Unté los guantes con un poco de aceite esencial de melisa. Después del biberón, mi pequeño de 6 meses todavía no conseguía dormirse. A las 4:35 de la mañana, me encontraba masajeando sus bracitos y piernas con todo el amor que me permitían los 45 minutos que tenía antes de salir hacia el aeropuerto. Sus ojitos redondos pestañeaban, cada vez más convencidos de cerrarse, hasta que entraron 4 notificaciones en mi móvil del trabajo, suficientes para irrumpir en el silencio de la habitación. Biel comenzó a protestar.

—Joder, Pablo, que aún me quedaba una hora y media para dormir —se quejó Lucía, resignada en la cama.

Me disculpé por inercia, con esa seguridad de los que se saben perdonados de antemano. Ya en la cocina, me di cuenta de que solo quedaban 3 botellas de agua en el armario y tendría que comprar a la vuelta. El neón iluminaba el calendario imantado del frigorífico. Quedaban 8 días para el cumpleaños de mi padre, 9 para la visita al dermatólogo y 15 días hasta el siguiente viaje de negocios. Ultimando la maleta, meto el libro de poemas que tenía a mitad, aunque seguro que no tenía tiempo para leer.

Por la ventana del salón, entreabierta a finales de mayo, entra el canto de un mirlo que apenas tuve tiempo de escuchar. Sus notas llegaban altas y claras a mi cabeza, que estaba gacha y dispersa en la pantalla del móvil. Ascienden a 53.000 víctimas mortales por los ataques israelíes en la Franja de Gaza, se estima que un 40 % son niños. Esquivo el horror de las cifras sorbiendo el café y pidiendo un taxi que llegará en 6 minutos.

La tarifa es de 17,42 euros y la duración del trayecto es de 28 minutos. El conductor del taxi es un tipo hablador, piensa que la libertad de los gays ha llegado muy lejos, pero sin embargo, los controles en las fronteras se quedan cortos. No tengo fuerzas de asentir, tampoco de llevarle la contraria. Parece que la imbecilidad humana ha llegado a tal punto que solo tengo ganas de esconderme en un búnker antihumanos.

—Es un mundo de locos —digo por decir, convencido de que el dial 92.0 FM ha corrompido ya de tal modo su mente, que no tiene sentido rebatir su argumentación.

El amanecer se me escapa cuando entramos en un túnel, apenas un horizonte violáceo se deja ver todavía. Cogemos la salida 4B de la autovía A-3. Solo hay cuatro gatos en la carretera, los más idiotas, pienso; los que van a levantar el país, dicen. Al llegar al aeropuerto parece que todo el mundo tiene una misión silenciosa, se mueven rápidamente y las despedidas parecen algo frías.

Ya en la terminal T-2 me reúno con el equipo comercial de mi empresa. Haciendo tiempo, recibo datos innecesarios. La camisa de Alberto ha costado 75 euros en la tienda que le gusta y tiene un tejido de los buenos que no se parece a las camisas malas que venden con 40 % de poliéster. El Barça ha ganado al Madrid 4 a 2, hay algunos piques entre los compañeros y risas en catarata. La pala de pádel de Pedro pesa 5 gramos más que la de Alberto y Diego dice que se va a quedar en la capital dos días más porque su mujer es una pesada. Yo no quiero estar aquí, yo no pertenezco a esto, me repito como un mantra.

Pasado el control, veo asomar en el equipaje el lomo del libro de poemas, pero no puedo abrirlo en ese momento. Esperando a embarcar, repasamos los objetivos comerciales del viaje. Incrementar un 15 % la facturación de nuevos clientes, aumentar un 30 % los nuevos contactos con empresas e impulsar la imagen de marca en el mercado asiático con un “kick-off” que cause un mayor impacto que el de hace 3 años. Lo único que se expande por ahora es mi dolor de cabeza.

Voy al servicio a lavarme la cara. Hay alguien en el cubículo hablando por teléfono sobre un asunto serio de trabajo, no puede ni ir al baño tranquilo. El agua del grifo parece sucia aunque no lo está. Al salir encuentro a un matrimonio extranjero porteando a su bebé plácidamente dormido. Pienso en Lucía y Biel. ¿Se habrá dormido otra vez? No sé por qué tengo que irme tan lejos otra vez. La pareja y su pequeño se alejan en dirección contraria. Detrás de ellos hay un panel acristalado que recorta sus siluetas a contraluz. El sol asoma e ilumina una galería de nubes rojizas y voluminosas cargadas de humedad. Hoy había un 40 % de probabilidad de lluvias, pero no era eso lo que ahora mismo me preocupaba.

Seguí el panel acristalado para contemplar aquel espectáculo. Miré antes en la pantalla de salidas, aún faltaban 13 minutos para el embarque. Me fijé en la arboleda que había más allá de las pistas de aterrizaje; me estaba centrando en lo impertérritos que parecían los árboles ante tanto movimiento de aterrizajes y despegues, con sus raíces bien firmes y asentadas en el suelo. Sus hojas podían contemplar todos los amaneceres que quisieran, pero eso a Alberto no le importaba. Él salía del servicio e hizo saber que me había localizado con un enérgico palmoteo de espalda.

—Oye, Campos, te veo este viaje algo descentrado. Eres el más veterano y los chicos tienen que ver a un tío que sabe lo que hace, no a uno que se queda mirando las nubes —lo dijo como si no hubiera algo más importante que aumentar las ventas para la empresa.

Le pedí cinco minutos para hacer una llamada y le di la espalda sin demasiado disimulo.

En el móvil había llegado una foto de Lucía y Biel en la cama, el único lugar en el que deseaba estar. Tuve que hacer un esfuerzo para contener el llanto. Un chico joven se acercó para decirme que tenía medio abierta la cremallera de la mochila. Cuando fui a cerrarla volví a verlo: el libro de poemas que tenía a mitad. Esta vez no pude resistirlo. Me acerqué a una fila de sillas en la que aún quedaban algunos asientos vacíos.

Abrí el delgado libro y empecé a leer al azar un poema en la página 61:

> me gustaría

hacer otras cosas

más parecidas

a las cosas

que me gustan,

me gusta el olor

de una hoja de melisa

y nada de lo que yo hago

se le parece,

los ríos,

un día sin trabajo,

la sensación de una cueva,

de un cielo estrellado

o cuando por fin ves

entre las ramas

al pájaro

que está cantando

El perfil de los versos se me antojaba como las olas de un mar que lame la arena de una playa de papel y me invita a perderme con ellas. Parecía que era el momento de volver a casa.

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