Autor: Salvador Alejandro Ochoa López
CAPÍTULO I. NOCHE DE VELADORAS
*Todos los nombres que aquí aparecen, a excepción del mío, son diferentes a los reales, a fin, por respeto, de mantener el anonimato.
En las entrañas de la ciudad de Colima, sobre la calle Ignacio Zaragoza, se extiende un conjunto de viviendas antiguas que conservan su vejez cuales fuesen reliquias de hace incontables años. Por varias personas, es bien sabido, que el domicilio marcado con el número 33 manifiesta desde tiempos remotos una notable actividad paranormal a cualquier hora del día, particularmente durante la noche, según, quienes han sido muy osados a quedarse en su interior.
Existe, por ejemplo, un fragmento de la leyenda urbana relatada por el historiador Francisco Ánzar Ruiz. Él cuenta que, por los años sesenta, un grupo de niños en medio de sus juegos y travesuras arrojaron una piedra de tamaño considerable (piedra de río) al interior de aquella casa. Minutos después, mientras los niños seguían jugando en su corredera de un lado a otro, un vehículo transitó a baja velocidad por Zaragoza, sin embargo, súbito, su conductor quien segundos antes iba apacible, presenció atónito una respuesta proveniente de la morada: la piedra (la misma arrojada por los niños) salió despedida con fuerte violencia desde el interior de la vivienda, impactando contra el automóvil, estrellando uno de sus cristales.
Los infantes, muy asustados, corrieron a sus casas.
Enfurecido por semejante acto, el conductor descendió del vehículo y se dirigió hacia la residencia. Golpeó el portón de madera con enrabiada insistencia, para reclamar al propietario y exigirle el pago de la reparación; consumido por la ira, pretendía resolver mediante violencia física o verbal aquella trastada inexplicable. Alguien debía reparar el daño ocasionado a su carro.
Algunos vecinos quienes escucharon el cristalazo, al presenciar la cólera del afectado, consideraron oportuno acercarse. Contrariados por la versión escuchada del iracundo ciudadano, le explicaron era imposible alguien haya aventado una piedra desde el interior, la casa llevaba décadas deshabitada, el suceso era inverosímil. En algún momento el conductor fue tachado de neurótico. Le atribuyeron la responsabilidad a los chavitos, empero, el Don del bólido se encontraba seguro y convencido de haber visto esa piedra salir con fuerza de la residencia.
Todo fue muy raro, una sensación de miedo descendió como neblina en aquel lugar de los acontecimientos. Sin explicación alguna y rendido ante lo incomprensible, mirando el daño evidente en el cristal, el hombre regresó frustrado a su vehículo y terminó perdiéndose por el horizonte citadino de la calle Zaragoza.
Durante muchos años han circulado innumerables historias sobre aquella vivienda maldita, vestigio de un Colima antiguo y quizá de una edificación construida hace más de dos siglos. Hay quienes aseguran haber visto, al asomarse con curiosidad por su enorme ventana —cuya abertura se extiende casi hasta la banqueta—, un espectro negro caminando a lo lejos por la casona, cruzando habitaciones hasta desaparecer en el patio, como si penara eternamente por su muerte sin encontrar descanso.
Otros afirman que quienes han asistido a recorridos durante el día han conseguido grabar psicofonías de niños que parecen correr por el patio central y alrededor de su fuente. Incluso existe una pelota de gran tamaño colocada deliberadamente en el lugar para intentar constatar esta supuesta actividad paranormal. Algunos visitantes aseguran haber presenciado movimientos inexplicables del objeto y, aterrados ante la escena, han salido despavoridos de la casa.
Entre aquel tumulto de relatos sobre fantasmas, decidí asistir al tour del inmueble, promocionado mediante redes sociales durante octubre de 2024. Para mantener en el anonimato al dueño de la casa, Héctor (no es su verdadero nombre) nos citó cordialmente el día 12 de ese mes, a las once de la noche, en el domicilio, con el propósito de presenciar la actividad fantasmal que, según numerosos testimonios, reside allí.
En lo personal siempre he creído en los sucesos paranormales e incluso he presenciado algunos. Sin embargo, intentar acercarme a ellos mediante cierto análisis escéptico también despierta una curiosidad que enarbola una actitud casi toral en mi vida.
Mejor que nadie me lo cuente: yo voy.
Y, como el apóstol Tomás:
—Hasta no ver, no creer.
Nunca dudé por completo de aquellas relatorías ni de los comentarios que algunas personas me habían compartido una semana antes. No obstante, mi modus operandi para conocer y explorar me obligaba a investigar por cuenta propia. Hasta este punto, antes de internarme por unas horas en aquella casa, las vivencias paranormales que experimenté años previos, no pasaban de escuchar ruidos, mirar cómo caen vasos, o incluso percibir como si alguien me viera.
Alrededor de las once y media de la noche llegué a la casona, por cierto, tarde al recorrido. Dejé mi automóvil en el estacionamiento Constitución, que para entonces estaba prácticamente desértico, salvo por unos cuantos vehículos distribuidos en los primeros pisos, iluminados por una tenue luz fría proveniente de lámparas LED instaladas sobre estructuras metálicas.
Decidí conducir hasta el último nivel, al quinto. Quería sumergirme gradualmente en la oscuridad de aquella noche, fundirme poco a poco con mis temores.
Dios hizo los miedos para vencerse.
El quinto piso estaba solo, negro, denso y fresco como una funeraria. En aquellos momentos, el único ciudadano allí, en medio del piso más alto, era yo, debajo de un cielo nublado me encontrase dispuesto a utilizar el elevador. Desde aquella altura podía distinguirse perfectamente la cruz azul luminosa del Beaterio (uno de los templos más antiguos en Colima).
La catedral quedaba a mis espaldas.
Descendí hasta la planta baja. Las aceras estaban tan solitarias como una biblioteca durante la pandemia. Crucé la calle hacia unas casas situadas frente al estacionamiento, precisamente donde se realizaría aquella reunión de naturaleza casi espiritista.
Saludé a varias personas que aprecio mucho, quienes tampoco tenían demasiado tiempo de haber llegado. El contexto podía describirse, en términos netos, de la siguiente manera: un portón carcomido por termitas, crujiente y con apariencia a punto de desplomarse por su antigüedad; una cancelería negra con óxido en las bisagras de rechinido característico, empotrada dentro de un arco con arquitectura c post independencia (1820 quizá) abrazado por concreto y adobe, materiales de incalculables siglos, pintado de amarillo, aunque empalidecido por el tiempo.
Como punto adicional, hace tiempo (en 2019), una reikista me compartió un consejo de utilidad trascendente:
—Cuando llegues a la casa, pide permiso para preguntar sobre su historia. Los espíritus que penan son muy celosos de eso.
Al llegar a tal vivienda, dejando el recuerdo y reincorporándome a la realidad, hice exactamente lo recomendado. Me incliné ligeramente y, en silencio, solicité permiso a las ánimas para entrar, observar e investigar.
Apenas terminé de pronunciar aquellas palabras dentro de mi cabeza cuando —esto es real, lectores— percibí una pesadez en la cabeza y los hombros que se manifestó en cuestión de segundos.
Todo estaba oscuro. Únicamente las siluetas de los edificios vistos desde abajo, en el patio central, se notaban oscuros a causa de la concentración de las luces urbanas, las cuales, a su vez… se reflejaban en los arcos de las habitaciones, vecinas por cierto de las columnas antiguas alrededor de la explanada. Se distinguían los muros amarillos, algunos remates azulados y filos blancos.
En medio del patio se encontraba una fuente hecha con roca de cantera, sin función alguna, revestida con azulejo antiguo y asediada por maleza de varios centímetros de altura que cubría buena parte de la explanada.
Para mi sorpresa, al fondo, hacia la izquierda y debajo de un pequeño árbol de papayo, permanecía abandonada una pelota grande: intuí sería la misma que, según numerosos testimonios, se mueve a cualquier hora como consecuencia de las jugarretas de supuestas ánimas infantiles.
En distintos puntos del suelo, en plena oscuridad, una tenue luminiscencia provenía de veladoras distribuidas por las habitaciones, los patios y la entrada de la casona.
Gradualmente sentí un viento fresco sobre los brazos. Pero no lo percibí como un viento común, semejante al aire agradable de noviembre; había en él algo extraño. El soplo frío de la noche no generaba una sensación placentera sobre la piel. Era un aire seco, triste, dolorido; similar a esa vigilia en la que la brisa nocturna parece transportar un presagio de peligro.
Sentí durante buena parte del recorrido que estábamos rodeados por «alguien» o por «seres de otra dimensión»: imperceptibles, pero vigilantes.
Nuestros pasos eran pisadas amortiguadas dentro de un enorme vacío.
Las llamas de las veladoras temblaban, amenazando con extinguirse. Algunas parecían apagarse y, de pronto, recuperaban nuevamente su brillo. Supuse, restándole importancia, era el aire de noviembre.
Las llamas de las veladoras jugaban con la noche.
—¿Ven la veladora? —nos dijo Héctor antes de ingresar a la primera habitación.
Todos miramos hacia la derecha, donde se encontraba la vela de la entrada.
—Se quiere apagar y se vuelve a prender. Así ha estado todo el rato.
—Puede que alguien nos esté observando —con burla, comentó uno de los asistentes, Luis, cuyo apellido ignoro.
Las risas no se hicieron esperar. Probablemente los nervios fueron los verdaderos responsables de aquella mofa.
—Así se comportan las llamas —continuó Héctor—. Eso nos dijo una vez un especialista en parapsicología. Según el cuate, las velas como que “bailan” porque hay presencia de fantasmas y funcionan como una especie de vía para la luz.
—¿Y esta sala? —preguntó Alondra.
Dimos un giro rápido hacia la izquierda y entramos a un cuarto completamente lóbrego, apenas iluminado por los haces de luz del estacionamiento Constitución que atravesaban los ventanales.
Un ropero antiquísimo, de manijas oxidadas, permanecía cubierto por una gruesa capa de polvo y guano de murciélago. Olía a excremento seco, de ratón. Estoy seguro de que aquellas partículas se mezclaban con el guano, la madera vieja y el polvo suspendido en el aire. A contraluz, una leve polvareda flotaba en el ambiente como evidencia de la contaminación existente.
Pregunté al guía:
—¿En este lugar fue donde salió disparada la piedra que golpeó el carro de aquel señor, según la leyenda?
—Sí. De aquí. Fue por esa ventana que está a la izquierda.
Era una ventana desvencijada, de postigos semejantes a pequeños portones, prácticamente caída y desmembrada.
La miré a la distancia como quien contempla una reliquia.
No quise tocar absolutamente nada.
—No vaya a ser que te lleves algo —me advirtió Dinora.
Ella se había mostrado analítica desde el inicio y hablaba con conocimiento de causa debido a su interés por el esoterismo.
Quién lo diría: estábamos frente al supuesto lugar histórico de aquella actividad poltergeist, de donde se habría lanzado la piedra contra un automóvil durante los años sesenta, episodio posteriormente relatado por Francisco Ánzar Ruiz.
—O sea, ¿de este preciso lugar salió la piedra? —pregunté otra vez.
—Todo indica que sí —respondió Héctor.
—¿A alguien más ya le pasó algo así? Digo, aparte del señor —preguntó Alondra—. ¿Ha habido otros testimonios de personas agredidas?¿Ha habido otros testimonios de personas agredidas?
—Han dicho que, cuando algunas personas se asomaron por la ventana vieron una sombra negra caminando hasta el fondo —aportó Héctor.
—Sí, pero me refiero a si alguien ha sido atacado dentro de esta casa por los probables fantasmas.
—Sí. Ahorita vamos a pasar a una sala donde ocurrió algo.
La interrogante de Alondra dejó al grupo pensativo.
La respuesta de Héctor agregó otra dimensión de índole circunstancial al recorrido.
¿Significaba aquello, que las presencias residentes podían comportarse de manera violenta debido a muertes trágicas ocurridas en el sitio?
Mi dolor de cabeza se había intensificado y comenzaba a sentir un mareo persistente.
Introduje la mano debajo de la camisa y sostuve los símbolos que llevaba conmigo: una medalla de San Benito y un crucifijo que me trajeron desde Jerusalén, en 2023. En fin, uno debe creer en algo divino para generar soporte en el procesamiento cognitivo.
Honestamente, tuve miedo.
Héctor dirigió nuestra atención hacia otra veladora. Su llama fluctuaba como si estuviera a punto de extinguirse y comentó que aquella sala acostumbraba sentirse particularmente fría.
Apenas había terminado de hablar cuando una corriente de aire atravesó el cuarto.
Todos comenzamos a inquietarnos. A la par, mis zapatos, para colmo, se mojaron en un charco mezclado con guano. Ya eran viejos, decidí que al terminar el recorrido los arrojaría a la basura.
Un charco suficientemente grande en medio de una habitación ¿hay goteras?
No lo sé.
Pero allí estaba.
Había también cucarachas muertas en distintas partes de la casa.
El recorrido finalizaba a las siete de la mañana.
¿Seis horas dentro de una casa «embrujada»?
Qué más daba. Probaría mi fortaleza hasta donde me fuera posible, pero quería comprobar la veracidad de la leyenda.
—En esta habitación, como pueden ver, hay una bañera —explicó Héctor—. Aquí se dice que asesinaron a una sirvienta. Según los relatos, la sangre salpicó por todos lados. Fue un crimen pasional según eso.
Encontrarme frente a una supuesta escena de crimen, probablemente ocurrida durante las primeras décadas del siglo XX (1910, 1920, 1930 0 1940), resultaba inquietante.
¿Qué demonios había sucedido allí?
No lo sabíamos.
Tragué saliva varias veces mientras observaba el retrete a mi derecha y la bañera a mi izquierda como escenarios potenciales de apariciones infernales. Los azulejos turquesa estaban manchados por hongos y el suelo de cemento pulido permanecía húmedo en distintos puntos, mezclado con guano.
Olía horrible. Olía a drenaje. Era excremento en varios recovecos.
Había cucarachas adheridas a los muros.
—Abrojos —dijo Luis.
—Cuando hay abrojos es sinónimo de entidades de bajo astral —comentó Dinora —¿Quieres tomar fotos, Chava?
—Pocas solamente. No quiero llevarme nada.
—Luego las borras.
Recuerdo haber suspirado bastante.
—Todos aquí tenemos miedo —acotó Luis.
—Yo vine hace varios años, se realizó otro recorrido, pero no nos quedamos tanto tiempo —aseguró Dinora.
—Hicieron bien. Estar expuesto aquí ya me está provocando dolor de cabeza —dije mientras me frotaba la frente, las sienes y la nuca.
Me dolía particularmente la parte posterior del cuello.
Tan pronto ingresé a la habitación contigua, que al parecer había sido un dormitorio, Luis, quien llevaba ligeramente la delantera, expuso:
—Como que aquí es donde se siente más raro.
Yo seguía sintiendo presión en la cabeza. Además, una sensación semejante a los acúfenos —la percepción de un sonido sin una fuente física externa— permanecía constante en mis oídos, produciéndome una impresión casi ensordecedora. En mis oídos tuve una sensación como si alguien me estuviera gritando.
Había dos puertas o accesos: uno comunicaba nuevamente con el patio central; el otro conducía hacia otra sala.
Fue extraño descubrir que este último se encontraba clausurado con dos vigas gruesas y aparentemente pesadísimas colocadas en forma de cruz.
—¿Por qué está cerrada y asegurada así? ¿Están construyendo algo? —preguntó Dinora.
Héctor elevó la voz para que todos escucháramos.
—Hace tiempo unos albañiles estaban trabajando en la remodelación del lugar y comenzaron a notar presencias extrañas que los agredían. De hecho, uno de los trabajadores murió porque, según cuentan, le movieron el andamio en el que estaba trepado. Cuando vino un equipo de parapsicólogos a limpiar la casa, sugirió cancelar el acceso. Por eso cerramos la puerta y pusimos esas vigas cruzadas.
—¿Podemos entrar? —preguntó Luis, incentivado por el misterio.
Héctor respondió sin titubear:
—Tengo un hijo y, la verdad, no quisiera jugarle al cabrón. No quiero ponerme con Sansón a las patadas.
Sinceramente, comenzaban a quitárseme las ganas de seguir preguntando.
Dentro de aquella casa, las respuestas parecían ofrecerse por sí mismas.
Tuve miedo.
Mi ánimo inicial de investigación y escudriñamiento paranormal decaía lentamente, mientras crecía en mí la necesidad de abandonar la residencia.
Apenas llevábamos poco más de una hora.
Pero había algo que me obligaba a permanecer.
—Esto tengo que escribirlo, —pensé —Quiero sostener desde la literatura la riqueza enigmática y patrimonial de la historia urbana de Colima.
Me lo repetí varias veces.
Regresamos nuevamente al patio central y a su fuente. A la izquierda se extendía un corredor que conducía hacia el patio trasero, adornado por otra veladora recubierta con papel de parafina y colocada sobre el piso. Su llama danzaba y fluctuaba, iluminando apenas los pilares de madera envejecida que sostenían el cobertizo de aquella terraza.
Hacía fresco.
El silencio parecía capaz de apagar cualquier ruido.
Era una noche sepulcral, abismal, casi dimensional.
Podíamos escuchar perfectamente el crujir de las vigas antiguas —los tapancos— sobre nuestras cabezas y el sonido de las besuconas. La acústica generaba un efecto semejante a esa cancelación de sonidos que puede percibirse en determinados puntos de las butacas del Teatro Hidalgo.
Parecía que el Colima antiguo estuviera lleno de fantasmas.
Un escenario rulfiano.
Mientras avanzábamos, sentí que la pelota grande abandonada debajo del papayo nos observaba.
Hice reflexión constantemente sobre mis propias creencias paranormales.
Escuché también el pequeño choque metálico de mis amuletos. No había otra ancla más que tomar mi cruz y mi medalla.
—Vamos a pasar al patio trasero. Si miran otra vez, la veladora tiene el mismo comportamiento, como si quisiera apagarse. Tengan cuidado con el guano de murciélago —advirtió Héctor.
—¿Es el famoso patio de la alberca o algo así? —preguntó Luis.
—Así es. Estas casas antiguas tenían sus estanques o albercas, muy comunes entre las familias ricas.
—Familias de abolengo, en el periodo posrevolucionario. Así eran las condiciones de vida. —sinteticé.
—Es correcto.
Dinora intervino con la claridad didáctica propia de su actividad docente:
—Por esa razón podían acceder a muchos lujos. México se encontraba en una etapa semi industrial, y al término de la dictadura de Díaz, comenzaron importantes procesos de alfabetización después de la Revolución. Eso les explico a mis alumnos.
Su manera de hablar consiguió disminuir un poco la tensión.
Entonces Alondra formuló otra pregunta:
—¿Estamos en una casa donde vivieron muchas generaciones?
—Así es —respondió Héctor—. Se supone que aquí habitaron tres o cuatro generaciones. La última de la que se tiene registro sería de los años treinta, aunque quizá fue justamente esa generación la que presenció lo ocurrido con la sirvienta. Este predio es muy viejo.
Sus comentarios tenían sentido, aunque para confirmarlos habría sido necesario realizar una investigación documental en el Archivo Histórico.
Yo conjeturaba que la casona podía ser tan antigua como para haber observado siglos completos de transformación urbana.
Minutos después, algunas de esas hipótesis adquirirían nuevos matices gracias a un hallazgo.
Llegamos al fondo de la casa.
CAPÍTULO II. EL ESTANQUE
Según los relatos, por aquel patio aparece el espectro negro que cruza desde las habitaciones que acabábamos de recorrer, atraviesa el vestíbulo y termina perdiéndose hacia el fondo de la casa.
Y precisamente allí nos encontrábamos.
Había un pequeño estanque cuadrado de aproximadamente tres por tres metros, con una profundidad que calculé cercana a los ochenta centímetros. Su interior estaba revestido con azulejos azules y contaba con pequeños escalones de apenas unos centímetros de altura.
Parecía un chapoteadero familiar destinado a los niños.
El olor del agua estancada era tan intenso que habría hecho retroceder a cualquier persona, por resistente que fuese a la pestilencia.
Hedía a cañería.
—¡Huele bien culero! —exclamó Luis con la franqueza que ya le conocíamos.
Todos coincidimos.
—El agua atrae a los espíritus. Es un portal —indicó Dinora.
—Actúa como conductora de energías. Salomón utilizaba el agua en sus rituales —comenté, recordando algunas lecturas sobre el esoterismo atribuido al rey Salomón y el Ars Goetia—. Según ciertas tradiciones, los espíritus atorados pueden expresarse mediante agua estancada y olores desagradables.
Héctor señaló una zona a nuestra derecha.
—Cuando un equipo de investigación paranormal llegó a esta casa buscó un lugar donde realizar un ritual de purificación. Fue precisamente aquí.
—Las veladoras también parecen apagarse —me comentó Alondra.
—Mira cómo se mueve esa —asombrado Luis.
Ambos observamos la llama durante algunos segundos.
Pensé entonces en el famoso espectro negro mencionado en la tradición oral.
¿Podría tratarse de la sirvienta asesinada en la bañera?
Era apenas una conjetura. Estuvimos en el fondo de la casa ¡Obvio que era normal pensar en si aparecía o no ese espectro o lo que fuera!
¿Qué otra explicación podía existir para los relatos vinculados con la casa, el albañil fallecido a quien lo tumbaron del andamio y aquella atmósfera desagradable?
Desde una interpretación estrictamente esotérica, podía imaginar que aquella mujer, tras una muerte violenta, no hubiese encontrado descanso y permaneciera ligada al sitio.
Pero inmediatamente surgieron nuevas preguntas, las cuales sólo las expresé en mi cabeza.
¿Cómo operarían las leyes divinas o los mandatos del Creador en esos supuestos planos dimensionales?
¿Cómo trascendería un alma durante ese tránsito entre lo material y lo espiritual? ¿Es posible la existencia del «limbo»? Un dimensión transitoria hacia la luz, o será ¿famoso purgatorio narrado en la biblia? ¿Estamos presenciando una compaginación de dimensiones entretejidas?
Mis respuestas, por supuesto, no dejaban de ser hipótesis personales sin evidencia suficiente para demostrar su veracidad.
Pronto observé que Dinora sacaba su teléfono celular del bolsillo y valiente, se aproximaba al filo del chapoteadero. Subió a una pequeña banqueta y comenzó a grabar una narración propia sobre lo que estaba sucediendo.
—Dinora, bájate por favor, no creo que sea momento para tener accidentes —expresé mi instinto de protección.
La lámpara de su dispositivo iluminó como reflector a todos los presentes. En una manía extrovertida la cual todavía no logro comprender, comenzó a realizar una transmisión vía streaming en Facebook.
—Estamos en la casa Zaragoza 33, en el municipio de Colima —narró—, y se dice que hace mucho tiempo unos niños, mientras jugaban en la calle, arrojaron sin intención una piedra hacia el interior de la vivienda. Sin saber cómo, la piedra regresó hacia la calle con una fuerza inexplicable y golpeó un vehículo que pasaba por allí, rompiendo uno de sus cristales. El conductor se bajó para reclamar y los vecinos le explicaron que nadie vivía en esa casa. Esta es una de las tantas historias sobre los fantasmas de Zaragoza 33.
Mientras hablaba, comenzó a descender cuidadosamente por los escalones del estanque.
Mi cabeza continuaba doliéndome.
Seguía teniendo la impresión de que alguien me observaba.
Por distracción pisé la arena fina que rodeaba una de las veladoras y sufrí un pequeño resbalón. Por fortuna, la resistencia de mis piernas evitó que cayera.
La narración de Dinora se interrumpió.
—¡¿Qué pasó?! ¿Estás bien?
—Sí. No me fijé que era arena muy fina y la suela no agarró bien. Me traje los zapatos más jodidos. No se preocupen. Fue sólo un resbalón.
—Nos asustas, Chava. Luego, ¿qué les decimos a tus compañeros La Parota? —bromeó Alondra.
—Les dices que un fantasma no quiso que yo regresara a Comala —sonreí un poco.
Alondra sonrió.
Dinora continuó grabando. Minutos después guardó su celular.
Seguimos caminando.
En aquel mismo sitio existía además un jardín cuya distribución recordaba a los antiguos huertos situados al fondo de las viviendas, espacios dedicados a flores, hortalizas y diferentes cultivos domésticos.
Hasta ese momento el lugar me había parecido relativamente inocente, al menos comparado con otros rincones de la propiedad.
Sin embargo, Héctor agregó otro dato inquietante.
Según explicó, aquel jardín habría funcionado en algún momento como camposanto.
Cuando intentaron remodelar la casona, además de los problemas que dejaron las obras inconclusas, los trabajadores habrían encontrado diversos restos humanos en aquella fracción rectangular del terreno, de aproximadamente diez metros de fondo por tres de ancho.
El hallazgo abrió inmediatamente nuevas posibilidades históricas.
El cercano templo de San Felipe de Jesús pertenece al antiguo paisaje religioso de la ciudad y, como ocurrió en distintos espacios novohispanos y decimonónicos, los recintos eclesiásticos podían encontrarse conectados con áreas de entierro. En resumen, ese panteón pudo haber sido parte del predio de El Beaterio.
A partir de ello comencé a imaginar diferentes capas históricas superpuestas en el predio. Primero, la posibilidad de una antigua relación con espacios clericales o funerarios, es decir, fueron los primeros territorios recién bendecidos la fundarse la Villa de San Sebastián de Colima. Después, las transformaciones urbanas posteriores a la Independencia y la Revolución. Y finalmente, la adaptación de aquellas estructuras para uso doméstico de las familias que habitaron la casa durante el siglo XIX o principios del XX.
De comprobarse documentalmente, esta superposición ayudaría a entender por qué el inmueble presenta rasgos arquitectónicos pertenecientes a diferentes épocas.
También alimentaba, desde luego, la interpretación paranormal del lugar.
No existiría entonces una sola historia ni una sola supuesta presencia.
Estarían los niños que, según los testimonios, juegan con la pelota.
Las entidades asociadas a las llamas de las veladoras.
La habitación clausurada donde habría ocurrido el accidente del albañil.
La supuesta sirvienta asesinada.
Y aquella fuerza desconocida que, según la leyenda, lanzó una piedra hacia la calle.
La arquitectura del tejabán y los tapancos también despertó mi curiosidad.
¿Cuántos seres hay en esta casa? Si mis hipótesis fueran veraces, diría que cientos de almas aún penan en ese predio, de origen novohispano, intentando encontrar descanso.
Llegué incluso a preguntarme si alguna parte de la propiedad podía conservar restos mucho más antiguos que la vivienda moderna.
¿Habría tenido anteriormente una función administrativa?
¿Una Casa Real?
¿Una Casa de Audiencia?
Francisco Ánzar Ruiz ha explicado en otros contextos históricos que una Casa Real o Casa de Audiencia cumplía funciones relacionadas con la administración y el Ayuntamiento.
Mi hipótesis resultaba fascinante, aunque requería, evidentemente, investigación documental antes de poder afirmarla.
Si aquellas capas existieran, el predio habría presenciado no solamente familias, sino trabajadores, clérigos y habitantes pertenecientes a distintas épocas del Colima antiguo.
En una esquina del jardín había una estructura de concreto de superficie relativamente llana que cubría varios huecos de ladrillo viejo y adquiría la apariencia de una pequeña mesa.
Supusimos que quizá había servido para colocar veladoras.
—Parece un altar —comentó Dinora mientras examinaba la construcción.
—Un altar muy rudimentario. Quizá quienes habitaron aquí conocían los antecedentes del terreno —aventuré.
Luego de observar el jardín, el posible cementerio, nos dirigimos hacia uno de los rincones que más llamó mi atención: la pileta y una pared que decidí llamar el muro de dos épocas.
Allí apareció un elemento extraño incrustado entre los materiales de construcción.
—A mi familia y a mí se nos hizo curioso ese muro —explicó Héctor—. Cuando revisamos la casa vimos que, dentro de ese hueco, hay una piedra grabada. Parece como un mapa.
Me acerqué.
La pieza tenía un relieve particular y parecía encontrarse integrada dentro de una estructura posterior.
—Es como un muro dentro de otro muro —comenté—. La piedra se ve gruesa y el adobe la recubre. Al igual que la casa o el predio, este muro atestigua mi hipótesis de que, estamos en una vivienda con construcciones sobrepuestas. Cada muro es una construcción histórica diferente.
Dinora observó detenidamente.
—Y si te fijas, Alex, parece que tiene una figura. Como un relieve con cuernos, un mapa o quizá alguna representación.
Aquello me hizo recordar algunas referencias históricas sobre las antiguas poblaciones de la región y sus divinidades relacionadas con el agua y la lluvia. Tláloc, era un dios bicorne.
Frente a la piedra comenzaron a surgir preguntas inevitables.
¿Se trataba realmente de un petroglifo?
¿Era una pieza reutilizada durante alguna construcción posterior?
¿Podía pertenecer a una etapa prehispánica?
¿O simplemente estábamos interpretando formas que, debido al desgaste y al contexto, adquirían ante nuestros ojos significados que quizá nunca tuvieron?
Pensé también en la llegada española a la región durante el siglo XVI y en la frecuente reutilización de materiales provenientes de construcciones anteriores.
¿Podría aquella piedra haber sido incorporada deliberadamente en una estructura novohispana, por los primeros españoles?
¿Representaba algo?
¿O nuestra imaginación estaba completando una historia imposible de comprobar en plena madrugada?
Mientras observaba la pieza ocurrió algo inesperado.
—Ah, caray… me tocaron —dije, sobresaltado—. Me tocaron la oreja.
Dinora volteó de inmediato.
—¿Cómo?
—Sentí que un dedo me tocó la oreja.
—¿No sería una telaraña?
—¿Dónde? Tu celular alumbra bien. Ya la hubiera visto.
—¿Pero qué sentiste exactamente?
—Eso. Un dedo. Esta parte pequeña de la oreja… ¿Cómo se llama esta chingadera? ¡Chingado, no me acuerdo!
Intenté recordarlo durante unos segundos.
—¡Lóbulo! me tocaron ¡no estoy loco! sé que lo sentí.
El dolor de cabeza continuaba incrementándose. Era semejante a la pesadez que dejan algunas copas de alcohol, aunque sin ningún efecto placentero: presión en las sienes, molestia en la nuca y una sensación incómoda en la frente.
No fui plenamente consciente de aquella experiencia hasta varios minutos después.
Sentí, o al menos así lo interpreté, una pequeña presión sobre el lóbulo, semejante al contacto de un dedo.
Quise continuar explorando la historia de la casona.
Mi corazón golpeaba con fuerza, pero la curiosidad por comprender aquel mundo paranormal seguía imponiéndose al miedo.
Con esfuerzo quise concentrarme en la piedra.
Su relieve me resultaba enigmático. Intentaba asociarlo con antiguas representaciones religiosas de la región, era Tláloc, estaba seguro, aunque sabía que no podía determinar su origen o datación mediante una simple observación nocturna. Sentí miedo. Alguien me estaba mirando.
Surgieron nuevas preguntas:
¿Podría provenir de algún espacio indígena?
¿Había sido reutilizada como material de construcción?
¿Se habría extraído de algún contexto funerario?
No tenía respuestas.
Sí estaba convencido, en cambio, de una cosa subjetiva: alguien o algo había tocado mi oreja.
Seguimos avanzando.
Cerca del muro había un olor fétido que parecía provenir de un pequeño pasillo conducente hacia la pileta.
Supuse que podía originarse en el agua acumulada durante mucho tiempo en el fregadero. Sobre la superficie se distinguían larvas de mosquito. Un criadero de dengue o de moscas.
El cuarto no tenía techo y estaba parcialmente cubierto por una gruesa bolsa de plástico, desgarrada y endurecida por el tiempo y el sol.
El olor recordaba al amoniaco.
Pensé que quizá incluso algún animal muerto podía encontrarse en el sumidero o en una zona cercana.
Alondra estaba a mi lado.
—¿Ya viste, Chava? Huele como a amoniaco o azufre. Leí que esos olores pueden asociarse con manifestaciones de fantasmas.
—El olor se queda estancado —respondí—. Desde algunas creencias esotéricas se interpreta como señal de que algo permanece atrapado.
—Imagínate la servidumbre en aquellos tiempos aquí.
—Sí.
—Imagínate estar solo durante la noche junto a esta pila.
Rio para disminuir la tensión.
—Imagínate cómo la habrán vivido los albañiles.
Guardamos silencio mientras intentábamos encontrar el origen del olor.
En plena oscuridad, con el cuarto de servicio teñido por las tonalidades azul plomizo de las luces urbanas, escuchamos de pronto un sonido breve proveniente de la bolsa de plástico, como si alguien hubiera intentado plegarla o arrugarla.
—¿Escuchaste, Chava?
—Tú también lo escuchaste. Ya somos dos.
—Sonó como si alguien hubiera querido arrugarla.
—Hay algo aquí.
Cuando descendí el escalón de la pileta y regresé hacia la explanada del estanque, sentí nuevamente un roce en la oreja.
Esta vez no dije nada. Tuve ganas de salir corriendo. Mi cabeza daba vueltas con tantos pensamientos rumiantes e intrusivos. Le hice frente.
Me limité a observar la sensación y a intentar comprenderla.
Poco a poco comencé a interpretar aquellas experiencias desde mis propias creencias. Sentía que el miedo inicial empezaba a transformarse en una especie de compasión por los fantasmas.
Si realmente existieran aquellas ánimas y permanecieran atrapadas en un plano intermedio, pensé, su condición debía ser mucho más dolorosa que nuestra propia experiencia dentro de la casa.
La idea no anulaba el miedo.
Pero lo modificaba.
Había sentido ya dos veces aquel contacto en la oreja.
¿Intentaban comunicarse?
¿Era sugestión?
¿Algún estímulo físico producido por el propio ambiente?
No tenía manera de comprobarlo.
Desde mi interpretación de aquel momento llegué a sospechar que las presencias buscaban una forma de contacto, aunque reconozco que aquella explicación provenía de mis propias creencias.
Las teorías científicas sobre percepción, sugestión y pareidolia ofrecen otros caminos para interpretar determinados fenómenos. La pareidolia, permite comprender por qué el cerebro reconoce rostros o figuras familiares en superficies como los muros, en las nubes o en cualquier punto.
Si a esa capacidad perceptiva se suman el miedo, la oscuridad, el cansancio y las percepciones generadas hacia un sitio del cual se hablan relatos paranormales, las posibilidades de interpretación aumentan considerablemente. Experimenté los límites del razonamiento lógico frente al torbellino de emociones a veces difíciles de desmenuzar. El miedo también desintegra la posibilidad de comprensión.
Por otra parte, desde las especulaciones parapsicológicas existe la idea de que determinadas presencias pueden permanecer asociadas con objetos, habitaciones o muros.
Entre ambas explicaciones —la psicológica y la esotérica— se abría frente a mí un territorio de investigación interesante.
A la izquierda se encontraba la llamada sala de máquinas.
Según Héctor, aquel lugar había estado dedicado al funcionamiento de distintos utensilios o maquinarias vinculadas con labores domésticas o productivas.
Como en prácticamente todos los rincones de la vivienda, la atmósfera se sentía pesada.
Dinora continuó grabando.
—Este espacio, como podemos ver, era una especie de cuarto de máquinas. Y allí, en el rincón derecho, está una silla de plástico. Algunos testimonios de los albañiles que participaron en la remodelación —que finalmente quedó inconclusa— aseguran que fue arrojada desde ese punto hacia el vestíbulo.
Entonces volví a sentir una sensación extraña.
—Otra vez me tocaron —le dije a Dinora en voz baja.
—¿Otra vez?
Ya era la tercera ocasión.
—Ahora fue en la cabeza.
Sentí miedo.
Sin embargo, aquellas experiencias comenzaban a resultarme tan reiterativas que mi mente quiso desensibilizarme, e intentar normalizarlas.
Desde las creencias que conocía, pensé en la distribución energética del cuerpo humano y en los siete chacras descritos por algunas tradiciones orientales. El séptimo, ubicado simbólicamente sobre la cabeza, representa para ciertas corrientes la conexión con lo trascendente.
También recordé determinados conceptos cabalísticos relacionados con el Kéter, la Corona. Hace unos meses había escrito algo sobre el Adam Kadmon.
¿Podían mis dolores de cabeza estar asociados, desde una interpretación esotérica, con aquellos supuestos contactos?
¿O simplemente se debían al cansancio, los olores, la contaminación del ambiente, la sugestión y las horas transcurridas?
No podía saberlo.
Lo único concreto era el malestar.
Las sienes me pesaban cada vez más.
—Se me hace que tus amuletos no te sirvieron —bromeó Dinora.
Por un instante incluso dudé de mis propios amuletos.
Pero también pensé que los objetos no podían ser responsables de aquel dolor.
Desde pequeño he vivido experiencias que suelo interpretar como una capacidad de mayor sensibilidad hacia determinados ambientes y personas. No sería momento de narrar tales vivencias, sin embargo, me gustaría jactarme de mi intuición sin sonar presuncioso. Le debería hacer más caso a mi radar.
¿Era simplemente una predisposición psicológica?
¿Una receptividad emocional?
¿O, como yo pensaba durante aquella madrugada, una sensibilidad energética?
No lo sabía.
Lo cierto era que sentía un propósito.
Si aquellas almas necesitaban algo, quizá mi responsabilidad consistía en rezar por ellas y relatar la historia del lugar.
Regresamos por el vestíbulo.
Poco después, Dinora sintió un ligero contacto en el dedo meñique de su mano izquierda.
—Me agarraron. Me agarraron el dedo.
—¿También?
—Sentí que alguien me tomó el dedo.
Rio nerviosamente.
—No chingues ¿en serio?
—De verdad. Sentí una mano pequeña.
—Pues ya somos dos.
—Déjame echarme sal.
Dinora sacó de su mochila un recipiente con sal fina y dispersó una pequeña cantidad alrededor de sí misma, siguiendo una práctica de protección que ella relacionaba con las limpias tradicionales.
La sal ha tenido distintos significados rituales, sobre todo chamánicos, en numerosas culturas. También el copal, las hierbas aromáticas como el romero o el sándalo y plantas han formado parte de prácticas de purificación.
Desde donde estábamos llegaba el olor a madera vieja y polvo de la siguiente habitación que visitaríamos: la cocina.
Quise compartir una idea.
—Dinora, tenía razón el rey Salomón.
—¿Por qué? A ver, cuéntame. Ya vi que también te gustan estas ondas.
—Hay textos esotéricos atribuidos a Salomón donde se expone, en sus tratados como el Hygromanteia, un enorme poder simbólico a las palabras, las piedras y las plantas.
—Tenía razón.
—Sí. Las piedras, las plantas y las palabras.
—Los decretos también.
—Exacto. Mi reikista, hace varios años me dijo que antes de entrar a una casa con supuestas presencias, pidiera permiso y abriera un canal de luz con un rezo al Creador.
—¿Lo hiciste?
—No, no lo creí. Y justo desde entonces comenzó a dolerme la cabeza.
—No manches, Chava. Ya llevas un rato aguantando.
—Sí, pero no quiero irme todavía. Algo me dice que debo investigar más sobre la historia de este lugar.
—¿Crees que sean los fantasmas?
—No necesariamente. Es una especie de intuición. Como cuando algo dentro de ti te aconseja moralmente.
Alondra y su esposo decidieron permanecer observando algunos detalles de otras zonas de la casa y momentáneamente se separaron del grupo.
Los demás llegamos a la cocina.
Olía a guano y a rata.
El aire estaba lleno de polvo.
CAPÍTULO III. LOS FANTASMAS DE LA CASONA
La cocina estaba delimitada por dos muros que, al encontrarse en una esquina, formaban una especie de “L”. El más largo se encontraba cubierto por una alacena de madera podrida, con pequeñas puertas destartaladas y abundantes telarañas.
Al igual que los postigos de la primera habitación —aquella relacionada con la historia de la piedra—, muchas estructuras estaban completamente desvencijadas.
En un punto específico del suelo se acumulaba una cantidad considerable de guano y excremento de roedor.
Curiosamente, aquella concentración limitarse a ese sitio.
El pasillo se extendía aproximadamente cuatro metros hasta encontrarse con una pared que obligaba a girar hacia la derecha, de modo que el espacio terminaba adquiriendo una forma cercana a la herradura.
Algunos testimonios de visitantes que habían acudido durante el día aseguraban haber escuchado en esa zona una pequeña campanilla, como si alguien llamara a los comensales.
Pensé inevitablemente en la sirvienta cuya muerte formaba parte de las leyendas del lugar.
Desde mi interpretación, si aquella mujer realmente hubiera existido y muerto de manera violenta dentro de la propiedad, quizá su figura habría quedado asociada con los lugares que habitó durante su vida cotidiana.
Era sólo una conjetura.
La cocina me pareció diseñada para desorientar.
Al final se encontraba un portón enorme, semejante al de la habitación clausurada, aunque su madera se conservaba, irónicamente, en mejores condiciones que las puertas y tapancos de otras áreas.
Esta vez no sentí un contacto físico en la cabeza.
Sentí algo distinto.
La mirada de alguien detrás de mí.
Me giré de inmediato.
No había nadie.
Pero la sensación había sido clara: como si una persona permaneciera a unos cuantos metros de distancia observándonos.
Mi mente volvió a relacionarla con la supuesta sirvienta.
Si aquel había sido su espacio de trabajo, quizá allí se concentraba buena parte de su historia.
Incluso llegué a especular que, si el asesinato realmente tuvo un origen pasional, algunos de los acontecimientos que lo precedieron pudieron haber ocurrido precisamente en aquella cocina.
No existían evidencias para demostrarlo.
Era únicamente el relato que mi imaginación construía mientras recorríamos el lugar.
La cocina comunicaba nuevamente con el patio central.
Volvimos a mirar la pelota debajo del papayo y después nos dirigimos hacia la sala que supuestamente había funcionado como comedor.
Algo me llamó la atención en la distribución arquitectónica.
La cocina y el comedor estaban separados, al igual que la pileta y otros espacios domésticos. Ello contrastaba con otras viviendas antiguas que conozco del centro de Colima, donde distintas actividades de aquellos ayeres fueron parte de las funciones de esas habitaciones más amplias.
¿Había sido remodelada la casa durante el siglo XIX o principios del XX?
¿Conservaba muros pertenecientes a edificaciones anteriores?
La distribución laberíntica alimentaba todavía más mis conjeturas.
La pileta y la cocina quedaban separadas por el muro en el que habíamos observado la piedra grabada.
La cocina y el comedor estaban divididos por una pared gruesísima, muy fuerte.
El comedor y el estanque, aunque cercanos, permanecían separados mediante otra estructura con ventanales.
La casa semejaba un pequeño laberinto.
Y desde mi interpretación de aquella noche, incluso la energía parecía negarse a circular. Las miradas de seres invisibles seguían caminando por aquel lugar confuso.
En el comedor había un retrato de un niño cuya imagen también aparecía en algunas publicaciones en Facebook sobre la vivienda.
Según los relatos, aquel niño se manifiesta jugando por los pasillos y sería el responsable de mover la pelota del patio, la que estaba debajo del papayo.
Quienes aseguran haberlo visto describen una apariencia perturbadora, semejante a la de un rostro deteriorado por el fallecimiento, como si llorara, estuviera pálido.
Yo llegué a pensar que quizá aquella figura infantil estaba relacionada con los contactos que había sentido en la oreja y con el roce experimentado por Dinora en su dedo.
Sentí náuseas.
Tuve que controlar el reflujo y el impulso de abandonar inmediatamente el lugar.
Me obligué a mantener el aplomo.
De manera extraña, durante unos minutos el dolor de cabeza disminuyó.
No quise mirar demasiado tiempo el retrato.
Aún me inquieta recordarlo.
Había algo profundamente triste en aquella expresión.
Con un nudo en la garganta pronuncié dentro de mi mente una oración para que el Creador Absoluto brindara luz a aquella alma, en caso de que realmente existiera alguna presencia vinculada con la imagen.
Era un niño.
Y la simple idea de un pequeño condenado a sufrir durante décadas o siglos me resultaba insoportable.
Poco después me costó mucho trabajo controlar mis pensamientos.
Nunca había experimentado un disturbio cognitivo semejante. Llegó una tormenta de pensamientos intrusivos horrible. No sé qué es la esquizofrenia, pero percibía voces en mi cabeza.
Era como si una cascada de recuerdos, imágenes y palabras irrumpiera al mismo tiempo dentro de mi mente sin permitirme aferrar ninguno de ellos.
El dolor de cabeza regresó.
La ansiedad aumentó.
Toqué la cruz de Jerusalén.
Se sentía caliente.
Por un momento interpreté aquel desorden mental como una especie de saturación producida por el lugar.
Faltó poco para que saliera corriendo.
Necesitaba salir del comedor.
Me sentía asfixiado.
Era como estar dentro de una cárcel mental.
Mis manos se cerraron instintivamente en puños, como si mi cuerpo estuviera dispuesto a defenderse de algo que, en realidad, no era físico.
Llegué a creer que había recibido una agresión de naturaleza poltergeist.
Debía fortalecer la cabeza y el espíritu y sujetarme a mis propias creencias para afrontar aquella experiencia.
Quiero aclararlo: nadie supo lo que ocurría dentro de mí.
Fue una batalla completamente silenciosa.
Mientras a nivel mental experimentaba un estado de agitación intensa, físicamente permanecí con la boca cerrada mientras los demás escuchaban las explicaciones del guía.
Desde que llegué a la casa me repetía una frase:
Dios hizo los miedos para vencerse.
Y decidí confrontar aquel miedo, mal interpretado o real, no sé.
Me di media vuelta.
Volví al comedor.
Aunque eso significara enfrentar nuevamente el malestar.
Me sentía cansado.
Tenía mucha sed.
Era semejante al agotamiento posterior a una sesión intensa de ejercicio.
En términos pragmáticos, no podría demostrar que aquella crisis hubiera sido producida por una entidad.
No poseo evidencias suficientes.
Sí puedo garantizar la realidad del malestar físico y del desorden mental súbito que experimenté dentro del comedor.
El mareo y las náuseas pudieron deberse perfectamente al miedo, la falta de sueño, los olores, el polvo, el guano, la ansiedad o una combinación de todos esos factores.
Los tocamientos, en cambio, permanecieron para mí como una incógnita.
Cuando todos regresamos al patio, recién concluida aquella parte del recorrido, volví a experimentar una sensación física.
Esta vez en la nuca.
Era como si un dedo presionara lentamente la parte posterior de mi cabeza.
Más tranquilo, permití que la sensación continuara unos instantes para observarla con detenimiento.
Detrás de mí se encontraba únicamente el portón de la cocina.
—¿Estás bien? —preguntó Dinora.
Nos excluimos momentáneamente del grupo.
—La verdad, no. Ya me siento mal. Necesito salir.
—¿Quieres que te acompañe?
—Voy por un agua mineral.
—Vamos.
—Sí, está bien… pero si ya te quieres ir, tú dale.
—No. Quiero conocer más sobre esta casa.
—No es una competencia, Chava.
—Percibo algo raro y quiero saber qué es.
—Pero ya no aguantas. Se te están cerrando los ojos.
—Sólo tengo náuseas.
—¿Quieres vomitar? En el estacionamiento hay baños.
—Si definitivamente no aguanto, sí. Pero primero quiero agua.
Sentía la necesidad de expulsar algo del estómago, aunque no sabía exactamente qué. Traía un reflujo constante.
Antes de llegar a la casona había cenado apenas una pequeña porción de albóndigas.
Eso había sido aproximadamente tres horas atrás.
Eran alrededor de las dos cuarenta de la mañana.
Todavía no decidía retirarme definitivamente.
Quería comprender mejor la historia del lugar.
Quería conectar las distintas piezas arquitectónicas, históricas y paranormales que había observado para después escribirlas con la mayor fidelidad posible.
Respiré profundamente tratando de relajar el cuerpo.
La somnolencia aumentaba y el dolor de cabeza resultaba cada vez más difícil de soportar.
Cerré los ojos y me apoyé cerca de una columna ensamblada al remate de uno de los arcos.
Me limité a observar el patio central.
La fuente.
El papayo.
La pelota.
La maleza.
Todo estaba casi inmóvil.
A esas alturas sentía que mi propósito principal ya estaba cumplido.
Tenía suficiente material para escribir.
Sin más, lo admito, ya no pude. Mi cabeza era un pedazo de hierro, la sentía pesada, sentía dolor como ganas de llorar y de lamentarme.
Decidimos salir unos minutos.
Cruzamos el portón oxidado y respiré nuevamente el aire de la calle.
La sed era intensa, semejante a la de haber permanecido durante horas bajo el sol.
El mareo, las náuseas y el dolor de cabeza alteraban incluso mi percepción de las distancias.
Mientras caminaba sobre las baldosas del andador Constitución llegué a calcular mal algunas pisadas.
Compré un agua mineral y le pedí a Dinora que nos sentáramos en una banca.
Me sentía como si hubiera ingerido un somnífero.
Miré el estacionamiento Constitución desde ese callejoncito, justo donde saben jugar ajedrez y tocan el saxofón.
Desde aquella perspectiva se erguía como una especie de torre moderna, guardián silencioso y testigo permanente de las andanzas de los ciudadanos, el estacionamiento.
El cielo permanecía nublado.
La noche tenía ese aliento fresco de las historias que todavía no han sido contadas.
No transitaba prácticamente ningún automóvil.
Y así terminó mi exploración por aquel fragmento urbano situado en las entrañas del Colima antiguo.
Es cuanto .´.
OPINIONES Y COMENTARIOS