Vivieron juntos siete largos años. Al principio, todo parecía un sueño. Las pequeñas cosas le hacían creer que el amor que compartían era real. Él sonreía cuando se cruzaban en la cocina, preparaba cenas rápidas y le hacía creer que todo estaba bien. Sin embargo, con el tiempo, ella se dio cuenta de que era solo eso: apariencia. Él no la miraba de la misma manera, no la veía.
Ella, cada mañana, se despertaba con la esperanza de que ese día sería diferente. Que quizá él la elegiría por encima de sus amigos, de sus pasatiempos, de su propio egoísmo. Pero siempre había una excusa, una razón por la que no podía estar allí para ella. Era como si cada gesto, cada palabra suya, se desvaneciera en el aire antes de llegar a él. Se quedaba esperando, esperando siempre.
Los domingos eran los peores. Mientras otros compartían momentos en pareja, ella se quedaba sola en el sofá, viendo cómo él se sumergía en su teléfono, en su mundo, siempre ausente. Había planes que nunca se cumplían, promesas que siempre se rompían. Y, sin embargo, ella lo seguía intentando. Seguía creyendo que algo cambiaría, que el hombre que amaba algún día la pondría en primer lugar.
El día en que todo terminó no hubo gritos, ni lágrimas. Fue un silencio ensordecedor, el tipo de silencio que llega cuando ya no queda nada por decir. Ella lo miró con los ojos cargados de años de tristeza acumulada, y él apenas la miró. Era como si no notara que su corazón se rompía justo frente a él.
Hizo las maletas lentamente, guardando en cada una de ellas los pedazos de su amor no correspondido. Se dio cuenta de que, en esos siete años, ella siempre había sido una opción para él. Nunca su prioridad. Nunca su primera elección. Y aunque había dado todo de sí misma, lo único que recibió fue la amarga verdad de que él nunca la había elegido.
Al salir por la puerta, no hubo despedidas emocionadas. No hubo súplicas para que se quedara. Solo el sonido de la llave al girar en la cerradura. Mientras caminaba hacia su nueva vida, sintió el peso del pasado desvaneciéndose. Pero en lo más profundo de su corazón, el dolor seguía ahí, la cicatriz de un amor no correspondido, de un adiós que había tardado demasiado en llegar.
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