Recuerdo de cuando aposté al caballo perdedor.
Un día me di cuenta de que, cada vez que tenía que ejemplificar algo, lo hacía con él. Que siempre que mencionaba el amor, su nombre era el primero que me venía a la mente. No podía evitarlo.
Quisiera inventarle un nombre, el más común de todos tal vez, para citarlo y darle mayor fluidez a este relato. Pero ya lo tiene: simple y conciso. No necesita más.
***
Yo era una descreída del amor en su totalidad y vivía escapando de esa sensación. De un amor que moviliza de pies a cabeza, que hace latir el corazón a mil por segundo con la sola aparición de cierta persona. Alguien que, con una mirada, puede derretirte hasta desintegrarte, que con una palabra te hace sentir en casa. Con abrazos que se vuelven salvavidas para dejar atrás el naufragio cotidiano. Suponía que todo eso ocurría únicamente en las novelas que detesto leer porque me aburren o, en su defecto, que le pasaba a otros. Hasta que un día sucedió y no pude huir más: sentí que amaba tanto que no me entraba más amor en el cuerpo.
Casi como una toma perfecta, entró en plano. Imaginemos una cámara que enfoca una puerta: alguien la abre con fuerza, delicadeza y un poco de apuro. Alto, barba desprolija, pelo castaño, algo largo; jean y camisa a cuadrillé (que seguro aún conserve).
Estaba llegando tarde —como siempre—. Se apresuró a sentarse para no interrumpir una clase recién iniciada. Yo, en cambio, me quedé perpleja, anonadada. Nunca había sentido algo así en el pecho. ¿Era amor a primera vista? Eso me parecía una boludez grande como una casa, una gilada, algo imposible. No podía sucederme.
Rápido se acomodó delante mío y, automáticamente, empecé a pensar estrategias para hablarle. Puedo decir que soy una maestra en el arte de la conversación: retengo datos que no sirven para nada, pero que —a la vez— sirven para todo. Bueno, soy una chamuyera, qué sé yo. Pero es una virtud innata, mi as bajo la manga. Y no falló.
Cumplí mi cometido: hablamos un poco. Solo un poco. Mientras él se reía de mis disparates, por dentro los nervios me consumían. Una sensación desconocida comenzaba a asomarse. La seguridad, que siempre di por sentada, se tambaleó en un segundo gracias a este pibe. De repente pronunciaba palabras elocuentes, pero temblaba, como una adolescente hablando por primera vez en persona con el chico que chateaba por MSN.
Durante un tiempo, frecuentamos el mismo lugar y la gente que nos rodeaba comenzó a notar el magnetismo entre nosotros. Las caminatas interminables daban lugar a conversaciones intensas, creando momentos que sin darnos cuenta nos unían cada vez más. De pronto, me vi atrapada en un espiral profundo, del que sabía me costaría salir en el futuro.
No paramos de hablar. Tanto, tanto, tanto, que llegamos a conocernos, nos enamoramos, nos acompañamos en las buenas y en las peores, y finalmente nos desenamoramos. O yo, por lo menos. Todo terminó con una desilusión abrupta. Nunca más nos vimos.
Cada tanto me acuerdo de él: sus chistes, su pelo suave, sus besos, sus consejos, sus abrazos. Tampoco olvido que sufrimos y que mi corazón volvió a foja cero.
Aun así, volvería a apostar al pleno del amor, si esta vez el caballo está más entrenado y sabe correr la carrera.

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