
18 AÑOS ATRÁS.
La noche se despliega con la parsimonia de un preludio, extendiendo un manto de terciopelo donde las estrellas, como joyas en un pentagrama, titilan con un brillo síncopado. Sobre este escenario destaca el astro menor: una diva de luz pálida que marca el compás sobre la cruda selva de cemento. Abajo, la ciudad respira con un eco de grises y naranjas; una mole de piedra que se alza majestuosa en un valle de montañas escarpadas, cuyas laderas vibran con el color de la esperanza, como un coro silencioso que rodea el abismo.
San Gabriel es un crisol donde la tradición y la modernidad se entrelazan en una danza eterna de contrastes. Sus calles pavimentadas serpentean con la fluidez de una estrofa entre fachadas de un colorido vibrante: desde casas señoriales de arquitectura rítmica y simétrica, hasta construcciones humildes que se amontonan con una belleza asonante y desgastada. Esta selva de concreto es el metrónomo de un pasado forjado entre luchas, historias que aún resuenan y victorias que se guardan como acordes de una vieja canción.
En la Plaza Mayor, el pulso de la ciudad se acelera. Miles de «marionetas humanas» se mueven al ritmo frenético del afán cotidiano, mezclándose en una coreografía de pasos perdidos. Allí, el aire es una partitura de aromas: el dulzor de las melcochas marca la nota alta, mientras que el pan recién horneado y la frescura de las flores componen la armonía de fondo, rompiendo contra el contrabajo terroso de las especias.
Bajo la mirada intensa del astro llamativo, el destino —ese director de orquesta a veces irónico y otras tantas justo— da la señal de entrada para un torbellino de emociones prohibidas. Dos corazones jóvenes, envueltos en la seda de la inocencia, han comenzado a latir en una melodía apasionada. Ignoran que, al dar rienda suelta a su idilio, están desafiando el compás rígido de sus familias y rompiendo la armonía de una ciudad que no suele perdonar a quienes se atreven a improvisar fuera de su partitura.
EN LA MANSIÓN DE LOS VALENCIA.
Dos golpes suaves, casi tímidos, resuenan en la madera de la puerta. Dentro, Juliana, de dieciocho años, permanece absorta. Su figura esbelta se recorta contra la luz del ventanal mientras sus ojos color café oscuro devoran un trozo de papel. Una sonrisa cálida ilumina su rostro ovalado; su abundante cabello castaño cae como una seda hasta la mitad de la espalda. Es una belleza natural, fresca y ajena a la rigidez de su linaje.
— «Esta noche, y solo acompañados de las luces de las luciérnagas y entonados de la serenata que nos otorga el canto de los grillos, como fieles testigos de nuestro amor. Te espero ansioso, a las 9:00, en nuestro lugar de siempre, oh amada mía».
Juliana exhala un suspiro cargado de ilusión y cierra el puño con delicadeza sobre la nota. En su mente se dibuja el rostro de José Fernando Mendoza Robles: un joven de veinte años, porte elegante, tez moreno claro y unos labios carnosos color fresa que enmarcan una personalidad firme y decidida.
¡Toc, toc!
El sonido vuelve, esta vez con una urgencia que la hace saltar.
— ¡Pase, está abierto! —grita, mientras intenta ocultar el papel bajo la almohada. Termina escondiendo la mano tras la espalda, pálida y nerviosa.
La puerta se abre de un tirón. Entra Olivia, la nana. Es una mujer de contextura gruesa, mirada profunda y párpados cansados por el trajín de los años. Su cabello, ya grisáceo, va recogido en una coleta sencilla.
— ¡Puf! Mi niña, ¿pero qué es lo que tanto haces que ni la puerta escuchas? —exclama Olivia—. Llevo una eternidad ahí afuera. Tuve que golpear fuerte para que volvieras de ese viaje en el que andabas con los ojos tan abiertos. A ver, ¿qué sucede? ¿A qué viene tanto susto si se supone que no haces nada malo?
— ¡Ay, mi nanita bella! —Juliana sonríe con ternura—. ¿Qué historias te inventas en esa cabecita ya algo nevada? Dime, ¿qué historias te creas ahí, mi amada Olivia cuentista? ¿Acaso crees que he olvidado lo buena que eres para las fantasías? Me las contabas de niña para hacerme dormir en las noches de tormenta que tanto temía.
— ¿Cabecita nevada? ¿Qué pretendes insinuar, muchachita atrevida? ¿Que soy una vieja ya? —replica la nana con fingida indignación.
— ¡Nana, por favor! —Juliana suelta una carcajada—. Cuidado, que de esa boquita va a salir un veneno que me va a cortar la leche antes de que llegue a la cocina con esa sarta de palabrerías.
Juliana se incorpora en la cama y toma las manos rugosas de Olivia. El ambiente se vuelve denso. La joven abre la mano y revela el papel. Olivia lo lee y su rostro se ensombrece de inmediato.
— Pero mi niña, ¡por Dios! Esto es de él… —susurra la nana—. Escucha bien: donde tu padre llegue a tener esto en sus manos, se arma la guerra. Él no mira con buenos ojos esta relación. Ten prudencia, te lo dice esta vieja que ha vivido más que tú.
— Pero nana, yo lo amo —responde Juliana con desesperación—. ¿Por qué debemos pagar nosotros por un negocio fallido de hace años? Ni siquiera habíamos nacido cuando ellos se pelearon.
— Lo comprendo, pero el señor Luis Miguel es terco. Y tu madre, la señora Mariana… tan fina, tan culta, tan de mundo… pero tan…
—Pero — Tan vacía, nana. Lo sabemos las dos —sentencia Juliana—. Esta casa es un teatro de lujo, un hueco oscuro de apariencias bajo el mando de un hombre machista. A veces envidio a las muchachas que tienen una madre que las abraza de verdad,
Juliana clava su mirada en los ojos de la mujer.
— Te lo digo con el corazón en la mano, nana: daría toda mi posición, mi apellido y cada centavo de mi herencia a cambio de que tú fueras mi madre. Cambiaría este palacio de mármol por una choza, siempre que fuera tu sangre la que corre por mis venas. Tú eres quien me ha criado y quien conoce mis silencios. Diera lo que fuera por tenerte, aunque sea un día, con el título legítimo de madre.
Olivia, con los ojos aguados, le besa la mejilla y la abraza fuerte.
Pero en fin lo único que yo digo nana es ¿Yo qué hago, Nana? ¿Qué hago? —exclamó Juliana, con la voz quebrada por la frustración—. Estoy cansada de vivir una relación a cada hora así, tras cortinas, en penumbras.
Estoy hastiada de tener que estar a toda hora como una delincuente, viviendo un idilio a escondidas. Sí, claro, en un principio es bonito, no lo niego; se siente muy bien, similar a cuando comes algo que te prohíben y que, aun comiéndolo a hurtadillas, te sabe mejor. Pero llega un punto, Nana… llega un punto en el cual te cansas de vivir en esta incertidumbre latente.
—Claro, mi niña, te entiendo —respondió la mujer con voz sosegada—. Créeme que te entiendo perfectamente, aun cuando creas que no. Esta vieja muchas cosas puede comprender; a la vez que ve, oye… Y no creas, no vayas a creer que, como tus padres, yo también estoy en contra. Para nada. El amor es bonito, mi niña, ciertamente muy bonito; pero hay que saberlo sostener, porque es tan fácil de confundir…
—Lo sé, Nana. Lo sé, mi viejita, créeme que lo sé —la interrumpió Juliana, caminando de un lado a otro—. Sé todo sobre la prudencia, tal como me lo has dicho, pero… ¡Ay, Nana! ¡Nana, por Dios, estoy desesperada! Por favor, mi viejita linda, dime qué hago. Ya yo quiero vivir un amor lleno de libertades, como cualquier pareja normal: salir a las plazas, a los centros comerciales, al cine, a restaurantes, a discotecas… En fin, hacerlo tan público como cualquier pareja en el mundo. Pero no sé qué hacer. ¿Qué hago?
La Nana guardó silencio. Se quedó ida, con la mirada perdida en la nada, como si su mente hubiera viajado a un lugar muy lejano. Juliana, inquieta, le sacudió la mano frente a la cara y le acarició la cabeza, llamándola para que volviera a tierra.
—Discúlpame, mi niña —rompió el silencio finalmente.
—Nana, te quedaste como paralizada, como si no estuvieras, como si realmente fueras una estatua —rio Juliana, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
—Lo sé, lo sé… Es que solo pensaba, mi niña. Solo pensaba.
—¿En qué, Nana? Claro, si no soy imprudente… ¿En qué pensabas? Cuéntame. A veces soy tan egoísta, Nana.
La anciana soltó una risita suave y le acarició la mejilla con ternura.
—¿Egoísta tú, mi niña? ¿Tú? No, ¿cómo crees? ¿Por qué te dices egoísta si eres la muchacha más generosa que he podido ver? Y eso contando con que tus padres… ¡Ay, Dios mío, tus padres! Con decirte que no pareces ni siquiera hija de ellos.
Juliana apretó las manos de la anciana con una urgencia que rozaba el ruego, ignorando por completo la mención a sus padres. Sus ojos, fijos en los de la mujer, brillaban con una mezcla de culpa y desesperación.
—No me desvíes el tema, Nana, te lo suplico —insistió con voz entrecortada—. Dime en qué pensabas. Me siento tan egoísta… siempre vengo a traerte mis tormentos y mis amores prohibidos, pero jamás te he preguntado por los tuyos. Dime qué es lo que te afana a ti, qué pensamiento te dejó así, como una estatua. ¿Qué es lo que te angustia, te perturba o te quita el sueño cuando las luces se apagan? Cuéntame, por favor, que hoy necesito escucharte yo a ti
—Ay, mi niña, a mis años, ¿a esta vieja qué le va a preocupar? Me río de pura ternura porque me conmueve que hoy te detengas a preguntarme por mis afanes, cuando tú misma estás lidiando con tus propios incendios. Pero escucha bien: yo ya entendí, como lo entendió el sabio Salomón, que vivir corriendo tras el viento es vanidad de vanidades.
Mucho de lo que uno busca en la juventud es por puro capricho, pero otras veces es el destino mismo poniéndote obstáculos. No los veas como impedimentos, Juliana; son el gimnasio del alma, la fuerza que te entrena para que, cuando alcances tu meta, tengas el carácter para valorar lo que tanto te costó. Yo ya pasé por ahí, ya corro mis carreras y disfruto mis deleites, pero ahora mi corazón encuentra su reposo.
Me siento como esas luciérnagas que ese joven tan apuesto menciona en tu carta. Ellas no pretenden ser el sol; solo titilan con la paz de saber que su luz, por pequeña que sea, cumple su propósito antes de apagarse. Mi única meta ahora es disfrutar de lo que me toca y ver cómo tu fuego arde, mientras mi propia lucecilla se prepara para dejar de ser y volver a la Fuente de toda paz.
Aquellas palabras caen sobre Juliana como el golpe seco y estridente de un platillo en mitad de un vals silencioso. El ritmo de su destino, que hasta entonces corre frenético, se detiene con el chirrido de una aguja rayando un disco de vinilo, dejándola paralizada y taciturna. Es un estallido en el pecho que le hiela la sangre al comprender la amarga partitura de su realidad: sus padres solo saben rodearla de lujos, de arreglos ornamentales y cosas que se pueden tocar, mientras que su vieja —su nana— le está entregando la melodía invisible.
Le da profundidad, le da sabiduría; le da vida en cada compás de sus frases. Al sentir la fragilidad de ese tesoro que no se compra con oro, Juliana se inclina con el alma en un puño. Le da un beso lleno de dulzura en la mejilla y, con los ojos empañados por el miedo a que esa música se detenga para siempre, le susurra en un hilo de voz:
—No digas eso, nana… por favor, no quiero perderte.
La nana la estrecha contra su pecho, dejando que el latido de su corazón, lento y acompasado, sirva de metrónomo para calmar el caos en el alma de la joven. Con sus manos nudosas acariciando el cabello de Juliana, le susurra una última verdad que sella el pacto de sus destinos:
—Tranquila, mi niña, que la música no se detiene cuando el músico descansa; solo cambia de manos para que tú sigas bailando la partitura que Dios ya escribió para ti.
Juliana se despegó con lentitud del abrazo, mirando a su Nana con una mezcla de devoción y curiosidad. Con la elegancia propia de su crianza, pero con la insistencia de quien busca una verdad clara, le dio un beso en la frente.
—Dime, mi nanita bella… ¿En qué pensabas? Si no era en afanes, ¿Qué era lo que te tenía tan distraída? ¿Acaso soy yo? ¿Es cansancio por mis situaciones de niña caprichosa o de jovencilla ilusionada? ¿Qué es?
Riendo con una sencillez que desarmaba cualquier protocolo, la Nana acarició el mentón de la niña.
—Nada de eso, mi amor. Nada de eso… Mi silencio es solo un viaje.
—¿Un viaje, Nana? —preguntó Juliana, intrigada.
—Un viaje en mi máquina del tiempo mental. Me transportó a tu infancia, cuando te quedabas pasmada frente al televisor viendo historias de heroínas y luego corrías como loquilla por toda la casa.
Juliana sonrió, aunque su mente, educada en los mejores colegios, busca una conexión lógica.
—Entiendo el recuerdo, Nana… Pero, ¿Qué tiene que ver eso ahora? ¿Qué relevancia tiene con todo lo que hemos estado compartiendo?
La anciana la miró con una determinación que no se aprende en los libros.
—Amas a ese muchacho, mi niña… ¿De verdad lo amas?
—¡Ay, Nana, por Dios! —exclamó Juliana, gesticulando con una energía vibrante—. Esa pregunta hasta ofende. Tú sabes que sí; lo sabes mejor que yo misma. Lo amo, Nana… ¡Lo amo, lo amo, lo amo! No tienes una idea de cuánto. He conocido a muchos muchachos, pero nunca llegué a amar a alguien así. Es como si fuera mi otra mitad. ¿Acaso no me lo dijiste tú un día?
—Mucho, mi niña, tiene que ver mucho —sentenció la Nana—. Si de verdad lo amas, si de verdad querías ser una heroína… Entonces vuélvete una, mi princesa hermosa. ¡Vamos! Vuélvete una y lucha. Lucha con todas tus fuerzas y no te rindas.
La anciana hizo una pausa, buscando las palabras más simples para explicar verdades profundas.
—Aquellos villanos de las series eran fantasiosos, no eran reales y eran fáciles de vencer. Pero ahora te toca a ti ser la que lucha por lo que quiere y por quien quiere. Lucha con conciencia y con sabiduría… Siendo prudente. Los enemigos de ahora no son como los de la televisión; estos son crueles e implacables. Quizá no matan el cuerpo, pero sí pueden encarcelar el alma.
La Nana le tocó la nariz suavemente con el dedo índice, sellando una promesa.
—Debes ser como una constructora de la muralla del amor. Con una mano sostienes la espada para luchar contra los enemigos que quieren derrumbarla, pero con la otra vas dándole forma a esa muralla con el palustre. Aunque muchos griten que no se puede, que nunca lo lograrás… No importa. Hazte sorda y sigue: La espada en una mano y el palustre del albañil en la otra, poniendo cada vez más ladrillos sobre esa preciosa muralla.
Dos perlas líquidas brotaron de los ojos de Juliana. La Nana las desvaneció con sus dedos.
—Que esto valga la pena —susurró la anciana—. Porque estas lágrimas son también el agua que moja la tierra donde sembraste con tanto empeño. Esa semilla del amor por ese jovencito tan caballero… Te lo digo yo, esta vieja que está aquí para ayudarte a luchar. Si no tienes una madre de sangre por cosas que no vale la pena comentar… Solo mírame a mí. Tu madre, Mariana, no es mala, mi niña. Es solo que ella sigue así, como aquella bella que dormía en los cuentos, perdida en ese sueño del que no ha podido despertar.
La Nana soltó una carcajada llena de gracia.
—Aquí está tu vieja heroína —rió la Nana con alegría—, Pidiéndole permiso a una mano para mover la otra. Ya me dicen «acordeón»: Cada arruga de mi piel es una nota mal tocada de una música vieja. Pero lo poquito que me queda de vida, lo usaré para ayudarte a ti.
—¡Mi viejita… Mi viejita hermosa! —sollozó Juliana con profunda admiración.
No lograba asimilar cómo una sabiduría tan vasta resida en alguien a quien su padre desprecia. Recordó las palabras despectivas de su progenitor y sintió una punzada de indignación.
—Ahora entiendo… Ahora entiendo por qué eres una reina. Ya me quedó claro. Ahora comprendo por qué tu cabecita nevada…
—Mi niña… —Quiso interrumpir la anciana.
—No, déjame decirte —insistió Juliana—. Porque cada una de estas canas es una joya en tu corona. No es una corona de años, es una corona de experiencia y de autoridad. Ahora entiendo, mi Nana hermosa… Y créeme, soy la más afortunada. Aunque me rodeen los lujos y las comodidades, eso no es nada. Tengo la riqueza más grande frente a mis ojos.
Llorando de puro agradecimiento, ambas se fundieron en un abrazo que selló el pacto de la muralla.
Juliana clava su mirada en los ojos de la mujer.
— Te lo digo con el corazón en la mano, nana: daría toda mi posición, mi apellido y cada centavo de mi herencia a cambio de que tú fueras mi madre. Cambiaría este palacio de mármol por una choza, siempre que fuera tu sangre la que corre por mis venas. Tú eres quien me ha criado y quien conoce mis silencios. Diera lo que fuera por tenerte, aunque sea un día, con el título legítimo de madre.
Olivia, con los ojos aguados, le besa la mejilla y la abraza fuerte. Luego, salen de la habitación entrelazadas, pero el pasillo les tiene preparada una emboscada de humo y soberbia.
— Buenos días. ¿Y ustedes qué tanto discuten? —exclama una voz imponente.
Frente a ellas aparece Luis Miguel Valencia Rico. Viste un traje de paño fino, exhala el humo de un puro caro y domina el espacio con su arrogancia dominante.
— ¡Señor! —exclama Olivia, impactada. Juliana queda boquiabierta.
— Sí, yo. Ni que fuera un fantasma —dice él con sarcasmo—. Díganme, ¿por qué hablan tan acaloradas? Sobre todo tú, Olivia.
Juliana tose, incómoda por el humo que su padre les lanza deliberadamente.
— ¡Qué asco, papá! Nos dejas oliendo a tu puro. Sabes cuánto detesto que hagas eso; es perjudicial.
— Sencillo, hijita: porque quiero y porque esta es mi casa. Aquí hago lo que me place —responde él con frialdad— ¿Y qué hacen?
— Nada papá, aquí mi nana que me vino a preguntar qué necesitaban porque va al mercado—responde Juliana mientras la nana la mira sorprendida, dado que ella iba era a la cocina. No hasta el mercado, y menos a tantas cuadras caminando y bajo intenso calor.
—¿Dónde? —expresa Luis Miguel extrañado y algo dudoso—. ¡Pero qué raro! No hace ni ocho días que se trajo el mercado; todo muy fresco y completo, por cierto. ¿Y tú me dices ahora…? —Mira a la anciana con fijeza—. ¿Qué llevas en ese delantal, una lista para el mercado? ¡No comprendo!
Expresa su incredulidad con la mano tendida y moviendo los dedos en señal de petición, exigiendo aquel papel. Mientras tanto, Juliana y la nana sienten cómo su garganta se cierra; el aire, poco a poco, parece faltarles.
—Si no estoy mal, creo que tú eres la encargada de eso, así que el mercado —si no me equivoco— lo hiciste tú, ¿no? Entonces, no entiendo cómo ahora sales con una «lista». A no ser, claro, que estés algo amnésica producto de los años y no te hayas dado ni cuenta…
Ríe con un tono sarcástico mientras absorbe un sorbo de su puro fino. Deja escapar el humo entre risas sobre la muchacha y la anciana, quienes retroceden moviendo las manos para dispersarlo.
—Posiblemente ya sea hora de que te vayas a descansar tranquila a tu pueblo y le des ese lugar a una persona más joven y capaz. Eso sería lo justo, ¿no crees, anciana?
—¡Eso nunca! —grita Juliana, imponente y desesperada, abrazándose a su nana.
Luis Miguel, con desdén, le lanza una mirada desafiante. Abre la boca para contestar a lo que considera un reto a su autoridad; Juliana, al darse cuenta, cambia el tono, baja la voz y la enternece con dulzura:
—Pero papá, tampoco es para tanto… Un olvido lo puede tener cualquiera. Además, ¿tú qué sabes a qué cosas de la lista se refiere ella? Pueden ser detalles que, por un descuido, se pasaron por alto; hasta alguien con mayor memoria lo olvidaría, ¿no crees? O a ver… ¿cuántas veces tú, papito, no has dejado olvidadas cosas de la oficina en casa?
Luis Miguel hace un movimiento de cabeza altivo. Aquello suena a golpe contra su imagen de hombre perfecto.
—Sí, lo sé porque he visto al chofer correr para llevártelas. ¿Te das cuenta de que no se trata de si alguien es viejo o no? Además, la nana Olivia ha estado con nosotros siempre; prácticamente es de la familia.
Luis Miguel deja escapar una carcajada burlona y tose por el humo del puro, que ya se nota menguado. Se aclara la garganta mientras mira a la nana de arriba abajo con un desprecio que roza el asco. Para él, la plebe jamás se mezcla con la élite.
—¡Por favor, papá! Toma en cuenta sus años y su dedicación. No podemos olvidarnos de eso como si nada y traer a una extraña. Ella es de nuestra entera confianza… ha dedicado su vida a cuidarnos. Es quien me atiende, quien está pendiente… ¡No me hagas esto, por favor!
Suplica la muchacha ante la mirada impávida de aquel témpano de hielo viviente, más interesado en su puro que en el ruego incesante de su hija.
—¡Ya, mi niña! —vocea la nana muy bajo, tomándola de la mano para calmarla.
—A ver, muestra esa lista. Quiero ver qué falta. Posiblemente te haga falta dinero, vieja descuidada —expresa él, ignorando los sentimientos de su hija.
Mueve los dedos esperando el papel. Ellas sienten una montaña de escarcha congelándoles el cuerpo. Se miran fijamente, sin parpadear. Una pregunta cruda las invade: ¿Qué va a pasar cuando este ogro tome ese papel?
—¡Vamos! ¿Qué pasa? —insiste él, desesperado.
—¡La lista…! ¡¿La lista, señor?! —exclama la nana con voz entrecortada por el susto.
—¡Ay, papá! Pero… pero es una lista —ríe Juliana nerviosa, con movimientos descontrolados que la nana intenta frenar con pequeños chiflidos—. Es una lista como todas, nada más. ¿Qué tanto hay que mirar? Solo víveres… víveres aburridos: granos, cosas de aseo, implementos personales. ¡Ay, por Dios, papá! Implementos personales, eso… solo eso.
La joven exclama asustada hasta que un pellizco disimulado de la nana la hace retroceder. Luis Miguel no retira la mano. Sus dedos siguen moviéndose, rítmicos y exigentes, mientras una ceja se eleva con lentitud calculada. El silencio es más pesado que el humo.
—¿«Implementos personales»? —repite él, saboreando las palabras con ironía punzante—. Qué extraño lenguaje usas ahora, Juliana. Para ser «solo víveres», parecen defender ese trozo de papel como si fuera el mapa de un tesoro… o una sentencia de muerte.
El hombre da un paso hacia la nana. Olivia siente el calor del puro cerca de su rostro.
—Dámela, Olivia —sentencia con una voz gélida y final—. No voy a pedirlo una cuarta vez. Si es solo una lista, no tendrás inconveniente en que revise qué presupuesto estoy malgastando en «olvidos». Y si no me la entregas ahora mismo… puedes empezar a empacar ese delantal en una maleta de cartón.
Juliana intercambia una mirada aterrada con su nana. Sabe que, si él lee lo que hay allí, no habrá dulzura que los salve. Entre temblores, la nana saca el papel hecho una bola y lo pone entre los dedos del dictador con una sonrisa forzada. El sonido del papel al abrirse es más fuerte que sus propios corazones. Cada chasquido reseca la boca de Juliana. No es una lista de mercado; son las palabras de un enamorado que cuenta las horas para verse con su amada bajo la luz de las luciérnagas.
—¡Señor! —interrumpe la nana de inmediato, desesperada, al ver que los dedos alargados ya alisan la hoja.
—¡¿Qué quiere, vieja?! ¿No ve que es imprudente interrumpir a alguien cuando se dispone a leer? Claro… tonto yo al sorprenderme. En alguien de su nivel es normal; usted es tan… básica. ¡Qué digo! —Lanza una bocanada de humo—. Usted es tan… tan… ay, tan así. Pero no me importa. ¡A ver! Diga, ¿qué se le ofrece? No entiendo por qué tiene que expresarse con tanto afán estando yo aquí a unos metros. Hable, que no tengo todo el tiempo.
—Tranquilo, señor. Esta vieja tonta no va a abusar más de su generoso corazón —responde la nana con una ironía que disfraza la humillación—. Lo que sucede es que pasé al cuarto de la niña con la lista porque ella me encargó unos deliciosísimos confites de coco que le fascinan.
La nana hace gestos jocosos, exagerando el deseo de Juliana por los dulces. Juliana la mira con horror y asco —pues detesta el coco—, entendiendo que la nana se está vengando por haberla metido en ese lío.
—Dime una cosa, Olivia —dice Luis Miguel en un susurro peligroso—. Si esto es una lista de «víveres aburridos»… ¿por qué tu letra, que suele ser un garabato de analfabeta, parece ahora una caligrafía tan… apasionada? ¿Y por qué el papel huele a campo y no a alacena?
Juliana interviene con un hilo de voz:
—¡Es que… es que la escribí yo, papá! La nana me dictó y yo lo anoté rápido. Ya sabes que sus ojos ya no son los mismos… —devuelve el golpe a la nana con un tono burlón—. Por eso parece diferente. ¡Dámela! No querrás leer mis tachones.
Luis Miguel esquiva la mano de su hija con agilidad cruel, elevando el papel. Una sonrisa torcida se dibuja en su rostro.
—Si es un desastre, me divertiré leyéndolo —sentencia él
—¡Pero, señor! Por Dios, ¿significa tanto para usted unos cuantos dulces tan insignificantes y baratos? ¿Eso a usted qué le cuesta? Y más que son para su propia hija… ¡Puff! —exclamó la nana con una mezcla de intriga y reproche—. ¿Qué tiene que mirar lo que diga esa lista? Ya le dijo la niña: solo anotó, de puño y letra, los dulces específicos que quiere. Los de coco, que son tan deliciosos a su paladar…
Olivia soltó una carcajada, pero al notar la mirada de su patrón, se recompuso de inmediato.
—Son solamente el pedido de unos dulces y otras cositas más que usted no querrá saber, señor. Cosas que se quedaron del mercado y las necesitamos, así como también una que otra cosa de… ay, ¿cómo le digo? De… bueno… ¡Señor, la verdad! Cosas de mujer. No querrá usted que una se lo explique al detalle, ¿o sí?
—¡Lo que a mí me interese, vieja alzada! —bramó Luis Miguel—. ¡Creo que no es cosa que sea de su incumbencia!
—¡Pa!… —Juliana intentó intervenir, pero la nana la apretó disimuladamente del brazo para silenciarla. La joven obedeció, impresionada y dolida.
—Claro, señor —dijo la anciana con voz sumisa, bajando la cabeza para ganar tiempo—. Tiene razón, disculpe por ser tan metiche. Pero sí, como le digo, eso es: míseros dulces para calmar un antojo de su hija.
—Sí, claro, comprendo; míseros dulces —la miró él con desprecio misterioso—. Tan míseros como usted, que ya parece un despojo, ¿o me equivoco?
Luis Miguel apartó la vista del papel para clavarla en la anciana. Ella abrió los ojos con asombro, queriendo gritar mil verdades, pero calló por amor. Lo importante era mantenerlo distraído del escrito para salvar a su «niña amada».
—¿Me entendió, viejonaza?
—¡Ogro miserable! —susurró la nana para sus adentros.
Juliana, aterrada, bajó la cabeza cubriéndose el rostro con la mano; negaba suavemente mientras intentaba contener una carcajada nerviosa ante la audacia de su nana.
—¡¿Cómo?! —preguntó Luis Miguel con tono agresivo, el puro aún entre los labios, acercándose con una imponencia física que asfixiaba el aire.
—¡Papá, por favor! No seas patán —exclamó Juliana en un acto de desesperación, dejando atrás el terror—. ¡Da un paso atrás!
Sentía cada insulto hacia Olivia como un puñal en su propio corazón. Luis Miguel Valencia Rico dio dos pasos hacia su hija, desafiante. Aspiró el humo y lo lanzó sobre ellas formando un círculo perfecto, un símbolo de que ese espacio le pertenecía y que allí se hacía su voluntad.
—¿Y me imagino que los dulces no saldrán de mi bolsillo, verdad, Olivia?
—¡Claro que no, papá! —interpeló Juliana—. Yo saqué de mis ahorros.
—¿De tus ahorros? ¡Bah! —rió él con ironía—. Querrás decir de mi bolsillo. No olvides, hijita mía, que incluso tus ahorros salen de mi capital. Todo es mío.
Juliana sintió el golpe de la humillación. Miró a ese hombre, el mismo que le había dado la vida, ahora reducido a un tirano que despreciaba su propia semilla. Él, imperturbable, volvió a fijar la vista en el papel venoso.
—¡Qué triste, papá! De verdad me das lástima.
Esa palabra, «lástima», resonó como un tambor de guerra en el salón.
—¡¿Lástima yo, hijita?! —respondió con desdén, aunque el golpe había herido su orgullo aristocrático—. Cuando gustes puedo mostrarte quién es digna de lástima. Sencillamente provoca llorar verle… —añadió mirando a la nana.
—¡Sí, papá! Lástima, porque no eres más que un pobre —continuó Juliana con voz firme—. Puedes gozar de propiedades y de un banco cargado de ceros, pero careces de lo más valioso. Algo que ni tú ni mamá me enseñaron, pero que aprendí de gente que ni te alcanzas a imaginar: la sencillez, la humildad y el amor humano. De eso, papá, eres un mendigo.
Luis Miguel abrió los ojos, dejando escapar una estela de humo. La frialdad de su hija lo alcanzó hasta los huesos. Ella tomó la mano de la nana en un gesto de gratitud pura.
—Eres tan pobre que no tienes más que dinero. Cuánto lo siento por ti.
Él levantó la mano, amenazante, dispuesto a imponer su autoridad por la fuerza. Juliana retrocedió un paso, pero la nana se interpuso como un escudo humano. El hombre, ofendido pero contenido, bajó el brazo y volvió a mirar el papel.
—¡Pero…! —exclamó incomprensivo al leer el primer fragmento.
Justo cuando iba a interrogarla, una empleada anunció una llamada. Luis Miguel se detuvo.
—Llevaré la llamada a mi habitación. Y por favor, tráeme una taza de café.
Al voltear, notó que el papel ya no estaba. Juliana se había deslizado escaleras abajo. La nana intentó seguirla, pero él le bloqueó el paso, mirándola con la fijeza tenebrosa de un búho.
—¿Quieres mucho a Juliana, no, añosa?
—Sí, señor, sabe que sí —respondió Olivia tratando de controlar el temblor de sus manos bajo el delantal—. Para mí ella es hermosa. Salió a la señora Mariana, pero tiene algo de usted: ese carácter decidido, que no conoce barranco que la detenga.
—Claro —cortó él con sequedad—. Llevas mucho con nosotros, ¿no? Prácticamente desde que ella nació. Has sido para ella una especie de… abuela. Aunque, siendo honestos, a mi madre no le llegas ni a los talones.
Soltó una carcajada sarcástica mientras el humo envolvía a la anciana.
—¿Has leído ese cuento de las tres hadas que criaron a la princesa? —preguntó él burlón—. Eran las tonteras con las que la dormías. Eres como una de ellas: un hada corriente, agrietada y carente.
Olivia mantuvo la mirada fija, tragando el veneno de sus palabras.
—Señor… —intentó decir para romper el momento.
—¡Perdón, vieja! Es que a ratos eres divertida —continuó él entre risas—. Pero volviendo al tema: eres como una de esas criaditas de los reyes. Pensándolo bien, a mi «princesita» le faltarían dos hadas más para estar completa. Aunque, si no pasas de este año, le faltarían tres.
Rió de nuevo, casi ahogándose con su propio cigarro.
—Dime, Olivia, no seas egoísta… ¿Cuál es el secreto para haber escapado tanto tiempo de las garras del cementerio?
La nana sonrió con una frialdad que heló la risa del tirano.
—Mire, señor, es muy fácil. El secreto es que yo ya aprendí a caminar entre tumbas sin tropezar, mientras usted apenas está cavando la suya con cada palabra. Sigo respirando porque el mundo necesita testigos de cómo se desmoronan los que, como usted, se creen dueños del aire antes de que el tiempo se los cobre.
El silencio fue absoluto. El ego de Luis Miguel se desvaneció por un instante, como un vals interrumpido de golpe. Se incorporó, acechante.
—¿Debo entender esto como una amenaza, señora?
—¡¿Cómo cree usted, señor?! Para nada —respondió ella con ironía disfrazada—. Esta vieja solo ha contestado a lo que su merced preguntó.
—Amenazar yo… ¡Ay, por Dios! Mi única amenaza es preguntarme al amanecer cómo me voy a levantar al día siguiente —soltó una carcajada ahogada—. Una cosa es parecer, señor, otra es ser.
—No lo sé —respondió él con fastidio—. El dialecto de los plebeyos solo ustedes lo entienden. Es como el cacareo de las gallinas: estridente y molesto.
—Tiene razón, señor. Pero peor es el aullido de los lobos que le ladran a la luna porque no la pueden alcanzar. Usted, como hombre tan leído, debe saber de eso.
—Tú lo has dicho, estimado fósil andante. Los libros solo te han servido para limpiarlos. Eres como este humo: estabas aquí y ahora te dispersas en la nada.
—Lo sé, señor. Pero hay riquezas que la aristocracia jamás entenderá. Sus tesoros se pudren, se los come la polilla o el orín de un perro. Cuán difícil es que los de su clase conozcan siquiera a Dios.
—En fin, vieja —interrumpió él
—. ¿Deseas acaso un té dulce para pasar el trago amargo? —ironizó Olivia.
—¿Cuál trago amargo? —preguntó él, inquieto.
—Pues el de saber, por boca de su propia hija, que no es más que un pobre de espíritu. Un… ¿cómo dijo ella? ¿Un indigente?
Luis Miguel, enfurecido, dio el último sorbo a su puro y se acercó a ella con paso firme. Recitó con voz gélida el primer fragmento que había logrado leer:
—«Esta noche, y solo acompañados de las luces de las luciérnagas…»
La nana palideció. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué pasa, vieja? ¿No era eso parte de la lista de compras? Raro, ¿no? —él aplastó la colilla del puro con su zapato fino, triunfante.
—¡Ay, Dios mío! Verdad… las compras —fingió Olivia con desesperación—. Por andar aquí platicando se me hace tarde para el café con las de la cocina. Y usted tiene esa llamada importante. Con permiso.
Intentó bajar las escaleras, pero él volvió a bloquearla.
—¡Cuidado, Olivia! Tienes mucho más que perder que yo. Sé cuánto quieres a Juliana y a mí no me cuesta nada chasquear los dedos para quitártela. ¿La quieres perder?
Olivia negó con la cabeza, mirando al suelo.
—Entonces, que no me entere yo de que le estás solapando tonterías con un miserable Mendoza. Porque entonces sí estaríamos en problemas.
Él se inclinó hacia su oído, susurrando:
—Las luciérnagas tienen una vida corta, Olivia. Brillan para ser vistas, pero en cuanto se apagan, nadie recuerda que existieron. No te equivoques de bando. La lealtad se paga con pan, pero la traición… la traición se paga con el olvido.
—Permiso —susurró ella y bajó presurosa.
Luis Miguel se retiró hacia su cuarto con paso gallardo. Una vez sola, Olivia apretó su bolso contra el pecho.
—¿En qué me metí? ¡Ay, Dios mío, niña! Por tus locuras ahora yo debo cubrir apariencias. Pero todo sea por tu felicidad, mi niña. Todo sea por verte sonreír.
EN LA PLAZA
Son las nueve de la mañana y la plaza se despliega como una partitura viviente. El sol, en su papel de director silencioso, marca el tempo con rayos que hacen vibrar el aire sobre el asfalto. Olivia camina con pasos pausados, integrándose en esa coreografía de gentes que se cruzan como notas sobre un pentagrama de piedra. El pueblo entero es un solo avispero; todos corren de un lado a otro en un baile de labores que no da tregua bajo el intenso brillo matutino.
La atmósfera se llena con el bajo profundo de los camiones. Los cargueros, con la piel brillante por el esfuerzo, suben y bajan bultos de hortalizas en un compás constante de madera y resistencia. Se escucha el trino de los buses escolares, mientras los obreros marcan un paso apurado con sus botas, siguiendo el ritmo de los relojes de las fábricas. Entre el bullicio, los vendedores entonan sus pregones como un coro de voces que ofrecen flores, perfumes y loterías. De fondo, el aroma del café y del pan caliente se filtra en el aire como una melodía suave, invitando a los transeúntes a una pausa necesaria.
En el parque central, el movimiento se vuelve un adagio más tranquilo. Los jubilados descansan en las bancas, leyendo el diario en un silencio cómplice. Cerca del kiosco, los niños de la guardería rompen la calma con sus risas, pedaleando triciclos en una danza de alegría pura que parece la mejor pieza de la mañana.
—¡Dios mío! Pero ¿qué es esto? —murmura Olivia, secándose el cuello con su pañuelo—. Esto no es gente, es una verdadera invasión. Parece que todo el mundo decidió salir a la misma hora. Es increíble, ni el calor tan fuerte logra que se queden en casa.
Se detiene un momento a recuperar el aliento, sintiendo el peso del camino en sus piernas.
—Yo, por andar de consentidora tapándole las travesuras a mi niña… Si no fuera por eso, estaría ahora mismo en mi casa, muy tranquila, tomándome un café y escuchando cosas hermosas al oído. Pero bueno, al mal tiempo buena cara; ya después de que uno se compromete, no hay vuelta atrás. Vamos, Olivia, que ya falta poco para terminar de subir.
Con un esfuerzo final, corona la pendiente. Al llegar, cierra su sombrilla de un tirón y el «tin-tin» de la campanilla anuncia su entrada al fresco de la dulcería, marcando el final de su trayecto.
—Buenos días —dice, soltando un suspiro que le sale del alma.
El muchacho tras el mostrador le sonríe y ella, apoyándose en el mueble, deja salir sus palabras con gracia:
—Oiga, joven, yo ya pensaba que no llegaba hasta aquí. Venía subiendo por esa pequeña loma frente al kiosco, esa de allá —señala con su dedo marcado por los años—. Y le digo que venía, pero miren… ¡casi arrastrando la lengua del cansancio!
Hace una mueca tan simpática que el muchacho suelta una carcajada.
—Y con este calor, muchacho… Usted no sabe. En esas subidas el sol pega tan de frente que hasta las ardillas tienen que usar guantes de cocina para poder agarrar las nueces. ¡No es mentira, joven! Hasta las lagartijas hacen fila afuera para comprarse un helado.
La risa de los empleados resuena en el local, mientras Olivia, satisfecha por haberles alegrado el rato, se limpia el rostro con mucha calma.
—«Es muy ocurrente la señora, ¿no te parece?» —comenta el joven a su compañero, todavía riendo por lo bajo.
LA MANSIÓN VALENCIA.
Luis Miguel Valencia Rico permanece recluido en su biblioteca; un espacio que trasciende la utilidad para convertirse en un santuario del conocimiento. El diseño, de una sofisticación minimalista, integra estanterías de maderas nobles con acentos en metal y cristal. Algunas de estas estructuras, de naturaleza modular, se desplazan con un susurro mecánico —un adagio de ingeniería— revelando secciones ocultas que resguardan volúmenes incunables. La iluminación se adapta al temperamento del dueño: desde una penumbra que invita a la introspección, hasta una claridad quirúrgica que inunda cada rincón.
A través de los imponentes ventanales, la línea que divide el opulento interior del jardín exterior parece difuminarse. En el epicentro del salón destaca un escritorio de roble y vidrio; a su lado, un sillón de cuero cuya pátina revela años de cuidado. Una chimenea de mármol negro aguarda en silencio, prometiendo la calidez que solo el fuego concede en las temporadas gélidas. Es allí, entre el aroma a tinta y la fragancia de un aire renovado, donde el señor Valencia lee con serenidad. Sin embargo, al cerrar el libro, el presente se desvanece para dar paso a la luz de otra mañana.
20 AÑOS ATRÁS)
(20 AÑOS DE LUIS MIGUEL).
Aquella mañana resplandecía con una intensidad distinta; el sol parecía iluminar cada oportunidad. Luis Miguel, con apenas veinte años, era un joven de mirada aguerrida y visión clara. Sus ojos, encendidos por el fuego de la victoria, reflejaban su dicha: como principiante en el mundo inmobiliario, estaba por consolidar su segundo gran negocio, una sociedad que prometía dividendos capaces de cimentar un imperio.
En el recibidor de la mansión, Mariana lo aguardaba de pie. Ella, vestida con un traje de gran garbo y finura, supervisaba con elegancia el orden de las vituallas para la cocina. Al verlo, lo recibió con un abrazo y un beso cargado de esa frescura juvenil que tanto lo cautivaba.
—Te ves mucho más animado esta mañana, amor —dijo ella, sujetándolo por los brazos—. Y guapo…
Mariana ajustó el esmoquin de Luis Miguel y enderezó su corbata con delicadeza. Luego, se acercó a su cuello, aspirando su fragancia.
—Tienes un aroma diferente… rústico, terroso. Hay algo especial en ti hoy, vida mía; brillas más que el sol intenso.
Él la estrechó, balanceándola en un suave vals de brazos y suspiros.
—¿Te parece, amor? —preguntó él con una sonrisa.
—Claro. Hasta empiezo a temer tanto esmero en tu arreglo… ¿No será que tienes alguna aventurilla por ahí?
Una carcajada profunda brotó del joven, quien la apretó contra sí.
—Claro que la hay —respondió con firmeza—. Tengo una aventura con la mejor oportunidad de nuestras vidas. Esa es la que ha dormido entre nosotros y la que me ha desvelado casi tanto como tú. Todo es bueno, Mariana… tan bueno como las noticias que espero recibir hoy en la oficina. Me han llamado para hablar seriamente; ¿y para qué habría de ser, sino para darme las albricias de ese negocio que nos dejará los mejores dividendos?
—Pues, por tu cara de felicidad, algo magnífico ha de ser —concluyó ella.
—¡Buenísimo, amor mío! —exclamó él, levantándola en vilo y dando giros en un remolino rítmico de risas compartidas.
EN LA OFICINA
Luis Miguel salió de la mansión y se dirigió a su oficina, un recinto donde el aire vibraba con un tempo acelerado. El tecleo de las máquinas de escribir golpeaba el papel como un staccato de percusión, marcando el ritmo de una empresa en pleno ascenso. El joven caminó hacia el centro del salón con la seguridad de un director de orquesta. Sus zapatos marcaban el compás sobre el suelo, un sonido firme que anunciaba su llegada.
Se detuvo frente al ventanal. Afuera, la ciudad se movía con la inercia de una gran orquesta afinando antes de la función. Los cláxones y el murmullo de la calle eran el bajo continuo que sostenía su ambición.
—Don Luis Miguel, lo esperan en la sala de juntas —anunció su asistente.
Él asintió, ajustándose el reloj. Al caminar hacia la puerta de roble, sus pasos resonaron con una cadencia solemne, el preludio de un clímax inminente. Entró en la sala, donde el silencio de los delegados de la constructora se sentía denso, una pausa dramática antes de que la primera nota del contrato fuera dictada. Allí estaban: hombres de gris, rígidos como una partitura antigua, esperando al joven visionario
DE VUELTA AL PRESENTE.
Luis Miguel permanece exánime en el sillón de su escritorio. Su mente es un torbellino de dicotomías, oscilando entre la calidez de los recuerdos que evocan una sonrisa fugaz y la ponzoña de aquellos episodios amargos que fragmentan su temple. En sus manos, el portarretrato de Juliana —su hija a los seis años— es el único ancla de su humanidad. Desliza el pulgar sobre el cristal con una ternura casi religiosa, pero la imagen se distorsiona súbitamente.
Como un rayo abrasador, cruza por su mente el eco de la violenta discusión que sostuvo hace apenas unos instantes. Visualiza de nuevo el rostro de Juliana, hoy una mujer de dieciocho años, enfrentándolo con una mirada cargada de una decepción letal. Revive la humillación de escuchar, de labios de su propia sangre y con el respaldo silencioso de la vieja nana, la sentencia que lo dejó desnudo frente a su propia conciencia: que a pesar de los lujos que lo rodean y de su estatus de élite, no es más que un mendigo espiritual. La acusación de ser un hombre cuya riqueza material es inversamente proporcional a la miseria de su alma, resuena en su cabeza como una nota disonante que se niega a morir.
Ese reconocimiento, lejos de redimirlo, actúa como un catalizador de su furia. Si hoy es ese «pobre de espíritu» que su hija desprecia, es por la herida que Nicolás Mendoza Casavieja dejó abierta hace años.
Sus ojos se clavan con un desprecio infinito en la revista de finanzas sobre el escritorio. En la portada, el rostro de Nicolás se exhibe con una arrogancia que Luis Miguel percibe como un insulto. Siente cómo su propia sangre marca un ritmo obsesivo de venganza en sus sienes.
—«Despreciable advenedizo… canalla», —Murmura con una voz que vibra con la resonancia de un tambor de guerra—. «Por tu causa, la armonía de mi existencia se quebró. Erigiste tu fortuna sobre el cadáver de mis esfuerzos y la agonía de mis desvelos. Tu ambición de criatura rastrera no solo me arrebató el patrimonio; pretendía aniquilar mi espíritu… ¡Y lo lograste, maldito! Me convertiste en este mendigo que mi propia hija desprecia, un hombre rodeado de oro pero vacío por dentro».
Con un movimiento quirúrgico pero cargado de odio, toma la revista y la estruja hasta que el crujir del papel suena como una cuerda de violín rompiéndose bajo una tensión insoportable.
—«Te alimentaste de mi ruina. Eres el vestigio más ruin que ha hollado este suelo. Pero aguarda, sanguijuela, pues llegará el día en que me conceda el privilegio de desmantelar tu imperio con la misma frialdad con la que tú me destruiste. Tus sueños se transmutarán en una pesadilla disonante, una tan asfixiante como la que tú me obligaste a padecer».
—«Te juro, Nicolás», —Sentencia, dejando caer el papel arrugado como quien desecha un despojo—, «Por la sangre que me obligaste a sudar y por esta miseria espiritual que me heredaste, que llorarás lágrimas de hiel. El nombre de Luis Miguel Valencia Rico será el último acorde que escuches antes de tu caída. Es una promesa».
Recupera su inmovilidad estática y, con la mirada perdida en el vacío, permite que el tiempo vuelva a plegarse en un decrescendo hacia las sombras del pasado.
20 AÑOS DE LUIS MIGUEL.
Tal cual como el sol se muestra esa mañana de reluciente, así se percibe el optimismo de Luis Miguel Valencia Rico, quien desciende presuroso de su auto con traje impecable y portafolio en mano. Tanta alegría no le cabe en el pecho; su corazón, acelerado, parece marcar el compás de una melodía interna, un pulso incontrolable y vibrante. Decidido y firme, atraviesa las puertas de cristal de su empresa. Una oportunidad magnífica parece esperarlo y él no ve la hora de alcanzarla.
—Buenos días para todos —Saluda Luis Miguel.
Todos al tiempo contestan en eco, y con una sonrisa de absoluta satisfacción, él desaparece entre las puertas del ascensor que lo dirigen hacia la planta sexta del magno edificio. Su secretaria, ya ubicada en su puesto, levanta la cabeza al percibir el suave tono de llegada de la cabina.
—Señor —Lo saluda con genuina amabilidad.
—Buenos días, mi querida Carmen. ¿Cómo amanece usted el día de hoy? Cuénteme —Responde, conservando esa presencia magnética y optimista.
—¡Muy bien, gracias a Dios, señor Valencia! La verdad no tengo nada de qué quejarme; creo que es un buen día.
—Estamos totalmente de acuerdo, Carmen. Hace un buen día y será un día excepcional, téngalo por seguro. Que no le quepa la menor duda. ¡Vaya! ¿Flores? —Dice, mientras acaricia los pétalos con la delicadeza de quien aprecia la estética en los detalles mínimos.
—Sí, señor. Las compré nuevas esta mañana en la plaza principal. Señor Valencia, cuénteme, ¿cómo está la señora Mariana, su esposa?
—Tan hermosa como siempre, más bella que nunca. Cada día posee un matiz mejor que el de estas flores —Responde con una leve risa de orgullo—. Y por supuesto que está muy bien; quedó en casa a cargo de la organización de los suministros que llegaron temprano.
—¡Ay, señor, me alegra mucho eso! Pero, señor Valencia, perdone si soy atrevida: lo noto distinto esta mañana. Su actitud es radiante, su sonrisa parece iluminar todo el piso.
—No se podría estar de otra forma, Carmen, cuando la señora «Oportunidad» llega de visita —Contesta con elegancia mientras se retira hacia su despacho.
—¡No comprendo, señor Valencia! ¿A qué se refiere? —Pregunta confusa la secretaria.
—Yo me comprendo, Carmen, y con ello basta. Por favor, me comunica de inmediato si llega la visita que estoy esperando.
2 HORAS MÁS TARDE
Dos hombres de presencia imponente y vestimenta rigurosa llegan al sexto piso preguntando por la presidencia. Carmen marca la extensión de inmediato.
—Claro que sí, Carmen. Por favor, hágales pasar y acompáñenos —ordena Luis Miguel.
Al instante, llaman a la puerta.
—¿Sí? Adelante. Caballeros, tengan ustedes muy buenos días. Sean bienvenidos; consideren esta su casa. Por favor, tomen asiento. ¿Desean alguna atención? ¿Café, una infusión, agua fresca? —Ofrece Luis Miguel mientras sus visitantes solicitan un vaso con agua—. Carmen, por favor, traiga agua fría para los doctores. Muchas gracias, puede retirarse.
Una vez a solas, Luis Miguel se acomoda en su sillón con la naturalidad de quien domina el escenario. Su postura refleja la seguridad de sus estudios y la fineza de su trayectoria internacional.
—Bien, doctores. Como pueden ver, estas son mis instalaciones; soy el dueño y gerente de esta firma que he conducido durante dos décadas —Agrega con voz firme y serena—. Mi nombre es Luis Miguel Valencia Rico y estoy a su entera disposición. En este nivel de la gestión, valoro tanto la precisión técnica como la visión estratégica. Soy todo oídos; díganme qué frecuencia trae su propuesta a esta mesa de negocios.
EN LA PLAZA.
Olivia, todavía en la dulcería y frente al mostrador, sigue secándose el sudor que le brotó al subir aquella loma. Su respiración marcada es el único sonido que acompaña el silencio tras su llegada.
—¡¿Decía usted, joven?! —preguntó la nana con extrañeza, mirando al muchacho que no para de reír.
—Que es usted muy graciosa, señora. La verdad, nos hizo el día. Los clientes entran y salen con un paso tan tieso, pero usted… usted trae algo diferente.
—Ah, bueno… —suspiró ella, llevándose la mano al pecho para calmar los latidos—. Menos mal, porque ya me estaba asustando de oír tanta carcajada. —Soltó una risa natural—. Además, muchacho, hay que tenerle consideración a las que tenemos la juventud acumulada. ¿No ve que yo casi fui la madrina de Pebbles Picapiedra? Soy como una caja fuerte de sabiduría, aunque la combinación a veces se me trabe.
Los dos muchachos soltaron una carcajada tan sonora que pareció hacer vibrar los frascos de vidrio en los estantes.
—Siéntanse dichosos —añadió ella con un guiño—, que estos privilegios no se tienen todo el tiempo.
—Ya lo creo —asintió el joven, riendo—. ¿Andaba buscando algo especial? Mire que también tengo estos de coco, son la especialidad de la casa…
Al escuchar «coco», Olivia soltó una carcajada estrepitosa que dejó a los jóvenes desconcertados. No era una risa cualquiera; era el eco de una batalla ganada a pura astucia. De inmediato, su mano bajó al bolsillo de su delantal y sus dedos tropezaron con la textura del papel: la carta de José Fernando Mendoza Robles. Se quedó en silencio un segundo, acariciando el sobre oculto. Recordó la tensión de aquel momento, cuando tuvo que usar los benditos dulces de coco como una cortina de humo para que aquel hombre —agrio y rígido como un general en plena guerra— no descubriera el mensaje de amor destinado a su niña Juliana.
—¡Ay, perdóneme, jovencito! —exclamó al fin, recobrando la postura—. No me ponga de esos, que a mi niña Juliana no le gustan ni por equivocación. De solo mentarlos ya me la imagino haciendo una cara de fastidio. ¡Pobre de mí si llego a la casa con eso después de tanto que nos costó «lidiar» con ellos! —Hizo una pausa pícara—. Bueno, sabe qué… póngame apenas dos o tres, pero en una bolsita bien escondida. Serán para una bromilla que tengo en mente para alguien que se lo merece. Un pequeño «desafine» para el camino.
—Está bien, señora —contestó el joven divertido—. ¿Entonces qué más le anoto?
—Bueno, por lo que veo, hoy hay algo innovador en la vitrina. Esos caramelos parecen de notas diferentes —comentó Olivia, acercándose al cristal—. Hasta la dulcería se renueva y una aquí, añejándose… Ya parezco una de esas galletas crocantes; a cada movimiento que hago, ¡crujo todita! Pero bueno, los mejores vinos son los más viejos, ¿no? Póngame también una cantidad considerable de esas mismas galletas, de las «añejas» como yo. Me acabo de acordar que en la cocina me espera una tertulia de esas que sacan chispas. Hay ciertos asuntos y temas rondando que nos tienen a todas intrigadas… y esas lenguas no se sueltan solas. Ya me las imagino con un café recién colado, de ese que humea y despierta hasta a los muertos.
Olivia tragó saliva; solo de pensarlo sentía que sus papilas gustativas daban saltos de alegría.
—En fin, muchacho, deme media bolsa de los de fresa con miel, limón y naranja. No se olvide de los morados, que esos me fascinan, y póngame bastantes galletas para ese banquete de chismes que me espera.
—Claro que sí, mi señora. El total sería…
—¡Un momentito! —le gritó Olivia—. ¡Un cobro justo, ¿oyó?! Que no vengo con intención de comprarle el local completo.
El muchacho terminó de entregarle las vueltas entre risas. Ella agradeció la atención y comenzó a retirarse con paso pausado. Sin embargo, justo cuando Olivia iba por la mitad del salón, la puerta se abrió y entró otro cliente. El hombre, abusando de la confianza, soltó una mofa atrevida sobre la muchacha que dejó al joven, hiriendo su alma en lo más profundo. Al instante, la luz en el rostro del muchacho se apagó y su mirada se tornó grisácea, cargada de un dolor antiguo.
Olivia se detuvo en seco. La indignación le recorre el cuerpo, y aunque ya estaba por salir, se devolvió con una ternura infinita. Se paró frente al joven y lo miró directamente a los ojos con la sabiduría de quien conoce el peso de las lágrimas.
—Joven —le dijo con voz firme—, dirá usted que soy una vieja muy metiche, pero no me importa. Sin querer oigo la atrevida burla de ese que acaba de llegar y es inevitable notar que ha lastimado algo en su alma. No me interesa saber el qué pasó; solo me interesa que sepa que no siempre los que se van de nuestro lado es porque seamos malos. Nada de eso.
La anciana se acomodó el chal, hablando con una paz que silenciaba el ruido del burlón.
—Supe de la historia de una anciana que sale con dos mujeres de un lugar amargo. A mitad del camino, les pide devolverse. Una de ellas, llorando, le da un beso y se marcha. ¿Y sabe qué significa eso, muchacho? Que está bien. Muchas veces se van porque es necesario. Quien le da el beso a mitad del camino no estaba destinado a llegar al final con usted. Deje ir, porque dejar ir es quitar lo que estorba, lo que nos estanca para avanzar. Usted no puede correr tras quien no camina con usted una trocha más. Vívelo, porque somos humanos y el proceso se debe vivir, pero no se quede a llorar lo que no estaba destinado para estar.
El joven, conmovido por la verdad que emanaba de la anciana, logró susurrar con una gratitud que le quebraba la voz:
—Gracias… de verdad, muchas gracias por hablarme así.
Olivia le dedicó una última mirada llena de bondad, se dio la vuelta y desapareció tras la puerta hacia la calle. En el mostrador, dos grandiosas perlas líquidas rodaron por las mejillas del muchacho, deslizándose con la gracia de bailarinas que se despiden de un escenario que ha dejado de ser gris
MANSIÓN DE LOS VALENCIA
Encerrado en la penumbra de su biblioteca, Luis Miguel Valencia Rico continúa escarbando entre las ruinas de su pasado. Los sucesos, plasmados en un tono sepia que el tiempo no ha logrado borrar, le evocan recuerdos punzantes; a través de su máquina del tiempo mental, se transporta de nuevo a aquel compás de su vida, hace exactamente dos décadas, cuando el ritmo de su existencia parecía marcar una melodía de ascenso meteórico.
20 AÑOS ATRÁS
Luis Miguel observa a los hombres frente a él con una mezcla de tensión y esperanza. El ambiente en la oficina se torna denso, cargado con la frecuencia vibrante de una respuesta que ansía recibir; es una expectativa similar a la de un niño que aguarda el regreso de su padre con una promesa bajo el brazo. Inclinado hacia adelante, con las manos entrelazadas sobre la sofisticada mesa de cristal, su gesto denota un nerviosismo que intenta camuflar bajo su impecable traje a medida.
—¿Y bien? —pregunta, rompiendo un silencio casi palpable, gélido, apenas interrumpido por el siseo monocorde del aire acondicionado—. Soy todo oídos. Cuéntenme, ¿cómo se ha resuelto el asunto finalmente?
La ansiedad se filtra en su voz justo cuando un suave toque en la puerta interrumpe la partitura de la reunión.
—Adelante —indica Luis Miguel.
—Disculpe, señor Valencia. Traigo el agua fría que solicitó la señora Carmen y su café de especialidad.
—Gracias. Déjelos y puede retirarse. ¡Ah! Al salir, asegúrese de cerrar la puerta con el seguro, por favor —instruye con la autoridad natural de su rango. Una vez que la puerta encaja con un clic seco, retoma el hilo—. Bien, ahora sí, procedamos.
Los visitantes beben un sorbo de agua, ganando tiempo, como quien prepara los instrumentos antes de una ejecución difícil.
—Señor Valencia, como es de su conocimiento, hemos venido cumpliendo con el cronograma anunciado a los participantes a través de la firma Mendoza y Asociados. Cumplido el plazo de dos meses, estamos aquí para comunicarle personalmente el veredicto de la licitación.
Luis Miguel sonríe, frotándose las manos con satisfacción contenida, un gesto que en su mente suena como el preludio de un aplauso.
—Comprendo. ¿Y bien?
—Ya se ha seleccionado a la firma inmobiliaria que liderará el proyecto.
—¿Quién ha sido el afortunado? Cuéntenme, por favor —insiste con entusiasmo, manteniendo la ilusión de que el nombre de su empresa sea la nota dominante del anuncio.
—La Inmobiliaria Domínguez es la seleccionada. Por tanto, no nos queda más que agradecer su participación. Esperamos contar con su propuesta en futuros proyectos, pues reconocemos la impecable calidad de su gestión.
La noticia golpea a Luis Miguel como un acorde disonante y gélido. Un silencio sepulcral inunda la estancia. La incredulidad inicial muta en una frustración sorda al recordar las infinitas horas dedicadas a la curaduría estética de aquel proyecto. En lugar del crescendo de victoria que espera, se encuentra con el vacío de una partitura en blanco. Bebe un sorbo de café, tratando de recuperar la compostura, y rompe el silencio con una pregunta técnica:
—Entiendo. Sin embargo, dada la desestimación de mi propuesta, requiero precisiones adicionales.
—Por supuesto, señor Valencia. Estamos a su disposición para resolver cualquier inquietud técnica o administrativa.
—¿Cuál es el protocolo de retorno para el capital invertido como parte de la sociedad? ¿En qué plazo se hace efectiva la devolución? Si lo prefieren, puedo facilitarles de inmediato los detalles de mi cuenta corporativa para la transferencia de los fondos.
Los visitantes fruncen el ceño, intercambiendo una mirada de extrañeza que desafina con la seguridad de Luis Miguel.
—¿Capital? Señor Valencia, no comprendo a qué fondos se refiere.
—El dinero —replica él con una nota de impaciencia—. El capital semilla que invertí para formalizar mi participación en la sociedad.
—Señor, me temo que existe un error de concepto —insiste el visitante con tono grave.
—No lo creo, caballeros. ¿Acaso no es este el procedimiento para presentar el plan de trabajo estructurado a Mendoz noa y Asociados?
—Efectivamente. Y estamos aquí para notificarle que los Domínguez obtienen la adjudicación. Pero en lo que respecta a desembolsos económicos…
—¿Qué sucede con el dinero que se nos solicita invertir para entrar en el proceso? —interrumpe Luis Miguel, sintiendo que el ritmo de su corazón se acelera de forma irregular.
—¡El dinero! Señor… creo que es ahí donde radica la confusión. ¿Acaso no lee usted el pliego de condiciones y la documentación técnica que se les facilita? Allí se especifica la naturaleza del concurso.
—¿Cómo dice? ¿Qué documentación? —La seguridad en su voz se quiebra—. No estoy comprendiendo el giro que toma esta conversación.
—Su reacción nos resulta desconcertante, señor Valencia. ¿Cómo es posible que participe con un proyecto de tal excelencia técnica sin haber analizado las bases legales? Hay algo que no encaja en esta composición.
—¡Vaya si hay algo extraño! —exclama Luis Miguel, cuya molestia empieza a escalar—. Me hablan de normas que ahora parecen desconocer. Esto es sumamente preocupante.
—Díganos, señor Valencia, ¿por qué canal recibe usted la convocatoria de este proyecto?
—A través de Alonso Riaño, un aliado cercano que también participa. Vi en ello una oportunidad estratégica y decidí aventurarme.
—Entiendo —exclama el visitante, suavizando el tono por la gravedad de lo que intuye—. Es decir, fue a través de un tercero. Usted nunca recibió el dossier original con las cláusulas de la sociedad.
Le extiende una carpeta de cuero. Luis Miguel la abre y comienza a leer con una fijeza casi dolorosa, bajo la mirada inquisitiva de sus interlocutores.
—¿Están absolutamente seguros de que esta es la única normativa vigente para el proceso? —pregunta, palideciendo hasta que su rostro adquiere el tono del mármol.
—Absolutamente, señor Valencia.
Luis Miguel siente cómo su mundo sufre un colapso estructural. Cada sueño, cada compás de éxito que ha orquestado en su mente, se reduce a escombros y polvareda. Un maremoto emocional lo sumerge en un estado de conmoción absoluta. Deja caer la carpeta sobre la mesa de cristal; el sonido seco resuena como un golpe de timbal que marca el fin de una era. El silencio que sigue es ensordecedor. El sudor comienza a perlar su frente mientras se desata el nudo de la corbata con movimientos erráticos, buscando un aire que parece habérsele negado. Sus pulmones emiten una respiración entrecortada, una arritmia provocada por el peso de la traición que acaba de leer.
En ese instante de parálisis, su mente proyecta una ráfaga de imágenes punzantes: los bocetos de interiorismo extendidos bajo la luz de la lámpara, el trazo febril de sus manos seleccionando las texturas de los mármoles y las paletas cromáticas para los amenities de lujo, y la calidez del hogar horas antes de la cita. Rememora la mirada intuitiva de Mariana mientras le ajustaba los puños de la camisa, deteniéndose con recelo sobre los gemelos de oro, y la insistencia de sus ojos escudriñando su seguridad. Recuerda el roce de su mano, cargado de una advertencia silenciosa sobre la transparencia de Alonso y la validez de los términos pactados en una sociedad sin respaldo directo de la constructora, una sospecha que él, en su arrogancia, prefirió ignorar bajo el brillo de la ambición.
El recuerdo actúa como una disonancia cruel que lo devuelve al presente de la oficina. Los visitantes, visiblemente perturbados por su palidez repentina, rompen el silencio con una nota de alarma.
—Señor Valencia, ¿se encuentra bien? —pregunta el mayor, inclinándose hacia él con genuina preocupación—. Ha perdido el color por completo. ¿Desea que llamemos a un médico o a algún familiar? ¿Le ocurre algo?
Luis Miguel siente que el aire de la oficina se vuelve sólido, una masa que le oprime la garganta. Sin embargo, su instinto de preservación y el orgullo propio de su estirpe actúan como un resorte automático para recomponer la fachada, aunque sea de forma precaria. Se lleva una mano al rostro, intentando masajear la tensión de sus sienes, y exhala un suspiro tembloroso antes de forzar una respuesta a medias tintas.
—Sí… —logra articular con una voz que suena hueca, carente de su brillo habitual—. No se preocupen, es solo… el peso del agotamiento tras tantas semanas de trabajo ininterrumpido. Estoy bien, de verdad. Solo necesito un momento de quietud para procesar los detalles técnicos que me han facilitado.
A pesar de sus palabras, sus manos no dejan de jugar erráticamente con el nudo de su corbata, delatando la tormenta interna que sus labios intentan negar. Sus invitados intercambian una mirada cargada de escepticismo, pero ante la barrera de cortesía profesional que Luis Miguel acaba de levantar, no tienen más remedio que asentir en un silencio incómodo.
EN LA CALLE.
Olivia arrastra sus pasos por el asfalto de San Gabriel, dejando atrás el aroma de la dulcería y el bullicio del mercado, sorda al cascabeleo de los triciclos y al coro de risas en las guarderías. Para ella, el mundo es una película muda donde solo retumba un bombo interno, marcando el compás de sus recuerdos como bailarinas en la pieza más siniestra. A sus dieciséis años, aquel rincón añejo que llamaban hogar se desmoronaba bajo la ludopatía de su padre, un vicio que él arrastraba desde que ella tenía uso de razón.
La música de su memoria chirría con un estruendo desafinado al revivir el cobro de la deuda: el brillo del machete que acabó con la vida de su madre, quien entregó su último aliento intentando arrebatarla de las manos de aquellos forajidos mientras la ultrajaban frente a la mirada impotente de su padre. El aire se rasga con una nota sorda y cruel al recordar esa tortura; su virtud arrebatada como un golpe seco a un platillo que suena sin compás. Vio a sus hermanos y a su progenitor ser arrastrados como mercancía hacia una neblina sin retorno, desapareciendo en el silencio de un adeudo que la sangre no alcanzó a cubrir.
Tras escapar y buscar refugio en el hombre que amaba, solo encontró un desprecio absoluto, como si fuera un objeto sucio y maloliente desechado en la calle. Las calumnias del criminal provocaron un linchamiento que le arrebató a su retoño, su último bordón de esperanza. Obligada a huir de su origen, emprendió una marcha agónica; llegó a la ciudad con los pies hechos jirones por las rasgaduras del camino y su ropa convertida en un trevejo andrajoso, cargando el hedor de la miseria hasta las puertas de aquel refugio que la recibió en su hora más oscura.
En ese asilo, Olivia descubrió que perdonar no es borrar, sino aprender a vivir con las arrugas. Sabe que su corazón es como una hoja de papel que conserva las marcas de la violencia, pero hoy, al tocar esas grietas, el dolor ya no la quiebra. Aprieta en su bolsillo el papel arrugado con la nota de amor de Juliana y Luis Miguel, entendiendo que su pasado fue el proceso necesario para convertirse en el refugio que ella nunca tuvo, transformando el chillido de su ayer en una melodía de paz para su nueva familia.
De pronto, volviendo en sí, la nana Olivia toma asiento en la banca de un parque. Observa todo a su alrededor y, por fin, oye la sinfonía que emite el mundo: el embrague de los carros, el trinar de los pájaros y ese sonido suave del viento. Se reconoce en él: un hálito que se mueve hacia donde debe, en una obediencia totalm deente sometida, sin ver el rumbo pero sintiendo el impulso. Se sabe pieza de ajedrez en manos de ese Ser Supremo que la mueve según su criterio divino; está donde le es necesario estar, con quien debe estar, y hasta el momento exacto en que Él lo decida.
En medio del murmullo de risas y llantos, la imagen del pulido rostro de su niña Juliana llega a su cabeza. Ahí rompe el silencio, hablando en voz baja:
—¡Cuán difícil ha sido todo! ¡Qué dura experiencia! Tantos golpes del martillo de esta vida indolente, recibidos así, sin más ni más, sin imaginarlo ni esperarlo… Pero tengo que reconocer, Señor, que este martilleo me ha sabido formar. Entender ha sido bueno, sí, pero ¡hay que reconocer que llegar hasta aquí, Dios, no ha sido fácil! Todo lo que he podido comprender en mi mente renovada ha sido doloroso; han habido mares de lágrimas amargos, casi como la hiel, para entender que hoy pruebo miel. Porque, antes de todo festejo, soy consciente de que tuvo que haber un duelo. ¡Pero hoy sé que no es en vano! No lo es, porque si yo pasé por esa trituradora tan cruel, por lo menos podré ser la vara en la que mi niña se sostenga de tu parte, Señor, para que ella lo comprenda y no le duela tanto… o, por lo menos, no peor de lo que a mí me costó.
Olivia acaricia con nerviosismo el papel hecho grullos en su delantal. Es la carta prohibida, la que ha custodiado desde la mañana, tras aquel momento de diferencia campal de gladiadoras que tuvieron con Luis Miguel, el padre de Juliana, cuando él casi la descubre y la lee. El papel aún guarda el aroma de aquel varón, ese «Romeo» cuyo rastro es ahora el perfume de un sacrificio.
—Ese aroma no es solo un recuerdo, Dios; es el perfume de mi renuncia, una poda necesaria para que el jardín de mi niña florezca sin espinas. Entiendo ahora que este alito de viento que me queda no es debilidad, sino el soplo invisible que empuja sus velas. Mientras me des fuerzas, mientras le des vigor a esta viga ya oxidada y aliento a este pequeño hálito de vida, yo seré su apoyo. No quiero que ella pase por esos mismos bosques tenebrosos que yo atravesé con amargura y sola.
Bajando la voz, como una nota tenue que se funde entre las sombras del parque, añade con fervor:
—Por eso, seré como te dije aquella vez: esa heroína débil, pero fuerte en Dios. Seré la nota baja de esta sinfonía, la que nadie nota pero que sostiene el ritmo. Sostendré sus manos en alto en la batalla hasta que ella pueda gritar de verdad: «¡Por esto luché y ahora lo tengo! ¡Por esto esperé y ahora es mío!».
Antes de que llegue ese día en que temblarán los guardas de la casa y se cierren las puertas de afuera, Olivia se reconoce como el instrumento dócil. Aunque sea una hija nacida del corazón y no del vientre —como aquel que ya nunca fue porque no se lo permitieron—, Juliana es su tesoro de alto valor.
—¡Tú, mi niña amada! Mientras el cielo abra su favor al mío, este hálito de vida será para servirte. Yo me ofrezco para ser tu instrumento dócil. ¡Tú, mi amada Juliana, mi hija del corazón!
EN LA MANSIÓN DE LOS VALENCIA.
Una hora más tarde, la nana atravesó el umbral de la mansión. Al entrar, se encontró con una de las criadas jóvenes.
—¡Buenas tardes, mija! ¿Dónde anda mi lucero? —preguntó la nana con una chispa de ternura.
La empleada, con un gesto cómplice y una sonrisa, le señaló hacia los ventanales: Juliana estaba en el jardín. La nana le devolvió una sonrisa jocosa, soltando un comentario que hizo reír a la muchacha, pero su alegría se detuvo en seco al sentir el peso del papel en su delantal. Abrió los ojos con espanto; era la nota con aroma a «hombre enamorado» que le recordaba al pretendiente de su niña. Ella guardaba ese secreto con uñas y dientes solo por amor a Juliana, a quien cuidaba como al hijo que la vida no le permitió tener.
—¡Válgame Dios, qué imprudencia! —masculló, retrocediendo dos pasos como quien oculta un pecado—. Si el «Ogro» de Luis Miguel Valencia Rico huele esto, se acaba el mundo para mi niña.
Se dirigió a toda prisa hacia su habitación, buscando refugio mientras hablaba para sus adentros con desesperación:
—Si pierdo el lugar que ocupo en el corazón de mi Juliana, pierdo mi único patrimonio. Esta casa es una vitrina fría y esa «señora» es un óleo impecable sobre un lienzo vacío; una madre de nombre que se olvida de respirar. ¡Cobardía disfrazada de seda!
Iba tan perdida en su monólogo que chocó de frente con un pecho firme. De inmediato, una fragancia a esencia parisina la envolvió, un aroma tan denso y artificial que casi asfixiaba el humilde olor a limpio de su delantal. Era Mariana Rivadeneira de Valencia, una visión de porcelana con un moño italiano perfecto. Vestía un sastre de seda color marfil que se ceñía a su figura con una precisión quirúrgica, complementado por un collar de perlas auténticas que descansaban sobre su cuello como pequeñas gotas de hielo. Sus zapatos de tacón de aguja, forrados en la misma tela, lograban que su andar fuera silencioso pero imponente, como el de una reina que no pisa el suelo, sino que lo domina.
—¡Buenos días, señora! Disculpe, venía haciendo inventarios en mi cabeza —balbuceó la nana.
—Buenas tardes —sentenció Mariana, con voz gélida.
—Eso, buenas tardes. Está usted radiante… parece un maniquí de esos caros, pero de los que están calientitos al tacto —soltó la vieja con su ironía dulce—. Tan bella está que hasta parece que no fuera la mamá de Juliana. ¿Se acuerda de ella, señora? Esa muchachita encantadora que ahora mismo toma el sol en el jardín.
Mariana la observó con desdén, pero la nana insistió:
—Debería ir a verla. Se ven tan hermosas juntas que parecen hermanas. La niña heredó toda su finura. Vaya, a ella le fascinaría compartir un momento con usted. Es su hija, su propia sangre… ¿no le parece que ya va siendo hora de que se miren a los ojos?
Mariana dibujó una mueca ensayada, una sonrisa mecánica que no lograba ocultar su fastidio.
—Nana, sé perfectamente quién es mi hija. Ahora dime, ¿qué es ese papel que llevas en las manos?
La nana se lo arrebató de vuelta con una risa nerviosa.
—¡Ay, señora! Son bobadas de vieja tonta. Papel basura, nada más.
—Si vas a la cocina, pide un café y que lo lleven a la terraza —ordenó Mariana con indiferencia.
—Señora, mire qué día tan precioso. ¿Por qué no aprovecha y pide que le lleven ese café al jardín para estar con la niña? —insistió la nana con ruego. Ante el silencio de mármol de la mujer, la nana metió la mano en su bolsillo y sacó un pequeño caramelo—. Mire, aquí tengo unos dulces. ¿No desea uno para que así endulce su corazón en este bello día? Vamos, están ricos y fresquitos, como le gustan a su hija. No creo que a ella le moleste compartir uno con su mamá para llenarle el alma de alegría.
Mariana ignoró el dulce con un gesto de desprecio. Se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras con un garbo que cortaba el aire. Al alejarse, dejó el espacio impregnado de su perfume francés, una estela opresiva que parecía acentuar la frialdad de su partida.
La nana se lo quedó viendo mientras desaparecía en la planta alta.
—Yo quise que esta mujer conociera a la niña fascinante que tiene afuera, pero parece que no le interesa respirar. Iré a esconder esto, porque si ella no sirve como madre, aquí estoy yo para ser el refugio de mi niña.
EN LA BIBLIOTECA
Aquel tigre de Bengala de traje impecable habita su búnker de cuero y madera con la autoridad de quien dirige un silencio absoluto. El humo de su puro dibuja piruetas en el aire antes de perderse, dejando un rastro de furia contenida que compite con el perfume de sus libros. Su mirada, fija en un punto muerto, se sumerge en el recuerdo de su gran pérdida; evoca la imagen de sus propios dedos reduciendo a un guiñapo la fotografía de Nicolás Mendoza Casavieja. Para Luis Miguel, ese hombre no es más que hojarasca esperando el fuego.
Con postura aristocrática, sostiene el auricular mientras la luz de la ciudad se filtra por el ventanal con la cadencia de un vals inglés.
—No quiero errores —sentencia con una voz que es seda fría—. El tempo debe ser exacto. Si se anticipan, la composición se arruina; si se retrasan, el mensaje se pierde.
Al otro lado de la línea, solo responde una respiración agitada. Luis Miguel sonríe sin rastro de calidez.
—Ya sabe lo que dije: ni un solo fallo. No le estoy pidiendo sugerencias, solo resultados. ¿Me oyó bien? Resultados. Nada más —añade en un barítono bajo y resonante—. Hay destellos que sobran en la quietud. Esas luciérnagas… sus luces son estridentes, fastidiosas; arruinan la paz de la noche. Asegúrense de apagarlas.
Su voz sube de intensidad y golpea la mesa como un bombo estrepitoso que hace vibrar la madera.
—Asegúrense de que el final sea absoluto. Que no quede una sola nota sin ejecutar.
Cuelga de golpe, interrumpiendo cualquier intento de réplica. Se desploma con elegancia sobre su silla y libera una última bocanada de humo, el único testigo fiel de que la obra ha comenzado.
EN EL JARDÍN
En el epicentro de aquel rigor europeo, Juliana ha desafiado la suntuosa verticalidad de la mansión. Se halla sentada en el corazón del jardín sobre una extensa sábana de seda blanca que se despliega sobre el césped como una nota sostenida en un pentagrama de terciopelo verde. Desde esa vulnerabilidad calculada, su mirada recorre la sincronía de las flores y la imponente seguridad de las rejas que, aunque altas, permiten adivinar las cumbres de San Gabriel. A su alrededor, la arquitectura respira: un quiosco opulento aguarda el ritual del desayuno y el chalé de recreo se ofrece como el refugio exacto para la ceremonia del té.
El eje de este microcosmos es una piscina esculpida con la silueta exacta de una corchea. Su base, una esfera de profundidad abismal, se conecta a un mástil recto y esbelto que desafía la gravedad. Desde el extremo superior del corchete curvo, el agua se desprende en cascadas rítmicas que mueren sobre un espejo de cristal. No hay estruendo, solo un murmullo prolijo; los bordes de piedra volcánica y mármol travertino han sido afinados para transformar el impacto del agua en una sonata tierna y constante.
Al caer la noche, el jardín transmuta en un escenario lírico bajo un sistema de luces LED en tonos ámbar y azul pálido. La luz viaja a través del chorro, convirtiendo cada caída en una cuerda de arpa incandescente cuyo reflejo danza sobre las paredes de piedra. Frente a Juliana, una muralla atractiva sostiene lazos de rosas entrelazados como bailarinas de salón en una magna presentación; son flores de un rojo tan denso que supera la estirpe de la sangre real. Ella se pierde en esa espesura carmín, buscando en su fondo una estabilidad que el orden del mundo no alcanza a proveer.
Mientras tanto, desde el balcón principal, la señora Mariana preside la escena con un garbo gélido e indescriptible. Sostiene su taza de café con una métrica perfecta, envuelta en un paisaje que se niega a mirar. Ella no contempla la belleza; ella la encarna a través de una etiqueta tan pulcra que jamás permite una nota fuera de tono. En este reino de formas, Mariana habita absorta en su propio silencio, asegurándose de que nada en esa prolija estructura se atreva, ni por un instante, a desafinar.
A esta armonía paisajística ingresa en puntillas de pies la Nana Olivia, tal cual como ingresa un gato cuando quiere alcanzar algo con vida, sigilosa para que su ruido no espante a la presa. De pronto, con un grito seco de ¡BOOM!, rompe el aire haciendo que su niña salte cual saltamontes por un estrepitoso susto, retrocediendo palidecida.
—Ay nana, ¡ay nana por Dios! ¿Cómo haces eso? Me causaste un calofrío tremendo, siento que se me bajó todo. Es como si la tierra se hubiese abierto de golpe y yo me deslizara hacia abajo sin contención alguna —exclama Juliana extremadamente aterrada. Su color se desvanece hasta casi volverse transparente, dejando que lo único que brille en intensidad sea la belleza del jardín de la mansión.
La nana, naturalmente jocosa, se carcajea tanto que se bambolea hacia los lados.
—Claro, ríete, vieja sinvergüenza. Ríete, que como dice el dicho: la venganza es dulce —sentencia Juliana. Ante la expresión «vieja sinvergüenza», la nana se traga la risa de golpe.
—¿Cómo? ¿Cómo es que me estás llamando, muchachita bocona y grosera? ¿Cómo que vieja? Ay mi niña, vieja la ropa, y todavía sirve tanto como los cerros que reverdecen y siguen emitiendo su canto atractivo a través de ese verde esperanza. Oiga a esta muchachita atrevida… pues mira, algo te traía y por atrevida ya no te doy nada. ¡Ay, me desmayo, me desmayo!
La anciana se tambalea y, entre esfuerzos por convertir el susto en un momento grato, se deja ir al suelo cayendo sobre la sábana de seda donde descansa la niña, fingiendo una inconsciencia absoluta.
—Ay nana, por Dios, no. Tú no estás vieja, estás crujiente, que no es otra cosa. Pero levántate, vamos, que ni aun en juegos quisiera verte así. Basta ya, levántate mi viejita chascarrillosa, de verdad que eres una infanta.
—¿Cómo? —exclama la nana levantando la cabeza y reincorporándose con apresuro—. ¿Elefanta? Ay no mi niña, por favor, ahí sí no. Elefanta todo lo que quieras, hasta vieja si es necesario, pero jamás elefanta. Serán animales muy hermosos y gigantes, pero eso nunca. Estaré gordita, muy rellenita, eso sí me dirá medio mundo, pero jamás un elefante. Primero me hago una maratón sin parar por todo San Gabriel hasta quedar así como tú, como una reina, eso te lo aseguro; y soy capaz de comenzarlo mañana desde la madrugada.
Juliana ríe a carcajadas, aunque su mirada sigue un poco perdida.
—Nana, por favor, deja ya tu drama. De igual manera, aun cuando digas ser una rellenita y una «medio mundo», sabes que te podría aceptar lo del mundo y no te lo negaría.
La nana abre los ojos asombrada y traga entero con tal fuerza que el sonido hace juego con el canto de los pájaros. Se tapa la boca con delicadeza.
—Sí, Nana, y lo digo en el buen sentido —continúa Juliana—. Porque cuando te dices «medio mundo» tienes razón. Me conoces desde mi nacimiento, quizá más que ese maniquí bien puesto que está allá en el balcón, haciendo juego con la opulencia de esta mansión, pero que parece inerte, sin vida. Una bella durmiente que parece dormida en vida, mientras que tú eres vida, salud, sabiduría y esencia. Eres mi mundo, lo mejor con lo que Dios me ha premiado, quizá más que esta mansión que no es más que una prisión de oro. Mi única herencia eres tú, mi amor hecho carne, una ancianita adorable, frágil pero firme como el amor.
La nana sonríe y le acaricia la mejilla, pero gira con disimulo la mirada hacia el balcón, donde Mariana bebe café con distinción, observando la escena desde la distancia.
—Claro nana, sé lo que me quieres decir sin mediar palabras —dice Juliana—. Ella es mi madre y lo acepto, pero vive metida en su mundo de fantasías para escapar de quién sabe qué. Me siento víctima de algo de lo que no tengo culpa. No vine a generar alegría, sino a ser como esa señora encumbrada allá arriba: un témpano de hielo bien vestido que solo exhibe finos aromas. Y ni qué decir de ese que solo sabe herir con la espada de sus crudas palabras, imponiendo su voz de barítono mandona. La verdad, no lo comprendo.
En ese momento se aproxima el jardinero Sósimo.
—Mi niña Juliana, hasta que mis ojos la ven. ¿Sabe cuánto tiempo lleva sin pararse por aquí? Ya estaba confundido y me decía: «¿En qué momento se escapó del rosal una de las rosas?». Voy a tener que capturarla para que no se rompa la armonía de esas bailarinas bellas —exclama Sósimo con ternura poética.
Juliana le da un apretón de manos y él, con la otra, saca una hermosa Rosa de Resht.
—Aquí le entrego a una de sus hermanas —dice Sósimo—. No sabría decir cuál es la más bella, pues ambas huelen igual: esta emite esencia al jardín y usted una al alma. Mi corazón, al verla, sonrió de alegría y saltó.
—No es para menos, Sósimo —interviene la nana—. Le saltó el corazón como le saltó el bebé a la prima de María cuando ella llegó de visita. Donde habita el amor de Dios con tanta pureza, ante la presencia física de quien tenga esa esencia, no hay corazón que no se resista a saltar.
—Gracias, Sósimo —responde Juliana acariciando la flor—. Voy a cuidar el aroma que dicen que tengo. Pero haz de cuenta que soy como esta rosa, encerrada en este lugar de cristal para que solo los que me poseen me puedan mirar.
—Ay niña, ¿cómo dice eso? —lamenta Sósimo—. Usted es la única que rompe la monotonía impuesta por el capricho de esa mujer fina allá arriba. Con el perdón suyo, ella se ve viva pero está marchita, y el señor Luis Miguel no es más que el general de un cuartel, un marionetista que mueve los hilos a su voluntad. Usted da vida a este frío lugar. Pero permiso, niña, que ya su progenitora observa y no quiero regaños por no tener todo «perfecto» como ella espera en su silencio sepulcral.
—Sósimo —llama Juliana mientras él se retira—, acomoda esas rosas del mural; quiero que sigan bellas para que se parezcan cada vez más a mí. Gracias por regalarme la miel de su corazón; usted es el ángel de este jardín.
—¡Claro que sí, niña! Ya mismo organizo a sus hermanas —exclama él, mientras todos ríen.
—Qué lindo es Sósimo, nana. De verdad me llegaron sus palabras.
—¿Lindo? ¡Qué va a ser lindo ese viejo sin gracia! —exclama la nana—. Ese Sósimo es más lento que un desfile de cojos, pero con ese léxico te alborota hasta los antojos; ¡te tiene los ojos más brillantes que un par de manojos!
Ambas ríen a carcajadas, mientras Mariana, desde el balcón, sacude su abanico con un estremecimiento de desaprobación. Juliana vuelve a ponerse seria.
—Nana… ¿por qué ellos son así? ¿Por qué tanta apariencia? Mi padre es un señorón con un porte extraordinario, pero tras las puertas de la biblioteca todo es un cuadro vacío. A veces siento que ni los quiero, ni me importa lo que les pase.
—¡Calla! ¡Cállate por favor! —ordena la nana con voz firme, rompiendo el silencio del jardín.
—Pero nana, yo…
—¡Que te calles te digo, Juliana Valencia Rivadeneira! No hable así, niña.
—Claro, para ti es fácil —replica Juliana con rabia—. Tú no vives encerrada en un cajón de cristal. ¿Tienes una vida así, vieja? Dime, ¿la tienes? —la nana la mira con fijación y busca algo en su delantal—. No la tienes. Entonces es fácil dar una orden de silencio. Siento que soy huérfana. Esa de allá arriba es una señora para mí, no mi madre. Y ese que vive en sus fracasos solo sabe imponer. ¡Los odio! ¡Odio profundamente esta casa y a ese par de desconocidos!
Juliana intenta levantarse, pero la nana la sujeta y le entrega un dulce. Juliana se lo mete en la boca, pero a los pocos minutos lo escupe con asco.
—¡Nana, por Dios, qué asco! —hace arcadas de náusea—. ¿Cómo se te ocurre? Sabes que aborrezco el coco, parece que no me conocieras.
—No te gusta, ¿verdad mi niña?
—¡Sabes que no! No sé por qué lo has hecho.
—Si a Juliana Valencia no le gusta el coco y lo escupe así, tampoco a Dios le gusta el «coco» de tu desprecio para tus padres —sentencia la nana—. ¿Crees que conoces sus razones para ser como son? ¿Crees que fuiste nombrada juez sobre ellos? Estás diciéndole al Soberano que Él se equivocó. Nadie sabe el interior de nadie; ni siquiera tú el mío. Yo aquí, vieja y achacosa, cargo vivencias que no conoces. Las circunstancias de la vida, mi niña… las circunstancias de la vida.
—Nana, pero es que yo…
—¡Calla ya! ¡Calla y escucha!
—Escúchame bien, mi niña. Todos en esta vida tenemos motivos que nos llevan a portarnos de determinada manera; las circunstancias son una nota que al sonar, cada quien escoge cómo llevarle el compás. Tus padres simplemente responden a él, y si el Director de la Orquesta no ha dicho nada, no te hagas tú la directora, porque es como decirle a Él: «quítate de allí, que la vara la manejo mejor yo». Y resulta que no; ninguno de nosotros, por más sabios que nos creamos o conocimientos que tengamos —como tú, tan preparada y conocedora—, alcanza ni de cerca a igualarlo.
No te corresponde juzgar la actitud de tus padres. Soy consciente de que te duele, pero tú escoges si eso te acaba y eres como ellos o peor, o si, por el contrario, te forma. Esa es tu elección, porque no puedes dar conforme te dan; eso no te toca a ti. El odio, mi niña, no puede caber en un corazón que está lleno de bondad, porque al estar lleno de bondad, está lleno de Dios. Sé que ellos, humanamente, podrían merecer muchas cosas, pero no nos corresponde a nosotros darlas.
¿No entiendes, mi niña, que quien honra a sus padres honra al mismo Dios que nos los dio? Es a Él a quien le corresponde juzgarlos. Tú no eres juez de ellos —dice la Nana señalando al cielo—, Él lo es. Aquí solo te corresponde respetarlos, amarlos y obedecerlos. Si algo les quieres expresar, tienes la libertad, pero siempre que sea con respeto; no sabes por qué ellos actúan como actúan. Una circunstancia de la vida no puede determinar nuestro comportamiento; nosotros tenemos la decisión para saber cómo movernos ante ella.
—Gracias, Nana… —respondió Juliana entre lágrimas que la anciana limpiaba con sus propias manos—. Tienes razón. Yo no puedo ser mis papás; tengo que ser diferente. Como dijiste, la flor de loto que nació en el pantano: ellos son el lodo y yo la flor que perfuma lo sombrío. O como dijo Sósimo, no dejaré que mi esencia se eche a perder con cosas sin sentido que no me competen. Ellos deciden qué perder o conservar, pero yo te tengo a ti, mi viejita de oro… mi viejita cascarrabias. Nunca te había visto llamar mi atención así, como una verdadera abuela. Gracias, mi viejita.
—Sabes cuánto te quiero, mi niña —respondió la Nana, pero al notar la hora en su reloj, se levantó de un tirón—. ¡Dios mío! Mi café y el chismecito condimentado que me espera en la cocina. Estar contigo hace que el tiempo se haga eterno, pero no me puedo perder esa tertulia. Hasta unas galletas deliciosas traje, que más tarde te llevo al cuarto antes de tu cita, para que se te endulce el momento.
Al ver el terror en los ojos de Juliana, la Nana se acercó al oído de la joven.
—Y no te preocupes por la carta. La guardé muy bien. Pensé en deshacerme de ella, pero quiero que quede como un recuerdo. Quién sabe… quizá el día de mañana una semillita tuya, hecha vida nacida de ti, tenga derecho a conocer esa historia, ¿no crees?
Dándole un beso tierno en la mejilla, la Nana se alejó, dejando a la princesa en sus sábanas de seda. Mientras tanto, desde la distancia, su madre Mariana observaba con el corazón más arrugado que aquel papel con aroma a hombre enamorado que la ama de llaves acababa de esconder.
EN EL ESTADERO DE LA PLAZA
En el estadero de la plaza de San Gabriel, el aire huele a cerveza fría y a perfume barato. Los dos hombres se inclinan hacia un par de muchachas que ríen con desgano mientras sostienen sus tragos.
—Vengan con nosotros —insiste uno, con una sonrisa que no le llega a los ojos—. La noche apenas empieza y conocemos un lugar donde el ritmo no para.
—Ni lo piensen —responde una de ellas, apartando su silla con un chirrido—. Tenemos mejores planes que perder el tiempo aquí.
Las mujeres se alejan entre la multitud, perdiéndose en el bullicio de la plaza. Uno de los hombres las sigue con la mirada, soltando un bufido de desprecio mientras se vuelve hacia su compañero.
—Déjalas, que se crean mucha cosa —masca con amargura—. Unas interesadas que ni tan buenas están. Puras ganas de estorbar.
—Mejor —responde el otro, limpiando la mesa con un gesto brusco—. Tenemos algo mucho más importante que atender que perder el tiempo con esas. Pero dime de una vez… ¿qué vamos a hacer? ¿Cómo y cuándo? Me tienes extrañado, inquieto, me tienes en duda.
El ambiente se vuelve pesado de golpe, como una nota grave que cae sobre la mesa. El primero baja la voz hasta que es solo un susurro.
—Él quedó de llamar; simplemente tenemos que esperar esa orden y, una vez dada, te aviso. Esa voz no dejó espacio para dudas. El ritmo de lo que pidió es claro: no quiere errores.
—¿Y a qué hora exacta hay que silenciar esas luces? —insiste el compañero con un hilo de voz apenas audible.
—No dio tiempos. Solo exigió una ejecución perfecta. Por eso te busqué; este es un trabajo de precisión. No pienso cargar con esto yo solo si algo desafina.
El segundo clava la mirada en él, asimilando la gravedad de lo dicho.
—¿Tan pesado es el pedido?
—Es exacto. Una nota en falso con esas luciérnagas y se acaba todo para nosotros. Necesito que estemos en sintonía total, porque si nota un fallo en la frecuencia, no habrá vuelta atrás.
Se quedan en silencio un instante, sellando el pacto antes de levantarse y perderse entre la gente de la plaza, dejando atrás el murmullo de una noche que ya no les pertenece.
EN LA SALA DE LA MANSIÓN.
El telón de la mañana cae sobre el firmamento y Juliana atraviesa el ventanal cristalino que devuelve lúcidos brillos de una limpieza quirúrgica. Tararea una melodía que solo ella comprende, una línea vocal interna nacida de su júbilo. Tan concentrada va en sus compases animados que pasa por el lado de su madre sin percatarse de su presencia.
Mariana, esa fina escultura de élite, preside la sala mientras sostiene una copa de vodka. El espacio es un templo de simetría: los muebles se alinean con nivel de burbuja; los cuadros y las sombras se alternan con precisión matemática. Es una sinfonía visual donde cada objeto interpreta su nota sin un solo decibel de error. Mariana, sentada con una rectitud que desafía la gravedad, sostiene el cristal como si fuera la batuta de una orquesta invisible.
—Vaya… Pensé que ya eras parte de ese entorno de tierra y hierba donde yacen enterradas las flores. La compañía del jardinero parece haberte absorbido —vocea Mariana en un tono aterciopelado pero gélido.
Juliana se detiene en seco. Al girar, ve a su madre reposada con la finura de una marquesa.
—¡Ah, mamá! —responde, perdiendo el brillo de su tono anterior.
Mariana la interrumpe antes de que el ritmo se recupere:
—Es más, llego a suponer que Sósimo ya te ha sembrado entre ellas como parte de ese paisaje rústico del que vive rodeado —agrega mientras prueba el destilado.
Juliana guarda un silencio absoluto. Estudia a su madre como quien analiza un cuadro de museo cuya técnica es perfecta pero cuyo tema es árido. Finalmente, rompe el aire con una voz cargada de una nueva resonancia:
—Prefiero ser una semilla que se ensucia para nacer, mamá, que ser una flor cortada en un jarrón de cristal: perfectamente ubicada, exquisitamente fina, pero agonizando en un agua que ya nadie se molesta en cambiar. Si Sósimo me siembra, es porque sabe que aún tengo vida que dar; mientras que tú… tú solo decoras el vacío de ese mueble.
Ante aquel acorde disonante, Mariana descompone su postura de maniquí. Las palabras le calan como un latigazo eléctrico. Abre los ojos, pintados a la perfección, mientras su garganta emite sonidos incomprensibles antes de recuperar la dicción.
—¡Cuidado, muchachita! —argumenta tras un sorbo largo—. Veo que se te contagian las mañas de la servidumbre. Tanta cercanía con los criados te está contaminando. No olvides que, antes que nada, soy tu madre y me debes respeto. ¡No seas atrevida! No somos iguales, que eso te quede claro.
—Tienes toda la razón, mamá, y no te la niego: la verdad es que no somos iguales. Nunca lo seremos —replica Juliana con una autoridad que emerge desde su plexo solar, un impulso tan estremecedor que, por un instante, el espectro de la tenacidad de Luis Miguel habita su rostro—. Honro tu lugar en mi vida, pero no voy a aceptar ataques disfrazados de autoridad. Hablemos con calma o no hablemos.
Mariana suelta una risa estridente, el recurso de una reina para escapar de un conflicto incómodo.
—¡Claro! ¡Genio y figura! —chilla, reconociendo el carácter de su marido en la voz barítona de su hija—. Al menos ahora sé de dónde viene ese desplante.
—¿Cómo? —pregunta Juliana, confundida por el súbito cambio de compás.
—Nada. Lo importante aquí es que adoptas las posturas alzadas de la servidumbre. Esa nana te está llenando la cabeza de cizaña. ¿Crees que no estoy al tanto de ese espectáculo tan bochornoso en el jardín? ¡De quinta, Juliana! Estuvo de quinta —sentencia Mariana sin siquiera girar la cabeza.
—¿Espectáculo? ¡No comprendo! —exclama con asombro la joven.
—Esa forma de desparramarte sobre la sábana en el césped como una verdulera, riendo a carcajadas abiertas y estridentes. ¿Crees que es propio de una mujer de tu mundo? Me pregunto en qué momento permití que una empleada te robara la postura. Pareces una limosnera de afecto, como si ella y tú fueran iguales.
Juliana avanza hacia el centro de la sala. El aire acondicionado, gélido y exacto, intenta borrar el aroma a sol y tierra que ella emana.
—Solo estaba agradeciendo un gesto real, mamá. Algo que no figura en tu inventario —contesta con una puntería intelectual que Mariana no alcanza a descifrar del todo.
Mariana deja la copa sobre el mármol con un clic metálico. Se pone de pie con la gracia de un cisne de porcelana.
—¡Bah! No confundas la astucia con el cariño. Esa mujer te llena la cabeza de cizaña para sentirse importante, para usurpar un lugar que no le corresponde.
—¿Y, según tú, qué lugar le corresponde a la nana y cuál a ti, mamá? ¿En qué lugar deben estar?
—Ella es una empleada que recibe un sueldo por su obediencia; yo soy la sangre que te dio la vida y la autoridad que guía tu futuro. Ella te compra con mimos, pero yo te sostengo con la verdad.
Juliana la observa de arriba abajo, buscando en ese discurso tosco un rastro de verdadera calidez.
—Comprendo… ¿Conque era eso? ¿Simple y llanamente porque te percibes usurpada en tu lugar y crees que es alguien «inferior» de mi cariño? Pero te equivocas. Ella se ha entregado en cuerpo y alma por años, cuidándonos a todos. ¿No te parece que es una ingratitud calificarla así?
—¿A mí? ¿Me hablas de ingratitud a mí, Juliana Valencia Rivadeneira? ¿En qué puede servirme una simple sirvienta, un vetuste de esos que puedo despedir cuando me dé la gana? Esta es mi casa y yo pago su sueldo —recalca Mariana con firmeza determinante.
—Dices que la puedes despedir porque esta es tu casa y tú pagas su sueldo, y tienes razón, mamá; el dinero te da ese poder. Pero lo que no puedes comprar es el vacío que se va a quedar sentado en este sofá contigo cuando ella no esté. Porque mientras tú pagas por obediencia, yo recibo amor de gracia; y mientras tú te deslomabas manteniendo un «estándar», ella se deslomó manteniendo una familia. Despídela si quieres, pero recuerda que el sueldo compra el tiempo de una persona, pero jamás su lealtad, y mucho menos su corazón. ¡Qué triste debe ser tenerlo todo y, al mismo tiempo, no tener a nadie que te quiera sin un cheque de por medio!
—¡No abuses, Juliana! ¡Ya basta de tu altanería! No abuses porque no me conoces. Yo hago lo que me place y, además, ¡yo soy tu madre! ¡Tu madre soy yo y no ese vetuste! —le grita desafiante Mariana.
—Mi madre… —repite Juliana, dejando que la palabra genere un eco en su ser—. Una pregunta, mamá: ¿Tú me quieres?
—Juliana…
—¿Me quieres, mamá? ¿De verdad me quieres? Vamos, respóndeme, no te calles. ¿Me quieres? Solo te pido eso: respóndeme, ¿me quieres? ¿Te preocupo al menos un poco? ¿Sí?
—Eres mi hija, ¿no? Claro que te quiero —responde Mariana en un tono que suena a escape, no a convicción.
—¿A qué edad se me cayó mi primer diente y quién fue la que puso el regalo bajo mi almohada? —cuestiona Juliana, iniciando una letanía de verdades contundentes—. ¿De qué color era mi uniforme el primer día que me viste entrar a la escuela, o es que acaso ni siquiera me viste entrar? ¿Cuántas veces entraste a mi habitación en noches de tormenta cuando me daba miedo? ¿Qué comidas son las que no tolero? ¿En qué momento de mi primer recital por el Día de las Madres estuviste tú sentada en la primera fila aplaudiendo? ¿Cómo se llamaba el primer chico de quien me enamoré? ¿Cuándo fue la última vez que compartimos un desayuno a solas, como madre e hija, sin que fuera una obligación familiar? ¿Me quieres porque soy tu hija o porque de verdad conoces un solo pedazo de mi alma?
El silencio se vuelve asfixiante. Mariana intenta sostenerle la mirada, pero sus labios tiemblan. Busca en su memoria un color, un nombre o una fecha… y solo halla vacíos decorados con excusas. La altanería se le escapa del cuerpo como el aire de un pulmón herido. Se queda estática, como un maniquí de vitrina cuya perfección se resquebraja por dentro.
—¿Te das cuenta, mamá? ¿Te das cuenta? —susurra Juliana—. Esa vieja «analfabeta» estuvo en todos esos momentos. Si no fuera por ella, hoy no tendrías una hija, sino un mueble más en esta sala. Me hablas de cizaña para ocultar que eres una madre ausente. Prefieres cuidar el glamour antes que saber por qué lloro en las noches. Eres una frialdad hermosa, sí, pero bajo esa seda no hay nada.
—¡Cállate, Juliana! ¡Cállate ya! —ordena Mariana, sirviéndose otra copa con manos temblorosas.
—No eres más que una mujer bella, sí, muy bella; perfumada como las rosas, pero con espinas que te sirven para herir al primero que se acerca. Eres una belleza de vitrina, inalcanzable como un dios pagano. ¡Ni siquiera te alejas de esos muñecos inertes de las tiendas finas que tanto visitas! No eres otra cosa que un maniquí. ¿Tú perfumas, mamá? ¿Tú perfumas sin que tenga que ser con esos perfumes costosos? ¡Qué triste! Porque, aun con todo lo que te pones, estás muerta en vida. Eres un maniquí de oro en este infierno de mármol.
La máscara de etiqueta de Mariana se rompe definitivamente. Cruza el espacio y descarga una bofetada seca sobre la mejilla de su hija. El sonido vibra en los cristales como una nota discordante y violenta. Juliana, sosteniéndose el rostro, no baja la mirada.
—¡Luis Miguel! ¡Esa mirada es de él! —chilla Mariana, horrorizada por el parecido—. ¡No me mires así! ¡No me desafíes de esa manera!
—Ves… —susurra Juliana con la mejilla encendida, pero con los ojos llenos de una victoria amarga—. Hasta para perder el control tienes estilo. Pero ni tu mejor golpe va a llenar este vacío que llamas hogar.
En ese instante, la mano de aquel maniquí andante se vuelve a descargar con la misma fuerza sobre la otra mejilla, un segundo impacto que resuena en el silencio sepulcral de la sala. Juliana vuelve una vez más la mirada hacia su madre con una firmeza inquebrantable.
—En eso radica la diferencia de la nana contigo —continúa Juliana sin quebrar la voz—. Mientras tú eres fuego y furia, un dechado de finura con aroma a perfume francés, ella es sabiduría y ternura. Ella es consejos y apoyo con olor a condimentos de cocina y delantal viejo que ha secado más lágrimas que tu fino pañuelo en mi rostro. Ella es una madre. Una que amo tanto como a ti, porque nadie te ha desplazado, mamá… Tú eres quien lo ha hecho para vivir tu vida de lujos.
Juliana se acerca, le da un beso suave en la mejilla a una Mariana petrificada y añade:
—Te amo, con todo y cómo eres. Si tuviera la oportunidad de volver a nacer y me dieran a escoger, te escogería como mi madre una vez más. Permiso, mamá.
Juliana se retira hacia su cuarto con pasos ligeros. Mariana se queda a solas con el eco de las verdades de su hija, buscando refugio en el fondo de una nueva copa de vodka, mientras la simetría de la sala parece cerrarse sobre ella como una tumba de lujo
EN LA COSINA DE LA MANSIÓN.
En ese espacio cálido y herbáceo, donde los condimentos se funden en perfecta sincronía para dar sazón al festejo de las papilas gustativas, se percibe el sonido del hervor con un trémolo tenso y constante; no como una nota limpia, sino como una vibración agitada de cuerdas. El humo se alza curioso, dejando notar su invasiva presencia y colmando el aire cual faldón de cumbiambera que, a cada giro, despliega su vuelo infinito.
Es allí, en ese recinto habitado por ollas y electrodomésticos, donde cada media tarde el personal de la casa se dispone a degustar el pan de la palabra. Allí no solo se cocinan alimentos para el cuerpo; también se nutre el oído, bajo la mirada de los inanimados y silenciosos habitantes de la estancia. Todos se agrupan frente a esa barra que actúa como puente de confidencias: un mesón alargado donde los codos se apoyan para sostener el peso del día y las palabras rebotan en la superficie lisa, deshebrando los hilos de las historias propias y ajenas.
En medio de ese vapor danzante, emerge el aroma del café recién colado como una nota grave y robusta que ancla los sentidos. Su negrura espejada, contenida en tazas que aguardan como cálices sobre el altar de lo cotidiano, se convierte en el vínculo líquido de la charla; ese aceite sagrado que lubrica las gargantas para que la palabra fluya con la misma calidez con que el grano se entregó al agua.
Es en este lugar, aparentemente intrascendente y solitario, donde se abre el canto, cual ave de la primera interpelación, que obliga a todos a inclinarse con interés para no perder detalle de la declaración.
—Oigan, pero ¿qué pa’ con Olivia que no se ha aparecido por aquí? Ya yo toy extrañá, porque esa mujer no se pierde ni un compá’ del «tertuliadero»; antes dejaría de ver el noticiero del mediodía que faltar a Radio Pasillo VIP, el espacio suyo, mío y de to’ el mundo. El foro por excelencia y, sobre todo, con la última de primera mano. Eso, mínimo, e’ que apenas está en trámite de aterrizaje; todavía está esperando que le habiliten pista —argumentó con jocosidad la Cubana, una de las servidoras de la cocina.
—¡Verdad! La Cubana tiene razón —secundó Tránsito, aseadora de la casa—. Ella nunca ha faltado. Ya saben cómo ama ese líquido negro y amargo que, para ella, es su confidente más dulce.
—¡Eso quién sabe! —intervino Hortensia, la cocinera, mientras revolvía la danza de hortalizas en el fogón—. A lo mejor algo se le atravesó. Y si es con la señorita Juliana, su niña, ahí sí diría yo que te equivocas, Cubana. Por esa muchachita, Olivia deja lo que sea; su niña está antes que todo.
En ese punto, Custodia, la ayudante que atendía con fijeza cada argumento, rompió el silencio con esa voz siseante de serpiente:
—Pues yo no sé, pero a mí me late que tiene que ser algo con la señorita. Resulta que vi unos movimientos muy extraños; es más, antes de venir acá, vi correr a la señorita Juliana con un afán tal que parecía impulsada por un cohete escaleras arriba. Para mí que le pasó algo no muy bueno, porque iba hecha un mar de lágrimas. No es que yo sea chismosa, pero…
—¡No, no, no! Tranquila, Custodia —interrumpió la Cubana con sarcasmo—. No te afane’, mi amor. ¿Chismosa tú? ¡Qué va! Decir eso sería un agravio. To’s nosotros sabemos que lo tuyo no e’ el chisme; má’ bien e’ periodismo profesional sin sueldo, ¡tú sabe’!
La cocina estalló en estruendosas carcajadas.
—¡Pues ríanse! —replicó Custodia con naturalidad—. No soy chismosa. Esto se llama «control de calidad de la realidad ajena»; lo que pasa es que mi pasión es comunitaria.
—¡Uy, sí, claro! Ere’ demasiado generosa, ¡eso me consta a mí! —aprobó sarcásticamente la Cubana y todas, sin haber terminado de reír, volvieron a soltar otra sonora carcajada.
—Pues sí, para que vean —continuó Custodia—. Es más, con decirles que hasta el patrón recibió una llamada lo más de misteriosa ahora en la mañana. Era una voz nerviosa, angustiante… rara. Intenté averiguar qué razón mandaban, ¿y qué creen? ¡Los desalmados ni la boca abrieron! Pareciera como si uno no fuera de la familia.
—No, Custodia, definitivamente eres una decepción completa —argumentó Hortensia desilusionada—. Tanto rollo para este «comercial». Vuélvete seria; yo hasta dejé aquí prácticamente al borde de la quema esta comida. ¿Para que me salgan con esa miseria? No, devuélvenos el minuto que nos robaste.
—¡No! Pobre señor, y bien ocupado que estaba con la señorita Juliana y Olivia allá arriba —concluyó Custodia, compadeciendo incluso lo que ni siquiera conocía.
—¡Uy, sí! ¡No, claro! Y u’té que prácticamente e’ mucama con privilegio’. De hecho duerme en uno de lo’ cuarto’ principale’ de la planta alta ¿No ven? ¡¿Y que no le cuenten?! No, eso e’ un desacato —afirmó fingiendo indignación la Cubana.
—Oigan de verdad que sí, ya está inquietante la demora de Olivia —agregó la Cubana mirando la taza de la nana—. Esa canosa descará’ y fartona nos dejó metía’ y alborotá’ como novia’ de pueblo. Su taza no hace má’ que gritarle.
—Lo que sí puedo decir, es que ella está aquí porque la vi llegar no hace mucho rato —comentó Tránsito muy intrigante y en voz baja—. De hecho me hizo una mueca para dar diversión, y por supuesto la vi correr hacia las habitaciones con una prisa que parecía que la estuviera persiguiendo Sósimo el jardinero. Quién sabe, tal vez la tenía pensada para hacerla suya en el chalé de la casa.
—¡¿Hacerla suya?! ¡Ay Dios mío qué horror! —interrogó impresionada Custodia—. Pero, no entiendo nada ¿No pues que en estos días tenía una situación toda complicada con su señora esposa?
—¡Sí claro! ¡Suya!… su llanta de repuesto de la carruela, con la que lleva la tierra para sembrar las flores —contestó al final Tránsito jocosa, y todas se carcajearon hasta sostenerse el estómago.
—¡Ay, Tránsito, por Dios! No juegue así con mi salud, que casi se me sale el corazón por la boca —contestó Custodia llevándose una mano al pecho—. Pero miren ustedes, con llanta o sin llanta, a mí eso de que Olivia subiera como alma que lleva el diablo no me deja tranquila. Para mí que esa llanta lo que trae es el peso de una noticia muy gorda.
—Pues u’té e’ como la antena satelital aquí, y con ese porte que se manda, que parece un larguero de cama —comentó la Cubana entre risas—. Pues si no lo ha cogío’ aún, siendo una que dice agarrarla’ to’a’ y calientica’ en el aire, ya ahí sí muy boba pue’, porque ¿no que prácticamente tiene a la familia echá’ al bolsillo? ¿Cómo no se va a enterar de cuánto allá arriba pasa con los patrone’ y su hija?
Hortensia sacudió el trapo de la cocina y lanzó un comentario a lo dicho por la Cubana:
—¡Ay, por favor! Si es que ella es testigo de vista corta: está en primera fila pero se le olvida llevar los lentes; ¡mucho bulto y poca noticia! Es que, mija, mucho ruido y pocas nueces.
—Qué puntería tienes hoy con la lengua, mujer —rompió el silencio Custodia hablando a las espaldas de Hortensia con muecas—. Pero ten cuidado, que de tanto mirar lo que a la otra le falta, se te va a pasar de sal la comida. Y aquí el hambre no perdona distracciones.
—Pero bueno —comentó Tránsito—, ya su café prácticamente se está extinguiendo, pero porque se lo está bebiendo el humo danzarín. De verdad que está tardada o ¿será que algo tiene la señorita Juliana?
En ese instante, la puerta se deslizó hacia adentro y atravesó por ella la nana Olivia con su bolsa de galletas dulces.
—¡Ah no, eso júrenlo muchachas! De eso que no les quepa la menor duda —continuó Custodia, sin ver que Olivia se le puso por atrás en silencio—. Olivia, que es más fiel que un perro de finca, ya debe estar allá arriba haciendo de paño de lágrimas o de escudo. ¡Acuérdense de lo que les digo! Que cuando el río suena, es porque piedras trae… y estas piedras vienen bajando las escaleras con mucha prisa.
—Buenas tardes —saludó la voz de la nana.
El aire en la cocina se congeló. Custodia, que segundos antes desataba nudos de intriga, sintió un soplo gélido en la nuca.
—¡Santísimo Sacramento! —bramó Custodia, pegando un brinco que casi la hace aterrizar sobre el mesón.
—¡Ay, Olivia! Por lo’ clavo’ de Cri’to, ¡u’té no entra, u’té se materializa! —exclamó la Cubana, abanicándose el rostro con una mano—. Casi me manda a tocarle el arpa a San Pedro sin haberme confesao’ de e’te «periodi’mo comunitario» que tanto me apasiona.
Olivia arqueó una ceja. Custodia, en un arranque de calidez culposa, se acercó a ella y le acomodó un mechón de pelo canoso:
—Venga para acá, mi vieja descarada —exclamó Custodia con un abrazo apretado—, que el café ya aprendió a hablar de tanto esperarla y nosotras ya estábamos por repartirnos su herencia de secretos.
Olivia depositó la bolsa de galletas sobre el mesón con pesadez. Se zafó del abrazo de Custodia con elegancia y clavó sus ojos en ella:
—Ay, Custodia, de veras que usted es una cosa seria —sentenció la Nana Olivia con autoridad—. Mucho título de «periodista» y mucha antena, pero le falta entender que en este radio pasillo VIP, a la que trae el chisme a medias y la maldad entera, le cortan el hilo de una vez y la mandan a contarle cuentos a los espantos de la calle.
Caminó hacia la cafetera y regresó al mesón portando su taza como un trofeo. Empujó la bolsa de galletas hacia el centro:
—¿Y aquí entonces qué pasa? ¿Van a dejar perder estas galletas? Miren que están frescas. Es más —añadió Olivia con una chispa de malicia—, están tan frescas como los chismes de la Custodia, de aquí la periodista esta, que a veces ni siquiera se alcanzan a cocinar por completo.
Tras soltar la puya, el silencio fue roto por la Cubana:
—Pero mija, ¡desembuche de una ve’! —exclamó relajando los hombro’—. Que aquí ya e’tábamos por rezarle un novenario. ¿Qué fue lo que me la retuvo tanto tiempo? Esa tardanza suya no e’ de Dios.
Olivia bebió un sorbo largo y respondió con naturalidad:
—Estuve un buen rato en el jardín compartiendo con mi niña Juliana. Después pasé por mi cuarto, me ganó el cansancio y, sin querer, el sueño me venció.
La tensión se reventó en carcajadas, pero Custodia, con ese desesperante huroneo, volvió a la carga:
—¡Oye Olivia! De verdad que estoy muy preocupada.
—¡Preocupada! No entiendo ¿Y eso por qué? —exclamó extrañada Olivia.
—Pues porque hoy, cuando me encontraba aseando los pasillos, vi a la señorita Juliana subir a cántaros de lágrimas ¿Acaso qué fue lo que le sucedió? —interrogó Custodia hambrienta de detalles.
—¡Várgame Dios, Custodia! Con esa hambre de chisme’ que te maneja’, ya yo no sé si barre’ el suelo o barre’ lo’ secreto’ con la’ oreja’ —soltó la Cubana con una risotada—. ¡Si pusiera’ ese mismo empeño en sacudir el polvo, e’ta mansión brillaría má’ que la corona de una reina!
—¡E’ que e’ experta! Puro periodi’mo profesional y sin suerdo —añadió la Cubana entre carcajadas.
—¡Ay, miren a la decana de la facultad! —soltó Custodia con una mueca burlona—. Mucho título me cuelgan, pero bien que están todas aquí con la oreja parada esperando que la «doctora» les suelte la primera exclusiva.
—¡Y tú mucha primera fila y todo! Pero estás de primeras en la fila, pero sin lentes —concluyó Hortensia y las carcajadas ahogaron el sonido de la olla.
Olivia, de repente, se recompuso y miró hacia Custodia:
—Mija, la verdad como les digo yo ni siquiera estoy enterada de lo que están ustedes hablando.
—¡Todo el tiempo andas como chicle para arriba y para abajo con la señorita Juliana y vas a venir a decir Olivia que no sabes de qué estamos hablando! —interpeló Custodia.
—Ahí sí le doy la razón a nuestra periodi’ta comunitaria —agregó la Cubana mientras las demás asentaban con la cabeza.
—Es que esa mujer se le volvió el rastro —añadió Tránsito—. Olivia es la segunda sombra de su niña Juliana.
Custodia levantó su taza de café con elegancia y exclamó:
—Oigan, ¡por fin me dieron a ganar una! A celebrar se dijo.
—Claro, claro que sí —respondió Olivia un poco inquieta—. Yo anduve con ella, pero ella estuvo feliz. Sósimo está de testigo. Por eso no sé qué fue lo que pasó. ¿Es cierto lo que dices, Custodia?
—Claro, claro totalmente, como que me llamo Custodia Del Ángel Ramos —confirmó la periodista—. La vi subir corriendo y llorando como a las 11 de la mañana.
Olivia se quedó ida por unos momentos. Desconocía que aquello obedecía a la bofetada que Juliana recibió de su madre.
—¡Qué raro!… pobre de mi niña —contestó Olivia preocupada, tomando un sorbo de café para tratar de pasar el trago amargo de la noticia.
EN LA BIBLIOTECA
Mariana Rivadeneira se desliza por la galería con la precisión de una prima ballerina en el Grand Palais. Su andar no es un simple paso, sino un legato perfecto; una elegancia de ganso de porcelana que los rayos del sol, filtrados por cristales de Bohemia, observan con una envidia apenas contenida. Ella no camina: levita en un despliegue de garbo que no le pertenece, pues ella no posee la distinción, ella es la distinción hecha carne. Sus movimientos conservan la cadencia de un vals de Strauss, un balanceo aristocrático donde cada fibra de su ser parece responder a una partitura invisible.
Al llegar frente a los pesados batientes, el vals se interrumpe con la naturalidad de un silencio necesario. Sin mediar pausa ni protocolo, Mariana empuja la madera con una determinación que ignora las leyes de la etiqueta, entrando en la estancia como irrumpe el aire en un espacio vacío: sin pedir permiso y adueñándose del lugar por completo. Aquella distinción de porcelana se transforma en una fuerza invisible y absoluta, una voluntad que no aguarda el turno de la cortesía. A su paso, solo queda la estela suspendida de su perfume parisién, un rastro magnético que confirma su dominio sobre el aire antes siquiera de pronunciar palabra.
—Vaya… no sabía que hubieras olvidado lo que es tocar primero —rompe el silencio de manera gélida aquel tirano. Exclama con una indiferencia calculada, como un director que marca un compás de espera, antes de devolver la mirada a los gruesos volúmenes que otea con desdén sobre su escritorio.
—¡Olvidar! —responde ella, reiterando el término como si buscara la afinación exacta de una nota perdida—. No lo sé. Creo que en eso he sido tu mejor aprendiz, ¿no crees, amor mío? —Agrega luego, obsequiándole una sonrisa vacía, tan perfecta y gélida como un solo de flauta en un salón vacío.
—¡Vah! —exclama el hombre de voz barítono. Deja escapar una pequeña carcajada burlona que se corta al instante, seca, como si el aire acondicionado fuera una doble barra de compás que pusiera fin a todo estruendo—. ¿De qué tontería hablas? —Cuestiona cortante, concediéndole una mirada leve a aquel monumento de belleza, vestida en un marfil que ciñe su cuerpo con la precisión de un estuche de violín hecho a medida.
La fina fémina, aguardando en el secreto de su corazón agrietado —cual vinilo rayado que repite su propia tragedia—, lo observa detenidamente. Tras un silencio que pesa más que una pausa de orquesta completa, recupera su compostura.
—Comprendo; no has entendido cuánto un alumno puede superar a su maestro. Me recriminas el haber aprendido a no tocar la puerta… y está bien. ¿Pero no se te ha ocurrido pensar que lo haya aprendido de ti? —argumenta ella, avanzando con movimientos elegantes que recuerdan el despliegue rítmico de un arpa—. Es que, mira: el no saber lo que es tocar una puerta es tan comparable a haber olvidado cómo tocar a una mujer en su intimidad, para hacerla vibrar, para hacerla sentir viva, amada… real. Eres el director de un palacio de mármol y hielo donde lo único que se interpreta es la frialdad.
—¿Vibrar? ¿Sentirte amada? —repite él, y esta vez su risa no es barítono, sino un latigazo seco—. Por favor, Mariana, no confundas tu función con tu fantasía. Te compré este estuche de marfil para que guardaras el instrumento, no para que me obligaras a tocarlo cada vez que tu ego se siente desafinado. Si he dejado de tocarte no es porque haya olvidado cómo se hace, sino porque me aburrí de la melodía. Te convertiste en este mármol que tanto criticas: impecable, costosa… y absolutamente inerte.
—Por lo que veo, tiene más atención este espacio frío y letrado que yo —Mariana hace una pausa, su voz tiembla en un vibrato de amargura—. Yo, que te di los mejores años de mi vida para verte perdido en los brazos de esa señora «Oportunidad» que antes me daba risa y hoy detesto. Pero ya no me importa. Estoy anestesiada a tu hielo. Lo que me trae a esta cueva de recuerdos polvorientos es Juliana… tu hija. ¿Te acuerdas de ella?
Ante la mención del nombre, algo en la inmovilidad de Luis Miguel se fractura. Se levanta con un tirón brusco, un jalón seco que parece rasgar el ambiente. Acorta la distancia con dos pasos largos, quedando frente a ella con una gravedad absoluta.
—Dímelo de una vez sin rodear el asunto. ¿Qué es lo que te tiene así ahora?
—Tu hija ha olvidado el respeto, Luis Miguel. Se atreve a lanzarme reproches con una insolencia que no le pertenece. Presiento que esa vieja decrépita de la Nana le está llenando la cabeza de ideas oscuras. Juliana ahora hace lo que se le da la gana, olvidando quién soy.
Luis Miguel la mira con fijación, como quien analiza un cuadro defectuoso en una galería de élite. Bebe un sorbo de agua con una parsimonia depredadora antes de soltar un pizzicato de ironía:
—¿Y por qué crees que pasa esto, Mariana? A uno no le reprochan simplemente porque sí. Tal vez deberías mirar qué fue lo que provocó que nuestra hija tuviera tal atrevimiento.
—¡Me importa un bledo la razón! —espeta ella, agitando una mano como si espantara un insecto molesto—. Juliana es mi hija, no ese vejestorio usurpador que se la gana con caramelos. Para Juliana, su único deber es la obediencia ciega. El respeto no se negocia, se impone con la jerarquía.
Luis Miguel suelta una carcajada que se extingue de golpe. Se acerca tanto que ella siente el frío de su sombra.
—Te llenas la boca hablando de jerarquías, pero olvidas que para exigir respeto primero hay que haber estado presente. Y tú, en esta casa, no has sido más que un maniquí de vitrina. Estás más preocupada por la estética de tu andar y por un maquillaje que no deja pasar emociones, que por el alma de tu propia hija. Eres una ausencia elegante, Mariana. Un adorno costoso que hoy, finalmente, se da cuenta de que no sirve para nada.
—¡Sátiro! ¡Cobarde! —le recrimina ella con una furia que le desgarra el pecho—. ¿Cómo te atreves a juzgarme cuando tú no has sido más que un témpano de hielo? Te ocultas entre libros para lamer las heridas de un pasado que nos destruyó. ¡Tú eres el monstruo de este castillo de mármol rodeado de infierno!
La mirada de Mariana se detiene en los ojos de obsidiana de su esposo. El terror la invade al reconocer el mismo brillo ofuscado que ha visto esa mañana en los ojos de Juliana.
—Con razón… —susurra ella con una risa seca—. Esa niña me mira con tu herencia. Tienen la misma mirada de piedra, el mismo vacío gélido. No estoy peleando con mi hija… estoy peleando con otro tú.
Luis Miguel se endereza aún más, acorralándola contra el escritorio con una presencia que asfixia. Su voz desciende a un registro gélido y venenoso:
—Es lógico que tengamos la misma mirada, Mariana. Porque es mi hija. ¿O acaso no lo es? Porque si no, quiere decir que fuiste una zorra que me endosó una paternidad ajena.
El aire se corta. Mariana, poseída por una rabia eléctrica, lanza su mano con la fuerza de su indignación. El golpe suena estridente: un latigazo seco que rompe la sinfonía del silencio. El rostro de Luis Miguel gira bruscamente. Al volver, la furia criminal reemplaza al hielo.
La embiste con violencia, empujándola contra el escritorio. El impacto la deja arqueada, atrapada entre la madera y el peso bruto de su marido. Luis Miguel toma el abrecartas de plata y, con la mano temblando de odio, desliza el metal frío sobre la piel de porcelana de su rostro.
—¿Te das cuenta de tu atrevimiento, muñeca hueca? —sisea Luis Miguel, su aliento gélido quemándole la piel, mientras la presiona con brutalidad contra el borde del escritorio de caoba. Su cuerpo se arquea dolorosamente hacia atrás, incapaz de escapar de su peso—. Solo sirves para exhibir sedas que valen más que tu voluntad. ¿De verdad crees que ese golpe te da poder? Solo me confirma que eres un cristal barato a punto de estallar.
Él inclina la cabeza, su mirada sádica clavada en la de ella, y su voz baja a un susurro letal:
—Dime, ¿te imaginas si yo decido marcarte esta linda carita?
Ella jadea, el aire escapando de sus pulmones por la presión, pero la furia supera a su miedo. Con dificultad, logra articular palabras entrecortadas por el pánico y la rabia:
—No… no te atrevas… ¡Desgraciado! No eres capaz… ¡No te atrevas… infeliz!
Luis Miguel sonríe cruelmente, ignorando su advertencia y profundizando el ataque:
—¿En qué quedaría tu única razón de ser? Serías solo un maniquí roto, un estorbo en el inventario que nadie querría mirar, y mucho menos tocar. Pero claro, ya estás acostumbrada a no servir para nada, ¿verdad? Mírate, eres una incapacitada, una inválida emocional que ni siquiera puede ejercer como madre. Eres una figura inerte, una bella durmiente atrapada en un sueño del que no despiertas para proteger lo que supuestamente amas.
—Sin esa máscara de perfección, no eres más que un vacío con nombre de mujer. Adelante, vuelve a levantarme la mano y te mostraré lo poco que vales cuando dejes de ser hermosa y el

mundo vea la cáscara inútil que realmente eres
—¡Eres un monstruo! —logra quebrar ella entre espasmos de pavor—. ¡Suéltame! ¡Te odio!
—¡CÁLLATE! —ruge él.
De un movimiento brusco, la levanta del brazo con una fuerza que la hace gemir. Luis Miguel la arrastra fuera de la biblioteca a jalones, ignorando sus tropiezos. Mariana es un instrumento roto en manos de un director sádico. Al llegar al umbral, le da un último empellón que la lanza hacia el pasillo.
—¡Fuera de mi vista! —exclama él.
El portazo seco es la nota final. Mariana cae de rodillas sobre la alfombra, temblando en el centro de su propia humillación, mientras el silencio de la galería vuelve a reinar, gélido y absoluto.
Mariana se quedó allí, derramada sobre la alfombra como una mancha de vino costoso sobre una seda impoluta. El silencio que siguió al portazo no era el de la paz, sino el de una sordera súbita. Se llevó los dedos a la mejilla, buscando el rastro del abrecartas, pero lo que encontró fue algo más aterrador: el calor de su propia sangre hirviendo bajo la piel de porcelana.
Al instante, paralizada como un maniquí, como aquel de oro que entonces muchos le dicen que ella es en su estilo y elegancia, la deja ahí en el suelo sin levantarse por un buen rato mientras las lágrimas caen resbaladas como una gota de lluvia que desciende desde el cielo para morir en la tierra. así tal cual, solo que esta no es simple sino salina, haciéndole sentir que aún el dolor tiene sabor, sabor a un mar que tiene nacimiento, vida y bonitos recuerdos, pero así mismo muerte. Ella, siente como el gélido abrazo de la tierra ebulló a través del tacto, convirtiendo la piel en un cristal quebradizo y los huesos en ríos de escarcha. Y entre estas sensaciones para ella extrañas, su memoria le muestra la visión de la cara frívola de aquel ogro tras la puerta de aquel espacio rodeado de libros y conocimiento, pero también ve como esta cara frivola se va desvaneciendo, quedando en su lugar, la de aquel hombre del que ella se prendió en una locura desenfrenada de amor, cuando esté tenía 20 años y ella 16.
20 AÑOS ATRÁS.
El pesado portón de roble del teatro cedió con un gemido sordo, revelando una inmensidad sumergida en un claroscuro digno de una pintura barroca. Mariana Rivadeneira de la Torre se detuvo en el umbral, su figura de piel nívea y cabellera negro azabache recortada contra la escasa luz exterior. Lucía un vestido de seda natural en tono marfil, de corte sirena y escote palabra de honor que acentuaba su porte escultural; sobre sus hombros, una estola de visón negro añadía una capa de sofisticación que, en ese momento, parecía su única armadura. Un escalofrío punzante la recorrió; el silencio del recinto no era de paz, sino de una desolación que asfixiaba. Dio un paso atrás, con la mano aún en el frío metal del picaporte, sintiendo un impulso visceral de huir. Sin embargo, una curiosidad magnética la obligaba a quedarse.
Al entrar, la atmósfera se volvió densa, impregnada de un aroma a terciopelo antiguo. El aire vibraba con una música que no buscaba la armonía: notas de un Steinway oculto ejecutaban escalas cromáticas y acordes disminuidos que ascendían en un crescendo barítono, recorriéndole la espalda con la frialdad de una partitura en blanco. La melodía, cargada de golpes glóticos y silencios tensos, era una lírica de desolación, un sonido miedoso que evocaba el llanto de un alma en pena. Mariana avanzó con pasos vacilantes, su rostro reflejando un terror absoluto; sus ojos claros buscaban una salida mientras su mente recreaba escenarios fatídicos. ¿Había caído en una trampa? ¿Era este el final de su luz?
En el centro del escenario, bajo un foco de luz cenital tan tenue que parecía neblina, Luis Miguel Valencia Rico permanecía sentado frente al piano. Vestía un esmoquin de corte italiano en lana virgen y solapas de seda, cuya negrura absoluta absorbía la poca luz del lugar, dándole una apariencia de autoridad casi espectral. Sus manos se movían con una energía desesperada, arrancando del instrumento notas estridentes. Al sentirla cerca, detuvo la ejecución con un acorde seco y disonante que retumbó en las vigas del teatro. Se puso en pie, su figura de hombros anchos y mirada profunda dominando el proscenio.
— ¿Por qué tiemblas de esa manera, Mariana? —preguntó él, y su voz, un barítono dramático y resonante, cortó el aire como un escalpelo—. ¿Acaso crees que este es el escenario de una tragedia para ti?
— Tengo miedo, Luis Miguel —respondió ella, con una voz de soprano lírica que apenas era un susurro quebrado—. Esta música… es aterradora. Me hiela la sangre. Al entrar, pensé que algo terrible iba a ocurrir, que este lugar me consumiría. ¿Qué es este tetricismo? ¿Por qué me has traído a esta oscuridad?
Él caminó hacia ella con una gallardía impecable, sin arrodillarse, manteniendo una prestancia que denotaba su linaje. Se detuvo a escasos centímetros, permitiendo que Mariana viera la vulnerabilidad oculta tras su fachada de hierro.
— ¿Sabes realmente por qué estás aquí? —inquirió él, fijando sus ojos oscuros en los de ella—. Durante minutos, mientras te veía dudar en la entrada, tu mente seguramente dibujó mi rostro como el de un verdugo. Pero escúchame bien: esa música que tanto te impresiona, esa melodía miedosa y vacía que retumba en estas paredes, es la partitura de mi propia vida sin ti. Es una composición de notas estridentes y tensiones que no encuentran resolución; un ruido que me inquieta y me deja en la más absoluta soledad.
Él le tomó las manos, deteniendo el vibrato de sus dedos con la firmeza de su tacto.
— Necesito de tu entrega, de tu apoyo y de esa luz que solo tú posees para que mi existencia deje de ser esta música de pesadilla. Te pido que seas mi contrapunto y mi refugio, que transformes este estrépito en una obra maestra. Cásate conmigo, Mariana. Quédate a mi lado para que mi vida no suene así de desolada, para que por fin haya una melodía real y verdadera.
En ese instante, el terror que había deformado las facciones de Mariana se refugió en el rincón más oscuro del olvido. El teatro ya no era una amenaza de sombras, sino un santuario iluminado por una calidez sobrenatural. Ella sintió que la confianza florecía como una nota sostenida y perfecta.
— Sí, acepto —respondió ella, con una claridad que pareció afinar el universo entero.
No hubo necesidad de más palabras; se fundieron en un beso profundo y total, una entrega absoluta donde sus almas se entrelazaron con la fuerza y la belleza eterna con que se funde el río Magdalena con la inmensidad del mar.
EN EL PRESENTE.
Postrada aún sobre el frío lienzo del suelo, ella se convierte en una oda de mármol y llanto. Su dolor no es silencio, sino una ópera herida que vibra con la elegancia de lo absoluto.
Aunque la angustia intenta sofocar su aliento, su voz brota como un acorde de plata pura: una melodía de resistencia que nace del alma y desafía a las sombras con la autoridad de quien se rompe, pero jamás se calla.
Qué necia… Qué maldita y elegante necia fui. Me observo hoy, derramada como un desecho sobre esta alfombra, y finalmente escucho la verdad. Hace veinte años, en aquel teatro en penumbras, la música ya me lo estaba gritando. Ese Steinway no emitía notas de amor; eran advertencias. Eran acordes disonantes que me helaban la sangre, un presagio fúnebre que mi arrogancia juvenil bautizó como pasión.
Fui yo quien firmó su propia ejecución. Recuerdo el miedo… ese terror visceral al entrar al recinto. No era el corazón latiendo por un hombre, era mi alma gritando ante su verdugo. Él me mostró su partitura desde el primer día: una vida de ruidos inquietos, de un barítono gélido y una desolación que asfixia. Me pidió que fuera su refugio, y yo, cegada por una locura desenfrenada, creí que mi luz podría afinar a un monstruo.
Qué burra. Confundí un aviso profético con un destino nupcial. No fui su contrapunto, fui su instrumento de tortura. Me tomó, me pulió hasta quitarme la vida y me encerró en este estuche de seda para que no vibrara más. Hoy, ese metal rozando mi cara es solo la nota final de una sinfonía que siempre fue de terror. Me llamó maniquí inerte… y tiene razón, porque permití que su hielo me devorara el nombre hasta dejarme así: rota, manchada y vacía.
Y sin embargo, en medio de este desastre, me queda Juliana. Mi hija. Aunque esa vieja decrépita, esa nana usurpadora, intente robarme el protagonismo de mi propia maternidad con sus consejos estúpidos y sus caramelos, Juliana es mía por derecho y por legalidad. Ella es lo único puro, lo único bonito que conservo de este grave error que cometí hace veinte años. Mi hija es el único acorde perfecto que este hombre no ha logrado corromper, a pesar de que esa sirvienta se empeñe en llenar su cabeza de ideas oscuras para apartarla de mí.
Mariana se incorpora con una lentitud que rompe el alma. Se limpia el rastro de rímel con un gesto mecánico, recuperando una altivez aterradora. Se yergue, ajusta su vestido de marfil y comienza a caminar por la galería. Su andar conserva el garbo, pero lleva una cojera invisible, el paso de quien camina directo hacia su propio entierro en vida.
EN EL CUARTO DE JULIANA
Juliana aguarda en el silencio de su alcoba, donde el aire aún vibra con el reproche de su madre. Se abraza a sí misma, perdida en un flujo de conciencia donde las sombras de la injusticia la acosan. «¿Por qué mi madre es así? ¿Por qué se empeña en ser el verdugo de mi propia sangre?», se pregunta con amargura. Para Mariana, la vida parece reducirse a la perfección de un maniquí; le basta con verse bien, oler bien y lucir siempre elegante, como si el dolor de su hija fuera una mancha que no combina con su atuendo.
Juliana siente que ella y José Fernando pagan con su paz por las decisiones de su padre. El nombre de NICOLÁS MENDOZA CASAVIEJA resuena en su mente como una sentencia. Sabe que la verdadera rivalidad, ese fuego que lo consume todo, es la que sostiene su padre, LUIS MIGUEL VALENCIA, con Nicolás. Fue Luis Miguel quien selló aquel pacto oscuro con el destino de sus hijos, sin sospechar que el precio sería la felicidad de ellos.
De pronto, el eco de unos pasos pesados sobre el mármol interrumpe su tormento. Luis Miguel Valencia se detiene ante la puerta, sosteniendo la respiración como un director que duda antes de dar la entrada a un movimiento final que teme no poder controlar. Tras un silencio prolongado, se atreve a romper la quietud con unos golpes tímidos, casi imperceptibles.
—¿Sí? —pregunta Juliana desde el interior, con la voz teñida de cautela.
—Hija… soy yo, tu padre —responde él con una voz de barítono inusualmente suave.
—¿Papá? —responde ella, la sorpresa escalando por su garganta—. Pasa, papá… está abierto. Pasa, por favor.
Él entra con una parsimonia elegante, conservando esa postura erguida y altiva que parece tallada en granito. Juliana lo observa con fijeza y, recorriéndose sobre la seda de su cama, golpea suavemente el colchón para invitarlo a su lado.
—Pasa, por favor… siéntate aquí.
—Hola, hija —saluda de forma entrecortada, sentándose con una extraña elegancia que rompe años de orgullo.
—¿Pasa… pasa algo? —pregunta él, incómodo por el escrutinio de su hija.
—No, no es nada, papá. Nada, no pasa nada, seguro —responde ella rompiendo el hielo.
—¿Y entonces por qué guardas silencio y me miras así? —interroga curioso, conservando esa firmeza de hombre duro que, a ratos, deja escapar pequeños rayos de ternura.
—Es que me sorprende verte aquí, solo eso —contesta Juliana directa.
—¿Te sorprendes? —pregunta él, soltando una carcajada firme pero leve—. ¿Acaso no es esta mi casa y puedo estar donde me plazca?
—Claro, papá. Todo este palacio de mármol es tuyo, créeme que no lo olvido. Todo, absolutamente todo… hasta este espacio mío te pertenece —responde ella con una leve ironía. Él se yergue incómodo, pero luego le regala una pequeña sonrisa.
—Pero, ¿sabes, papá? Amo tenerte de visita aquí. Tú eres el rey, lo sé, pero no solo de esta casa; también lo eres para mí. Eres mi rey y amo tenerte conmigo.
Juliana, con manos de ángel, acerca su mano al rostro de su padre. Él se estremece, cerrando los ojos como si dejara que la caricia penetrara cual agua deslizándose sobre su piel. Ella, aprovechando su cercanía, se inclina y le deposita un beso tierno y prolongado en la mejilla. El contacto es tan puro que Luis Miguel se queda gélido, su pecho sube y baja con violencia y, por un instante, su máscara se desmorona. Sus ojos se inundan y una lágrima traicionera amenaza con rodar por su mejilla madura. Preso del pánico por su propia vulnerabilidad, se gira bruscamente fingiendo acomodarse el saco y, con un movimiento imperceptible, se limpia el rastro de humedad. Cuando vuelve a mirarla, sus ojos están secos, pero su voz vibra con una tensión nueva.
—Vah… sentimentalismos, solo eso. Simples sentimentalismos —responde intentando sonar frívolo.
—No, papá. Para nada —insiste ella—. Me siento dichosa, afortunada, bendecida. Mi papá… el gran Luis Miguel Valencia Rico. Eres hermoso, papá. Es que mírate… tú eres un gran señor. Tu forma de ser no es más que una coraza que pretende guardar un sentimiento hermoso que quiero conocer. Porque he aprendido que el tiempo revela lo que el silencio quiere ocultar.
—¿Ah, sí? ¿Y según tú qué es lo que quiero ocultar, muchachita? —le habla un tanto enojado.
—Ay, mi cascarrabias hermoso. Muestras firmeza de hombre duro, pero estoy segura de que detrás de esa postura inquebrantable hay un hombre sensible. Un hombre que sabe llorar.
—¡Cállate ya! No digas tonterías. ¿Lágrimas a mí? ¡Qué va! Las lágrimas son un lujo que se permiten los ingenuos —responde él con una intensidad gélida.
—Te equivocas, papá. Quien se permite llorar no es débil; es valiente. Porque se libera y reconoce que es humano. No somos autosuficientes, papá, ni con todos los recursos del mundo.
—Solo estoy aquí porque he hablado con tu madre —interrumpe él, recuperando su rigidez—. Me ha contado que has sido muy grosera. No me agrada, Juliana. Si eso es lo que te están enseñando esos criados, será mejor prescindir de ellos. Limpiaremos esta casa de malas influencias.
Una corriente helada recorrió el ser de Juliana. El miedo se transformó en una indignación que le encendió la mirada.
—¡No te atrevas, papá! ¡Eso jamás! —gritó ella, enfrentándolo—. ¿Hablas de echar a los empleados? ¡No me mientas! Sé que hablas de Olivia, mi nana. ¡No permitiré que la toques! Ella es lo único real que tengo en este mausoleo de seda.
—¡Juliana, por favor! No me hables así. Yo soy quien paga sus sueldos. Si esa mujer te está poniendo en contra de tu madre, se irá hoy mismo.
—¡Ella no me pone en contra de nadie! Ella me ha dado el amor que ustedes me negaron por vivir pendientes de sus joyas y su orgullo. ¿Quieres echarla? Pues échame a mí también, porque donde ella vaya, yo iré. ¡Es mi viejita y no voy a permitir que la humilles por un capricho de ese maniquí andante! Te lo suplico, papá…
En un arrebato de desesperación, Juliana hizo el gesto de postrarse ante él, pero Luis Miguel la sujetó con una fuerza imprevista, sacudiéndola por los hombros mientras sus ojos echaban chispas.
—¡Eso jamás, Juliana Valencia! ¡Jamás te humilles ante nadie! —gritó con su voz de barítono retumbando en la alcoba—. ¡Ante Dios si quieres, pero nunca ante otro hombre! ¡Jamás!
Él la miró desafiante, y en ese preciso instante de furia compartida, el tiempo se detuvo. Luis Miguel pudo comprobar lo que Mariana le había dicho en la biblioteca: era su propia mirada la que le devolvía el golpe. Era ese fuego indomable, esa determinación gélida y absoluta que él mismo poseía. Al ver ese reflejo exacto de su alma en el rostro de su hija, sintió un orgullo secreto que le recorrió la espina dorsal; finalmente hallaba la verdad que tanto buscaba: Juliana era, en esencia, igual a él.
Luis Miguel Valencia sintió que el corazón se le partía ante la ferocidad de su propia sangre.
—Tranquila, Juliana… ya basta. Cálmate —dijo bajando la voz—. No te quitaré nada; porque nada es tuyo, todo es mío. Pero la vieja se queda… por ahora. No llores más.
—Gracias, papito —lo abrazó con fuerza y él, con disimulo, apenas la rozó sintiendo una calidez que lo derretía—. Gracias.
—Me voy ahora. Solo evita encuentros con tu madre. Sabes… —se agachó al oído de ella— tiene razón: es un maniquí total. Pero no se lo digas, ¿eh?
Luis Miguel se encaminó a la salida, pero ella lo detuvo con una última pregunta.
—¡Papá! Nunca me contaste… ¿Cómo conociste a mamá? ¿Cómo se enamoraron?
Él se detuvo en el umbral, mirando hacia un lado, con la marca del beso aún quemándole la mejilla y el alma.
—Nos vemos, hija. Hay responsabilidades que no puedo descuidar. Cuídate.
Juliana gritó un «Te amo» que solo encontró como respuesta el sonido seco y definitivo de la puerta al cerrarse
1 HORA MÁS TARDE
Tras la despedida de su padre, el silencio en la habitación de Juliana se vuelve una presencia física, un eco gélido que todavía evoca la rigidez del maniquí de Mariana en aquel rincón sombrío. El encierro, dictado por el linaje y la disciplina inquebrantable de los Valencia Rivadeneyra, se siente como una partitura en blanco, carente de armonía. Buscando un refugio que distraiga su mente de la opresión de los muros, ella enciende la radio. El dial se detiene en la emisora local justo cuando las voces de la cabina llenan el aire con una tertulia pausada:
—Sabes, a veces me pregunto si hemos olvidado el verdadero peso de la palabra amor —dice el locutor principal con un tono reflexivo—. Se nos olvida que el amor es sufrido, pero también es benigno; que no tiene envidia y que no busca lo suyo. El amor real es aquel que todo lo espera, todo lo cree y, sobre todo, todo lo soporta. Porque aquel que dice amar pero en su corazón guarda aborrecimiento, no es más que un mentiroso; su voz es como un címbalo que retiñe, un metal que solo hace ruido pero que está vacío de alma.
—Es cierto —responde su compañera de cabina con voz suave—. Y es que el amor requiere de acciones; todo se resume en hechos más que en palabras. Por los frutos es que se conoce la raíz de un sentimiento. El amor está hecho de movimiento, porque incluso la fe más profunda requiere acción; el creer mismo es un verbo que exige voluntad. Uno no puede decir que cree si no acciona de acuerdo a esa convicción.
—Exactamente. Quien no tiene amor, en realidad, no es nada. El amor es vivo, es una fuerza real y es el mayor de los dones que se pueden poseer, porque es la única energía capaz de sostener el peso del mundo cuando el otro ya no tiene aliento. Es un acto de fe que requiere una valentía inmensa, un sacrificio que se entrega sin pedir nada a cambio, incluso cuando el entorno parece estar en contra.
—Y bien, hablando de amor y de lo que es entonces un sacrificio de amor, de esa entrega viva que se demuestra con hechos y que lo soporta todo, aquí tenemos un mensaje que nos evoca precisamente el significado de esta palabra hecha vida. Es un sobre lacrado con la urgencia de un primer violín; no tiene nombres, pero sí un destino claro. Escuchen bien, Soberana, porque este mensaje tiene dueño:
»Cuando nuestra vocalista de plata eleve su melodía en el firmamento y los músicos de la maleza inicien su serenata natural, mi alma se encenderá para buscarte. Bajo el tenue parpadeo de los faroles del aire, tu belleza será mi único norte. Te espero a las nueve, donde el Idilio es ley. El Ritmo del Destino ya ha compuesto nuestra entrada».
Juliana apaga el aparato con un movimiento delicado, sintiendo un síncope de alegría que le recorre la columna. Se desploma sobre las sábanas de seda, ahogando un suspiro de júbilo contra la almohada mientras una sonrisa triunfal borra el rastro de la incomodidad anterior.
—¡Ocho horas! Dios mío, ocho horas que se perciben como un compás de espera infinito —exclama en un susurro vibrante, incorporándose para observar cómo la luz de la una de la tarde baña sus manos—. José Fernando… mi Calisto, ¿cómo logras rescatarme con tal precisión? Me envías este recordatorio justo cuando el recuerdo inerte de mi madre y el peso de mi apellido amenazan con asfixiarme. Estas paredes ya no guardan el polvo del pasado; ahora vibran con la frecuencia de tu promesa.
Se pone de pie con la elegancia propia de su crianza, pero con la energía indomable de sus dieciocho años, alejándose de las sombras del cuarto como quien abandona un escenario oscuro. De pronto, sus ojos se posan en un retrato antiguo y su voz se suaviza con una nostalgia luminosa.
—Si mi madre estuviera aquí… si tan solo ella fuera como Olivia, sé que estaría festejando conmigo este estallido en el pecho. Ella saltaría de alegría tanto como lo estoy haciendo yo. ¡Ay, Nana! ¡Ay, Nanita! Si supieras lo que acabo de escuchar. ¿Cuándo será que acaba esa tertulia eterna que tienes con tus amigos de la cocina? Si tan solo pudiera ir a buscarte, si pudiera gritarlo a los cuatro vientos… pero no puedo. Tengo que ser prudente y callar este secreto que me quema.
Se acerca a la ventana, abrazándose a sí misma para contener el temblor de sus manos.
—Estás ahí afuera, desafiando la lógica y el sol, afinando los detalles para que nuestra vocalista de plata tome su trono. Puedo imaginarlo todo: los grillos ajustando su tono y las luciérnagas preparando esa coreografía de luces para que mi rostro sea lo único que encuentres en la penumbra. No importa que el mediodía sea sofocante o que la sombra de aquel maniquí intente robarme el aire; mi voluntad ya galopa hacia ti. ¡Espérame, mi amor! Porque ni el encierro más refinado de los Valencia Rivadeneyra podrá silenciar el Ritmo del Destino que hoy, finalmente, nos pertenece solo a nosotros. ¡A las nueve, la armonía será perfecta!
EN LA HABITACIÓN DE LOS VALENCIA RIVADENEIRA
Tras la pesada puerta de roble tallado, en una habitación donde el lujo se manifiesta en molduras de pan de oro y sedas de Oriente, Mariana Rivadeneira de Valencia yace quebrada. Su vestido color marfil, una pieza de alta costura que abraza su figura de porcelana, muestra las manchas humillantes del polvo y el roce contra el suelo a las afueras de la biblioteca. Todavía siente el impacto de los empujones con los que él la expulsó, lanzándola al pasillo donde terminó arrastrándose al caer. El maquillaje, aunque retocado con precisión quirúrgica, no logra ocultar la palidez de un alma que acaba de ser sacudida. En el silencio opulento de la estancia, el eco de la discusión resuena con una frecuencia metálica, una vibración que se instala en su pecho hasta paralizarla. De pronto, su mirada se vacía de presente y, como un proyector de plata, la transporta a una escena de hace dos décadas.
22 AÑOS ATRÁS
La tarde viste un gris de terciopelo mientras las gotas golpean los cristales con el ritmo de un metrónomo celestial. El viento arrastra el aroma de la tierra mojada, mezclándose con el retumbar de los truenos que simulan timbales profundos en la distancia. En aquella cabaña de maderas nobles y diseño vanguardista, Mariana Rivadeneira de la Torre permanece cautiva de una ilusión. Sentada ante una mesa de veta rústica y pulido perfecto, sus pupilas se expanden hasta borrar el color de su iris, reflejando una entrega absoluta. Sus párpados, relajados y teñidos por el rubor de la pasión, delatan la ausencia de cualquier sospecha.
Luis Miguel se aproxima con la cadencia de un barítono que conoce su escenario, sosteniendo dos copas de cristal de Bohemia donde el vino tinto reluce como rubíes líquidos. Su imponente estatura de 1.84 metros domina el espacio, contrastando con la delicadeza de Mariana, quien con sus 1.60 metros parece una muñeca de cristal ante su presencia.
—Luis Miguel, amor —exclama ella con un suspiro que vibra como una nota sostenida, obligada a levantar la mirada para encontrar la suya.
—Vida mía, ¿qué te sucede? Mírate, estás temblando. ¿Acaso mi presencia te intimida, reina mía? —pregunta él con una sofisticación envolvente, tomando su mano con la delicadeza con la que un curador de arte trataría una pieza de museo.
—No es miedo, mi vida. Al contrario, mi único deseo es poseer este instante contigo. Es solo que el clima ha descendido de forma inesperada.
Luis Miguel deja escapar una risa breve y aristocrática. Con un movimiento fluido, desabrocha el botón de su blazer de seda negra de Giorgio Armani y lo coloca sobre los hombros de ella como una capa protectora.
—Haberlo dicho antes, muchachita mía. Sabes perfectamente que eres mi soberana y, más que esta prenda de diseñador, mi mayor anhelo es convertirme en tu refugio permanente contra cualquier tempestad.
—Lo sé, Luis Miguel. Lo sé con cada fibra de mi ser —responde ella, hundiéndose en el aroma a sándalo y al calor corporal que emana de la seda, sintiendo que ninguna opulencia material se equipara a la magnitud de ese sentimiento.
Él levanta su copa, haciendo que el color del vino actúe como testigo silencioso de su pacto.
—Amor mío, propongo un brindis por nuestro destino. Por ti, por la magnificencia de tu belleza y por aquel tropezón fortuito a la salida de la corporación de tu padre, el señor Joaquín Rivadeneira. ¿Recuerdas que me llamaste imbécil con esa elegancia tan tuya mientras intentaba ayudarte con tus folios?
—¡Por favor, no evoques ese episodio! Me causa una vergüenza infinita —dice ella, escondiendo el rostro en su pecho.
—Dime que lo recuerdas, Mariana. Necesito escucharlo de tus labios.
—Sí, lo recuerdo —susurra ella con un siseo melodioso—. Te recriminé tu falta de atención de una manera muy impulsiva. Recuerdo que te prohibí intervenir porque temía que tu torpeza arruinara mis documentos. Pero mírate ahora, Luis Miguel; aquel hombre al que llamé torpe es hoy el dueño de mis latidos.
—Pues bendita sea esa supuesta torpeza, porque repetiría ese encuentro accidentado una eternidad con tal de tenerte así. No permitiré que nada ni nadie nos separe, Mariana. Eres el trofeo más sublime que la vida me ha entregado. ¿Brindamos entonces?
—Brindaría contigo infinitas veces, amor mío. Por el siempre y por el para siempre.
El choque de los cristales produce un fa sostenido que resuena bajo el techo de madera, justo antes de que él le retire la chaqueta.
—¡Luis Miguel! ¿Qué pretendes? Sabes que el frío es inclemente.
—Lo sé, pero la propuesta que tengo para ti generará un calor que ninguna seda italiana puede emular. Solo confía en mí. Deja que mis manos sean tu abrigo y mi pecho tu escudo.
—¿Qué tienes en mente, mi vida?
—Deseo que bailemos. Aquí y ahora.
—Es una locura, Luis Miguel. No hay una orquesta ni una melodía que guíe nuestros pasos.
—Te equivocas, amada mía. No vas a escapar de mis brazos tan fácilmente. Para bailar no requerimos de un vals de Strauss. Escucha la sinfonía que nos rodea: el golpeteo rítmico de la lluvia sobre el tejado es nuestro staccato; el estruendo de los truenos es nuestra percusión de fondo y el susurro de las cascadas lejanas son los violines. La naturaleza misma es nuestra cómplice y directora de orquesta. Esa es la música de nuestro amor, una composición única para nosotros dos.
Él la atrae hacia sí, eliminando cualquier rastro de distancia. Mariana, con sus 1.60 metros, apoya su cabeza en el pecho de él, rodeando su cuello con un brazo mientras levanta el rostro para admirar los 1.84 metros de aquel hombre que parece alcanzar las estrellas. Sus pasos son fluidos, deslizándose sobre la madera con una técnica que solo la educación de élite puede otorgar.
—Prométeme —susurra ella mientras giran— que esta melodía nunca se detendrá. Que aunque el cielo se despeje, nosotros seguiremos bailando.
—Te lo prometo por mi honor, Mariana —responde él con voz profunda, besando su coronilla—. Seré tu música cuando el mundo se quede en silencio. Seré el ritmo que marque tus pasos hasta el final de los tiempos.
De repente, la danza se detiene en un compás de espera absoluto. Luis Miguel toma el rostro de Mariana entre sus manos, obligándola a buscar su mirada cargada de una promesa eterna. Sin mediar palabra, sus labios se encuentran en un beso que detiene el tiempo. Ella siente que sus labios color fresa absorben el calor abrasador de él, una temperatura que traspasa la piel y se instala en su médula. En ese contacto, Mariana experimenta la sensación de fundirse finalmente en su interior, como si sus esencias se mezclaran hasta volverse una sola entidad bajo el rugido de la tormenta. Es una entrega total, un eclipse de alma donde ella deja de ser ella para ser parte de él.
EL PRESENTE
De vuelta en el tocador, la realidad cae como un acorde disonante y violento. Mariana sostiene la fotografía de aquel día con dedos que ya no buscan caricias, sino destrucción. Su estructura interna, antes erguida por el orgullo de su casta, comienza a desmoronarse como un castillo de naipes alcanzado por un vendaval. Cada rincón de su ser se desgarra; la imagen de la felicidad es ahora una lija que sangra sus recuerdos. Sus manos, finas y nerviosas, se convierten en garras que trituran el papel con una saña desesperada.
—¡Maldito seas mil veces, Luis Miguel! ¡Maldito sea el aire que respiras y la tierra que pisas! —grita con una voz que se quiebra en un rugido de hiel—. ¡Imbécil de cuna, depredador vestido de seda! Si hubiera tenido una chispa de la lucidez que hoy me sobra, te habría dejado tirado en aquella acera como la basura que eres. ¡Qué estúpida fui al creer que un tropezón era una señal divina, cuando solo era el primer paso de mi caída al fango!
El papel se vuelve un amasijo informe bajo sus dedos, mientras su pecho sube y baja en una danza de odio puro. Sus ojos son brasas de rencor que parecen querer incendiar el mobiliario. Termina de volver un surullo la foto, sintiendo que al destruirla intenta arrancarlo a él de su propia existencia. Con la garganta seca y el pulso todavía acelerado, se levanta con un movimiento mecánico, necesitando el frío de un vaso con agua para apagar el incendio que le quema las entrañas.
Al abrir la puerta y salir al pasillo de la planta alta, la atmósfera se espesa. Allí, como una aparición sombría, se encuentra cara a cara con Luis Miguel. La colisión visual es inmediata. Mariana clava sus ojos en los de él como si fueran puñales envenenados, manteniendo la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se tensan.
—Maldito seas, Luis Miguel… maldito seas hoy y cada segundo de tu existencia —le susurra entre dientes, con una voz que arrastra todo el veneno de su decepción—. Que cada trago de tu vino se convierta en hiel y cada una de tus promesas te persiga como un demonio. Eres un monstruo de seda, una estafa absoluta. Te aborrezco con cada fibra de mi ser.
Él, sin embargo, mantiene una impasibilidad exasperante. Con un gesto de absoluta indiferencia, como si las palabras de ella no fueran más que ruido blanco, ignora su presencia y sigue de largo. El sonido de sus pasos sobre la alfombra es rítmico y cruel mientras comienza a bajar las escaleras con una calma que insulta el desgarro de Mariana.
Ella corre hacia el balcón interno que da al vestíbulo principal. Desde la altura, lo observa descender con una furia que amenaza con desbordar su pecho. Sus manos se aferran a la barandilla de hierro forjado, los nudillos blancos por la presión, mientras sus ojos siguen la figura de aquel hombre que alguna vez prometió ser su abrigo y que hoy, con su silencio, solo confirma que el idilio de hace veintidós años ha muerto para siempre bajo el peso de su propia infamia.
EN LA COCINA
El humo sutil aún se levanta en el espacio, danza al compás del staccato herborio de condimentos y hortalizas en la olla; se expande cual faldón de cumbiambera al girar, tomando como suyo cada rincón, mientras por las ventanas las montañas se empinan escarpadas, curiosas por observar lo que ocurre en esa larga barra, puente de confidencias y confesionario directo de desahogos propios y ajenos. Allí se degusta el licor de ambrosía compartida: un postre de seda que se cocina a fuego lento, donde el susurro es el aroma y la confidencia el bocado que endulza el alma sin dejar rastro de hiel.
—Oye, Olivia… Pero bueno, ¿y al fin de todo por qué te quedas así como ida? —exclama Custodia, asaltada por ese visitante desesperado llamado curiosidad que no deja de punzarle el ánimo—. Mirando todo y a la vez a la nada. Te quedas en silencio, como si fueras una nota en suspenso que se resiste a terminar. Es como si de pronto hubieras encontrado una melodía interna tan bella que el mundo entero se pone en pausa para dejarte escucharla.
—¿Qué quieres decir, Custodia? —cuestiona Olivia, mientras bebe un largo sorbo de café recién servido y humeante.
—¡Ay! ¿Cómo así que qué te quiero decir, Olivia? —interroga con imprudencia desesperada ante el silencio de la nana—. Por Dios, tú lo sabes perfectamente; te quedas perdida en la nada. Olivia llamada por tierra, porque estás más que en la luna, ¿o no, muchachas? —Las demás asienten con la cabeza—. ¿Y ahora dices que qué te quiero decir? No seas así. Me refiero a qué es lo que te tiene tan desconectada de Radio Pasillo VIP. Porque después de lo que hablamos con tu niña, quedas así. A ver… —concluye Custodia en tono insistente, dando dos golpes firmes a la mesa cual tambor de convocatoria indígena.
Las demás ríen, un tanto extrañas y apenadas, con sus miradas afiladas como cuchillos sobre la tabla, fijas en Olivia.
—No sé —contesta ella—. Ciertamente quedo un poco consternada con lo que me cuentan sobre mi niña Juliana. Porque yo la veo bien cuando comparto con ella en el jardín esta mañana. ¡¿Y que me digan que la vieron mal y llorando?! La verdad, me tiene inquieta, muy inquieta. —Olivia toma un sorbo largo y vuelve a servirse de la cafetera en medio del mesón.
—Pues sí es inquietante, no te lo niego. Y no es por ser chismosa, pero ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué están con el señor Luis Miguel arriba? ¿Ahora qué hizo la niña Juliana? El señor se ve desesperado, ofuscado… ¡Cuéntanos! —argumenta Custodia, ansiosa por la discusión de alcoba.
La Cubana, rompiendo la parsimonia de su silencio, se dirige a Custodia con su sabor habanero:
—¡Ay, por Dio’, niña, cálmate ya de una ve’! Definitivamente, tú ere’ un detetto’ de secreto’ con antena parabólica integrada; si el chisme fuera petróleo, ya tú fuera’ la dueña del mundo, caballero. Tiene’ el espíritu de una enciclopedia humana, pero solo de la’ página’ que nadie te invitó a leé —exclama sarcástica, provocando una carcajada incontenible en el grupo.
—¡A esta mujer la prudencia le manda saludos desde Dubái! Le cae bien, pero la prudencia no gusta de ella; le teme —agrega Tránsito con jocosidad.
Hortensia, dejando de revolver la danza de hortalizas, gira como un director de orquesta con su cuchara de palo:
—No, no, es que ella hace periodismo comunitario, muchachas. Periodismo profesional sin sueldo, ¿o no, Custodia? —continúa dirigiendo la sinfonía herbórea que burbujea en la olla.
—Me sorprende que tengan tanto tiempo libre para analizarme —responde Custodia con desdén—. Mi vida debe ser mucho más interesante que la de ustedes. Piensen lo que quieran, pero Olivia… ¡soy toda oídos! —sentencia, dejando la taza a medio camino de sus labios.
—¡Ay, Custodia! —exclama Olivia con impaciencia evidente. Suelta un suspiro largo y busca refugio en su café, dejando que el humo dance como un curioso más—. ¿No has oído que «el que anda en chismes descubre secretos, pero el de espíritu fiel lo guarda todo»?
La determinación en los ojos de Olivia hace que la curiosidad de Custodia deje de ser miel y se deslice por su garganta cual bailarina que perdió el compás, retirándose tras el telón con sabor a hiel.
—¿Y eso qué tiene, Olivia? —exclama Custodia de manera intimidante—. ¡Ustedes no saben lo que es vivir! ¿Acaso no dicen que el pan sabe mejor cuando es compartido?
—El pan se comparte, Custodia, pero el dolor no es comida para cualquiera —responde la nana con una tonalidad de autoridad materna—. Lo que guardo de mi niña Juliana no es para que tú te sacies; hay tesoros que solo se entregan a quien sabe cuidar lo que es sagrado.
—¡Como yo, por ejemplo! —agrega Custodia emocionada, desatando una risa que llega hasta la planta alta—. ¡Ríanse, partida de víboras! Yo solo digo que no hay problema en compartir algo, no traicionas la confianza de tu niña.
—Claro que la traiciono —insiste Olivia.
—¿Y por qué? —pregunta Custodia, extrañada.
—Porque valoro la confianza de mi niña; es un regalo sin precio, y perderlo sería romper un cristal sagrado. Cuando la confianza se pierde, no hay entierro que valga. Y eso no lo negocio por tu chisme. ¿Quieres saber algo? Te invito: sube, llama a su puerta y pregúntale. Si ella quiere contarte, adelante; pero por mi boca, jamás. ¡Jamás! —insiste con firmeza de heroína.
El frío de témpano suspendido en el aire es roto por Tránsito:
—Dejando de lado la curiosidad insatisfecha de nuestra periodista, y hablando de cosas viejas… ¿cuántos años es que tienes tú, mi estimada nanita?
La nana Olivia suelta una carcajada que le sacude los huesos y sentencia:
—¡Ay, Tránsito, hija! Yo tengo tantos años que ya no cumplo, sino que colecciono victorias. No me cuentes las arrugas, que son solo las veces que le he ganado el pulso a la muerte mientras ella me buscaba y yo estaba ocupada colando café. El día que yo nací, el sol todavía pedía permiso para salir y el diablo era apenas un niño malcriado que usaba pantalones cortos. ¡Respeta mis mapas, que para llegar a vieja se necesita mucha maña y muy poca vergüenza!
La cocina estalla en una algarabía de carcajadas que cortan el aire. Afuera, las montañas se inclinan sobre el valle como gigantes curiosos, vibrando en su inmensidad ante el eco de la risa.
—Sí, muy bueno, pero recuerden lo que íbamos a hablar —retoma Hortensia, golpeando la cuchara sobre el borde de la olla—. Es momento de sacar eso que tengo bajo la manga, que llevo saboreando más que esta sopa.
El silencio se vuelve espeso, como un almíbar a punto de caramelo. Todas las miradas se clavan en Tránsito, quien trae el recado de la casa vecina, los aristocráticos Londoño.
—Bueno —suelta Tránsito, bajando la voz a un hilo—. Ya que Olivia nos da cátedra de espíritu fiel, esto no es chisme…
—¡Ah, no! ¿Entonces qué e’, Tránsito? —interviene la Cubana con picardía—. ¿Acaso e’ el control de calidad de la realidad ajena que maneja aquí la reportera? —Todas ríen.
—¡No! Esto es advertencia. Me dice la muchacha de los Londoño que la hija de ellos, la que estudia música para ser conciertista de saxofón… —Tránsito hace una pausa dramática, asegurándose de que incluso el burbujeo de la olla se mantenga en un respetuoso piano.
EL JARDÍN DE LA MANSIÓN
Una vez más, las puertas de cristal ven atravesar a la señorita Juliana Valencia Rivadeneira. Con un andar refinado que parece seda ligera elevándose en el aire, avanza mientras el viento, en un susurro de barras armónicas, la acaricia cual cristal frágil que teme fragmentarse. Camina hacia el mural donde las rosas carmesíes cuelgan como notas en un pentagrama.
—¿Saben que son hermosas? —murmura Juliana con ternura, acariciando los pétalos—. Tan delicadas, tan finas y, sobre todo, tan armoniosas. ¿Quién fuera ustedes para habitar en esa sintonía perpetua? —Se inclina a olerlas y luego mira hacia el balcón de sus padres—. Ojalá una de ustedes lograra embellecer la pared de hielo fino que hay allá encerrada, donde mi madre se asoma cual reina de belleza a ser contemplada.
Al intentar alcanzar una rosa más alta, da un salto con un quejido:
—¡Uff! —Baja la mano de prisa; una espina ha lastimado su dedo, haciendo brotar un rubí de sangre.
—¡Señorita Juliana! ¿De nuevo por acá? —se acerca Sósimo con entusiasmo—. Parece que no aguanta las ganas de visitar a sus hermanas. ¿Qué le pasó? Tiene el dedo lastimado. —El jardinero corre a auxiliarla, envolviendo la herida con su pañuelo de trabajo.
—Tranquilo, Sósimo. Es un accidente, o tal vez invado su espacio más de lo debido —argumenta Juliana con la elegancia de quien estructura cada pensamiento.
—No, señorita, ¿cómo va a decir eso? Usted es una rosa humanada. Solo que es una rosa que logra desprenderse de su danza para perfumar un sepulcro blanqueado que hiede a muerte emocional y espiritual. Lo que hay en esa mansión es una estructura que se ve bonita por fuera, pero por dentro solo guarda podredumbre.
—Tal vez están resentidas por mi abandono y por eso me atacan —comenta ella, soltando una carcajada que suena como la armonía de un arpa.
—No, yo veo otra cosa —insiste Sósimo—. Eso no es un ataque, fue la benevolencia de las flores. Al herirla un poco, le demuestran que su sangre sigue siendo carmesí y le recuerdan que usted no está muerta como los rosales marchitos que habitan allá dentro. Su misión es dar color y vida a ese lugar frío.
—¡Pero mire! —exclama ella sorprendida.
—Las rosas saben defender su espacio, señorita —continúa el jardinero—. Son frágiles pero decididas. Es un mensaje para usted: puede ser fina, elegante y perfumada como su madre, pero siempre debe ser una rosa decidida a defender lo suyo.
—¡Wow, Sósimo! Me dejas sin palabras. De nuevo la palabra defender, luchar, guerrear. Una vez más el mensaje llega a través de la fragilidad de las espinas. Es una sinfonía repetitiva de aliento defensivo —agrega Juliana, sintiendo un éxtasis divino al conectar esta charla con la de la muralla y la espada que tuvo con su nana.
—Ay, señorita —dice él con voz de madera vieja—, lo bello también necesita defensa.
—Lo tengo claro, Sósimo. Confirmo que eres el ángel que mantiene la armonía y la sinfonía de este lugar, mi escape favorito. —Le da un beso sonoro en la mejilla, cual castañuela de danza española, y se retira.
EN LA COCINA
El humo todavía danza con su faldón de cumbiambera sobre el mesón.
—Como les digo —continúa Tránsito—, la hija de los Londoño, esa muchachita que parece que se va a quebrar de lo flaquita que está…
—Sí, pobre niña —interviene la Cubana—, a esa la llaman silvido de culebra, ¡bendito sea Dio’! —La picardía aumenta las carcajadas y las tazas danzan como vedettes sobre el mesón.
—Bueno, la cuestión es que anda con el saxofón a cuestas para arriba y para abajo.
—¿Y qué tiene eso de innovador? —interrumpe Custodia con ironía—. Muchos cargan instrumentos, más si estudian música.
—¡Espérate, mujer, no comas ansia’! —exclama Tránsito ofuscada—. No sea’ afanosa, mi querida periodista. Si no me deja’ continuá’, ¿cómo va’ a alimentá’ el estógamo insaciable de tu diche? Ten calma.
Custodia hace una mueca y bebe un sorbo largo.
—¡Vaya con tus rodeos! No es afán, es que se me va el tiempo oyéndote adornar el pesebre. Suéltalo ya, que el café se enfría. Espero que valga la pena, porque para cuentos de aparecidos ya tengo a mi abuela. No me vengas con que el saxofón es mágico, que yo busco la noticia, no una radionovela.
—¡Claro, como lo dice usted! —se mofa Hortensia—. ¡La reina de los chismes completos! No hay nada más absoluto que lo que cuenta nuestra periodista de pasillos —agrega con ironía, desatando de nuevo la risa general.
—¡Pero bueno! ¿Me van a dejar hablar? —sentenció Tránsito, golpeando la mesa con tal autoridad que el café de las demás saltó de sus tazas de porcelana. El aire en el salón se tornó gélido, como si un director de orquesta hubiera bajado la batuta exigiendo un silencio absoluto—. Escuchen, porque esto no es un cuento, es un espanto de carne y hueso.
La muchacha, como es de los Londoño —esa casta que parece no pisar el suelo, sino deslizarse en un eterno adagio—, salió de la universidad con el capricho de caminar. Se puso a ver las estatuas de mármol que te siguen con la mirada y esos jardines con perfume de jazmín que emborrachan. Iba en su mundo de seda, distraída con el brillo de la tarde, sin sentir el peso de nada, como si su vida fuera una partitura sin notas bajas.
El chofer, que la conoce desde pañales, se preocupó al no verla y arrancó a buscarla. La encontró a mitad de camino, solita, caminando como una aparición entre la neblina. Ella se subió al carro aliviada, pero ya iban lejos cuando sintió el hielazo. Un corrientazo le recorrió la espalda y se despertó de un brinco, gritando desde las tripas: «¡El instrumento!». Se le había quedado el alma olvidada allá atrás.
—¡Ay, no! —interrumpió Hortensia, secándose las manos en el delantal—. A esa hora en esos pasillos asustan. Dicen que el celador que murió en el 80 todavía ronda buscando sus llaves…
—¡Cállese, Hortensia! —chilló Custodia, acomodándose las gafas—. Deje que Tránsito suelte el veneno.
—¡Ay, mi santa, sigan, que tengo los pelito’ de punta! ¡A mí se me va a salir el corazón por la boca! —exclamó la Cubana, apretando un rosario imaginario.
Tránsito bajó la voz hasta un susurro cavernoso, manejando los matices de la intriga con la precisión de un solista:
—La niña obligó al hombre a volver. Entró al edificio y el silencio la recibió como una mortaja. Las sombras en las paredes no eran reflejos; eran garras negras que se estiraban con hambre. Subió las escaleras y juró que cada peldaño crujía bajo el peso de algo invisible que respiraba con un silbido metálico. Al llegar al tercer piso, la luz parpadeó y se extinguió. En la penumbra total, un lamento agudo y vibrante cortó la oscuridad. Parecía el quejido de un niño atrapado en una caja de bronce pidiendo auxilio desde el más allá.
—¡Dios mío sacrosanto! —sollozó Olivia—. ¡Se la van a llevar los espíritus!
—¡Pero si la muchacha está viva, boba! —le espetó Custodia—. ¡Tránsito, decí qué era esa sombra antes de que me dé un síncope!
—Ella empujó la puerta de madera que gimió como un condenado a muerte. Allí, en el rincón más oscuro, donde la luz de la luna apenas dibujaba una silueta deforme, algo vibraba. No era un cuerpo, era un aura; una presencia encorvada y brillante que parecía acecharla desde el silencio absoluto. La niña cerró los ojos, aguardando el acorde final de su propia vida…
—¡¿Y qué pasó?! —gritaron todas al unísono.
Tránsito se inclinó hacia adelante, dejando que el humo del café flotara entre ellas como una neblina.
—Pasó que la luna golpeó el metal y el salón se encendió. No había muerto, ni aparecido. Allí, erguido sobre su pedestal como un monarca de oro en su propio mausoleo, estaba el saxofón. Pero escuchen bien: el viento de la noche entraba por la claraboya y, al pasar por las llaves abiertas, hacía que el instrumento sollozara solo. No era un fantasma, era su propia música que se negaba a morir en el olvido. Se arrodilló ante ese pedazo de cobre reluciente y lo abrazó como quien rescata a un hijo de la tumba. ¡Tanto drama para entender que el alma que había dejado olvidada tenía forma de campana y brillo de latón!
—¡No me jodas, Tránsito! —estalló Custodia tirando la servilleta—. ¡Casi me da un infarto por un bendito tubo de música!
—¡Oye, qué falta de respeto, caballero! ¡Qué clase de estafa es esa! —renegó la Cubana—. ¡Yo aquí con el santo en la mano esperando al muerto y resulta que el difunto lo que estaba era tocando un solo de jazz bajo la luna! ¡Tremenda chatarra olvida’a!
EL DESCENSO A LAS SOMBRAS
Sósimo desciende los peldaños con la cautela de quien profana un mausoleo. Lleva en la mano una linterna sorda y el permiso que la nana Olivia le otorgó hace horas para buscar una cizalla de repuesto; si la herramienta no marca su compás en el taller, seguramente yace en el sótano como una nota olvidada en un viejo atril. De pronto, su pie resbala con la ligereza de un acorde disonante —un trueno que llega de momento y sin aviso— y rueda los cuatro escalones en una caída estruendosa que rompe la paz del recinto.
—¡Dios mío, auch, auch! ¡Qué dolor! —se queja el anciano al sentir el golpe seco contra la dureza del suelo—. ¿Qué es este dolor tan tremendo? ¿Pero qué fue lo que pasó? ¿En qué me paré yo que me resbalé así? Si se supone que traía mi linterna…
Se levanta con dificultad, palpando la oscuridad. Sus manos tropiezan con muebles heridos por el tiempo; objetos que la casa desecha como el olvido que pesa sobre Mariana Rivadeneira y el silencio impuesto a Juliana, su hija. Logra alumbrar sobre la escalera y descubre el brillo viscoso de un aceite de coche derramado.
—¡Dios mío, qué peligro! ¿Cómo es posible? Voy a contarle a Olivia para que las muchachas de la limpieza bajen a este caos de olvidos a ordenar, porque esto está más desordenado que mis propios pensamientos… a veces no hay ni por dónde caminar.
A duras penas, con sus fuerzas añejas, abre camino cojeando. El dolor en la rodilla es un pulso constante que marca su marcha.
—No sé cómo voy a hacer ahora. Estoy tan lastimado que mejor me sentaré por aquí un rato. Ciertamente, todo este desorden me hace pensar en la señorita Juliana… Así debe ser su vida: por fuera bella, perfumada y ordenada como las rosas, pero por dentro… Ay, Señor, ten misericordia de la niña. Ten piedad de esta muchachita que vive algo que no escogió. Yo sé que Tú eres un Dios soberano, que haces como quieres y en Tu obra eres sabio. Sé que eres como el viento, que sopla donde quiere y nadie sabe de dónde viene ni a dónde va, pero en Tu proceder eres fiel. Si es así, ayúdala a ordenar su caos interior, a que sepa que ella vale y se puede defender si está pegada de Ti.
Se pone en pie y continúa abriéndose paso. El aire allí abajo no conoce la armonía del jardín; es un bloque de polvo que se mastica con dificultad, una partitura en blanco donde el silencio pesa más que cualquier estruendo. Lejos del ritmo de las risas en la cocina, una bombilla desnuda parpadea con un pulso errático, proyectando sombras que parecen dedos acusadores sobre las paredes descascaradas.
—Ni que hubiera pasado un vendaval por aquí —murmura para sí, barriendo con la luz las montañas de trastos—. Si no está en el jardín, tiene que estar bajo este cementerio de cosas viejas.
Se detiene un instante. Este sótano se parece demasiado a la vida de los Valencia Rivadeneira: una fachada impecable arriba, pero un depósito de sombras abajo. En esa penumbra asfixiante, visualiza a Juliana junto al mural de rosas, aquel día en que la espina traicionera le pinchó el dedo y el rubí de su sangre gritó contra el mármol. Ella creyó que era un reproche de las flores, pero él, con su voz de madera vieja, le había corregido:
—No es un ataque, niña, es una advertencia benévola. Usted es una rosa viva; no se me deje morir en esta frialdad. Debe tener espinas para defenderse y no permitir que su belleza se marchite en este lugar de hielo.
Un crujido seco rompe el trance. Sósimo forcejea con un estante desvencijado hasta que una caja de madera reforzada se desliza y golpea el suelo. El cerrojo, devorado por el óxido, cede al impacto y escupe su contenido como una confesión largamente contenida.
—¡Vaya, lo que me faltaba! Ahora a recoger los papeles de otros —reprocha agachándose entre hojas amarillentas que huelen a humedad.
Al levantar un viejo registro de cuero, un sobre color crema se desliza entre las páginas. Sósimo lo recoge con curiosidad. El destinatario brilla bajo la linterna con una claridad que le roba el aliento: Para Mariana Rivadeneira de la Torre. La caligrafía es elegante y firme, pero está rodeada de manchas oscuras que el tiempo ha vuelto marrones.
—¿Mariana? ¿Y qué hace una carta para la señora metida en este rincón? Esto tiene un aire… un aire de algo que no debió perderse.
Se queda estático veinte minutos, como una estatua bajo el parpadeo del bombillo que titila como un cocuyo moribundo. Finalmente, tomado por una determinación casi sobrenatural, decide que ese sobre no pertenece a la oscuridad. Sube las escaleras con la urgencia de un director de orquesta que busca el clímax de su obra, ignorando el dolor de su rodilla.
Busca con presura la cocina para entregar el hallazgo a la nana Olivia. Se detiene en el umbral, sin entrar, como un carro que se aparca en silencio. Desde allí escucha las carcajadas y los murmullos del servicio. El aroma del café llega hasta él, un humo danzante que lo invita a pasar, a degustar, extendiéndose por el espacio como el faldón de una cumbiambera. Sin embargo, decide no interrumpir; piensa que Olivia merece su espacio y su descanso.
Se devuelve en una carrera silenciosa, mirando a todos lados como un detective, sin saber que a lo lejos unos ojos de búho silente lo observan. En lugar del humo acogedor del café, lo intercepta el aroma invasivo y dominante de un puro fino: el sello de Luis Miguel, usado para aplastar y marcar territorio. Sósimo, sin más opción, corre escaleras arriba hacia la planta noble. En el descanso del segundo piso, divisa la silueta de Mariana cruzando el pasillo con una elegancia que parece tener vida propia.
—¡Qué bueno que la veo, señora Mariana! —exclama él con calidez.
Ella se detiene en seco. Al verlo, su rostro se transfigura en una máscara de furia aristocrática.
—¡¿Sósimo?! —se pregunta ella, extrañada y hostil—. ¿Quién se cree usted para atreverse a llegar hasta aquí? ¿Cómo se le ocurre tomarse una libertad tan abierta para invadir la planta alta? ¡Ya va a ver cómo lo pongo en su lugar a este vejestorio atrevido! ¡Irrespetuoso!
—Perdone usted, señora, tanto atrevimiento de mi parte. Yo sé que no debí, pero es que yo venía a…
—¡A nada! —lo interrumpe ella con furia—. A nada tiene usted que venir a este espacio restringido ¿Me oyó? Su lugar está allá afuera —le señala con el dedo tembloroso— allá, entre la tierra, el lodo y la basura, así como está usted. Ya verá que se lo diré a mi esposo y verá cómo lo pone en su lugar por atrevido.
—¡Pero señora, por Dios! Ya basta… Créame que yo no estoy aquí porque quiera estar aquí —justifica Sósimo con molestia en su tono de madera vieja.
Mariana suelta una carcajada burlona y se acerca como una pantera que acorrala a su presa, con una mirada cargada de veneno aristocrático.
—¡Qué altanería la suya! ¿Desde cuándo un hombre que vive entre raíces secas se cree con el derecho de alzarme la voz en mi propia casa? Su insolencia es tan grande como su descuido.
Sósimo, aguantando el dolor punzante de su rodilla, endereza la espalda y sostiene el sobre con firmeza.
—No me malinterprete, señora Mariana. No estoy aquí por el gusto de invadir su alfombra, sino porque el destino me puso en las manos algo que el polvo no pudo devorar. Este sobre lleva su nombre y parece haber esperado una eternidad en la oscuridad solo para llegar a usted hoy. Es un pedazo de tiempo que el sótano ya no pudo callar más.
Mariana lo observa con asco, pero una curiosidad sorda empieza a devorarla. Justo cuando estira sus dedos finos para recibir el papel, una presencia masiva se materializa a sus espaldas. Una violenta y asfixiante nube de humo gris estalla entre ambos como un crescendo orquestal de terror. El humo del puro, pesado e invasivo, actúa como una muralla física que borra la visibilidad, obligándolos a retroceder con desesperación.
En medio de esa neblina tóxica, surge una mano rápida y rapaz. Luis Miguel Valencia Rico se materializa como una fiera devoradora que ha detectado su presa. Con un movimiento violento, arrebata la carta del aire antes de que los dedos de Mariana puedan rozarla. Sus ojos, gélidos y cargados de un hambre destructiva, se clavan en el papel amarillento. Al reconocer la caligrafía y esas manchas marrones que parecen ecos de un pasado sangriento, su rostro se endurece; ha identificado el secreto que guardaba bajo siete llaves en la caja fuerte de su propia dureza. Mira a Sósimo con la intención de tragarlo de un bocado, como si el jardinero acabara de profanar el santuario de sus pecados más oscuros.
—¡Por Dios, eres un patán! ¡Qué asco! —reprocha Mariana con ironía sarcástica—. ¿Cómo se te ocurre, «señor educación», lanzarme esa humareda? ¡Eres la porquería más grande sobre la faz de la tierra!
Luis Miguel ignora los insultos, apretando el sobre contra su pecho. Vuelve a absorber de su puro y lanza otra bocanada, danzante y burlona, que oculta el temblor de su propia inquietud.
—¿Y usted? A ver, ¿qué era lo que pretendía entregarme? —le reclama Mariana al jardinero.
—No sé, señora, le aseguro que estaba en mi mano, un mensaje remitido hacia usted pero el señor…
—¡Ya basta, Luis Miguel! Por favor, ya vete de aquí con ese inoportuno humo —exige ella, pero él se burla con una carcajada barítona y se planta con mayor ímpetu.
—¿Qué busca usted aquí, Sósimo? —la voz de Luis Miguel cae como un hachazo metálico—. Este no es su jardín, y aquí las malas hierbas se arrancan de raíz. ¿Quién le dio permiso para invadir mi propiedad?
—No lo tome así, señor, por favor…
—¿Que no lo tome así? —Luis Miguel le lanza el humo directamente al rostro, haciéndolo toser—. ¿Cómo debo tomarlo si invaden mi espacio un atrevido como usted? ¿Tengo que buscar un médium para saber qué malditas hace aquí? Hable de una vez, que mi paciencia no es tan larga como sus años. ¿Qué hace goteando suciedad sobre la alfombra de mi esposa?
—No estoy aquí por gusto, patrón —responde Sósimo con dignidad—. La necesidad me obligó. Hablé con la nana Olivia; ella me otorgó el permiso de bajar al sótano para buscar un repuesto. No fue un acto de atrevimiento, sino de cumplimiento de mi deber.
—¡Qué maravilla! —ruge Luis Miguel—. ¡Una simple sirvienta dando permisos en mi casa! Aquí el único que decide quién entra soy yo. Ya verá esa vieja atrevida cómo la pongo en su lugar.
Mariana, angustiada por recuperar la carta que presiente vital, intenta intervenir:
—¡Ya basta, Luis Miguel! ¡Cállate y dame lo que Sósimo traía para mí!
—¿Dártelo? —la mira con desprecio infinito—. Aquí nada es de nadie; todo lo que hay en esta casa es mío. Retírate a tu espejo como la madrastra de Blancanieves, a vivir entre tus perfumes y esa elegancia de porcelana. ¡Fuera de mi vista!
Luis Miguel acorrala al anciano. Sus ojos arden con el hambre de una fiera que ha detectado una grieta en su presa.
—Escúcheme bien, señor nonagenario. En el jardín hay bichos que creen que el rocío les pertenece, pero cuando mi bota decide que el paisaje está sucio, terminan aplastados bajo la tierra. Si una sola palabra sobre este sobre cruza sus labios de madera vieja, lo arrojaré fuera de estas rejas. Quedará usted a la intemperie, seco y marchito. ¿Entendido? Aquí el silencio es el único abono.
Sósimo no baja la cabeza. Una sonrisa serena, casi de compasión, surca su rostro labrado por el tiempo.
—Le pido disculpas, señor Luis Miguel, por haber perturbado la paz de sus alturas con mis manos manchadas de tierra. Ya me retiro a mi lugar, allí donde las raíces no mienten. Pero antes de irme, patrón, permítame decirle algo: esta mansión se me antoja como esos sepulcros blanqueados; por fuera lucen un mármol impecable y esencias caras, pero por dentro, donde la luz no llega, lo que habita es la mortaja y una pudrición que ningún incienso puede disfrazar.
Sósimo se acerca un paso, permitiendo que la luz del pasillo acentúe los surcos de su rostro como si fueran raíces antiguas. Su voz baja a un susurro profético:
—No se envanezca tanto por la altura de su trono, patrón, que entre más alta es la palma, más fuerte es el viento que la dobla. El destino es una enredadera traicionera: por más que la soterre, siempre encuentra una grieta para volver. Escúcheme bien, porque el tiempo no olvida: lo que uno más desprecia es lo que la vida le sirve después en plato doble. Guarde sus llaves, pero sepa que el fruto de su mayor enemigo ya germina en su propio huerto. Muy pronto, bajo su mismo techo, le toca convivir con aquello que tanto intentó desterrar. Ese linaje que usted maldice ya habita entre ustedes, creciendo en silencio hasta que su propia sangre le entregue la llave del reino.
Luis Miguel, sintiendo un escalofrío que su orgullo no puede contener, estalla en un grito cargado de pavor:
—¡¿Qué estás diciendo, viejo loco?! ¡¿Eso es una amenaza?! ¡¿Qué pretendes con esas palabras de brujo?!
Sósimo se detiene un segundo antes de dar el primer paso hacia el descenso. Lo mira con una piedad infinita, una mirada que desarma cualquier escudo de oro.
—No es amenaza, patrón, es solo cosecha —responde con una suavidad aterradora—. Usted se preocupa por las puertas que cierra con llave, pero olvida que nadie puede ponerle cerrojo al sol cuando decide salir, ni a la lluvia cuando le toca caer. Usted cree que es el dueño de la tierra, pero se le olvida que hasta el árbol más gigante depende de la raíz que no se ve. Al final, señor Valencia, no es el grito del trueno el que cambia el paisaje, sino el silencio de la semilla que rompe la piedra desde adentro.
Luis Miguel se queda estático, con la pregunta muriendo en su garganta. Las palabras detonan un eco insoportable en su mente. De pronto, regresan las voces de Juliana y de Olivia, recordándole que él no es más que un hombre pobre de corazón. Sósimo comienza su descenso, cojeando con un paso lento que marca un ritmo de victoria silenciosa sobre el mármol, buscando el aire puro de su jardín, donde cada espina tiene un propósito y cada pétalo sabe cuándo le toca caer.
EN LA HABITACIÓN DE JULIANA
El Aposento de Juliana
El aposento de Juliana se despliega como un adagio de terciopelo, un refugio de estética elevada donde el silencio es una frecuencia magistral de paz. La luz se desliza por las superficies como un arco sobre cuerdas de seda, componiendo una atmósfera de serenidad absoluta. Juliana cierra el libro y lo deja sobre la cama, permitiendo que el pequeño espacio de calor que su cuerpo ha dejado allí se disipe lentamente. Se levanta y camina hacia el tocador, con la mirada fija en el pañuelo que envuelve su dedo.
Se sienta frente al espejo y, bajo la luz suave de las bombillas, comienza a acariciar su propio rostro con una ternura casi protectora. Sus dedos rozan su piel con la suavidad de quien cuida un tesoro que nadie más parece ver.
—¿Qué les pasó? —pregunta en un susurro que apenas rompe la armonía del cuarto—. ¿En qué momento el corazón de mamá se volvió una pieza de porcelana tan fría? Te veo ahí afuera, tan hermosa, vestida de seda, pero cuando intento acercarme, solo encuentro un muro de hielo. Ya entiendo tu juego, mamá. Tu elegancia no es orgullo, es pánico. Te has vuelto ese objeto precioso que se mira pero no se toca, porque te sabes tan fina y tan frágil que cualquier roce humano te rompería en mil pedazos. Prefieres ser un maniquí perfecto antes que una mujer herida.
Juliana suspira y desvía la mirada hacia el retrato mental de su padre, Luis Miguel Valencia Rico, sintiendo el peso de su altanería.
—Y tú, papá… ¿a qué le tienes tanto miedo? —dice con una lucidez que le aprieta el pecho—. Usas esa dureza como un escudo, humillando a los que te sirven para sentirte inalcanzable, pero tu rigidez no es fuerza, es egoísmo. Te muestras como una roca para no reconocer que eres tan común y vulnerable como los demás. Eres un mendigo de espíritu, rico en lujos que el orín, el sol y el tiempo volverán óxido, tal como las cosas viejas en el sótano, pero pobre en la única esencia que no se desvanece: el amor.
Se gira por un instante y señala con el dedo la cama que acaba de abandonar, observando cómo las sábanas pierden su forma.
—Su calidez es exactamente como el calor de esta cama —reflexiona con una tristeza profunda—. Ahora mismo está tibia, muy tibia, pero nada más. Dentro de poco ese rastro dejará de existir. Así se ha disipado su ternura, su candidez y su compasión. Se está esfumando de ellos como se disipa ahora mismo el leve calor que queda sobre mi colchón tras haberme levantado. Su corazón se ha enfriado porque ellos mismos le abrieron la puerta al invierno para espantar lo que era dulce.
Se queda un momento en silencio, contemplando la profundidad de sus propios ojos en el espejo, y su voz adquiere un tono de revelación.
—Les falta el mayor de los dones —continúa en voz baja—. No hablo de los presentes o las riquezas. Les falta ese amor que es capaz de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo; ese amor que no deja de buscar hasta encontrar la verdad en el otro. Es el privilegio más grande que podemos tener como humanos, pero ustedes le cerraron el paso. Les falta comprender que las circunstancias no nos determinan; somos nosotros quienes decidimos qué actitud tomar ante ellas. Cada adversidad que nos golpea como una roca inesperada es la ocasión para mostrar de qué estamos hechos de la mano de Dios. Es una formación que ustedes no aguantaron; se lo tomaron personal y ahora arremeten contra quienes no tienen la culpa de su dolor.
Baja la vista hacia su dedo herido y una sonrisa ligera asoma en sus labios al recordar su charla con el jardinero.
—Tenías razón, Sósimo. Mi sangre carmesí es real, está caliente. Me dolió el pinchazo, pero me recordó que no soy un objeto inerte como ellos. Tal vez las rosas me atacaron porque me ven diferente, porque yo sí me atreví a humanizarme en este mausoleo de oro. Por eso tengo que decir, para mi sorpresa, satisfacción y dicha, que afortunadamente aún queda un motivo aparte de mi nana; uno que vale la pena y que se llama con el amor que todo lo cree, lo espera, lo soporta y lo entiende. Ese amor que, aunque vengan momentos complejos, se queda firme como la roca.
Se mira una última vez al espejo, reconociendo su propia esencia en medio de ese sepulcro blanqueado.
—Prefiero ese amor de José Fernando Mendoza Robles, mi amado. Es él quien me escribe, aunque sea a escondidas, pero me hace sentir viva, tal como lo hace mi nana, como lo hace el jardinero y como lo hacen hasta las mujeres de la cocina, que son más humanas y cálidas que la frialdad de este mausoleo de oro. Entiendo que, aunque mis padres prefieran habitar la carroña de la indiferencia para no ser quebrados, yo he sido enviada para ser la nota vibrante en este silencio. Soy la única rosa que ha decidido florecer con alma en una casa que ha olvidado cómo latir.
Juliana se desprende con cuidado el pañuelo del dedo, dejando la pequeña herida al descubierto. Observa la gota de sangre que insiste en brotar y la contempla como quien mira un rubí recién extraído de la mina.
—Por eso no son más que constructores errados con un pensamiento equivocado —concluye con una firmeza renovada—. En lugar de construir en un terreno que les permita sostenerse, no han hecho más que construir sobre su propia fachada, sobre un disfraz de firmeza y sostenibilidad que cualquier viento derrumbará. Porque sé que ese viento llegará, los desmoronará y dejará al descubierto su verdadera identidad bajo ese maquillaje y esa rigidez. Es mejor construir en el terreno adecuado; una roca es mil veces mejor para construir, porque solo quien construye sobre ella puede mostrar solidez. Venga lo que venga, la situación o la adversidad que sea, nunca caerá porque la roca es firme, se sostiene desde el fondo y nunca se deja mover por nada.
»Duele», murmura con una paz que desafía la lógica de aquel cuarto frío, «pero prefiero este dolor que me recuerda que estoy viva, antes que la anestesia de su perfección». Se pone en pie, no como quien huye, sino como quien se prepara para una vigilia, entendiendo que en esa casa de ecos vacíos, su voz es la única que todavía sabe pronunciar la palabra esperanza.
LA NECRÓPOLIS DE PAPEL
En su necrópolis de papel, miles de almas mudas observan desde el lomo de los libros; son ojos invisibles que esperan el rastro de una mirada para volver a existir. En este recinto de quietud absoluta, los ayeres de Luis Miguel irrumpen como visitantes inoportunos, pariendo melancolías que se materializan bajo el peso de una voluntad inquebrantable. Entre estantes que funcionan como cajas fuertes de planes inconfesables, surge su único testigo: el humo de un fino puro.
Luis Miguel Valencia Rico yace desplomado sobre su silla; la ansiedad le deforma el rostro y su mirada perdida parece seguir un ritmo macabro en el vacío. De pronto, el silencio se desgarra. Abre la puerta del recinto con una violencia desesperada y ruge con una voz quebrada que le traigan un café; cierra de inmediato con una fuerza brutal, un estruendo que retumba en las paredes como si la puerta quisiera atravesar el umbral hacia un abismo de locura.
—El pasado… una vez más el pasado —exclama, y su voz suena como un crujido de huesos—. ¡Maldita sea mi desgracia, maldita sea mi destino! ¿Por qué esta carroña vuelve a tener aliento?
Busca refugio en lo inmediato: alcanza un vaso, sirve agua con manos torpes y se la bebe de un sorbo violento. Tras un suspiro agónico, su voz emerge en una tonalidad barítono, vibrante de odio y aflicción:
—Maldito Sósimo… jardinero de mortuorios. Hombre de tierra sucia y podrida. Si no llego a tiempo para invadir el momento y arrancar ese objeto de sus manos, el caos ya me habría devorado. ¡Se lo entregó a ella! A mi esposa. Por un segundo, ella sostiene la partitura de mi propia ejecución.
22 AÑOS ATRÁS
El aire se torna denso y cálido, una nota sostenida que vibra con una tensión insoportable antes del colapso. Luis Miguel Valencia Rico emerge del vacío como un compás fúnebre, envuelto en un abrigo de paño pesado y lentes oscuros que ocultan cualquier rastro de alma.
—¿A dónde con tanta prisa, muñeco de pastel? —interpela un hombre parado frente a la puerta, con un tono de voz muy grave y aterrador. Ante la aparición de este espectro nocturno, Gonzalo del Olmo no hace más que suspirar profundo; las palabras se le quedan atoradas en la garganta como una espina de pescado.
—¿Qué haces aquí? ¿Quién eres? —murmura Gonzalo, retrocediendo ante la cadencia espectral del intruso. Al chocar contra la mesa de caoba, la voz de Luis Miguel estalla con la fuerza de un barítono estridente:
—¿De verdad supones que no me enteraría? «Mañana mismo se le acaba el juego a Valencia Rico; le arrancaré la máscara frente a los Rivadeneira», eso dijiste, ¿no es así? ¡Nada se esconde de mí porque todo es mío! ¡Nada me queda grande porque yo soy grande!
—¿Cómo supiste eso? —pregunta Gonzalo con el terror pintado en el rostro, pero recupera un último aliento de orgullo—. Lo que eres es un insignificante que solo reacciona ante lo que ve más grande que él. Todo esto que muestras es un disfraz; no eres más que un pobre diablo que se cree sus propios cuentos.
Luis Miguel se estremece de una furia gélida que deforma sus facciones.
—¿Con que un cuento de princesas? Pues ahora vas a conocer al dragón que las devora en la oscuridad. ¡Oíste, Principito derrotado, acabado, imbécil, inútil, infeliz, maldito despojo de hombre!
—¡Se tienen que enterar! —replica Gonzalo con dignidad desesperada—. Mariana sabrá que no eres el hombre íntegro que imagina. Me arrebataste a la mujer de mi vida con intrigas calculadas porque tu único interés es su patrimonio. Tú y Lucrecia me inculparon de aquel desfalco; le pagaron a una desconocida para que me embriagara y tomara esas fotos falsas.
Luis Miguel se lanza sobre él. Se trenzan en una lucha de guerreros desesperados donde los muebles vuelan.
—¡Cállate, maldito! —ruge Luis Miguel—. ¡Hoy voy a silenciarte para siempre!
Con la precisión de un cirujano, Luis Miguel hunde la aguja en su carótida. Gonzalo impacta contra la madera antes de desplomarse. En el clímax de la agonía, se retuerce mientras una espuma amarga brota de sus labios; en ese instante, un sobre blanco se desliza de su mano y cae sobre el charco que comienza a formarse, recibiendo las primeras gotas carmesí que se expanden sobre el papel. Luis Miguel recoge el documento, ahora manchado, y le grita con furia:
—¡Esto nunca lo sabrá Mariana! ¡Nunca, maldito!
Una vez que Gonzalo del Olmo exhala su último aliento, Luis Miguel se endereza y ajusta sus puños con elegancia.
—Buen viaje, Gonzalo del Olmo. Terminas como una escena de Titus Andrónico: rodeado de sangre y traición. Fuiste una nota desafinada en una obra perfecta.
EL PRESENTE
Luis Miguel, entre temblores y sudor helado, mira a todas partes en su espacio rodeado de tomos finos. Siente cómo de entre los lomos emergen voces acusándolo:
—¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!
Él grita desesperado agarrándose la cabeza y sacudiéndose con violencia.
—¡Basta, basta! ¡Cállense!… Ustedes no saben nada, metiches malditos.
Se levanta como impulsado por un resorte, corre a la puerta y la abre con desesperación.
—¿Qué pasa con mi café? Ineptos. ¿Dónde está que no lo veo? ¡Malditos criados desobligados!
Lanza la puerta con furia y se devuelve a su lugar. Enciende un puro nuevo y saca ese sobre de su bolsillo; lo contempla con fijeza y nerviosismo. Sus ojos se clavan en aquellas manchas marrones que el tiempo ha fijado en las fibras del papel: la sangre de Gonzalo. Entre temblores y desconfianza, abre la carta con lentitud y comienza a deslizar su mirada.
»Mariana, amor mío: Te escribo porque el peso de lo que he descubierto es más grande que mi propia seguridad… He logrado rescatar los documentos originales que él juró haber destruido: los recibos de los sobornos con su propia firma y las transferencias que lo incriminan sin salida. Por eso, ve a…»
De pronto, la puerta suena con estridencia y él da un salto de impresión. Suelta la carta manchada con un temblor violento.
—¡Maldita sea! ¿Quién es? ¡¿Que no ven que estoy ocupado?!
Abre la puerta de prisa. Al ver a Custodia con el charol, exhala con frialdad:
—¡Ah, es usted! Pase rápido, déjelo ahí y retírese.
Custodia entra con torpeza, tropezando con todo. Luis Miguel se soba la cabeza con desesperación ofuscante.
—¡Vea! ¡Usted! ¡Fíjese por favor! Parece que no tuviera ojos sino dos calcomanías mal ubicadas, vieja torpe.
La oficina retumba con una carcajada estridente. Sin pizca de vergüenza, ella se desploma en una silla frente al escritorio y le propina un manotazo seco y familiar en el hombro.
—¡Ay, Luismi, por Dios! ¡No me diga eso que me da un patatús de la risa! ¡Qué sentido del humor tan divino se gasta!
Ella se inclina hacia adelante y le da otro golpe juguetón en el brazo. Luis Miguel se queda petrificado. Susurra con veneno:
—Usted se toma libertades que la vida no suele perdonar, Custodia.
—¡Señor, por Dios! Qué pena con usted. Yo no quería —exclama ella, y de pronto toma la carta de Gonzalo del Olmo con dos dedos. La mira con fijeza por unos segundos.
«Maldita entrometida», piensa Luis Miguel en una amenaza mental atormentada. «Si este espécimen con ojos de calcomanía lee algo de esto… tendrás que decirle adiós a este mundo».
Sin embargo, Custodia no lee el contenido; solo usa el papel manchado de sangre antigua para darse aire. El alivio de Luis Miguel es súbito, una náusea que sube por su garganta.
—¡Suelte eso! —ruge, arrebatándole el sobre—. Fuera de aquí antes de que la saque yo mismo por el cuello.
Custodia se retira, pero se detiene en la puerta y se devuelve.
—Oiga señor, ¿puedo hacerle una pregunta? Es que quería saber… señor…
EL SILENCIO DE LAS PERLAS PERFUMADAS
La alcoba de Mariana se erige como una partitura de mármol y seda donde el silencio se ejecuta con la precisión de un metrónomo. En este santuario de peinados imperturbables, Mariana es un cisne de porcelana que guarda en su interior una sinfonía de confidencias.
Mariana Rivadeneira se halla sentada frente al tocador, sumergida en el reflejo de su espejo. Su mente la tiene cautiva en el recuerdo del encuentro con el jardinero.
«Sé que ese viejo es un atrevido que no debió venir así —piensa con inquietud—, pero no puedo negar que me deja inquieta. ¿Qué será esa carta que Luis Miguel no permitió que tuviera entre mis manos? ¿Qué es lo que tanto trama?».
De pronto, un nombre atraviesa su mente como un rayo: Gonzalo del Olmo.
«¿Por qué me atraviesa ahora ese nombre por mi cabeza? Han pasado años desde que supe de su muerte. Él siempre es el gran amor de mi vida. Me enamoro de Luis Miguel, pero él es ahora otro muy distinto del que me enamoré. ¿Por qué moriría Gonzalo?».
LUIS MIGUEL 2
Luis Miguel se mantuvo rígido, con la carta de Gonzalo apretada contra el pecho, ocultándola bajo el borde del escritorio. El humo del puro, que antes era una estela elegante, ahora parecía un sudario que se enredaba en sus dedos. Cada segundo de silencio por parte de Custodia era un martillazo en su cordura
EN LA NECROPOLIS DE PAPEL
—Señor, ¿qué es lo que le pasa? —preguntó Custodia, inclinando la cabeza con una curiosidad punzante—. Se ha puesto usted pálido, pero un blanco… un blanco que asusta. Mire que ese papel viejo y amarillento tiene más vida que su cara ahora mismo. Se ve usted más blanco que las paredes de esta oficina, como si le hubiera drenado el alma un mal pensamiento.
Ella hizo una pausa, invadiendo el aire viciado por el humo del puro.
—¿Acaso tiene usted tantos pecados encima, don Luismi? —soltó con una naturalidad aterradora—. Lo veo así, como sacudido, como si un error de su pasado lo hubiera alcanzado por fin y lo viniera persiguiendo desde las sombras para no dejarlo en paz. Parece que trajera a un muerto colgado de la espalda, patrón.
—¡Lárguese! —rugió Luis Miguel, con una voz que parecía un desgarro de garganta—. ¡Usted no es nadie para escudriñar mis sombras! ¡Fuera de mi vista antes de que le enseñe lo que es un verdadero motivo para temblar!
Custodia dio un respingo, agarrando el charol con una mano y su dignidad herida con la otra. Retrocedió con paso rápido hacia la salida, pero no guardó silencio mientras cruzaba el umbral.
—¡Qué gente tan malagradecida, por Dios! —murmuró ya en el pasillo, su voz resonando como un eco de reproche—. Uno aquí queriendo ser una mano amiga, alguien que apoya, que tiene el corazón dispuesto para escuchar, aconsejar y entender… pero no, prefieren morder la mano que les sirve el café.
Se fue alejando, pero sus quejas seguían retumbando contra la madera de la puerta.
—¡Qué desprecio, qué orgullo tan negro! —renegaba mientras sus pasos se perdían en la distancia—. Malagradecidos, que no saben recibir un poquito de humanidad cuando más se les nota la miseria en la cara. ¡Ni que uno fuera un perro!
Luis Miguel se quedó en el centro de la biblioteca, envuelto en un silencio que ahora le resultaba más pesado que nunca. El rastro de Custodia se desvaneció, pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire, señalando esa blancura cadavérica de su rostro que ni el humo más espeso lograba ocultar.
EL ECO DE LAS ESPINAS
La mansión se sumerge en una agitación súbita. Los afanes del ocaso exigen movimientos ágiles, precisos y constantes. En medio del trasiego, brota de la piel el único testigo fiel: una huella líquida que narra en silencio el peso del día y la sagrada fatiga del cuerpo. Es el rocío del esfuerzo, la prueba transparente de que no existe descanso legítimo sin antes entregar el alma a la faena. Se libra una competencia contra un rival de manecillas delicadas; un atleta de cristal que, pese a su apariencia quebradiza, domina la carrera diaria contra el tiempo.
De pronto, el eco metálico del teléfono rasga la atmósfera. El sonido es devorado por la tonalidad estridente de la aspiradora en la sala. Desde la biblioteca, el señor Luis Miguel emerge como una sombra imponente. Su voz corta el aire con la frialdad de un invierno repentino, poseedora de esa autoridad gélida de quien ha cultivado el intelecto en los recintos más exclusivos.
—¿Es que nadie tiene la decencia de atender en este recinto? —pregunta con una dicción impecable—. No liquido honorarios para que la armonía de mi estudio sea vulnerada por la negligencia de mi propio personal.
Tránsito, con los dedos temblorosos, apaga la aspiradora de un tirón al percibir la presencia de su patrón.
—¡Qué pena, señor!… ¿Se le ofrece algo? —pregunta asustada.
—Se me ofrece, señorita, que finalmente establezca comunicación con ese dispositivo que amenaza mi estabilidad mental —señala con desprecio hacia el teléfono—. Lleva una eternidad en su insistente llamado y parece que todos aquí poseen una capacidad auditiva nula. ¡Qué ironía! Mis subordinados son una colección de ineptos: una con ojos de calcomanía, y ahora usted, con una abulia sensorial que resulta insultante.
—Mil disculpas, señor, de verdad no lo escuché… lo que pasa es que estaba aspirando y…
—¡Evíteme sus falacias explicativas, muchachita! —la interrumpe con arrogancia—. No me interesan sus justificaciones domésticas. Para eso cumple usted funciones de servidumbre, ¿o me equivoco? —Tránsito asiente frenéticamente—. Si el teléfono suena, usted suspende cualquier actividad fútil y atiende. ¿Es acaso una proeza cognitiva demasiado compleja para su entendimiento? Porque le aseguro que hay individuos con mayor disposición y eficacia que usted.
—Sí, señor. Entiendo. Lo siento mucho —balbucea ella.
—¡Proceda de inmediato! —ordena él con su voz de barítono—. No dispongo de tiempo para tolerar su letargo, ni la ineficiencia de esa vieja inútil de Olivia.
Tránsito descuelga el auricular mientras Luis Miguel se planta frente a ella, exigiéndole con una mirada inquisidora la identidad del interlocutor. Al otro lado de la línea, la voz de José Ignacio vibra con urgencia. Al ver que la joven se quiebra bajo la presión del patrón, una de las empleadas corre escaleras arriba para avisar a la Nana.
—Señor, es… es… —tartamudea la joven.
—¡¿Quién es, sirvienta inútil?! —exclama él, acercándose para arrebatarle el aparato.
—Es don Jo…
En ese instante, la Nana aparece bajando las escaleras con paso firme tras el aviso urgente de sus compañeras. Mientras ajusta un broche en su chal, su mirada se clava en la empleada, comprendiendo el peligro. Se desliza por el pasillo y, con un movimiento felino, arrebata el teléfono antes de que la verdad escape.
—¡Ay, Tránsito, qué falta de oído tienes! —exclama Olivia con una sonrisa ensayada—. ¿Sí? ¿Diga?
Al reconocer la voz de José Fernando Mendoza Robles, Olivia disimula su impacto.
—Habla con la señora Olivia López, para servirle —responde con excesiva amabilidad.
—¿Olivia? ¡¿Es usted la nana de mi amada Juliana?! —pregunta el joven con entusiasmo.
—¡Pero señorita Martina! ¡Tanto tiempo sin saber de usted! —exclama la Nana, fingiendo alegría mientras Luis Miguel gesticula con impaciencia—. ¿Cómo está? ¿A qué debemos el honor de su llamada? Pareciera que el olvido borró el número de esta casa. ¡Ay, no diga eso! —suelta una carcajada para despistar al patrón—. Pues si usted piensa así, déjeme decirle que aquí tiene prohibido llamar.
Se vuelve hacia Luis Miguel y explica con naturalidad:
—Señor, es Martina Sotomayor. Desea saber de la niña Juliana, pero como ella se encuentra ocupada…
José Fernando capta la advertencia de inmediato.
—Entiendo, Nana. ¿Acaso fui inoportuno? ¿No es buen momento?
—¡Ay, mi querida niña Martina! —prosiguió Olivia—. Me encantaría pasarle a mi niña, pero fíjese que hoy el jardín está lleno de espinas y el aire está tan denso que hasta las flores se han cerrado. No es momento para que asome la nariz por aquí; el dueño de casa está contando hasta los granos de sal. Guarde sus palabras para un día de sol, pues hoy hay mucho ruido en los pasillos. ¡Vaya con Dios y no me busque, que yo sabré cuándo el cielo esté despejado!
—Tonterías… retórica vacía de una mente cansada —masculla Luis Miguel, relajando la postura—. No puedo perder más tiempo escuchando sus refranes.
El señor se retira hacia la biblioteca. El peligro queda oculto bajo una mentira perfecta.
—Entiendo, Nana —responde José Fernando—. Dígale que no olvide la lectura de las nueve, allá donde las luces brillan entre la hierba. Esperaré la señal de la luna.
—¡Qué entusiasta es usted, señorita Martina! —concluye Olivia—. Yo le recordaré a mi niña que a las nueve debe ver ese concierto de luces; ella es muy devota de la luna. Descanse tranquila, el recado queda bien guardado.
Cuando el portazo de la biblioteca sella la distancia, Olivia cuelga el auricular con alivio. Tránsito se desploma sobre un sofá con los ojos empañados.
—Gracias, Nana… Pensé que me moría. Don Luis Miguel me hubiera echado si se entera.
Olivia se acerca y pone una mano en su hombro.
—No llores, hija. En esta casa, las paredes oyen y los dueños tienen el corazón de piedra. Pero recuerda: el viento sopla fuerte, pero no derriba lo que está bien plantado. Ve a lavarte la cara; ese sudor en tu frente es sagrado y no merece mezclarse con lágrimas por los gritos de un hombre que solo sabe contar monedas.
EN LA COCINA
La furia entra personificada, encendida con más brío que el fogón donde el aceite hierve en un chirrido incesante mientras los alimentos se doran en su interior.
—¡Asere! ¿Y a qué viene tanto corre-corre y ese atropello al entrar, muchacha? —exclama la Cubana, sorprendida al ver cómo Custodia irrumpe resoplando cual toro, llevándose todo por delante y ubicando las cosas de cualquier manera con violencia.
—¡Ahora no quiero hablar, Cubana! Solo quiero estar tranquila un momento para desacalorarme. Si en algo me quieres ayudar, con un café está muy bien. Te aseguro que lo necesito, y mucho —contesta Custodia con altanería, sentándose en una de las sillas del largo mesón, aquel confesionario donde se desnudaban las almas.
La Cubana y Hortensia se miran con asombro. Hortensia, como una maestra frente a su orquesta, alza su cuchara de palo marcando el compás sobre el fogón. Allí, las hortalizas —chiquillas vanidosas y presuntuosas— saltan y sisean en el aceite, dorándose con la coquetería de quienes se saben hermosas bajo su mando.
—Sí, mija, entendemos el suceso. ¡Claro que sí! —rompe el silencio Hortensia—. Pero eso no quiere decir que, porque vengas acalorada por quién sabe qué cosas tuyas, aquí todo tenga la culpa. ¡Mírate! Estás más roja que las llamas de este fogón que ya me tiene sofocada, y ni yo le he hablado a la Cubana de esa manera. ¡Y a sabiendas! Óyelo bien, mi querida periodista comunitaria: a sabiendas de que ni a la nevera me puedo acercar, y ella ni por las curvas se le ocurre ofrecerme al menos un vaso con agua. Lo necesito más que tú, que seguro en un rato ya estás otra vez con tus informes de pasillo.
—¡Ay, tampoco es para tanto, Hortensia! Simplemente… son cosas que yo no entiendo —responde Custodia con molestia, resoplando y recostándose sobre el mesón con los codos.
—Oye, mija, yo he oído a alguien muy sabionda decir con insistencia que las penas con pan saben mejor y que el pan hay que saberlo compartir para que no nos ahogue ¿O me equivoco, Hortensia? —agrega la Cubana mientras pone frente a Custodia una taza de café caliente. El humo danza ligero, cual bailarina de Raks Sharki, envolviéndola no solo en calidez sino en un abrazo de grato aroma.
—Tienes razón, Cubana… es muy fácil recitar versitos cuando el estómago está lleno, pero qué difícil es tragarse el pan cuando a una la tratan con la punta del pie —responde Custodia tras un sorbo largo—. Fui de boba a ofrecer mi ayuda y el patrón me saca como si yo fuera un estorbo. A veces una quiere ser medicina y termina siendo el blanco de los malos humores de los que se creen más que uno.
Hortensia detiene su orquesta de vegetales y la Cubana se sienta frente a ella con interés impresionado.
—¡¿Qué cosa?! —exclaman juntas. La Cubana toma asiento frente a Custodia—. ¡A ver, muchacha, abre ya esa boca y saca de tu ronco pecho eso que tanto te sobrecarga! ¡Suéltalo todo, mima, y cuenta qué pasó! ¿Por qué dices que el patrón es un grosero?
Custodia se inclina sobre el mesón, bajando la voz para darle un toque de picardía prohibida a su relato.
—¡Es que se los juro! Me le planto enfrente y le suelto: «Patrón, ¿pero qué le pasa? Lo veo más blanco que las paredes de su biblioteca… parece que carga un muerto encima o un pecado que no ha confesado». ¡Huy, niñas, tienen que ver el cuadro! El hombre se desencaja tanto que pienso que le da el soponcio ahí mismo.
Hortensia detiene su orquesta y la Cubana suelta un silbido de puro asombro.
—¡Muchacha, pero qué salida de carril! —exclama la Cubana entre risas—. ¡Eso es picarle el ojo al mismitico diablo!
—¡Pues que se aguante! —remata Custodia con una sonrisa triunante—. Se pone tan fuera de quicio que me grita: «¡Fuera de aquí antes de que yo mismo la saque, o es que quiere que la agarre del cuello y la eche a la calle!». Salgo por ese pasillo renegando, pero les digo una cosa: a ese hombre se le ve el fantasma en la cara. ¡Ese carga un muerto que no lo deja ni respirar y yo se lo saco a relucir!
—¿Un muerto, Custodia? ¿Y cuál muerto, di? —cuestiona con enojo Hortensia—. ¡Ah, sí! Ya caigo en cuenta… ¿Tú?
—¡¿Yo?! —pregunta Custodia con los ojos muy abiertos.
—¿Y quién más? Aquí no hay otra Custodia que esa atrevida que estoy viendo ahora mismo. ¡La que carga el muerto eres tú, pero el de esa imprudencia tan aterradora! ¿No te da vergüenza? Eres una atrevida; eres tú la que huele a cadáver, literal —exclama Hortensia impresionada, haciendo gestos de oler el aire.
—Pues a mí no me huele a nada, a lo que me huele es al guiso que estás preparando. Y a eso que está que se pasa de cocción; me late que ya no vamos a comer lo que fríes, sino carbón —responde con sarcasmo.
—No trates de voltear la torta, mi querida. No quieras escapar de reconocer que es muy grave tu atrevimiento —le recalca insistente Hortensia mientras Custodia bebe su café con incomodidad.
—¡Vah! —refunfuña Custodia.
—Pues a mí sí me huele a despedida, a un adiós sin retorno. Y si lo hacen, te lo mereces por pasar tus límites. No te mides, Custodia. Te pasas. Si te despiden no es por mala ley, sino por justa razón —argumenta Hortensia muy molesta, volviendo a su labor con la cuchara de palo.
—Oye, muchacha… en esta ocasión Hortensia tiene razón —agrega la Cubana con seriedad—. Tú esa alma no la desnudaste, tú eres una carnicera de almas. La despedazas. Y cuando a alguien le matan lo más querido, como su privacidad… si te despiden, es por ti misma. Usas la navaja de tu imprudencia en contra de quien menos debes.
Custodia golpea el mesón con furia, haciendo saltar las tazas. Su rostro se enciende en un rojo violento.
—¡Ya cállate la boca, Hortensia! ¡Tú no eres quién para darme sermones! —estalla Custodia, poniéndose de pie de un salto—. ¡Aquí todas se mueren por saber qué pasa detrás de esas puertas y ahora resulta que yo soy la única pecadora! ¡Sigue batiendo tu guiso y quédate con tu obediencia de esclava, que yo no nazco para ser alfombra de nadie!
—Buenas tardes. Oigan, ¿pero qué pasa aquí? ¿Por qué siento que en el ambiente algo pesa? —interviene Olivia entrando a la cocina. La Cubana le sirve un café cuyo humo la envuelve sutilmente—. Vengo huyendo de una y llego a otra peor. ¡Ay Dios mío! ¡Qué cruz, qué cruz!
—¡Pues prepárate, Olivia, porque aquí esta muchacha acaba de invitar al rayo! —suelta Hortensia—. ¡Le dijo al patrón en su cara que tiene cara de cargar un muerto!
Olivia se queda de piedra, con la taza suspendida. El susto que trae de la sala se transforma en un pavor gélido.
—¿Tú haces qué, Custodia? —pregunta Olivia en un susurro—. Vengo de poner el pecho para que ese hombre no cometa una desgracia con Tránsito… ¿y tú vas y le provocas los demonios de esa manera? Nos va a echar a todas a la calle. ¿Es que no mides el peligro, muchacha?
Custodia golpea el mesón con violencia, salpicando café a la Cubana. Sus ojos se inyectan en sangre por la rabia.
—¡Ya me tienen harta con su olor a incienso! —escupe Custodia con odio—. Tú, Hortensia, no eres más que una vieja resentida; y tú, Cubana, una parásita que vive de sobras. ¡Quédense con su sumisión, que yo prefiero ser carnicera antes que una alfombra llena de tierra!
Empuja la silla, que cae estrepitosamente al suelo, y camina hacia la salida. Está a un paso del pasillo cuando la voz de la Nana Olivia interviene.
—Custodia, hija… ven acá, no te vayas así —dice con suavidad angelical.
Pero Custodia no se detiene. Desprecia la mano tendida con soberbia. Justo cuando su pie va a pisar el pasillo, la Nana cambia su dulzura por un poder ancestral.
—CUSTODIA, TE DIJE QUE TE DETENGAS —grita Olivia.
El grito es un estruendo telúrico, un trueno seco que sacude la estancia. Las tapas de las ollas saltan, la cuchara de Hortensia vuela de sus manos y el aceite da un brinco de espanto. Custodia se queda clavada en el sitio, temblando violentamente. Ya no queda rastro de la mujer altanera; ahora es solo una niña asustada.
—Vuelve… —ordena la Nana en un susurro que hiela la sangre—. Vuelve y siéntate, que todavía no te he dado permiso para que te condenes.
Custodia, sumisa y obediente, regresa al mesón a pasos lentos.
—Pero señora Olivia, lo que pasa es que…
—Baja el tono, muchacha, que el ruido ya hace su agosto en esta casa —dice la Nana recobrando la calma. Prepara una aromática y se la entrega con ternura—. Mira, bebe esto y respira. Tranquila, mija. Te aseguro que te vas a sentir mejor. Discúlpame por hablarte así; no es mi intención herirte, sino hacerte recapacitar.
—Entiendo, gracias —contesta Custodia cabizbaja.
—¡Jmmmmm! ¿Cómo la va a mirar? Si es la vergüenza personificada —argumenta la Cubana con sarcasmo, pero Olivia la detiene con un gesto.
—Mírame, Custodia —insiste la Nana—. ¿Te das cuenta de lo que haces? Hablar a la ligera solo para herir, porque estás herida. Enojarce es de humanos, mija, y sirve para poner límites, pero las palabras lanzadas con la cuchilla de la ira dañan mucho. Las palabras son como clavos en una madera; aunque los retires, el agujero permanece para siempre. ¿Entiendes?
—Sí, claro, Olivia… pero es que igual yo…
—¡Escúchame! —la interrumpe con un dedo sobre sus labios—. Puedes enojarte, pero ten cuidado de no pecar contra otros. Si usas la confianza y la amistad como un arma para atacar, ¿quién queda mal? ¿En quién dejan de confiar?
—En mí —contesta Custodia con timidez.
—Así es. Has maltratado un regalo inmerecido. Tus amigas son humanas y tienen defectos, pero están obligadas a ser el bombillo rojo que te muestra dónde te equivocas. El pan compartido no se tira a la cara, Custodia. Se parte con cuidado para que alcance para todos. Has mordido la mano que te da la sombra, y ahora te toca aprender que en esta casa, el silencio no es cobardía, es el escudo que nos mantiene a salvo de los monstruos que habitan en la biblioteca.
Olivia suspira, alisando su chal con manos expertas. Su mirada recupera la firmeza propia de quien sabe que el deber no admite demoras, pero antes de levantarse, añade un último consejo:
—Recuerda esto, hija: «El sabio sabe cuándo hablar, pero el necio nunca sabe cuándo callar». Cuida tu lengua, que es el único músculo capaz de romper huesos sin siquiera tocarlos.
En ese momento, Tránsito entra a la cocina con el rostro aún pálido, pero con la urgencia marcada en los ojos.
—Nana… perdón que interrumpa —balbucea la joven—, pero el señor Luis Miguel acaba de mandar decir que la necesita de inmediato en su biblioteca. Dice que no tolera un segundo más de espera.
Olivia asiente, toma un último sorbo de su café ya tibio y se pone de pie con una dignidad inquebrantable. Ajusta su postura, respira hondo y, sin mirar atrás, sale de la cocina para enfrentar la tormenta que aguarda tras las puertas de madera oscura del despacho del patrón.
LA BIBLIOTECA DE LA MANSIÓN VALENCIA
Al llegar, la nana Olivia apenas roza la madera con dos pulsaciones rítmicas, tan leves que parecen el eco de un corazón que se resigna. No es una llamada; es la entrada solemne al patíbulo. Ella sabe que el aire interior está viciado por una autoridad que no admite réplica, donde el patrón la espera para convertirla en el chivo expiatorio de una culpa ajena, desglosando su juicio con una retórica de seda y acero.
El ambiente es un sudario de tabaco denso, donde el aroma del puro flota como un espectro de madera quemada y soberanía. Ese humo, en su deriva lenta, se convierte en un guardaespaldas danzante que envuelve los estantes, custodiando con celo los lomos de cuero de los libros. Las obras permanecen allí, acribilladas por la pátina del tiempo y presas en una asfixia aristocrática; son rehenes silenciosos impregnados de la misma esencia del verdugo que ahora aguarda.
—¡Pase, está abierto! —grita desde adentro con una voz cuya quietud genera un pavor que eriza la piel. El humo de su puro se dispersa de momento, como si huyera de ser interrogado por aquellas verdades de las que solo él es testigo.
—Buenas tardes, señor Luis Miguel. ¿Qué se le ofrece? —saluda la nana entrando tímidamente. Sus pasos son cortos, dubitativos, cargados de los nervios que provoca ese lugar de ejecución de almas. «Me tiembla el aliento al verlo», piensa ella mientras oculta el temblor de sus manos bajo el chal, «porque este señor no es un hombre, es un herrador de almas que camina sobre la honra ajena».
Luis Miguel permanece inmóvil tras su escritorio de caoba, proyectando la autoridad de un director de orquesta que aguarda el silencio absoluto antes de iniciar una ejecución punzante. Sus ojos, cargados de una frialdad aristocrática, analizan a Olivia con el desprecio de quien observa una mancha sobre una partitura impecable. La atmósfera se vuelve densa, marcando un tempo de opresión donde cada palabra del patrón busca humillar la esencia misma de la mujer frente a él.
—¿Qué pasa? —pregunta con desprecio y tosquedad.
La nana sonríe con los labios muy sutilmente y lo mira por un instante. —Nada, nada señor —contesta.
—Entonces, ¿por qué se queda ahí parada como una sombra? ¡Vamos, entre! —ordena y, al instante, la nana avanza con parsimonia—. ¡Pero rápido, rápido! —aplaude desesperado—. Mueva esos pies de cemento ya tan atrofiados; no tengo su tiempo de tortuga humana.
—¡Señor! —exclama Olivia ante el silencio gélido de su patrón.
—Diga —contesta él, mirando hacia todos lados. De pronto, nota que sobre el escritorio descansa la carta de Gonzalo del Olmo; palidece y, con un movimiento rápido, intenta esconderla bajo varios papeles.
—¿Para qué me mandó llamar usted?
—¡Mjm! —es la única e indiferente respuesta que él ofrece.
—Bueno señor, aquí estoy. Dígame, ¿qué se le ofrece? ¿Qué desea? —insiste ella, inquieta. Él levanta la mirada, vacía y fría.
—¿Qué para qué la mandé llamar? ¡No pues! No será para pedir un par de cafés y sentarnos a tener una charla de tertulia, ¿no? —contesta con un sarcasmo que corta el aire y suelta una carcajada barítona que resuena en todo el espacio.
—Ría si quiere, señor, pero no olvide que la soberbia va antes de la ruina y la altivez antes de la caída. Usted se burla de mis pies cansados, pero el juicio de Dios no necesita correr para alcanzar a quien tiene el corazón de piedra. Su risa no es más que el ruido de un cántaro vacío que presiente que pronto será quebrantado.
La risa de Luis Miguel se corta en seco. El aire se congela y su rostro se transfigura en una máscara de odio puro.
—¿Amenaza, vieja? —pregunta él con una voz que es un rugido contenido.
—No es amenaza, señor, es advertencia —responde Olivia con una calma sepulcral—. De Dios nadie se burla; lo que uno siembra, eso mismo cosecha. Yo solo soy el espejo que le devuelve la imagen de su propia alma, y es lo que ve ahí lo que de verdad lo hace temblar.
La advertencia cae sobre Luis Miguel como un balde de agua helada. El vello de su nuca se eriza. Por un segundo, el secreto de aquella carta de hace 22 años late en su sien como una herida abierta.
—¡Bueno, ya, ya! —ordena sacudiendo la mano en el aire—. Cierre la boca y no diga más nada. No la mando sentar porque están recién tapizadas las sillas y me las deja oliendo a grasa de cocina. Usted ya está acostumbrada, como los árboles viejos, a estar de pie. Dígame: ¿es cierto que usted le dio permiso al jardinero, a Sósimo, para ingresar al sótano de la mansión?
—Sí señor, así es —contesta ella con precisión.
—¿Y por qué? —pregunta él con un tono aún más golpeador.
—Porque buscaba la cizalla para el cuidado de las flores. No le vi ningún problema, señor; él es personal de confianza dentro de la mansión. ¿O no?
—¡Confianza! —replica Luis Miguel con un desprecio asqueante—. Mantenga la distancia, Olivia, porque su sola cercanía me resulta una disonancia insoportable. ¿En qué delirio de grandeza basó su decisión? Ese espacio es mi santuario privado, no un pasillo de vecindad para que gente de su ralea y ese jardinero de manos sucias circulen a su antojo. Usted es una pieza ornamental cuya única función es obedecer.
—Comprendo, señor —contesta Olivia sumisa, pero sin bajar la cabeza.
—Entienda que su ignorancia no la exime de su insolencia —continúa él, elevando la intensidad de su desprecio—. Si vuelve a tomarse una atribución que no le corresponde, la enviaré de regreso al fango de donde la rescaté.
—Vea, patrón —responde Olivia con la frente en alto—, yo no tendré sus estudios ni sus palabras elegantes, pero puedo ver que somos iguales, porque la rabia se le nota igual que a cualquier hombre de barrio. Usted me dice que soy nada, pero se pone como fiera por una puerta abierta. Parece que su alcurnia no le alcanza para comprar la paz que yo tengo gratis.
—¿Paz? Lo que usted tiene es la anestesia de los mediocres —sentencia él con crueldad—. Váyase a su cocina a rumiar su riqueza espiritual, antes de que decida que ni el aire de esta casa merece respirar.
En ese momento, el portón de caoba cruje con un estruendo que sacude los cimientos. Mariana Rivadeneira irrumpe en la estancia como un vendaval. Luis Miguel se ajusta los puños de la camisa con una elegancia exasperante.
—Pero qué espectáculo… —suelta él—. ¿A qué se debe que llegues de esta manera? ¿Qué haces aquí, maniquí refinado?
—Vengo por lo que me pertenece. Y ya sabes perfectamente qué es —sentencia Mariana con los ojos encendidos.
—Nada aquí es tuyo, Mariana —responde él recostándose en su silla—. Estás confundida.
—La carta, Luis Miguel. El jardinero me la iba a entregar a mí antes de que la arrebataras. Devuélvemela. Es mía.
Él suelta una carcajada seca y se pone de pie con la lentitud de un depredador. —Nada en esta casa te pertenece. Los muros, el suelo… incluso tú eres propiedad de este apellido.
—¿Quieres que ventilemos nuestros asuntos delante de la servidumbre? —desafía ella.
Luis Miguel se vuelve hacia la nana con una burla cruel y reitera con veneno:
—Ya escuchó, vieja. Tal como le dije antes, haga el favor de retirarse de aquí a su cocina a rumiar su dichosa sabiduría y su riqueza espiritual, antes de que decida que ni siquiera el aire de esta casa es algo que usted merezca respirar.
—Ríase si quiere, patrón —sentencia Olivia con una firmeza gélida que corta la risa de Luis Miguel—, pero no olvide que la soberbia va antes de la ruina. Escuche bien lo que le digo hoy entre estas paredes: usted desprecia el barro, pero olvida que las raíces más fuertes se alimentan de él. Muy pronto, aquí mismo, va a ver entrar por esa puerta un reflejo; una gota de agua tan clarita e igual a esa otra que usted tanto despreció, que se le va a helar el alma. Será la viva imagen de lo que usted quiso borrar, una presencia que le devolverá la mirada con los mismos ojos que hoy maldice. Y aunque quiera poner mil cerrojos, aunque la deje lejos atrás de otros muros y pretenda enterrarla en el olvido como tiene enterrados esos cachivaches viejos en su sótano, no hay candado que guarde una verdad para siempre. De un lugar así, oscuro y negado, esa fuerza volverá después de mucho tiempo, caminando triunfante para derrumbar sus muros, porque la vida le va a entregar de frente lo que usted hoy cree haber vencido. Con su permiso, señor.
Olivia se retira con pasos lentos y pesados. Luis Miguel siente un escalofrío que le recorre la columna. Las palabras de la mujer se entrelazan con la advertencia del jardinero: «Al que no quiere caldo, se le dan dos tazas». El terror lo invade al sentir que la profecía de una «segunda taza» ya se gestaba en su propio hogar. El silencio vuelve a la estancia, interrumpido únicamente por el eco seco de la puerta cerrándose.
LA HABITACIÓN DE OLIVIA
Al abrir la puerta, el aire experimenta una modulación sutil; el aroma a cera costosa de los Valencia se disipa para dar paso a la fragancia de la lavanda seca y al tiempo guardado. Olivia se adentra en aquel santuario de ángulos rectos, un refugio de privacidad austera donde la autoridad de la casa pierde su batuta. Este espacio es el templo donde habita la sabiduría hecha humana, conservada con el valor de un papiro antiguo.
A pasos lentos, se acerca hacia su cama con la cadencia de un movimiento final. Allí se entrega al sonido del silencio, una partitura invisible que ama escuchar por encima de cualquier orquesta prestigiosa. Sentándose con parsimonia, cierra los ojos y exhala el lastre del trajín diario, como un burro cansado que por fin suelta la carga. Sus dedos encuentran el cofre escondido; lo extrae con cautela, vigilando incluso a los objetos inanimados para que no testifiquen sus secretos. Al abrir la madera fina, brota un aroma a campo que actúa como un puente hacia su memoria.
ECOS DE 1954: EL ADAGIO DE AMOR Y CONOCIMIENTO
El tiempo retrocede a una tarde dorada en «El Mirador». Una Olivia de diecisiete años, con la piel encendida por el sol, recibe de manos de Óscar una rosa roja. Ella la toma con una delicadeza extrema, casi con temor.
—Es tan perfecta que me da miedo tocarla, Óscar —susurra ella con la voz quebrada—, me da miedo que mis manos la deshagan con solo un roce.
—No tengas miedo, Olivia —responde él, cerrando las manos de la joven sobre el tallo—. Guárdala siempre. Cada vez que la mires, recuerda que mi amor por ti es como este aroma: aunque el viento sople, se queda pegado a la piel. Cuídala, porque en cada pétalo he dejado guardado el eco de mi voz para que nunca te sientas sola.
—La cuidaré con mi vida —promete ella—, porque esta flor y lo que me has enseñado son mi único tesoro.
Aquel balcón natural no solo era escenario de romance, sino su única aula. Debido al descuido crónico de su padre, quien perdió el rancho familiar en las mesas de juego, Olivia dependía de Óscar para descubrir el mundo. Entre caricias, él guiaba su mano para enseñarle a descifrar las letras y las cuatro operaciones básicas, dándole las herramientas para sobrevivir a la desolación de su hogar.
LA DISONANCIA: EL DESTIERRO Y LA PÉRDIDA
La armonía se quiebra en una disonancia de odio. Bajo una tormenta eléctrica, el rostro de Óscar se desfigura ante la noticia del embarazo. Olivia, arrodillada en el fango, se aferra con fuerza a sus botas:
—¡Óscar, por favor, mírame! —suplica ella—. Fui obligada para pagar las deudas de mi padre… ¡Nada es como te contaron!
Pero Óscar, cegado por el orgullo, la levanta de los cabellos solo para escupir su desprecio.
—¡No menciones esa rosa ni las letras que te enseñé, que ya están tan podridas como tú! —le grita él—. Eres una loba que ahora trae en las entrañas un bastardo de ese hombre. Si a ti te aborrezco, ¿cuánto más a ese despojo humano en tu vientre?
De un empujón brutal, la lanza al lodazal. Los días siguientes fueron un réquiem de agonía: Olivia caminó por calles donde las puertas se cerraban hasta que el cuerpo no pudo más. Tras un desmayo, despertó para descubrir que el fruto de su desdicha estaba muerto por el descuido y el dolor. Sin nada más, huyó a San Gabriel hasta encontrar un refugio de caridad. Allí, recibió el tratamiento y el apoyo psicológico necesarios para drenar el veneno del odio y el resentimiento que asfixiaban su alma. Fue un proceso de sanación profunda que la transformó, permitiéndole, a sus veintiséis años, presentarse ante una agencia de empleo que le abriría las puertas de la casa Valencia.
RETORNO AL SANTUARIO: EL PRESENTE
De vuelta en la penumbra de su cuarto, Olivia parpadea para sacudirse el frío de aquel recuerdo amargo. Con una parsimonia casi sagrada, lleva su mano derecha hacia su vientre, acariciando el lugar donde el tiempo detuvo una vida antes de que el mundo pudiera conocerla. «Aquí te quedaste, mi niño, en el silencio de lo que no pudo ser», susurra con una voz que parece brotar de una herida nunca cerrada. «Fuiste el sueño que me arrebató el destino, pero Dios no permitió que este amor se desperdiciara en el vacío. Él me entregó a mi niña Juliana para que cada caricia, cada oración y cada pedazo de mi alma que eran para ti, cayeran sobre ella. Ella es mi motivo, el pulso que me mantiene en pie en esta casa de sombras».
Sobre sus piernas reposa aún el cofre antiguo, cuya madera vieja exhala un aroma a gratitud y nostalgia. La rosa que sostiene ahora está seca, tan quebradiza como las ilusiones que aquel hombre destruyó. Guarda la flor y extrae la carta que guarda en su interior y la contempla en silencio; al acercarla a su rostro, percibe que el papel aún conserva la fragancia de José Fernando Mendoza Robles. Tras aspirar ese rastro de esperanza, se lleva la misiva al pecho, cerrando los ojos para proteger esa ilusión ajena como si fuera la última llama en un invierno eterno. De pronto, el aire en la habitación se torna gélido; el recuerdo de la biblioteca la asalta con la precisión de un puñal. Se ve de nuevo frente al patrón, sintiendo ese tono de voz pausado, esa cercanía fingida de «tú a tú» que él utilizó para desollar su dignidad sin necesidad de alzar la voz. Cada palabra de él fue un golpe seco, una forma elegante de decirle que su existencia era tan insignificante como el polvo en los estantes.
—Te lo prometo por la memoria de lo que más amo —dice Olivia, aferrándose a la carta con la fuerza de quien sostiene la vida misma—. Mi último aliento será para protegerte, mi niña Juliana. No voy a permitir que tu historia se rompa como la mía, ni que la duda te robe el futuro como me sucedió con Óscar. Yo seré el muro que detenga la frialdad de ese hombre que se cree dueño de los destinos.
En ese instante, su mente vuela hacia la opulencia que habita más allá de su puerta. La compasión, amarga y profunda, la invade al pensar en el patrón.
«Pobre hombre… qué soledad tan inmensa la suya», reflexiona mientras mira la penumbra. «Mírelo, Señor, envuelto en sedas de los mejores sastres, perfumado con esencias que solo logran ocultar el olor de su propia decadencia. Tiene el banco lleno de números y el alma desierta de afecto. Es un carnicero de la esperanza, un mentiroso que se dice grande mientras se desvanece en su propia nada.
Mírelo ahí, prisionero en su propio trono, construyendo muros de orgullo para que nadie descubra que está temblando de frío. Él me mira desde arriba, pero no sabe que para ver la verdadera luz del cielo primero hay que saber arrodillarse. Tiene la llave de las bodegas, pero no tiene quién lo espere con el alma encendida; tiene la mesa servida de manjares, pero su pan no sabe a la bendición de quien ha entregado la vida por amor. Es un hombre tan pobre, que confunde el respeto con el miedo. Cree que me ha despojado de todo porque mis manos están vacías de monedas, pero no entiende que el amor es la única riqueza que no se devalúa frente a la tumba. Mientras él acumula tesoros que las polillas devorarán, yo guardo en mi pecho la paz de los que saben perdonar. Porque el que no tiene amor, nada es; él tiene el oro del mundo, pero yo tengo la riqueza de amar. En esa balanza, Señor, él es el único mendigo».
EL PERFUME DE LA RESISTENCIA
Juliana, recluida en la suntuosidad de su alcoba, aproxima a su nariz la Rosa de Resht que Sósimo le ha conferido. Mientras evoca con distinción las palabras compartidas en el jardín, el silencio de la estancia se torna en una armonía menor, profunda y melancólica. Ella comprende que, así como esa flor exhala una fragancia que transmuta el entorno, debe preservar la pureza de su alma. Se niega a sucumbir ante la decrepitud moral de esa mansión, un mausoleo de mármol donde habitan sepulcros blanqueados, impecables en su forma pero desafinados en su espíritu.
—¡Ay, hermanita! —exclama con una ternura aristocrática, acariciando los pétalos con la ligereza de un adagio— Dime, ¿cómo logras conservar esa esencia en medio de tanta vacuidad? ¿Cómo haces tú para siempre estar así? Bella, delicada y bien perfumada. ¿Cómo haces para no perder mi esencia tan especial? Porque siempre regalas aroma en lugar de reaccionar mal a las cosas que te hieren; cuando te traicionan o te lastiman. Dime cómo haces, hermanita.
Observa la flor con una mezcla de devoción y desamparo, continuando su confesión en un susurro elegante:
—Y no te molestes ni me lastimes como lo hizo ya una de tus hermanas en el jardín; por favor, no te molestes, créeme que no soy atrevida. Claro, te digo así porque soy consciente de que ni siquiera tengo a alguien a quien amar y con quien luchar juntos como una misma sangre. Ya ves, mis progenitores, cautivos en sus propios mundos, no han tenido siquiera mi bienestar presente; he venido a ser algo así como un deber cumplido, el fruto de una unión nacida de la obligatoriedad, carente de ritmo y pasión. Tú puedes ser como yo: frágil, bella y perfumada, pero con la misión de perfumar lo que hiede, y no es fácil. Tengo la responsabilidad de defender esa belleza para que nadie la marchite con sus impertinencias; debo hacer uso de las espinas que, aunque bellas, tengo que utilizar para herir por mi bien y en defensa propia. ¿Pero cómo lo hago sin herirme a mí misma y destrozarme el corazón con ello? Si pudiera entrar en ti y conocer cómo piensas. Si pudiera escuchar tu voz melodiosa que, al abrirse, perfuma desde el interior. Enséñame, hermanita, a perfumar lo aparentemente imperfumable como lo haces tú.
Juliana suspira con lentitud, dejando que el aire escape mientras sus ojos se iluminan con una comprensión superior.
—Ahora entiendo todo. Sé que si pudieras hablar de una manera audible para mí, me estarías diciendo que mi perfume es una decisión interna y que mis espinas no me quitan dulzura, sino que protegen mi dignidad. Me enseñarías que para perfumar lo imperfumable debo transformar mi dolor en aceite, aceptando que mi fragancia no depende de la aprobación de quienes viven en este mausoleo. Comprendo que me dirías que no soy un descuido, sino un diseño con propósito. Así como tú tuviste que morir en la tierra oscura para brotar, yo acepto mi soledad como el proceso necesario para fortalecer mi esencia. Decido no reaccionar con la podredumbre de estos sepulcros blanqueados, sino ser el aroma que incomoda a la muerte y trae vida a este lugar frío, siendo fiel a la belleza que el Jardinero puso en mi alma. Me recordarías que mi esencia es victoria y que mi tarea no es juzgar la oscuridad, sino ser la luz que no necesita testigos para brillar. Tú no eres bella porque el jardín sea perfecto, sino porque tu esencia es más fuerte que el pantano que te rodea. Me enseñas que mis espinas no son para herir por odio, sino para marcar el límite sagrado de mi propia dignidad. Entiendo ahora que gracias a Dios, que siempre nos lleva en triunfo, yo soy también para Él ese grato aroma que se esparce en todo lugar, un perfume de vida en medio de lo que parece muerto. Al final, no necesito que me entiendan, solo necesito ser fiel a la fragancia que el Jardinero puso en mi alma para transformar este mausoleo en un jardín vivo.
De pronto, la estática frialdad de la estancia interrumpe su pensamiento como un acorde disonante.
—¿Dónde te encuentras, nana? —murmura, con el semblante ensombrecido—. Aseguraste que tu estancia en los dominios de la cocina sería breve; no obstante, las horas han transcurrido en un silencio que resulta, por decir lo menos, alarmante.
Abandona la estancia con paso firme, recorriendo la galería superior mientras el eco de sus tacones marca un tempo acelerado. Al asomarse por la balaustrada, contempla la vastedad del primer piso, donde la amplitud del mármol enfatiza la desolación. No percibe rastro de la mujer que es su único baluarte.
Inicia el descenso por la escalinata señorial. Al llegar al ala de servicio, el ambiente cambia drásticamente. El aire se torna denso, cargado de un frío inexplicable que eriza su piel. Las luces del pasillo parpadean con una arritmia macabra, proyectando sombras alargadas que parecen acechar desde las esquinas. Juliana se detiene frente a la pesada puerta de madera de la nana. El silencio absoluto es interrumpido por un crujido sordo proveniente del interior, un sonido que no parece humano.
—¡Nana! —llama con voz temblorosa, casi un susurro— ¿Estás ahí? ¡Nanita bella, por favor respóndeme!
Golpea la madera, pero el sonido resulta seco, como si golpeara un ataúd. El miedo se infiltra en sus huesos. El pasillo parece estirarse, alejándola de la salida.
—¡Nana! ¡Nana! —su voz escala en una nota de terror puro, golpeando ahora con desesperación— ¡Responde! El silencio me está matando… hay algo aquí que no está bien. ¡Dime que estás ahí!
La angustia llega a su clímax. El pomo de la puerta se siente gélido, como si estuviera sumergido en hielo. Juliana siente una presencia invisible a su espalda, el aliento de lo desconocido presionando su nuca.
—Sé que es imprudente, sé que violo tu privacidad… pero no puedo más con este vacío —exclama antes de girar el picaporte con una fuerza nacida del pánico.
La puerta cede con un lamento metálico. Juliana irrumpe en la penumbra de la habitación, esperando encontrar lo peor, pero el impacto es otro: su nana se halla rendida en los brazos de Morfeo, sumergida profundamente en un descanso que parece ajeno al mundo exterior. Juliana se acerca con parsimonia, sentándose con extrema suavidad en el borde del colchón. Se inclina sobre ella para depositar un beso tierno en su frente y exhala el miedo que la asfixiaba.
—Duerme, mi nanita bella, mi cabecita nevada —susurra con devoción—. Duerme para que descanses de tanto ir y venir, pues a veces considero que soy egoísta y no comprendo las cargas que sostienes. ¿Cuáles son tus angustias, tus afanes, mi viejita hermosa? ¿Qué secretos guardas en ese corazón que tanto me ha dado? Quisiera tanto ser tu apoyo, tu aliento, como tú lo eres para mí. Eres la madre que tengo y que está más viva que la mía propia; ella no es más que un maniquí sin corazón, un objeto de belleza destinado a lucir vestidos costosos y peinados irromibles, aromatizando ambientes con perfumes parisinos, pero carente del perfume de la maternidad que tú me otorgas.
Juliana acaricia una de las manos cansadas de la mujer.
—Dime, ¿qué hay en ti que no me cuentas por protegerme? ¿Cuál es tu pasado, ese que te trajo a este mausoleo, o cuál es tu porvenir cuando yo ya no esté a tu lado? No conozco nada de tu historia, de tus sacrificios o de los amores que dejaste atrás para criar a esta hija ajena. Ya habrá momento para que me lo confíes todo. Por ahora, aprovecha y descansa, mi bella durmiente. Prefiero verte así, en paz, que enfrentando la frialdad de estos pasillos.
Tras depositar otros dos besos tiernos en la frente de la mujer, Juliana se retira con sigilo. Al trasponer el umbral, se topa de frente con Hortensia, la cocinera.
—Ay, señorita, qué pena de verdad —exclama la cocinera con sorpresa—. Lo siento mucho, no sabía que estaba usted ocupada con Olivia allí.
—No, no te vayas, Hortensia —interviene Juliana con un gesto amable—. Dime, ¿se te ofrece algo?
—No, señorita, simplemente venía a preguntarle a Olivia qué podíamos preparar para la cena, pero la verdad creo que he sido inoportuna.
—Para nada —replica Juliana con una sonrisa—. Al contrario, agradezco este encuentro. Me preocupé al notar que la nana no llegaba a mi alcoba y vine a buscarla, sabiendo que estaría con ustedes en ese tertuliadero que llaman chisme-pasillo-VIP.
Hortensia estalla en una carcajada espontánea.
—¡Ay, qué pena, señorita! La verdad qué pena, pero es que es de esa manera, créeme, no es nada malo.
—No te preocupes por eso —la interrumpe Juliana riendo—. De hecho, me es muy grato saberlo; ustedes son una distracción muy especial para mi cabecita nevada. Pero dime, Hortensia, ya que mi nana está dormida…
—¿Cómo, señorita? ¿Dormida? —exclama Hortensia con asombro— ¡Esa vieja sinvergüenza! Ay, qué pena, niña, la verdad no me preste atención, soy una tonta y una atrevida.
—Descuida, es normal —asiente Juliana con distinción—. Pero oye, Hortensia, si puedes, ¿será posible que para cenar prepares mi plato favorito? Ese Salmón en costra de hierbas finas con puré de castañas, que tiene ese equilibrio exacto entre lo rústico y lo elegante que tanto me gusta.
—¡Por supuesto, señorita! —responde Hortensia—. Me pondré a ello de inmediato para que esté listo antes de que el hambre haga su entrada triunfal.
—Te lo agradezco, Hortensia. Deja que mi nana Olivia descanse un poco más, creo que lo necesita. Yo me retiraré a terminar mis lecturas, esperando que el aroma de tu cocina sea el próximo acorde de paz en este día.
EN LA COCINA
El vapor se desprende como una silueta etérea, una bailarina de seda que emerge del hervor para guiar el compás de este encuentro. En su ascenso, se entrelaza con las notas tostadas y la calidez del trigo, ejecutando un danzón invisible que convierte el aire en una partitura de fragancias. Es una coreografía de humo y esencia que envuelve los sentidos, invitando al alma a rendirse ante la cadencia del hambre y el deseo de fundirse en este banquete de elegancia absoluta.
Y entre ese incienso casero, se presenta Hortensia la cocinera, mujer que no cocina, sino que compone compases a través de la mezcla de ingredientes de manera magistral, dirigiéndolos con su vara de madera a través del cucharón.
—¡Vaya mujel! Pol Dios, pensé que te habías vuelto una semilla de hortaliza en lugal de cocinera. Hasta me dije: «¿Será que el jaldinero la sembró?» —soltó la cubana en un tono jocoso, soltando el trapero en su lugar de siempre—. ¿Y al fin qué dijo la vieja Olivia con relación a lo que se va a cocinal esta noche? Polque este almuerzo se terminó de cocinal y ya estamos es a punto de olganizal la mesa pa’ poderlo selvil —complementó.
—¡No, qué va! Olivia está dormida, cubana —contesta Hortensia mientras se acomoda su delantal y se acerca a la cocina para buscar los implementos que necesita para preparar la petición de Juliana con relación a lo que quería de cenar.
Abriendo los ojos con impresión: —¡¿Dormida?!… Óigame, pero esa vieja sí que tiene una vida de malquesa. ¡Ja! Pasa más dormida que realmente activa; yo ya la hacía con su niña, pero no. Mira, resulta que está dándose su gran vida fabricaldo lagañas. ¡Ay, Holtensia, vaya! Yo no sé cómo no se ha vuelto rica la vieja sinvelgüenza esa con esa fabricadera de la lagaña que se manda —contesta con carcajadas y Hortensia la sigue.
—Déjala que fabrique su fortuna, cubana, que cuando despierte va a necesitar energía para enfrentar lo que viene. Juliana quiere algo «especial» para la cena, algo que le recuerde el mar pero que sepa a tierra firme. Una de esas peticiones que solo ella sabe hacer.
—¿Cómo así? ¿La señorita Juliana? ¿Y cómo tú lo sabes? Si supuestamente ella en este momento se encuentra interpeltando la escena de la bella dulmiente, pero en edición antigüedad —comenta con sarcasmo jocoso la cubana—. Es más, debe incluso estal tan profunda en esa escena, que ya ni sabemos si en realidad está espelando que la despielte el beso de un príncipe, o que pase el camión del museo a recogella pol el exceso de siglos, o el beso real de un arqueólogo en función —concluye casi no pudiendo hacerlo por las carcajadas.
Hortensia soltó un rugido de carcajadas tan violento que tuvo que aferrarse a la madera del «confesionario del chisme pasillo VIP» para no terminar en el suelo; su cuerpo entero se sacudía de tal forma que la estructura crujía, mientras ella perdía por completo el equilibrio ante el peso de su propia risa.
—¡Ay, cubana, por Dios! Definitivamente tú eres un caso de monerías; qué ocurrencias las que salen por tu boca. Si no fuera porque conocemos la chispa de esa vieja sinvergüenza, que también sabe salirse con la suya cada que quiere con sus chistes, otro fuera el cuento; pero esa vieja es una mujer tan amable y querida. Ya creo que diríamos que estaríamos prácticamente afuera porque eres demasiado aventada con tus comentarios jocosos hacia ella. ¡Uf!, pero en definitiva me sacaste hasta las lágrimas que no me sacó el año perdido mi hijo una vez. Pero no, nada de eso, mija; no fue la nana. Como te digo, Olivia estaba rendida en los brazos de Morfeo. Simplemente me encontré con la señorita Juliana que venía saliendo de su cuarto y fue la que me lo contó, porque llegó a buscarla dado que no llegó ella al suyo saliendo del «chisme pasillo VIP» aquí en la cocina… o bueno, de la biblioteca esa del señor Orgullo. Digo, del señor Valencia. Compartimos un buen rato y, obvio, me pidió que le cocinara su plato favorito: un salmón en costra de hierbas finas y puré de castaña. Y yo, naturalmente, le dije que sí. En pocas palabras, no fue Olivia la que me dijo que podía cocinar, sino la señorita Juliana.
—Ah, ya veo, con razón. Entonces, ¿Olivia pol lo que me cuentas no llegó al cualto de la señorita Juliana sino que se metió al suyo a dalse sus gustitos de fabrical la lagaña? —pregunta al aire y de manera inquieta la cubana.
—Al parecer sí —contesta Hortensia mientras abre el refrigerador para buscar algunas verduras que necesita.
—Oye, ¡pero eso está raro, Holtensia! ¿No te parece? —cuestiona preocupada la cubana.
—¡¿Raro?!… ¿Y raro por qué, cubana? No sé, ¿y qué le ves de raro? —responde de manera cuestionante Hortensia, pues le parece aún más raro lo que está expresando la cubana.
—Esa vieja canosa siempre pasa ratos con su niña; si no fuera así, ya tú sabes cómo es. De hecho, no compalte con nosotras sino el ratico del mediodía cada día; de lo contralio, es primero su niña. Entonces está muy extraño que, saliendo de esa biblioteca de estal con el señol, no se hubiela dilijido a buscal de inmediato a la señorita Juliana, sino a su cualto. ¿Será que acaso está enfelma?
—¡Ay, no! Tampoco, tampoco, cubana. No creo. Eso a lo mejor es que se puso a hacer algo y se quedó dormida, o estará muy cansada, porque la señorita Juliana me dijo que era mejor dejarla descansar. Quizá compartieron pero en el cuarto de Olivia; ya sabes cómo son de unidas ese par, que ni siquiera la niña tiene miramientos para meterse a los cuartos de la servidumbre y hasta dormiría ahí si le fuera posible, de eso estoy segura. ¡Ay! Pero eso sí, ¡de ser sus papás!, jmm, otro cantar sería. Porque con lo clasistas que son… ¡ay, ay, ay, ay! Pero bueno, ¡habrá que esperar a alguna de las muchachas para ver qué nos comentan! —argumenta Hortensia mientras comienza a lavar las verduras y la cubana le ayuda.
—¿Será, Holtensia? —cuestiona con duda—. Bueno mija, si tú lo dices podría sel. Pero claro, si vamos a preguntal entle las muchachas de «chisme pasillo VIP», recomendaría que la cuestión estuviela entle Tránsito, polque si vamos con Custodia, ya sabemos cómo es ella, mi estimada: ella nunca tiene nada completo, todo es pol la mitad, y como ha estado de intocable… a lo mejol y nos come vivas ese león enrasado en pantera —comenta la cubana y las dos sueltan una carcajada sonora, unida como sinfonía.
Hortensia se seca las manos en el delantal tras lavar las verduras con el ritmo pausado de quien domina su territorio. Mira de reojo a su compañera y, bajando un poco la voz para no romper la armonía de la cocina, pregunta:
—Oiga, que hoy vi las noticias en la mañana y salió un reportaje sobre Cuba; dicen que las cosas están cambiando mucho por allá, ¿usted qué sabe de eso?
El cuchillo de la cubana golpea la tabla de madera con la cadencia de una clave de son, precisa y vibrante. Suelta un suspiro largo mientras las verduras se rinden ante el filo.
—¡Ay, Holtensia, m’hija, aquello allá está candela! —exclama con esa voz que arrastra el salitre de la capital—. Imagínate tú que el Fifo soltó el mando después de mil años y ahora es Raúl el que colta el bacalao. La gente anda echa un jalo, espelando a vel qué volá con tanto invento de ahora pa’ luego.
—¿Andan con esperanza o es solo apariencia? —pregunta Hortensia, deteniendo su labor un segundo.
—Mira, asere, la cosa está fuácata —responde ella, y sus palabras salen con el tumbao propio de un guaguancó—. Ahora dicen que uno puede tenel celulal y metelse en los hoteles de los yumas, como si el cubano tuviela los fulas pa’ eso. ¡Tremendo teatlo, mi helma! Lo que hay es un hambe vieja. Mi helmano me dice pol teléfono que le dieron un trozo de tielra en usuflucto pa’ vel si saca algo de comida, polque entle los ciclones que nos paltieron pol el medio y la escasez, no hay ni qué echale a la caldera.
Hortensia deja de secar los platos y se recuesta contra el mesón, conmovida por la descarga de su compañera. El vapor de las ollas parece envolver el lamento en una atmósfera densa, casi tangible.
—Es duro, mi niña —dice Hortensia en un suspiro—. Una aquí quejándose por el precio del arroz, y ustedes allá viendo cómo cambia un gobierno de toda la vida mientras se juegan la suerte en el mar. ¿Y de verdad creen que esas tierras que les dan ahora sirvan de algo?
La cubana suelta una carcajada amarga, una nota discordante que rompe el ritmo del cuchillo contra la madera.
—¡Qué va, Holtensia! Esa es la guayabera de nunca acabal. Te dan la tielra, pero no te dan las selgas, ni el abono, ni el tlatol. Es como decile a un preso que es libli pero dejarlo encelrao en el patio. Mi helmano se desloma al sol pa’ que al final la cosecha se la lleve el Estado o se pudra pol falta de flío. El cubano no vive, mi helma, el cubano lucha. Esa es nuestra palabra clave. Luchamos el desayuno, luchamos el translpolte, luchamos la vida entela.
—A veces siento que ustedes están hechos de otra madera —comenta Hortensia, retomando su labor con suavidad—. Tanta alegría que desprenden y tanto dolor que cargan por dentro.
—Es que si no nos reímos, nos molimos, m’hija —responde la cubana, suavizando el tono mientras amontona las verduras picadas—. El cubano es como el son: tiene su mambo y su alegría, pero la letra siempre tiene un toque de melancolía. Mi primo, el que se fue en la balsa, me decía antes de ilse: «Si no me come el tiburón, me come la desesperación». Y así andamos, divididos entle el que se queda aguantando el chaparrón y el que se va buscando una luz. Al final, somos un pueblo paltío pol la mitad, con el corazón en La Habana y la mente en cualquiel tielra que nos de un respiro. ¡Qué clase de follón, Holtensia! Pero aquí seguimos, echándole sazón a la vida aunque la cazuela esté vacía.
EL JUICIO DE LA SIEMBRA Y EL PERFUME DEL SEPULCRO
Mientras sus manos se hunden en la frescura de la tierra, la mente de Sósimo se convierte en un proyector incansable que lo obliga a viajar unas horas atrás. El compás de su respiración marca el ritmo de una travesía que comienza en la penumbra del sótano, entre el polvo y los trastos viejos que custodian secretos más pesados que el hierro. Recuerda con nitidez el momento en que sus dedos rozaron aquel papel, una carta que parecía quemar el aire con la verdad que contenía; recuerda la urgencia en sus pasos al salir de las profundidades, cruzando la casa como quien lleva un fuego sagrado que no debe apagarse.
Su memoria lo lleva de nuevo a la cocina, donde el bullicio de las criadas y la presencia de la nana lo detuvieron. Sintió que no era el momento, que el aire estaba demasiado cargado de rutinas domésticas para soltar semejante rayo. Revive la duda, el instante en que miró hacia todos lados buscando a la señora Mariana —la dueña legítima de aquellas palabras— y cómo terminó subiendo las escaleras hacia la planta alta. Allí, el recuerdo se vuelve amargo: el encuentro incómodo con Mariana y la irrupción violenta de Luis Miguel. Siente de nuevo el tirón seco cuando el patrón le arrebató la carta de las manos, justo antes de que pudiera entregarla, y escucha el eco de las palabras humillantes que lo azotaron como látigos. Fue en ese preciso instante de desprecio donde la mansedumbre de Sósimo se transformó en una claridad profética.
Ahora, de regreso al presente, el jardín se despliega como un escenario vivo donde las rosas, cual bailarinas en un número de gala, se inclinan ante el paso del viento. Sósimo asume su lugar con la serenidad de un director de orquesta; cada movimiento de su pala marca el ritmo de una sinfonía natural, mientras el canto de las aves y el susurro de las hojas actúan como los vocalistas principales. En este rincón místico, la fragancia de las flores se eleva como una nota pura que choca contra la pesadez de la mansión, ese sepulcro blanqueado que brilla por fuera pero que guarda el olor de la muerte espiritual en su interior.
W
Sósimo cierra los ojos y apoya la frente contra el mango de la pala, no por cansancio, sino por una escucha profunda. Siente los latidos de la tierra, una percusión subterránea que solo los humildes perciben. En ese silencio, el jardín deja de ser un adorno para convertirse en un testigo vivo. El aire se vuelve eléctrico, cargado con el estruendo de un relámpago que aún no ha caído, pero que ya ha marcado su blanco sobre la mansión. De rodillas sobre el suelo húmedo, limpia su herramienta con el cuidado de quien calibra un instrumento valioso, mientras sus palabras fluyen con la suave cadencia de una premonición:
— ¡Tantas capas de abono para ocultar la podredumbre, y todavía creen que el aroma de la verdad no va a salir! —murmura, con una voz que suena a sentencia sagrada—. Usted duerme sobre mármol, patrón, pero la tierra no descansa. Cada lágrima que usted provocó es un río que está buscando su cauce de vuelta. ¡Y el agua siempre encuentra el camino a casa! El patrón piensa que el destino se entierra bajo su mando, pero yo bien lo he visto: los que siembran la injuria, ¡eso mismo terminan cosechando! Porque el que planta maldad, maldad recoge; no hay tierra en este mundo que olvide lo que se le entrega en sus surcos.
Se detiene para observar una gota de agua que resbala por un tallo, una nota cristalina que se funde en la raíz de un brote nuevo que desafía las piedras del camino. En ese pequeño cristal líquido se refleja, de forma invertida, la fachada de la casa; los muros de piedra se ven frágiles y la luz de la biblioteca parece el parpadeo de una vela a punto de extinguirse.
— Cree que levantando muros podrá esconder su falta, igual que ocultó aquel papel entre los trastos del sótano. Piensa que el destierro es el final de la historia, pero ¡ah!, no sabe que la vida es un compás que siempre regresa a su nota original. Usted cree que es el director, pero solo es un instrumento desafinado en una obra que ya terminó. Ya hay una semilla rompiendo su cáscara bajo este techo; una fuerza que crece en silencio y se alimenta de lo que él más desprecia. No sospecha que viene de camino un retoño idéntico al primero; ¡una presencia que trae el mismo brillo en las hojas que él intentó arrancar hace tanto tiempo!
Aprieta el puño sobre el mango de madera, sintiendo la vibración del suelo como el eco de un tambor lejano que atraviesa el silencio de esa casa muerta.
— Al que no quiere caldo se le dan dos tazas, y él tendrá que ver cómo la vida le pone de frente el espejo de lo que más odia. Cree que lo que apartó se perderá en la sombra, pero ese aliento volverá por sus propios pies, ¡derribando cada pared a su paso! Lo que viene no es una visita… es un retorno. Entrará triunfante por la puerta grande, porque lo que se arroja al lodo, vuelve siempre con la cara limpia a reclamar su lugar. ¡Aquí las rosas huelen a justicia!, y no hay mármol ni perfume caro que pueda tapar el olor de lo que ya está podrido por dentro.
El jardinero se pone en pie con una calma majestuosa, dejando que el crescendo del viento cierre su discurso, mientras el aroma de las flores inunda el aire como la melodía de un juicio que nadie podrá silenciar.
EL SILENCIO DE LOS TESTIGOS
La biblioteca se alza como un tribunal de justicia donde los libros son testigos mudos de secretos que el humo del puro no permite contar. En la quietud de los estantes, incluso el Quijote de la Mancha parece retroceder ante la sombra de Luis Miguel Valencia Rico. Este hombre, dueño de una distinción aristocrática y una presencia imponente, camina como una fuerza de destrucción que solo espera el momento de actuar. Es, en esencia, un monstruo que utiliza la elegancia como el disfraz perfecto para ocultar la magnitud de sus pecados.
Su presencia transforma el aire en una composición musical sombría, cargada de notas graves que resuenan en cada rincón. Se percibe un ritmo de cuerdas melancólicas, una sinfonía que anuncia un peligro invisible tras su impecable apariencia. Es una armonía tensa y bella a la vez, donde cada paso parece el acorde final de una obra que, bajo su brillo externo, esconde una verdad oscura y profunda.
—¡Y bien Luis Miguel! ¿Entonces qué dices?—agrega de manera sarcástica Mariana con brazos cruzados y portando una muy fina y elegante postura— No vine aquí para que me contemplaras. De hecho no me interesa eso en lo absoluto mi estimado esposo, porque si así fuera, créeme que entonces estaría no entre las cuatro paredes de este asfixiante lugar, donde el humo de tu asqueroso puro se impone como un guardaespaldas opresor silencioso e incómodo, que abusivo, como tú, mi querido. No deja respirar es más ni siquiera a los mismos personajes de esos tan bonitos libros que solo adornan porque también son prisioneros de tu siniestro—ríe con sarcasmo pero con una hermosura que parece arrancada de algo divino— Puro cuyo aroma es el único que revela su presencia fastidiosa, pero en fin como te digo yo no he venido aquí a que me veas porque si a eso fuera más bien estaría en un Distrito de Moda y Shopping Centers
Luis Miguel permaneció inmóvil, dejando que el silencio se expandiera hasta volverse insoportable. Entonces, con una lentitud deliberada, comenzó a aplaudir. Eran golpes secos, rítmicos y elegantes, el sonido exacto que resuena en un teatro vacío tras una interpretación magistral.
Tras el último aplauso, soltó el puro sobre el cenicero con un gesto despreciativo y caminó hacia ella, acortando la distancia con una calma depredadora. Sin embargo, se detuvo, dio media vuelta para recuperar el cigarro y regresó nuevamente hacia ella por segunda vez, plantándose justo enfrente. Aspiró con fuerza, llenando sus pulmones de aquel veneno elegante, para luego liberar una ráfaga de humo que comenzó a serpentear entre ambos, moviéndose con la sinuosidad de una doncella en plena danza del viento.
Con su voz de barítono profundo, que retumbó en las paredes de la biblioteca como un trueno contenido, sentenció:
—Contempla esto, Mariana. Este humo es tu único anfitrión; el único que te admira y te envuelve con la misma seda con la que te has vestido hoy. Pero no te engañes… se desvanece. Y con esa misma fidelidad con la que el aire lo borra, se desvanecerá tu seguridad en tan solo unos segundos.
Entonces, con una sequedad metálica, chasqueó los dedos frente a sus ojos, rompiendo el último rastro de la danza grisácea.
Mariana soltó una carcajada cristalina y sonora que llenó la biblioteca, proyectando una imagen de belleza absoluta y despreocupación que contrastaba con la furia que quemaba sus entrañas. Se acercó un paso más, desafiando el espacio personal de Luis Miguel, y lo miró directamente a los ojos con una sonrisa que no flaqueó ni un milisegundo.
—Qué despliegue de teatro tan barato, Luis Miguel; casi logras que me sienta en una de esas novelas mediocres que tanto desprecias —dijo ella, bajando el tono a un susurro gélido—. Pero te equivocas en algo fundamental: el humo se desvanece porque no tiene sustancia, igual que tus amenazas. Lo que realmente te aterra no es que mi seguridad se pierda, sino darte cuenta de que, sin este escenario de libros y puros, tú no eres el director de la obra, sino un actor viejo aferrado a un guion que ya nadie quiere escuchar.
Luis Miguel soltó una carcajada ronca, dejando escapar pequeños soplos de humo que se entrecortaban con la risa, hasta el punto de ahogarse ligeramente por el esfuerzo. Se recuperó, manteniendo esa elegancia que lo definía, y con un gesto de desdén la despachó:
—¡Bah! Ya, ya basta. Mejor vete, vete, vete, Mariana. Sí, vamos, vete; porque de verdad, mira, es que estoy tan ocupado y con tantas cosas en las cuales sí poner mi atención realmente —porque me interesa y vale la pena—, que mejor es que te vayas. No tengo ni siquiera un mínimo de espacio para tus escenitas teatrales. Eso ve a mostrarlo allá, sí, allá en el canal principal. Yo diría que con esa Rufo sí estaría espectacular que hagas tus dramas, tus panchos y tus peleas; por eso son estelares tan espectaculares… a ver cuál de las dos lo hace mejor ahí. Sí, creo que ahí valdría la pena todo este tipo de shows que haces, porque no eres más que una showsera. ¡Vete, vete!—le argumenta despreciativamente volviendo a su asiento.
Mariana no retrocedió. Mantuvo su postura impecable, y con una frialdad que cortaba el aire, le lanzó la última estocada antes de dar media vuelta:
—Sí, claro, me voy… Pero no sin antes llevar conmigo lo que me pertenece; la carta de Gonzalo. Sí la de Gonzalo del olmo que antes impediste que sósimo me la entregara ¿O prefieres que ventile muchas de nuestras verdades? Yo no tendría ningún problema en mostrar la verdadera cara de Luis Miguel Valencia rico, esa que muchos conocen.
Luis Miguel no gritó. Se puso de pie con una lentitud calculada y rodeó el escritorio. El eco de sus zapatos sobre el parqué era el único sonido en la estancia. Mariana dio un paso atrás, pero su espalda chocó contra la estantería de libros.
—¿Ventilar nuestras cosas, Mariana? —preguntó él, deteniéndose a escasos centímetros de su rostro—. Qué concepto tan pintoresco tienes de la realidad. No hay «nuestras cosas». Hay mis cosas. Y tú, por si el registro civil no te lo ha dejado claro, eres la posesión más costosa de esta casa.
Él extendió una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El contacto no fue tierno; fue una inspección, como quien toca un mueble para verificar si tiene polvo.
El cuerpo de Mariana reacciona antes que su mente. Un temblor sutil, pero incontrolable, se apodera de sus hombros mientras se hunde contra la madera de la estantería. La seguridad que ha ostentado se resquebraja, dejando al descubierto una vulnerabilidad que lucha por ocultar bajo su elegancia innata.
—Suéltame —exclama con la voz rota por un nerviosismo eléctrico—. Suéltame ya, Luis Miguel. Aléjate, abusivo, inoportuno… desgraciado.
Luis Miguel libera una carcajada vibrante que hiela el aire de la estancia y, en un movimiento brusco, le tuerce la mano con una saña calculada. Mariana deja escapar un quejido agudo: —¡Ouch! ¡Me duele, maldito!
—¿Andas tan delicada? ¿Y cómo te va a doler si eres una mujer casi como un maniquí? —replica él, pegando su cuerpo al de ella hasta que el calor de su piel se siente como una quemadura—. Estás tan vacía como ellos. Eres igual a las figuras de las boutiques que amas visitar para gastar mi dinero; ese patrimonio que me pertenece tanto como tú. Aquí todo es mío, absolutamente todo, incluso tú. Por eso te digo: no hay «nuestro», hay «mío», y tú eres mi propiedad. ¿O no, señorita elegancia? ¿O no, maniquí bien vestido y de aroma exquisito, pero hueca como un estante de las tiendas que visitas con mi fortuna?
—Eres un lobo estúpido —escupe ella con desprecio, intentando recuperar el aire—. Un simple animal que no hace más que aullarle a la luna porque sencillamente no la puede poseer. Y por eso tiene que aclamarla y alabar su belleza, justo como haces ahora conmigo. ¿O qué crees? ¿Que soy la misma tonta de antes?
Luis Miguel suelta una risa que resuena como un acorde menor, triste y oscuro.
—Creo que sí… ¿o en qué momento cambió todo? Porque ya no eres igual según tu papel de víctima. A ver, dime, tú que eres tan buena actriz y recitas tus parlamentos tan bien expuestos, con un drama casi creíble… Mira, me haces hasta llorar.
Él comienza a gesticular de forma exagerada, imitando un llanto que es puro veneno. Mariana, resoplando de indignación, intenta retroceder, pero él la toma de la cintura y la vuelve a arrimar hacia él con un tirón violento.
—¿A dónde vas? ¿No te das cuenta, mujer imbécil, que eres mía? ¡Que soy tu dueño! Eres mi mejor maniquí. ¿O crees que este vestido se puso sobre ti por inercia?
Mariana señala con rabia su propia figura, vestida ahora con una seda rojo carmesí que cae provocativamente cuatro dedos arriba de la rodilla.
—¡No soy tu esposa! ¿O se te olvida que soy una muñeca de porcelana? ¡Mira cómo me lanzaste al pasillo hace un momento con mi vestido marfil, el que tú mismo ensuciaste!
Luis Miguel detiene su risa y la mira con una intensidad que la hace estremecer.
—Te lancé allá afuera precisamente para comprobarlo, Mariana. Quería ver si te quebrabas de una vez como las piezas baratas, o si debajo de toda esa ropa elegante todavía quedaba esa misma mujer de deseos que hoy te hace vibrar. Quería ver si el maniquí tenía sangre o solo porcelana. Y ya veo que el golpe solo sirvió para encenderte.
Mariana, aprovechando un segundo de descuido, logra zafarse con un movimiento violento. Corre hacia la salida, pero Luis Miguel reacciona con una agilidad felina. Antes de que ella pueda escapar, él lanza la puerta con un estruendo que sacude la biblioteca, cerrándola de golpe. Con un movimiento seco, la devuelve hacia el centro de la habitación, arrastrándola de nuevo hacia el pesado escritorio.
—¡Que me sueltes, te digo, o grito! —clama ella, aunque sus palabras se mezclan con gemidos de un deleite involuntario.
—¿Y por qué? ¿Por qué he de soltarte si lo deseas tanto como yo? —pregunta él, acorralándola contra el borde del escritorio.
—Yo no te deseo; lo único que deseo es que te vaya todo lo mal que pueda ser. Hace mucho tiempo que dejé de desearte.
Luis Miguel la toma con fuerza por los brazos y la repecha con violencia contra el estante de los libros.
—¡Te duele, verdad! —le sisea al oído—. Así es como me doy cuenta de que no eres una muñeca. Sientes y deseas. Sé que me deseas tanto como yo a ti… ¿Hace cuánto no hacemos el amor? ¿Hace cuánto que no recorro tu cuerpo como quien recorre avenidas espectaculares de vistas fascinantes?
—¡No sé ni me interesa, abusivo, estúpido violador!
—¿Violador? Mariana, soy tu esposo.
—¡No! ¡Tú ya no eres nada mío! —grita ella—. El hombre que yo amaba era Gonzalo… Gonzalo del Olmo.
Luis Miguel se queda rígido. La rabia lo ciega al ser comparado con aquel hombre que él mismo, con sus propias manos, silenció para siempre clavándole una jeringa de veneno letal en la carótida. El recuerdo del último aliento de Gonzalo cruza su mente como un relámpago de placer oscuro.
—¡No te atrevas a mencionarlo! —ruge él—. ¡Ese infeliz no era más que un estorbo que el destino borró! ¡Aquí el único que te posee soy yo!
—¿El destino lo borró? —ríe ella con amargura—. No. El destino lo hizo eterno en mi memoria. ¿Quieres saber desde qué momento cambió todo? ¡Desde hace veintidós años atrás! Cuando llegaste a casa y me pediste que te esperara con el mejor de mis vestidos. Y así lo hice, porque había que celebrar el éxito que trajo la supuesta Señora Oportunidad. Esa amante que ahora detesto porque me robó a mi marido. Si supiera que mi rival era otra mujer, lo entendería… pero fue una oportunidad fallida que ni aun con la noticia de mi embarazo fue suficiente para recuperar al hombre que creí que eras. ¡Lo que veo ahora es un fracasado que no es mi hombre como lo era Gonzalo!
Luis Miguel, poseído por una furia animal, lanza una bofetada impresionante. El impacto es seco, brutal. La cabeza de Mariana gira con tal violencia que siente sus molares rotar. Cae contra los libros, mientras un hilo de sangre asoma por su boca.
Afuera, tras el cristal, Sósimo permanece inmóvil entre las flores, habiendo sido el único testigo de cómo la porcelana se hace pedazos.
22 AÑOS ATRÁS
La mansión respira una felicidad que hoy parece un sueño ajeno. Horas antes, Luis Miguel se había despedido de Mariana entre risas, alzándola en sus brazos y haciéndola girar en el aire, prometiéndole un éxito sin precedentes. Ella lo vio marcharse con el corazón hinchado, guardando en su vientre la noticia que confirmaría su plenitud.
Mariana prepara la escena con una devoción casi religiosa. La mesa es un poema de cristal; las velas bañan las paredes con calidez y ella luce su mejor seda. Se mira al espejo acariciando su vientre aún plano, imaginando el abrazo de su esposo al saber que están esperando un hijo.
De pronto, la puerta principal se abre. Luis Miguel entra con la ropa desaliñada y el rostro desfigurado por una rabia gélida.
—¡Luis Miguel, amor mío! —exclama ella corriendo hacia él—. Tengo la noticia más hermosa…
Antes de tocarlo, él la aparta de un manotazo brusco. Camina hacia el bar sin mirarla.
—¡Cállate, Mariana! Se acabó. Lo he perdido todo. Esa oportunidad fue una estafa.
—Mi vida, escucha… estoy embarazada. Vamos a ser padres. Es la razón para empezar de nuevo.
Él se gira con el vaso en la mano, y la mirada que le lanza es de un desprecio profundo. No hay alegría. Solo un extraño altanero.
—¿Un hijo? ¿Ahora? —suelta con una carcajada seca—. Qué oportuna eres, Mariana. Siempre tan inoportuna. Traer una carga más a esta ruina es lo último que necesitaba oír. No me importa lo que lleves ahí dentro.
—¡Es tu hijo! —grita ella, destrozada.
—Es un error —sentencia él, empujándola a un lado—. Apaga esas velas y desaparece de mi vista. No quiero oír tus noticias domésticas.
DE NUEVO EN LA BIBLIOTECA
El presente regresa con el sabor metálico de la sangre en la boca de Mariana. Luis Miguel, con el pecho agitado, la mira desde su altura, pero ella lo desafía con la mirada.
—¿Eso es todo lo que tienes? —le dice con una voz que vibra entre el odio y el deseo—. Golpes, insultos… Eres tan poca cosa comparado con Gonzalo. Eres una sombra, Luis Miguel.
Él no aguanta más. La toma del cuello para devorar sus palabras con un beso que es una guerra declarada. Mariana lucha un segundo, pero la corriente eléctrica es más fuerte. Sus gemidos de protesta se transforman en una música de placer.
—Dime que me odias —le sisea él entre beso y beso, recorriendo con sus manos aquellas curvas que el tiempo no ha podido marchitar—. Dime que soy un fracasado mientras tiemblas bajo mis dedos.
Ambos se van entregando a una pasión salvaje. Sus cuerpos se van resbalando por la estantería hasta quedar fundidos en el suelo de la biblioteca. Luis Miguel comienza a recorrer esas calles espectaculares de su cuerpo, avenidas que su memoria reconoce con precisión quirúrgica.
Bajo la mirada invisible de Sósimo, la escena finaliza en un estallido de placer y sombras. En el fragor del encuentro, los papeles del escritorio terminan regados por toda la biblioteca, como los restos de una vida que se deshace mientras ellos intentan, a través de la piel, recuperar lo que el odio les robó hace veintidós años
EL INTERROGATORIO DE CRISTAL
En el taller de las especias, el aire se impregna de un vibrante folclor donde el ocre de la cúrcuma y el carmesí del pimentón se funden en una coreografía de polvos finos. Esta unión crea un lienzo de matices dorados que, al tocar el paladar, desata una armonía de gran distinción: el calor del jengibre marca el compás mientras la canela y el clavo entonan una melodía dulce que envuelve los sentidos, logrando que las papilas celebren la excelencia de un sabor absoluto.
—Oye, Custodia —dice Hortensia moviendo su vara de orquesta, la cuchara de palo, terminando de sincronizar con ella todos los ingredientes que lleva esa deliciosa crema de espárragos blancos.
Custodia se entrega a una coreografía de espionaje disfrazada de aseo frente al «Confesionario del Pasillo VIP», ese mesón de madera que guarda más secretos que un búnker. Mientras desliza el paño con un frenesí sospechoso, su silbido no es simple música, sino una antena parabólica: sube de tono para camuflar el crujido de una puerta y baja a un murmullo cuando detecta un susurro ajeno. Sus ojos escanean cada ángulo muerto con la precisión de un radar. Es un espectáculo de laboriosidad exagerada; ella no limpia superficies: ella pule las confidencias para que brillen más cuando llegue el momento de repartirlas. La elegancia del entorno claudica ante su sagacidad de barrio, transformando un mueble solemne en la base de operaciones de la mujer que lo sabe todo antes de que suceda.
—¡Oye!… Custodia —grita Hortensia al ver que está perdida en sus movimientos desafinados. No la ve, hasta que Custodia de un salto asustadizo vuelve su mirada hacia ella.
—¿Me llamaba, Hortensia? —pregunta algo exaltada.
—¿Que si te llamo? ¡Claro que te llamo! —exclamó Hortensia, dándole un último golpe de gracia a la olla con su cuchara—. Deja de sacarle brillo a los pecados ajenos y corre a desplegar la logística, que esta crema de espárragos no espera por confesiones. Vaya, Custodia, use ese instinto de radar que tiene y arree a los patrones y a toda la tropa hacia el comedor. Avíseles que el banquete está servido, a ver si así, con la barriga llena, sueltan voluntariamente lo que usted está tratando de sacarles con el trapo. ¡Ande, mueva esas caderas pero con rumbo a la sala, que aquí la única que pone la música soy yo con mis especias!
—¡No me diga más, Hortensia, que con ese mando hasta las piedras se sientan a la mesa! Descuide, que salgo más rápido que un suspiro en cuaresma; traeré a esos comensales antes de que la crema pierda el juicio, porque aquí el que no vuela, no almuerza, ¡y el que se queda atrás, que le pida el postre al olvido! —y así, con las llaves tintineando como campanas de incendio y un trote que levanta las baldosas, Custodia sale disparada por el pasillo gritando—. ¡Atención todo el mundo, pies para qué los quiero y barriga lista para el ataque! ¡Que ya se soltó el decreto y el que no llegue a tiempo se queda rumiando el hambre y lavando los platos!
Hortensia, soltando una carcajada sonora mientras sacude la cabeza, murmura para todas en la cocina: —¡Ay, Dios mío, qué muchacha! Qué muchacha esta. ¿Dónde se conseguirá una igualita? Esta se le escapó viva al mismísimo diablo, si quieren que les diga.
—¡Oye, asere, de contra! —comenta la Cubana con picardía y soltando una risa estrepitosa—. Esa mujer es un bicho, ¡qué volá con ella! Si no existiera, habría que inventarla por diseño, porque es un terremoto con delantal que te saca las canas, pero la verdá, verdá, es que sin sus bembas y sus locuras esta cocina tendría mucha sal y ni un poquito de gracia. ¡Esa chamaca no tiene para cuando acabar, caballeros!
—¿Y qué sería del chisme sin nuestra periodista comunitaria? —argumenta Tránsito—. Por esa antena satelital humana nos enteramos de lo que pasa allá arriba en el trono de los patrones, donde ella dice que es como de la familia. Por lo menos algo nos hace saber, ¿no creen?
—¡Ni lo digas, mima! —interrumpe la Cubana, batiendo las manos—. Esa tiene el oído puesto en el gao de los jefes como si fuera un radar de la Base. El día que esa mujer se muerda la lengua, ¡mira!, se nos queda tiesa por el veneno y nosotros más desinformados que un guajiro en Nueva York. ¡Vayan moviendo esa sopera rápido, que si la señal satelital dice que hay mal ambiente allá arriba, mejor que esa jama esté por la regla!
EN LA BIBLIOTECA
En la penumbra de la biblioteca, la atmósfera se espesa con una mezcla embriagadora de tabaco fino y el rastro magnético de la piel recién entregada. Sobre el parqué, los cuerpos de Luis Miguel y su esposa reposan todavía entrelazados bajo el terciopelo de las cortinas que resguardan el calor de su intimidad tras el estallido. El humo del puro asciende con elegancia, dibujando espirales que parecen burlarse de la lógica, siendo el único espectador de un desborde donde el rencor y el deseo se fundieron en un solo compás. Aquel encuentro fue una disonancia perfecta: un acorde oscuro de odio que resolvió en la armonía de una pasión física que los dejó exhaustos.
—Oye… ¿Oyes eso? —preguntó Mariana reaccionando ante los gritos desesperados de Custodia.
Expulsando un sorbo de humo con total indiferencia mientras miraba al techo, Luis Miguel respondió con frialdad: —¿Qué?
—¡Por Dios, Luis Miguel! —contestó Mariana ofuscada—. Tanto alboroto ¿Y me vas a decir que no oyes nada? ¡Vash! Definitivamente para la tontería no hay remedio —exclama mientras se cubre para que su desnudez no se descubra.
Luis Miguel, aún tendido a su lado en el suelo de la biblioteca, suelta una carcajada gélida: —Tienes razón, para la estupidez no hay remedio. Por eso sigo aquí, perdiendo el tiempo con una mujer que confunde su ignorancia con carácter. Tápate, Mariana; lo que no tienes en el cerebro no lo vas a compensar enseñando piel. Si tanto te urge saber qué es ese ruido, ten la decencia de levantarte tú misma en lugar de esperar que yo te solcione la vida. ¿Pretendes que me tome en serio tus delirios? Anda, dime qué gran misterio te tiene tan alterada.
—¡Es que eres increíble! —replica ella, apretando las sábanas contra su pecho—. ¿Acaso no oyes esos gritos allá afuera? No es mi imaginación, Luis Miguel; es la realidad golpeándote en la cara, aunque prefieras seguir escondido en tu propia arrogancia.
Él guarda un silencio sepulcral antes de estallar en una risa burlona: —¡Por favor! Estás tan perdida en tu propio espejo como la madrastra de Blancanieves que ni cuenta te das. Es tu propia empleada laboriosa, esa de Custodia, la que está gritando para llamar al almuerzo. A esa mujer le voy a jalar las orejas en cuanto pueda por interrumpirme con semejante escándalo.
—¿La empleada? ¡No, por Dios! —exclama Mariana, palideciendo mientras empieza a recoger su ropa con desesperación—. No quiero que me vea aquí y mucho menos contigo. La verdad es que si nos quedamos aquí, no solo se da cuenta la casa, sino también todo el vecindario. Me voy antes de que esa mujer sea una imprudente y venga a importunar con lo chismosa que es. No pienso permitir que me vea.
—Pero Mariana, ven acá —la interrumpe él con calma gélida mientras la observa intentar huir—. Dime una cosa: ¿qué tanto era lo que tú me decías? ¿Que yo era un estúpido, un tonto, un desgraciado y un violador? Responde ahora que tienes tanta prisa.
—¡Eres eso y mucho más! —grita ella, dándole la espalda—. Solo un animal actuaría con la bajeza con la que tú lo haces. No eres más que un ser despreciable que se aprovecha de cualquier situación.
—¿Ah, sí? ¿Un animal despreciable? —repite él con sarcasmo—. Entonces dime, si soy tan asqueroso, ¿por qué te arqueabas cuando mis labios recorrían tu cuello? ¿Por qué tus manos me apretaban con esa urgencia sobre estos mismos papeles? ¿Acaso no disfrutaste cada segundo de mi supuesta brutalidad?
—¡Mientes! —clama Mariana con la voz quebrada—. ¡Lo hice por miedo, por la confusión del momento! No hubo gozo en nada de lo que hiciste, solo una profunda náusea y el deseo de que terminaras rápido.
—¿Náusea? —él se ríe con descaro, acercándose a ella—. No es eso lo que decían tus suspiros, ni la forma en que buscabas mi boca. ¿Acaso crees que el difunto Gonzalo del Olmo era mejor que yo? ¿Incluso ahora que es ceniza lo prefieres? ¿Él también lograba que perdieras el aliento de esa manera, o simplemente te aburría con su mediocridad de poco hombre antes de que se lo tragara la tierra? ¿Acaso ese muerto supo alguna vez por dónde empezar a tocarte como yo lo hice hoy?
—¡No te atrevas a mencionarlo! —brama ella, temblando de furia—. Él fue mil veces más hombre de lo que tú podrías soñar en toda tu vida. Él tenía clase, respeto y dignidad, virtudes que tú jamás conocerás. Tú no eres nada, Luis Miguel. ¡Nada!
—Y míranos aquí —sentencia él con un orgullo retorcido—. Acabo de recorrer las calles de tu piel haciéndote el amor como jamás ese infeliz pudo hacerlo en vida. Acabo de devorarte y tú te entregaste con una pasión que ahora pretendes negar por puro orgullo. Estabas ahí, suplicante, reconociendo que soy el único que sabe encenderte. Y eso que se supone que yo era el tonto.
—¡Engreído, estúpido! ¡Para que lo sepas, ni siquiera lo sentí! ¡Fue una desgracia total, una experiencia vacía! —grita Mariana fuera de sí, con las lágrimas de rabia asomando en sus ojos.
—¿Que no lo sentiste? ¡Mentirosa de quinta! —se mofa él al oído con una dureza brutal—. Pero si temblabas de placer, me pedías más y me decías que no parara entre gemidos. Tu boca miente para salvar tu orgullo ante la sombra de un muerto, pero tu piel me pertenece y lo sabes.
El impacto es seco y violento; la mano de Mariana choca contra la mejilla de Luis Miguel con toda su fuerza. Él no responde al golpe; simplemente se queda allí, carcajeándose con un cinismo que la desquicia mientras ella se levanta de un salto y sale de la biblioteca, cerrando la puerta con un portazo que hace vibrar las paredes.
Cuando la risa se apaga, Luis Miguel baja la vista hacia el desorden de papeles bajo su cuerpo. Al ver los documentos importantes pisoteados y esparcidos, su rostro palidece. Se levanta de un tirón, como si un resorte lo hubiera lanzado hacia arriba.
—¡Dios mío, la carta! —susurra con pánico—. ¡La maldita carta de Gonzalo del Olmo! ¡Qué desgracia!
Envuelto en la sábana, comienza a buscar desesperadamente entre los folios esparcidos por el suelo. Tira los libros de los estantes, revuelve las carpetas con violencia y lanza maldiciones al aire mientras su respiración se vuelve errática y pesada.
—¡Maldición! ¡¿Dónde está?! ¡Qué infamia, no puede haberse perdido así entre tanto mugre! ¡Ese infeliz me persigue incluso después de muerto! ¡Si alguien encuentra esta carta de un hombre que ya no está, estoy arruinado, mi vida entera se va al foso! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Mal rayo me parta! —exclama con una angustia creciente mientras se pone los pantalones a trompicones, revolviendo cada rincón con furia—. ¡No está! ¡No aparece por ninguna parte en este maldito desastre!
Se termina de abotonar la camisa con las manos temblorosas, el sudor frío le baja por la nuca y, con la mirada encendida de sospecha y desesperación, se dirige hacia la puerta dispuesto a alcanzar a Mariana para exigirle respuestas.
EL CHOQUE EN EL PASILLO
Mariana cruzó el umbral intentando recomponer su armadura de seda carmesí, pero se topó de frente con la mirada inquisidora de Custodia. La empleada sostenía una bandeja con una rigidez ensayada; sus ojos, expertos en filtrar secretos, brillaban con la suficiencia de quien lo ha escuchado todo.
—El almuerzo está servido, señora —dijo Custodia, alargando la vocal con cadencia ponzoñosa—. Pero… ¡Virgen del Carmen! ¿Qué le pasó en la cara? ¿Se dio un golpe con el escritorio de don Luis Miguel? Porque tiene el maquillaje corrido y el rostro muy encendido, como si le hubiera dado un aire de esos fuertes que tumban a cualquiera.
Mariana se tensó. —No es nada, Custodia. Solo un mareo por la falta de aire en la biblioteca.
—¿Un mareo? —insistió Custodia, bloqueando el paso—. Pues qué mareo tan oportuno, señora, que hasta le dejó una marca en el brazo y le desabrochó los botones del orgullo. Si gusta, le traigo un ungüento antes de que baje, no sea que los demás piensen que el patrón se puso… efusivo. Porque yo sé que cuando los señores se encierran a pelear, siempre termina habiendo mucho movimiento de muebles, ¿verdad?
—¡Basta ya, Custodia! —estalló Mariana—. ¿Quién te ha dado permiso para analizar mi rostro? Deja de ser tan igualada y atrevida. Tu insolencia te está haciendo olvidar tu sitio.
Custodia dio un paso más con una sonrisa cínica: —Ay, señora, si entre mujeres nos entendemos. No se me ponga así, que yo bien oí que la pelea estaba sabrosa y que luego el silencio se puso cariñoso. No tiene que finjir conmigo, si el sudor de la biblioteca se le nota hasta en el andar. ¿A poco cree que las paredes no cuentan que usted, de tanto que lo odia, terminó pidiéndole más?
¡ZAS!
El impacto fue seco y violento. La mano de Mariana chocó contra la mejilla de Custodia con tal fuerza que la bandeja de plata cayó al suelo con un estruendo metálico.
—¡Maldita igualada! —gritó Mariana temblando de furia—. ¡Lávate la boca antes de hablar de mí! Eres una metiche de lo peor. Te advierto que esta es la última vez que usas esa lengua bífida conmigo. ¡Limpia este desastre y lárgate a la cocina antes de que te haga arrastrar por toda la casa!
Custodia, con la marca de los dedos encendiéndose en su piel, hizo una reverencia cargada de veneno.
—Como usted mande… patrona —susurró—. Al cabo que el golpe duele un rato, pero lo que yo sé… eso no se borra ni con todo el jabón del mundo.
EL PRELUDIO DEL COMEDOR
Bajo los techos altos de la mansión, el eco de los pasos sobre el mármol pulido compone una obertura de distinción. Cada pisada resuena en la piedra fría con una cadencia pausada, anunciando la llegada de los comensales hacia el corazón de la casa. La mesa espera como un altar de madera noble, rodeada por el brillo de un suelo que refleja la luz con la quietud de un lago. El roce de la seda y el leve tintineo del cristal son los únicos sonidos en una estancia donde la elegancia se respira en cada detalle.
—Buenos días —saluda Juliana al ingresar al recinto.
Su entrada es un glissade impecable, una transición etérea que recuerda a una bailarina desplazándose sobre un escenario. A sus dieciocho años, Juliana viste una chaqueta corta de tweed en tonos pastel que se desliza sobre sus hombros como una caricia de lujo. Sobre su cabeza destaca un gorro de lana fina ladeado con gracia, del cual escapan sus hebras de cabello castaño oscuro, peinadas en ondas suaves y brillantes. Su melena desprende un aroma exquisito a bayas silvestres y vainilla joven, una fragancia dulce y fresca que flota a su alrededor como un guardaespaldas invisible.
Al llegar a su sitio, el silencio del comedor le resulta extraño.
—¿Cómo es posible? —pregunta Juliana, deteniéndose en seco mientras sus ojos recorren las cabeceras vacías—. Las sillas de mis padres permanecen desocupadas. Para ellos, este encuentro es un rito innegociable. ¿Qué pasó que no están aquí?
—No, señorita, todavía no han llegado —contesta Tránsito, apurándose a retirarle la silla con una sonrisa—. Pero ya les dimos el aviso. La verdad, no sé qué bicho les picó hoy que no han bajado.
—«Pues, señorita Juliana, lo que es yo, me crucé con la señora Mariana y la pobre iba subiendo las escalas como alma que lleva el diablo; traía el vestido hecho un nudo y le faltaba hasta el aire, como si hubiera dejado el juicio botado en algún rincón antes de encerrarse» —interviene Custodia con su sencillez habitual.
Juliana contrae levemente el entrecejo, tratando de imaginar a su impecable madre en tal estado. Antes de que pueda preguntar más, el sonido seco de un pisotón de Tránsito contra el pie de Custodia interrumpe sus pensamientos.
—¡Ay! Pero vea a esta… ¡Fíjate, Tránsito, que me dolió!
—¡Fíjate tú, lengualarga! —le suelta Tránsito de una—. Deje de estar de chismosa y muévase, Custodia, que el oficio no se hace solo.
Hortensia se arrima con un tazón de porcelana que huele delicioso para calmar la tensión.
—No les pare bolas a estas dos, señorita. Más bien, tómese esta cremita de espárragos blancos. Me quedó bien finita y suave, pura seda, para que me espere a los señores con la barriga contenta.
—Ay, perdóneme, señorita Juliana —añade Custodia toda colorada—. No fue mi intención ser tan imprudente con mi comentario. Solo le conté lo que vide de la señora, pero ya sé que me pasé de confianza.
Juliana deja escapar una risa cristalina que suaviza de inmediato el ambiente.
—Descuida, Custodia. Entiendo que la honestidad de tus ojos a veces supera la diplomacia de tus palabras —dice Juliana con benevolencia—. Y usted, Hortensia, te agradezco el gesto. Esa crema tiene un aspecto magnífico. Gracias. Realmente es un placer ser atendida por ustedes.
Juliana asiente, pero su mirada se desvía hacia el pasillo con inquietud.
—Por cierto, Hortensia, ¿qué hay de mi nana? ¿Saben si ya se levantó? Me parece sumamente extraño no haberla visto todavía merodeando por aquí. Mi nana nunca se retrasa. Me preocupa que se sienta mal; mejor voy yo misma a su habitación a ver qué sucede.
Justo en ese momento, la Cubana, que ha estado organizando la platería en el aparador del comedor, interviene con su acento habanero y una sonrisa pícara.
—¡Oye, señorita, pero qué estrés es ese! ¡Relájese un poquito y no me corra todavía! —exclama con gracia—. No me pierda el estilo, que a ese piano de notas añejas ya yo le di su toquecito de diana. La vieja está vivita y coleando; yo misma le pegué un grito desde el pasillo y ella me respondió desde adentro, con esa voz de sargento que tiene, que ya mismito se asoma por aquí. Dice que en un ratico viene a sentarse en su confesionario VIP de la cocina, así que quédese tranquila, que esa flor de otro siglo todavía tiene mucha mecha que quemar.
Juliana suelta una carcajada sonora, un sonido vibrante que llena el salón.
—¡Eres increíble! —exclama Juliana entre risas ahogadas—. Piano de notas añejas… Solo tú podrías describir la disciplina de mi nana con semejante ingenio. Me has devuelto el alma al cuerpo con esa ocurrencia, de verdad que te lo agradezco.
Mientras todas ríen, Custodia se acerca a Juliana bajando la voz con una confianza excesiva.
—Ay, señorita… ya que estamos aquí solitas y en confianza, cuéntenos pues: ¿Por qué fue que tú subiste las escalas llorando ahora a las once después de estar con tu mamá en la sala? Nosotras te vimos pasar así toda atribulada hacia tu cuarto… Tú sabes que aquí estamos para servirte en todo, no solo con la mesa, sino también para escucharte si quieres desahogarte, porque para eso estamos nosotras también.
—¡Ave María, muchacha, pero tú no tienes freno en esa lengua! —interviene la Cubana, soltando una risa sarcástica mientras sacude un paño de lino—. Mira que «en boca cerrada no entran moscas», pero en la tuya cabe hasta un regimiento de caballería con tó y tambores. ¡Deja el chisme, asere, que la curiosidad mató al gato y tú vas por el mismo camino!
Juliana observa a Custodia con una elegancia afilada e ironía aterciopelada.
—Querida Custodia, agradezco tu disposición para el drama y ese interés tan… particular —dice Juliana con una sonrisa gélida—. Pero si te confieso mis cuitas, terminarías escribiendo un libreto de radionovela antes del postre. Mejor guarda ese ímpetu para que la vajilla brille tanto como tu curiosidad; así, al menos, las dos estaremos ocupadas en algo productivo.
—¡Toma chocolate y paga lo que debes! —remata la Cubana entre risas—. Ya lo oíste, muchacha: menos lágrimas ajenas y más brillo en la plata.
Tránsito, aprovechando el revuelo, lanza un dardo venenoso.
—¡Ya la oyeron! Es que esta se cree la periodista comunitaria de la mansión, queriendo sacar exclusivas de donde no le importa. ¡A ver si se pone a trabajar en vez de andar de reportera de barrio, que eso se ve muy feo!
Custodia la mira con odio, apretando los puños.
—¡A mucha honra soy periodista entonces! Por eso siempre estoy al tanto de todo, porque a mí sí me interesa la gente. No como ustedes, que no tienen ni una vida y ni siquiera se preocupan por los suyos… ¡qué se van a andar preocupando por el prójimo! Yo pregunto porque tengo corazón, no como otras que son más secas que un palo de escoba.
—¡Mire, igualada, lo que pasa es que usted es una metida y una sinvergüenza! —le grita Tránsito.
Ambas empiezan a manotear, elevando la voz, mientras Hortensia se mete en medio desesperada.
—¡Ya, por favor! ¡Cállense las dos que van a armar un problema gordo! ¡Respeten que la señorita está presente!
En ese preciso instante, las puertas dobles se abren con una lentitud aterradora. Luis Miguel ingresa al comedor, emanando una autoridad gélida. Su presencia, revestida en un traje de corte perfecto, parece succionar el oxígeno de la estancia. Se detiene, ajustándose los gemelos de oro con una calma insultante, antes de clavar su mirada en la servidumbre.
—Es fascinante —comienza Luis Miguel, con una voz aterciopelada pero cargada de un veneno aristocrático—. Me pregunto en qué momento extraviaron la noción de la jerarquía para convertir mi comedor en un infecto mercado de periferia. ¿Acaso su limitado intelecto les sugiere que este recinto es el patio de sus deplorables casuchas?
El silencio que sigue es sepulcral. El hombre observa a las empleadas como si fueran insectos, con una mueca de asco. Juliana, notando el terror en los rostros de las mujeres, interviene con una suavidad firme.
—Papá, por favor… No es necesario que recurras a términos tan hirientes. La alegría de ellas no es un ataque a nuestra posición. Recuerda que ante Aquel que nos juzga a todos, no hay distinción de personas, y quien oprime al pobre o desprecia a quien le sirve, insulta a su Hacedor. Un trato justo y humano no resta autoridad, sino que la enaltece. Deberías considerar que el respeto se gana con integridad, no con humillaciones.
Luis Miguel gira la cabeza lentamente hacia su hija, entornando los ojos con una frialdad que parece congelar las palabras de la joven.
—¿Es que acaso se te ha olvidado quién eres, Juliana? ¿O es que este entorno de privilegio te ha confundido tanto que ya no reconoces el lugar al que perteneces? —espeta Luis Miguel con un tono cortante—. Porque si es así, si tu deseo es igualarte con la servidumbre, dímelo de una vez. No tendré inconveniente en hacerte un lugar entre las cacerolas, allá en la cocina, para que te sientes en esa barra de confidencias donde desnudan almas ajenas y propias entre chismes y café. Si prefieres la ordinariez al decoro de este apellido, la puerta de la cocina está abierta para ti con total libertad.
Juliana se pone en pie con una firmeza que descoloca a su progenitor. Lo observa directamente, sin bajar la guardia, con un tono gélido que corta cualquier posibilidad de réplica.
—Papá, si para ti la dignidad reside en el aislamiento de un apellido y la grandeza en el desprecio al humilde, me temo que eres tú quien ha extraviado el camino. Ten presente que el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Si crees que enviarme a la cocina es un castigo, te equivococas; sería un honor sentarme a la mesa con quienes conocen la gratitud y la lealtad, virtudes que no se compran con gemelos de oro. Tú gobiernas esta casa con temor, pero recuerda que el Rey que está sobre ti no mira la seda de tu traje, sino la dureza de tu corazón. Prefiero mil veces esa barra de confidencias donde se comparte la verdad, que este comedor de mármol donde solo se respira el vacío de tu soberbia. Guárdate tus invitaciones a la cocina y limítate a ocupar tu silla.
Luis Miguel aprieta la mandíbula, fulminado por la letalidad de esas palabras. El comedor se sume en un silencio que pesa toneladas. Humillado en su propio feudo, el hombre solo acierta a desviar la mirada hacia las empleadas con un gesto imperioso.
—Sirvan —ordena con voz ronca y seca—. Sirvan el almuerzo ahora mismo. No quiero escuchar una palabra más en esta mesa.
Mientras las mujeres se apresuran a colocar los platos con manos temblorosas, Juliana se sienta, manteniendo la espalda recta y la mirada fija en el cubierto de plata.
—¿Y mi madre? —pregunta ella sin mirarlo, mientras le sirven—. ¿Sabes por qué ella no ha bajado a almorzar? ¿Acaso sabes algo de su paradero?
Luis Miguel se acomoda la servilleta en el regazo, respondiendo con una frialdad que parece desprender escarcha en cada sílaba.
—No tengo la menor idea de dónde está ese maniquí elegante con ropa fina y aroma grato a París. Supongo que estará demasiado ocupada manteniendo su barniz de perfección como para dignarse a aparecer. Ni lo sé, ni me interesa lo más mínimo.
—Es enternecedor, papá —sentencia Juliana, permitiendo que el sarcasmo fluya con la precisión de un arpegio bien ejecutado—. Me asombra tu capacidad para reducir una existencia entera a un inventario de accesorios y fragancias. Supongo que es mucho más sencillo gestionar un maniquí que confrontar a una mujer de carne y hueso; la perfección es un refugio muy cómodo para quienes no saben qué hacer con el desorden de los sentimientos reales. No te desgastes, papá, tu desprecio por el «barniz» resulta irónico en alguien que es, en sí mismo, una obra maestra de la apariencia. Al final, el silencio siempre ha sido tu mejor argumento cuando la verdad te queda grande.
Luis Miguel recibe la estocada sin alterar un solo músculo, pero en su interior se desata una sinfonía de orgullo y reconocimiento. Al sostenerle la mirada, el comedor parece desvanecerse para dar paso a un espejo absoluto. No ve a una joven de dieciocho años; ve su propio reflejo destilado en una versión femenina y letal. La advertencia que Mariana le hizo en la biblioteca resuena en su mente como un acorde final: «Tiene tu mirada, Luis».
«Dios, cuánto te pareces a mí», piensa con una devoción que jamás verbalizará. «Me estás desarmando con mi propia frialdad y no puedo sino reverenciarte por ello. Eres mi propia mirada juzgándome; la prueba de que he vuelto a nacer en ti con este fuego desafiante que no se amilana ante nada ni nadie. Qué orgullo me das, pequeña; eres más yo de lo que yo mismo me atrevo a ser».
A pesar de la rabia instintiva por su insolencia, el respeto gana la partida. Aplaude internamente esa capacidad de ella para poner a cada quien en su sitio, incluso a él mismo. Sintiéndose extrañamente satisfecho al ver su propia altivez reflejada en una criatura tan sofisticada, Luis Miguel parpadea para romper el hechizo. Recupera su máscara de piedra y gira levemente la cabeza hacia su empleada de confianza.
—Tránsito, busque a una de las compañeras del aseo. Diríjanse a la biblioteca y ordenen cada volumen y cada objeto exactamente bajo mi estándar. No toleraré un solo rastro de desorden. Una vez concluido, retírense a sus labores.
Tránsito asiente con la sobriedad que exige la casa y se retira. Tras el cierre seco de la puerta, Luis Miguel y Juliana quedan a solas en el comedor.
Al instante, un leve chirrido de la puerta del comedor le da lugar al ingreso de Mariana Rivadeneira de Valencia. Viste un power suit de sastrería impecable en un tono amarillo vainilla. Al caminar, el impacto de sus stilettos de aguja sobre el mármol dicta un compás seco y aristocrático. Su cabellera es una cascada de seda negro azabache, con una trenza en forma de diadema que enmarca un rostro de facciones impasibles.
—Buenas tardes —saluda Mariana, su voz fluyendo con el timbre aterciopelado de un violonchelo bien afinado mientras toma asiento.
—¡Buenas tardes, mamá! —contesta Juliana, admirada por la impecable distinción de Mariana—. ¡Qué elegante estás en este momento, mami! Me dejas sin palabras.
Luis Miguel contesta al saludo con una sequedad absoluta, mirando solamente el plato que espera por ser llenado.
—Mmm, qué bien, crema de espárragos. Hace rato que no la preparaba Hortensia —comenta Mariana, inclinándose sutilmente para percibir el aroma—. Aunque mi perfume parisino por momentos le robe el protagonismo, huele delicioso y se ve exquisita.
—Verdad que sí, mamá. Es que Hortensia es un elemento invaluable en la cocina —argumenta Juliana con emotividad—. Ella no se limita a cocinar; realmente compone cada uno de sus platos. Es como una pieza musical, una que las papilas gustativas se deleitan en cantar en cada cucharada que entra.
—Tienes razón, mi niña. Es excelente cocinera y lo mejor es que siempre tiene su lugar donde es, sabe darse su espacio… no como otras —dice Mariana, queriendo disipar de su mente la bofetada que le propinó a Custodia en el corredor.
—¿A qué te refieres, mamá? No entiendo —pregunta Juliana frunciendo el ceño con extrañeza.
—Nada, hija. Yo me entiendo, no me prestes atención —contesta Mariana levantando la mirada—. Oye, mi amor, pero qué hermosa estás.
—¿Lo crees, mami? —pregunta sorprendida Juliana.
—Totalmente, hija. Es que mírate. ¿No crees, Luis Miguel? ¿No crees que está hermosa? —dice Mariana volteando hacia su esposo, que no deja de jugar con una de las cucharas.
—Es cierto, te ves exquisita —aprueba Luis Miguel tras mirarla brevemente.
—Demasiado exquisita, diría yo. Por cierto, esa chaqueta de tweed en tono pastel… ¿no fue la que te traje de mi última estancia en París? —pregunta Mariana—. Es que ya tienes tanta ropa que la verdad ni me acuerdo.
Juliana hace gestos de modelo y con una sonrisa hermosísima rompe la parsimonia del salón.
—¡Efectivamente, mamá! Es este, lo estoy estrenando apenas hoy.
—¿Cómo, mi amor? ¿Apenas? Pero si hace meses te lo traje. Recuerdo muy bien que era para uno de tus cumpleaños.
—Recuerdo también muy bien que justamente en esa fecha ustedes dos tuvieron su momento típico —aclara Juliana con firmeza—. Una discusión que te encerró a ti en tu habitación y a papá en su biblioteca. Así fue mi cumpleaños: junto a ustedes viéndolos pelear, mientras yo salía con Nana Olivia a comer un helado al centro comercial. Ella no quiso quitarte tu lugar, mamá; solo fue para no dejar perder la reserva que ustedes olvidaron por una pelea infantil.
—Bueno, ya, ya. Ciertamente hace hambre y estamos perdiendo tiempo valioso —agrega evasivamente Mariana sirviendo la crema.
—Qué tonterías las de ustedes, definitivamente —refunfuña Luis Miguel—. Pero en fin, mujeres… solo mujeres en sus cacareos de gallinas.
—¡Papá, por Dios! —dice Juliana soltando una leve carcajada y acariciando su mejilla con ternura—. Tú no te quedas atrás. No son cacareos de gallinas, porque si a esas vamos, tú eres el gallo que más canta. Mírate, papi, eres hermoso, eres todo un galán aristocrático. Tienes un aroma único, a madera y tierra.
—Claro mi amor, si tú lo dices… —comenta Mariana entre amorosa y fría—. Pero no olvides que eres su hija, y para una hija su padre siempre será su primer amor.
Juliana borra de su mente por un instante la imagen de José Fernando Mendoza Robles y vuelve su mirada hacia su padre. Luis Miguel, angustiado por debilitarse ante las caricias de su hija, retira su mano y la mira con severidad.
—Por cierto, señorita, quiero dejar claro contigo dos cosas —dijo Luis Miguel, recuperando su tono imperioso.
—Sí, papá hermoso, dime. Soy toda oídos —responde Juliana, pero él mantiene la distancia.
—Que sea la última vez que te atreves a reprenderme frente a la servidumbre, ¿me oíste, señorita? —sentenció Luis Miguel con una autoridad gélida—. Tu exceso de familiaridad solo erosiona la disciplina que sostiene esta casa. No te confundas, Juliana. Puedes llevar esa chaqueta de seda y posar con la distinción de un diamante, pero si sigues con esa actitud, terminarás siendo como tu madre: otro maniquí costoso que solo sirve para exhibir ropa fina mientras su mente se pierde en sentimentalismos baratos.
Mariana dejó caer los cubiertos sobre la porcelana con un estrépito que hizo eco en el salón.
—Cuidado con tus palabras, Luis Miguel —advirtió Mariana con voz vibrante—. Te exijo respeto. No olvides que, según tú, fue con este «maniquí» con quien decidiste unir tu linaje y con este mismo maniquí con quien engendraste a la hija que hoy tienes frente a ti.
—Para mi desgracia —remató Luis Miguel sin inmutarse—. Porque si algo hay que reconocer en la vida, es que existen errores de cálculo que, una vez cometidos, no tienen vuelta atrás. Solo queda asumirlos con la valentía y la responsabilidad de quien carga con una condena de oro.
—En eso, querido, estamos totalmente de acuerdo; no te lo discuto —sentenció ella—. Hay errores tan fuertes, casi tan graves, que terminan convirtiéndose para una en un pecado que se paga a diario. Y mi penitencia es, precisamente, llevar a cuestas una relación con un hombre tan vacío… un auténtico batracio disfrazado de caballero.
Luis Miguel soltó una carcajada seca, un sonido metálico. Se reclinó en su silla con una calma venenosa.
—¿Batracio, Mariana? Qué falta de originalidad. Si soy un batracio, es porque tú me elegiste para decorar tu charca de ambiciones. Pero admitámoslo: te encanta el fango si este viene envasado en frascos de cristal y se paga con mis cuentas bancarias. Eres tú quien se aferra a este pantano con las uñas pintadas, temerosa de que, si me sueltas, te ahogues en la irrelevancia.
Mariana palideció, pero su respuesta salió cargada de un anhelo que pretendía ser un dardo mortal.
—Por supuesto que me arrepiento, Luis Miguel. Cada segundo a tu lado es un recordatorio de mi cobardía. ¡Qué distinto habría sido todo si le hubiera dado una oportunidad real a mi relación con aquel ser tan increíble! Si tan solo hubiera escuchado a mi corazón y me hubiera quedado con Alon…
¡BAM!
El golpe de las palmas de Juliana contra la mesa de madera noble resonó como un disparo. El cristal de las copas tintineó con violencia y los cubiertos saltaron sobre el mantel de lino. Juliana estaba de pie, con los hombros tensos y las mejillas encendidas.
—¡YA BASTA! —gritó Juliana, y su voz se quebró con una fuerza que aterró a sus padres por igual. El silencio que siguió fue sepulcral—. ¡Me tienen cansada! ¿Es que acaso no se dan cuenta de que estoy aquí presente? ¡Dejen sus discusiones para cuando quieran destruirse a solas, tras las puertas de su cuarto o en esa biblioteca que es tu refugio y ratonera siempre de lo mismo! Arreglen sus diferencias allá, pero no delante de mí. ¡Respétenme! ¿Este es el ejemplo que me están dando?
Mariana, con una mano en el pecho, susurró con voz trémula:
—Ay, hijita, por favor… por Dios, deja ya tus estallidos de cólera. Toma en cuenta que no es bueno. Además, no nos mires así. Es que mira… ¡la misma mirada de tu padre! La misma mirada de Luis Miguel. Eres exacta cuando te enojas; ¿por qué miras como él?
Luis Miguel observó a su hija con una fascinación oscura.
—Claro, hija… mira como quieras —respondió él con voz suave—. Por eso me siento tan orgulloso de ti. Porque veo en ti esa mirada que yo poseo.
—¡Que ya basta, por favor! —volvió a gritar Juliana—. Respeten este tiempo que según ustedes es tan sagrado. ¡Dejen comer en paz! ¿No podemos acaso disfrutar de un almuerzo tranquilos sin que ustedes estén como perros y gatos? Por favor, den el ejemplo. Creo que ya están lo suficientemente grandecitos como para andar en estas.
Juliana se sentó de golpe, respirando con dificultad. Tras unos segundos de una calma tensa, giró su rostro hacia su padre.
—Y por fin, papá… ¿cuál es esa segunda pregunta?
Luis Miguel la observó en silencio, asintiendo con una mezcla de sospecha y resignación.
—La segunda cosa: ¿al fin qué pasó con tu universidad y esa carrera de publicidad que tanto has soñado realizar? No te he visto asistir estos días.
—Ah, era eso. Claro, papá —responde Juliana con seguridad académica—. Estos días no hemos tenido clases presenciales porque la facultad está organizando talleres de investigación de campo y seminarios virtuales con expertos internacionales. Todo va marchando de manera impecable. De hecho, me sorprende que lo preguntes ahora, ¿acaso no has recibido los informes de mi desempeño? Hasta el momento soy de las mejores de la facultad. No tienes de qué preocuparte, padre; mi desempeño es lo único que no está en discusión en esta mesa.
Luis Miguel la observó en silencio, asintiendo con una mezcla de sospecha y resignación.
—Espero que así sea, Juliana —concluyó su padre, bajando la mirada hacia su plato—. Porque en esta familia, la excelencia no es un mérito, es una obligación. Y no toleraré que la libertad académica que te doy se convierta en una excusa para el descuido.
—No confundas mi libertad con descuido, papá —remató Juliana antes de llevarse la primera cucharada a los labios—. Sé exactamente dónde estoy y hacia dónde voy. Quizás, en este momento, mucho mejor que ustedes dos.
El comedor quedó sumergido en un silencio gélido, donde el único sonido era el eco de la plata contra la porcelana, recordándoles que, pese a estar juntos en la mesa, estaban a años luz de distancia.
LA DANZA DE LA CARTA
El ambiente en la biblioteca de la mansión es una amalgama de opulencia y decadencia. La coacción del denso humo del puro de Luis Miguel, cual guardaespaldas intimidante, obliga a los libros a limitarse a ser literatura informativa y ornamento. El aire pesa como el plomo; es una geografía de saber profanado donde el polvo nubla la razón y exhala un aliento de muerte.
Al llegar Tránsito y Custodia a las puertas, se topan con esta cueva de secretos oscuros. Tránsito aparta con la punta del pie una montaña de folios que crujen como huesos secos, mientras la carta de Gonzalo del Olmo, agazapada sobre el escritorio, vibra sutilmente con la corriente de aire de la puerta al abrirse.
—¡Válgame Dios, Custodia! Esto no es una biblioteca, es la fosa común de los libros —exclama Tránsito.
Custodia guarda silencio, pero su mente es un hervidero de acordes disonantes. La carta se desliza silenciosa desde la mesa, aterrizando sobre el empeine del zapato de Custodia sin que ella lo note. Recordando el estruendo previo al almuerzo, Custodia se pierde en su memoria.
«¿Qué fue ese estruendo, Custodia? ¡Pues los libros de la repisa de arriba, tonta!», se responde a sí misma en su fuero interno. «Ese silencio no es de muerto, es de los que están ocupados pecando. Se dijeron de todo para terminar haciéndose de todo sobre esa alfombra. Tan rico que se han de haber sentido, devorándose entre el polvo y las letras mientras yo afuera casi me quedo sin oreja contra la puerta».
—¿Pero qué te pasa a ti? —le espeta Tránsito, sacudiéndola. Con el movimiento, la carta salta del pie de Custodia y vuela como una mariposa herida hasta quedar atrapada entre las patas de una silla labrada. —¡Ayúdame con este mugrero que nos van a regañar si el patrón nos ve aquí paradas!
Custodia da un brinco, soltando una risotada y sacudiendo los hilos de su falda. Se agacha para limpiar y sus dedos rozan el papel bajo la silla; lo toma y empieza a jugar con él, pasándolo de mano en mano mientras gesticula. La carta comienza a viajar: de sus dedos a la falda, de la falda al borde de un estante.
—¡Ay, Tránsito! Estaba ensayando el paso de la «escoba poseída» por si el patrón entra y me saca a bailar —exclama. En un descuido, la carta se le resbala y planea hasta quedar oculta entre las páginas de un tomo abierto de la Divina Comedia. Tránsito se acerca y, al intentar cerrar el libro, la carta salta de nuevo, aterrizando en el pecho de su uniforme.
—Oye, ¿pero qué es este papel tan fino? —pregunta Custodia, arrebatándoselo del escote. Intenta deletrear las líneas, pero Tránsito, al empujar una enciclopedia pesada para abrir espacio, derriba un busto de mármol que golpeó el suelo con un estruendo seco, rompiendo la armonía del cuarto.
—¡Por los clavos de Cristo! —grita Custodia. Del susto, la carta vuela por los aires en un arco perfecto, aterrizando sobre una mesa auxiliar llena de ceniza. —¡Casi se me sale el corazón por la boca! ¿Me quieres matar, mujer? ¡Siento las tripas dándome vueltas!
—¡Cállate, asustadiza! —responde Tránsito, roja de risa. Recoge la carta de la mesa, usándola para abanicarse—. Si te pones así con un mueble que se cae, ¿cómo te pondrás cuando el patrón te grita? ¿Qué se habrá traído el señor para dejar este desastre antes del almuerzo? ¿Tú qué piensas?
Custodia le quita la carta de nuevo, pasándosela por las mejillas como si fuera una caricia, y responde con ojos encendidos:
—Ay, Tránsito, esto es de novela. Imagínate el deseo asaltándolos mientras los lomos de los libros y las historias de Dante se ponían colorados. ¡Hasta la marianela esa de la novela se volvía bonita con tal de que el señor Luis Miguel la hiciera suya sobre los anaqueles! Yo me los imagino aquí mismo, peleándose de palabra y luego entregándose de cuerpo, ¡qué rico!
Tránsito suspira profundamente, arrebatándole el papel a Custodia y apretándolo contra su vientre, perdiéndose en un sueño despierto mientras camina entre las sillas:
—Si yo fuera ella, sentiría que soy una fuente de miel derramándose solo para él. Imagínate que esas manos fuertes me recorrieran toditica, centímetro a centímetro, probando mi dulzura en cada rincón. ¡Y esos labios rojos como unas fresas maduras! Qué rico sería probarle la boca al señor Luis Miguel, mordisquear esa fruta prohibida hasta quedar mareada y borracha de él. Me dejaría hacer lo que él quisiera, Custodia, hasta que me deje sin fuerzas en el suelo.
La carta se le resbala de las manos y cae al suelo, quedando justo bajo los pies de Custodia. Esta la recoge con un movimiento fluido, usándola ahora para enfatizar su discurso erótico:
—¡Ay, mija! Pues yo no me quedo atrás. Yo quisiera que él me acorralara contra esos libros duros, que me arrancara el uniforme de un tirón, sin pedir permiso, y me agarrara ahí mismo con esa furia que tiene. Quisiera sentir todo su peso sobre mí, que me hiciera suya desde el último pelo de la cabeza hasta la punta de los dedos de mis pies, que me poseyera como un animal salvaje mientras me manda con ese bozarrón de barítono que me hace temblar hasta las ideas. ¡Que me deshaga toda, Tránsito, que no me deje ni respirar del puro placer!
Tránsito la mira, sudorosa por la fantasía, y asiente con un susurro mientras le quita la carta una vez más, haciéndola girar en el aire:
—¡Sí! Que nos recorra con esos labios rojos de pura pasión, que nos use como le dé la gana… ¡Tan rico, pero tan rico que sería! —Tránsito empieza a dar giros de felicidad, y la carta vuela de su mano a la de Custodia en una danza coordinada—. ¡Tan rico, mija!
Pero de pronto se detiene en seco. La carta cae al suelo, mezclándose con el polvo y la basura.
—Ay, no… ¡La señora Mariana! Si ella me llega a oler el pensamiento, no solo me corre de la casa. Me va a agarrar del moño hasta dejarme calva y me va a dar con la chancleta por donde más me duele. Me va a dejar el lomo como un mapa de puros correazos si se entera que ando antojada de su marido.
Custodia recoge la carta del suelo, sacudiéndole el polvo contra su falda con una envidia que no puede ocultar:
—Pues mira, Tránsito, que con todo y lo humillante que es ese hombre, tiene una suerte la señora Mariana que no se la acaba. ¿Tú has oído ese tono de barítono? Es un hombre demasiado atractivo, una belleza que duele verla. Pero ¿qué estamos diciendo? Si el patrón es un hombre de tanto mundo, de estudios… para él somos solo las que limpian. Él nunca se fijaría en nosotras. Por respeto a la señorita Juliana y a la señora Mariana, mejor ni pensar. Él es un gran señor y para él somos invisibles.
En ese instante, un suspiro de viento entra por la ventana y le arrebata la misiva de entre los dedos. La carta sale disparada por la ventana, jugueteando afuera por un segundo antes de que un remolino caprichoso la vuelva a meter con violencia. El papel vuela directo hacia las cortinas de terciopelo, trepando por la tela que se agita como un sudario.
—¡Mira, mira! —grita Tránsito, saltando hacia las cortinas—. ¡Esa carta parece que tiene el mismo demonio del señor adentro, que no se deja agarrar!
Al encenderse el abanico de techo, la carta se suelta y desciende como un avión, planeando con elegancia hasta aterrizar justo en el umbral de la puerta de salida de la biblioteca.
—¡Ahí está la condenada! —grita Tránsito.
De inmediato, Tránsito, moviéndose con el frenesí de Panchita la de Mi casa salvaje, comienza a dar vueltas con la escoba. Bailando un ritmo atropellado, barre que barre con destreza rústica. Con un movimiento certero de su danza, empuja la carta directamente al recogedor lleno de pelusas y trozos de papel viejo.
—¡Ya la tengo! ¡A la basura con los secretos! —exclama. Pero al dar un giro triunfal para celebrar, el borde de su falda golpea el recogedor y la misiva sale expulsada de nuevo, volando hacia el centro del cuarto, burlándose de ellas.
—¡Ay, mujer, qué torpe eres! ¡No sirves ni para recoger un papel! —ríe Custodia mientras la carta pasa rozándole la cara—. Mejor ya vámonos. Cambiando de tema, ¿tú crees que la nana Olivia ya se habrá levantado a almorzar o seguirá roncando?
—Seguro ya está en la cocina mandando a medio mundo —responde Tránsito mientras termina de pasar el trapo por la última mesa—. Ya acabamos, mija. Esto quedó como un espejo, a pesar de los antojos que nos dieron con el patrón y sus labios de fresa.
—Vámonos ya —concluye Custodia entre risotadas.
Ambas salen de la biblioteca, dejando todo reluciente. Al cerrar la puerta, el golpe de aire final empuja la carta, que había quedado olvidada sobre el suelo encerado. La misiva ejecuta un glissando final, serpenteando por el piso hasta hundirse profundamente bajo la pesada base de la librería principal. Allí murió la luz. El secreto quedó sepultado en el polvo, vibrando bajo el peso del roble, a salvo de los ojos que, por un milagro de terror, no lograron leer su condena.
AUN EN EL PASADO DE LUIS MIGUEL
Luis Miguel Valencia siente el frío punzante de la traición atravesándole los huesos como una corriente gélida e insoportable. En su mente, la armonía de su vida se quiebra en un intervalo de tritono, esa disonancia prohibida que anuncia el caos absoluto. Con manos trémulas, devuelve la carpeta roja a los visitantes; aquel documento, que debe ser la partitura de su gloria, se transforma en el réquiem de su patrimonio.
—¿Sucede algo, señor Valencia? Lo notamos visiblemente indispuesto —pregunta uno de los emisarios con una cortesía profesional pero distante—. Díganos, ¿en qué podemos asistirle? ¿Desea que contactemos a su médico personal o a algún familiar? Su semblante pierde toda vitalidad; parece usted haber visto un espectro.
Ambos hombres observan con asombro la palidez cadavérica de Luis Miguel. Tras varios intentos fallidos y gemidos ahogados por la angustia, logra articular palabra, aunque su voz suena como una cuerda de violín tensada al límite, a punto de reventar bajo una presión invisible.
—Según las bases de esta sociedad… no hallo cláusula alguna que mencione una inversión inicial de esta envergadura. Sin embargo, por sugerencia directa de su representación, entendí que mi participación requería un capital previo de… esta cuantía.
Les entrega entonces una segunda carpeta: una copia idéntica en apariencia, pero con una adenda fatal anexada entre sus folios. Ante los ojos de los auditores, las cifras reveladas danzan como sombras sobre un pentagrama corrupto. Cada número es un golpe de timbal anunciando su ruina económica.
—Señor Valencia… —comienza el hombre tras un hondo suspiro—. Estas no son las bases que nuestra firma formula. El documento que usted sostiene ha sido alterado. Alguien con una caligrafía técnica impecable ha suplantado nuestra voluntad original.
Luis Miguel se yergue, encendido por una chispa de indignación que apenas logra sostener su cuerpo.
—¿Cómo dice? ¡Ustedes mismos las tienen en sus manos! No pretendan ahora desconocer su propia documentación para tratarme como a un neófito. Respeten mi trayectoria. ¿Qué pretenden? ¿Es esto una colusión para despojarme de mis activos?
—Señor Valencia, le ruego que mantenga la ecuanimidad —replica el segundo hombre con una frialdad técnica—. Si le aseguro que estas no son nuestras bases, es porque carecen de nuestro sello de integridad. Mire con detenimiento: alguien orquesta un fraude quirúrgico. Han insertado una nota falsa en una sinfonía que creíamos perfecta.
Luis Miguel golpea la mesa de cristal, haciendo que los objetos salten en un estrépito seco que resuena en toda la biblioteca.
—¡Exijo una aclaración inmediata! ¿Quién mueve los hilos para que yo termine en este abismo? ¿Quién es el responsable?
—Me temo que es usted víctima de un desfalco interno sofisticado. Utilizan nuestra estructura legal para tenderle una celada en la que, lamentablemente, usted confía plenamente.
Luis Miguel siente que el mundo se desdibuja. Las palabras llegan a sus oídos con un eco distorsionado, como una melodía que se reproduce a la inversa. Su ingenuidad es su ruina.
—¿Entonces… insinúan que su apoderado, el señor Nicolás Mendoza Casavieja, orquesta este entramado para usurpar mi capital? ¿Me están diciendo que él es el autor de este ultraje?
Los visitantes intercambian una mirada gélida antes de retirarse.
—Esa es una interrogante que no nos compete resolver. Ya nuestra labor concluye aquí. Con permiso, señor Valencia.
Tras la salida de los hombres, el silencio de la biblioteca se vuelve una presión insoportable. Luis Miguel estalla en una metamorfosis violenta.
De un manotazo salvaje, barre los documentos que vuelan por el aire como hojas muertas.
—¡Maldito seas, Nicolás Mendoza Casavieja! —ruge hacia el vacío—. Hoy muere el Luis Miguel que conociste. Hoy nace tu verdugo. Te juro que te sacaré cada centavo de tus entrañas.
Se levanta con una frialdad nueva. Toma el auricular y marca con una precisión gélida el número de Alonso Riaño.
—¿Alonso? ¿Alonso Riaño? Habla Luis Miguel.
—¡Luis Miguel, amigo! ¿Cómo va todo? —la voz de Alonso suena jovial, ligera como una flauta traversa en un jardín de verano—. Supongo que estamos celebrando, ¿verdad? Porque yo ya tengo el champán en la mano por mi nuevo contrato.
Al otro lado de la línea, Alonso sostiene una paleta de dulce artesanal. La mueve con parsimonia dentro de su boca, disfrutando del almíbar con una calma inquietante.
—No hay nada que celebrar, Alonso. ¡Nada! Me han estafado. Todo el capital que invertí se ha esfumado bajo una firma falsa. ¡Millones, Alonso! ¡Millones de dólares!
—¿Millones? —Alonso hace una pausa, el sonido del dulce chocando contra sus molares llena el vacío por un segundo—. Luis, me dejas atónito. No me digas que… no me digas que pusiste en riesgo el flujo de caja de la constructora.
—Fue mucho peor que eso —responde Luis Miguel con la voz quebrada—. Utilicé los adelantos de los clientes… el dinero que nos confiaron para amueblar y diseñar sus negocios. Pensé que con el retorno de esta sociedad triplicaría el capital en semanas.
Ahora no tengo nada. Estoy en la ruina y con una deuda que me llevará a la cárcel.
—¡Pero Luis Miguel! ¿En qué estabas pensando? —exclama Alonso en un tono de reprensión teñido de una falsa lástima—. Eso es una negligencia absoluta. Has apostado el prestigio de tu apellido en una mesa de casino que ni siquiera conocías. Pero escucha… no cometas una estupidez ahora. Deja que las aguas se calmen.
—¿Que se calmen? ¡Escucha bien lo que te digo! —sentencia Luis Miguel, con una voz que destila veneno—. Mañana mismo, a primera hora, me dirigiré a las empresas de ese Mendoza Casavieja. No habrá reloj que me detenga ni secretario que me haga respetar turnos. A una rata inmunda, a un maldito ladrón de porquería como ese, no se le respeta absolutamente nada. ¡Mañana sabrán quién es Luis Miguel Valencia Rico!
—Luis, por Dios, recapacita. Vas a parecer un perdedor desesperado… —intenta intervenir Alonso.
—¡Cállate, Alonso! —lo interrumpe con un rugido—. Ya no van a tener que verse con el hombre visionario y soñador al que le arrebataron sus sueños como el dulce a un niño. Mañana se encontrarán con su propio verdugo, con su propia ruina y con el detonante de su supuesta felicidad. ¡He terminado contigo! Solo espero que tu lealtad sea tan dulce como ese caramelo que degustas, porque el sabor de mi nombre será la hiel más amarga que jamás hayas probado.
Luis Miguel cuelga violentamente. Camina hacia la salida y se detiene frente al jarrón de rosas blancas que adorna la recepción. Carmen, su secretaria, lo observa con una sonrisa que se desvanece al notar el aura sombría de su jefe.
—¿Qué es esto, Carmen? —pregunta Luis Miguel, señalando las flores con un asco infinito.
—Son… son las flores de esta mañana, señor —responde ella, confundida—. ¿Lo recuerda? Usted mismo las estaba acariciando cuando llegó, cargado de entusiasmo… comparándolas con la señora Mariana…
—¡Cállese! —ruge Luis Miguel, haciendo que la mujer dé un salto de pavor—. ¡No quiero volver a ver esta porquería aquí!
—Pero señor… recuerde que las traigo porque cada mañana ponemos flores nuevas. No dejamos que se envejezcan; es para darle vida al despacho, para darle aire y ambiente a este espacio…
Luis Miguel la interrumpe con un ademán brusco. Se acerca al jarrón, arrebata el ramo quebrando los tallos con una fuerza bruta y lo arroja sin contemplaciones al basurero metálico, donde el agua salpica como un rastro sucio en el suelo. El impacto suena como un acorde final en una tragedia de ópera.
—¿Vida? ¿Ambiente? —pregunta con una voz gélida—. ¿Acaso cree que esto es una floristería? ¿O un cementerio esperando un cadáver para ser adornado? ¡Esta es una oficina, Carmen! Una oficina en decadencia donde ahora solo se respira acero. No quiero volver a ver este tipo de cosas inservibles en mi presencia. ¡Es la última vez, ¿entiende?!
Carmen retrocede, temblando ante el terror de ver a un hombre que ya no reconoce. Luis Miguel se limpia las manos con su pañuelo de seda, como si el contacto con la naturaleza lo hubiera contaminado, y sale del edificio con un paso rígido. El Luis Miguel de los sueños ha muerto; lo que queda es un silencio absoluto, el prefacio de una tormenta que no dejará piedra sobre piedra.
OPINIONES Y COMENTARIOS