El Clásico

El Clásico

Emery

01/01/2025

Hoy no salió el sol, pero quemaba como si ahí estuviera; se sentía un bochorno horrible que nadie entendía pero que todos detestamos, sobre todo en las cocinas.

Como en la que trabajaba, y que se encontraba en un restaurante de carretera, en la Panamericana Norte como saliendo de Lima, o tal vez entrando, pero tampoco demasiado cerca, por Ancón más o menos. Era una parada habitual para buses, de uno o dos pisos, con tantas personas que en las horas de almuerzo llegaban dos o tres repletos de gente muerta de hambre; una cevichería llamada «El Clásico».

La cevichería era bastante grande. Al entrar había un espacio abierto donde todo eran mesas para los comensales, y a pesar de ser tan grande llegaba al aforo máximo siempre, el cual no respetábamos, sacando sillas o mesas de donde fuese cuando hiciese falta, algunas hasta más antiguas que yo, pero funcionales al fin y al cabo.

En estos momentos de tanto desenfreno era cuando mi jefe, apodado «Clásico», un provinciano alto y robusto, con los cachetes rojos siempre —a veces por el enojo y otras tantas veces por la cerveza—, se ponía especialmente insoportable.

—Ahuevao —, —Idiota —, —Cabro de mierda — eran los insultos que más repetía, siempre acompañados de otro más original, listos para acompañar a su vez un reclamo absolutamente absurdo si entrañabas un poco dentro de él.

Ya me habían comentado de eso, por eso éramos solo él y yo en ese amplio local; ninguno de sus empleados le duraba mucho tiempo, llegar al mes era un récord, luego desaparecían sin decir ni avisar nada. Nadie normal soportaría sus quejas sin sentido, sus reproches llenos de tanto odio. Siempre me pregunté a mí mismo: ¿de dónde sacará tanto?

Ya llevaba dos semanas trabajando para él; habían sido bastante agotadoras, sobre todo mentalmente, pero a las cinco de la tarde, cuando me pagaba el día diciéndome “Toma, ahuevao”, dejarme insultar no me pareció demasiado sacrificio ya que la paga era buena, y diaria… Creo que llega un punto en el que te acostumbras.

Además, luego de que pasara toda la euforia y el caos del local para quedarse en un silencio tan profundo provocado por el bullicio anterior, Clásico se sentaba detrás del restaurante encima de cajas de cerveza sacadas de unas torres interminables de esta que, por supuesto, vendía y consumía. Acomodaba algunas como en una rotonda y posaba una tina grande y negra en medio para los hielos. Empezaba a destapar chelas y chelas en su soledad y también en compañía, cuando llegaban amigos suyos igual de borrachos; claro que les cobraba cada chela, al menos después de la primera, pero hasta a mí me parece justo eso.

A veces me unía a la conversación, tomaba un poco también. Clásico decía siempre: —Ya tienes dieciocho, huevón; yo chupaba desde los catorce —, con el pecho inflado de orgullo, y así, a veces le contaba mis cosas y él no decía nada más que algunos comentarios graciosos o sencillos, vacíos… pero me sentía escuchado.

Nada de esto importaba porque siempre llegaba el día siguiente y él estaba con la misma actitud roñosa y furiosa de cada día, pero bueno, no me quedaba más que aceptarlo.

Ya en mi tercera semana fue que pasó; faltaba una hora para que dieran la una, momento en el cual se llenaba a rebosar el local.

Entonces, entró esta chica al restaurante; afuera hacía un sol tremendo y apenas podía distinguir su silueta entrando con paso seguro. Era alta, casi tan alta como Clásico, y tenía un paraguas de color morado tan grande que hasta golpeó el marco de la puerta al entrar. Mientras más avanzaba pude verla mejor: su piel muy pálida y sus mechones pintados de un rubio también muy pálido, unos ojos de un dorado cansado, clavados en su celular. Tenía ropa casual, como si acabara de salir de casa; una casa seguramente en medio de la nada, como este restaurante.

La podía ver desde la ventana de la cocina que daba a las mesas. Pasó directamente a la cocina sin decir nada; Clásico la vio y la saludó con un «Hola» tan sereno y despreocupado que me asustó un poco.

Se le acercó, muy cerca, como para que solo la escuchara él, pero yo tenía la oreja tan atenta que, incluso estando en la otra esquina de la cocina pelando camote, pude oírlo:

—¿Me sirves? —le dijo. Clásico solo asintió con la cabeza, ella agarró una silla y la puso al lado del lavadero, que estaba más o menos cerca de mí.

Así que pude verla un poco discretamente. Se veía joven, como de mi edad, quizá un poco mayor, no creo que menor; como de unos veinte años, y exagerando.

«¿Será la hija de Clásico?», pensé, aunque no se parecían mucho; a excepción del tamaño y algunas cositas, como gestos de la cara, tenían algo en común, algo que de alguna forma los unía.

Le sirvió bastante rápido. Jugó con la comida un buen rato pero finalmente la terminó, mientras veía perdida su celular, que estoy seguro no veía en realidad.

No hablaron, nada de nada. Clásico tampoco me reprochó por absolutamente nada, aunque haya tardado en pelar el camote por chismear en silencio.

Al final se puso de pie, lavó ella misma su plato y dijo con una cara amable:

—Ya me voy, gracias.

—Cuídate —respondió Clásico.

Se despidieron de beso en la mejilla y se fue. El resto del día Clásico estuvo un poco más tranquilo que de costumbre; estuve agradecido por eso pero a la vez intrigado y, por qué no, un poco preocupado.

Esperé a que llegara el momento de las cervezas, y cuando lo hizo también aparecieron varios de sus amigos; nada raro, venían casi todos los días.

Igual de viejos que él, también provincianos y bastante lisurientos, eran como otras versiones de Clásico más bajas, más robustas, o menos.

Sin pelos en la lengua, luego de una cerveza y un par de malos chistes, le pregunté:

—¿Te llevas mal con tu hija?

—No realmente… —respondió confundido—. ¿Por qué? ¿La conoces, ahuevao?

—¿Acaso no vino hoy?

Se echó a reír, aunque un poco sin ganas, y todo el círculo de viejos borrachos parecía intrigado.

—Ella no es mi hija, huevonazo.

—¿Entonces?

—¿Está hablando de tu exjeva? —preguntó un viejo bajito.

Clásico asintió con la cabeza y todos empezaron a reír. Uno preguntó:

—¿Qué quiere esa puta ahora?

Clásico refunfuñó:

—No sé, causa, solo vino a comer, ojalá no me joda ya.

—Sí, huevón, esa se cree pendeja —dijo un viejo gordo.

—Eres la cagada, Clásico —dijo otro viejo gordo, pero menos gordo.

Mientras ellos hablaban yo seguía desconcertado. ¿Quizá se veía más joven de lo que es? Podría tener veinticinco, aunque sería tan raro igual… Clásico tenía cuarenta y nueve.

No volví a sacar el tema; reaccionó bien la primera vez pero no quería arriesgar mi trabajo.

Así pasaron los días. Mi intriga fue cesando lentamente, aunque se podría decir que nunca dejé de pensar en ello, sobre todo en mis viajes en bicicleta desde el restaurante a mi casa, ya que eran unos ocho kilómetros más o menos, lo suficiente para llegar al punto de volver a pensar en ella.

No sé qué pensaba de ella, solo lo hacía, y no sé por qué.

Pensaba en su alma, su personalidad, en cómo habrá sido su infancia —si es que tuvo una— o en cómo terminó saliendo con alguien como Clásico… Eso era lo que más me perturbaba e intrigaba, creo yo.

Podía ver sus ojos mientras la pensaba, ver su pelo débil o inventarme detalles de su piel, e incluso, en medio de la carretera vacía y ya volviéndose oscura, sentía que podía verla de espaldas, caminando recto. Sacudí mi cabeza para ver mejor y seguía ahí; entonces la sacudí de nuevo, más fuerte esta vez, y cuando abrí los ojos estaba ahí, quieta, viéndome y esperándome a lo lejos, con el mismo paraguas morado de aquella vez en el restaurante. Instantáneamente caí hacia adelante como si alguien me hubiese tumbado telepáticamente con mucho odio, pero ese alguien fueron mis nervios sin motivo y una piedra en medio de mi camino. Ella corrió hacia mí; estaba casi a un kilómetro de distancia pero llegó demasiado rápido, como en un minuto y sin una gota de sudor.

Para cuando llegó, ya me había levantado y arreglado un poco.

—¿Estás bien, no? —dijo como regañándome.

Asentí con la cabeza. Entonces se quedó totalmente en silencio viéndome fijamente, hipnotizada, tan fijamente que sentí que tenía algo en la cara.

Era sangre, que corría de mi frente pasando por mi ojo y curveando en mi nariz.

Me tocó la sien como tomándome la temperatura; la noté rara, pero me distrajeron sus yemas tan suaves y delicadas recorrer mi frente, rozando mi herida de forma curativa. Hasta cerré los ojos un momento.

—Te lo curaré en mi casa, ¿te parece?

—No tengo mucho tiempo —dije mientras empezaba a caminar. Me siguió el paso.

—Pero vivo hacia allí también —señaló la dirección hacia la que caminábamos—, y tú estabas yendo hacia esa dirección, ¿no? ¿Cuánto te falta?

—Como una hora más en bici.

—Mi casa está a quince minutos caminando.

Solo miré al suelo. Ella, por algún motivo, lo tomó como un sí, entonces nos pusimos en marcha.

Los primeros minutos nadie dijo nada; yo estaba totalmente desconcertado a la vez que perdido en mis pensamientos. Pensaba en ella, en lo cerca que estaba, en que sus ojos dorados estaban más dorados que la última vez y en que su piel pálida parecía ser un faro en medio de una pesada oscuridad, la cual ya estaba próxima; eran casi las siete.

Sus uñas largas como de mentira —pero no iba a preguntárselo, eran lindas de todas formas—, afiladas y de un grosor extrañamente notorio que le daba su propio encanto.

—¿Te gusta la noche o el día? —me preguntó, rompiendo el hielo.

—Definitivamente la noche.

—Yo también, detesto el día, detesto el sol.

—Y yo trabajar.

—Oh, yo nunca trabajé…

Me quedé en silencio, no sé el motivo… Aunque luego tomé valor y pregunté:

—¿Por qué?

—¿A ti te gusta trabajar? —me preguntó mientras se detuvo intempestivamente.

—No, pero no queda de otra.

—¿Ah, no?

—No, obviamente no.

Tal vez parecía un poco enojado en mis palabras y creo que por eso se quedó callada, y seguimos caminando.

Estaba serio, pero eran los nervios; no soy alguien que sepa cómo conversar con mujeres, además era mayor que yo, tal vez si fuese de mi edad no me sentiría tan… fuera de lugar.

Ya el sol se había ocultado y la carretera estaba oscura. Estaba más que acostumbrado, ya que era mi ruta diaria para regresar a casa, y sabía lo oscura que podía ser; se podían ver las casas, regadas a lo lejos y muy separadas una de cada una. Imaginé que alguna de esas sería la casa de… ella.

—¿Cómo te llamas? —pregunté luego de nuestro pequeño descanso.

—Jazmín, pensé que ya lo sabías.

—¿Por qué lo sabría?

—Pues trabajas con Clásico.

—Sí, pero no hemos hablado de ti —dije.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Seguro? —dijo por segunda vez, acercando ligeramente sus ojos a los míos, como viendo a través de mí.

Parecía interesarle más eso que el ser cortés y preguntar mi nombre también. Tragué saliva y le dije:

—Sí, en realidad sí, pero solo un poco.

—¿Qué hablaron?

—En realidad nada, solo sé lo que eres de él.

—¿And qué soy? —dijo tragándose lo que parecía desesperación.

—¿Por qué me preguntas como si no lo supieras?

En medio de mis palabras pasó un auto a nuestro lado, bastante apurado; no lo esperábamos, así que nos exaltamos un poco.

Ella se rio porque me asusté, entonces siguió la conversación:

—Está bien, no te haré decirlo. Hace casi un año que ya no estamos juntos.

—¿Qué le viste? ¿Lo conoces siquiera?

—Sé a lo que te refieres, sé cómo es, pero él me cuida; aún lo hace aunque ya no estemos. Él me alimenta, aunque se arriesgue al hacerlo… es raro de explicar.

—Entiendo… Sí, es raro. Admito que cuando lo supe fue extraño. ¿Por qué alguien tan joven estaría con alguien de espíritu tan viejo y arrugado como es el de Clásico?

Pude oír su risa, delgada y tranquila, pero bastante real; era como el reír de unos pájaros cotilleando.

—¿Quién dice que soy tan joven? —dijo con una sonrisa maliciosa.

—¿No lo eres acaso?

Volvió a reír:

—Sí, tengo dieciséis.

Disimulé mi sorpresa, no muy bien; quedé inmóvil aunque mis piernas seguían caminando. Pensaba en qué decir hasta que ella habló primero:

—¿Y tú?

—Dieciocho.

—Oh, estamos por ahí. Bueno, ahora sabemos nuestra edad y nuestros nombres, aunque no sé el tuyo, pero ya podrás decírmelo en algún momento. Ya llegamos.

Seguíamos en la carretera, pero se distinguía levemente una casa en medio del descampado oscuro; no sé ni cómo pude verla.

Caminamos hasta allí sin decir nada. Podía sentir más y más gotas de sangre deslizándose sobre mi frente, pasando por mi pecho y pereciendo en mi abdomen; en realidad nunca paró. Me ponía incluso mareado de tanto tiempo que había perdurado el sangrado.

Cuando llegamos, pude medio ver la casa una vez parados enfrente de ella; era como una clásica cabaña. Tenía un par de escalones a la entrada que llevaban directamente a la puerta.

Me ayudó a subir las escaleras al percatarse de mi mareo. Abrió la puerta sin usar llave y corrió ligeramente para encender una lámpara amarilla que estaba en medio de la sala.

Al prenderse la luz, me di cuenta de que desde la entrada se podía ver todo el interior de la casa; había algunas paredes con marcos de puerta separando las habitaciones, pero sin puertas. Era una casa vacía, completamente vacía.

Vi lo poco que tenía: un colchón que se podía ver dentro de una de las habitaciones a través del marco de la puerta. En la sala, nada más que una alfombra grande en medio; tenía un diseño de mandala con muchos tipos de morado y negro, una televisión algo anticuada con un reproductor de CD encima y con una caja llena de películas pirata debajo, y al lado diferentes modelos de paraguas y sombreros de ala ancha.

—Linda casa —dije tratando de ser amable.

—Mentiroso… Recuéstate aquí —me ordenó, dándole golpecitos a su alfombra mientras estaba sentada sobre ella.

Me recosté. La vi yendo a la habitación con la cama, de la cual trajo un botiquín y empezó el trabajo.

Me dio un pequeño espejo medio roto y pude ver que tenía una abertura bastante grande en la frente, aunque no era equivalente al dolor que sentía, casi nulo.

Se lo devolví y dejé que limpiara mi herida, en silencio, mientras me miraba fijamente a los ojos. Entonces, sin parar de hacerlo, pasó la aguja con el hilo, lamiéndose los labios cada que lo hacía.

—¿Te duele? —me preguntó sin dejar de verme.

—No, está bien —dije ocultando de manera profesional mi dolor.

—Ah, ¿eres muy macho, no? —dijo burlándose en voz baja—. Tú relájate, debes estar muy tenso. ¿Trabajar ahí no es fácil, verdad?

—No…

—Bueno, yo creo que te mereces un descanso… tus ojos parecen cansados, lo piden a gritos.

—¿Tú crees?

—Sí, deberías preocuparte más por ti.

Y entonces, preso de la calidez de sus manos, de sus palabras y, sobre todo, de la profunda inmensidad de sus ojos, caí lentamente ante el cansancio y mis ojos luchaban por mantenerse abiertos. Ella observaba mi lucha interna sonriendo con ternura; vi cómo acercaba lenta pero furiosamente sus labios, derramando saliva que recién pude distinguir al tenerla cerca de mi cuello, babeando gota tras gota. Entonces pude sentir dos punzones, no muy dolorosos, pero desvanecedores, porque noté cómo lentamente perdía fuerzas, vitalidad; me hacía más y más flaco, pero no grité, mucho menos me desesperé. Por fuera y por dentro me sentía tranquilo y en paz. Yo creo que eso era exactamente lo que necesitaba

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