Ana y su sombra

El otoño había llegado con su aire frío y sus hojas ocres esparcidas por la ciudad. Esta era la estación del año favorita de Ana. Le gustaba sentir el aire fresco en su rostro, el aroma de las hojas mustias y la luz dorada del atardecer, mientras caminaba en el parque.

Aquella tarde, como tantas otras, paseaba despreocupada dejando que sus pensamientos flotaran entre los árboles desnudos. Viendo los rayos tenues del sol colarse por las últimas hojas perezosas que no se habían caído.

Pero algo la inquietó. No sabía bien qué era.

Cuando el sol comenzó a ponerse, su sombra parecía actuar de manera extraña. Creyendo que su imaginación le jugaba una mala pasada, apresuró el paso y se dirigió al café donde se encontraría con su amiga.

Luego de un rato de charla, Ana le cuenta lo sucedido,

_ ¡Qué cosas dices! Respondió su amiga y ambas se rieron del incidente.

Pero Ana, ya en su casa, no dejaba de pensar en “su sombra”.

Pasaron varios días antes que Ana volviera al parque. Nuevamente, hojas, viento y su sombra, que alargada por la luz del sol poniente, parecía más oscura que de costumbre. Y aquella tarde lo vio con claridad: su sombra se movía antes que ella, como si supiera qué haría.

Se detuvo y la observó con atención y la sombra lo hizo también. Pero cuando Ana levantó la mano, la sombra no la imitó. En su lugar, inclinó la cabeza, como si la observara.

Durante un instante, creyó ver otra figura dentro de ella, apenas perceptible.

Un escalofrío recorrió su espalda. El corazón le dio un vuelco. Contuvo el aliento.

— ¿Quién eres? —susurró Ana, mirando para todos lados.

La sombra, como si se desperezara, se estiró sobre las hojas secas y, sin necesidad de palabras, Ana lo entendió: no era una sombra cualquiera, era la suya… pero de otro tiempo.

Siguió caminando, cerrándose el abrigo que el viento se empeñaba en abrir, tratando de ignorarla. Pero entonces, lo recordó. Ese parque. Ese camino cubierto de hojas crujientes. Esa misma luz dorada. Todo era igual que aquel día, años atrás, cuando tomó la decisión que cambió su vida.

Recuerdos olvidados invadieron su mente. Promesas rotas, sueños que había dejado atrás, miedos que nunca enfrentó.

Se detuvo de golpe. La sombra también.

— ¿Sigues aquí? — volvió a susurrar Ana.

El viento arremolinó las hojas de sus pies y pareció responderle con un murmullo.

La sombra no la acechaba; solo le recordaba quién había sido y quién aún podía ser.

Ana cerró los ojos y dejó que los recuerdos la inundaran: la pintura, las horas en su pequeño estudio, el miedo al fracaso, la elección de un camino más seguro. Se había convencido de que había sido lo correcto… pero su sombra sabía la verdad.

La figura oscura a sus pies parecía esperar.

Ana respiró hondo. Era momento de cambiar, dio un paso adelante. Y esta vez, la sombra la siguió con ligereza, como si algo se hubiera liberado.

Con una sonrisa, supo que aún estaba a tiempo de recuperar lo que había perdido.

Cuando el sol terminó de ocultarse, la sombra se desvaneció en la oscuridad.

Pero Ana siguió adelante, con la certeza de que, esta vez, no se quedaría atrapada en el pasado.

El otoño no solo traía melancolía o finales. Este otoño en particular también era una oportunidad para empezar de nuevo.

Feliz por este encuentro y con su corazón lleno de esperanza llamo a su amiga.

_Vení al café, tengo algo muy bueno que decirte.

Esta vez, tenía una historia muy diferente que contar.

                                                                                                 FIN

Etiquetas: cuento corto

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