Pilio y el Tesoro de la Ciudad Esmeralda
La Ciudad de los Tintineos
La Ciudad Esmeralda era un lugar donde la magia se podía escuchar: los árboles no tenían hojas, sino diminutas gemas verdes que tintineaban con la brisa como miles de campanillas. El sol brillaba con el fulgor de una moneda de oro recién acuñada y las nubes, esponjosas y dulces, flotaban en el cielo como algodón de azúcar azul.

En el corazón de este reino, entre fuentes que lanzaban destellos de luz y flores que perfumaban el aire con vainilla y miel, vivía el Príncipe Pilio. Tenía ojos verdes como el musgo y una sonrisa que sonaba a cascabeles, pero Pilio vivía oculto. Se escondía tras las pesadas cortinas de seda de su habitación, observando el mundo desde las sombras.
El Secreto de Pilio
Pilio tenía una barriga redonda, firme y saltarina, como un tambor de seda. En su mente, los príncipes debían ser rectos y afilados como flechas. Él, en cambio, se sentía como un globo perdido en un mundo de líneas delgadas.
—Soy un príncipe barrigón —suspiraba, viendo cómo su reflejo empañaba el cristal—. Los globos no reinan, los globos solo flotan hasta perderse.
Pilio asomado a la ventana del castillo con expresión melancólica. En el jardín, se ve un destello dorado: es Luz corriendo feliz entre flores de colores.
El Encuentro con la Alegría
Un mediodía, mientras las flores de cristal se abrían para saludar al sol, algo atrapó su atención. Una niña llamada Luz, hija del jardinero, no caminaba simplemente por los senderos: ¡ella los transformaba en su pista de baile! Su largo cabello negro y azabache giraba como un remolino y su risa era tan contagiosa que las mariposas cambiaban de color al escucharla.»
Luz no era perfecta: tenía pecas que parecían estrellas salpicadas en su nariz y el cabello siempre alborotado por sus piruetas. Pero se veía tan libre que Pilio sintió, por primera vez, que su habitación era demasiado pequeña para él.

El Reflejo en el Agua
Un día, Pilio juntó valor y bajó al jardín. Sus botas crujieron sobre el césped real y Luz se detuvo en seco.
—¡Oh! ¿Vienes a regañarme por saltar sobre las flores del Rey? —preguntó ella con los ojos muy abiertos.
—No —respondió Pilio con voz suave—. Solo quería saber… ¿cómo puedes reír tanto?
Luz sonrió de oreja a oreja.
—¡Es que el viento me da abrazos y el lago me cuenta historias! ¿Quieres venir a nadar? El agua está tibia como un té de canela.
Pilio se puso rojo como un tomate maduro. El miedo a que ella viera su cuerpo lo paralizó. Sin decir una palabra, dio media vuelta y corrió de vuelta a su habitación.
Pilio y Luz frente a frente.
Él intenta ocultar su abdomen con las manos con timidez; ella lo mira con curiosidad y una sonrisa acogedora.

La Sabiduría de las Curvas
A pesar del susto, la curiosidad fue más fuerte. Cada atardecer, comenzó a encontrarse con Luz a la orilla del lago, bajo el Sauce de Cristal. Allí, compartieron secretos y cuentos de dragones y estrellas. Una tarde, Pilio confesó su gran pena:
—Me da vergüenza, Luz. Los príncipes deben ser elegantes, y mi barriga es grande. Siento que no soy un príncipe de verdad.
Luz lo miró con una ternura infinita y le tomó las manos:
—Pilio, mira a tu alrededor. Las montañas más hermosas tienen curvas, los planetas son redondos y los tesoros más grandes siempre se guardan en cofres fuertes. Tu barriga no es un defecto; es el lugar donde guardas toda la bondad que tienes para dar. Aceptarte es la llave que encenderá tu propia luz.

Bajo un Sauce de Cristal, Luz toma las manos de Pilio. Hay luces mágicas flotando sobre el agua del lago.
El Baile del Amor Propio
Aquellas palabras fueron como una llave mágica. El príncipe comenzó a salir, a correr por los campos y a disfrutar de la vida sin esconderse. Con el tiempo, aquella amistad se transformó en el amor más puro. Al cumplir la mayoría de edad, bajo una lluvia de pétalos brillantes, Pilio se arrodilló ante ella.
—Luz, me enseñaste a amarme cuando yo no sabía cómo. ¿Quieres ser mi esposa y que sigamos bailando para siempre?
Se casaron en una fiesta donde todos, altos, bajitos, redondos y delgados, celebraron la alegría de ser únicos. Pilio aprendió que la belleza no se mide con una regla, sino por la luz que llevamos dentro.

Pilio y Luz caminan de la mano hacia un castillo iluminado. Un arcoíris doble corona el cielo de la Ciudad Esmeralda.
Fin.
Naiz Francia Jiménez D’arthenay
Preguntas para reflexionar en familia
¿Por qué Pilio se sentía triste al principio?
Luz dice que las montañas y los planetas son redondos. ¿Qué otras cosas hermosas de la naturaleza tienen curvas o formas diferentes.
¿Qué «tesoros» crees que guardas tú en tu interior, más allá de cómo te ves por fuera?
Si pudieras darle un consejo a Pilio cuando estaba escondido tras las cortinas, ¿qué le dirías?
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