

Hubo un silencio incómodo antes de que Esteban respondiera.
—No es solo la grabación. La gente ya habla. Esto ya no se controla con miedo.

Camilo apretó el teléfono con tanta fuerza que crujió.
—El miedo es lo único que controla, Esteban. Sin miedo, todos creen que pueden desafiarme. Y eso no lo voy a permitir.

Colgó sin despedirse. Pero por primera vez, la voz de su socio le había sonado como una sentencia de muerte.

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Ana y Elena
revisaban las carpetas que Rosa les había entregado. Entre los nombres aparecía el de un viejo abogado que había trabajado para Camilo y que, según Rosa, estaba dispuesto a hablar… por el precio correcto.
Ana sintió que esta era una grieta perfecta para entrar en el mundo de Camilo y empujarlo al vacío.

Elena, sin embargo, sabía que eso era peligroso. Muy peligroso.
—Si lo acorralas demasiado rápido, va a morder antes de caer —advirtió—. Y cuando muerde, no suelta.

Ana la escuchó, pero no respondió. Su mirada estaba fija en el nombre del abogado.

Esa noche, Camilo se reunió con tres hombres en una bodega. Pero algo había cambiado. Ya no lo escuchaban con el mismo respeto. No le respondían con el “sí” automático de antes.

Uno de ellos, Martínez, lo miró directamente y dijo:
—Si esa grabación sale, todos caemos. No solo tú. Y no voy a ir a prisión por tu guerra personal.

Camilo sonrió, pero era una sonrisa hueca, peligrosa.
—No te preocupes, Martínez. Tú no vas a ir a prisión.

Cinco minutos después, Martínez estaba en el suelo, inmóvil, con un hilo de sangre escapando por la comisura de sus labios. Los otros dos hombres no dijeron nada, pero en sus miradas se leía el mismo pensamiento: Camilo había cruzado una línea que no podía deshacer.

A solas, Camilo se sentó en la penumbra. La lluvia golpeaba el techo de la bodega como un tambor fúnebre. Encendió un cigarro, pero sus manos temblaban. No podía sacarse de la cabeza la idea de que Ana y Elena lo estaban empujando hacia un lugar del que no habría regreso.

En su mente, las voces se multiplicaban. Voces del pasado, de las mujeres que había usado, roto y dejado atrás. Voces de sus “amigos” que ahora lo traicionaban. Voces que repetían una y otra vez su nombre, pero no con respeto… sino con odio.

En algún lugar de esa ciudad, estaba la grabación que podía matarlo.
Y por primera vez, no estaba seguro de poder detenerla.

Mientras tanto, Ana y Elena caminaban bajo la lluvia hacia el lugar donde se reunirían con el abogado. No sabían que Camilo, esa misma noche, había dado una orden final a uno de sus últimos hombres leales:

«Encuéntralas. Y tráelas vivas.»

Pero esa orden no sonaba como una amenaza.
Sonaba como el rugido desesperado de un rey sin corona.

Capítulo 19 – El eco de una traición

Camilo no durmió. Pasó la noche en movimiento, haciendo llamadas, enviando mensajes codificados, reorganizando a los pocos hombres que todavía le respondían. Su plan era simple: golpear primero, golpear fuerte y eliminar cualquier amenaza antes de que pudiera reaccionar.

Amaneció con un listado de direcciones, nombres y rutas. Entre ellos, el del abogado que Ana y Elena estaban buscando. No iba a esperar a que ellas se acercaran. Si ese hombre sabía algo, lo sacaría todo… aunque fuera su última acción.

Ana y Elena, por su parte, no habían podido llegar a la reunión con el abogado. Alguien había interceptado el contacto antes de que ellas pudieran concretar. El lugar estaba vacío, con señales de que alguien había estado allí y se había ido con prisa.

Elena lo vio como una advertencia. Ana, como un desafío.
—No va a detenerme —dijo ella, apretando los dientes.

Pero Elena sabía que cada movimiento que daban era observado. La sensación de estar siendo cazadas se había convertido en certeza.

Camilo se movía como en sus mejores días, pero su mente estaba en otra parte. La paranoia lo había convertido en alguien más impredecible. Sus órdenes eran rápidas, cambiantes y peligrosas. No hablaba de proteger a la organización. Hablaba de protegerse a sí mismo.

Uno de sus hombres más cercanos, Rivera, lo seguía en silencio, anotando todo lo que podía. Sabía que algo estaba mal.
—Camilo, el jefe no va a aprobar esto —se atrevió a decir.
—El jefe no necesita saberlo —respondió Camilo, sin mirarlo—. Esto es personal.

Rivera lo observó un instante más, pero no dijo nada. Sabía que guardar silencio ahora era más seguro… aunque no por mucho.

Esa tarde, Camilo ordenó secuestrar a un contacto clave, un mensajero que, según él, había estado filtrando información a Ana. Fue una operación rápida, brutal, ejecutada a plena luz del día. El riesgo era enorme, pero Camilo ya no pensaba en riesgos.

Lo que no sabía era que alguien estaba vigilando. No Ana, no Elena… sino un par de ojos mucho más peligrosos.

En una oficina oscura, lejos de la ciudad, un hombre mayor observaba imágenes transmitidas en directo desde un dispositivo oculto. Era el líder de la organización, un hombre que rara vez intervenía en las disputas internas, pero que siempre lo sabía todo.

En la pantalla, Camilo aparecía dando órdenes, moviendo hombres, rompiendo protocolos que llevaban años respetándose. No había coordinación, no había permisos… solo decisiones impulsivas, caóticas y personales.

El líder entrecerró los ojos.
—Así que decides actuar por tu cuenta, Camilo… —murmuró, con una calma que escondía un veneno letal—. Y crees que eso no tiene precio.

Tomó el teléfono y marcó un número.
—Sí. Vigílenlo. Quiero cada paso registrado. Y si sigue por ese camino… quiero que sea yo quien lo detenga.

Colgó, se sirvió un vaso de licor y volvió a mirar la pantalla.

Camilo no lo sabía todavía, pero su guerra personal acababa de convertirse en su sentencia de muerte.

Capítulo 20 – Las voces que aún pesan

La lluvia había amainado, pero el cielo seguía encapotado, como si la ciudad entera respirara con dificultad. Ana estaba sentada en el borde de la cama, sosteniendo una carta arrugada que había encontrado entre las carpetas de Rosa. No era para ella, pero reconoció la letra: Valeria.

La última vez que habló con su amiga, ambas habían prometido “aguantar” hasta el final, pase lo que pase. Pero Valeria no lo hizo. Una noche cualquiera, sin avisos claros, se quitó la vida.

Ana nunca supo por qué… hasta ahora.

La carta era breve, pero cada palabra pesaba como plomo:

«Ana, lo intenté. Juro que lo intenté. Pero ellos siguen ahí. Siguen buscándome, siguen recordándome lo que hicieron. No hay salida para mí, y no quiero que me encuentren antes de que yo pueda decidir. Perdóname por no resistir más. Perdóname por no quedarme a ver cómo ganabas esta guerra. Te prometo que, si hay un lugar donde no duela, te esperaré ahí.»

Ana sintió un nudo en la garganta. No recordaba cuándo fue la última vez que había llorado por alguien. Se le escapó un sollozo breve, casi un quejido, antes de que Elena entrara en la habitación.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó, acercándose.

Ana se la entregó sin decir palabra. Elena leyó en silencio, y cuando terminó, se dejó caer en la silla. No era solo dolor lo que se veía en su rostro. Era miedo.
—Si Valeria no pudo… —murmuró.

—Yo no soy Valeria —interrumpió Ana, con una dureza que sorprendió incluso a ella misma—. Pero esto no se olvida. No se perdona.

En otro punto de la ciudad, Camilo se reunía con lo que quedaba de su círculo de confianza. No sabía que cada palabra, cada movimiento, estaba siendo registrado por orden del líder de la organización.

Hablaba con la misma energía que siempre, convencido de que aún tenía el control.
—Vamos a cerrarles todas las salidas. Ellas creen que saben jugar, pero no entienden quién soy.

Su tono no dejaba lugar a dudas: para él, esto ya no era una disputa. Era una cacería.

Lo que no imaginaba era que, en una sala oscura, el líder observaba las grabaciones con expresión imperturbable, anotando nombres y rostros que muy pronto dejarían de existir.

Esa noche, Ana y Elena quemaron la carta de Valeria. No porque quisieran olvidarla, sino porque ninguna de las dos soportaba la idea de que alguien más pudiera leerla.

Mientras las cenizas se elevaban en el aire, Ana susurró:
—Esto también es por ti, Valeria.

Elena no dijo nada, pero en su mente entendió que aquella guerra ya no era solo contra Camilo. Era contra todo lo que había llevado a su hija y a otras como ella a pensar que la única salida era desaparecer.

Valeria estaba muerta.
Pero su voz seguiría viva… hasta que el último de ellos cayera.

Capítulo 21 – El detonante

El día amaneció como cualquier otro, pero a media mañana la ciudad entera se vio sacudida por un horror que nadie estaba preparado para presenciar.
En redes sociales, un enlace comenzó a compartirse con rapidez. Era una transmisión en vivo.

Camilo aparecía frente a la cámara, sentado en un sillón de cuero, con un vaso de whisky en la mano. Su voz era pausada, casi relajada.
—Quiero que todos vean lo que les pasa a quienes se meten donde no deben —dijo, mirando directamente al lente—. Esto es una lección.

La cámara se movió y mostró una escena que heló la sangre de quienes miraban: una mujer, atada, amordazada, con los ojos cubiertos. Su respiración era agitada, y la voz de Camilo narraba lo que estaba a punto de ocurrir como si fuera un espectáculo.
No era una película. No era un juego. Era una violación en tiempo real, transmitida al mundo.

En los comentarios, algunos trataban de denunciar la transmisión. Otros miraban con morbosa fascinación. Pero lo que Camilo no sabía es que ese video no solo llegaba a los ojos de la gente… también llegaba a los del líder de la organización.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Ana y Elena observaban en silencio la transmisión desde el teléfono de Claudia, que temblaba al sostenerlo. Ninguna de las tres podía pronunciar palabra. El aire parecía más pesado.

—Dios mío… —susurró Claudia—. Esa es…

No terminó la frase. La imagen cambió abruptamente.
Ya no era la transmisión. Ahora era un video grabado horas antes: en el centro de la ciudad, frente a una estatua conocida, el cuerpo encadenado y decapitado de Laura, otra amiga cercana de Ana, estaba expuesto como una macabra advertencia. La cabeza había sido atravesada por un palo y colocada como si vigilara a los transeúntes.

En la grabación, una voz masculina, distorsionada, decía:
«Esto es lo que pasa cuando traicionas.»

En la oficina del líder, el silencio era absoluto. Observó ambas grabaciones con el rostro inmóvil, pero en sus ojos se encendía una llama de decisión.
Camilo había cruzado no una, sino varias líneas.
Ya no era solo un riesgo para la organización. Era una bomba de tiempo que amenazaba con arrastrarlos a todos.

Tomó el teléfono y marcó.
—Ejecuten la orden. Que no vea venir nada.

Colgó, sirvió un vaso de licor y se quedó mirando por la ventana.
—Camilo… —susurró—, esta será tu última jugada.

Ana, Elena y Claudia se refugiaron en silencio en la casa, con las ventanas cerradas y las luces apagadas. Nadie habló durante horas.
Pero Ana lo sabía: después de lo que había visto, no podía esperar más.
Ya no era cuestión de justicia. Era cuestión de sobrevivir… y de asegurarse de que Camilo pagara por cada vida que había destrozado.

Esa noche, las piezas comenzaron a moverse en dos frentes:
Uno, invisible para Ana, con el líder preparando el golpe final contra Camilo.
Y otro, alimentado por la rabia y el dolor de una mujer que había perdido demasiado.

El reloj de Camilo ya estaba corriendo.
Solo que él no lo sabía.

Capítulo 22 – Ecos de miedo

El día después de la transmisión y la exhibición del cuerpo de Laura, la ciudad estaba sumida en un silencio extraño. Nadie quería hablar demasiado alto sobre lo ocurrido, pero todos lo habían visto.

Ana se sentía como si llevara un peso en el pecho que no le permitía respirar. No podía borrar la imagen de la cabeza de su amiga expuesta en la plaza, ni el sonido de la voz distorsionada diciendo “Esto es lo que pasa cuando traicionas”.

En la sala de la casa, estaban reunidas Claudia, Marisol y Julia, tres de las amigas que aún quedaban. Sus rostros mostraban una mezcla de miedo, rabia y cansancio.

—Esto ya no es solo con Ana —dijo Julia, rompiendo el silencio—. Esto es contra todas. Nos quiere muertas.

—Y lo va a lograr si seguimos aquí sin hacer nada —añadió Marisol, con lágrimas en los ojos—. Laura… Laura no merecía esto.

Claudia miró a Ana, como buscando una respuesta, una decisión que les devolviera el control. Pero Ana estaba en silencio, apretando los puños. Sabía que cada palabra que dijera debía ser calculada.

**

A kilómetros de allí, en una casa que funcionaba como punto de operaciones, el líder de la organización se reunía con dos hombres de confianza. Sobre la mesa había fotos de Camilo, rutas que había tomado en los últimos días y un esquema de los pocos aliados que le quedaban.

—No quiero un enfrentamiento público —ordenó el líder—. Quiero que desaparezca sin dejar rastro. Que su muerte parezca un accidente o un ajuste ajeno a nosotros.

Uno de los hombres asintió, tomando nota. El líder sabía que Camilo había cruzado todas las líneas posibles, pero lo que más le preocupaba no era el escándalo… sino la pérdida de control dentro de la red. Si otros veían que un hombre como Camilo podía actuar sin consecuencias, todo el sistema se vendría abajo.

De vuelta en la casa de Ana, la tensión crecía. Julia, que siempre había sido la más tranquila, explotó.
—Ana, tú sabes más que nosotras. Sabes cómo encontrarlo. Y si no lo hacemos nosotras, él vendrá por una de nosotras mañana.

Elena, que había permanecido escuchando desde el pasillo, entró a la sala.
—No vamos a ir por él de frente —dijo con firmeza—. No todavía. No sabemos qué cartas tiene.

—¿Y qué hacemos mientras? ¿Esperar otra cabeza en la plaza? —respondió Claudia, levantando la voz.

Ana cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su mirada era distinta.
—Vamos a movernos. No para matarlo… todavía. Vamos a quitarle todo lo que tiene alrededor. Que sienta lo que es estar solo.

Esa noche, mientras las amigas discutían planes y se aferraban a la poca esperanza que les quedaba, el líder firmaba la autorización para que comenzara la operación contra Camilo.

Nadie en esa sala sabía que dos frentes distintos se estaban preparando para el mismo objetivo.
Y que cuando ambos se encontraran en el camino, el caos sería inevitable.

Capítulo 23 – Cazadores en paralelo

La ciudad, de noche, parecía un tablero de ajedrez donde las piezas se movían sin que el rival lo notara.
Camilo seguía convencido de que tenía la iniciativa, que él marcaba el ritmo de la cacería. No sabía que, en realidad, él ya era la presa.

En una bodega abandonada, el líder de la organización
escuchaba el informe de sus hombres. Habían conseguido infiltrar a un par de contactos dentro del círculo cercano de Camilo. Gente que él aún creía leal, pero que ahora trabajaba para otro.

—No actúen todavía —ordenó el líder—. Que piense que sigue mandando. Quiero que se confíe… y cuando lo haga, no tendrá a dónde correr.

Los hombres asintieron. El plan era claro: aislarlo, cortarle el flujo de dinero y aliados, y luego dar el golpe final.

Mientras tanto, en la casa de Ana, el ambiente era igual de tenso.
En la mesa había un mapa de la ciudad con marcas rojas y notas escritas a mano. Eran direcciones de bares, almacenes y casas donde Camilo solía mover mercancía o reunirse con sus contactos.

—No vamos a poder contra todos sus hombres —dijo Claudia, mordiéndose el labio.
—No tenemos que hacerlo —respondió Ana—. Solo necesitamos romperle las piernas a su red. Si nadie quiere trabajar con él, estará expuesto.

Elena, que hasta ahora había escuchado más que hablado, intervino:
—Esto no es un juego. Si hacemos esto, él sabrá que vamos por él… y vendrá antes de lo que imaginamos.

—Lo sé —dijo Ana, mirando a sus amigas—. Y estoy lista.

Las primeras jugadas comenzaron esa misma noche.
Por un lado, hombres del líder interceptaron un cargamento que Camilo esperaba con urgencia, fingiendo que se trataba de un robo común. Lo que él no sabía era que esa mercancía no iba a reaparecer nunca.

Por otro lado, Ana y Claudia se infiltraron en un pequeño club donde Camilo solía reunirse con posibles aliados. No buscaban enfrentarse a nadie, sino dejar mensajes velados: advertencias que asustaran a cualquiera que pensara en hacer negocios con él.

Para Camilo, las cosas empezaron a torcerse al amanecer. Dos de sus hombres más leales no aparecieron en la reunión. El cargamento que esperaba no llegó. Y, para empeorar las cosas, recibió una llamada de un contacto nervioso que le dijo que “la gente hablaba demasiado” y que era mejor no seguir haciendo tratos con él.

Pero su ego no le permitía ver la trampa completa.
En su mente, todo era obra de Ana.
Y si ella estaba detrás, entonces la cacería se había vuelto personal… más de lo que ya era.

Esa misma tarde, desde un auto estacionado a dos calles de la oficina de Camilo, uno de los hombres del líder observaba. Marcó un número y dijo solo tres palabras:
—Está cayendo solo.

Lo que ninguno sabía era que, a pocos metros, Ana también vigilaba.
Dos frentes distintos, un mismo objetivo.
Y en el centro, Camilo… sin saber que cada paso que daba lo acercaba a su final.

Capítulo 24 – La red de resistencia

El ambiente en la casa ya no era de simple supervivencia.
Ahora, cada mujer tenía una función, un rol que cumplir. La muerte de Laura, la carta de Valeria y la última provocación de Camilo habían dejado claro que ninguna podía seguir al margen.

En la mesa, el mapa estaba más cargado de marcas que nunca. Ana había dividido a sus amigas en pequeños grupos para minimizar el riesgo.

  • Claudia
    y Julia se encargarían de vigilar los movimientos en los clubes y bares donde Camilo todavía hacía negocios.
  • Marisol
    y Patricia se infiltrarían en los círculos de contrabando, haciéndose pasar por intermediarias para recopilar información.
  • Ana y Elena mantendrían el control central, revisando datos y trazando el siguiente paso.

—No se trata de pelear todas a la vez —explicó Ana—. Se trata de cortar sus brazos, uno por uno, hasta que no le quede nada con qué golpear.

Esa noche, el primer golpe vino de Claudia y Julia. Se hicieron pasar por clientas en un club que funcionaba como fachada para una de las rutas de Camilo. Fingieron interés en un trato, solo para filtrarse lo suficiente como para pasar nombres y horarios a Ana.

En paralelo, hombres del líder de la organización, sin saber que ellas también operaban, interceptaron otra de las entregas de Camilo.
La combinación de ataques comenzó a provocar un efecto dominó: socios que desaparecían, mercancía perdida, clientes que cancelaban reuniones por miedo.

Camilo, ajeno a la red que se cerraba desde dos frentes, se convenció de que el problema era “unas cuantas mujeres que se creían intocables”.
No veía que el verdadero peligro no estaba solo en Ana y sus amigas… sino en los mismos hombres que había llamado aliados.

Elena observaba todo desde un segundo plano. No participaba en las salidas, pero era quien mantenía la calma de Ana cuando el peso de las decisiones amenazaba con quebrarla.
Una noche, mientras revisaban papeles, le dijo:
—Tú no eres solo la que sobrevive, Ana. Tú eres la que decide quién vive y quién no. Y eso… te va a cambiar para siempre.

Ana no respondió, pero esas palabras se quedaron clavadas en su mente.
Era cierto. Y aunque aún no lo admitía, el cambio ya había empezado.

La red de mujeres crecía. No eran guerreras entrenadas, pero tenían algo que Camilo no podía comprar: determinación alimentada por el dolor.
Lo que él no sabía era que, poco a poco, se estaba quedando sin escondites.

Y cuando todo se juntará —el golpe del líder y el plan de ellas—, no habría lugar para correr.

Capítulo 25 – Cruce de redes

Esa misma noche, desde un auto estacionado a dos calles de la oficina de Camilo, uno de los hombres del líder observaba. Marcó un número y dijo solo tres palabras:
—Está cayendo solo.

Lo que ninguno sabía era que, a pocos metros, Ana también vigilaba.
Dos frentes distintos, un mismo objetivo.
Y en el centro, Camilo… sin saber que cada paso que daba lo acercaba a su final.

Ana volvió a casa sin decirle nada a sus amigas sobre lo que había visto. Sabía que cualquier detalle de más podría desatar una reacción precipitada. Pero al sentarse frente al mapa lleno de marcas rojas y flechas, entendió que el tiempo se estaba acortando.

En la sala, Claudia, Julia, Marisol y Patricia
ya esperaban. Elena, de pie junto a la ventana, observaba la calle con un gesto serio.

—Tenemos que adelantarnos —dijo Ana, desplegando nuevos informes sobre la mesa—. Camilo está perdiendo terreno y eso lo hace más peligroso.

—O más fácil de cazar —corrigió Claudia.

Ana dividió tareas con precisión quirúrgica:

  • Claudia y Julia vigilarían los clubes donde aún se movía dinero.
  • Marisol y Patricia se infiltrarían en los contactos de contrabando para cortar cualquier posible alianza.
  • Ella y Elena coordinarían y centralizarían toda la información.

—No vamos a enfrentarnos cara a cara todavía —aclaró Ana—. Vamos a cortarle las alas, una por una, hasta que no le quede nada.

Elena intervino, su voz grave:
—Pero cada paso que demos nos va a poner en su radar. Si se siente acorralado, vendrá con todo.

Ana sostuvo su mirada.
—Lo sé. Y por eso debemos movernos ahora.

Esa misma noche, mientras las amigas ponían en marcha sus misiones, los hombres del líder interceptaban un cargamento que Camilo esperaba con urgencia. Lo hicieron pasar por un robo común, pero no había rastro de improvisación: la mercancía estaba perdida para siempre.

En paralelo, Claudia y Julia lograron entrar a un club clave, haciéndose pasar por clientas. Dejaron mensajes y advertencias lo bastante inquietantes como para espantar a dos de sus socios.

Al amanecer, el efecto empezó a sentirse:

  • Dos hombres de confianza de Camilo no aparecieron en la reunión.
  • Su cargamento más importante se había perdido.
  • Y varios contactos se negaron a seguir trabajando con él.

Camilo se convenció de que todo era obra de Ana. Su ego le impedía ver que había más manos en su contra.

Esa misma tarde, el líder recibía un nuevo reporte.
—Se está quedando sin aliados. Pronto no tendrá a dónde ir —dijo uno de sus hombres.

—No lo apresuren —ordenó el líder—. Quiero que se sienta invencible un segundo antes de caer.

Ana, desde su lado, sentía algo parecido: que el cerco se cerraba.
Pero lo que ni ella ni el líder sabían era que sus redes estaban empezando a rozarse, a tocar las mismas piezas del tablero.

Y cuando eso pasara, ya no habría manera de mantener el juego en silencio.

Capítulo 26 – Ecos en la sangre

La ciudad amaneció cubierta por una llovizna gris que parecía diluir los colores. Para Ana, era como si el clima entendiera el peso que llevaba dentro.

Desde que había comenzado la ofensiva, dormía poco y comía menos. La imagen de Laura, el recuerdo de Valeria y las noches interminables en las que imaginaba a Camilo sufriendo se mezclaban en su mente con algo nuevo: la incertidumbre de no saber quién más estaba cazando.

En la casa, las amigas trabajaban en silencio. No era la calma de antes… era una calma rota, llena de pensamientos que ninguna quería decir en voz alta.
Marisol había empezado a beber más de la cuenta para poder dormir.
Julia apenas comía.
Claudia llevaba siempre un cuchillo escondido, incluso en la cocina.

Elena observaba cada cambio, y aunque no lo decía, temía que todas estuvieran acercándose a un punto sin retorno.

—No puedes dirigir esto sola y seguir entera —le dijo una noche a Ana—. Cada cosa que haces te arranca algo de adentro, y eso no vuelve.

Ana no respondió. Solo siguió anotando en su cuaderno, donde había empezado a dibujar algo inquietante: un mapa con líneas rojas que, poco a poco, formaban un círculo alrededor de un solo nombre: Camilo.

En paralelo, en una bodega abandonada, un grupo de hombres del líder se reunía. Sobre la mesa había fotos impresas: rostros de hombres atados, ensangrentados, mutilados. Eran antiguos colaboradores de Camilo, usados ahora como ejemplo para otros.

Uno de los hombres dijo:
—El próximo será él… pero no de un tiro. Va a sufrir cada deuda, cada traición, cada palabra que dijo.

El líder no sonrió, pero en sus ojos había algo que helaba la sangre.
—Quiero que, cuando lo encontremos, no muera rápido. Que cada minuto sea un recuerdo de que nunca debió jugar con nosotros.

Ana, sin saberlo, estaba pensando lo mismo.
En sus pesadillas —que ya se confundían con deseos— veía a Camilo en un cuarto oscuro, encadenado, escuchando las voces de todas sus víctimas.
A veces, en esas visiones, Ana no lo tocaba… solo lo dejaba ahí, sin luz, sin agua, escuchando gritos grabados hasta que su mente se rompiera.
Otras veces, lo imaginaba colgado, con la piel marcada por cada mujer que había dañado.

Sabía que eran solo fantasías, pero también que, si llegaba el momento, no dudaría en hacerlas realidad.

El misterio sobre el otro grupo de cazadores empezaba a crecer.
Claudia contó que, en uno de sus seguimientos, vio a dos hombres muy bien armados inspeccionando un almacén que ella sabía que no estaba vinculado a ellos.
—No son de Camilo… pero tampoco son de los nuestros —dijo con inquietud.

Ana sintió un escalofrío.
Si había otro frente trabajando contra él, era posible que se cruzaran pronto. Y ese cruce, lo intuía, no iba a ser amistoso.

Aquella noche, mientras todas dormían, Ana se levantó, fue al baño y se miró al espejo. Su reflejo parecía el de otra persona: ojos hundidos, labios apretados, un brillo extraño en la mirada.
No sabía si seguía siendo la mujer que había empezado esto… o si ya se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso.

Y en el fondo, sabía que tal vez ya no importaba.
Porque el final de Camilo sería un baño de sangre.
Y nadie, ni siquiera ella, podría salir limpia de eso.

Capítulo 28 – Sangre en las costuras

El amanecer trajo un silencio extraño. No era calma, era la respiración contenida de una ciudad que había visto sangre durante la noche.

Ana no pudo dormir. La imagen de aquel hombre del otro grupo, mirándola a los ojos y diciéndole que no era su guerra “todavía”, le taladraba la mente.
La palabra todavía le parecía una amenaza con fecha incierta.

En la mesa, el mapa seguía igual que siempre, pero ahora, cada marca roja parecía tener una sombra más oscura detrás.
Claudia, agotada, removía un café frío sin tomarlo. Marisol fumaba, algo que nunca hacía dentro de la casa, y Patricia revisaba una y otra vez las fotos y papeles que ya tenían de Camilo.

—No estamos avanzando lo suficiente —dijo Marisol—. Cada vez que tenemos algo, alguien más llega antes.

Ana lo sabía. No lo decía, pero empezaba a sentir que estaban jugando un juego en el que ellas no tenían todas las reglas.

Elena llegó con una carpeta en la mano. La puso frente a Ana y habló con voz baja:
—Esto lo encontré en el auto de uno de los tipos que nos seguían hace unas semanas. No quise dártelo antes porque… bueno, pensé que te obsesionarías.

Ana abrió la carpeta. Dentro había fotos borrosas de ella y de sus amigas, tomadas desde lejos, y notas con descripciones precisas:

“Mantener a distancia. No intervenir salvo contacto directo. Prioridad: observar movimientos.”

No había nombres, pero sí un símbolo en la esquina: un círculo roto en tres partes.

Claudia lo reconoció de inmediato.
—Eso estaba en la chaqueta de uno de los hombres anoche.

Mientras procesaban la información, una llamada interrumpió la reunión. Patricia contestó, pero su rostro cambió al instante.
—Es la dueña del bar de la esquina… dice que encontraron algo afuera.

Salieron juntas. La calle estaba casi vacía, salvo por un bulto envuelto en lona negra frente a la entrada del bar.
El olor metálico llegó antes de que lo destaparan.

Dentro había un hombre, amordazado, con las manos y pies atados con alambre, el torso cubierto de cortes y quemaduras. En su cuello, un mensaje escrito con tinta roja:

“Así termina quien traiciona.”

No era uno de los suyos.
Pero Claudia lo identificó como alguien del círculo de Camilo.
—Nos están dejando mensajes —dijo Ana, más para sí misma que para las demás—. Y no solo él.

Esa noche, Ana salió sola, algo que no hacía desde hacía semanas. Caminó por calles oscuras, sin rumbo fijo, intentando unir las piezas.
Camilo estaba debilitado, sí.
El otro grupo era letal, sí.
Pero lo que la inquietaba era que todo empezaba a sentirse como si alguien más, desde mucho más arriba, estuviera moviendo a ambos.

Y si eso era cierto…
Tal vez, en este juego, Camilo no fuera el enemigo más peligroso.

Capítulo 28: segunda parte

La noche parecía no querer terminar.
Ana caminaba, perdida en pensamientos, con las calles desiertas a su alrededor. El eco de sus pasos era su única compañía… hasta que una furgoneta negra dobló la esquina sin hacer ruido y se detuvo junto a ella.

No tuvo tiempo de correr.
Un olor fuerte, químico, le nubló la mente y la oscuridad la engulló.

Cuando volvió a abrir los ojos, todo era confusión: un lugar cerrado, la luz parpadeando, el frío del suelo contra su piel.
Y entonces, la voz.
Esa voz que había jurado no volver a escuchar de cerca.

—Pensaste que podías tocar mi mundo sin pagar el precio —susurró Camilo, como si estuviera disfrutando cada palabra—.
Aquí es donde se acaban tus juegos, Ana.

No hubo escape.
Esa noche, el tiempo dejó de tener sentido.

No supo cuántas horas o días pasaron hasta que, en algún punto de la madrugada, la dejaron tirada en un callejón, apenas consciente.
Su cuerpo temblaba, la respiración era irregular, y una punzada ardiente la atravesaba cada vez que intentaba moverse.
La sangre le manchaba las piernas.

Claudia la encontró. Había salido a buscarla después de que no respondiera a las llamadas.
—¡Dios mío, Ana! —gritó, corriendo hacia ella—.

La sostuvo entre sus brazos, sintiendo el temblor y el dolor que emanaban de cada fibra de su amiga.
Ana apenas pudo abrir los ojos. Intentó hablar, pero solo salió un susurro roto:
—Fue… él…

Claudia la cargó como pudo y la llevó de inmediato a casa, sin pasar por hospitales. Sabía que, si denunciaban algo ahora, Camilo se enteraría antes de que pudieran protegerla.

En la sala, Elena y Marisol despertaron sobresaltadas al verla.
—¡Santos cielos! —Elena cubrió su boca con las manos, conteniendo las lágrimas.

Elena se arrodilló junto a ella, revisando las heridas con un cuidado casi quirúrgico, pero no pudo ocultar el horror en su rostro.
—Esto no es solo violencia… esto fue un mensaje —dijo, mirando a Claudia.

Ana, con la poca fuerza que le quedaba, apretó la mano de su madre.
—Se acabó la espera… —murmuró—. Él va a pagar… ahora.

Ese instante no solo unió al grupo más que nunca.
Fue el punto de quiebre.
La noche en que dejaron de resistir… y empezaron a cazar.

Capítulo 29 – Movimiento en falso

La casa estaba sumida en un silencio denso, roto solo por los quejidos ahogados de Ana mientras Elena le cambiaba las vendas.
Cada movimiento le arrancaba un gesto de dolor, pero lo soportaba con los dientes apretados.

En la mesa, Claudia caminaba de un lado a otro, con las manos cerradas en puños. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Ana tirada en ese callejón, rota y sangrando.
Y en su interior, algo explotó.

—No voy a esperar a que nos vuelva a tocar —dijo, deteniéndose en seco—. No esta vez.

Marisol levantó la vista.
—Claudia, no podemos ir a lo loco. Ana no está lista para…

—¡Precisamente por eso! —interrumpió—. Si esperamos, él se va a esconder otra vez y saldrá cuando quiera.
Yo sé dónde está. Lo encontré mientras lo seguíamos hace semanas.

Esa misma noche, Claudia salió sin avisar.
Llevaba una pistola pequeña escondida en la chaqueta y un cuchillo en la bota. El lugar que buscaba estaba en las afueras de la ciudad, un taller mecánico abandonado que Camilo usaba como punto de reunión.

Su plan era simple: entrar, disparar, acabarlo allí.
No pensó en el resto.

Pero lo que encontró al llegar fue otra cosa:
No estaba sola. Afuera, tres camionetas negras, idénticas a las que Ana había visto, rodeaban el lugar.
Hombres armados bajaban, coordinados, y se dispersaban en silencio.

Claudia se ocultó detrás de un muro, observando.
Reconoció el símbolo en sus chaquetas: el círculo roto en tres partes.

Dentro del taller, Camilo hablaba con dos de sus hombres, sin sospechar que lo observaban desde varios frentes.
Uno de los encapuchados del círculo roto se acercó por la entrada trasera, llevando una cuerda y una bolsa.
Esto no era un arresto… era una cacería.

Claudia sintió el corazón acelerarse.
Podía dejar que ellos hicieran el trabajo… pero algo en su orgullo le impedía apartarse.

Se movió por el costado, buscando entrar antes que ellos, sin notar que uno de los vigías ya la había visto.
Una voz grave la detuvo.
—No deberías estar aquí.

Claudia giró, con el arma en la mano.
El hombre no apuntaba, pero su postura dejaba claro que no dudaría en matarla si daba un paso más.

En la casa, mientras tanto, Ana notó la ausencia de Claudia y el frío que eso le provocó en el estómago.
—Elena… —susurró, incorporándose con dificultad—. Ella fue por él… sola.

Ese instante cambió todo.
Ya no se trataba de esperar el momento perfecto.
Ahora tenían que moverse.
Y hacerlo rápido… antes de que Claudia desapareciera también.

Capítulo 30 – Fuego cruzado

La noche estaba cargada de electricidad, como si la ciudad misma supiera que algo estaba a punto de romperse.
Ana, todavía con el cuerpo adolorido, se puso en pie con ayuda de Elena.
—No puedo quedarme aquí —dijo, abrochando su chaqueta—. Si Claudia cae, todo esto se derrumba.

Marisol y Patricia asintieron sin dudar.
No había tiempo para planes elaborados: tomarían el auto, se acercarían al taller y la sacarían de allí como fuera.

A las afueras de la ciudad, el taller mecánico estaba sumido en sombras, iluminado apenas por un par de focos rotos.
Tres camionetas negras ya habían formado un cerco alrededor. Los hombres del círculo roto se movían como una sola criatura, silenciosos, armados hasta los dientes.

Claudia, oculta tras una pila de llantas, observaba cada movimiento, buscando el momento justo para entrar.
Dentro, podía escuchar la voz de Camilo, riendo con sus hombres, como si estuviera seguro de que nadie se atrevería a tocarlo.

Unos pasos la hicieron girar. Uno de los encapuchados pasó a menos de un metro sin verla, pero su respiración se aceleró. Sabía que un error significaría su muerte.

En ese mismo instante, Ana y las demás llegaron.
Elena apagó las luces del auto a varios metros de distancia y estacionó detrás de un contenedor oxidado.
—Tenemos que entrar por el lado opuesto a las camionetas —susurró Ana—. Si nos ven, no sabrán que no somos parte de ellos… y eso puede comprarnos unos segundos.

Se arrastraron entre la maleza, el barro pegándose a sus ropas, hasta llegar a un hueco en la pared del taller. Desde ahí, Ana pudo ver todo:
Camilo en el centro, dos de sus hombres revisando armas… y sombras moviéndose desde distintos puntos, cerrando el cerco.

La primera detonación rompió el silencio.
No supo quién disparó primero, pero en segundos el lugar se convirtió en un caos: gritos, vidrios rotos, disparos rebotando en las paredes.

Ana y Marisol se lanzaron hacia donde creían que estaba Claudia.
La encontraron encorvada, con un rasguño en el brazo y el arma aún en la mano.
—¡Te dije que no vinieras sola! —le gritó Ana mientras la ayudaba a levantarse.

Pero no había tiempo para discutir.
Uno de los encapuchados entró por la puerta lateral y, al verlas, no disparó. Se limitó a mirarlas un segundo, como si las evaluara, y luego siguió su camino hacia el centro del taller.

Camilo gritaba órdenes, disparando hacia las sombras.
Dos de sus hombres cayeron de inmediato, y el pánico comenzó a instalarse en su rostro.
Ana lo vio, y por un instante sintió que ese podía ser el final… pero algo le dijo que no.

Desde el fondo, una figura apareció: alta, segura, con un andar que imponía.
No llevaba el rostro descubierto, pero todos los demás parecían seguir sus órdenes sin cuestionar.

El hombre se detuvo, observando la escena.
No dijo una palabra… y sin embargo, todos se movieron como si las hubiera dado.

Ana sintió un escalofrío.
No sabía quién era, pero supo en ese momento que él no estaba allí solo por Camilo.

En medio del fuego cruzado, lograron arrastrar a Claudia hacia el auto.
Elena arrancó sin esperar, mientras las detonaciones quedaban atrás.
Ninguna habló durante el trayecto.
Todas sabían que algo había cambiado esa noche.

Camilo ya no era el único enemigo.

Capítulo 31 – El cerco se cierra

La emboscada del taller dejó una marca en todos.
Ana llevaba horas mirando por la ventana, repasando mentalmente cada segundo de esa noche.
La imagen de esa figura alta y silenciosa, capaz de mover a todo un grupo sin una sola palabra, no se le borraba de la cabeza.
No sabía quién era, pero sí algo: Camilo ya no estaba en control.

En algún punto de la ciudad, Camilo caminaba de un lado a otro en un departamento improvisado como refugio.
Sus hombres lo observaban con cautela:
La camisa manchada de sangre ajena y propia, el hombro izquierdo envuelto en un vendaje improvisado, y esa mirada desquiciada que mezclaba paranoia y rabia.

—No fue un ataque de Ana… —gruñó—. Esto fue otra cosa.
Nadie respondió.
Camilo sabía que sus enemigos crecían en número y fuerza, y que ya no podía confiar en casi nadie.

Su instinto lo empujaba a moverse, a desaparecer, pero su ego le gritaba que no podía huir.
Ese orgullo sería su perdición.

En la casa, Claudia se recuperaba de su herida mientras Marisol y Patricia discutían sobre qué hacer ahora.
—Si vamos directo por él, caemos en su trampa o en la de los otros —dijo Patricia—.
—Y si no hacemos nada, lo vuelven a atrapar y no tendremos control de cómo termina —replicó Claudia.

Ana escuchaba en silencio.
No le importaba si ella no era quien le diera el golpe final a Camilo… pero no podía permitir que su muerte lo convirtiera en mártir para los que aún lo seguían.

Mientras tanto, en un almacén apartado, el grupo del círculo roto repasaba la operación fallida.
Uno de ellos colocó sobre la mesa una carpeta gruesa con fotos de Camilo, rutas de escape y lugares seguros conocidos.
El líder —todavía sin revelar su rostro— señaló tres puntos en un mapa.
—Ya no lo perseguimos… lo cazamos. Que sepa que cada calle, cada puerta, cada sombra le pertenece a alguien más.

No era solo un plan de captura. Era un plan de desgaste, de terror psicológico.
Iban a romperlo antes de matarlo.

Esa noche, Ana tuvo un sueño inquietante.
Veía a Camilo, solo, caminando por un pasillo largo y estrecho.
A cada lado, puertas cerradas.
De algunas se oían gritos; de otras, risas.
Al final del pasillo, una figura esperaba en silencio, inmóvil.
Cuando Camilo intentaba retroceder, las puertas se abrían y manos oscuras lo arrastraban hacia adelante.

Ana despertó sudando.
No sabía si ese sueño era una advertencia… o una promesa.

Capítulo 32 – La jaula invisible

Camilo llevaba tres días cambiando de refugio cada poca hora.
Dormía con un ojo abierto, comía lo mínimo y confiaba en menos personas que nunca.
Pero aun así, cada vez que doblaba una esquina, tenía la sensación de que alguien ya había estado allí antes que él.

Los mensajes comenzaron de forma sutil:
Una foto de su propia camioneta dejada bajo la puerta.
Un sobre con un casquillo usado, colocado sobre la mesa donde solía comer.
Una nota en su bolsillo que no recordaba haber sentido:

“No corras. No hay dónde.”

Ana, Claudia y Marisol seguían de cerca sus movimientos.
No porque quisieran salvarlo, sino porque necesitaban entender quién estaba detrás del acoso milimétrico que lo estaba volviendo paranoico.

—Lo están acorralando sin disparar una sola bala —dijo Marisol mientras observaba por los binoculares desde un edificio abandonado—. Esto no es improvisación… esto es una cacería lenta.

Elena se mantenía al margen, pero Ana sentía que su madre estaba observando mucho más de lo que decía.

Esa noche, Camilo entró en un edificio viejo en el centro, buscando pasar inadvertido.
Pero lo que no sabía era que todas las salidas ya estaban cubiertas.
El círculo roto estaba desplegado como un enjambre invisible, comunicándose con gestos, cerrando cada punto de escape.

Ana y sus amigas estaban en una azotea cercana, viendo cómo la trampa se cerraba.
—Si lo atrapan, ¿qué crees que harán con él? —preguntó Claudia.
Ana no respondió. Algo en su pecho le decía que no lo verían salir vivo de allí.

Camilo subió hasta el último piso, buscando una ventana por la que escapar.
La encontró abierta… pero del otro lado, dos figuras lo esperaban.
Una de ellas, alta y firme, avanzó hacia él con calma.

—¿Quién eres? —preguntó Camilo, retrocediendo, con la voz rota por la fatiga y el miedo.

No hubo respuesta.
Solo un gesto con la mano, y los demás se movieron como una maquinaria perfecta.

Camilo intentó disparar, pero un golpe seco le hizo soltar el arma.
Cayeron sobre él, reduciéndolo sin dejarle un segundo para reaccionar.

Desde la azotea, Ana sintió que todo estaba a punto de terminar.
Pero no era su final.
Era el de él… y lo decidirían otros.

Cuando lo arrastraron fuera del edificio, esposado, con la cabeza cubierta por una capucha, Ana pudo ver cómo el líder giraba levemente el rostro hacia donde ellas estaban.
No dijo nada.
No hizo ningún gesto.

Pero en ese instante, Ana comprendió que él sabía exactamente que ellas lo estaban observando.

Y eso le heló la sangre.

Capítulo 33 – La sentencia del círculo roto

El lugar olía a óxido y humedad.
Camilo estaba atado a una silla metálica, las muñecas y tobillos asegurados con grilletes gruesos.
La capucha que cubría su cabeza le robaba toda noción de espacio y tiempo; no sabía cuántas horas llevaba allí, ni cuántas veces lo habían movido de un sitio a otro.

Cuando finalmente se la retiraron, la luz lo cegó unos segundos.
Estaba en el centro de una enorme bodega, rodeado por decenas de hombres en silencio.
Todos vestían de negro, con el símbolo del círculo roto en el pecho.

Enfrente, el líder.
Aún con el rostro oculto por una máscara oscura, su presencia llenaba el aire de un peso insoportable.

—Camilo… —dijo con voz grave, pausada—.
La traición es la única deuda que no se perdona.

Uno de los hombres se acercó con una caja metálica.
La abrió lentamente, revelando un conjunto de herramientas: alicates, cuchillas, pinzas, un martillo pequeño.
Camilo tragó saliva, intentando mantener la compostura.

El líder levantó una mano, y dos de los encapuchados se colocaron detrás de él, sujetando su cabeza con fuerza.

—Aquí —continuó el líder—, cada traidor se disuelve… pieza por pieza.
Hasta que no quede nada que pueda reconocerse como humano.

El primero en caer fue el dedo meñique de su mano izquierda.
El alicate cerró con un chasquido seco, y el grito de Camilo rebotó en las paredes.
No hubo tiempo para recuperarse; inmediatamente después, arrancaron la uña del anular derecho.

Sangre tibia goteaba sobre el suelo de cemento, formando un charco irregular que crecía a cada corte.
El dolor era tan intenso que su cuerpo intentaba desmayarse, pero los hombres lo mantenían despierto a golpes secos en el rostro.

—No cierres los ojos —ordenó uno—. Aquí todos miran su final.

Ana y sus amigas no estaban presentes, pero alguien grababa.
Una cámara montada en un trípode registraba cada detalle, desde la contracción de los músculos hasta el sonido de la respiración entrecortada de Camilo.
Sabían que ese video circularía entre todos los que alguna vez dudaron de la fuerza del círculo roto.

Los minutos se convirtieron en una sucesión interminable de mutilaciones.
Dedo por dedo.
Uña por uña.
Cada corte era acompañado por un murmullo grave que repetían los hombres, como un cántico tribal que marcaba el ritmo de la tortura.

Camilo intentó negociar, suplicar, prometer lealtad… pero las voces ahogaban sus palabras.
En ese lugar, su voz ya no importaba.

Cuando ya no quedaban dedos, lo desataron solo para volver a sujetarlo contra el suelo.
Uno de los encapuchados tomó una cuchilla más grande y comenzó a abrir cortes precisos en sus brazos y piernas, no para matarlo, sino para dejarlo sangrar lentamente.

El líder se inclinó junto a su oído y habló en un susurro apenas audible:
—Esta es tu lección final… todo lo que construiste, lo terminamos nosotros.

Camilo lo miró, con el rostro empapado en sudor y lágrimas, y supo que esa noche no habría rescate, ni huida, ni piedad.

Horas después, cuando todo terminó, el cuerpo quedó tendido en medio de la bodega.
La cámara siguió grabando hasta que el último hombre salió.
El círculo roto había cerrado su deuda.

Y en algún punto de la ciudad, un sobre sellado fue dejado en la puerta de Ana.
Dentro, solo una nota y una memoria USB.
La nota decía:

“Uno menos. No olvides quién sigue mirando.”

Capítulo 34 – Tres días y cuatro noches

El sobre estaba sobre la mesa, intacto, como si nadie se atreviera a tocarlo.
Ana lo miraba sin pestañear, con el estómago revuelto.
No hacía falta abrirlo para saber qué había dentro: el final de Camilo.
Pero lo que no sabía era cuánto duraba ese final… y hasta dónde había llegado la crueldad del círculo roto.

Fue Elena quien rompió el sello.
Sacó la memoria USB y la conectó a la laptop.
En la pantalla apareció un solo archivo, etiquetado con la fecha exacta de la captura de Camilo.

La imagen se encendió.
Camilo, sentado en la misma silla metálica que Ana recordaba, con las manos esposadas y el rostro cubierto de sudor.
La voz grave del líder resonó fuera de cámara:
—Aquí no mueres rápido. Aquí pagas… segundo a segundo.

Primer día.
Comenzaron con mutilaciones lentas: las uñas arrancadas una por una, cortes superficiales que sangraban apenas lo suficiente para debilitarlo.
Cada vez que parecía a punto de desmayarse, le inyectaban algo que lo mantenía despierto, forzándolo a presenciar cada acto.

Ana y las demás observaban en silencio, incapaces de apartar la vista.
No había cortes de cámara. Todo era continuo, crudo, meticuloso.

Segunda noche.
Camilo ya no gritaba como antes; su voz era un susurro roto.
El círculo roto comenzó a alternar la tortura física con la psicológica: voces que lo insultaban, grabaciones de gente que alguna vez confió en él y ahora lo maldecía, proyecciones en las paredes con imágenes de sus víctimas.

Cada golpe parecía calculado no para matarlo, sino para recordarle quién lo tenía y por qué.

Tercer día.
Las heridas abiertas eran limpiadas con agua helada y sal.
Lo colgaban de las muñecas durante horas, para luego dejarlo caer de rodillas sobre un piso cubierto de vidrio triturado.
Su respiración era irregular, y aun así, lo obligaban a mirar a los ojos a cada uno de sus verdugos.

Elena apretó los puños, sin poder apartar la vista.
—No sé si merecía tanto… o si esto es solo un mensaje para nosotros —dijo en voz baja.

Cuarta noche.
Ya no quedaba mucho de él.
La piel estaba marcada por moretones, cortes y quemaduras.
El líder se acercó, se agachó a su lado y habló algo que el micrófono no captó… pero que hizo que Camilo rompiera a llorar como un niño.

Luego, la cámara se apagó.
El video terminaba sin mostrar su muerte, dejando en el aire la certeza de que el final había llegado después de cortar la grabación.

Ana cerró la laptop.
Nadie habló por varios minutos.
Sabían que no era solo una ejecución. Era una advertencia:
El círculo roto había mostrado de lo que era capaz… y ahora, todos ellos estaban bajo su sombra.

Claudia fue la primera en romper el silencio.
—Si lo hicieron con él…
—Imagínate lo que harían con nosotras —terminó Ana, mirando a su madre.

El sobre aún tenía un peso extra.
Ana lo abrió y encontró una segunda nota:

“Uno menos.
No olviden… la deuda sigue abierta.”

Capítulo 35 – Grietas en la lealtad

El video no solo había mostrado la muerte lenta de Camilo; había dejado una sombra que se filtró en cada rincón de la casa.
Durante tres días, nadie mencionó lo que habían visto, pero el silencio era peor que cualquier palabra.

Ana notaba cómo las miradas entre ellas habían cambiado.
Claudia, que siempre había sido la más decidida, ahora evitaba salir sola, y cuando lo hacía, tardaba en volver, revisando cada esquina como si esperara una emboscada.
Marisol se encerraba durante horas, y cuando alguien tocaba la puerta, respondía con un sobresalto nervioso.

Elena, en cambio, parecía más firme.
—Si el círculo roto nos envió esto, es porque quiere que nos consumamos entre nosotras. Que dudemos. Y eso… no lo voy a permitir —dijo una noche, sirviendo café como si el ritual pudiera mantenerlas juntas.

Pero Ana veía algo distinto en los ojos de su madre: no era solo firmeza, también era un plan que no estaba compartiendo con nadie.

La paranoia crecía.
Un día, Patricia regresó de comprar víveres y encontró en la bolsa un papel que no recordaba haber visto antes.
Estaba doblado en cuatro y solo tenía una frase:

“Sabemos quién salió y a qué hora.”

No había firma, ni símbolo, pero todas entendieron el mensaje.

Esa noche, Ana se reunió con Claudia y Marisol en la sala, mientras Elena y Patricia dormían.
—El círculo roto sabe dónde estamos, y si quisieran, ya estaríamos muertas.
—Entonces… ¿por qué no lo hacen? —preguntó Marisol, inquieta.
Ana la miró, y su respuesta fue un susurro—: Porque quieren que elijan… quién se queda y quién se entrega.

La idea cayó como un peso insoportable.
Claudia se levantó de golpe, nerviosa:
—¿Estás diciendo que quieren que nos traicionemos?
—Eso hacen. Siempre. Rompen el grupo desde dentro antes de matarlo.

En los días siguientes, comenzaron las sospechas veladas.
Marisol pensaba que Patricia estaba en contacto con alguien de fuera.
Patricia juraba que Elena salía por las noches sin explicar a dónde.
Y Ana… ya no estaba segura de en quién podía confiar.

Una madrugada, escuchó pasos en la planta baja.
Bajó con cuidado y encontró a Elena revisando el sobre donde habían guardado la memoria USB.
No la tocó, pero se quedó observándolo como si fuera un objeto sagrado o maldito.

—¿Qué haces despierta? —preguntó Ana.
—Lo mismo que tú… intentando entender cuánto tiempo nos queda —respondió Elena, sin girarse.

El grupo ya no era el mismo.
El video había cumplido su cometido: no solo mostraba el poder del círculo roto, sino que plantaba la semilla de la traición.

Y Ana sabía que, si no encontraba una forma de unirlas de nuevo, una de ellas terminaría poniéndose del otro lado…
…y en esta guerra, una traición no se perdonaba.

Capítulo 36 – La mano desde adentro

El día comenzó como cualquiera en la casa: persianas cerradas, café recalentado y un silencio que pesaba más que el aire.
Pero al caer la tarde, Patricia no había vuelto.
Había salido por la mañana, diciendo que solo iba por medicinas, y después… nada.
Ni llamadas, ni mensajes, ni rastro.

Ana intentó mantener la calma, pero algo en su estómago ya le gritaba que no era un simple retraso.
—No saldría sin avisar —dijo Claudia, nerviosa—. Ella sabe que no puede.

Elena miraba por la ventana, como si esperara ver aparecer a Patricia en cualquier momento.
—O alguien se la llevó… o alguien la entregó —dijo con frialdad.

Horas después, un sobre fue dejado bajo la puerta.
Dentro había una foto: Patricia, sentada en el suelo, con las manos atadas y una venda negra cubriendo sus ojos.
Detrás de ella, en la penumbra, se intuían las siluetas de al menos tres hombres armados.
En la esquina inferior, el símbolo del círculo roto.

Pero lo que heló la sangre de todas fue la segunda hoja:
Una copia de la lista de compras que Patricia llevaba ese día.
En la parte inferior, escrita con bolígrafo azul, había una frase:

“Ella vino sola. No la buscamos. Nos la enviaron.”

El impacto fue inmediato.
Marisol miró a Claudia con desconfianza.
Claudia devolvió la mirada, dolida, pero sin defenderse.
Elena, en cambio, se levantó despacio y habló con voz firme:
—No importa quién lo hizo. Lo que importa es que, si no nos movemos, mañana será otra.

Ana sintió que la rabia empezaba a superar el miedo.
Pero al mismo tiempo, la pregunta la taladraba:
¿Quién había abierto la puerta del círculo roto para que entraran tan fácil?

Esa noche, mientras las demás intentaban dormir, Ana revisó el cuarto de Patricia buscando alguna pista.
En el fondo de un cajón, encontró un papel arrugado con un número escrito a mano y una sola palabra:

“Intercambio.”

Ana guardó el papel sin decir nada.
No sabía si Patricia había intentado negociar su salida, o si alguien la había usado como moneda.

Pero entendió algo: el círculo roto ya no necesitaba cazarlas… solo tenía que esperar a que ellas mismas se empujaran al vacío.

Al amanecer, un nuevo sobre apareció en la puerta.
Solo traía una frase escrita en tinta roja:

“En tres días, decidirán quién sigue.”

Capítulo 37 – La cuenta regresiva

El sobre llegó apenas unas horas después de que el líder marcara el plazo de tres días.
Era del mismo papel grueso y sin remitente que ya conocían.
Ana lo tomó con cuidado, temiendo lo que podía haber dentro.

No había fotos esta vez, solo una hoja doblada con un enlace escrito a mano y, debajo, una advertencia:

“El tiempo no espera. Miren lo que hacen con quienes no deciden.”

Elena encendió la laptop y tecleó la dirección.
La pantalla tardó unos segundos en cargar, y cuando lo hizo, el silencio se volvió aún más pesado.

Patricia aparecía en un cuarto gris, de pie, con las manos esposadas a la espalda y una venda en los ojos.
Su piel estaba marcada con letras grabadas de forma cruel:
En la frente y el abdomen, las palabras “SOY PUTA”
escritas con tinta roja y bordes aún inflamados.
En los glúteos y en la entrepierna, letras grandes que decían “LLÉNEME”, como si fueran una orden grotesca.

El video no mostraba más violencia física directa en ese momento, pero el daño ya estaba hecho:
No era solo un castigo, era una humillación pública, un recordatorio de que el círculo roto controlaba no solo sus vidas, sino su dignidad.

La página tenía un contador en la parte superior, marcando las horas, minutos y segundos que quedaban de los tres días.
Debajo, un texto:

“Ella respira mientras el tiempo corre.
Si no eligen… ella dejará de hacerlo en vivo.”

Marisol apartó la mirada, cubriéndose la boca para no vomitar.
Claudia golpeó la mesa con el puño cerrado.
—Esto no es una advertencia… es una declaración de guerra.

Elena observaba la pantalla con los ojos fijos, como si estuviera leyendo algo que los demás no podían ver.
—No —dijo lentamente—. Esto no es guerra… es cacería. Y nos quieren obligar a disparar a una de nosotras.

Ana apagó la computadora de golpe.
No podía seguir viendo, pero la imagen ya estaba grabada en su mente.
Sabía que el círculo roto no solo buscaba matar, sino destruirlas por dentro antes de tocar su cuerpo.

Miró a cada una de sus amigas, y entendió que el reloj no solo contaba el tiempo de Patricia…
también estaba contando cuánto tardarían en romperse entre ellas.

Capítulo 38 – El eco público

El contador del sitio web seguía avanzando.
Quedaban poco más de dos días cuando un nuevo sobre apareció bajo la puerta.
No había frase esta vez, solo otro enlace escrito con marcador negro y un pequeño símbolo del círculo roto dibujado en una esquina.

Ana lo miró durante varios segundos antes de abrir la laptop.
Elena, de pie detrás de ella, dijo:
—Si lo vamos a ver, lo vemos todas. No más secretos.

La página cargó lentamente, como si cada segundo de espera fuera parte del castigo.
El video comenzó de inmediato: Patricia, visiblemente exhausta, con la mirada perdida, en medio de una multitud que no dejaba de acercarse.
La transmisión estaba pixelada en ciertas partes, pero lo suficiente para que cualquiera entendiera lo que estaba ocurriendo.

El sitio tenía un contador de espectadores: más de trescientas mil personas conectadas en vivo.
Comentarios inundaban el margen derecho de la pantalla, burlas, insultos y emoticonos, como si el dolor ajeno fuera un espectáculo.

Lo peor no era que estuviera ocurriendo…
lo peor era que, en la parte inferior, un aviso anunciaba:

“Transmisión simultánea en 27 páginas y replicada en más de 14 redes.
No se puede borrar. No se puede detener.”

Claudia retrocedió con una mano en la boca.
Marisol, temblando, gritó:
—¡La están exhibiendo como un trofeo!

Elena cerró el portátil de golpe, pero ya era tarde.
Ana sentía el peso de lo irreversible: aunque rescataran a Patricia en ese mismo instante, su imagen seguiría flotando en cada rincón de internet, marcada para siempre por el círculo roto.

Horas después, empezaron a llegar mensajes a los teléfonos de cada una.
No eran números conocidos; eran enlaces, capturas de pantalla, incluso memes creados a partir del video.
El contenido se multiplicaba como una infección digital.
Elena lo entendió antes que todas:
—Ya no buscan solo matarnos. Quieren que nadie vuelva a vernos como personas.

Esa noche, Ana salió al patio, buscando aire.
Pero incluso allí, el eco de la humillación pública de Patricia parecía seguirla.
No era solo su amiga la que estaba en el video.
Eran todas ellas… porque el mensaje estaba claro:

“Hoy es ella. Mañana, serás tú.”

Capítulo 39 – Movimiento en falso

El contador en la página seguía su marcha implacable.
Cada segundo que pasaba era un recordatorio cruel de que Patricia estaba ahí, expuesta, y que el Círculo Roto no pensaba detenerse.

Ana, Elena y las demás apenas hablaban.
Las miradas se evitaban.
Cada una se refugiaba en sus propios pensamientos, buscando una salida que no llegaba.

Pero Claudia no podía soportarlo más.
Esa noche, mientras todas dormían, recogió una mochila con lo mínimo: un cuchillo de cocina, un teléfono viejo y dinero en efectivo.
No dejó nota, no avisó… solo salió.

A la mañana siguiente, Ana notó su ausencia.
La cama intacta, la mochila que siempre llevaba ya no estaba.
Un nudo frío se formó en su estómago.
—No… —susurró—. No puede haber hecho algo así.

Marisol encontró en la mesa un mapa arrugado, con varios puntos marcados en rojo.
Eran lugares cercanos al último rastro confirmado de Patricia.

Elena, furiosa, golpeó la pared.
—Acaba de hacer exactamente lo que ellos querían. Se aisló. Es carne de cañón.

Horas después, un nuevo sobre apareció bajo la puerta.
Dentro, una sola fotografía: Claudia, de rodillas, con una bolsa negra cubriéndole la cabeza.
En el fondo, Patricia… atada a una silla, con las marcas en su piel aún visibles.

Al reverso, una frase escrita con tinta roja:

“Ya tenemos dos piezas en el tablero. El tiempo se reduce.”

Ana sintió cómo la presión aumentaba.
El contador en la web se había ajustado: ya no quedaban dos días, sino apenas dieciocho horas.
La pantalla parpadeaba con un mensaje nuevo:

“El rescate improvisado tiene precio.
Una debe decidir… quién se queda y quién se va.”

Elena miró a todas con dureza.
—No hay negociación posible. Si no decidimos, las matan a las dos.

Marisol rompió en llanto.
Ana no dijo nada.
Porque sabía que, por primera vez, la pregunta no era si podían salvarlas…
sino a cuál de ellas estaban dispuestas a sacrificar.

Capítulo 40 – Treinta minutos de infierno

El primer sobre llegó cuando el sol apenas despuntaba.
No había carta, solo un enlace escrito a mano.
Elena lo tecleó con manos tensas.
En segundos, la pantalla se llenó de un video en el que Patricia y Claudia aparecían sometidas, en un contexto degradante, rodeadas de sombras que se movían sin descanso.
Los rostros eran visibles.
No había censura, ni en el cuerpo ni en la humillación.

En la parte inferior, un contador de visitas crecía sin parar.
Miles de comentarios aparecían al costado: insultos, burlas, apuestas, incluso direcciones falsas para “encontrarlas”.
El golpe psicológico fue inmediato: no era solo un mensaje privado… era un espectáculo global.

A los treinta minutos exactos, otro sobre.
Otro enlace.
Otra página, esta vez en una red social conocida, con el mismo contenido, pero editado para que se viralizara con más facilidad.
Los perfiles falsos se multiplicaban, compartiendo clips cortos con títulos ofensivos.

Marisol cerró los ojos, murmurando:
—Las están borrando como personas…

Ana sentía que el reloj ya no medía horas, sino capas de dignidad arrancadas.

Para las dos horas siguientes, la dinámica era un martillo constante.
Cada media hora, el golpeteo en la puerta anunciaba un nuevo sobre.
Cada sobre, un enlace.
Cada enlace, una nueva página donde Patricia y Claudia aparecían en distintas tomas, como si hubieran sido grabadas durante horas y desde todos los ángulos posibles.

Elena, con voz tensa, lo dijo en voz alta:
—No están intentando que decidamos… están intentando que nos derrumbemos antes de poder hacerlo.

A mediodía, el sexto sobre trajo un cambio.
No solo había un link, sino un montaje fotográfico con los rostros de Patricia y Claudia acompañados de frases como “propiedad del círculo roto” y “siguiente transmisión en vivo: 14 horas”.
Era una advertencia y, al mismo tiempo, una promesa.

Ana apretó el sobre entre las manos.
El eco del reloj de la web parecía sincronizado con su respiración, y en cada tic-tac sentía cómo la voluntad del grupo se desmoronaba.

Elena no lo dijo, pero todas lo sabían:
Si la exposición continuaba, el daño sería irreversible, incluso si lograban rescatarlas.

Capítulo 41 – Cuerda floja

El séptimo sobre llegó con un golpe seco en la puerta.
Ana, que ya se había acostumbrado al sonido, se levantó sin decir nada y lo abrió.
El enlace llevaba a otra página, distinta, con un fondo negro y un título escrito en letras rojas:
“Propiedad del círculo roto – Contenido en vivo”.

La transmisión mostraba a Patricia y Claudia en la misma habitación, con las miradas vacías.
No hablaban, no pedían ayuda… pero su respiración agitada y el temblor en sus manos revelaban que llevaban horas sometidas.
En la esquina superior, un reloj contaba hacia atrás: 13 horas y 28 minutos.

Elena se inclinó hacia la pantalla.
—Esto no es solo para exhibirlas… están transmitiendo su resistencia minuta a minuto.

Cada nuevo sobre se sentía más pesado que el anterior.
El octavo, recibido media hora después, no solo traía un enlace, sino un mapa interactivo con puntos marcados en rojo.
Al hacer clic en cada punto, se desplegaban direcciones de supuestos “puntos de encuentro” para quienes quisieran “participar en el espectáculo”.

Marisol rompió a llorar.
—Quieren convertirlo en un evento… como si fueran un trofeo.

Ana se levantó de golpe, caminando de un lado a otro.
Sentía que cada segundo las arrastraba a un precipicio sin salida.

A las 2:00 p.m., el décimo sobre trajo algo nuevo:
Una grabación de voz.
Un hombre, con tono burlón y pausado, dijo:
—Trece horas para decidir. O dos nombres… o dos funerales.

La frase se repitió tres veces antes de que el audio se cortara.
No decía más, pero no necesitaba hacerlo.

Elena, seria, miró a todas.
—Nos están empujando a elegir entre lo inaceptable y lo imposible.
Y cuando lo hagamos… igual perderemos.

Ana cerró los ojos y sintió cómo una idea empezaba a formarse, peligrosa y desesperada, pero quizás la única manera de romper el ciclo.
No sabía si funcionaría.
Solo sabía que el reloj seguía bajando… y ellas ya estaban casi al borde.

Capítulo 42 – El plan en la sombra

El reloj en la página marcaba 12 horas y 47 minutos.
La imagen de Patricia y Claudia, fijas en la transmisión, se había convertido en una presencia constante en la casa.
Ya nadie la veía entera, pero todas sentían que estaba ahí, como un recordatorio de que el Círculo Roto siempre iba un paso adelante.

El sobre número once llegó puntual.
Ana no lo abrió.
Lo colocó sobre la mesa, y sin mirar a nadie, dijo:
—A partir de ahora, yo los abro sola.
Elena arqueó una ceja.
—¿Para qué? ¿Para que el golpe sea solo tuyo?
Ana no respondió. Sabía que no podía explicar todavía lo que estaba pensando.

En su habitación, cerró la puerta con llave y encendió el portátil.
Abrió el enlace del sobre, pero no lo vio como las demás: lo pausó, lo observó cuadro por cuadro, y luego comenzó a rastrear cada detalle.
Números en la esquina, marcas apenas visibles en el fondo, sombras que no parecían pertenecer a la escena.
Estaba buscando errores, rastros, cualquier cosa que el Círculo Roto hubiera dejado sin cubrir.

Recordó algo que había visto en el foro clandestino semanas atrás: un rumor de que las transmisiones en vivo de la organización no siempre eran tan “en vivo” como parecían.
Algunas eran diferidas, otras mezclaban grabaciones de distintas fechas.
Si podía probarlo… tal vez tendría una ventana para actuar antes de que el tiempo real se agotara.

El sobre número doce llegó a las 3:00 p.m.
El enlace llevaba a otra página de la red profunda, con una interfaz minimalista: solo el video y un chat a la derecha.
Los usuarios parecían conocerse entre sí.
Algunos escribían coordenadas, otros compartían códigos, y en medio de esa conversación, un usuario con el alias Hueso Viejo
publicó:

“No olviden que a las 21:00 se corta el material y se manda el siguiente lote.”

Ana lo leyó tres veces.
Si a las 21:00 “se cortaba el material” … significaba que el contenido actual no duraría las 12 horas completas del contador.
Algo no cuadraba.

Mientras tanto, en la sala, Elena y Marisol discutían.
Marisol quería llamar a un contacto suyo en la policía, aunque eso significara exponer sus caras y nombres.
Elena se oponía:
—La policía no nos va a proteger de esto. Y si se enteran de que hablamos… seremos las siguientes en esos videos.

Ana entró en medio de la discusión, fingiendo no haber escuchado nada.
—Necesito que mañana, a primera hora, todas estén listas para salir, pero no para correr… sino para seguirme.
Marisol frunció el ceño.
—¿Seguirte a dónde?
—No puedo decirlo todavía. Si lo digo, no va a funcionar.

El sobre número trece llegó a las 3:30 p.m., y con él, un cambio en el juego.
En lugar de un enlace directo, había un código QR.
Al escanearlo, el teléfono redirigía a múltiples páginas a la vez, todas cargando el mismo contenido, todas con el video multiplicado en diferentes ángulos y ediciones.
El objetivo era claro: asegurarse de que, aunque una página fuera eliminada, decenas más siguieran activas.

Ana cerró el navegador y se obligó a respirar.
Cada nueva estrategia del Círculo Roto demostraba que no estaban improvisando.
Ellos controlaban el tiempo, las imágenes, el impacto…
y ahora, si no se movía rápido, también controlarían el final.

Al caer la tarde, Ana encontró lo que buscaba.
En uno de los videos, apenas perceptible en un reflejo metálico, había un reloj de pared.
La hora no coincidía con la de la transmisión.
Era un desfase de más de cuatro horas.

Si eso era cierto, significaba que Patricia y Claudia aún podían estar en otro lugar, no necesariamente en la habitación que veían en las transmisiones.
Era un detalle pequeño, pero suficiente para encender una chispa de esperanza.

A las 7:30 p.m., cuando llegó el sobre número quince, Ana no lo abrió.
Se lo guardó en el bolsillo, tomó su abrigo y dijo:
—Necesito que confíen en mí, aunque no entiendan nada.
Marisol la miró con desconfianza.
—Si esto sale mal…
—Si esto sale mal —la interrumpió Ana—, al menos habremos intentado algo antes de que nos obliguen a elegir quién muere.

Esa noche, cuando todas se encerraron en sus habitaciones, Ana no durmió.
Su plan requería precisión, y sobre todo, que nadie en el Círculo Roto supiera que lo había descubierto.
El reloj del contador seguía su marcha, pero en la mente de Ana, otro reloj había comenzado a correr:
uno que solo ella conocía, y que, si fallaba, terminaría por destruirlas a todas.

Capítulo 43 – La primera fisura

El reloj digital en la página marcaba 9 horas y 16 minutos.
Ana estaba sentada frente al portátil, con los auriculares puestos y la pantalla dividida en dos: de un lado, la transmisión en vivo; del otro, un software improvisado que había descargado para rastrear metadatos y variaciones en el video.

Los demás dormían, o al menos lo intentaban.
Elena había insistido en que descansaran, pero el ambiente en la casa no permitía cerrar los ojos sin que la respiración se acelerara.

A las 2:30 a.m., Ana recibió un mensaje cifrado en un correo que casi nunca usaba.
Era de un remitente desconocido, con el alias “Ceniza”:

“Sé lo que buscas. No están donde crees.
Si quieres saber más, tendrás que moverte antes de las 5:00.”

Ana sintió un frío recorrerle la espalda.
No respondió. En cambio, copió el mensaje y lo guardó en un archivo oculto.
Sabía que podía ser una trampa, pero también que si ignoraba esa pista, tal vez estaba desperdiciando su única oportunidad.

A las 3:00 a.m., llegó otro sobre.
Esta vez, Ana lo abrió delante de todas.
El enlace llevaba a un video aún más inquietante: Patricia y Claudia, con ropa distinta a la que habían usado en las últimas transmisiones.
El cambio de vestimenta confirmaba su teoría: el contenido estaba siendo manipulado.

Elena lo notó también.
—Esto no es del mismo día.
Ana no contestó, pero su silencio fue suficiente para que Elena entendiera que algo estaba tramando.

Cuando el reloj marcó las 4:15, Ana se levantó, tomó la mochila que había preparado y caminó hacia la puerta.
Elena la interceptó.
—Si sales sola, no vuelvas.
—Si no salgo, no vuelven ellas —respondió Ana, sin bajar la mirada.

Elena dudó unos segundos y luego, en voz baja, dijo:
—Si te atrapan, no digas mi nombre.

La calle estaba desierta.
El aire helado le mordía la piel mientras caminaba hacia la dirección que “Ceniza” le había indicado en un segundo mensaje: un viejo almacén cerca del río, clausurado desde hacía años.

Ana no entró de inmediato. Rodeó el edificio, buscando cámaras o guardias, pero no había nada… salvo una puerta lateral, apenas entornada.

Dentro, la oscuridad era casi total, interrumpida solo por un parpadeo intermitente de una luz fluorescente.
En el centro, había una mesa con varios monitores encendidos, cada uno mostrando distintas transmisiones:
Patricia y Claudia en la habitación conocida, otras mujeres en lugares diferentes, y un tablero con mapas y horarios.

Ana sintió el corazón golpearle el pecho.
Se acercó a los monitores y vio que uno de ellos tenía el mismo desfase horario que había detectado antes.
Era la prueba que necesitaba para saber que la transmisión no era en tiempo real.

Pero antes de que pudiera tomar fotos, escuchó pasos detrás de ella.
Una voz masculina, grave, dijo:
—Tienes diez segundos para explicar qué haces aquí antes de que avise.

Ana se giró lentamente.
El hombre no llevaba máscara, pero su mirada era fría y calculadora.
—Tú eres “Ceniza” —dijo Ana.
Él sonrió apenas.
—No. Pero trabajo para alguien que quiere que el Círculo Roto caiga… y creo que tú puedes ayudar.

Ana sabía que aquello podía ser una mentira, una estrategia para atraparla.
Pero también sabía que, si estaba allí, era porque él la había dejado entrar.

El hombre se inclinó hacia uno de los monitores y apagó la transmisión de Patricia y Claudia.
—Ellas no están en peligro… todavía. El verdadero problema es que tu reloj y el de ellos no miden lo mismo.
Ana lo miró, confundida.
—¿Qué significa?
—Significa que el tiempo que crees que tienes… es mucho menos.

Capítulo 44 – La sombra detrás de la puerta

Ana regresó a la casa cuando la primera luz de la mañana empezaba a filtrar la neblina.
Sus manos aún temblaban por lo que había visto en el viejo almacén, pero ocultó el temblor metiéndolas en los bolsillos.
No quería preguntas.
No ahora.

Elena estaba en la cocina, removiendo lentamente una taza de café.
No levantó la vista cuando Ana entró.
—Llegaste tarde —dijo, sin emoción en la voz.
—No sabía que tenía que avisarte —respondió Ana.

Hubo un silencio incómodo.
Elena dio un sorbo, dejó la taza y se marchó sin añadir nada.
Pero el peso de su mirada, aunque breve, le dejó a Ana la sensación de que Elena sabía más de lo que parecía… tal vez incluso que había esperado que ella saliera.

En la sala, Marisol hojeaba una libreta llena de anotaciones: horas, enlaces, cambios en las transmisiones.
—Todo es un patrón, Ana. Ellos están jugando con los tiempos, mezclando imágenes. Hay momentos en que el fondo no coincide.
Ana se inclinó para ver las notas y fingió sorpresa, aunque su mente repasaba la confirmación que ya había obtenido de Ceniza.

A media mañana, llegó otro sobre.
Era más grueso que los anteriores.
Dentro, un pendrive y una nota escrita con tinta roja:

“La imagen no es la única arma. Escucha.”

El pendrive contenía varios archivos de audio, todos grabaciones de mujeres gritando, suplicando, algunas pronunciando nombres conocidos: Claudia, Patricia… incluso el suyo propio.
En uno de ellos, una voz masculina decía con calma:
—Recuerda que no todos están en tu contra. Algunos llevan mucho más tiempo trabajando para mí.

Ana sintió un escalofrío.
Miró de reojo a Elena, que observaba la pantalla con los brazos cruzados, sin mostrar ninguna reacción.
Demasiada calma.

Esa noche, mientras todas intentaban dormir, Ana escuchó pasos suaves acercarse a su habitación.
La puerta no se abrió, pero se detuvieron justo detrás.
Podía sentir la presencia.
No hubo palabras, solo un roce leve contra la madera… y luego el sonido de un mechero encendiéndose.
El aroma del cigarro se filtró por la rendija antes de que los pasos se alejaran.

Ana permaneció inmóvil, mirando el techo.
Algo le decía que Elena no era solo una testigo en esta historia.
Pero aún no sabía si esa verdad la iba a salvar… o a hundir más.

Capítulo 45 – Hilos invisibles

La mañana amaneció más fría que de costumbre.
Ana despertó con los ojos ardiendo y la mente agitada por las imágenes de la noche anterior.
El sonido de pasos suaves en el pasillo se repetía en su cabeza como un eco.
No quería mirar a Elena, no todavía, pero sabía que no podía evitarla mucho tiempo.

En la cocina, el ambiente estaba tenso.
Marisol tenía las manos manchadas de tinta de bolígrafo; había pasado la madrugada copiando y reorganizando todas las notas que llevaba semanas tomando sobre los sobres y sus contenidos.
—Cada treinta minutos —dijo, con la voz temblorosa—. Nunca fallan. Ni un retraso. Ni un adelanto. Esto está cronometrado con precisión militar.

Ana se sirvió café sin responder.
Elena entró segundos después, con una calma que contrastaba con el nerviosismo del resto.
No saludó; solo se sentó y comenzó a leer un periódico que nadie había visto llegar.
Las hojas parecían nuevas, pero las noticias eran de días atrás.

A media mañana, otro sobre apareció bajo la puerta.
Ana lo recogió antes que nadie.
Era delgado, apenas un pliego de papel doblado en cuatro.
Al abrirlo, encontró un mensaje corto:

“La pieza que buscas está más cerca de lo que crees. Pero recuerda: no todos los hilos llevan a la libertad.”

Ana sintió un escalofrío.
Sabía que el mensaje iba dirigido a ella, y la frase sobre los hilos resonó con fuerza… porque la noche anterior había comenzado a sospechar que Elena era uno de esos hilos, pero no sabía si cortarlo o seguirlo.

Por la tarde, Ana decidió salir.
Le dijo a Marisol que necesitaba despejarse, pero en realidad fue hasta el viejo almacén del río.
El lugar estaba vacío, sin rastro de Ceniza.
En la mesa de monitores había un sobre cerrado, sin nombre.
Dentro, una fotografía: Patricia y Claudia en la misma habitación, pero esta vez había una figura de espaldas, observándolas.
La postura, la silueta… había algo familiar.

No podía asegurarlo, pero la altura y la forma de los hombros le recordaban a alguien que veía todos los días.
Ana guardó la foto en el interior de su abrigo y salió antes de que el frío le entumeciera los dedos.

Cuando regresó, encontró a Elena sola en la sala.
No había luz encendida, solo el parpadeo de la televisión mostrando un canal estático.
—Fuiste al almacén —dijo Elena, sin mirarla.
Ana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—No sé de qué hablas.
Elena sonrió, una sonrisa breve, sin alegría.
—No vayas a lugares donde no te han invitado, Ana. Hay cosas que no puedes deshacer si las ves antes de tiempo.

Esa noche, el sobre de las 10:00 p.m. no trajo un enlace.
Trajo un USB con un solo archivo de audio:
Primero se escuchaba a Patricia llorando, luego una voz masculina diciendo:
—La decisión está tomada. La entrega fue voluntaria.
Ana sintió la sangre hervir.
Voluntaria.
La palabra se repetía en su mente como un martillo.

Miró a Elena, que escuchaba el audio con una serenidad inquietante.
No hizo preguntas, no se defendió… y eso fue peor que cualquier confesión.

Antes de dormir, Ana volvió a examinar la fotografía.
Ahora estaba segura: la figura de espaldas en la habitación de Patricia y Claudia no era un guardia cualquiera.
Y aunque no podía probarlo, cada instinto le decía que esa persona… era Elena.

Pero si lo confrontaba demasiado pronto, podría perder la única oportunidad de entender la verdad.
Y la verdad, en ese momento, era más peligrosa que la mentira.

Capítulo 46 – Movimientos en la penumbra

Ana no durmió esa noche.
Se quedó recostada, con la fotografía entre las manos, repasando cada sombra, cada forma, buscando confirmar lo que su instinto le gritaba.
El reloj marcaba las 2:13 a.m. cuando escuchó el sonido suave de una puerta abrirse en la planta baja.

Se levantó sin hacer ruido, descalza, y siguió el eco de pasos.
Elena caminaba por el pasillo con un abrigo largo, las llaves en la mano y un teléfono que brillaba en la oscuridad.
No se dio cuenta de que Ana la seguía a una distancia prudente.

Elena salió por la puerta trasera y tomó la calle desierta.
No era un paseo sin rumbo: se movía rápido, segura, como quien ha hecho ese recorrido muchas veces.
Ana la siguió hasta un descampado detrás de un taller mecánico cerrado.
Allí, un auto negro la esperaba con el motor encendido.

Ana se escondió tras un muro bajo y observó.
Un hombre bajó del auto. No llevaba máscara, pero su rostro permanecía en penumbra por la posición de las luces.
Se saludaron sin palabras, solo con un gesto.
Elena le entregó un sobre grueso, y él le pasó una pequeña caja metálica a cambio.

No alcanzó a escuchar la conversación, pero sí vio cómo Elena guardaba la caja con un cuidado excesivo, como si llevara algo demasiado valioso… o peligroso.
Luego, el hombre se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído que hizo que Elena bajara la mirada antes de subir de nuevo el abrigo y girar para marcharse.

De regreso a la casa, Ana entró por la ventana de su habitación, evitando el crujido de las escaleras.
Se recostó fingiendo dormir, pero cuando Elena volvió minutos después, pudo escuchar cómo dejaba las llaves sobre la mesa y subía sin encender las luces.
El sonido metálico de la caja al colocarse en el cajón de su habitación quedó grabado en su memoria.

A la mañana siguiente, Ana intentó comportarse como siempre, pero la curiosidad la devoraba.
Esperó a que Elena saliera a comprar pan para colarse en su habitación.
Todo estaba impecablemente ordenado, como siempre, salvo el segundo cajón de la cómoda, que estaba cerrado con llave.
Ana intentó forzarlo con una horquilla, y tras varios intentos, la cerradura cedió.

Dentro, encontró la caja metálica.
Era pesada, fría al tacto, con un sello grabado en relieve: un círculo incompleto atravesado por una línea diagonal.
El símbolo del Círculo Roto.

Ana no se atrevió a abrirla; en cambio, la fotografió por todos los lados y la dejó exactamente dónde estaba.
El riesgo de que Elena notara cualquier cambio era demasiado alto.

Esa noche, mientras todas estaban reunidas en la sala, llegó otro sobre.
Esta vez no había video ni audio: solo una fotografía impresa de Ana tomada desde fuera de la casa…
y en el reverso, escrito a mano:

“Tus pasos no son invisibles. Pregúntale a tu madre qué hizo para que sigas viva.”

Ana sintió la sangre helarse.
Miró de reojo a Elena, que seguía leyendo un libro como si nada.
Pero había algo distinto: su mano, la que sostenía la página, temblaba levemente.

Ana entendió que el juego estaba cambiando.
No solo estaba siguiendo a Elena… ahora Elena sabía que alguien la seguía.

Capítulo 47 – La presión crece

La tensión en la casa se podía cortar con un cuchillo.
Desde que Ana descubrió la caja metálica y fotografió su contenido, no había podido apartar de su mente la imagen de aquellas fotos antiguas.
Pero no tuvo tiempo de procesarlo: el teléfono de la sala comenzó a sonar.
Un número desconocido, sin prefijo, apareció en la pantalla.

Marisol fue la primera en reaccionar, pero Ana le arrebató el auricular.
—¿Quién habla? —dijo, intentando controlar la voz.

Del otro lado, una respiración pausada, como si disfrutaran al escuchar su ansiedad.
—Tienen poco tiempo —dijo un hombre con tono grave—. Y cada minuto que pierden acerca el final para una de ellas.

Ana sintió cómo las piernas se le tensaban.
—¿Dónde están?
—No es tu pregunta para hacer, Ana. La única pregunta que debes responder es… ¿a quién vas a dejar morir?

Elena, que escuchaba desde la cocina, se acercó despacio y le quitó el teléfono sin decir nada.
—Yo me encargo —susurró, y con un clic, colgó la llamada.

El silencio que siguió fue insoportable.
Ana la miró con rabia.
—¿Qué acabas de hacer?
Elena la sostuvo la mirada.
—No vamos a resolver nada gritando por teléfono.
—¡Estaban diciendo que el tiempo se acaba! —respondió Ana, alzando la voz.

Marisol intervino antes de que la discusión escalara.
—Esto es exactamente lo que quieren: que nos peleemos. Mientras tanto, ellas…

No terminó la frase. No hacía falta.

Pasaron las horas entre intentos fallidos de rastrear la llamada y revisar los sobres anteriores buscando pistas.
Afuera, la calle parecía detenida; adentro, el reloj avanzaba más rápido que nunca.
Ana notaba cada vez más claro que Elena sabía más de lo que estaba dispuesta a decir.
Su calma no era natural, y su capacidad para intervenir en el momento exacto tampoco.

Al caer la noche, otro sobre apareció bajo la puerta.
Ana lo abrió con manos temblorosas.
Dentro había una sola frase escrita en papel grueso:

“La indecisión también es una elección.”

Esa noche, Ana no pudo dormir.
Se quedó mirando el techo, repasando las últimas 24 horas y preguntándose cuánto más podrían soportar antes de que todo se rompiera.

Capítulo 48 – Ruleta

El sobre que llegó esa tarde no era como los anteriores.
Era más grande, sellado con un plástico transparente, y dentro llevaba una tableta encendida.
En la pantalla, un contador marcaba 00:59:59, mientras un círculo enorme giraba lentamente.
Sobre él, en letras mayúsculas, un título escalofriante: “Ruleta de destino”.

Ana, Marisol y Elena se reunieron alrededor de la mesa.
La conexión era en vivo, sin posibilidad de retroceder o detenerla.
En el centro del círculo aparecían varias opciones escritas en un rojo intenso:

  • Tortura prolongada
    (48 horas sin descanso)
  • Tomar ácido fólico concentrado (dosis letal)
  • Violada durante 10 días consecutivos por miembros rotativos
  • Desgarro y mutilación genital
  • Ahogamiento controlado repetitivo
  • Privación total de sueño durante 15 días
  • Quemaduras químicas en rostro y manos
  • Extracción de uñas y dientes sin anestesia

En el fondo, se escuchaba una respiración agitada y un llanto apagado.
Las imágenes se activaron de repente: Patricia y Claudia, ambas en una sala iluminada solo por focos superiores, mirando la ruleta con los ojos hinchados y llenos de terror.

La voz que habló desde los altavoces no era nueva.
Ana reconoció ese tono: era el mismo que había escuchado en mensajes antiguos, y el mismo que Ceniza había identificado como uno de los altos rangos de la organización.
—Esta es la última hora para salvar a una de ellas… o para decidir qué le toca a cada una.
El azar es limpio. El azar no tiene favoritos.

Ana apretó los puños.
—Esto no es azar… —murmuró.

Marisol comenzó a vomitar en el lavamanos cercano, incapaz de mirar más.
Elena, en cambio, permanecía inmóvil, observando cada detalle como si estuviera midiendo los movimientos de un oponente.

El giro comenzó.
La ruleta daba vueltas con un zumbido metálico.
Patricia cerró los ojos. Claudia intentó gritar algo, pero una mano fuera de cámara la obligó a callar.

En la pantalla lateral, una pequeña ventana mostraba un chat cifrado abierto.
Ceniza escribía:

“No intervengan todavía. Estoy cerca de la fuente de transmisión. Si hago esto bien, podríamos rastrearlos… pero si fallamos, las matan en directo.”

Ana dudó.
Su instinto quería actuar, pero Ceniza nunca hablaba en vano.
Aun así, cada segundo que la ruleta giraba parecía arrancarle un pedazo de alma.

El giro se ralentizó.
El puntero pasó por “Quemaduras químicas”, luego “Desgarro y mutilación genital” y terminó cayendo en:
“Violada durante 10 días consecutivos por miembros rotativos”.

Patricia rompió a llorar con un grito desgarrador.
Claudia bajó la cabeza, como si su cuerpo se hubiera apagado por dentro.
El público invisible de la transmisión empezó a enviar mensajes en tiempo real: frases obscenas, apuestas, burlas.
La pantalla se llenaba de odio y morbo.

Ana tuvo que apartar la vista.
El vómito de Marisol se mezclaba con el olor metálico de la tensión.
Elena se levantó despacio, se acercó a Ana y susurró:
—A veces, dejar que la ruleta decida es la peor cobardía.
Luego se giró y salió de la habitación, dejando a Ana con la sensación de que esas palabras llevaban un doble filo.

Ceniza volvió a escribir:

“Tengo 20 minutos antes de que cambien la ubicación. Si voy, puedo salvar a una. Pero ustedes tendrán que elegir quién.”

Ana sintió que todo el aire le abandonaba el cuerpo.
La ruleta ya había decidido… pero ahora tenían que decidir algo aún peor:
¿A quién rescatar y a quién dejar en el infierno?

capítulo 49 – Elección

La pantalla se dividía en dos: Patricia a la izquierda, Claudia a la derecha.
El temporizador en la parte superior ya no era un reloj… era una sentencia: 00:17:54.
Cada segundo que caía, lo hacía con un golpe seco en el pecho de Ana.

Ceniza seguía escribiendo desde el chat cifrado:

“No tengo tiempo para salvarlas a las dos. Díganme a quién voy por ahora. Si elijo por mí… es probable que odien mi decisión.”

Ana miró a Marisol.
Ella estaba llorando, con la cara hundida entre las manos.
—No puedo, Ana… no puedo decir un nombre —balbuceó.

Elena, en cambio, estaba de pie, mirando la transmisión con una serenidad inquietante.
—Elegir no es salvar —dijo con voz baja—. Es matar con las manos limpias.

Ana sintió un nudo en la garganta.
Las imágenes en la pantalla parecían sincronizadas: Patricia suplicaba, con lágrimas y jadeos cortos; Claudia solo temblaba, como si ya hubiera aceptado que no había salida.
Esa diferencia le arrancaba pedazos al corazón.

De pronto, la imagen se cortó.
Un plano fijo mostró a un hombre con el símbolo del Círculo Roto tatuado en el cuello, sosteniendo una pistola contra la cabeza de Claudia.
—Quedan quince minutos —dijo—. Si no recibimos un nombre… las cámaras se apagarán, y ustedes nunca sabrán dónde enterramos los cuerpos.

Elena no apartó la mirada.
—Ana, si dices el nombre, estarás firmando una condena.
—¡Y si no lo digo, se mueren las dos! —gritó Ana, golpeando la mesa.

Marisol se levantó y salió corriendo al baño. El sonido de su vómito se mezcló con los pitidos del temporizador.
Ana sintió un vértigo insoportable: el cuarto se le encogía, las luces parecían más frías, y cada respiración le raspaba los pulmones.

Elena se acercó y le susurró:
—¿Sabes lo que duele más que perder a una amiga? Descubrir que la que salvaste fue la que te traicionó primero.

Ana se quedó helada.
—¿Qué quieres decir con eso?
Pero Elena ya se había apartado, con esa media sonrisa que no decía nada… y lo decía todo.

En la pantalla, Ceniza envió un último mensaje:

“Si no me dicen ya, decido yo. No hay más tiempo para dudas.”

El contador marcaba 00:05:32.
Ana apretó los dientes, los dedos temblando sobre el teclado, sintiendo cómo la culpa, el miedo y la rabia se mezclaban en una sola pulsación.

Una palabra.
Un nombre.
Eso era todo lo que la separaba de perderlas a las dos… o de cargar para siempre con la elección más sucia de su vida.

El puntero del reloj se movía, la imagen de Patricia y Claudia volvía a cuadro, y Ana…
…tomó aire.

—Ve por…

(La voz se quebró justo cuando el contador bajó a los últimos cinco minutos.)

Capítulo 50 – El nombre

El zumbido metálico de la ruleta se había detenido, pero el eco parecía seguir golpeando la cabeza de Ana.
El puntero se había posado sobre la condena más atroz: “Violada durante 10 días consecutivos por miembros rotativos”.
Patricia lloraba como si cada sollozo le arrancara el aire; Claudia se había hundido en un silencio frío, la mirada fija en un punto invisible.

La voz del hombre volvió a retumbar en los altavoces:
—No hay vuelta atrás en la ruleta… pero sí en la vida. Una vive. Una muere. Elijan.

Marisol se llevó las manos a la boca.
—Dios… no… no puedo…
Ana la miró, con la sensación de que estaban cayendo en un pozo sin fondo.

En la esquina de la pantalla apareció la ventana de chat cifrado:
Ceniza:

“Escuchen. Estoy a menos de veinte minutos del punto de emisión. Si me dicen quién, puedo sacarla. Pero no puedo llevarme a las dos. El tiempo es real. El riesgo también.”

Ana tragó saliva.
—¿Y si no decimos nada? —preguntó, mirando a Elena.
Elena exhaló humo de su cigarro y contestó como si hablara de otra persona:
—Entonces las matarán a ambas. Y ustedes tendrán que vivir sabiendo que se quedaron calladas.

Marisol rompió a llorar.
Ana sintió un peso insoportable en el pecho.
La imagen de Patricia, aquella que le tendió la mano tantas veces; y la de Claudia, que siempre había sido la más fuerte, la que no dejaba que nadie las pisoteara…
Elegir era como cortarse un brazo y luego arrancarse el corazón.

El temporizador apareció en la parte superior: 00:17:54.
La voz volvió, burlona.
—Elijan… o elijan no elegir. El resultado será el mismo para nosotras.

Ana cerró los ojos.
Recordó el momento exacto en que la ruleta comenzó a girar; cómo Marisol vomitaba en la esquina; cómo Elena permanecía imperturbable, como si todo estuviera calculado.
Y recordó las palabras de Ceniza: “Si fallo, las matan en directo”.

En la transmisión, un hombre con el tatuaje del Círculo Roto en el cuello entró al cuadro de Claudia. Apoyó el cañón de una pistola en su sien y sonrió hacia la cámara.
—Quince minutos.

Ana sintió que el mundo se estrechaba.
Marisol le agarró la mano, temblando.
—No lo hagas… —susurró—. No digas ningún nombre.

Pero en el chat, Ceniza insistió:

“No hay tiempo para discusiones. Elijan. O lo haré yo.”

Elena se inclinó sobre la mesa y dijo, casi al oído de Ana:
—A veces, la que salvas es la que primero te traicionó.

Ana levantó la mirada, helada.
—¿Qué quieres decir?
Elena solo sonrió, dando una calada más a su cigarro.

El temporizador marcaba 00:05:32.
Patricia suplicaba, con lágrimas que parecían vaciarle el alma; Claudia, en silencio, parecía implorar con los ojos.
Ana sintió un calor ácido subirle por la garganta.

Marisol volvió a vomitar.
Ceniza escribió por última vez:

“Ahora. Dime el nombre.”

Ana respiró hondo.
Sus dedos se movieron sobre el teclado.
Un solo nombre.
La elección que pesaría sobre su conciencia para siempre.

Y lo escribió.

Capítulo 51 – Operación

El cursor parpadeaba junto al nombre que Ana había escrito.
Lo miró una vez más, sintiendo cómo cada latido en su pecho la empujaba hacia atrás.
Presionó Enter.

En menos de un segundo, el chat mostró la respuesta de Ceniza:

“Recibido. Me muevo ya.”

Ana no dijo el nombre en voz alta.
Marisol la observaba con el rostro desencajado, intentando adivinar si había salvado a su amiga… o la había condenado.
Elena solo se encendió otro cigarro, como si hubiera visto este momento miles de veces antes.

La transmisión en la tableta cambió de ángulo.
Un plano más amplio mostraba a los dos guardias que custodiaban a Patricia y Claudia.
Uno de ellos se apartó para responder a un ruido fuera de cámara.
El temporizador seguía marcando 00:04:53.

Ana sintió que el tiempo se doblaba sobre sí mismo.
En algún lugar, Ceniza corría entre pasillos estrechos y luces parpadeantes, siguiendo un mapa mental de la instalación que había memorizado en minutos.
Su respiración entrecortada llegaba por el audio cifrado.

“En visual. Tres objetivos. Sin oportunidad de sigilo total. Entraré a la fuerza.”

Ana cerró los ojos y apretó las manos.
En su mente, cada segundo se volvía una imagen de su amiga.
El recuerdo de risas antiguas, discusiones, pequeñas traiciones… todo mezclado en un cóctel amargo de miedo y culpa.

Marisol se acercó y la sacudió por los hombros.
—¿A quién salvaste? ¡Dímelo!
Ana no respondió. El silencio fue peor que una confesión.

En la transmisión, un estruendo hizo vibrar la cámara.
Uno de los guardias salió disparado hacia atrás, y la imagen se volvió un caos de gritos y movimientos bruscos.
El temporizador cayó a 00:03:07.

Ceniza apareció en el cuadro, con el rostro cubierto y un cuchillo en una mano.
Sin dudarlo, cortó las ataduras de la elegida, levantándola sobre su hombro.
El otro guardia intentó reaccionar, pero Ceniza lo dejó inconsciente de un golpe seco contra la pared.

—¡Muévanse! —gritó una voz fuera de cámara.
Luces rojas comenzaron a parpadear.
El temporizador saltó a 00:01:59.

Ana sintió una punzada en el estómago.
Sabía lo que significaba: la elegida viviría… pero la otra, en esos últimos segundos, sería víctima del castigo que la organización había planeado.

La transmisión enfocó por última vez a la que quedaba atrás.
Su mirada estaba fija en la cámara, sin lágrimas, sin gritos… solo una expresión que Ana jamás podría olvidar: la de alguien que sabe que ha sido abandonado por quienes más confiaba.

Ceniza gritó por el canal:

“Tengo a la elegida. Extracción en curso.”

La pantalla se volvió negra.
Ana quedó frente a su propio reflejo en la tableta apagada, sintiendo que el peso de ese momento nunca se borraría.

Elena se acercó y, sin mirarla, dijo:
—No importa a quién salves… el Círculo siempre se cobrará lo que es suyo.

Capítulo 52 – Ninguna elección queda impune

La puerta se abrió de golpe.
Ceniza entró cubierto de sudor, respirando con dificultad y cargando a la rescatada sobre su hombro.
La dejó caer suavemente sobre el sofá, y solo entonces Ana vio con claridad quién era.

El corazón de Marisol se detuvo un segundo.
Se llevó las manos a la boca, conteniendo un grito.
Ana se inclinó para revisar su pulso: rápido, errático, pero presente.

Elena, sin acercarse, observó desde la esquina.
—No preguntes por la otra —dijo, con voz fría—. No te va a gustar la respuesta.

Ceniza se desplomó en una silla, quitándose la máscara.
—No llegué a tiempo para las dos. Y… ellos se aseguraron de que lo vieras.

Como si hubiera escuchado su frase, la tableta sobre la mesa se encendió sola.
La imagen mostraba a la amiga que había quedado atrás.
Estaba arrodillada, rodeada por hombres encapuchados.
Uno de ellos sostenía un cartel escrito a mano: “Las promesas se pagan con sangre”.

Ana apartó la vista.
Marisol rompió a llorar.
Ceniza golpeó la mesa con el puño.
—Esto no fue solo un castigo… es una advertencia. Se acabó el tiempo de reaccionar tarde.

De pronto, un sobre fue deslizado por debajo de la puerta.
Elena lo recogió y lo abrió sin preguntar.
Dentro había una memoria USB y una nota:

“Para que nunca olviden que ninguna elección queda impune.”

Ceniza conectó la memoria al portátil.
Un video comenzó a reproducirse: la secuencia mostraba en detalle el destino de la amiga que no fue rescatada, con cada segundo calculado para infligir dolor a quienes lo vieran.
El silencio en la sala era tan espeso que se podía oír el zumbido de la computadora.

Ana sintió náuseas.
Marisol se encogió sobre sí misma, tapándose los oídos, aunque el sonido no era lo peor… lo peor eran las imágenes.

El video terminó con una pantalla negra y el logo del Círculo Roto.
Debajo, una cuenta regresiva: 10 días.
Ceniza lo entendió al instante.
—Es el plazo que nos dan antes de ir por otra.

Ana levantó la vista.
—¿Y si esa otra… soy yo?

Elena exhaló el humo de su cigarro y respondió, sin un atisbo de duda:
—Entonces tendremos que decidir… si volvemos a jugar su juego.

Capítulo 53 – Diez días

La cuenta regresiva en la pantalla del portátil parecía una herida abierta: 9 días, 23 horas, 12 minutos.
Cada segundo era un golpe seco que mantenía a todos en vilo.

Ceniza cerró la laptop de golpe.
—No podemos esperar a que ellos elijan. Tenemos que adelantarnos… o este juego nunca acaba.

Ana estaba sentada en el borde del sofá, con los codos en las rodillas y la mirada perdida.
No hablaba, pero sus manos no paraban de temblar.
Marisol, en cambio, caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado.
—¿Y cómo, ¿eh? ¿Cómo vamos a adelantarnos a gente que siempre está diez pasos delante? —su voz se quebró—. Si quieren a Ana, la van a encontrar… siempre lo hacen.

Elena, desde la esquina, hablaba poco.
Se limitaba a escuchar, fumando y observando a cada uno con ojos fríos.
De vez en cuando, decía algo breve, como si estuviera midiendo el terreno.
—No son invencibles… solo creen que lo son.
Sus palabras dejaban un sabor extraño en el aire, como si supiera más de lo que estaba dispuesta a contar.

Ceniza la miró con sospecha.
—Tú pareces demasiado tranquila para alguien que no sabe cómo funciona su red.
Elena sonrió sin humor.
—Digamos que los conozco… lo suficiente para saber dónde duele.

Esa noche, Ceniza desplegó sobre la mesa un mapa de la ciudad y varios esquemas impresos: puntos de vigilancia, rutas de escape, depósitos conocidos del Círculo Roto.
—No es un ataque frontal —explicó—. Si hacemos eso, perdemos. Necesitamos información, y rápido.

Ana levantó la vista.
—¿Y qué pasa si descubrimos algo que no queremos saber?
Ceniza no contestó.

En un momento de silencio, Elena se acercó a Ana.
—Tienes que estar lista para cualquier cosa. A veces, la verdad no te salva… solo te cambia para siempre.
Ana la miró fijamente.
—¿Qué es lo que tú sabes, Elena?
Elena no respondió. En su lugar, le pasó un papel doblado.
Dentro, había un número de teléfono y tres palabras escritas a mano:
“No antes del día nueve.”

Ana sintió un escalofrío.
No entendía si Elena estaba advirtiéndola… o guiándola directamente hacia una trampa.

Ceniza volvió a la mesa.
—Mañana nos dividimos. Necesito que Marisol y yo rastreemos sus transmisiones. Ana, tú te quedas con Elena.
Marisol frunció el ceño.
—¿Y si pasa algo?
Ceniza fue claro:
—Si pasa algo… quiero que Ana esté con la única persona que parece saber jugar su juego.

Elena apagó el cigarro y sonrió apenas.
—Será un placer.

La cuenta regresiva seguía marcando su sentencia: 9 días, 12 horas, 07 minutos.

Capítulo 54 – Señales

El amanecer no trajo alivio.
El temporizador proyectado en la pared seguía descontando: 8 días, 23 horas, 41 minutos.
Ana había dormido apenas una hora, con el sonido imaginario de grilletes rompiendo su descanso.

Ceniza y Marisol salieron temprano, con mochilas y rostros tensos.
Antes de cerrar la puerta, Ceniza le dijo a Ana:
—Escucha más de lo que hablas. Y si algo se siente raro… mándame la señal.
Ana asintió, aunque en el fondo no sabía cuál sería su “señal”.

Elena no se vistió como de costumbre.
Ese día llevaba un abrigo largo, gafas oscuras y un pañuelo que le cubría parte del rostro.
—Vamos —dijo, sin explicar a dónde.

Caminaron por calles estrechas, alejándose del centro.
Ana notó que Elena no usaba rutas directas: doblaba en esquinas sin motivo aparente, se detenía frente a escaparates cerrados, cruzaba calles sin mirar atrás.
No parecía perdida… parecía borrar un rastro invisible.

Llegaron a un café pequeño, casi vacío.
Elena pidió dos cafés y se sentó en la mesa más apartada, de espaldas a la ventana.
Ana no entendía por qué, hasta que vio cómo un hombre alto, con barba y chaqueta de cuero, entró sin mirar a nadie y dejó un sobre sobre la mesa.
No dijo una palabra.
Se fue.

—No lo abras aquí —advirtió Elena, guardándolo en su bolso.
Ana tragó saliva.
—¿Quién era ese?
—Alguien que todavía me debe favores… y que prefiere no mirarte a los ojos.

Pasaron el resto del día en movimiento.
Ana no dejaba de notar pequeños gestos: Elena saludando con un código de dedos a un vendedor callejero, cambiando de asiento en un autobús cuando un hombre en traje subió, revisando constantemente los reflejos en vitrinas y espejos.

Al caer la tarde, entraron a un edificio antiguo, con una escalera que olía a polvo y humedad.
Subieron tres pisos y entraron a un apartamento sin muebles.
Elena cerró todas las cortinas y sacó el sobre.

Dentro había fotografías en blanco y negro.
La primera hizo que Ana se quedara sin aire: era ella, con unos seis años, tomada de la mano de una figura borrosa…
La segunda foto mostraba a esa misma figura con el símbolo del Círculo Roto tatuado en la muñeca.

Ana levantó la mirada, con la garganta cerrada.
—¿Qué… qué es esto?
Elena encendió un cigarro, como si ya hubiera esperado la pregunta.
—La primera vez que te marcaron… tú no lo supiste.

El temporizador en el teléfono de Ana vibró.
8 días, 11 horas, 03 minutos.
El reloj seguía corriendo… y ahora, además del miedo, había una pregunta que empezaba a arderle en la mente:
¿desde cuándo estaba marcada por ellos?

Capítulo 55 – Lo que nunca quise recordar

Elena dejó las fotos sobre la mesa.
El humo de su cigarro flotaba lento, como si quisiera envolver cada imagen antes de que Ana pudiera mirarlas de nuevo.

Ana apretó los puños.
—Dijiste “la primera vez que me marcaron” … ¿qué significa eso?
Elena no respondió enseguida. Simplemente le señaló la fotografía de la niña de seis años, con la figura borrosa a su lado.
—No es solo una imagen… es una llave. Y si la giras, todo lo que intentaste olvidar se va a abrir.

Ana quiso apartar la vista, pero algo dentro de ella se quebró.
Sintió una presión en el pecho, un calor en la nuca… y la memoria se abrió paso a la fuerza.

(Flashback)

Era de noche.
El aire olía a metal y a humedad, como si hubiera llovido horas antes.
Ana —pequeña, descalza— caminaba sobre un suelo frío, guiada por la mano de un hombre que no le hablaba.
Podía oír risas apagadas al fondo, voces graves que murmuraban cosas que no entendía.

Entraron a una sala iluminada por bombillas colgantes.
Allí había más hombres. Algunos llevaban máscaras; otros, tatuajes en el cuello y las manos.
Ana reconoció uno: un círculo roto, como dibujado con un cuchillo.

Uno de ellos la levantó y la colocó sobre una mesa.
Le quitaron la ropa sin decir palabra.
El frío le mordió la piel.
Quiso cubrirse, pero unas manos ásperas se lo impidieron.

Las risas se hicieron más fuertes.
Un foco de luz le dio en el rostro, cegándola.
Detrás, escuchó el clic de una cámara… y luego muchos más.

La voz del hombre que la había traído resonó:
—Asegúrense de que todo quede registrado.
Ana no sabía qué significaba, pero cada flash la hacía sentir más pequeña, más atrapada.
Luego, el dolor llegó, un dolor que su mente quiso borrar en el acto, pero que su cuerpo recordaría para siempre.
Gritos, manos que la sujetaban, sus pies intentando empujar un vacío que no cedía.

Los hombres hablaban entre ellos, usando su nombre como si fuera un trofeo.
—Esta será la primera. La marcaremos… para que siempre sepa a quién pertenece.

De repente, el presente se mezcló con el pasado.
Ana, ya adulta, se vio a sí misma en ese cuarto, sintiendo el mismo frío, la misma impotencia.
Y en medio de ese círculo de sombras, una figura femenina apareció… no formaba parte de sus recuerdos originales, pero su rostro era inconfundible.

Elena.
Más joven, vestida de negro, observando desde una esquina.
No intervenía… pero tampoco miraba hacia otro lado.
Solo veía. Y recordaba.

(Fin del flashback)

Ana jadeó, como si hubiera estado conteniendo la respiración todo ese tiempo.
Tenía lágrimas en los ojos y el cuerpo encogido.
—Tú estabas ahí… —susurró—. Me viste…
Elena no negó ni afirmó.
—Ese día marcó muchas cosas, Ana. No solo para ti.

Ana sintió un temblor que no sabía si era de rabia, de miedo o de ambas.
La cuenta regresiva en su teléfono marcaba 8 días, 02 horas, 45 minutos… y ahora sabía que lo que venía no era solo una lucha por sobrevivir.
Era una lucha contra todo lo que la había convertido en lo que era.

Capítulo 56 – La memoria como arma

Ana permanecía sentada, con las fotos aún frente a ella.
Sus manos estaban rígidas, los dedos presionando el borde de la mesa como si quisiera romperlo.
Elena fumaba, observándola con una calma que a Ana le resultaba insoportable.

—¿Por qué? —dijo Ana con la voz rota—. ¿Por qué estabas ahí?
Elena no la miró.
—Porque había cosas que no podía evitar… y otras que necesitaba recordar.

Ana sintió un escalofrío.
—Me viste… me dejaste.
Elena soltó el humo lentamente.
—No era mi decisión. Y si crees que todo empezó esa noche, te equivocas.

El sonido de un mensaje en el teléfono interrumpió la tensión.
Ana tomó el dispositivo y vio un enlace sin remitente.
El título de la página hizo que el estómago se le encogiera: “La primera noche de Ana”.

Abrió el link.
El video comenzó sin advertencia.
No eran recuerdos fragmentados… era todo. Cada segundo de aquella noche, registrado desde múltiples ángulos.
Las voces, las risas, la marca del círculo roto en primer plano.
Y, en una esquina de la imagen, una sombra femenina que Ana reconoció de inmediato: Elena.

Ana dejó caer el teléfono, como si quemara.
El sonido siguió llenando el cuarto.

Elena recogió el dispositivo y cerró el video.
—Te dije que saben dónde duele. Esto es una advertencia… y un recordatorio.
Ana la empujó.
—¿Advertencia de qué? ¿De qué todavía tienen poder sobre mí? ¿O de que tú siempre has estado con ellos?

Elena la sostuvo por los hombros, con una fuerza que Ana no esperaba.
—No todo es blanco o negro, Ana. Si yo no hubiera estado allí, tú no estarías aquí para gritarme ahora.

Ana se zafó y retrocedió, con el corazón golpeando contra las costillas.
La idea de que esa mujer hubiera sido testigo —y tal vez cómplice— de su peor noche le daba tanto asco como miedo.

En ese momento, entró Ceniza, seguido de Marisol.
Sus rostros decían que algo había salido mal.
—La red está saturada —informó Ceniza—. Están compartiendo el video en foros, páginas oscuras y redes privadas. Cada hora lo reeditan y lo vuelven a subir.
Marisol añadió:
—No es solo humillación… están avisando que cualquiera puede ser el siguiente.

Ana sintió que el aire le faltaba.
Sabía que no podía detener la difusión, pero sí podía responder.
—Entonces… —dijo, con la voz firme— vamos a darles algo que no esperan.

Elena sonrió apenas, como si ese fuera el momento que había estado esperando.

El temporizador en la pared bajó un número más: 7 días, 17 horas, 09 minutos.

Capítulo 57 – La jugada

Ana se levantó de la silla, como si una decisión invisible la hubiera empujado.
Sus ojos ya no estaban húmedos, pero sí encendidos.
Ceniza y Marisol la miraban, esperando que explicara qué significaba ese “algo que no esperan”.

—Si quieren seguir exhibiéndome… —dijo Ana, con la voz firme— entonces voy a darles un escenario que no controlen.
Ceniza frunció el ceño.
—Eso suena a que vas a entrar en su juego.
—No —corrigió Ana—. Su juego es que yo sea la presa. Esta vez, voy a ser la trampa.

Marisol se acercó, incrédula.
—Ana, no sabes lo que dices. Esa gente vive de quebrar a las personas.
Ana la interrumpió.
—Precisamente. Ya me quebraron una vez… y sobreviví. Ellos no cuentan con que yo siga aquí.

Elena observaba en silencio, como si evaluara cada palabra.
Finalmente habló:
—Si quieres que esto funcione, tendrás que darles un cebo que no puedan rechazar. Algo que los saques de la sombra.
—¿Y tú sabes cómo hacerlo? —preguntó Ana.
Elena no respondió directamente. Solo dijo:
—Digamos que sé cómo sus líderes eligen a sus víctimas… y cómo se obsesionan con ciertos patrones.

Ceniza golpeó la mesa.
—No me gusta esto. Si algo sale mal, no habrá segunda oportunidad.
Ana lo miró.
—No habrá segunda oportunidad de todos modos.

La tensión era tan espesa que el silencio pesaba como plomo.
Elena rompió ese silencio con un comentario inesperado:
—Necesitaremos un lugar aislado, cámaras, y una línea segura para transmitir en directo.
Marisol abrió los ojos.
—¿Quieres transmitir tú?
—No yo —corrigió Elena—. Ana.

Esa noche, mientras Ceniza y Marisol discutían logística, Ana y Elena salieron juntas.
Caminaron por calles mal iluminadas hasta llegar a un almacén abandonado.
Elena abrió la puerta con una llave que sacó de su abrigo.
—Aquí operaron durante años —dijo—. Ahora es un cascarón vacío… pero sigue estando en sus mapas mentales.
Ana miró a su alrededor. El olor a humedad y polvo le resultaba inquietantemente familiar.

—Si vamos a hacerlo —dijo Elena—, tienes que saber algo: no podrás controlar quién aparezca. Puede ser alguien que conozcas.
Ana tragó saliva.
—No importa. Solo quiero que aparezcan.

Antes de salir, Elena dejó un sobre en medio del suelo del almacén.
Dentro había una foto reciente de Ana… y una nota escrita en letras rojas:
“Esta vez, la presa elige el terreno.”

Elena sonrió al cerrar la puerta.
—Ahora solo es cuestión de tiempo para que muerdan el anzuelo.

En la pantalla del teléfono de Ana, el contador marcaba: 7 días, 06 horas, 51 minutos.

Capítulo 58 – Movimiento en falso

El almacén seguía vacío, pero esa noche no lo parecía.
Ceniza había instalado cámaras y micrófonos ocultos; Marisol vigilaba la señal desde un portátil conectado a una red segura.
Ana, sentada en una esquina, revisaba mentalmente cada paso del plan.

Elena entró más tarde de lo acordado.
Traía el cabello recogido, ropa limpia y una expresión imposible de leer.
—He dejado que el rumor corra —dijo—. Están hablando de ti en foros donde antes solo se hablaba de sus objetivos más codiciados.
Ana sintió un escalofrío.
—Eso significa que vendrán.
—O que ya están aquí —añadió Elena, con un tono que no permitió saber si era advertencia o provocación.

Ceniza notó algo extraño en la señal.
—Tengo un eco en la transmisión. Como si hubiera otro canal retransmitiendo lo mismo que nosotros, pero con un retardo de unos segundos.
Marisol frunció el ceño.
—¿Es posible que…?
Ceniza negó con la cabeza.
—No si seguimos encriptados.
Pero algo en su mirada delataba que no estaba convencido.

Ana observaba el mapa en la pantalla: ninguna señal de movimiento externo.
Elena, sin embargo, parecía relajada, incluso más de lo normal.
Le ofreció un vaso de agua.
—Bebe, te va a ayudar a pensar con claridad.
Ana lo tomó, pero apenas bebió un sorbo.
El sabor metálico le hizo fruncir el ceño.

Horas después, mientras Ceniza ajustaba el equipo, Ana sintió un mareo repentino.
La imagen frente a ella se nubló por segundos.
Escuchó voces distantes, y entre ellas, una risa masculina que no había escuchado en años… la misma de su primer día marcado.

Abrió los ojos.
Elena estaba de pie junto a la puerta del almacén, hablando por teléfono en voz baja.
Cuando notó que Ana la miraba, colgó y sonrió.
—Solo era una verificación de rutina.

Ceniza se acercó a Ana.
—El retardo de la señal aumentó. Ahora hay dos minutos de diferencia.
Ana sintió un nudo en el estómago.
—¿Eso qué significa?
—Que alguien está duplicando la transmisión y probablemente vendiendo la ubicación en tiempo real.

Ana giró hacia Elena.
—¿Fuiste tú?
Elena no parpadeó.
—Si crees eso, estás más perdida de lo que pensé.

Esa madrugada, las luces del almacén parpadearon.
Un mensaje apareció en todas las pantallas a la vez:
“La presa ya está en la jaula.”

Ceniza se levantó de golpe, pero antes de que pudiera decir nada, las cámaras comenzaron a mostrar rostros desconocidos, acercándose desde diferentes ángulos.
Ana sintió que su ventaja se desmoronaba en segundos.

El temporizador en la pared no se detuvo.
6 días, 21 horas, 13 minutos.

Y Ana supo que, de alguna forma, Elena había movido una pieza que no podría recuperar.

Capítulo 60 – Dos caras del mismo infierno

Los pasos se multiplicaban fuera del almacén.
Ceniza miró a Ana con un gesto rápido y señaló la salida trasera.
Marisol ya estaba cerrando el portátil, desconectando los cables con la urgencia de quien sabe que cada segunda cuenta.

Elena, en cambio, se quedó quieta.
Observaba las cámaras con una calma que no encajaba con el peligro inminente.
—Si corremos, nos seguirán igual —dijo, como si estuviera segura de lo que venía.

Ana no respondió; solo se lanzó hacia la puerta trasera, seguida de Ceniza
y Marisol.
Atravesaron un pasillo angosto, oyendo cómo el ruido de la entrada principal se convertía en gritos y golpes contra el mobiliario.

En el exterior, una furgoneta negra esperaba con el motor encendido.
Dentro, en el asiento trasero, había una mujer cubierta con una manta: la que Ceniza
había logrado rescatar en un movimiento anterior.
Su respiración era débil, y cada tanto un espasmo recorría sus extremidades.

—No reacciona a nada —dijo Ceniza mientras cerraba la puerta—. Está estable… pero es como si no estuviera aquí.
Ana la miró fijamente. El cabello de la mujer estaba cortado a tirones, sus labios partidos, y en su piel se adivinaban moretones recientes.

Marisol intentó cubrirla mejor.
—Es un milagro que siga viva.
Ana no dijo nada. El peso de haber elegido salvar a una y no a la otra le cerraba la garganta.

La furgoneta avanzó a toda velocidad.
A mitad de camino, el teléfono de Marisol vibró: un mensaje sin remitente, solo un enlace.
Ana sintió que sabía lo que iba a ver antes de que la imagen apareciera.

El video comenzó con un plano bajo, mostrando un suelo de cemento manchado.
La cámara subió lentamente hasta mostrar a la otra mujer… la que habían dejado atrás.
Estaba encadenada por las muñecas, con el cuerpo arqueado hacia adelante, los pies descalzos apoyados en charcos oscuros.
Gemidos débiles, interrumpidos por jadeos, llenaban el audio.

El ángulo cambió: su rostro hinchado y con moretones miraba a la cámara sin verla.
Una voz masculina, burlona, susurró:
—Cada minuto que miren esto… ella recordará que no fueron por ella.

Ana cerró los ojos, pero la imagen ya estaba tatuada en su mente.
Mientras una sobrevivía en silencio en la furgoneta, la otra era usada como espectáculo y como cuchillo psicológico para abrir heridas imposibles de cerrar.

Elena, que no había quitado la vista de la pantalla, dijo en voz baja:
—A veces, perder a una… es la forma más efectiva de quebrar a las demás.

El contador marcaba:
6 días, 09 horas, 28 minutos.

Ana sintió que cada segundo que pasaba no solo acercaba la fecha límite… sino que le arrancaba lo poco que le quedaba para luchar.

Capítulo 61 – Grietas

El trayecto en la furgoneta fue un silencio roto solo por el motor y el sonido mecánico del limpiaparabrisas.
Ana mantenía la vista fija en el suelo, como si mirar hacia arriba pudiera obligarla a ver otra vez el video.
Marisol, al volante, no apartaba las manos del timón, apretándolo con fuerza excesiva.

En la parte trasera, la mujer rescatada emitía un lamento apenas audible.
Ceniza intentaba hidratarla con pequeños sorbos de agua, pero cada vez que lo hacía, ella tosía y se retorcía como si algo en su interior se negara a aceptar cualquier alivio.

Marisol rompió el silencio:
—¿Valió la pena?
Ana levantó la mirada, con el ceño fruncido.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que tenemos a una viva, sí… —Marisol dudó un segundo— pero la otra está… ahí, en ese video. Y todo el mundo lo está viendo.

Ceniza intervino, con tono cortante:
—No es momento para reproches.
—¡Claro que lo es! —Marisol elevó la voz—. Porque en seis días no vamos a estar mejor. Vamos a estar peor… si seguimos así.

Elena, sentada junto a la puerta trasera, hablaba por teléfono en susurros.
Cuando Ana intentó escuchar, Elena le sostuvo la mirada sin interrumpir su conversación.
Colgó después de unos segundos y, con su tono habitual, soltó:
—Ustedes discuten como si tuvieran tiempo. Y no lo tienen.

Ana sintió un impulso de confrontarla allí mismo, pero Ceniza
le puso una mano en el hombro, como pidiéndole calma.
Elena sonrió apenas, como si disfrutara de la tensión.

Al llegar al refugio, conectaron el portátil para revisar el flujo de la red.
Ceniza maldijo en voz baja:
—El video… ya no es solo en la página original. Hay decenas de réplicas, versiones editadas, montajes.
Marisol, mirando la pantalla, murmuró:
—Lo están usando como moneda de cambio. Quien lo comparta recibe acceso a otra grabación inédita.

Ana se inclinó para ver mejor. En la esquina de una de las pantallas congeladas, pudo ver algo que la hizo apretar los dientes: una sombra femenina en el fondo de la escena.
No podía distinguir el rostro, pero la postura… la forma de los hombros… le resultaba inquietantemente familiar.

Miró hacia Elena.
Ella la observaba con calma, como si supiera exactamente lo que había visto.

El temporizador digital seguía su curso implacable:
6 días, 01 hora, 42 minutos.

Y por primera vez, Ana sintió que no sabía si llegaría al final del conteo como víctima… o como pieza en manos del enemigo.

Capítulo 62 – Cazadores y presas

La madrugada llegó sin descanso.
En el refugio, todos parecían moverse más rápido, como si el aire mismo estuviera a punto de romperse.
Ana no hablaba; su mirada se mantenía clavada en el portátil, revisando y volviendo a revisar cada cuadro de los videos, buscando una pista.

Ceniza entró con un maletín metálico. Lo colocó sobre la mesa, lo abrió y reveló una serie de armas cortas, cuchillos, y pequeños dispositivos con luces intermitentes.
—Ya no se trata solo de sobrevivir. Vamos a buscarles —dijo, con una determinación que no había mostrado antes.

Marisol asintió, pero no dejó de mirar el temporizador proyectado en la pared:
5 días, 14 horas, 05 minutos.

Elena apareció con un sobre cerrado.
Lo dejó frente a Ana.
—Un regalo —dijo, con una sonrisa que no inspiraba confianza.
Ana lo abrió: dentro había una dirección escrita a mano y una foto tomada desde lo alto de un edificio.
En la imagen se veía un almacén con luces encendidas y un grupo de hombres armados en la entrada.

—Es uno de sus puntos de tránsito —explicó Elena—. No es el nido… pero si caen ahí, perderán piezas importantes.

Ceniza dudó.
—¿Cómo obtuviste esto?
Elena lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—Digamos que todavía tengo a quién llamar.

Ana, pese a sus sospechas, sabía que no podía dejar pasar la oportunidad.
En cuestión de minutos estaban en camino, la furgoneta rugiendo por calles desiertas.
Elena y Ceniza iban armados, Marisol cargaba un maletín de primeros auxilios y Ana sostenía un cuchillo de hoja curva que apenas sentía en la mano de tanto que le sudaban las palmas.

Al llegar, apagaron las luces y se acercaron a pie.
Desde las sombras, Ana vio que la información de Elena era precisa: cuatro hombres vigilaban la entrada, otros dos fumaban cerca de una camioneta, y el sonido lejano de maquinaria salía del interior.

Ceniza trazó un plan rápido:
—Yo entro por la parte trasera con Marisol. Ana, tú y Elena atraen su atención.

La primera parte fue un susurro en la noche:
Ana arrojó una botella vacía contra una pared lejana, provocando que dos guardias se acercaran a investigar.
Elena, con una frialdad inquietante, caminó hacia la luz del almacén, fingiendo estar perdida.
Cuando el primer guardia se le acercó, en segundos lo desarmó y lo dejó inconsciente contra el suelo.
Ana, impulsada por la adrenalina, replicó el movimiento con el segundo guardia, aunque sus manos temblaban después.

Dentro, Ceniza y Marisol encontraron una habitación improvisada con jaulas.
En una de ellas, una mujer en estado crítico los miraba con ojos vidriosos… y junto a ella, un monitor que transmitía en directo su imagen a decenas de direcciones IP.

La alarma saltó.
Luces rojas comenzaron a parpadear y una voz metálica anunció:
—Intrusión detectada. Bloqueo en tres minutos.

Elena miró a Ana y susurró:
—Ahora sí corre.
Ana entendió que, más allá de lo que sintiera por ella, Elena tenía claro que estaban en terreno enemigo y que el reloj jugaba en contra.

El temporizador en la mente de Ana no se detuvo:
5 días, 13 horas, 59 minutos.

Y por primera vez, en lugar de sentirse como presa, empezó a moverse como cazadora.

Capítulo 63 – Salida de fuego

La sirena no dejaba de aullar.
El almacén se iluminaba y apagaba al ritmo de las luces rojas, convirtiendo las sombras en figuras que se movían como depredadores.
Ceniza cargaba a la mujer rescatada sobre su hombro; Marisol cubría la retaguardia con una pistola en mano.

—¡Por la salida lateral! —gritó Ceniza por encima del ruido.

Ana corría detrás, el corazón golpeando en su pecho como si fuera a reventar.
Elena estaba a su lado, avanzando con pasos seguros, como si conociera cada esquina de aquel lugar.
Eso llamó la atención de Ana… pero no había tiempo para preguntar.

Un guardia apareció desde un pasillo adyacente.
Elena lo derribó de un solo movimiento, pero en lugar de rematarlo o atarlo, se inclinó y le dijo algo al oído.
Ana alcanzó a oír una palabra:
—“Puente”.

No tuvo tiempo de preguntar porque otra ráfaga de disparos los obligó a cubrirse detrás de unas cajas.
Marisol devolvió fuego, logrando hacer retroceder a los atacantes.

—¡Se nos acaba el tiempo! —rugió Ceniza.

Cuando alcanzaron la salida lateral, se encontraron con una verja cerrada con candado industrial.
Elena, sin dudar, sacó una llave de su bolsillo y lo abrió en cuestión de segundos.
Ana la miró, helada.
—¿De dónde…?
—No es momento —la cortó Elena, y la empujó hacia afuera.

Ya en la calle, el motor de la furgoneta rugió.
Marisol cubrió la subida de Ceniza con la mujer rescatada, y Ana subió la última.
Una ráfaga de balas rompió la ventanilla trasera mientras se alejaban.

Dentro, Ana intentaba recuperar el aliento.
Sus ojos se fijaron en la muñeca de Elena, donde el guante se había corrido un poco: una pulsera negra con un símbolo… el mismo que Ana había visto en los videos filtrados del Círculo Roto, grabado en la pared detrás del líder.

Elena notó su mirada y volvió a cubrirse la muñeca.
—No dejes que tus ojos se vayan por donde no deben —dijo en voz baja.

Mientras la furgoneta se perdía en la oscuridad, Ana sintió que algo acababa de romperse.
Elena no era solo un contacto ambiguo… era alguien con acceso directo a llaves, códigos, y al lenguaje interno del enemigo.

El contador en la pantalla del portátil se actualizó solo:
5 días, 13 horas, 12 minutos.

El tiempo seguía corriendo, pero ahora, más que a los hombres armados, Ana temía a quien iba sentada a su lado.

Capítulo 64 – Esperanza rota

El amanecer se filtraba tímidamente por las calles vacías.
La furgoneta avanzaba sin pausa, dejando atrás el eco de la operación en el almacén.
Por primera vez en días, Ana sintió un pequeño alivio al mirar a la mujer rescatada recostada en el regazo de Ceniza.
Su respiración era más estable, y aunque sus ojos seguían perdidos, parecía aferrarse a la vida.

Marisol, desde el asiento del copiloto, dijo:
—Si llegamos al punto seguro antes del mediodía, tendremos tiempo para estabilizarla.
Ana intercambió una mirada con Ceniza y, por un instante, creyó que todo empezaba a alinearse.

Ese instante duró exactamente tres segundos.

Un sonido seco cortó el aire: ¡PANG!
El cristal lateral estalló, y la cabeza de la mujer rescatada se sacudió hacia atrás.
La bala entró por su frente y salió por el otro lado, manchando de rojo el hombro de Ceniza.
El grito de Marisol se ahogó en el rechinar de los frenos.

Ana sintió que el mundo se detenía.
La mujer que habían arriesgado todo por salvar ahora estaba inmóvil, el hilo de vida cortado en un segundo.

—¡Francotirador! —rugió Ceniza, cubriéndose a Ana con el cuerpo mientras buscaba una cobertura.
Marisol señaló un edificio a unos 200 metros, donde un destello de metal se desvanecía entre las sombras.

—¡Nos tienen marcados! —gritó Marisol.

Elena, desde el asiento trasero, permanecía sorprendentemente serena.
Sacó un teléfono y marcó un número sin mirar a nadie.
—Se adelantaron —dijo, como si estuviera dando un informe más que reaccionando a un ataque.

La furgoneta dio un giro brusco, saliendo de la línea de tiro.
Pero el daño ya estaba hecho.
Ana no podía dejar de mirar el cuerpo sin vida de la mujer, su piel aún tibia, y recordar que cada paso, cada segundo, había sido para llegar a este momento… y ahora no quedaba nada.

Ceniza golpeó el tablero con rabia:
—Esto fue un mensaje. No iban por nosotras… iban por la esperanza.

Ana levantó la vista hacia Elena.
Ella sostenía su teléfono, con los ojos clavados en la pantalla, y una sonrisa apenas perceptible se dibujaba en sus labios.

El contador seguía:
5 días, 12 horas, 03 minutos.

Pero Ana entendió que el tiempo ya no medía solo la vida de Patricia o Claudia… sino la lenta destrucción de todo lo que podían salvar.

Capítulo 65 – Círculo cerrado

El interior de la furgoneta era un ataúd con ruedas.
Nadie hablaba.
El cuerpo sin vida de la mujer rescatada permanecía recostado sobre el asiento, cubierto con la misma manta con la que la habían sacado del almacén.
El olor a sangre fresca impregnaba el aire.

Ceniza conducía con la mandíbula apretada, los nudillos blancos en el volante.
Marisol miraba por la ventanilla, pero sus ojos estaban vidriosos, perdidos.

Ana sentía que el latido de su corazón era demasiado fuerte para su pecho.
Cada vez que miraba hacia el fondo, donde yacía la mujer, recordaba el momento en que la vio con vida, aferrándose a una ilusión que ahora era polvo.

Elena rompió el silencio, con esa voz suave que parecía ajena a la tensión:
—Esto fue una advertencia.
Ceniza le lanzó una mirada asesina por el retrovisor.
—No necesitamos que nos lo expliques.
—No. No lo entiendes —respondió Elena—. No es por la mujer. Es por ustedes. Les están diciendo que no importa a quién salven… el final será el mismo.

Ana sintió que cada palabra se le clavaba en el estómago.
No sabía si Elena intentaba ayudarlos o simplemente disfrutar de su desesperación.

Llegaron al refugio improvisado en una antigua imprenta.
El lugar olía a polvo y aceite viejo.
Ceniza y Marisol bajaron el cuerpo y lo colocaron en una mesa metálica.
Marisol cubrió su rostro, y luego se giró hacia Ana:
—Esto no puede volver a pasar.
Ana la miró, sabiendo que no era una promesa… era una exigencia.

Horas después, mientras Ceniza revisaba los planos de posibles rutas de extracción, Ana se acercó a la computadora para revisar el flujo de datos.
Entre las direcciones IP que habían replicado el video de la mujer encadenada, encontró algo: una señal que no salía del enemigo… sino de un canal cifrado que reconoció.
El mismo que Elena había usado la noche anterior para recibir la ubicación del almacén.

Ana cerró la ventana antes de que alguien más lo viera.
Su respiración se aceleró.
Si lo que intuía era cierto, cada movimiento que hacían estaba siendo anticipado.
No por filtraciones externas… sino desde adentro.

En el comedor improvisado, Elena estaba sola, sirviéndose café.
Ana sintió un impulso de confrontarla en ese momento, pero algo dentro de ella le gritó que no era el momento.
Si Elena tenía una doble lealtad, cualquier paso en falso podía sellar el destino de todas.

El contador seguía, implacable, en la pared:
5 días, 08 horas, 47 minutos.

Ana entendió que no solo estaban contra el tiempo…
Estaban encerradas en un círculo que se cerraba un poco más con cada muerte.

Capítulo 66 – Bajo vigilancia

La tarde cayó sobre la imprenta como una manta espesa.
Las luces amarillas del refugio no lograban disipar la sensación de encierro.
Ceniza repasaba en silencio un mapa extendido sobre la mesa central, marcando rutas con un bolígrafo desgastado.
Marisol, sentada frente a él, revisaba la lista de suministros.

Ana, en cambio, fingía ayudarles mientras su atención estaba en otro lado: Elena.
Desde el rincón, la mujer bebía café y pasaba páginas de un cuaderno con anotaciones que nadie más había visto.
Cada tanto, miraba su teléfono, escribía algo y volvía al cuaderno.

Ana se obligó a mantener la calma.
Sabía que un movimiento brusco podía alertarla, pero también sabía que el tiempo corría y no podía esperar demasiado.

—Si intentamos por aquí, nos toparemos con dos puestos de control —dijo Ceniza, señalando un sector del mapa.
Marisol negó con la cabeza.
—No podemos arriesgar a otra emboscada como la del almacén.

Ana aprovechó que la conversación desviaba la atención y se acercó lentamente a la mesa donde estaba Elena.
Dejó caer una carpeta al suelo y, mientras la recogía, miró de reojo el cuaderno.
Reconoció nombres, coordenadas… y una serie de símbolos circulares que coincidían con los que había visto en las marcas del Círculo Roto.

Elena cerró el cuaderno de golpe.
—¿Buscas algo? —preguntó con una sonrisa sin calidez.

—No —respondió Ana, intentando que su voz sonara despreocupada—. Solo estaba ordenando.

El silencio volvió a instalarse, roto apenas por el ruido del bolígrafo de Ceniza
sobre el papel.
Ana se retiró al pasillo lateral, donde estaba el equipo de comunicación.
Encendió un terminal viejo y comenzó a rastrear la última conexión que Elena había hecho con su teléfono.
El resultado fue un impacto directo: la señal se había dirigido a una torre que controlaba el sector este… territorio bajo vigilancia directa del líder.

Ana guardó el registro en una memoria portátil y volvió al salón principal, cuidando de no mostrar nada.
Elena seguía en su rincón, ahora observándola de una manera que le erizó la piel.

Ceniza rompió el silencio:
—Tenemos un objetivo. No es el corazón de la organización, pero es una de sus arterias. Si la cortamos, sangrarán.
Marisol lo miró con determinación.
—Entonces vamos.

Ana asintió, pero en su mente no estaba solo el plan… estaba la certeza de que antes de ese ataque, tendría que saber exactamente de qué lado jugaba Elena.

En la pared, el contador brillaba como una sentencia:
5 días, 05 horas, 16 minutos.

Y Ana entendió que la verdadera batalla ya no era solo contra la organización… sino contra lo que estaba sentado a pocos metros de ella.

Capítulo 67 – La arteria

El plan se cerró en cuestión de horas.
Ceniza trazó la ruta más discreta posible, evitando las zonas de control y utilizando calles estrechas donde el ruido de la furgoneta se confundiera con el de la ciudad.
Marisol empaquetó los suministros y revisó las armas, una a una, con movimientos mecánicos que delataban la tensión acumulada.

Ana, por su parte, mantenía su papel: la observadora que no llama la atención.
Pero cada vez que Elena se movía, ella tomaba nota mental: el tiempo que pasaba sola, la frecuencia con la que miraba su teléfono, incluso la forma en que tocaba su muñeca derecha antes de hablar.

La “arteria” no era un edificio fortificado como el almacén.
Según Ceniza, se trataba de un centro de tránsito subterráneo, una especie de bodega bajo un viejo mercado, donde la organización almacenaba equipo y trasladaba a personas capturadas.
Un punto clave que, si caía, retrasaría sus operaciones al menos una semana.

—Esa semana podría salvar vidas —dijo Ceniza, doblando el mapa.
Elena, apoyada contra la pared, sonrió de lado.
—O perderlas… si no saben lo que hacen.

Marisol la fulminó con la mirada, pero no dijo nada.

La noche siguiente partieron.
El trayecto fue silencioso, salvo por el rugido suave del motor y el golpeteo de las armas en la parte trasera.
Ana estaba sentada junto a Elena; podía sentir el calor de su cuerpo y, al mismo tiempo, una distancia fría que la ponía en alerta.

—¿Por qué no me miras? —preguntó Elena, rompiendo el silencio.
Ana fingió una sonrisa.
—Porque tengo miedo de lo que podría ver.

Elena soltó una breve carcajada y miró hacia la ventana, como si la respuesta le hubiera parecido un cumplido.

Al llegar al mercado, el lugar parecía abandonado.
Las luces intermitentes de un viejo letrero parpadeaban sobre la entrada, proyectando sombras largas en la acera.
Ceniza ordenó:
—Marisol y yo por la entrada trasera. Ana, tú y Elena por la principal.

Ana sintió el pulso acelerarse.
Esta era su oportunidad.

Dentro, el mercado olía a humedad y metal oxidado.
Los pasillos estrechos conducían a una escalerilla que descendía a un sótano iluminado por focos amarillos.
Ana se dejó ir unos pasos detrás de Elena, observando cómo tocaba su muñeca y, de inmediato, una figura armada aparecía al fondo, alejándose para dejarles pasar.

No era coincidencia.
Elena estaba avisando de su presencia.

Ana se guardó esa certeza en el pecho.
Todavía no era el momento de actuar… pero cada segundo que pasaba, su paciencia se volvía más peligrosa.

Desde el sótano llegaba un eco metálico, como cadenas arrastrándose.
Ceniza y Marisol ya debían estar cerca del objetivo, pero Ana y Elena aún no habían cruzado el último pasillo.

El contador en el reloj de Ana marcaba:
4 días, 21 horas, 39 minutos.

En ese momento, no podía saber si iba a destruir la arteria de la organización… o descubrir que la sangre de ese lugar también corría por las venas de quien caminaba frente a ella.

Capítulo 68 – Sangre en la arteria

El sótano del viejo mercado era un laberinto húmedo, cargado con olor a óxido y sudor.
Las luces amarillas colgaban de cables pelados, oscilando como si temblaran de miedo.

Ceniza y Marisol iban por delante, con Ana y Elena siguiendo de cerca.
Claudia, todavía con el cuerpo débil desde que Ceniza la rescató días atrás, permanecía en la furgoneta, bajo vigilancia, porque no estaba en condiciones de otra emboscada.

—En la tercera puerta hay guardias armados —susurró Ceniza—. Si caen ellos, el resto del lugar se viene abajo.

Ana notó que Elena apenas asintió… y tocó su muñeca de forma casi imperceptible.
Ese gesto ya lo había visto antes. No era un tic nervioso. Era un aviso.

Dividieron el avance: Ceniza y Marisol irían por el pasillo derecho; Ana y Elena, por el izquierdo.
Ana llevaba un cuchillo curvo, sintiendo el frío del metal como un recordatorio de que debía estar lista.
Elena caminaba con seguridad, como si conociera cada rincón de aquel lugar… demasiado bien para una supuesta aliada reciente.

A mitad del pasillo, una explosión sacudió el suelo.
Desde el otro lado, Ceniza gritó:
—¡Contacto! ¡Vienen armados!

Seis hombres aparecieron, no corriendo, sino avanzando con calma.
Uno de ellos sonrió al ver a Elena y dijo:
—La arteria ya sangra.

El tiroteo estalló.
Ceniza disparaba en ráfagas cortas, cubriendo a Marisol que intentaba sacar a dos prisioneros debilitados.
Ana se cubrió detrás de una columna y, en medio del humo, vio cómo Elena retrocedía hacia una puerta lateral.

—¡Mamá! —gritó Ana, el instinto superando su sospecha.
Elena se detuvo un segundo, pero no se volvió.

Ana corrió tras ella y cruzó la puerta justo antes de que se cerrara.
El ruido de los disparos quedó amortiguado… y lo que encontró adentro la dejó helada.

Una sala amplia, iluminada por focos blancos.
Varias pantallas mostraban transmisiones en directo: Patricia, sometida y marcada, en diferentes páginas; rostros de otras víctimas… y, en una esquina, un feed que mostraba el refugio donde habían dejado a Claudia.

Ana sintió un puño cerrársele en el estómago.
El lugar donde creía que Claudia estaba segura estaba siendo observado… en tiempo real.

—Siempre quieres salvar lo que ya está roto —dijo Elena, sin volverse—. ¿Nunca aprendiste?
Ana apretó el cuchillo en su mano.
—¿Por qué? ¿Por qué entregaste a Patricia? ¿Por qué desde niña me entregaste a ellos?

Elena sonrió con frialdad.
—Porque, hija… era la única forma de que sobrevivieras en un mundo que te iba a devorar igual. Yo solo elegí quién te comía primero.

Otra explosión hizo temblar el piso.
Varias pantallas se apagaron, pero la del refugio seguía encendida, mostrando a Claudia recostada, inconsciente, mientras una sombra se movía detrás de ella.

Ana sintió que el tiempo se comprimía.
El contador en una esquina de la pantalla parpadeaba:
4 días, 18 horas, 52 minutos.

Ahora lo sabía: este no era solo un punto clave de la organización… era la garganta de la bestia.
Y su madre estaba en el centro, sosteniendo el cuchillo.

Capítulo 69 – La garganta de la bestia

El polvo de las explosiones caía como nieve sucia sobre el pasillo principal.
Ceniza mantenía la presión de fuego contra los seis hombres que avanzaban, mientras Marisol luchaba por sacar a los prisioneros debilitados.
El eco de los disparos se mezclaba con gritos lejanos y el crujir de metal cediendo.

En la sala de las pantallas, Ana mantenía el cuchillo en alto, sus ojos fijos en Elena.
En una esquina, el monitor que mostraba el refugio se mantenía estable… hasta que la sombra detrás de Claudia se convirtió en una figura armada que la arrastró fuera del cuadro.

—¡Claudia! —Ana sintió un latigazo en el pecho.
Elena la miró con una calma que solo podía venir de alguien que ya había aceptado —o planeado— lo que estaba ocurriendo.

—Si intentas destruir este lugar, ella muere.
—Ya está en sus manos… —respondió Ana con rabia—. Pero si destruyo esto, tú también.

En ese instante, Ceniza irrumpió en la sala, cubierto de polvo, con el fusil humeante.
—Tenemos que salir YA. Todo el piso inferior está lleno de cargas, y si detonan…
Se detuvo al ver a Elena y el filo del cuchillo en la mano de Ana.

Elena, sin alterarse, presionó un botón en su muñeca.
Varias pantallas volvieron a encenderse, mostrando no solo a Claudia, sino también a Patricia, ambas retenidas en distintos lugares, ambas con una cuenta regresiva superpuesta:
4 días, 17 horas, 33 minutos.

—No es solo cuestión de salvarlas o no —dijo Elena—. Es cuestión de entender que, incluso si ganas aquí, ellas seguirán siendo nuestras.

El edificio volvió a temblar, esta vez más fuerte.
Ceniza se adelantó, tomó a Ana del brazo y tiró de ella hacia la salida.
—No podemos…
—¡No sin destruirlo! —Ana se soltó, mirando el panel de control—. Si cortamos la transmisión, rompemos su alcance… al menos por un tiempo.

Elena se interpuso, como si supiera exactamente qué botón no debía tocarse.
Ceniza y ella se midieron por un instante, el silencio cargado de pólvora.

—Ana, decide —dijo Ceniza—. O nos vamos y salvamos lo que podamos, o nos quedamos y lo arriesgamos todo.

Ana respiró hondo.
En la pantalla, Claudia alzó la cabeza apenas un segundo, como si supiera que estaba siendo observada, y sus labios formaron una sola palabra: corre.

Ana apretó el cuchillo con fuerza… y dio el paso.
No hacia la salida.
Hacia el panel.

Elena sonrió.
—Así se habla… hija.

Capítulo 69 – La garganta de la bestia

El polvo de las explosiones caía como nieve sucia sobre el pasillo principal.
Ceniza mantenía la presión de fuego contra los seis hombres que avanzaban, mientras Marisol luchaba por sacar a los prisioneros debilitados.
El eco de los disparos se mezclaba con gritos lejanos y el crujir de metal cediendo.

En la sala de las pantallas, Ana mantenía el cuchillo en alto, sus ojos fijos en Elena.
En una esquina, el monitor que mostraba el refugio se mantenía estable… hasta que la sombra detrás de Claudia se convirtió en una figura armada que la arrastró fuera del cuadro.

—¡Claudia! —Ana sintió un latigazo en el pecho.
Elena la miró con una calma que solo podía venir de alguien que ya había aceptado —o planeado— lo que estaba ocurriendo.

—Si intentas destruir este lugar, ella muere.
—Ya está en sus manos… —respondió Ana con rabia—. Pero si destruyo esto, tú también.

En ese instante, Ceniza irrumpió en la sala, cubierto de polvo, con el fusil humeante.
—Tenemos que salir YA. Todo el piso inferior está lleno de cargas, y si detonan…
Se detuvo al ver a Elena y el filo del cuchillo en la mano de Ana.

Elena, sin alterarse, presionó un botón en su muñeca.
Varias pantallas volvieron a encenderse, mostrando no solo a Claudia, sino también a Patricia, ambas retenidas en distintos lugares, ambas con una cuenta regresiva superpuesta:
4 días, 17 horas, 33 minutos.

—No es solo cuestión de salvarlas o no —dijo Elena—. Es cuestión de entender que, incluso si ganas aquí, ellas seguirán siendo nuestras.

El edificio volvió a temblar, esta vez más fuerte.
Ceniza se adelantó, tomó a Ana del brazo y tiró de ella hacia la salida.
—No podemos…
—¡No sin destruirlo! —Ana se soltó, mirando el panel de control—. Si cortamos la transmisión, rompemos su alcance… al menos por un tiempo.

Elena se interpuso, como si supiera exactamente qué botón no debía tocarse.
Ceniza y ella se midieron por un instante, el silencio cargado de pólvora.

—Ana, decide —dijo Ceniza—. O nos vamos y salvamos lo que podamos, o nos quedamos y lo arriesgamos todo.

Ana respiró hondo.
En la pantalla, Claudia alzó la cabeza apenas un segundo, como si supiera que estaba siendo observada, y sus labios formaron una sola palabra: corre.

Ana apretó el cuchillo con fuerza… y dio el paso.
No hacia la salida.
Hacia el panel.

Elena sonrió.
—Así se habla… hija.

Capítulo 70 – Cuando la sangre corre hacia arriba

Las alarmas del centro retumbaban como campanas de guerra.
El humo de las cargas incendiarias se filtraba por las rendijas, mezclándose con el olor metálico del cable quemado.
Ana, con las manos temblando, introdujo el cuchillo en la ranura del panel de control y lo giró.
Chispas azules estallaron, y varias pantallas se apagaron de golpe, cortando transmisiones a medio cuadro.

Ceniza cubría la entrada, disparando contra cualquiera que se asomara.
Marisol, jadeando, apareció con los últimos prisioneros rescatados, empujándolos hacia la salida.
—¡Tenemos treinta segundos antes de que esto se caiga! —gritó.

Ana dio un paso atrás, mirando el panel destruido, intentando sentir alivio.
Pero la imagen de Claudia y Patricia, aún vivas en otras manos, ardía como una astilla en su pecho.

Fue entonces cuando un estruendo más fuerte que todos los anteriores retumbó en el sótano.
Una pared se derrumbó y, de entre el humo, emergió una figura alta, vestida de negro, con el rostro cubierto por una máscara que solo dejaba ver un par de ojos grises, helados.
El líder.

Sin decir palabra, avanzó hacia Elena, la tomó del brazo y la atrajo hacia él con una facilidad casi paternal.
Ana dio un paso adelante, pero Ceniza la contuvo.

Elena giró la cabeza hacia su hija, con una sonrisa amplia, los ojos encendidos por una satisfacción venenosa.
Su carcajada retumbó en la sala, oscura y penetrante, como si atravesara no solo el aire, sino también la piel de Ana.

—Siempre estarás donde yo quiera que estés —dijo Elena, antes de perderse entre el humo con el líder.

Ana quedó inmóvil.
Sus manos apretaban el cuchillo hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Podía haber sentido desesperación, o miedo, o dolor… pero no.
Lo que crecía dentro de ella era un odio frío, puro, cortante.
Un fuego helado que no buscaba gritar… sino planear.

Ceniza tiró de ella hacia la salida, mientras el techo comenzaba a ceder.
Ana no desvió la mirada del lugar por donde Elena había desaparecido.

Sabía que la próxima vez que se encontraran, ya no sería como madre e hija.
Sería como dos depredadores… y solo uno podría seguir respirando.

Capítulo 71 – Cuarenta y nueve horas

El frío de la madrugada se coló en sus huesos cuando Ceniza, Marisol y Ana emergieron del mercado en ruinas.
Las sirenas lejanas parecían de otro mundo, demasiado suaves para lo que acababa de ocurrir bajo tierra.
En la muñeca de Ana, el contador seguía encendido, implacable:

2 días, 1 hora, 49 minutos.

Cada segundo que pasaba era un recordatorio de que Claudia y Patricia seguían vivas… pero en un reloj que no les pertenecía.

El vehículo de escape estaba esperándolos, con las luces apagadas.
Claudia seguía dentro, inconsciente, cubierta con una manta, respirando de forma irregular.
Ana la miró unos segundos más de lo necesario.
Ese cuerpo frágil y dañado le devolvía la imagen de sí misma años atrás, encadenada, sin voz.

Marisol, con las manos manchadas de polvo y sangre, cerró la puerta de la furgoneta.
—El panel está destruido, pero no detenemos el flujo… solo lo desviamos. Encontrarán otra forma. Siempre lo hacen.

Ceniza encendió el motor y el rugido llenó el silencio incómodo.
—Lo que hicimos les dolerá, pero no los matará. Y ahora… ellos tienen a Elena.

Ana apretó la mandíbula.
—No. Ellos no la tienen. Ella los tiene a ellos.

En la parte trasera del vehículo, Ana revisó las grabaciones recuperadas antes de destruir el panel.
No eran transmisiones completas, sino fragmentos: voces distorsionadas, coordenadas veladas, y un par de imágenes en las que se veía a Elena junto al líder… sonriendo.

Ese gesto no se le borraba de la mente.
Esa carcajada aún la sentía vibrar en el estómago, como si estuviera diseñada para incubar odio.

El viaje terminó en un almacén seguro en las afueras de la ciudad.
Ceniza se quedó en la entrada, fumando un cigarrillo mientras vigilaba.
Marisol revisaba el estado de Claudia, limpiándole con cuidado las heridas.

Ana, en cambio, se sentó sola en un rincón, con el contador encendido en su muñeca.
2 días, 1 hora, 37 minutos.

La tentación de adelantarse a todos crecía dentro de ella.
Sabía que, si se lo decía a Ceniza, él intentaría detenerla… y si se lo decía a Marisol, intentaría convencerla.

Pero el odio que Elena le había sembrado esa noche no buscaba consenso.
Buscaba un objetivo.

Miró a Claudia, luego a la puerta cerrada, y se prometió que cuando ese contador llegara a cero, no habría negociación, ni rescate limpio, ni tregua.
Ese sería el momento de arrancarle la garganta a la bestia.

Por primera vez en horas, una mueca casi imperceptible curvó sus labios.
No era una sonrisa.
Era una advertencia… aunque aún no sabía para quién.

Capítulo 72 – Las piezas se mueven solas

El almacén estaba en silencio, roto solo por el goteo constante de agua desde una tubería rota en la esquina.
Ana observaba el contador en su muñeca:
1 día, 18 horas, 12 minutos.
La sensación de cada segundo cayendo era como escuchar el tambor de una guerra que aún no había empezado… o que estaba a punto de explotar.

Ceniza estaba afuera, revisando el perímetro con la paciencia de un cazador veterano.
Marisol no se separaba de Claudia, controlando su fiebre, cambiándole las vendas, dándole agua a sorbos pequeños.
Ana parecía estar ayudando… pero en realidad estaba preparando algo más.

Había descargado en su dispositivo portátil los fragmentos de video que había logrado rescatar del panel destruido.
Uno en particular la inquietaba: una silueta masculina, siempre de espaldas, caminando por un pasillo estrecho mientras dos guardias abrían una puerta para dejarlo pasar.
La resolución era mala, pero lo suficiente para identificar un tatuaje en la muñeca izquierda: tres círculos entrelazados.

Ese símbolo estaba grabado en su memoria desde niña.
Era la marca de la “primera noche”, el día en que Elena la había entregado.

Ana apagó la pantalla cuando escuchó pasos detrás de ella.
Era Marisol, con ojeras profundas.
—Deberías descansar.
—No puedo.
—Ana… si piensas hacer algo, no lo hagas sola.
Ana la miró un segundo, como si fuera a confesarle todo… pero tragó las palabras.
—No estoy haciendo nada.

Marisol la observó, desconfiada, pero no insistió.
Sabía que Ana había heredado de Elena esa capacidad de mentir sin pestañear.

Esa misma noche, cuando Ceniza salió a buscar suministros, Ana aprovechó.
En silencio, cruzó el almacén, tomó una de las motos que tenían guardadas y arrancó, alejándose sin mirar atrás.

Llevaba la ruta marcada en un papel arrugado: un conjunto de coordenadas que había encontrado en los videos, repetidas en dos fragmentos distintos.
Sabía que era un riesgo… pero la urgencia del contador no le dejaba otra opción.

Mientras avanzaba por una carretera secundaria, el viento frío le azotaba la cara y le nublaba los pensamientos.
Cada kilómetro que recorría era una jugada fuera del tablero de Ceniza
y Marisol… pero también fuera de cualquier plan que la organización pudiera anticipar.

A lo lejos, en el cielo oscuro, se distinguía el brillo de luces industriales.
Ana aceleró.
No sabía si iba hacia el líder… o hacia una trampa.

El contador parpadeaba en su muñeca:
1 día, 17 horas, 26 minutos.

Capítulo 73 – Las coordenadas del pasado

El rugido de la moto se apagó cuando Ana detuvo el motor frente a una verja oxidada, medio oculta por maleza.
El viento nocturno silbaba entre los árboles, arrastrando hojas secas que golpeaban la chapa como pequeños tambores de advertencia.

En la muñeca, el contador seguía corriendo:
1 día, 14 horas, 52 minutos.

Ana desmontó, tanteó la verja y la empujó con fuerza. Cedió con un chirrido agudo que le puso los nervios en punta.
Avanzó por un camino de tierra, siguiendo las luces industriales que había visto desde la carretera.
El lugar tenía un olor a metal caliente y a madera húmeda, como si el tiempo se hubiera detenido décadas atrás.

Al llegar a una nave abandonada, escuchó un golpe seco, luego otro.
No eran disparos.
Eran golpes de madera contra metal… y un jadeo entrecortado.

Ana se acercó sigilosamente y, al asomarse por una rendija, lo vio: un hombre de espaldas, corpulento, entrenando con un saco improvisado.
El tatuaje de los tres círculos entrelazados brillaba en su muñeca bajo el sudor.

Ana sintió que la sangre le hervía.
Estaba a punto de entrar cuando una voz detrás de ella la detuvo.

—Siempre llegas antes de tiempo, igual que tu madre.

Ana se giró de golpe y vio a un hombre mayor, de cabello blanco y mirada incisiva.
No llevaba armas a la vista, pero su postura hablaba de alguien que no las necesitaba para matar.

—¿Quién eres? —preguntó Ana, intentando no mostrar la tensión en su voz.

El hombre sonrió con una calma inquietante.
—Soy el que enseñó a Elena a sobrevivir… y el que le enseñó a elegir qué vidas se apagan primero.

Ana dio un paso hacia él, con el cuchillo ya fuera.
—Entonces tú estabas ahí.
—Estuve en todo. Desde el principio.
—¿Y el líder? ¿Dónde está?

El hombre ladeó la cabeza, evaluándola.
—No lo verás hasta que aprendas la lección que Elena ya sabe: para ganar, primero debes perder algo que aún crees que puedes salvar.

Ana apretó la mandíbula.
Pensó en Claudia. Pensó en Patricia.
El contador parpadeó otra vez:
1 día, 14 horas, 31 minutos.

El hombre se alejó unos pasos hacia la nave, como invitándola a seguirlo.
—Si cruzas esa puerta, no habrá marcha atrás.

Ana lo miró fijamente… y, sin dudar, cruzó.

Capítulo 74 – El último aliento

La imagen apareció de repente en una de las pantallas del interior de la nave.
No era una transmisión en directo… o al menos, Ana no podía estar segura.
El parpadeo de la señal y la suciedad en la lente apenas permitían distinguir detalles, pero lo que vio bastó para que la mandíbula se le tensara hasta doler.

Patricia estaba tendida sobre un suelo frío, desnuda, cubierta de moretones que iban del tono púrpura al amarillo, marcando cada centímetro de su piel.
Su respiración era agitada, forzada, y cada jadeo parecía arrancarle un pedazo de vida.
El cabello, enmarañado y pegado por una mezcla de sudor y lágrimas, caía sobre un rostro que ya no tenía la misma expresión de fuerza que Ana recordaba.

La piel de sus brazos y piernas mostraba arañazos profundos, y la rigidez de sus manos evidenciaba calambres prolongados.
Había marcas de presión en sus muñecas y tobillos, señales de sujeción constante.

Ana sintió un nudo en el estómago.
Podía escuchar, a través del audio distorsionado, el eco de voces masculinas riendo, el ruido de cadenas arrastrándose por el suelo.
No era solo violencia física: era una destrucción calculada, diseñada para borrar a la persona y dejar solo un cuerpo roto.

—Lleva así días —dijo la voz del hombre de cabello blanco, rompiendo el silencio—. No sobrevive por voluntad propia, sino porque ellos quieren que llegue hasta el final.

Ana giró la cabeza hacia él, con el cuchillo aún en la mano.
—¿Por qué me muestras esto?
—Porque cada vez que dudes, quiero que recuerdes su rostro en este momento. Y porque el reloj sigue corriendo…

Ana miró de nuevo la pantalla.
Patricia, en un último intento de moverse, alzó la cabeza apenas unos centímetros y murmuró algo que el micrófono no alcanzó a captar.
Luego cayó de lado, exhausta, con los ojos abiertos, pero sin enfoque.

El contador en la muñeca de Ana marcaba:
1 día, 9 horas, 03 minutos.

La garganta le ardía, no por ganas de gritar… sino por la promesa silenciosa de que, cuando el tiempo se agotara, no quedaría piedra sobre piedra en la organización.

Capítulo 75 – Cadenas en la penumbra

El zumbido de los generadores en la nave se mezclaba con el eco de las respiraciones tensas.
Ana no apartaba la vista de la pantalla donde Patricia seguía inmóvil, y el contador en su muñeca parecía latir al mismo ritmo que su corazón:
1 día, 8 horas, 41 minutos.

La imagen estaba distorsionada por interferencias, pero en una esquina del video había algo nuevo, algo que no estaba en transmisiones anteriores: una inscripción pintada en rojo sobre la pared detrás de Patricia.
Era una serie de números y letras, aparentemente desordenados:
B-17 / NQX / 04.

Ana sintió que aquello podía ser una pista.
Giró hacia el hombre de cabello blanco, que seguía observándola como si estuviera midiendo cada reacción.
—¿Dónde es? —preguntó.
Él sonrió, esa sonrisa que no ofrecía respuestas sino trampas.
—Tú ya lo sabes, aunque no lo recuerdes.

Ana repasó mentalmente lugares, coordenadas, recuerdos de su infancia que había enterrado.
La combinación “B-17” le golpeó de repente: no era un código militar, sino una referencia interna de la organización.
Era la designación de una de las celdas subterráneas que se usaban para “procesar” a las víctimas antes de su “presentación final”.
Y “NQX” no era un nombre: era la abreviatura de un complejo abandonado en las afueras, uno que en el pasado había visto de lejos cuando iba con Elena.

Su respiración se aceleró.
Ese lugar estaba a menos de una hora en vehículo rápido… pero llegar sola significaba exponerse directamente a una emboscada.

El hombre de cabello blanco parecía leerle los pensamientos.
—Si vas, tal vez llegues a tiempo. Tal vez.
—¿Y si no voy? —preguntó Ana, afilando el tono.
—Entonces el contador no importará, porque ella será… irreconocible.

Ana apretó los dientes.
Cada palabra de ese hombre era como una aguja que buscaba empujarla hacia una decisión sin retorno.
Miró de nuevo la pantalla: Patricia, con los ojos entreabiertos, murmuraba en un hilo de voz algo que el micrófono captó parcialmente: no… dejes….

Ana salió de la nave y encendió la moto.
La noche estaba cerrada, y el viento helado golpeaba como cuchillas en su piel.
No pensó en avisar a Ceniza o a Marisol; cualquier retraso podría costar horas preciosas.

La carretera hacia el complejo NQX estaba llena de tramos abandonados, vehículos quemados y carteles oxidados que advertían de peligro por estructuras inestables.
Pero Ana no desaceleró.
Cada vez que su vista caía sobre el contador, sentía el impulso de acelerar más.
1 día, 8 horas, 12 minutos.

Al llegar a las cercanías del complejo, apagó la moto y avanzó a pie, deslizándose entre las sombras.
El lugar tenía un olor insoportable, mezcla de humedad y algo más… algo que reconocía de su propio pasado.
Las paredes de hormigón estaban cubiertas de marcas de uñas, y el eco de pasos en algún nivel inferior le confirmó que no estaba sola.

Ana descendió una escalera oxidada, siguiendo el eco de un quejido.
Cada paso que daba le traía flashes de su infancia: la voz de Elena negociando, las manos que la arrastraban, el frío del suelo en su piel.

Al final del pasillo encontró una puerta metálica con una pequeña ventana.
Se acercó con cuidado y miró adentro.
Patricia estaba allí.
Encadenada a la pared, con la cabeza inclinada hacia un lado, el cuerpo temblando.
Los moretones eran aún más oscuros, y sus labios secos se movían sin sonido.

Ana apoyó la frente contra el metal frío.
—Te voy a sacar de aquí —susurró.
Pero antes de que pudiera tocar la cerradura, una voz detrás de ella, grave y siniestra, retumbó en el pasillo:
—Te estaba esperando.

Ana giró lentamente.
El líder estaba allí, sin máscara, con una mirada tan fría que parecía absorber toda la luz del pasillo.

El contador seguía corriendo en su muñeca.
1 día, 7 horas, 58 minutos.

Capítulo 76 – El reloj que mata lento

El pasillo estaba tan frío que el aliento de Ana salía en nubes blancas.
Frente a ella, el líder permanecía inmóvil, pero su sola presencia era como una presión invisible que le comprimía el pecho.
Detrás, Patricia seguía encadenada, temblando, sin saber si lo que veía era real o una ilusión creada por el cansancio y el dolor.

El silencio se rompió con un sonido que Ana conocía bien: el pitido del contador en su muñeca, avisando que había pasado un nuevo minuto.
1 día, 7 horas, 57 minutos.
Cada pitido era como un martillazo recordándole que, aunque estuviera frente al hombre que lo controlaba todo, el tiempo no estaba a su favor.

El líder dio un paso adelante, lento, midiendo la reacción de Ana.
—Has corrido bien, pero lo que no entiendes… es que el final no se acelera con la prisa.
Ana apretó el cuchillo que llevaba en la mano.
—Suéltala.
Él sonrió.
—¿Suena a orden? ¿O a súplica?

Ana no contestó, pero su respiración se volvió más rápida.
El líder ladeó la cabeza, estudiando cada micro gesto.
—¿Sabes por qué tu madre sigue viva?
El corazón de Ana dio un vuelco, pero no dijo nada.
—Porque ella entendió lo que tú aún no. Que a veces, para ganar, hay que entregar algo que todavía amas.

Ana sintió un calor subirle al rostro, no de vergüenza, sino de furia.
—No te tengo miedo.
Él rio bajo, como si esa frase fuera un mal chiste.
—Claro que me tienes miedo. Y no a mí… sino a lo que voy a hacerte creer que puedes salvar.

Se acercó a Patricia, la tomó del mentón con fuerza y levantó su rostro hacia Ana.
—¿La ves? Está viva porque yo lo decido.
Patricia soltó un gemido bajo, intentando apartar la mirada.
Ana dio un paso, pero él levantó la mano, y de inmediato, dos sombras armadas emergieron de la penumbra apuntándole a la cabeza.

—Tú viniste sola —continuó el líder—. Y eso me encanta.
Ana notó que el cuchillo pesaba más en su mano, como si la presencia de esos hombres absorbiera cualquier esperanza de un golpe rápido.
La impotencia era tan densa que podía masticarla.
Pero entonces, el líder hizo algo peor que amenazarla:
Se giró hacia Patricia y, con voz suave, dijo:
—Dile, Patricia… cuántas veces en estos días has pedido que no venga.

Patricia, con lágrimas rodando por sus mejillas magulladas, abrió la boca… pero lo único que salió fue un murmullo roto:
—Ana… vete.

El líder sonrió, satisfecho.
—¿Ves? Hasta tus “rescatadas” entienden que aquí tú no mandas.

El pitido volvió a sonar en la muñeca de Ana.
1 día, 7 horas, 54 minutos.
Cada segundo caía como una piedra en el pozo de su estómago.
Ese hombre no solo quería destruir su cuerpo, sino también su percepción de control, su capacidad de creer que podía ganar.

Ana no bajó el cuchillo.
Pero por primera vez en mucho tiempo, dudó si podía usarlo.

Capítulo 77 – El quinto día

El aire en la celda estaba cargado, denso, como si el dolor hubiera saturado cada molécula.
Patricia no había tenido descanso desde el momento en que la tomaron.
Cinco días sin tregua, cinco días en los que el cuerpo había dejado de responderle y la mente se fragmentaba en pedazos cada vez más pequeños.

Ana lo entendió al entrar: lo que veía frente a ella no era una pausa en la tortura, sino un intervalo en medio de un ciclo que nunca se detenía.
La forma en que Patricia temblaba, el dolor en sus caderas, la manera en que su respiración se cortaba con cada mínimo movimiento… todo gritaba que, en cualquier momento, volverían por ella.

El líder se paseaba despacio, como si la escena fuera un teatro que él controlaba.
—Te preguntas por qué hoy está aquí, en esta celda, y no… en otra posición —dijo, sin mirarla—. La respuesta es simple: quise que estuviera “presentable” para cuando llegaras.
Ana apretó el cuchillo, sintiendo un asco que le revolvía el estómago.
—¿Presentable? —repitió, con el veneno en la voz.
—Todo es un espectáculo, Ana. Si te la mostrara destrozada del todo, no tendría el mismo impacto. Pero tranquila… cuando te vayas, volverá a su rutina.

La palabra “rutina” le heló la sangre.
Era la confirmación de que Patricia no estaba siendo castigada de forma aislada, sino en un ciclo continuo y premeditado.

Ana quiso moverse, acortar la distancia y acabar con él allí mismo, pero dos guardias alzaron sus armas al mínimo movimiento.
El líder la miró con calma.
—Puedes intentar matarme, pero mientras lo haces, otros dos hombres estarán dentro con ella… y no pararán, aunque me atravieses el cuello.

Patricia, apenas consciente, intentó decir algo, pero su voz se rompió en un susurro ahogado.
Ana se acercó un paso, y en ese instante, el pitido en su muñeca retumbó como una condena.
1 día, 7 horas, 47 minutos.

El líder se inclinó hacia Ana.
—Esa es la diferencia entre tú y yo: tú quieres salvarla. Yo quiero que la recuerdes… rota.
Sus palabras no eran un insulto, sino una sentencia.
Ana sintió que la habitación giraba, como si todo su entorno se cerrara en un túnel estrecho.
No había gritos, no había golpes… solo el peso aplastante de la impotencia.

Patricia, sin levantar la cabeza, dejó escapar una última frase antes de caer de nuevo en la inconsciencia:
—No… me… olvides.

Ana entendió que aquello no era un ruego, sino un presagio.

Capítulo 78 – La cuenta que devora el alma

El pasillo estaba impregnado de un hedor a humedad y sangre vieja.
Ana mantenía los ojos fijos en Patricia, luchando contra la náusea, contra la rabia que se agolpaba en su pecho y que, de salir, significaría una reacción inmediata de las armas que la apuntaban.

El contador en su muñeca pitó otra vez.
1 día, 7 horas, 46 minutos.

Cada sonido era una gota ácida horadándole la mente.

El líder se inclinó junto a Patricia, acariciando con un dedo ensangrentado el contorno de su rostro.
Ella se estremeció, cerrando los ojos, incapaz de soportar ni un roce más.
—Mírala bien, Ana —dijo, con un tono suave y calculado—. Tu amiga no vive por voluntad, sino porque yo permito que lo haga.

Ana apretó tanto el mango del cuchillo que sintió la piel abrirse en su palma.
—Si la tocas otra vez, te juro que…
—¿Qué? —la interrumpió él, con calma—. ¿La matarás tú para evitarle más sufrimiento? Sería un gesto… interesante.

El silencio fue más brutal que cualquier golpe.
Ana lo supo: esa era la verdadera tortura. No los látigos, no las cadenas. Era poner la carga de cada respiración de Patricia sobre sus hombros.

El líder se enderezó, caminando en círculos alrededor de Ana como un depredador que se divierte con su presa.
—¿Sabes qué me fascina de ti? —murmuró—. Que eres idéntica a Elena en un sentido: ambas creen que tienen opción.
Ana alzó los ojos, helados.
—No me compares con ella.
Él sonrió.
—Ella entregó su propia sangre a cambio de poder. ¿Y tú? ¿Qué entregarás, Ana?

El pitido volvió.
1 día, 7 horas, 43 minutos.

Ana respiró hondo, pero no respondió. Cada palabra del líder se clavaba como cuchillas invisibles.

De pronto, el hombre hizo una señal, y uno de los guardias activó un proyector sobre la pared de concreto.
La pantalla mostró imágenes de Patricia durante los días anteriores: cada sesión de abuso, cada momento en que su cuerpo cedía, repetido una y otra vez.
Los jadeos, los llantos, los gritos ahogados.

Ana apretó los dientes, deseando reventar la pantalla de un tajo.
El líder, en cambio, la miraba satisfecho.
—Esto no es para ella. Es para ti. Quiero que esas imágenes te acompañen incluso cuando duermas. Quiero que, cuando cierres los ojos, no veas otra cosa que su destrucción.

El contador siguió pitando, marcando su presencia como un verdugo invisible.
1 día, 7 horas, 39 minutos.

Ana sintió que cada segundo era un ladrillo que la hundía más en la impotencia.
El líder no buscaba solo destruirla físicamente. Quería corroerle el alma.
Y lo estaba logrando.

Patricia abrió los ojos apenas un segundo, lo suficiente para encontrarse con la mirada de Ana.
En esos ojos no había reproche… solo resignación.

Ana entendió que cuando el contador llegara a 0 minutos, nada de lo que hiciera podría salvarla.
Y esa certeza era, en sí misma, la tortura más brutal.

Capítulo 79 – Ensayo de una muerte

El silencio en el pasillo era sofocante, pero el sonido del contador no dejaba de desgarrar el ambiente con su pitido seco.
1 día, 7 horas, 38 minutos.

Ana lo escuchaba como si fueran martillazos dentro de su cabeza.
Cada segundo era un recordatorio de que la decisión no estaba en sus manos.
No importaba cuánto quisiera luchar, la vida de Patricia estaba marcada por esa cuenta regresiva.

El líder, con las manos a la espalda, comenzó a caminar en círculos alrededor de Ana.
Sus botas resonaban en el concreto húmedo, cada paso calculado para aplastar más su voluntad.
—Te preguntas si la puedes salvar —dijo, con voz calmada—. Pero lo que aún no comprendes es que no eres tú la que decide. Eres solo una espectadora.

Ana lo siguió con la mirada, el cuchillo aún firme en su mano.
Pero no se movía.
Sabía que cualquier movimiento en falso significaría el final inmediato, no solo para Patricia, sino también para ella.

Entonces, el líder chasqueó los dedos.
Uno de los guardias sacó de la penumbra un objeto metálico: una especie de collar grueso, con púas internas que brillaban bajo la poca luz.
Lo colocaron lentamente alrededor del cuello de Patricia, que reaccionó con un jadeo débil, sus ojos abriéndose por la sorpresa del contacto helado contra la piel.

Ana dio un paso, pero el cañón de un rifle le rozó la sien.
El líder levantó una mano, ordenando que se detuvieran.

—Tranquila. Esto no la matará… todavía. —Sonrió—. Solo será una demostración.

El collar se cerró con un chasquido, y Patricia soltó un alarido agudo cuando las púas internas se hundieron superficialmente en su piel.
No era un corte mortal, pero la sangre empezó a resbalar lentamente por su clavícula.
Ana apretó los dientes hasta que el dolor en la mandíbula fue insoportable.

—Mírala —ordenó el líder—. Cada gota es un recordatorio. Cuando llegue a cero… no será una demostración. Será definitivo.

El contador volvió a pitar.
1 día, 7 horas, 36 minutos.

Patricia, entre gemidos, intentó pronunciar su nombre.
—A… na…
Su voz era apenas un susurro, quebrada, pero suficiente para clavarle una daga invisible en el pecho.
Ana quiso gritar, pero no lo hizo.
Sabía que cualquier palabra podía ser usada como arma por ese hombre.

El líder se inclinó hacia Patricia y limpió con un dedo la sangre que resbalaba de su cuello, para luego mostrarlo frente a Ana.
—Esto… es poder. No tu cuchillo, no tus promesas. Esto. —Y se chupó el dedo manchado con un gesto de repulsiva calma.

El daño psicológico era tan abrumador que Ana sintió náuseas.
No era solo lo que veía, era la certeza de que no tenía control, de que cada decisión, cada grito y cada lágrima habían sido anticipados por él.
Ella no era más que una pieza en el tablero.

El pitido volvió.
1 día, 7 horas, 35 minutos.

El líder se acercó ahora directamente a Ana, invadiendo su espacio personal.
Podía sentir su aliento frío.
—Quiero que grabes este instante en tu memoria —susurró—. Porque cuando el contador llegue a cero, no será solo Patricia. También será el resto. Una por una… hasta que no quede nadie que pronuncie tu nombre.

Ana no respondió.
Pero dentro de ella, algo se quebró.
El miedo ya no era solo miedo. Era una cicatriz que nunca sanaría.

Capítulo 80 – Dos caminos

El pitido del contador seguía marcando su sentencia.
1 día, 7 horas, 34 minutos.

Ana apenas podía sostener la mirada sobre Patricia. El collar seguía en su cuello, las púas hundiéndose cada vez más con cada respiración.
El líder, satisfecho, no dejaba de pasearse frente a ella, como un verdugo que disfruta del terror antes de la ejecución.

—¿Sabes lo que más me gusta de este juego? —dijo, alzando la voz para que resonara en la celda—. Que no importa qué decidas hacer, el final será el mismo.

Ana no respondió. Sus manos temblaban, no de miedo… sino de la impotencia que la estaba consumiendo como un veneno lento.

Lejos de allí, en otro rincón de la ciudad, Ceniza
observaba la pantalla de un viejo portátil.
Las imágenes llegaban con retardo, pero eran claras: Ana estaba atrapada en la celda del líder, y Patricia apenas resistía.

Claudia, aún débil por todo lo que había vivido, se acercó al monitor.
Su piel estaba marcada por cicatrices y la mirada apagada, pero sus ojos se encendieron al ver a Ana.
—No va a aguantar mucho más… —susurró.

Ceniza cerró el portátil de golpe.
—No tenemos tiempo. Si seguimos esperando, no habrá nada que rescatar.

Ambas estaban en un almacén abandonado, rodeadas de mapas, cables y armas improvisadas.
En una de las paredes, habían colgado fotografías de miembros de la organización, hilos rojos conectando rostros y nombres.
En el centro de todo estaba un retrato difuso, tomado de lejos: Elena.

Claudia se quedó fija en esa imagen.
—Ella… —su voz tembló—. La madre de Ana.
Ceniza asintió lentamente.
—Y la llave de todo. Su lealtad al líder no es casualidad. Es la razón por la que Ana nunca tuvo escapatoria.

Mientras tanto, Ana no podía apartar la mirada de Patricia.
Cada gemido de su amiga era un recordatorio de que el tiempo era un enemigo implacable.
El líder se inclinó hacia ella, tan cerca que pudo ver el brillo en sus ojos.
—Tu madre entendió el precio. Tú aún no.

El contador volvió a sonar.
1 día, 7 horas, 30 minutos.

En el almacén, Ceniza cargaba un arma mientras hablaba con Claudia.
—No será rápido. Ni limpio. Elena no es cualquier enemigo. Está rodeada, protegida… y peor aún, sabe lo que Ana no.
Claudia la miró, con el rostro endurecido.
—Entonces tenemos que hacerlo peor de lo que espera.

Ceniza sonrió apenas, un destello frío en sus ojos.
—Así será.
Detrás de ellas, en las sombras, una figura observaba en silencio: Marisol.
No había dicho nada en todo el tiempo, pero ahora dio un paso al frente.
—No se olviden de algo: Elena no va a caer rogando. Va a arrastrar consigo a quien pueda.

Dos escenarios, dos batallas, un mismo reloj.
Ana atrapada frente al líder, luchando contra la impotencia.
Ceniza, Claudia y Marisol preparando la caída de Elena.

Y mientras tanto, el tiempo avanzaba implacable.

1 día, 7 horas, 28 minutos.

Capítulo 81 – El movimiento inicial

El pitido del contador volvió a sonar.
1 día, 7 horas, 27 minutos.

Ana estaba agotada. No físicamente, sino en el alma. Cada respiración de Patricia era una daga clavándose más hondo en su pecho.
El líder se acomodó en una silla de hierro frente a ella, cruzando las piernas con la calma de alguien que lo tenía todo bajo control.

—¿Sabes qué es lo curioso, Ana? —preguntó, mientras se encendía un cigarro—. Que tu madre me enseñó algo importante: no hay mayor victoria que ver cómo alguien se destruye desde dentro. Tú estás justo en ese punto.

Ana no reaccionó. Se limitó a apretar el cuchillo con tanta fuerza que la sangre de su palma resbaló por el mango.

A kilómetros de allí, Ceniza extendía sobre el suelo del almacén un plano manchado de grasa.
Con el dedo señaló tres puntos marcados en rojo.
—Estos son los accesos que usa Elena para moverse con discreción. Si queremos llegar a ella, debemos interceptar aquí —golpeó el punto central—. Pero no podemos hacerlo de frente. Necesitamos que crea que nosotras seguimos a la deriva.

Claudia se arrodilló junto al mapa, sus ojos clavados en el rostro de Elena recortado y fijado con cinta adhesiva.
—Ella nos vendió. A todas. —Su voz temblaba, pero la rabia le daba firmeza—. Yo quiero ser la que le clave el primer golpe.

Ceniza la miró de reojo.
—No habrá primer golpe, Claudia. No contra alguien como ella. Habrá un movimiento limpio y preciso… y luego lo que venga será una carnicería.

Marisol, que había permanecido en silencio, se acercó despacio.
—Hay algo que no saben. —Su voz hizo que ambas se giraran hacia ella—. Elena no solo está cerca del líder. Elena tiene su propio círculo. Y lo más peligroso es que algunas de esas caras… son las mismas que nosotras creíamos aliadas.

Claudia frunció el ceño.
—¿Aliadas? ¿Quién?
Marisol bajó la mirada, como si decirlo en voz alta fuera un pecado.
—Una de nosotras.

La tensión en el almacén se volvió insoportable.

De vuelta en la celda, el líder se inclinó hacia Ana.
—¿Quieres que te muestre cómo se ve la verdadera lealtad?

Hizo una señal, y un guardia trajo un monitor portátil. En la pantalla apareció un video: Elena, elegante, con un vestido oscuro, de pie junto al líder en una ceremonia clandestina.
En la grabación, Elena juraba lealtad a la organización, mientras detrás de ella, encadenada y ensangrentada, se veía a una niña: Ana, en su infancia, el recuerdo que había intentado borrar toda su vida.

Ana sintió que el aire le fue arrancado del pecho.
El líder apagó el cigarro y sonrió.
—Tu historia empezó ahí. No fue casualidad. Fue tu madre la que decidió tu destino.

El contador volvió a pitar.
1 día, 7 horas, 24 minutos.

En el almacén, Ceniza cerraba los puños.
—Sea quien sea esa traidora, no importa. Elena es la clave.
Claudia alzó la vista, sus ojos encendidos en furia.
—Y la mataremos nosotras.

Marisol, en cambio, no sonrió.
Porque en el fondo sabía que la traición aún estaba cerca, y que cuando Ana lo supiera… no quedaría nada de ella que no fuera rabia.

Capítulo 82 – La grieta más profunda

El pitido metálico rompió el silencio.
1 día, 7 horas, 23 minutos.

Ana seguía inmóvil, mirando la pantalla donde el pasado que había tratado de sepultar volvía a florecer como una herida abierta. La niña que fue, encadenada, humillada, exhibida como una ofrenda para la organización. Y allí estaba Elena, su madre, la mujer que debió protegerla, firmando con cada gesto el inicio de toda su desgracia.

Su respiración se volvió entrecortada, los dedos apretaron con tanta fuerza el cuchillo que los nudillos palidecieron.
El líder la observaba con atención, fascinado.
—Eso es. No llores, no grites. Quédate en silencio. La rabia te pudre mejor cuando se cuece despacio.

Ana giró lentamente el rostro hacia él, y por primera vez, sus ojos no mostraban miedo, sino un vacío aterrador. Un vacío que ni el líder esperaba ver tan pronto.

Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Ceniza ajustaba el cargador de un rifle mientras caminaba por el pasillo oscuro de un túnel en desuso.
Claudia, tras ella, respiraba con dificultad, pero su mirada estaba fija y ardía en venganza.
Marisol cerraba la marcha, llevando en sus manos un dispositivo pequeño: una caja negra con cables, improvisada pero letal.

—Este es el acceso trasero —murmuró Ceniza, señalando una compuerta oxidada—. Elena suele pasar por aquí cuando quiere moverse sin llamar la atención.
—¿Segura? —preguntó Claudia, apretando los dientes.
—Segura. Tengo meses siguiéndola. Hoy no saldrá por donde entró.

Marisol se inclinó junto a la compuerta y comenzó a colocar la caja negra.
—Cuando esto detone, no habrá retorno —dijo en voz baja—. Y si Elena sobrevive, nos cazará sin piedad.

Claudia escupió al suelo.
—Prefiero morir que verla respirando.

De vuelta en la celda, Patricia jadeaba con dificultad, cada vez más débil, las púas del collar en su cuello ya hundidas lo suficiente para teñir de rojo la tela que colgaba de su pecho.
Ana trató de hablarle, pero su voz se quebró.

El líder se inclinó hacia ella.
—¿Quieres salvarla? Fácil. Cierra los ojos y olvida que la traición viene de tu propia sangre. Pero eso no puedes hacerlo, ¿verdad? —sonrió—. Porque cada vez que la mires a ella… verás a tu madre en el reflejo.

Ana respiró hondo, tragándose las lágrimas que amenazaban con estallar.
No iba a darle ese placer.
El cuchillo temblaba en su mano, pero no por debilidad. Sino porque ya estaba empezando a tomar forma una decisión que podía destruirlos a todos.

El pitido regresó.
1 día, 7 horas, 19 minutos.

Ceniza observó el reloj militar en su muñeca. Todo coincidía con los horarios de movimiento de Elena.
—Nos queda poco —dijo—. El primer contacto será aquí.
Marisol terminó de ajustar la caja negra y retrocedió.
—La señal activará una cadena de cierres. Si entra, no sale.
Claudia la interrumpió con los ojos fijos en la compuerta.
—No me importa el plan. Cuando la vea, será mía.

Ceniza la sostuvo de los hombros con firmeza.
—No es por ti ni por mí, Claudia. Es por Ana. Recuerda eso.

Ana seguía clavada frente al monitor. El líder, con cruel paciencia, retrocedió el video una y otra vez, obligándola a mirar cómo Elena reía mientras firmaba el destino de su propia hija.
Patricia gimió, apenas audible, y Ana al fin se quebró.

Un grito profundo, desgarrador, salió de su pecho. El eco rebotó en las paredes, estremeciendo incluso a los guardias que la rodeaban.
El líder cerró los ojos y sonrió, como quien escucha una sinfonía perfecta.
—Eso es, Ana… ya estás lista.

En la distancia, bajo la penumbra del túnel, Ceniza, Claudia y Marisol esperaban, los corazones acelerados.
La compuerta comenzó a vibrar con un sonido metálico.
Alguien estaba entrando.

Claudia apretó el mango de su cuchillo con tanta fuerza que sus dedos sangraron.
Ceniza alzó el rifle.
Marisol activó el detonador.

El primer movimiento contra Elena había comenzado.

Capítulo 83 – Sangre en la penumbra

El túnel retumbó con un chirrido metálico. La compuerta oxidada cedió y tres sombras emergieron del otro lado, armadas y seguras de sí mismas.
Las luces parpadeaban, revelando lo que parecía un escuadrón de guardaespaldas de Elena.

Ceniza no esperó órdenes: apretó el gatillo y la primera ráfaga abrió en dos a los hombres del frente.
El eco de los disparos reventó en las paredes del pasadizo. El olor a pólvora y sangre fresca impregnó el aire.

Claudia avanzó con el cuchillo en mano, sus movimientos torpes pero cargados de odio. Cortó garganta tras garganta, como si cada enemigo fuera un reflejo de Elena.
Los gritos rebotaban entre los muros.

Marisol, más atrás, levantó una de sus armas improvisadas: una bomba de clavos que lanzó al centro del grupo. La explosión fue brutal, trozos de carne y metal incrustándose en las paredes.

En medio de la carnicería, un recuerdo la golpeó con violencia.
Flashback.

Marisol estaba sola, escondida en un baño público destruido meses atrás. El espejo estaba roto y sus ojos, rojos de tanto llorar.
Había huido de la organización, pero las marcas en su cuerpo contaban otra historia: cicatrices en los brazos, quemaduras, letras grabadas en su piel con objetos calientes.
Sabía que no resistiría mucho más.

Fue entonces cuando Ceniza apareció. No con dulzura, sino con la frialdad que la caracterizaba.
—Si sigues aquí, te van a encontrar. Y cuando lo hagan, desearás estar muerta.

Marisol la miró sin confianza.
—¿Por qué me ayudarías?
Ceniza le lanzó un cuchillo a los pies.
—No es ayuda. Es elección. Vives y peleas conmigo, o mueres sola.

Claudia, desde la sombra, fue la que dio el golpe final a su indecisión.
—Ana necesita cada par de manos que no tiemble. Elige.

Marisol, temblando, recogió el cuchillo y asintió.
Ese día no fue salvada. Ese día fue reclutada.

Fin del flashback.

El túnel volvió a rugir con disparos.
Los guardias caían uno tras otro, pero cada segundo que pasaba la resistencia se volvía más feroz. No eran simples mercenarios: eran parte del círculo interno de Elena.

Ceniza, jadeando, descargó otra ráfaga hasta vaciar el cargador, luego arrojó el arma y tomó una pistola corta.
—¡Vamos, rápido! No nos dará otra oportunidad.

Claudia arrancó su cuchillo del pecho de un guardia y giró hacia Marisol.
—¡El detonador, ahora!

Marisol apretó el botón. La caja negra instalada en la compuerta estalló, derrumbando el pasillo detrás de ellas. El túnel se convirtió en una tumba improvisada para los cuerpos que quedaron en la retaguardia.

En ese instante, una silueta se dibujó en el humo.
Elena.

Vestida de negro, con los ojos brillando como brasas, caminaba entre el polvo con una calma perturbadora.
No corría, no disparaba. Simplemente avanzaba, como si todo lo ocurrido hubiese sido previsto.

Claudia, con el rostro ensangrentado, gritó:
—¡Mamá de Ana! ¡Asesina, traidora! ¡Te voy a destrozar!

Elena sonrió, mostrando un destello de ironía cruel.
—Niña torpe. ¿De verdad creen que me pueden tocar?

El enfrentamiento directo estaba a punto de comenzar.
Ceniza recargó con manos firmes, sus ojos fijos en Elena como si supiera que había llegado la hora.
Marisol temblaba, pero el recuerdo de haber sido reclutada por Ana y Claudia la sostuvo en pie.
Y Claudia, con el cuchillo empapado en sangre, se lanzó hacia adelante, sin importar si viviría o moriría en el intento.

El túnel se convirtió en un campo de batalla.

Capítulo 84 – El filo de la traición

El humo aún se arremolinaba en el túnel, mezclado con el olor a pólvora y carne quemada. Los escombros humeaban detrás de Ceniza, Claudia y Marisol, cortando toda retirada.
Frente a ellas, Elena avanzaba con paso firme, cada movimiento seguro, como si la batalla recién iniciada fuera un simple juego.

Claudia, con los ojos enrojecidos y la respiración agitada, levantó su cuchillo.
—¡Te voy a matar, maldita!

El grito fue más visceral que estratégico. Se lanzó contra Elena con un tajo directo al cuello.

Pero Elena giró apenas la muñeca. Un destello metálico cruzó el aire.
Claudia se detuvo en seco, un chillido desgarrador brotó de su garganta: dos de sus dedos volaron al suelo, sangrando de inmediato, y con un giro cruel, la hoja de Elena se deslizó por su rostro, cortándole un trozo de oreja que cayó húmedo al piso.

Claudia retrocedió tambaleándose, con la sangre chorreando por el cuello y la mano mutilada.
—¡Aaaaah! ¡Maldita seas! —gritó, su voz más dolor que rabia.

Ceniza no dudó. El sonido del grito la encendió como pólvora. Rugió, lanzándose hacia adelante con la pistola en alto.
Disparó tres veces, directo al pecho de Elena.

Pero Elena, con un movimiento casi inhumano, desvió su torso y golpeó la muñeca de Ceniza con un giro seco. La pistola cayó al suelo.
Antes de que pudiera reaccionar, el puño de Elena impactó en su rostro con una fuerza brutal.

El golpe la lanzó contra la pared de concreto, su cabeza rebotando con un sonido sordo. El aire se le escapó de los pulmones en un gemido. La sangre manchó la pared en la que quedó deslizándose, semiinconsciente.

Marisol chilló al ver la escena, su cuerpo paralizado entre el terror y la necesidad de moverse.

Elena se quedó quieta un instante, observando a las tres mujeres como si fueran simples piezas de un tablero.
Claudia sangrando, apenas de pie.
Ceniza, jadeando en el suelo, tratando de volver a enfocar la vista.
Y Marisol, temblando, con las manos en su dispositivo explosivo como si eso fuese suficiente para detenerla.

—¿De verdad creían que podían vencerme? —dijo Elena, su voz fría y vibrante, cargada de una autoridad aterradora—. Ustedes no entienden: no están peleando contra una madre. Están peleando contra la mujer que eligió su propio destino.

Claudia escupió sangre, su rostro desencajado.
—¡Eres un monstruo! ¡Una madre nunca haría lo que hiciste con Ana!

Elena sonrió.
—Precisamente porque soy su madre, sé hasta dónde puede llegar. Y créeme, ustedes no tienen ni idea del poder que ella aún no ha liberado.

Ceniza, tambaleándose, logró ponerse de rodillas.
—No… —escupió sangre, levantando la cabeza—. Hoy alguien sangrará, Elena. Y no seremos nosotras.

Elena arqueó una ceja, divertida, justo cuando Marisol apretó el detonador.

Una explosión sacudió el túnel, haciendo vibrar el suelo y desmoronando parte del techo. Rocas y polvo cayeron alrededor, separando momentáneamente a Elena de las tres.

Ceniza aprovechó ese instante para arrastrar a Claudia, mientras Marisol cubría la retirada con otra bomba improvisada.

Los gritos de los guardias al otro extremo se mezclaban con el rugido de la explosión.

Elena, entre las sombras y el humo, no parecía asustada. Al contrario, se relamió la sangre en sus labios tras el impacto de su propio puñetazo y sonrió con calma.
—Pueden correr. Pero ya eligieron el camino.

El eco de su risa oscura resonó en el túnel mientras las tres mujeres huían con Claudia mutilada y Ceniza medio inconsciente, sabiendo que aquella batalla apenas había sido una advertencia.

Capítulo 85 – Cacería en los túneles

El túnel estaba convertido en un caos. Los escombros aún humeaban, el polvo se pegaba a la piel y la sangre fresca de los guardias pintaba el suelo en charcos viscosos.
Ceniza avanzaba tambaleándose, arrastrando con un brazo a Claudia, mientras Marisol los cubría desde atrás con un cuchillo ensangrentado en la mano y la otra apretando el detonador de su última carga explosiva.

Claudia jadeaba, casi sin voz, su cara desfigurada por la sangre que no dejaba de brotar de la oreja arrancada. Su mano mutilada goteaba, dejando un rastro que brillaba en la penumbra.
—No… puedo más —susurró, débil.
—Sí puedes —gruñó Ceniza, apretando los dientes, obligándola a moverse—. Nadie queda atrás, ¿me oyes? Nadie.

De pronto, un estruendo metálico sacudió la galería.
Puertas de acero comenzaron a cerrarse automáticamente a lo lejos, bajando con un chirrido oxidado que erizó la piel de las tres.
Elena estaba cerrándoles las salidas.

Marisol lo entendió de inmediato.
—¡Es un cerco! Quiere cazarnos como ratas.
—No. Quiere divertirnos primero —masculló Ceniza, con la furia apenas contenida.

Las luces parpadearon una vez, y una voz resonó por los altavoces ocultos en el túnel.
Era Elena.
—Corred. Luchad. Sangrad. Cada paso que deis está contado. Y cuando creáis que veis la salida… allí estaré yo.

El eco de su risa resonó como un cuchillo en la garganta de las tres.

De pronto, cinco guardias emergieron del humo por la izquierda, armados con machetes y barras de hierro. No hubo tiempo para pensar.
Marisol lanzó la carga explosiva contra ellos. El estallido reventó dos cuerpos en un grito seco, pero los otros tres sobrevivieron, quemados, con trozos de piel colgando, avanzando como espectros enardecidos por el dolor.

Ceniza, furiosa, soltó a Claudia en el suelo y se abalanzó contra el primero, clavándole el cuchillo en el estómago y girándolo hasta arrancarle un gemido agónico.
El segundo le dio un golpe con la barra en la espalda, haciéndola arrodillarse, pero Marisol saltó sobre él clavándole el filo en el cuello.

El tercero embistió contra Claudia. Ella, apenas consciente, alzó su cuchillo con la mano buena y lo hundió en la pierna del atacante. El guardia cayó, y Claudia lo remató hundiendo el filo en su ojo, bañándose en sangre caliente mientras gritaba con la rabia que aún la mantenía viva.

El túnel se sacudió otra vez. Otra puerta se cerró frente a ellas.
Estaban atrapadas entre las compuertas que caían una tras otra.

—¡No hay salida! —gimió Marisol, con lágrimas en los ojos.
—Sí la hay —dijo Ceniza, con la mirada fija en la penumbra—. Siempre la hay.

Pero incluso ella sabía que aquello era un laberinto diseñado para quebrarlas. Elena no solo quería detenerlas: quería que perdieran toda esperanza.

A lo lejos, entre el humo y la penumbra, una silueta femenina se dibujó lentamente.
Elena.

Su caminar era pausado, seguro. En su mano, un machete brillaba manchado de sangre reciente.
—Ya se acabaron los juegos —dijo con calma, como si hablara con hijas desobedientes—. Aquí mueren… o se arrodillan.

Ceniza se interpuso entre ella y las otras dos, con el rostro cubierto de sangre seca y fresca, respirando como un animal acorralado.
—Ni muertas nos arrodillamos.

Elena sonrió.
—Entonces moriréis despiertas.

El túnel se convirtió en un campo de batalla cerrado.
El eco de los gritos, el olor de la pólvora, la sangre derramada, todo era parte de la trampa perfecta de Elena.
Las tres sabían que apenas habían sobrevivido unos minutos… y que los próximos serían aún peores.

El contador en la muñeca de Ceniza parpadeaba.
1 día, 6 horas, 44 minutos.
La cacería apenas había comenzado.

Capítulo 86 – Choque de Sangre

El túnel vibraba con cada respiración. El humo y el eco de las compuertas cerradas habían creado un laberinto sin salida.
Frente a la penumbra, Elena avanzaba despacio, machete en mano, con la calma de quien sabe que el destino ya está escrito.

Ceniza se puso de pie frente a ella, su silueta ensangrentada y firme como un muro.
Giró la mandíbula, escupiendo sangre, y extendió los brazos para proteger a Claudia y Marisol.
—Si alguien muere aquí, seré yo.

Marisol, arrodillada junto a Claudia, gritó:
—¡No, Ceniza! ¡No puedes contra ella!
Pero Ceniza no respondió. Sus ojos solo miraban a Elena, como si su propia vida hubiese sido tallada para llegar a ese instante.

Elena levantó el machete, la luz fría reflejándose en el filo.
—¿De verdad crees que puedes detenerme? —dijo con esa calma que era peor que un grito.
—No —respondió Ceniza, con una sonrisa amarga—. Pero sí puedo darte una herida que no olvides.

Se lanzó.

El choque fue brutal. El machete de Elena descendió con violencia, pero Ceniza lo bloqueó con una barra metálica arrancada de los escombros. El ruido metálico retumbó, chispas saltaron en el aire.
Elena giró, ágil como una sombra, y el filo rozó el abdomen de Ceniza, abriendo una línea sangrante.
Él no retrocedió. Golpeó con el hombro, derribándola contra la pared.

Marisol, temblando, presionaba el muñón de Claudia con trozos de tela improvisados, luchando contra la hemorragia.
—¡Resiste, resiste! —repetía, con lágrimas resbalando por sus mejillas.
Claudia, entre delirios de dolor, murmuraba:
—Déjame… Déjame pelear…

Mientras tanto, en otro lugar…

Ana se encontraba en una habitación oscura, con las muñecas marcadas por las ataduras recientes. El aire estaba impregnado de humedad y miedo. Frente a ella, una pantalla parpadeaba.
El líder la observaba desde la penumbra, su rostro aún oculto, solo su voz resonando como un veneno.
—¿Escuchas, Ana? Cada grito en esos túneles es porque tu madre así lo decidió. Tu madre, la mujer que ahora juega a verdugo.

Ana apretó los dientes, el corazón retumbando en su pecho. Quería negar, gritar, romperlo todo… pero la realidad era cruel: lo que veía en la pantalla eran fragmentos de la batalla.
Ceniza y Elena enfrentados, Claudia casi desangrándose, Marisol llorando.

El contador frente a ella seguía descendiendo.
1 día, 5 horas, 12 minutos.

Ana cerró los ojos, conteniendo las lágrimas.
El líder sonrió desde las sombras.
—Cuando llegue a cero, todo lo que amas será cenizas. Y tú serás testigo.

De regreso al túnel, la pelea alcanzaba su clímax.
Elena clavó el machete en el hombro de Ceniza, que rugió de dolor, pero con la fuerza de un animal herido le dio un cabezazo que la hizo retroceder.
El machete quedó incrustado, pero Ceniza no lo soltó: con la otra mano, apretó el cuello de Elena contra la pared.

Ella rió, incluso mientras la sangre le corría por la boca.
—Eres fuerte… pero estás solo.

Marisol gritó desde atrás:
—¡No está solo!

Y en ese instante, Claudia, con la mano buena, logró incorporarse un poco, aún temblando por la pérdida de sangre. Sus ojos ardían en rabia.
La batalla de Elena no sería únicamente contra Ceniza… sino contra los dos sobrevivientes que aún tenían cuentas pendientes con ella.

Capítulo 87 – El filo de la venganza

El túnel resonaba como un tambor de guerra. El choque metálico entre el machete y la barra de hierro de Ceniza retumbaba en los muros, mezclado con jadeos y gritos ahogados.

Ceniza, con el hombro atravesado por el machete, no soltaba el arma incrustada en su cuerpo. Tiró de Elena hacia él, forzándola a mirarlo a los ojos.
—Aquí no se trata de fuerza, Elena. Se trata de aguantar hasta que sangres como nosotros.

Con un rugido, la empujó contra la pared y la levantó con toda la fuerza de su brazo sano. La cabeza de Elena golpeó el concreto con un chasquido seco.

Pero Elena, incluso herida, sonrió con esa calma monstruosa que siempre la había definido.
—Te falta odio para matarme.

Un cuchillo voló. Claudia, pálida y temblorosa, había lanzado el arma desde el suelo. La hoja se clavó en el costado de Elena, arrancándole un gruñido de dolor.
—¡No necesitas más odio… porque lo tienes de mí! —gritó con la voz quebrada por la fiebre y el dolor.

Marisol seguía presionando la herida de Claudia con un torniquete improvisado, lágrimas rodando por su cara.
—¡Claudia, por Dios, no te esfuerces más! ¡Vas a morir!
—¡Ya estoy muerta! —respondió ella, con una mezcla de rabia y resignación—. ¡Pero Elena no se va viva de aquí!

Elena forcejeó, con sangre goteando de su abdomen y el machete aún incrustado en el cuerpo de Ceniza. Ambos estaban manchados de rojo, respirando como bestias cansadas pero dispuestas a devorarse mutuamente.

Mientras tanto, en el otro escenario…

Ana estaba sola en la habitación oscura, con la pantalla parpadeando frente a ella. La pelea en los túneles se veía en fragmentos distorsionados, cada imagen como un recordatorio de lo que había perdido y lo que aún podía perder.

El líder no hablaba esta vez. Solo el silencio y el tic-tac del contador.
1 día, 4 horas, 02 minutos.

Ana apretó las manos, clavando las uñas en su piel, tratando de encontrar un respiro en medio de tanta impotencia.
Y fue entonces cuando lo sintió.

El aire cambió.

Un frío extraño recorrió la sala, como si todas las luces se hubieran debilitado de golpe. La oscuridad no solo estaba en las paredes: parecía salir del suelo mismo, expandiéndose como un veneno.

Ana levantó la cabeza.
En una de las esquinas de la sala, una silueta se formaba.
Alta. Inmóvil. Una sombra con una mirada incandescente, seria, cargada de rabia contenida.

El aura que emanaba era sofocante, casi palpable, inundando el cuarto con una presión que le obligaba a encogerse en la silla.

La sombra no habló. Solo la miró fijamente, con unos ojos que no eran humanos… y en ellos Ana sintió tanto odio, tanto dolor, que el aire le quemó en los pulmones.

El líder aún no se había manifestado, pero Ana entendió algo en su instinto: aquella presencia no era un guardia, ni un verdugo cualquiera. Era algo más grande, algo que podía alterar el destino de todos.

En el túnel, Ceniza y Elena seguían forcejeando, y Claudia trataba de levantarse con lo poco que le quedaba de fuerza.
En la habitación, Ana no apartaba la vista de aquella sombra que parecía observarla desde las entrañas mismas de la oscuridad.

El tablero acababa de recibir una nueva pieza.
Y esa pieza respiraba furia.

Capítulo 88 – Sangre y Silencio

[Escenario paralelo – minutos antes de la aparición en la sala de Ana]

El pasillo subterráneo estaba en silencio, iluminado apenas por lámparas parpadeantes. Dos hombres de la organización caminaban distraídos, fumando mientras cargaban cajas de municiones.

—¿Ya viste el espectáculo de hoy? —murmuró uno, con una sonrisa torcida.
—¿El de las chicas? Sí. Están hechas polvo, pero la que más me sorprende es la nueva, Ana. No sé cómo sigue respirando después de todo lo que le hicieron.

El otro río.
—Pues será porque es carne de primera, ¿no? Ya sabes lo que dicen: cuando el líder la muestre al público, nadie querrá otra cosa.

No llegaron a dar el siguiente paso.

Una sombra se deslizó detrás de ellos, tan rápida que apenas alcanzaron a girar la cabeza.
El filo de una hoja cruzó el aire, cortando carne y hueso con precisión quirúrgica.
Las cabezas rodaron por el suelo, golpeando el concreto con un ruido seco. Los cuerpos cayeron segundos después, como marionetas sin hilos.

El hombre que sostenía la espada ensangrentada respiró profundo, intentando contener el temblor que le recorría las manos.
Llevaba años infiltrado, años tragándose la rabia en silencio, años viéndolos reír mientras las víctimas eran reducidas a sombras de sí mismas.
Pero escuchar ese nombreAna— lo rompió por dentro.

Su hija.
La niña que había dejado atrás, creyendo que con su desaparición la salvaría del horror.
La que ahora estaba al borde de la destrucción.

El odio le llenó los ojos de fuego.
Con pasos firmes, se dirigió hacia la sala donde ella estaba prisionera, cada gota de sangre en el suelo marcando su camino.

[Escenario de Ana]

Ana estaba encogida contra la silla, los ojos clavados en la figura oscura que emergía en la esquina del cuarto.
El aire era denso, cada respiración un esfuerzo. El uniforme negro cubría todo su cuerpo, el rostro oculto bajo una máscara táctica. No había forma de reconocerlo.

Pero sus ojos… sus ojos brillaban con rabia y dolor.
Esa aura que lo envolvía no era la de un guardia más: era la de alguien que había cargado odio durante demasiado tiempo.

Ana intentó hablar, pero las palabras murieron en su garganta.
El desconocido no se acercó aún. Solo la miraba, como si confirmara que estaba viva.
Esa mirada la atravesó, haciéndole sentir desnuda, expuesta, como si él la conociera mejor que nadie.

Ana retrocedió un poco, con miedo y confusión.
El contador a su lado seguía marcando el tiempo.
1 día, 3 horas, 45 minutos.

[Escenario en los túneles]

Ceniza rugía con cada golpe. Su hombro aún sangraba por el machete incrustado, pero no se detenía. Cada embestida era una descarga de furia contenida, un intento de proteger a Marisol y Claudia a cualquier precio.

Elena, jadeante pero aún firme, esquivaba con la velocidad de un depredador herido. Su oreja cortada y el cuchillo en su costado la hacían sangrar, pero aún sonreía, aún desafiaba.
—No podrán matarme… porque yo ya soy la muerte.

Claudia, con la voz apenas audible, respondió desde el suelo:
—Entonces muere como tal.

Con un esfuerzo casi inhumano, lanzó otro cuchillo, esta vez directo al muslo de Elena, clavándola al suelo.
Elena gritó, la primera vez que el dolor quebró su calma. Ceniza aprovechó ese instante para abalanzarse con un golpe brutal, estampándola contra la pared, haciéndola escupir sangre.

Marisol, entre sollozos, sostenía la herida de Claudia mientras sus ojos miraban la escena con una chispa de esperanza: por primera vez, Elena estaba perdiendo el control.

[Escenario de Ana – desenlace]

La sombra dio un paso adelante. El crujido de la bota en el concreto resonó como un trueno en el cuarto.
Ana tragó saliva, la piel erizada.
El hombre la observó unos segundos más, y finalmente, con voz grave y contenida, dejó escapar una sola palabra:

Ana…

Ella abrió los ojos, incrédula. Esa voz no debía existir. Esa voz la había acompañado en sus pesadillas de niña, entre recuerdos confusos de una figura que un día se esfumó de su vida.
No lo reconoció plenamente, porque los años, la máscara y la distancia lo habían cambiado.
Pero su cuerpo tembló. Había algo en ese tono que le perforaba el alma.

Ana no sabía quién era.
Lo único que entendía era que esa presencia no estaba allí para destruirla… sino para reclamar lo que le habían arrebatado.

El tablero se había vuelto aún más complejo.
Mientras Ceniza y Claudia comenzaban a inclinar la balanza contra Elena, Ana tenía frente a sí una fuerza desconocida… que era, sin saberlo, su propio padre.

Capítulo 89 – La rabia en carne viva

[Escenario de Ana]

El silencio del cuarto se quebró con el chirrido metálico de la puerta.
Dos guardias de la organización irrumpieron, apuntando sus armas hacia la silueta oscura que acababa de aparecer frente a Ana.

—¡Eh, tú! —gritó uno—. ¿Qué demonios haces aquí? ¡Este no es tu sector!

El hombre permaneció quieto.
La máscara ocultaba su rostro, pero sus ojos irradiaban un brillo animal, una rabia contenida durante años.

El segundo guardia avanzó un paso, tensando el gatillo.
—Responde o te llenamos de plomo.

El hombre finalmente habló. Su voz grave reverberó en el cuarto, como un eco de tormenta:
—Estoy aquí… para arrancarles la vida.

El aire se volvió denso, casi irrespirable. Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda, la sangre helada por aquella declaración que parecía provenir de algo más allá de lo humano.

Los guardias no esperaron más.
—¡Dispárenle!

El estruendo llenó el cuarto. Las balas atravesaron el aire, impactando contra las paredes y los monitores. Pero el hombre ya no estaba donde lo habían apuntado.

En un parpadeo, apareció tras ellos.
Un movimiento rápido, seco. Una cuchillada que cortó la garganta del primero, bañando de sangre la pantalla que aún mostraba la lucha en los túneles.
El segundo logró girar y disparar a quemarropa, pero el hombre desvió el cañón con la mano, recibiendo el disparo en el brazo blindado. El sonido metálico resonó, y la rabia en su mirada se intensificó.

Lo desarmó de un golpe en la mandíbula que le quebró varios dientes. Luego lo levantó con una fuerza descomunal y lo estampó contra la pared. El cráneo se partió con un ruido seco. El cuerpo cayó sin vida, dejando un rastro de sangre que se deslizó lentamente hacia los pies de Ana.

El cuarto se impregnó de olor a hierro.
Ana estaba paralizada, con el corazón desbocado. No entendía quién era, ni cómo podía moverse con tanta precisión y violencia. Lo único claro era que este hombre no era un verdugo más: era un monstruo distinto, uno que parecía estar de su lado… aunque ella no supiera por qué.

[Intervención del líder]

De repente, un zumbido rompió la tensión.
Las pantallas parpadearon, y la figura del líder
apareció, imponente, con su máscara blanca y la voz cargada de desprecio.

—Así que por fin decidiste mostrarte… traidor.

El hombre giró lentamente hacia la pantalla, respirando con fuerza, sus guantes aún goteando sangre.
La voz del líder resonó en todo el recinto:
—Pensé que tu lealtad había sido forjada en la oscuridad, pero ahora veo que solo eras un perro esperando el momento para morder.

El hombre no respondió de inmediato. Solo levantó la cabeza, sus ojos llenos de odio.
Finalmente, habló con calma, como si cada palabra fuese un filo envenenado:
—No soy tu perro. Soy la muerte que sembraste.

El líder guardó silencio unos segundos. El ambiente entero parecía contener la respiración. Luego, con frialdad absoluta, dijo:
—Entonces muere como un traidor.

Las alarmas se activaron. Puertas de acero comenzaron a cerrarse alrededor del cuarto, y pasos resonaron en los pasillos. Decenas de hombres se acercaban, armados hasta los dientes.

Ana, encogida en la silla, miraba la escena con un terror indescriptible. No entendía nada, pero sabía que estaba frente a algo más grande que todo lo que había visto hasta ahora: su destino estaba a punto de cruzarse con el de este hombre, y lo haría en medio de un mar de sangre.

[Escenario en los túneles]

Mientras tanto, el eco de la batalla entre Ceniza y Elena
seguía sacudiendo los corredores. Elena sangraba, sus movimientos ya no eran tan fluidos, y Claudia, medio desangrada, había logrado forzarla a retroceder con cuchilladas certeras.

El choque estaba alcanzando un punto de no retorno.
Y aunque en ese túnel no podían verlo, en otra parte del complejo el verdadero tablero acababa de girar: el líder se había visto obligado a intervenir directamente.

La cámara volvió a mostrar el rostro del líder en las pantallas del cuarto de Ana.
—Mátalos a todos —ordenó con voz gélida.

El padre de Ana apretó el arma ensangrentada en su mano, mientras los pasos de la tropa retumbaban cada vez más cerca.
El aire vibraba con tensión.

Ana, con la respiración entrecortada, sintió que el tiempo se detenía.
Lo único que pudo pensar fue:
Ese hombre… ese hombre va a destruirlos a todos.

Capítulo 90 – El doble y las memorias rotas

[Escenario de Ana]

El aire en la sala era sofocante. La sombra del hombre —ese desconocido que Ana aún no reconocía como su padre— permanecía firme frente a los cuerpos de los guardias que acababa de destrozar.

Las pantallas parpadearon de nuevo. El líder
apareció con su máscara blanca, la voz helada como el acero:
—Mátalos a todos.

Pero algo no encajaba.
El hombre dio un paso al frente, su cuchillo todavía goteando sangre, y en un movimiento imposible de anticipar arrojó la hoja con precisión quirúrgica. La pantalla no se rompió. La daga atravesó la frente de la figura que estaba de pie al lado de Ana, justo detrás de los monitores.

El cuerpo se desplomó, la máscara blanca rodó por el suelo… y todos lo entendieron: no era el verdadero líder.
Era un doble.

Ana abrió los ojos de par en par, temblando.
El eco de la sangre salpicando contra el piso fue lo único que rompió el silencio.

Entonces, un aplauso lento resonó desde el fondo del pasillo.
El verdadero líder apareció entre las sombras, acompañado de su guardia personal. Su voz cargaba veneno y diversión macabra.
—Astuto. Muy astuto. No esperaba menos de ti. —Miró al hombre de pie junto a Ana—. Pero tu rabia te delató.

El padre de Ana giró hacia él, la respiración agitada, los músculos tensos.
—No soy tu soldado. Nunca lo fui.

El líder río bajo su máscara.
—Oh, claro que lo fuiste. Y ahora… mueres con ella.

[Estado de Patricia]

Mientras tanto, al otro lado de la sala, Patricia apenas podía sostener la cabeza. Estaba encadenada, el cuerpo lleno de moretones y marcas de violencia. Jadeaba, los ojos apagados, pero aún vivos.

Ana la vio de reojo y un nudo le cerró la garganta.
—Patricia… —susurró, conteniendo el llanto.

Patricia apenas alcanzó a mover los labios.
—No… te… detengas…

El líder miró esa escena con un deleite sádico.
—Mírala, Ana. Es un espejo de tu futuro. No importa cuántas veces intentes salvarlas, todas terminan igual: rotas, deshechas, olvidadas.

Ana apretó los puños. El contador en la pared seguía marcando el tiempo.
1 día, 2 horas, 59 minutos.

[Flashback – Marisol]

En otro punto del complejo, Marisol trataba de detener la hemorragia de Claudia mientras Ceniza mantenía a raya a Elena. Su mente, sin embargo, comenzó a fragmentarse en imágenes borrosas, como si una memoria enterrada reclamara salir a la superficie.

Cerró los ojos, y el recuerdo la arrastró de golpe.

—Oscuridad. Olor a químicos. Frías cadenas contra su piel.
Un cuarto que no recordaba haber visto, pero que ahora volvía con fuerza.

Voces alrededor, carcajadas. Una aguja perforando su cuello.
Luego, un vacío: horas, días, quizá semanas borradas de su mente.

De pronto, la visión cambió: estaba en una celda, junto a otras mujeres. Y entre ellas… reconoció a Ana, inconsciente.

Marisol jadeó, abriendo los ojos en el presente.
—¡No puede ser! —gritó, con la respiración entrecortada.
Claudia la miró, débil pero firme.
—¿Qué viste?
Marisol temblaba.
—Yo… también fui prisionera. Pero lo borraron de mi memoria. Drogas, hipnosis… no sé. ¡Creí que nunca estuve ahí, pero sí lo estuve!

Ceniza gruñó mientras bloqueaba otro golpe de Elena, su voz retumbando entre los túneles:
—Concéntrate, Marisol. Eso lo discutimos después. ¡Ahora… sobrevive!

[Escenario de Ana – desenlace]

El líder dio un paso al frente. Su presencia llenó la sala como un veneno.
El padre de Ana se tensó, preparando el arma que había recogido del suelo. Ana, atrapada en medio, sentía que el mundo se quebraba.

Por primera vez en años, las piezas estaban sobre la mesa:
El líder.
El padre encubierto.
Patricia, deshecha.
Ana, en el epicentro del horror.

El líder alzó la mano, y los guardias rodearon la sala.
—Esto no es un rescate, ni un enfrentamiento. Esto es el fin de tu historia —dijo, mirando directo a los ojos del hombre encubierto.

Ana, con lágrimas ardiendo en su rostro, sintió la impotencia devorarla viva.
El contador seguía su marcha, cruel y constante.
1 día, 2 horas, 56 minutos.

Y en ese instante, supo que lo que estaba por venir sería la batalla que decidiría no solo su destino… sino el de todos.

Capítulo 91 – Sangre en las pantallas

[Escenario central – Ana, el hombre y el líder]

El aire era un nudo de tensión insoportable. El líder avanzaba con la calma del que sabe que el tiempo juega a su favor. La máscara blanca, impoluta hasta ese momento, reflejaba la luz roja de los monitores. El hombre, de pie frente a Ana, se interponía como una muralla, respirando agitado, pero con la firmeza de alguien que no podía permitirse flaquear.

—No puedes protegerla —dijo el líder con un tono bajo, casi divertido—. Ni siquiera sabes quién eres ya sin mi sombra.

El hombre gruñó y cargó contra él. Los golpes resonaron como explosiones en la sala: un choque de cuchillas, un estruendo de metal contra hueso. El líder bloqueaba con precisión quirúrgica, devolviendo cada ataque con una brutalidad calculada. El hombre, en cambio, combatía con furia visceral, impulsado más por la necesidad de mantener a Ana a salvo que por la técnica.

Ana retrocedía cada vez más, el corazón martillándole el pecho. No entendía por qué ese desconocido la protegía con tanto empeño, ni por qué se arriesgaba a enfrentar al monstruo que había destruido su vida.

El líder lo empujó contra la pared y le hundió un puñetazo en el estómago. El hombre escupió sangre, pero se levantó de inmediato, bloqueando el siguiente golpe que iba directo a Ana.

Era un duelo desigual. El hombre no podía soltar la guardia un segundo, porque el verdadero objetivo del líder estaba claro: ella.

[El instante de la alarma]

De pronto, un sonido metálico y penetrante cortó la escena.
Las alarmas del complejo se encendieron, bañando la sala con luces rojas intermitentes.
Un mensaje emergió en todas las pantallas.

Objetivo neutralizado: Elena S. – Confirmación de muerte”.

Ana se paralizó.
Su madre.

Las pantallas mostraron imágenes distorsionadas de los túneles: la sangre, el cuerpo desplomado de Elena, su rostro congelado en odio y derrota.
Ana no pudo gritar, no pudo llorar. Solo se quedó inmóvil, los ojos clavados en el horror de la pantalla.

El líder giró lentamente la cabeza hacia las imágenes, y la furia lo desbordó.
—¡NOOO! —rugió, golpeando con tal violencia que una de las consolas explotó en chispas.

El hombre aprovechó el momento de distracción para tomar a Ana del brazo.
—¡Tenemos que irnos! —le dijo con urgencia.

Ana lo miró confundida, llorando en silencio, sin comprender por qué ese extraño se empeñaba en salvarla. Pero sus piernas se movieron solas, impulsadas por la desesperación.

[El desgarro de Patricia]

El líder, jadeante de ira, no los siguió de inmediato. Su respiración sonaba como un motor desbocado, y sus manos temblaban de rabia contenida.
Cuando Ana y el hombre estaban a punto de cruzar la salida del cuarto, él extendió el brazo y señaló hacia el rincón donde Patricia seguía encadenada.

—¿Crees que te vas a ir intacta, Ana? ¡NO! ¡MIRA!

En un solo movimiento, la alzó del cabello. Patricia apenas logró emitir un gemido ahogado antes de que la hoja del líder se deslizara por su garganta con una lentitud insoportable.

Ana giró justo a tiempo para ver cómo la sangre manaba en un torrente rojo, bañando el pecho del líder, que abrió los brazos como si recibiera una ofrenda divina.

—¡ESTO ES LO QUE SOY! —gritó, empapado en la sangre de Patricia—. ¡UN REY QUE SE BAÑA EN LA VIDA DE TUS SERES QUERIDOS!

El cuerpo de Patricia se desplomó sin vida, los ojos abiertos, aún brillando de miedo. Ana gritó con todas sus fuerzas, un sonido que quebró el aire.
—¡NOOOOOOO!

El hombre la sostuvo con fuerza, arrastrándola hacia el pasillo.
—¡No mires atrás, corre!

Pero ella sí miró. Y esa última imagen quedó grabada en su mente: el líder, de pie entre las luces rojas, cubierto de sangre, sonriendo detrás de su máscara.

El eco del grito de Ana se mezclaba con la alarma que no dejaba de sonar. El líder observó cómo desaparecían en la oscuridad, pero no los persiguió.
Su furia no era por la huida. Su furia era porque por primera vez algo se había salido de su plan.

El contador en la pared seguía corriendo.
1 día, 2 horas, 28 minutos.

Ana, arrastrada por ese desconocido, no sabía que aquel hombre era su padre.
No sabía que las piezas apenas empezaban a moverse hacia la verdad.

Capítulo 92 – El precio de la traición

La humedad de los túneles se pegaba a la piel, mezclándose con el hedor de sangre y hierro oxidado. Cada paso que daban resonaba como un eco ominoso, como si las paredes mismas esperaran el desenlace. Claudia respiraba con dificultad; los vendajes improvisados por Marisol apenas contenían la hemorragia de su costado. Ceniza caminaba adelante, cuchillo en mano, los ojos encendidos con una furia fría.

Frente a ellos, Elena, herida, tambaleante, pero aún peligrosa, reía con una carcajada rota.
—¿De verdad creen que podrán acabar conmigo? —su voz era como un látigo, seca, cargada de desprecio—. He dado forma a todo esto. Ustedes son piezas menores en un tablero que yo ayudé a construir.

Claudia apretó los dientes. Aquellas palabras le atravesaban como cuchillas.
—¡Calla! —espetó—. Eres tú quien entregó a Patricia… quien entregó a Ana… ¡su propia hija!

Elena ladeó la cabeza y sonrió con una mueca cruel.
—¿Hija? Ana nunca fue más que mi moneda de cambio. Su dolor… fue mi ascenso.

Marisol se estremeció, sintiendo cómo la rabia subía como fuego a su garganta.
—Eres un monstruo…

Elena no respondió. Simplemente cargó contra ellos con un cuchillo ensangrentado.

El combate final

Ceniza fue el primero en interceptarla. La hoja chocó contra su cuchillo, las chispas saltaron, y un rugido gutural llenó el túnel. Era un enfrentamiento brutal, instintivo, donde cada golpe llevaba el peso de la supervivencia.

Elena, a pesar de sus heridas, se movía con la precisión de alguien entrenado en la crueldad. Sus ataques eran certeros, apuntando a las heridas abiertas de Claudia, a la vulnerabilidad de Marisol, a cualquier resquicio que encontrara.

Claudia, temblando de dolor, se unió al combate. Con el brazo ensangrentado, lanzó una estocada que Elena esquivó por centímetros. La madre de Ana contraatacó, cortándole dos dedos de la mano. El grito de Claudia fue desgarrador.

—¡No! —Marisol la sujetó antes de que cayera.

Elena rió, manchada de sangre, con los ojos encendidos por una locura triunfante.
—¿Ven? Yo decido quién vive y quién muere.

Ceniza no soportó más. Con un rugido animal, embistió a Elena y la empujó contra la pared de concreto. Sus cuerpos chocaron con un estruendo, y por un instante parecían dos bestias salvajes intentando destrozarse.

El cuchillo de Ceniza se hundió en el hombro de Elena, que respondió con un cabezazo brutal, haciéndolo tambalear.

Fue entonces cuando Marisol, con una furia nacida de años de impotencia, se lanzó sobre Elena desde un costado.
—¡Esto es por todas!

La apuñaló en el abdomen una, dos, tres veces, hasta que la sangre brotó como un río.

Elena la empujó, sangrando, pero aún con fuerzas. Tropezó hacia atrás, jadeando, pero todavía esbozaba esa sonrisa venenosa.
—No importa lo que hagan… Ana nunca escapará de mí…

Claudia, temblando, se incorporó con el rostro desencajado por el dolor y la rabia. Se acercó tambaleante, con el arma en su única mano útil.
—No… —murmuró—. Ya no vas a seguir dañándonos.

Y con un grito desgarrado, le hundió el cuchillo en el cuello. La sangre brotó con violencia, empapando a Claudia por completo.

Elena se llevó las manos al cuello, ahogándose en su propia sangre. Sus ojos se clavaron en los de Claudia, llenos de odio y, en el fondo, un rastro de miedo.

Ceniza, sin darle oportunidad de otra palabra, levantó su cuchillo y lo hundió directo en su corazón.

Elena soltó un último alarido, una carcajada quebrada, y su cuerpo cayó pesadamente al suelo. Sus ojos quedaron abiertos, congelados en un brillo que ya no era poder, sino vacío absoluto.

El silencio que siguió fue sepulcral. Solo se escuchaban los jadeos de Claudia, los sollozos de Marisol y la respiración entrecortada de Ceniza. La sangre formaba un charco que se extendía lentamente, mezclándose con el agua estancada del túnel.

Marisol se arrodilló, temblando.
—Lo logramos… —dijo, como si las palabras fueran irreales.

Ceniza miró el cuerpo de Elena, con el ceño fruncido y el rostro endurecido.
—No fue solo una victoria —murmuró—. Fue un aviso. El líder sabrá que su reinado se tambalea.

Claudia, bañada en la sangre de la mujer que había destruido la vida de su amiga, se dejó caer de rodillas. Lágrimas y rabia se mezclaban en su rostro.
—Esto… es para ti, Ana.

El eco hacia la superficie

En ese instante, una alarma retumbó en todo el complejo.
Luces rojas comenzaron a parpadear en los túneles, mientras un mensaje resonaba en altavoces ocultos:

Objetivo neutralizado: Elena S. – Confirmación de muerte.

Claudia y Marisol se miraron, comprendiendo que su acción no quedaría impune.
Ceniza apretó los puños.
—Ahora empieza lo peor.

El eco de la muerte de Elena no solo estremeció los túneles… también desató la furia del líder en la sala donde Ana observaba todo.

Capítulo 93 – Sombras que sangran

[Escenario 1 – La huida de Ana y el hombre]

Los pasillos del complejo parecían interminables, un laberinto teñido de luces rojas parpadeantes y sirenas que no cesaban. Ana corría arrastrada por aquel hombre enmascarado, todavía con el eco de la muerte de Patricia quemándole los oídos. La última imagen seguía clavada en su mente: el líder bañado en sangre, sonriendo con una locura que parecía eterna.

—¡No mires atrás! —gruñó el hombre, sujetándola con fuerza.

Ana tropezaba, las piernas le fallaban, el pecho le dolía con cada bocanada de aire. No entendía quién era aquel desconocido ni por qué la estaba protegiendo con tanta desesperación. La confusión se mezclaba con el dolor, y la pérdida de su madre y su amiga la desgarraba por dentro.

—¿Por qué me ayudas? —logró gritar con voz quebrada.

El hombre no respondió de inmediato. Solo la empujó hacia una puerta metálica que chirrió al abrirse.
—Porque no voy a permitir que él te destruya… no como a las demás.

Las palabras la atravesaron como un cuchillo, pero no le dieron certezas. Su voz era firme, cargada de una rabia contenida, como si hubiera una historia detrás que ella aún desconocía.

El eco de pasos y voces a lo lejos los perseguía. Soldados del líder comenzaban a cerrar el cerco. El hombre se giró y disparó con el arma que había tomado de uno de los guardias abatidos, abriendo camino a la fuerza.

Ana apenas podía pensar. La impotencia la sofocaba, y aun así, en lo más profundo de su ser, una chispa de resistencia comenzaba a arder. No quería ser la siguiente en esa cadena de muerte.

[Escenario 2 – Los túneles: Claudia, Ceniza y Marisol]

El cuerpo de Elena yacía en el suelo, la sangre aún corriendo por los charcos de agua estancada. Pero la victoria había dejado cicatrices demasiado profundas.

Claudia estaba desplomada contra la pared, su rostro empapado en lágrimas y sudor. La mano mutilada le ardía como fuego, y cada respiración era un suplicio. La hemorragia era tan severa que apenas podía mantenerse consciente.

—Claudia, no te duermas, ¿me oyes? —Marisol la sacudía, desesperada—. ¡No te atrevas a dejarnos ahora!

Claudia apenas pudo esbozar una sonrisa rota.
—Hicimos… lo correcto… ¿verdad? —susurró con un hilo de voz.

Marisol le acarició el cabello, conteniendo las lágrimas.
—Sí, lo hicimos. Pero ahora tienes que luchar conmigo.

A unos metros, Ceniza estaba de rodillas, con el pecho agitado y un machete incrustado en el hombro derecho. Cada intento de moverse lo hacía gritar de dolor, pero sus ojos seguían encendidos, llenos de ira y resistencia.

—Arráncalo… —murmuró entre jadeos—. ¡Arráncalo ya!

—Si lo hago ahora, te desangrarás —replicó Marisol, sudando, intentando pensar—. Tenemos que salir de aquí primero, encontrar un lugar seguro.

Ceniza golpeó el suelo con la mano libre, frustrado.
—¡No tenemos tiempo! Si nos encuentran aquí, nos matan a los tres.

Marisol lo miró con rabia y lágrimas.
—¡Entonces tendrás que aguantar!

El silencio se quebró con el eco de pasos acercándose. Los guardias de la organización no tardarían en encontrar los restos del combate y el cuerpo de Elena.

Claudia intentó hablar, pero apenas pudo murmurar:
—Ana… cuídala…

Marisol tragó saliva, sintiendo el peso de esa promesa. Con un movimiento rápido, improvisó un torniquete en el brazo de Claudia usando parte de su propia ropa. Luego pasó el brazo de Ceniza sobre sus hombros para ayudarlo a caminar.

—Nos vamos, ahora —dijo con una voz firme que contrastaba con el temblor de sus manos.

Y así, entre sombras y sangre, comenzaron a arrastrarse hacia la salida más cercana, sabiendo que cada segundo era una cuenta regresiva hacia el descubrimiento.

El eco de dos escenarios

Mientras Ana huía con el hombre a través de los pasillos superiores, los lamentos de Claudia y los gruñidos de dolor de Ceniza resonaban en los túneles. Eran dos caminos distintos, pero ambos teñidos de desesperación, ambos sostenidos por la frágil chispa de sobrevivir un minuto más.

Las alarmas no cesaban.
El líder, empapado en la sangre de Patricia, ya había dado la orden:

—Que nadie escape.

El contador seguía corriendo, recordando que todo aquello era solo un fragmento de un plan más grande.
1 día, 1 hora, 52 minutos.

Capítulo 94 – El filo de la resistencia

[Escenario 1 – Los túneles: Claudia, Ceniza y Marisol]

El olor a óxido y sangre se había vuelto insoportable. Marisol apenas podía mantener la calma mientras arrastraba a Claudia por los pasillos oscuros, con Ceniza apoyado contra la pared intentando no derrumbarse. Cada paso que daban era una batalla contra la muerte.

La piel de Claudia estaba fría, sus labios amoratados. El torniquete improvisado ya no contenía del todo la hemorragia. Sus párpados se cerraban y abrían lentamente, como si cada vez le costara más regresar a la conciencia.

—¡Claudia, mírame! —gritó Marisol, dándole una bofetada suave para mantenerla despierta—. ¡No te atrevas a dejarme ahora!

Claudia apenas murmuró, con la voz quebrada:
—Estoy… cansada… demasiado…

Ceniza, con el machete aún incrustado en el hombro, apretó los dientes y golpeó la pared con el puño.
—¡No hables así! —jadeó, la voz rota por el dolor—. ¡No nos arrastramos hasta aquí para que te rindas!

El dolor lo consumía segundo a segundo. Cada respiración era un infierno, cada movimiento lo hacía sentir que el acero le atravesaba el alma. Y aun así, sus ojos mantenían ese brillo fiero, como un animal acorralado que todavía se niega a caer.

Marisol luchaba contra las lágrimas. Sabía que no podían seguir cargando con tanto peso, pero no había opción: si se detenían, serían encontrados y ejecutados.

—¡Tengo que elegir! —se dijo a sí misma, temblando—. O arranco ese machete ahora… o Ceniza no aguantará ni cinco minutos más.

Ceniza la miró con una mueca torcida.
—Hazlo… —susurró, sudando frío—. Prefiero morir desangrado peleando que pudriéndome como un perro atrapado.

Marisol respiró hondo, con las manos temblorosas, y buscó un pedazo de tela limpia. Claudia, apenas consciente, intentó mover la cabeza.
—No… —murmuró débilmente—. Si lo haces aquí… no sobrevivirá…

Las palabras eran ciertas. Marisol lo sabía. Y esa verdad la partía en dos.

[Escenario 2 – La huida de Ana y el hombre]

Mientras tanto, Ana era arrastrada por corredores interminables. La luz roja bañaba las paredes como si fueran un infierno viviente. Su mente estaba aturdida, atrapada en la imagen del degüello de Patricia, en la risa macabra del líder.

El hombre que la guiaba se movía con precisión, conocía los pasillos como si los hubiera recorrido mil veces. Ana lo miraba de reojo, desconfiada, tratando de encontrar respuestas.

—¿Quién eres en realidad? —preguntó con la voz entrecortada.

Él no contestó de inmediato. Disparó contra una cámara de vigilancia, destruyéndola de un balazo. Luego se giró hacia ella, su mirada dura bajo la sombra de la máscara.
—Soy alguien que debería estar muerto. Y alguien que el líder teme. Eso es suficiente por ahora.

Las palabras retumbaron en el pecho de Ana. No sabía por qué, pero algo en su voz le resultaba inquietantemente familiar, como un eco enterrado en sus recuerdos más lejanos.

A lo lejos, el sonido de botas militares resonaba cada vez más fuerte. Estaban rodeados.

El hombre la empujó contra una compuerta lateral.
—No dudes, Ana. Si dudas, mueres.

Ana tragó saliva, sintiendo cómo el miedo y la impotencia se transformaban poco a poco en un dolor ardiente, en una rabia que nunca había sentido antes.

[Escenario 1 – Los túneles, de nuevo]

El silencio fue roto por el quejido de Claudia. Sus ojos se abrieron un instante, y con un hilo de voz dijo:
—Si… si me quedo atrás… ustedes pueden vivir…

Marisol apretó los dientes con rabia.
—¡Cállate! Nadie se queda atrás, ¿me entiendes? ¡Nadie!

Ceniza la miró, con el rostro pálido por el dolor.
—Tiene razón… si seguimos cargándola, nos atraparán a todos.

Marisol lo fulminó con la mirada, lágrimas cayéndole por el rostro.
—¿Y qué propones? ¿Dejarla morir aquí como un perro abandonado? ¡Nunca!

El sonido de pasos metálicos se acercaba. La organización estaba más cerca.

Ceniza apretó los dientes, el machete incrustado hacía que cada palabra fuera un tormento.
—Entonces date prisa… porque si no, los tres vamos a morir aquí.

El eco de la desesperación

En los pasillos superiores, Ana corría con el hombre sin entender del todo quién era ni adónde la llevaba.
En los túneles inferiores, Claudia estaba al borde de la muerte, y Ceniza se mantenía en pie solo por rabia y voluntad.

El líder lo sabía. Observaba las cámaras que aún quedaban activas, sonriendo con un brillo enfermizo.
—Los tengo justo donde quiero —murmuró—. Piezas que se desangran solas… mientras el contador sigue su curso.

Tiempo restante: 1 día, 0 horas, 14 minutos.

El reloj avanzaba.
Y con él, la tragedia inevitable.

Capítulo 95 – Entre la sangre y el filo

[Escenario 1 – Ana y el hombre]

El corredor estrecho se convirtió en una trampa. A ambos extremos, los soldados del líder avanzaban con armas levantadas, botas resonando al unísono. No había salida. Ana apretó los puños, el corazón desbocado, mientras el hombre se colocaba frente a ella, su silueta recortada bajo la luz roja de emergencia.

—Quédate detrás de mí —ordenó, con una voz tan seca que parecía de piedra.

Ana lo miraba, todavía incrédula de la situación. La confusión hervía en su cabeza: la muerte de Patricia, el recuerdo de su madre, el misterio de ese hombre. Aun así, había algo en su porte, en la forma en que sostenía el arma, que le transmitía un extraño e inquebrantable escudo.

Los soldados gritaron:
—¡Entréguenla! ¡Ahora!

El hombre respiró profundo, inclinando apenas la cabeza. Luego, con un movimiento tan veloz que Ana apenas lo pudo procesar, disparó. El eco de las balas estalló en el pasillo, y la sangre salpicó las paredes. Ana retrocedió, el cuerpo temblando, mientras veía cómo él avanzaba como una sombra letal, derribando a los soldados con precisión quirúrgica.

Cuando el silencio llegó, los cuerpos quedaron desparramados. El olor a pólvora y hierro invadió el aire. El hombre volteó hacia Ana, respirando con fuerza, y sus ojos brillaron con esa misma rabia contenida que ella había sentido en sí misma tantas veces.

—No vamos a tener otra oportunidad —le dijo—. Si sobrevives, recuerda cada segundo de esto. Porque este es el mundo real.

Ana lo miró, y por primera vez no solo sintió miedo. Sintió una llama nueva ardiendo dentro de ella: la rabia que podía convertirse en fuerza.

[Escenario 2 – Claudia, Ceniza y Marisol]

En los túneles, la situación se volvía insostenible. Claudia estaba casi inconsciente, el pulso débil. Marisol presionaba con desesperación el torniquete, pero la sangre seguía filtrándose, empapando el suelo.

—¡Se me muere, Ceniza! —gritó, la voz quebrada.

Ceniza jadeaba, apoyado contra la pared, el machete aún incrustado en su hombro. Cada segundo era un suplicio. El dolor lo hacía temblar, pero su voz salió como un rugido:
—¡Entonces haz lo que tienes que hacer!

Marisol lo miró, los ojos rojos de lágrimas, sabiendo lo que eso significaba. Tenía que elegir: o intentar salvar a Claudia, con la posibilidad de que murieran todos atrapados, o arrancar de una vez el machete de Ceniza y jugársela a mantenerlo con vida para que pudiera luchar y cargar con ella.

Las botas metálicas resonaban en el túnel, acercándose. No había más tiempo.

Claudia abrió los ojos un instante, apenas consciente, y murmuró:
—No me… arrastres más… sálvense ustedes…

Marisol gritó, desesperada:
—¡Cállate, maldita sea! ¡No te voy a dejar!

Ceniza respiró profundo, apretando los dientes.
—Elige ya, Marisol. O morimos todos aquí.

El eco de los pasos se multiplicó. Estaban a segundos de ser descubiertos.

Marisol, con las manos temblando y la respiración agitada, levantó el cuchillo ensangrentado que había tomado de Elena. Su mirada oscilaba entre Claudia y Ceniza, entre la vida que se le escapaba y el hombre que resistía con furia.

El túnel entero se llenó de ese silencio insoportable, como si el mundo entero esperara a que ella decidiera.

El líder observa

En lo alto, frente a los monitores, el líder contemplaba ambas escenas: Ana huyendo con el hombre, y Claudia debatiéndose entre la vida y la muerte. Su sonrisa era oscura, casi ceremonial.

—Que elijan… —susurró, apoyando los dedos ensangrentados contra la pantalla—. Esa es la tortura más dulce: ver cómo se rompen al tomar decisiones.

Tiempo restante: 23 horas, 43 minutos.

La cuenta regresiva seguía.
Y con ella, el filo de la tragedia se acercaba más y más.

Capítulo 96 – Ecos del pasado

[Escenario 1 – Ana y el hombre]

El pasillo estaba sembrado de cadáveres, pero no había tiempo para detenerse. El hombre avanzaba con pasos firmes, arrastrando a Ana, que lo miraba con un desconcierto creciente. Sentía que él sabía demasiado de ella, más de lo que debía saber un extraño.

Al doblar una esquina, se refugiaron en una sala en penumbras. El hombre apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos un instante. Un recuerdo lo golpeó de lleno, tan brutal que lo obligó a apretar los puños hasta que la sangre se le escapó de las uñas.

[Flashback]
Era otra sala, años atrás. Ana, con apenas seis años, estaba desnuda, llorando, rodeada de sombras que se reían. Su cuerpecito temblaba mientras la exhibían como un objeto, su inocencia arrebatada en un espectáculo macabro. Entre las sombras, estaba Elena. No intervenía. No lloraba. No gritaba. Solo miraba, con la frialdad de quien había entregado a su propia hija.

El hombre lo había visto todo. Estaba infiltrado entre los asistentes, impotente, fingiendo ser uno de ellos para no ser descubierto. Aquella imagen lo persiguió desde entonces, y juró que, si alguna vez volvía a cruzarse con Ana, haría lo imposible por sacarla del infierno, aunque ella nunca supiera quién era él.

[Fin del flashback]

El hombre abrió los ojos, con la respiración entrecortada. Ana lo observaba, intrigada por la furia que irradiaba de su cuerpo.

—¿Qué viste? —preguntó, casi con miedo a escuchar la respuesta.

Él desvió la mirada.
—Algo que jamás debiste vivir. Algo que jamás perdonaré.

Ana lo sintió: esa rabia no era por él mismo, sino por ella. Y aunque no entendía por qué, un nudo de lágrimas le apretó la garganta.

[Escenario 2 – Claudia, Ceniza y Marisol]

En los túneles, el tiempo se agotaba. El eco de pasos enemigos se acercaba cada vez más. Claudia apenas respiraba, su piel tan pálida como la de un cadáver.

—¡Marisol! —gruñó Ceniza, sudando frío, el machete aún en su hombro—. ¡Hazlo ya!

Marisol gritó de impotencia, y con un movimiento desesperado arrancó el machete del cuerpo de Ceniza. Él rugió de dolor, cayendo de rodillas mientras la sangre brotaba, pero no cayó inconsciente. Su respiración era un trueno, pero sus ojos ardían con furia, como si la misma muerte le temiera.

Marisol usó la tela empapada de Claudia para presionar la herida de Ceniza, al mismo tiempo que intentaba detener la hemorragia de la amiga casi moribunda. Sus manos temblaban, manchadas de sangre, sus lágrimas caían sin detenerse.

—¡No puedo salvarlos a los dos! —gritó, destrozada—. ¡No puedo!

Claudia abrió los ojos apenas un segundo, lo suficiente para mirarla.
—Entonces… sálvalo a él… —murmuró con voz quebrada—. Yo… ya no tengo fuerzas…

Marisol rompió en sollozos, negando con la cabeza.
—¡No, no, no me pidas eso! ¡No te voy a dejar!

Ceniza, apretando los dientes, le puso una mano ensangrentada sobre el hombro.
—Ella sabe la verdad. Y tú también.

El eco metálico estaba encima. En cualquier instante serían descubiertos.

[Escenario 1 – Ana y el hombre, otra vez]

Las alarmas aún resonaban en el edificio. Ana sintió que su respiración se entrecortaba. Había visto morir a Patricia, había visto a su madre revelarse como traidora, y ahora este hombre cargaba con un secreto que la destrozaba por dentro.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó con la voz rota.

Él se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con una mezcla de dolor y odio.
—Porque ese día, cuando eras apenas una niña, yo juré que pagaría por ti lo que tu madre nunca hizo.

Ana retrocedió un paso, confundida, rota por dentro. No entendía si podía confiar en él, pero en sus palabras había una verdad que le arrancaba lágrimas de los ojos.

El líder observa

En su sala de control, el líder golpeaba la mesa con los puños, furioso por las interferencias.
—Se desangran, se quiebran, y aun así no mueren… —murmuró con una sonrisa torcida—. Pero pronto lo harán.

Tiempo restante: 23 horas, 27 minutos.

El reloj seguía, inexorable.
Y cada segundo arrastraba a Ana, a Claudia, a Ceniza y a Marisol más cerca del abismo.

Capítulo 97 – El filo del sacrificio

[Escenario 1 – Ana y el hombre]

El eco metálico de las botas resonaba en cada pasillo. El líder había soltado a sus mejores hombres, cazadores entrenados para cercar presas. Las alarmas rojas bañaban los muros, como si todo el edificio respirara sangre.

Ana corría detrás del hombre, con el corazón desbocado, mientras la imagen de Patricia desangrándose seguía clavada en su mente. El aire le quemaba los pulmones, las piernas temblaban, pero había algo en la figura frente a ella que la empujaba a seguir.

De pronto, un disparo reventó la pared a centímetros de su rostro. Ana gritó, cayendo al suelo. El hombre la levantó de inmediato y la empujó contra la sombra de una columna.

—¡Nos rodearon! —dijo él, con la respiración agitada, pero los ojos fijos, sin miedo—. Esto ya no es escape… es resistencia.

Ana, con la voz quebrada, le preguntó:
—¿Por qué arriesgas tu vida por mí? Ni siquiera sé quién eres…

El hombre apretó los dientes, recordando el flashback
que lo atormentaba: Ana niña, violada y exhibida frente a todos, mientras Elena la miraba en silencio, fría, cómplice.
Esa noche había marcado su vida tanto como la de ella.
Y aunque Ana no lo sabía, él era su padre, condenado a vivir en las sombras para desenmascarar a la organización.

Él respondió, sin revelar la verdad:
—Porque alguien tiene que romper este círculo. Porque no mereces ser un trofeo más de su juego.

Los pasillos vibraban con pasos acercándose. En cualquier segundo, estarían cara a cara con el líder.

[Escenario 2 – Claudia, Ceniza y Marisol]

El túnel se había convertido en un infierno. Claudia estaba apenas consciente, sus labios azules, el cuerpo frío. Marisol lloraba sin control, presionando la herida, mientras Ceniza, jadeando por el dolor del machete recién arrancado, intentaba mantenerse de pie.

—¡No me dejes, por favor! —rogaba Marisol, apretando la mano de Claudia—. ¡Aguanta un poco más, solo un poco más!

Claudia abrió los ojos con un esfuerzo casi sobrehumano. Sus labios se movieron apenas, dejando salir un murmullo:
—No… es tu culpa… sálvalo a él… tú aún puedes…

Marisol negó con la cabeza, un grito quebrado saliéndole del pecho.
—¡No me pidas eso, no me lo pidas!

Ceniza, tambaleante, puso su mano ensangrentada sobre el hombro de Marisol.
—Si muere aquí, será en vano todo lo que hicimos. Déjame cargarla yo… aunque me cueste la vida.

El sonido metálico de pasos se acercaba. La decisión no podía esperar más.
Marisol apretó los dientes, los ojos inundados en lágrimas, y con un rugido desgarrador tomó el cuerpo de Claudia entre sus brazos. Ceniza, herido, se alzó con fuerza bruta, cargando el machete aun goteando.

El túnel vibró con la llegada de hombres armados. No había salida fácil. Solo dolor.

[Escenario 1 – Ana y el hombre]

El silencio se quebró de golpe. De entre las sombras, emergió el líder. Su figura imponente parecía llenar el pasillo entero, la mirada fija en Ana, como si todo lo demás careciera de importancia.

—Finalmente —dijo con voz grave, casi satisfecha—. La pieza más valiosa está en mis manos.

El hombre se adelantó, bloqueando a Ana con su cuerpo. Su arma temblaba de rabia en la mano.
—Si la quieres, tendrás que matarme primero.

El líder sonrió, como un depredador seguro de su victoria.
—Eso será un placer.

Tiempo restante: 23 horas, 14 minutos.

El reloj seguía, implacable.
Dos escenarios. Dos batallas.
Un sacrificio que ya se sentía inevitable.

Capítulo 98 – El filo de dos destinos

[Escenario 1 – Ana y el hombre]

El aire en el pasillo se volvió más denso cuando el líder avanzó unos pasos, la mirada fija en el hombre que se interponía entre él y Ana.
Las luces rojas de alarma pintaban su rostro de sombras demoníacas, y cada palabra que salía de su boca era un golpe psicológico:

—¿Aún respiras, traidor? Me sorprende. Pensé que después de tantos años infiltrado, ya te habrías roto como todos los demás.

El hombre apretó los dientes, la respiración profunda, los recuerdos del pasado aún encendidos en su mente.
Ana lo observaba, con el cuerpo temblando, sin comprender quién era, pero sintiendo que ese enfrentamiento no era solo físico: era personal.

Con un rugido, el hombre se lanzó contra el líder. Los primeros golpes fueron brutales, directos: un puñetazo en la mandíbula, una patada al torso. El líder retrocedió apenas unos pasos, no por debilidad, sino por sorpresa.

—¡Te atreves! —escupió, y con una rapidez inhumana devolvió el ataque. Un golpe en el pecho lanzó al hombre contra la pared, haciéndolo escupir sangre.

Ana gritó, corriendo hacia él, pero el hombre alzó una mano, ordenándole que se detuviera.
—¡No te acerques! ¡No mientras yo siga respirando!

El líder reía con cada intercambio, como un depredador jugando con su presa.
—Siempre supe que había algo distinto en ti… ¿lo haces por ella? ¿Por esa niña que viste ser destruida frente a todos? Qué ironía… esa misma niña ni siquiera recuerda quién eres.

El hombre sintió que algo se rompía por dentro, no de dolor físico, sino del peso de la verdad que el líder había soltado como un cuchillo en el aire. Ana lo miró confundida, como si algo en esas palabras quisiera encajar en un rompecabezas imposible.

La batalla continuó, cada golpe resonando como un trueno en el pasillo. Sangre en el suelo, respiraciones entrecortadas, la sombra de la derrota cada vez más cercana.

[Escenario 2 – Claudia, Ceniza y Marisol]

En los túneles, el tiempo corría igual de despiadado.
Claudia jadeaba, cada respiración era un tormento. La pérdida de sangre había convertido su cuerpo en un cascarón frágil, y sus ojos apenas lograban mantenerse abiertos.

Marisol la sostenía entre sus brazos, sus lágrimas cayendo sobre el rostro de la amiga.
—¡Aguanta, por favor, aguanta! ¡No te vayas!

Claudia intentó sonreír, aunque apenas le quedaba fuerza.
—Ya no… puedo… —susurró, sus labios resecos temblando—. Pero ustedes… aún tienen que salir…

Ceniza, tambaleando con el hombro ensangrentado, se inclinó junto a ella.
—No digas eso, carajo… —gruñó, con la voz rota—. No pienso dejar que mueras aquí.

El eco de pasos enemigos retumbaba en el túnel, cada vez más cerca. Era cuestión de segundos antes de que los encontraran.
Claudia, con la mirada perdida, susurró algo que heló la sangre de ambos:
—Prométanme… que no dejarán que me tomen viva.

Marisol sintió que el mundo se le desplomaba encima.
—¡No! ¡No digas eso! ¡No voy a dejarte!

Pero Claudia sabía. Sus ojos, empañados de lágrimas, tenían la serenidad del sacrificio. Sabía que, si caía en sus manos, su destino sería peor que la muerte.
El sonido de las botas ya estaba sobre ellos.

[Escenario 1 – Ana y el hombre]

El hombre cayó de rodillas, sangrando por la boca. El líder lo levantó por el cuello con una sola mano, alzándolo del suelo como si no pesara nada.

—Mira bien, Ana —dijo el líder, girando su cabeza hacia ella—. Mira cómo muere aquel que intenta protegerte. Y entiende que nadie puede salvarte. Ni siquiera él.

Ana gritó, golpeando la pared con los puños, desesperada, impotente. Sus lágrimas corrían como fuego. El hombre la miró, apenas consciente, con un brillo de ternura en los ojos que ella no entendía, pero que le atravesaba el alma.

—Corre… —murmuró, antes de ser arrojado contra el suelo con un estruendo que sacudió todo el pasillo.

El líder se inclinó, con una sonrisa manchada de sangre.
—Cuando el reloj llegue a cero… te arrancaré todo lo que eres.

[Escenario 2 – Claudia]

El túnel explotó en caos. Hombres armados irrumpieron, disparando, gritando.
Ceniza levantó el arma con el poco aliento que le quedaba, devolviendo fuego, mientras Marisol abrazaba a Claudia con desesperación.

Claudia tomó aire por última vez, la voz apenas audible, como un susurro entre la sangre y el miedo:
—Ahora…

Marisol la miró con horror.
—No… por favor, no me lo pidas…

Ceniza, con lágrimas corriendo por su rostro endurecido, se inclinó, presionando la frente de Claudia con la suya.
—Te lo prometo, hermana… no serás su trofeo.

Un disparo resonó en la oscuridad.
El cuerpo de Claudia se estremeció una última vez, antes de quedar inmóvil entre los brazos de Marisol.

El túnel entero se llenó del eco de aquel sonido, y con él, el sacrificio de una de las últimas piezas del grupo.

Tiempo restante: 23 horas, 01 minuto.

Dos escenarios.
Un sacrificio.
Y el líder, más cerca que nunca de arrastrar a Ana al mismo destino.

Capítulo 99 – Ecos de Sangre

[Escenario 1 – Ana, el hombre y el líder]

El pasillo estaba cubierto de sangre y polvo. El aire olía a metal y ceniza, como si cada respiración fuese una cuchillada. Ana permanecía de pie, con las manos temblando, los ojos fijos en la silueta del hombre caído frente al líder.

El hombre se levantó con dificultad, tambaleante, escupiendo sangre. Sus piernas apenas respondían, pero su mirada ardía.
El líder sonrió, como un verdugo satisfecho:
—Aún no aprendes a rendirte. Eso es lo que más me divierte.

Ana sintió un nudo en el estómago. Había algo en esa escena, en la forma en que el hombre la miraba antes de levantarse, que le removía recuerdos dormidos. Una mirada cálida, una sombra en su memoria, pero imposible de encajar.

El líder dio un paso hacia ella, alargando la mano como si reclamara lo que le pertenecía.
—Ven conmigo, Ana. Resístete lo que quieras, pero el final está escrito. Tú eres el rostro de la obediencia quebrada.

El hombre se interpuso de nuevo, con un rugido animal, y con un último impulso embistió al líder, estrellándolo contra la pared. El impacto hizo retumbar todo el corredor, pero la diferencia de fuerzas era evidente. El líder respondió con un puñetazo seco que lo lanzó varios metros, golpeando contra el suelo con un crujido de huesos.

Ana corrió hacia él, arrodillándose a su lado.
—¡No, no me dejes! —gritó, sin entender todavía por qué su desesperación era tan grande.

Él apenas respiraba, pero alcanzó a tomar la mano de Ana, apretándola con fuerza.
—Tienes… que vivir. No importa lo que pase conmigo… —susurró con un hilo de voz.

El líder observaba la escena, con calma, como un cazador seguro de que la presa no tenía salida.
—Hermoso. Incluso en la derrota, logras que ella crea que tiene esperanza.

Ana sintió cómo su corazón se partía, atrapada entre la furia y el miedo. Algo en ella despertaba, una rabia que la quemaba por dentro, pero aún sin forma de estallar.

[Escenario 2 – Marisol y Ceniza]

El túnel era un cementerio de ecos. Los disparos aún resonaban detrás, mientras el humo y el olor a pólvora impregnaban todo. Marisol cargaba el cuerpo sin vida de Claudia hasta que, sin fuerzas, cayó de rodillas, gritando desgarrada.

—¡Malditos sean todos! ¡Malditos!

Ceniza, tambaleante, con el hombro envuelto en sangre, se acercó y la obligó a soltar el cuerpo.
—Ya no hay tiempo —dijo con voz rota, la mandíbula apretada—. Si nos quedamos, su sacrificio no habrá servido de nada.

Marisol lo miró, con los ojos enrojecidos por el llanto, incapaz de aceptar esa realidad.
—¿Y qué queda de nosotras? ¿Qué queda de todo esto?

Ceniza apoyó la frente contra la de ella, respirando con dificultad.
—Queda que sigamos respirando… aunque sea a pedazos.

Los pasos enemigos regresaban, acercándose como una marea. Marisol, con las manos aún teñidas de la sangre de Claudia, se levantó con una furia fría.
—Entonces que vengan. Que me arranquen todo. No pienso rendirme.

Ceniza asintió, levantando su arma. Aunque cada músculo de su cuerpo gritaba dolor, el recuerdo de Claudia lo mantenía firme.

[Escenario 1 – El líder y Ana]

El líder, con un gesto casi ceremonial, sacó un cuchillo curvo, su filo brillando bajo las luces rojas.
—El tiempo avanza, y tus amigas se apagan una por una. Es hora de que entiendas, Ana: la resistencia no existe.

El hombre trató de levantarse una vez más, pero su cuerpo ya no respondía. Apenas pudo murmurar algo que Ana escuchó entre lágrimas:
—No te rindas… hija…

La palabra hija quedó flotando en el aire como una bomba.
Ana se quedó helada, el mundo derrumbándose alrededor de ese único sonido.
Sus ojos se abrieron con horror, entendiendo al fin quién era él.

El líder arqueó una ceja, sorprendido por aquella confesión inesperada.
—Vaya… entonces el traidor revela su última carta.

Ana no pudo respirar, no pudo hablar. La revelación la destrozaba y al mismo tiempo encendía algo dentro de ella. Todo lo que había creído perdido regresaba de golpe, pero teñido de sangre y de dolor.

El líder levantó el cuchillo, apuntando al hombre en el suelo.
—Entonces morirás frente a tu hija. Para que ella aprenda lo que significa pertenecerme.

Ana gritó con todas sus fuerzas. El eco se extendió por los pasillos, una mezcla de miedo, rabia y desesperación.

Tiempo restante: 22 horas, 43 minutos.

Dos escenarios.
Un secreto revelado.
Y el reloj sigue corriendo, cada vez más cerca del abismo.

Capítulo 100 – El rugido de los que aún respiran

[Escenario 1 – Ana, su padre y el líder]

El reloj seguía corriendo en la pantalla: 22 horas, 43 minutos. Cada segundo era un latido en el pecho de Ana, un recordatorio cruel de que el tiempo no estaba a su favor.

El hombre, tirado en el suelo, intentaba levantarse, pero el líder lo dominaba con la bota presionando su pecho. El cuchillo curvo brillaba, casi rozando su cuello.

—¿Lo ves, Ana? —dijo el líder, con esa voz gélida que helaba la sangre—. Tu propia sangre, tu padre, no pudo salvarte ni de niña, ni ahora. Y tú… no eres nada más que el reflejo de su fracaso.

La palabra padre explotaba en la mente de Ana. Un recuerdo vago la atravesó: la silueta de un hombre que la levantaba en sus brazos cuando era niña, la promesa de que nada malo le pasaría… promesa rota la noche en que la exhibieron y la destruyeron frente a todos. Lágrimas de furia y confusión recorrían su rostro.

El hombre alcanzó a hablar, jadeante, su voz quebrada pero firme:
—Ana… no lo escuches… tú eres más fuerte que todos ellos…

El líder, con un movimiento rápido, lo levantó por el cuello y lo estrelló contra la pared, dejando una mancha de sangre.
—¿Más fuerte? —rió con desdén—. Ella es mía. Como lo fue su madre, como lo fueron todas las que entregué al círculo.

Ana sintió que el mundo se le venía abajo. Elena, su madre, parte de esa red oscura. Y ahora, frente a ella, su padre, revelado en el peor escenario posible. La mezcla de emociones la desgarraba: amor, odio, impotencia, culpa.

—¡Basta! —gritó con un alarido que desgarró la penumbra.

El eco de su voz resonó como si las paredes mismas hubiesen temblado. Por primera vez, el líder giró el rostro hacia ella con interés, como si esa furia fuese justo lo que había estado esperando.

**

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

En el túnel, Ceniza disparaba con el dolor corriendo por cada nervio de su cuerpo. El machete incrustado en su hombro lo hacía casi imposible de mover, pero aun así cada bala derribaba a un enemigo.
Marisol, con lágrimas aún frescas por la pérdida de Claudia, peleaba con rabia ciega, cortando con un cuchillo las gargantas de quienes se acercaban demasiado.

Los enemigos eran incontables. Cada vez que caía uno, otros dos aparecían. El túnel se convertía en un río de sangre.

Marisol gritaba:
—¡No vamos a caer aquí! ¡No sin llevarnos a decenas de ellos!

Ceniza, jadeando, respondió con una carcajada amarga:
—Que lo anoten… que sepan que fuimos huesos imposibles de romper.

Ambos estaban rodeados, pero se mantenían firmes, como si el espíritu de Claudia aún luchara a su lado.

**

[Escenario 1 – Ana, el padre y el líder]

El líder empujó al hombre contra el suelo y lo pateó en las costillas, hasta dejarlo sangrando y casi inconsciente. Después, levantó el cuchillo y lo puso frente al rostro de Ana.

—Dime, Ana… —murmuró, con un tono casi suave, como un veneno—. ¿Quieres verlo morir ahora? ¿O prefieres que lo reserve para cuando el contador llegue a cero?

Ana no respondió. Sus ojos ardían, su respiración se aceleraba. El miedo se mezclaba con un odio que la consumía desde adentro.

El hombre, entre la sangre y el dolor, alcanzó a gritar:
—¡Corre, Ana! ¡No te rindas!

Pero Ana no corrió. No podía. No después de todo. Sus piernas temblaban, sí, pero se mantuvo firme, enfrentando al líder.
—No tienes idea de lo que me queda todavía —dijo, con la voz quebrada pero cargada de rabia.

El líder sonrió, satisfecho.
—Entonces muéstramelo.

En ese instante, el sonido de una explosión retumbó desde los túneles. Las paredes temblaron, el humo comenzó a colarse por las grietas. El líder giró la cabeza un segundo, lo suficiente para que el hombre se lanzara sobre él, mordiéndole el brazo con furia, arrancando un pedazo de carne.

El líder rugió, apartándolo de un golpe, pero ya la tensión se había quebrado. Ana aprovechó para correr hacia el hombre y ayudarlo a levantarse, aunque apenas podía sostenerse.

**

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

La explosión había sido su última carta: dinamita improvisada en el túnel.
Docenas de enemigos quedaron sepultados bajo rocas y fuego.
El estruendo sacudió sus cuerpos, lanzándolos al suelo, pero también abrió un camino.

Ceniza se arrastraba, con el hombro ardiendo, mientras Marisol lo ayudaba a ponerse en pie.
—¡Vamos! —gritó, aunque la garganta le ardía—. ¡Este no es nuestro final!

Ambos avanzaban tambaleantes, con el humo y las llamas detrás. El sacrificio de Claudia aún pesaba, pero su sangre les daba fuerza.

**

[Escenario 1 – Ana y el líder]

El líder, furioso, se limpió la sangre del brazo con calma, como si nada lo detuviera.
—Juegan con fuego… y no tienen idea de la magnitud del incendio que desataron.

El reloj seguía corriendo.
Ana lo miraba, sintiendo que cada segundo la arrastraba a un destino inevitable. Pero algo había cambiado: ya no estaba sola.
Aunque su padre apenas pudiera mantenerse de pie, aunque el mundo estuviera en ruinas, había un lazo invisible que la sostenía.

Y en ese instante, supo que la verdadera batalla apenas estaba comenzando.

**

Tiempo restante: 22 horas, 29 minutos.

El túnel arde.
El pasillo sangra.
El líder sonríe.
Y Ana, por primera vez, no tiembla.

Capítulo 101 – La respuesta del abismo

[Escenario 1 – Ana, su padre y el líder]

El eco de la explosión aún retumbaba en las paredes cuando el líder se levantó con una calma aterradora, sacudiendo el polvo de su abrigo oscuro. La sangre chorreaba de la herida en su brazo, pero en lugar de mostrar debilidad, su sonrisa se ensanchó.

—¿Eso es todo? —dijo, con la voz grave, resonante, como un trueno—. Me hacen sangrar, y creen que han ganado algo…

Ana ayudaba a su padre a ponerse de pie, con los brazos temblorosos por el peso de su cuerpo. Sus ojos se cruzaron, y aunque Ana no lo reconocía plenamente como su padre, en su interior una chispa de memoria seguía viva.

El líder sacó un control negro de su bolsillo. Lo levantó con parsimonia, y al presionar un botón, todas las pantallas del pasillo se iluminaron al mismo tiempo.

Ana contuvo el aliento. Patricia. Claudia (la imagen de su cuerpo caído). Videos antiguos, de ellas mismas en momentos de tortura, fueron proyectados en bucle. Gritos, jadeos, sangre. Una cadena de humillaciones convertida en espectáculo.

El líder extendió los brazos como un sacerdote en pleno ritual:
—El mundo los observa. Cada treinta minutos, cada gota de su sufrimiento se multiplica en las redes. No hay escapatoria. Son eternas, incluso si mueren aquí.

Ana gritó, tapándose los oídos, sintiendo que el peso de esas imágenes la destrozaba. Su padre intentó cubrirla con su cuerpo, aunque apenas podía sostenerse.

—¡Déjala en paz, maldito! —rugió, pero el líder lo silenció con una patada en el estómago que lo dejó jadeando en el suelo.

Ana cayó de rodillas, entre rabia e impotencia. El veneno psicológico era peor que cualquier golpe físico: saber que su dolor se había convertido en un espectáculo público.

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

En los túneles, el humo y la sangre lo cubrían todo. Ceniza apenas podía moverse, el machete seguía clavado en su hombro, pero se negaba a dejarlo atrás. Marisol lo arrastraba como podía, con los ojos inyectados de furia y lágrimas.

De repente, las luces del túnel parpadearon, y una proyección holográfica apareció en las paredes de roca: las mismas escenas que Ana y su padre veían en los pasillos. Patricia, humillada, ensangrentada. Claudia, caída. Y luego imágenes de Marisol misma, grabaciones de cuando había estado prisionera.

Marisol se desplomó contra la pared, temblando.
—No… no puede ser… yo… no recuerdo…

Ceniza la sujetó, con la mandíbula apretada.
—Eso es lo que hacen. Te rompen la mente, borran pedazos, te reconstruyen para que nunca sepas si lo viviste o lo soñaste.

Ella gritó con desesperación, golpeando el suelo con los puños.
—¡Nos tienen atrapados incluso dentro de la cabeza!

Ceniza la levantó como pudo.
—Entonces rompamos la maldita cabeza de la serpiente.

Ambos siguieron avanzando, con el eco de los gritos proyectados en las paredes persiguiéndolos como fantasmas.

[Escenario 1 – Ana]

El líder se inclinó frente a Ana, sujetándola del rostro con fuerza.
—¿Entiendes ya, pequeña? Tu cuerpo, tu mente, tus recuerdos… todo es mío. Hasta tu rabia me pertenece.

Ana lo miró, temblando, pero algo en sus ojos cambió. No era sumisión. Era un brillo distinto, más oscuro. El mismo que había nacido en el pasillo cuando gritó contra él.

—Te juro… que no vas a ganar —murmuró con la voz rota, pero firme.

El líder sonrió.
—Eso mismo dijo tu madre antes de entregarte.

Las palabras atravesaron a Ana como un cuchillo. El recuerdo de Elena, sus risas, sus ausencias, sus silencios. El vacío se llenó de un odio puro.

Tiempo restante: 21 horas, 57 minutos.

Las pantallas siguen proyectando la humillación de las que aún respiran.
El túnel arde con la furia de los que no se rinden.
Y en medio del abismo, la chispa en los ojos de Ana amenaza con convertirse en incendio.

Capítulo 102 – El eco fuera de los muros

El reloj seguía marcando su cuenta regresiva: 21 horas, 57 minutos.
Dentro del edificio, Ana resistía la tormenta.
Pero afuera… el mundo comenzaba a arder.

[Escenario exterior – La ciudad]

Miles de pantallas en plazas públicas, bares y teléfonos móviles estaban siendo intervenidas. El líder lo había planeado: cada transmisión era emitida en vivo, sin censura, mostrando a Patricia ultrajada, a Claudia mutilada, a Ana sometida y quebrada.
La ciudad entera estaba paralizada.

En las calles, la gente gritaba, algunos lloraban, otros grababan y compartían más, sin darse cuenta de que alimentaban la cadena del horror. Los medios internacionales empezaban a cubrirlo: “El mayor escándalo de violencia organizada en la historia”.

Pero lo más terrible eran los comentarios en las redes: unos pedían justicia desesperadamente, otros lo consumían con morbo, otros lo negaban como si fuese ficción. El dolor de las víctimas se había vuelto espectáculo global.

[Escenario – La policía]

En una sala oscura de la central, pantallas múltiples mostraban las mismas transmisiones. El comandante, con las manos en la cabeza, murmuró:
—No puede ser… esto no puede estar pasando en nuestra jurisdicción.

Un agente golpeó la mesa.
—¡Se lo advertimos hace meses! Esa organización tenía raíces profundas, y nadie quiso mover un dedo.

El silencio se apoderó de la sala. Sabían que la negligencia los había condenado. Ahora todo estaba expuesto.

El comandante ordenó:
—Movilicen a todas las unidades. Que los helicópteros sobrevuelen la zona industrial y el distrito abandonado. Pero no intervengan todavía. Si entramos a la fuerza… matarán a todas esas chicas en vivo.

El dilema los asfixiaba: actuar era arriesgar una masacre. No actuar era ser cómplices.

[Escenario – El gobierno]

En el Palacio, los ministros se reunieron de urgencia.
La presidenta golpeó la mesa con furia.
—¡No más! No podemos dejar que este monstruo exhiba la impotencia de un país entero.

El ministro de Defensa respondió con voz seca:
—Con todo respeto, señora presidenta, ya no se trata solo de un asunto nacional. La transmisión está siendo replicada en más de cuarenta países. Esto es un ataque a nivel global.

Mostró un informe: el líder tenía aliados infiltrados en cuerpos de seguridad, políticos comprados, empresarios que financiaban la red. No era una simple banda: era un sistema entero que había crecido como un tumor en las entrañas del poder.

La presidenta, con los ojos rojos de rabia, susurró:
—Entonces… lo que está en juego no es solo la vida de esas mujeres. Es el alma del país entero.

[Escenario interior – El eco llega]

Mientras tanto, dentro del edificio, Ana notó algo extraño. Las pantallas ya no solo mostraban sus sufrimientos. Ahora aparecían imágenes del exterior: marchas en las calles, personas gritando su nombre, pancartas con su rostro ensangrentado.

El líder lo había permitido. Lo disfrutaba.
—¿Ves, Ana? —murmuró, inclinándose hacia ella—. Ya no eres una víctima. Eres un espectáculo global. El mundo se arrodilla frente a tu dolor.

Ana sintió náuseas, su cuerpo temblaba. Pero en el fondo de sus entrañas nació un pensamiento: si todo el mundo está mirando, también todo el mundo verá cuando él caiga.

Su padre, herido en el suelo, levantó la mirada hacia ella.
—Aguanta… hija… —susurró, y aunque Ana aún no lo reconocía, esas palabras golpearon su corazón con una fuerza que el líder no pudo prever.

[Escenario paralelo – Ceniza y Marisol]

En un túnel oscuro, Ceniza arrastraba su cuerpo sangrante, mientras Marisol apenas podía mantener la cordura tras ver su pasado proyectado. De pronto, oyeron ruido de helicópteros sobre sus cabezas.

Marisol alzó la vista, y lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
—El mundo nos está escuchando… ya no somos solo sombras en este lugar.

Ceniza sonrió, pese al dolor que lo desgarraba.
—Entonces hagamos que escuchen nuestros gritos de guerra.

Tiempo restante: 21 horas, 41 minutos.

En el exterior, las multitudes claman justicia.
En el gobierno, el poder tambalea.
En la policía, la impotencia pesa como plomo.
Y en el corazón del infierno, Ana comienza a vislumbrar que su dolor puede convertirse en el arma más temida por el líder: la verdad expuesta.

Capítulo 103 – Ecos del derrumbe

El sonido de las sirenas y los helicópteros seguía vibrando en las paredes del complejo. Desde dentro, cada retumbo del exterior era como un recordatorio de que ya no estaban aislados: el mundo había visto, y el mundo exigía.

[Escenario 1 – Ana y su padre]

Ana sostenía con fuerza la mano de su padre. Su rostro estaba bañado en lágrimas y sangre seca, y aunque todavía sentía la confusión por todos los años de ausencia, ya no había duda:
—Papá… —susurró, con la voz rota.

Él apenas pudo apretar su mano, jadeando. Sus ojos, oscuros y cansados, se llenaron de una ternura que hacía demasiado no existía en la vida de Ana.
—Perdóname… no estuve cuando más me necesitabas. Pero ahora no pienso dejarte sola.

Las pantallas parpadeaban alrededor, mostrando imágenes en directo. Patricia degollada. Elena muerta. Y entre los múltiples videos, la silueta de Valeria colgada de una cuerda volvía a proyectarse como un fantasma del pasado. El líder lo había hecho adrede: cada mujer que Ana había amado o perdido era usada como un arma psicológica.

Ana hundió la cabeza entre sus rodillas, ahogada en sollozos, sintiendo que el aire la abandonaba.
El líder, herido, pero aún erguido, se inclinó hacia ella.
—¿Ya ves? —dijo con voz lenta, saboreando cada palabra—. Todo lo que has tocado muere, Ana. Claudia, Valeria, Patricia… incluso tu madre. Eres un cáncer, y ellos lo saben.

Ana levantó la mirada con furia. Pero su padre la sujetó, interponiéndose.
—No escuches sus venenos. Tu dolor no te hace débil… la hace temblar a él.

El líder sonrió de nuevo, con la calma de alguien que aún se siente invencible.

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

En un pasillo destrozado por las explosiones, Marisol presionaba con telas improvisadas la herida de Ceniza. El machete ya había sido retirado, pero la hemorragia continuaba, aunque más lenta. Ceniza respiraba con dificultad, el sudor cubriéndole el rostro.

—No me dejes, maldita sea… —murmuró Marisol, con lágrimas corriéndole por las mejillas.

Ceniza sonrió, aunque el dolor lo hacía estremecerse.
—No soy tan fácil de matar… pero cuando salgamos de aquí, me debes una cerveza.

Marisol no pudo contener la risa nerviosa, mezclada con llanto. Era esa chispa de humanidad en medio del horror lo que la mantenía en pie.

A lo lejos, escucharon los helicópteros sobrevolando el edificio. Las luces se filtraban por las grietas, y Marisol alzó la vista.
—Nos están buscando… pero si entran, morimos todos.

Ceniza frunció el ceño.
—Entonces tenemos que ser nosotros los que acabemos con él. Nadie más.

[Escenario 3 – El eco exterior]

Las calles de la ciudad estaban en caos. En pantallas gigantes, se repetían las escenas de las víctimas. Las imágenes de Patricia degollada en directo eran imposibles de borrar: miles de personas gritaban, lloraban, algunos rezaban, otros pedían venganza.

El gobierno mantenía reuniones urgentes. La presidenta, golpeando la mesa, exigía resultados.
—¡Deténganlo, aunque el edificio entero tenga que caer!

Pero el jefe de inteligencia negó con la cabeza.
—No es tan simple. El líder no solo transmite… controla el flujo. Si intentamos cortar las señales, el mundo entero creerá que lo protegemos. Y si entramos sin estrategia, ejecutará a Ana y a las demás en vivo.

Las fuerzas especiales, armadas y listas, aguardaban la orden. Afuera había presión mundial. Dentro, el reloj corría.

[Escenario 1 – Ana frente al líder]

El líder alzó un mando y señaló una de las pantallas. Esta vez no era Patricia ni Claudia. Era un video antiguo, guardado en la oscuridad: la pequeña Ana, con apenas seis años, encerrada en aquella habitación donde fue exhibida y ultrajada, mientras su madre Elena guardaba silencio en la otra habitación.

Ana gritó, cayendo de rodillas, sintiendo que el alma se le desgarraba. Su padre quiso cubrir la pantalla, pero no alcanzó.

El líder extendió los brazos.
—Esto siempre fue tu destino. Desde niña estabas marcada. Tu madre lo permitió, tu padre no estuvo, y ahora el mundo entero lo celebra.

Ana, temblando, sintió que el aire se volvía fuego en sus pulmones. Y entonces, en medio de ese abismo, se levantó. Sus ojos ardían, no de miedo, sino de una furia distinta.

—No… —dijo con la voz ronca, firme, mientras sus lágrimas caían—. No soy tu trofeo. No soy tu espectáculo. Soy la que va a destruirte.

Su padre la miró, con orgullo y miedo a la vez. El líder, por primera vez en mucho tiempo, perdió la sonrisa.

Tiempo restante: 21 horas, 12 minutos.

Las calles claman justicia.
La policía y el gobierno tiemblan entre la acción y la parálisis.
En los pasillos, Ceniza y Marisol luchan por sobrevivir.
Y frente al líder, Ana ya no es solo una víctima: es un incendio que comienza a prenderse.

Capítulo 104 – La grieta en la corona

El edificio ardía en gritos y metal. Explosiones aisladas resonaban en las entrañas de los muros, como si la propia estructura empezara a resquebrajarse por dentro. La organización, antes implacable, ya no era un bloque sólido: las grietas aparecían, y cada segundo parecía acercar el derrumbe.

[Escenario 1 – Ana y su padre]

Ana permanecía de pie frente al líder, con su padre sangrando a un lado, apenas sosteniéndose. Sus ojos, aún enrojecidos por las lágrimas, se habían convertido en un fuego de rabia.

El líder la miraba, serio, y por primera vez la burla había desaparecido de su rostro.
—Tu resistencia me divierte… pero no cambia nada.

Ana respiraba con dificultad, sus manos temblaban, pero la voz le salió como un látigo:
—¿De verdad crees que controlas todo? Te equivocas. Estás perdiendo… y lo sabes.

El padre de Ana, jadeando, escupió sangre al suelo.
—Tus hombres… ya no confían en ti. El mundo te está mirando. No puedes matarla sin caer con ella.

Un rugido de furia estalló en el líder, golpeando la mesa cercana hasta astillarla. El eco se mezcló con las alarmas y los ruidos de tiroteos en los niveles superiores.

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

Ceniza apenas podía mantenerse en pie, pero aún empuñaba un arma recuperada de uno de los guardias caídos. Marisol lo sostenía con el brazo libre, intentando avanzar entre pasillos derrumbados.

De pronto, se toparon con un grupo de guardias armados. La tensión era insoportable: ellos dos apenas podían luchar… pero algo inesperado ocurrió.

Uno de los guardias bajó el arma.
—Ya basta —dijo, con la voz rota—. No firmamos para esto… no para niñas torturadas, no para transmisiones de muerte.

Marisol lo miró, incrédula. Ceniza, con la respiración entrecortada, murmuró:
—La grieta ya empezó. Están cayendo desde dentro.

Un disparo estalló de improviso: otro guardia, leal al líder, ejecutó a su propio compañero rebelde frente a ellos. El pasillo se convirtió en un baño de fuego cruzado. Ceniza y Marisol se tiraron al suelo, disparando de vuelta.

[Escenario 3 – El exterior]

En las calles, miles de personas gritaban frente a pantallas gigantes. Las imágenes eran insoportables: cuerpos, sangre, gritos. El gobierno ya no podía contener la presión.

La presidenta golpeó el tablero de mando.
—¡Entren ya!

Los comandos de asalto avanzaron hacia el edificio, mientras las transmisiones seguían en vivo. El mundo entero contenía la respiración.

[Escenario 1 – El líder, Ana y el padre]

El líder caminó hacia Ana, con una calma que erizaba la piel.
—Mírame bien, Ana. Este no es tu momento de victoria… es el inicio de tu final.

Su padre se interpuso, aunque apenas podía mantenerse en pie.
—Si la tocas… no saldrás vivo de aquí.

El líder sonrió, pero algo en sus ojos ya no era invencible: era rabia contenida.

Las luces parpadearon. El sistema de transmisión se saturó, mostrando por segundos imágenes entrecortadas: traiciones internas, muertes de sus propios hombres, datos de cuentas secretas de la organización…

Una filtración.

El padre de Ana apretó los dientes.
—Alguien dentro… alguien de los tuyos te está destrozando desde las sombras.

El líder gritó de furia, golpeando una de las pantallas hasta romperla.

Ana dio un paso al frente, con la mirada fija, la voz rota pero firme:
—Ya no eres un dios. Solo eres un hombre… y estás sangrando.

Tiempo restante: 19 horas, 47 minutos.

Las grietas se abren en la corona del líder.
Ceniza y Marisol sobreviven en medio del caos.
El gobierno se acerca a la intervención.
Y Ana ya no es la misma niña rota: ahora es la chispa que puede incendiar el final.

Capítulo 105 – El Asalto de las Sombras

El aire se volvió humo, pólvora y metal. Desde las azoteas del complejo, ráfagas de helicópteros iluminaban el cielo nocturno con haces de luz que parecían cuchillas atravesando la oscuridad. Las alarmas rugían sin detenerse, anunciando lo inevitable: el asalto había comenzado.

[Escenario 1 – El exterior: la irrupción]

Los comandos descendieron en cuerdas, las botas golpeando el concreto. Explosiones estratégicas sacudieron los puntos de entrada. Los hombres del líder respondieron con fuego, y en segundos las paredes se llenaron de metralla.

El mundo entero miraba en vivo: no había espacio para el error, no había respiro para los inocentes que aún quedaban atrapados.

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

El estruendo de la batalla resonó en el pasillo donde Marisol ayudaba a Ceniza a mantenerse en pie. La sangre había manchado casi toda su ropa, pero Ceniza seguía avanzando, con los dientes apretados.

—No vamos a morir aquí… —murmuró él, empuñando un fusil improvisado.

Marisol, con el pulso acelerado, lo sostuvo. Sus ojos se cruzaron, y en ese instante, sin palabras, ambos supieron que, aunque quedara poco, lucharían hasta el final.

A lo lejos, un estallido de voces y disparos les avisó que los comandos ya habían roto la primera línea de defensa. Pero eso significaba algo más: los fieles al líder redoblarían su violencia.

[Escenario 3 – El líder, Ana y su padre]

La sala principal se iluminaba con el parpadeo errático de las pantallas, algunas ya agrietadas. El líder, con el rostro crispado de rabia, mantenía el control del sistema desde un terminal blindado.

Ana estaba a su lado, su padre frente a ella, ambos atrapados en un triángulo de tensión imposible.

El líder habló con voz firme, aun con la batalla rugiendo afuera:
—El mundo cree que me acorrala… pero no entienden. Incluso si me matan, mi legado ya está sembrado. Tú, Ana… eres la semilla.

Ana escupió al suelo, con una mezcla de odio y asco.
—Nunca seré tu herencia.

Su padre se adelantó, tambaleante, pero con la furia sostenida en los ojos.
—Ella es mi hija. Y lo que sembraste… se va a pudrir contigo.

El líder sonrió, aunque era una sonrisa rota. Tomó un arma corta de la mesa, apuntando a Ana. Su dedo acarició el gatillo.

En ese instante, un estruendo sacudió la pared: un grupo de comandos irrumpió en la sala. El fuego cruzado estalló, proyectiles rebotando en el metal.

El padre de Ana la cubrió con su cuerpo, lanzándola contra el suelo para protegerla. El líder se cubrió detrás de las consolas, devolviendo disparos con precisión letal.

[Escenario 4 – La grieta interna]

En otros pasillos, soldados de la organización se enfrentaban entre sí: unos defendiendo al líder, otros disparando contra sus propios compañeros. La fractura ya no podía ocultarse: el miedo, el horror de lo que habían transmitido al mundo, estaba cobrando factura.

Uno de los desertores gritaba mientras disparaba:
—¡No más niñas muertas! ¡No más sangre para él!

Pero los leales respondían con fanatismo:
—¡Él es eterno! ¡Él es el futuro!

La lucha era tan salvaje que las paredes parecían llorar sangre.

[Escenario 3 – De nuevo en la sala principal]

Ana se arrastró entre el humo, su corazón golpeando como un martillo. A su alrededor, el fuego cruzado no cesaba. El líder, protegido tras su consola, lanzó una mirada directa hacia ella.

—¿Quieres ser libre, Ana? Ven a mí y te mostraré que no existe libertad.

Su padre intentó levantarse, pero una bala le rozó el costado, arrancándole un grito. Aun herido, extendió la mano hacia Ana.
—¡No lo escuches! ¡Resiste, Ana!

Ana quedó en medio: la voz venenosa del líder en un oído, la voz quebrada de su padre en el otro, y el eco de todas las muertes que cargaba en la memoria pesándole como cadenas.

Tiempo restante: 17 horas, 05 minutos.

El edificio es un infierno:
Los comandos asaltan, las fuerzas internas se rompen, y en el centro de todo, Ana enfrenta la decisión de ceder o arder con su furia.

Capítulo 106 – La Sangre del Último Umbral

El humo ya se había convertido en una niebla que cegaba, quemaba y ahogaba. Cada disparo era un trueno en los huesos, cada explosión hacía temblar el piso como si el propio edificio quisiera desplomarse.

[Escenario 1 – La sala principal]

Ana estaba acorralada entre dos mundos: a su izquierda, su padre, sangrando por la herida del costado, pero aún con la mirada fija y encendida; a su derecha, el líder, con la pistola humeante en la mano y esa sonrisa rota, mezcla de odio y fascinación.

El líder habló, su voz grave resonando incluso por encima del tiroteo que sacudía el pasillo:
—Mírate, Ana. Todo lo que hiciste, todo lo que sufriste… ¿para qué? Sigues siendo mía.

Ana temblaba, no de miedo, sino de rabia contenida. El recuerdo de Patricia degollada, de Valeria colgada, de Claudia muerta, de su madre traicionándola… todo hervía dentro de ella.

—No soy tuya… —susurró, la voz quebrada—. Nunca lo fui.

Su padre, tambaleante, se interpuso con un rugido que parecía salido de sus entrañas.
—¡Si quieres tocarla, tendrás que pasar sobre mí!

El líder no dudó. Disparó.

La bala alcanzó el hombro del padre, haciéndolo retroceder contra la pared. Ana gritó, pero su padre, en vez de caer, aprovechó el impulso y se lanzó hacia adelante con una daga escondida.

El choque fue brutal. El arma cayó al suelo. El líder y el padre de Ana rodaron por el piso, golpeándose con la furia de animales salvajes.

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

Al otro extremo del complejo, Ceniza jadeaba, apenas sosteniéndose, con Marisol tirando de él mientras avanzaban. El estruendo del enfrentamiento en la sala principal los guiaba como una brújula hacia el epicentro del infierno.

—Tenemos que llegar… —murmuró Ceniza, con la voz rota.
—Llegaremos —contestó Marisol, con un brillo de lágrimas y rabia en los ojos—. No nos vamos a quedar mirando cómo muere.

El eco de las balas les marcaba el camino.

[Escenario 3 – El combate final comienza]

El líder y el padre de Ana se levantaron al mismo tiempo, las ropas desgarradas, la sangre manchando el suelo. El líder era fuerte, ágil, implacable; pero el padre de Ana tenía algo más: una rabia que llevaba años incubándose, alimentada por cada segundo en el que había visto sufrir a su hija.

Ana, paralizada, observaba el combate. Las manos le temblaban, pero sus ojos ya no eran de una víctima: eran los de alguien que entendía que estaba en el umbral del final.

El líder embistió, sujetó al padre de Ana por el cuello y lo levantó contra la pared. El crujido del hueso sonó en la sala como un eco mortal.

—Eres patético —escupió el líder—. Toda una vida escondida, infiltrado… ¿para qué? ¡Tu hija será mía, igual que lo fue su madre!

Ana sintió el mundo derrumbarse con esas palabras. Su madre… su traición… ahora todo estaba unido.

El padre, con la última fuerza de su brazo libre, clavó la daga en el costado del líder. La sangre brotó, oscura, caliente, y el líder lo soltó con un rugido bestial.

El arma cayó al suelo, rebotando entre ellos.

Los tres se miraron, los tres jadeaban, los tres estaban bañados en sangre.

Tiempo restante: 15 horas, 12 minutos.

El edificio cruje, los pasillos son fuego y humo, y en el centro de todo, el líder, el padre y Ana, al fin frente a frente, sin testigos, sin máscaras, sin escapatoria.

Capítulo 107 – El Precio de la Sangre

El choque de metales, el golpeteo de botas, el eco de los disparos… el edificio entero era un monstruo rugiendo. El humo era tan espeso que apenas se distinguían las siluetas, y las alarmas seguían marcando el tiempo como un reloj macabro.

[Escenario 1 – La batalla en la sala principal]

El líder sangraba por el costado, pero no cedía. Con los ojos encendidos por una locura casi sobrenatural, tomó la daga que el padre de Ana le había clavado y la arrancó de su cuerpo con un gruñido animal.

El padre tambaleó, jadeando, con la camisa empapada en sangre. Aun así, se plantó frente a él, extendiendo un brazo para cubrir a Ana, que observaba la escena con lágrimas y rabia a partes iguales.

—Ana… —dijo con voz rota—. Pase lo que pase… nunca dejes que te quiebre.

El líder sonrió, esa sonrisa oscura que ya había marcado a demasiadas víctimas.
—Qué conmovedor. Pero ya has perdido. Tu hija siempre llevará mi sombra dentro de ella… aunque mueras aquí, aunque ella me odié, yo ya gané.

El padre rugió y se lanzó de nuevo, con una fuerza que solo daba el instinto de proteger a su hija. El choque fue brutal: golpes, sangre salpicando en las paredes, huesos crujiendo.

El líder lo dominaba en técnica, pero el padre de Ana tenía un fuego que lo mantenía en pie aun cuando cada movimiento le desgarraba la carne.

Ana, paralizada, vio cómo el líder lo estrellaba contra el suelo y la daga volvió a levantarse, ahora en manos del enemigo.

—¡NO! —gritó, lanzándose hacia ellos.

Ana empujó, desesperada, pero el filo se hundió en el abdomen de su padre.

El mundo se detuvo.

El líder retrocedió apenas un paso, con la respiración agitada, observando su obra. El padre de Ana se dobló hacia adelante, tosiendo sangre, y se aferró a la mano de su hija.

—Vive… aunque yo no pueda… vive.

Su mirada se fijó en Ana, y aunque sus labios temblaban, una última sonrisa se dibujó. Y entonces, su cuerpo se desplomó, manchando el suelo con un charco rojo.

Ana gritó, un grito que no era humano, un grito nacido de años de dolor acumulado.

El líder la miró, con una mezcla de triunfo y de satisfacción cruel.
—Ahora entiendes. Eres mía. Solo mía.

[Escenario 2 – Ceniza y Marisol]

En un pasillo cercano, Ceniza casi no podía respirar, pero sus pasos seguían adelante. Marisol lo sostenía, con lágrimas quemándole la piel, mientras ambos escuchaban el rugido desgarrador de Ana.

—Ya comenzó… —susurró Ceniza—. Si no llegamos ahora… la perdemos.

Marisol lo apretó más fuerte.
—Entonces corramos hasta morir, pero no la dejaremos sola.

Y con las armas listas, se lanzaron hacia el corazón del caos.

[Escenario 3 – El exterior]

Los helicópteros iluminaban la ciudad, los comandos avanzaban piso por piso, y el gobierno presionaba con furia. Pero nadie afuera sabía que dentro, la verdadera batalla ya había comenzado.

Tiempo restante: 13 horas, 48 minutos.

El padre de Ana yace muerto.
El líder sonríe con el rostro ensangrentado.
Ana, de rodillas junto al cadáver de su padre, ya no es la misma. Algo dentro de ella se ha roto… o se ha liberado.

Capítulo 108 – La Sangre y el Eco del Final

El cadáver del padre de Ana aún estaba tibio en el suelo. El aire se volvió espeso, lleno de humo y olor a hierro oxidado. Ana, de rodillas, con la ropa empapada de sangre, respiraba entrecortado, mientras el líder avanzaba hacia ella con una calma escalofriante.

—¿Ves, Ana? —dijo con un tono suave, casi paternal—. Todos los que intentan protegerte mueren. Tu madre lo entendió… tu padre lo entendió demasiado tarde. Tú eres el premio. Eres la que siempre debió estar aquí.

Ana no respondió. No lloraba, no gritaba. Solo lo miraba con unos ojos enrojecidos, vidriosos, que ya no pertenecían a la niña rota que había sido, sino a alguien al borde de convertirse en algo distinto.

El líder levantó la mano, acariciando el rostro de Ana con los dedos manchados en sangre. Ella tembló, pero no retrocedió.

De pronto, un estruendo sacudió la sala.

[Escenario 1 – La irrupción]

Las puertas se abrieron de un golpe, y Ceniza irrumpió tambaleante, con la camisa desgarrada y el hombro aún marcado por el machete. Tras él, Marisol, con los ojos encendidos de furia, apuntaba con un rifle improvisado.

—¡Apártate de ella! —rugió Ceniza, y su voz resonó con una rabia que lo hizo parecer más alto, más fuerte, aunque apenas podía sostenerse.

El líder sonrió, girándose lentamente hacia ellos.
—Miren qué conmovedor. Los perros fieles llegan a morder cuando ya es demasiado tarde.

—No —dijo Marisol, su voz temblaba, pero el cañón estaba firme—. Todavía no es tarde.

Los tres se miraron, el aire vibrando de tensión. Ana seguía inmóvil, como en trance, entre el cadáver de su padre y el monstruo que la había destruido desde niña.

[Escenario 2 – El choque]

El líder se lanzó con una velocidad brutal. El arma de Marisol disparó, el fogonazo iluminó el humo, y la bala rozó el brazo del enemigo, haciéndolo gruñir. Ceniza, pese al dolor, se abalanzó con un cuchillo oxidado que había encontrado en el camino.

El combate fue despiadado. El líder lo arrojó contra una columna, y el crujido de huesos llenó la sala. Ceniza gritó, pero se levantó con una fuerza que parecía imposible.

Marisol volvió a disparar, pero el líder se cubrió con un pedazo de metal arrancado del suelo. El choque de fuerzas era desigual: un monstruo contra dos guerreros rotos.

Ana, desde el suelo, observaba cómo todo se derrumbaba frente a ella. La sangre de su padre aún tibia en sus manos, el rugido de Ceniza resistiendo, los gritos de Marisol luchando… y el líder, imparable.

[Escenario 3 – El quiebre de Ana]

El líder empujó a Ceniza contra la pared y levantó la daga, listo para acabar con él. Ana se levantó de golpe, tambaleante, con las piernas temblorosas, pero los ojos ardiendo.

—¡Basta! —gritó, y su voz retumbó en la sala como un trueno.

El líder giró, sorprendido. Ana lo miraba con una mezcla de odio y dolor que lo hizo detenerse por primera vez.

—Me quitaste todo —dijo Ana, dando un paso adelante—. Me robaste mi infancia, mis amigas, a mi madre… a mi padre.

El silencio cayó un instante.

—Y aun así… —susurró Ana, con la voz rota, pero firme— …sigo viva.

El líder rió, esa risa oscura que siempre había sido un cuchillo en su alma.
—No por mucho tiempo.

Se lanzó hacia ella.

Ceniza, con el último aliento de fuerza, bloqueó la embestida. El choque de ambos fue tan violento que el arma cayó al suelo, rebotando entre Ana y Marisol.

Ana miró el arma. Su respiración era un torbellino. Sus dedos temblaban.

Marisol gritó su nombre.

Ana dio un paso hacia el arma.

[Escenario final – El umbral del desenlace]

El tiempo se detuvo.

Ana tomó el arma con ambas manos. El líder, con la daga en alto, rugía como un demonio. Ceniza y Marisol, heridos, se arrastraban para ayudarla, pero sabían que el siguiente instante decidiría todo.

Tiempo restante: 11 horas, 2 minutos.

Ana, el líder, Ceniza y Marisol están en el centro del infierno.
El cadáver del padre aún yace en la sangre.
La daga y la pistola se cruzan en un instante suspendido.

Capítulo 109 – El Último Aliento

El eco de las sirenas y el rugido de los helicópteros eran lejanos, como si pertenecieran a otro mundo. Dentro de aquel edificio, el tiempo estaba roto.

Ana, con el arma temblando en sus manos, miraba al líder frente a ella. Detrás, el cuerpo de su padre aún yacía en un charco oscuro, recordándole que ya nada podía volver atrás.

El líder sonrió, su rostro ensangrentado, los ojos inyectados de locura.
—Vamos, Ana. Hazlo. Sé lo que eres. Una sombra como yo.

Ana respiró hondo, sus dedos apretando el gatillo. El recuerdo de su infancia desgarrada, de Patricia degollada frente a ella, de Claudia muerta, de Valeria colgada, de cada amiga humillada y rota… todo se agolpaba como un huracán en su mente.

—No… —susurró, con lágrimas en los ojos—. Yo no soy como tú.

Disparó.

El fogonazo iluminó la sala. La bala atravesó el hombro del líder, haciéndolo tambalear, pero no caer. Rugió como una bestia herida, y en un segundo arremetió contra Ana.

Ceniza, sangrando y al borde de la inconsciencia, se lanzó en medio, recibiendo el golpe de la daga que debía ser para ella. El metal le abrió el costado, y gritó con un dolor que estremeció a Marisol.

—¡Ceniza! —gritó Ana.

El líder, enloquecido, levantó nuevamente el arma, dispuesto a acabar con ambos. Pero Marisol, con un alarido de rabia, disparó desde un costado. La bala esta vez dio directo en su pierna, haciéndolo caer de rodillas.

El silencio fue apenas un segundo.

El líder, aún de rodillas, sonrió con esa malicia que nunca había perdido.
—Aunque muera aquí… ya gané. Sus almas siempre serán mías.

Ana se acercó lentamente, con el arma en alto, temblando.
—No… tú no ganas. Nunca más.

Y disparó de nuevo.

El proyectil le atravesó la frente. La cabeza del líder se echó hacia atrás y el cuerpo cayó pesadamente contra el suelo, quedando inerte.

El silencio fue absoluto. Solo quedaba el eco del disparo resonando en las paredes.

[Escenario paralelo – Ceniza y Marisol]

Ceniza jadeaba, la sangre cubriendo su ropa, mientras Marisol lo sostenía desesperada.
—¡No te mueras, por favor, no te mueras! —gritaba ella.

Él sonrió débilmente, con los labios manchados de rojo.
—Lo importante… es que Ana vivió… —susurró, antes de perder el conocimiento.

Marisol gritó, pero Ana, con la mirada fija en el cadáver del líder, parecía no escuchar.

[Escenario final – El exterior]

Los comandos irrumpieron al fin, tomando control del edificio. El gobierno declararía aquello como una operación exitosa contra una red criminal, pero nunca hablarían de lo que realmente sucedió en el interior. Nunca de las víctimas. Nunca de las cicatrices que quedarían.

Ana fue sacada del lugar cubierta en sangre, con la mirada perdida. Nadie la consoló. Nadie podía.

Mientras subía al helicóptero, vio por última vez el edificio arder en llamas. Allí quedaban los cuerpos de sus amigas, de su padre, de todos los que habían sido quebrados por esa organización.

El viento golpeaba su rostro, pero no sentía nada. Ni dolor, ni alivio, ni esperanza. Solo vacío.

Tiempo restante: 0:00.

El contador llegó a su fin.
El líder está muerto.
Ana sigue viva… pero ya no queda nada dentro de ella que no haya sido devorado por la sombra.

Epílogo – Los que quedaron

El edificio quedó reducido a escombros. Los informes oficiales hablaban de una “redada histórica contra el crimen organizado”. En las noticias, la sociedad celebraba la “victoria”. Pero nadie fuera de esas paredes sabría jamás la verdad. Nadie hablaría del dolor que se respiró allí dentro.

Ceniza
volvió a ver la luz del día, pero ya no era el mismo. El machete que una vez se incrustó en su hombro le dejó un daño irreversible: un brazo colgaba inmóvil, y el dolor fantasma lo perseguía como si la hoja aún estuviera enterrada en su carne. Pasó meses en hospitales, entre cirugías y noches de gritos contenidos. Cuando por fin salió, fue en silla de ruedas, condenado a una vida donde cada movimiento era un recordatorio de la guerra perdida. Sus ojos, antes de fuego, ahora eran un mar gris apagado.

Marisol
sobrevivió con cicatrices físicas leves, pero las invisibles la marcaron mucho más. Su voz temblaba cada vez que intentaba dormir. Cada ruido fuerte la devolvía a aquel infierno de disparos, gritos y sangre. En las noches, se despertaba empapada en sudor, reviviendo una y otra vez la imagen de Patricia degollada, de Claudia muerta, de Ceniza hundiéndose en su propia sangre. Nadie la entendía. Nadie podía. Y en silencio, comenzó a apagarse.

Ana, en cambio, no volvió a salir. Fue internada en un hospital psiquiátrico, con la mirada perdida y las manos temblorosas, incapaz de pronunciar una palabra coherente. Los médicos decían que sufría de un “trastorno de estrés postraumático extremo”, pero esas palabras nunca alcanzaban para describirla. Ana no estaba viva, ni muerta: era un eco. Un cuerpo que respiraba, pero un alma rota, perdida para siempre en aquel sótano donde todo comenzó.

Cada cierto tiempo, Ceniza pedía verla. Lo llevaban hasta el hospital, donde lo dejaban en el pasillo helado, mirando cómo Ana, detrás de un vidrio, dibujaba con sus dedos en el aire formas invisibles, como si buscara una salida que nunca encontraría. Nunca reconoció a Ceniza. Nunca reconoció a nadie.

Marisol, al acompañarlo, no podía sostener la mirada. Sabía que Ana había perdido más que todas ellas. Sabía que, aunque el líder había muerto, en realidad había ganado. Porque había destruido todo lo que tocó.

El mundo afuera siguió. Las noticias pasaron página, las familias enterraron a sus muertos, y el gobierno exhibió medallas. Pero entre las sombras, entre las cicatrices de Ceniza, los silencios de Marisol y la mirada vacía de Ana, la verdadera historia quedó sellada para siempre.

No hubo justicia.
No hubo redención.
Solo sobrevivientes que no sabían cómo seguir respirando.

Y en las noches, cuando el viento soplaba fuerte, parecía escucharse aún la carcajada oscura de Elena, el eco del líder, y los gritos de todas las voces que nunca pudieron ser salvadas.

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